jueves, 3 de agosto de 2017

Año Cristiano Franciscano




DÍA 4 DE AGOSTO

 

SAN JUAN MARÍA VIANNEY , miembro de la Tercera Orden Franciscana. Nació en Dardilly (Lyon, Francia) el año 1786. Eran los agitados tiempos de la Revolución Francesa. Tuvo que superar grandes dificultades en los estudios para llegar a ordenarse de sacerdote en 1815. Fue despedido del seminario de Lyon por insuficiencia, pero con la ayuda del abate de Balley pudo completar los estudios. Después de la ordenación comenzó su ministerio, pero sin licencias aún para oír confesiones. Completada su formación, se le confió la parroquia de la pequeña aldea de Ars, que gobernó y promocionó maravillosamente con su constante predicación, mortificación, oración y caridad. Difundió el mensaje evangélico con la catequesis que a diario impartía a niños y adultos, con la reconciliación que administraba a los penitentes, con sus obras de ardiente caridad alimentada en la Eucaristía. Estaba dotado de unas cualidades extraordinarias como confesor, lo cual hacía que acudieran a él fieles de todas partes. Murió el 4 de agosto de 1859. Pío XI lo nombró patrono de los párrocos.- Oración: Dios de poder y misericordia, que hiciste admirable a san Juan María Vianney por su celo pastoral, concédenos, por su intercesión y su ejemplo, ganar para Cristo a nuestros hermanos y alcanzar, juntamente con ellos, los premios de la vida eterna. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.


BEATO FEDERICO JANSSOONE . Nació en Ghyvelde (Lille, Francia) el año 1838, en el seno de una familia campesina, numerosa y religiosa. Pronto quedó huérfano de padre y para ayudar a su madre se dedicó en su juventud al comercio. A los 26 años ingresó en el seminario franciscano de Amiens y en 1870 recibió la ordenación sacerdotal. Después de ejercer diversos ministerios en su patria (capellán militar, maestro de novicios), pasó en 1876 al servicio de la Custodia de Tierra Santa, para la que trabajó tanto en Palestina como en Francia y Canadá, donde se quedó a partir de 1888. Se estableció en Montreal, pero poco después se trasladó a Trois-Rivières. Desarrolló una intensa actividad para dar a conocer y ayudar a Tierra Santa, para lo que promovió las peregrinaciones a la patria de Jesús. Además, trabajó para restaurar en Canadá la Orden franciscana y para difundir y arraigar la devoción a la Virgen y a la Eucaristía. Murió en Montreal el 4 de agosto de 1916. Juan Pablo II lo beatificó en 1988.


BEATO ENRIQUE KRZYSZTOFIK . Nació en Zachorzew (Polonia) el año 1908. Ingresó en los capuchinos en 1927, estudió en París y Roma, donde recibió la ordenación sacerdotal en 1933. Vuelto a su patria en 1935, lo destinaron a la casa de estudios de Lublin, de la que fue guardián a la vez que rector del seminario. Fue un religioso de extraordinario celo, fe y entrega a la causa de Dios. Arrestado el 25 de enero de 1940 por los nazis, lo deportaron al campo de Dachau, donde fue sostén espiritual de los que sufrían y de los moribundos. En su última carta a los seminaristas les escribía: «Estoy pavorosamente flaco... Peso 35 kilos. Me duelen todos los huesos. Estoy tirado en la cama como en la cruz con Cristo. Pero estoy contento de estar y sufrir con él. Ruego y ofrezco a Dios estos mis sufrimientos por vosotros». Murió exhausto en Dachau (Alemania) el 4 de agosto de 1942. Es uno de los 108 Mártires de la II Guerra Mundial (1940-43) beatificados por Juan Pablo II en 1999.


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San Aristarco. Nació en Tesalónica de Macedonia y fue discípulo y compañero del apóstol san Pablo en sus viajes y en su cautiverio de Roma. De él habla el libro de los Hechos de los Apóstoles (19,29; 27,2), y lo recuerda el mismo Pablo en sus cartas a los Colosenses (4,10) y a Filemón (24). Era un judío cristiano, predicador itinerante, que llevó a Jerusalén la colecta que había hecho el Apóstol para los cristianos de la Ciudad Santa, y que estuvo dos años en Roma con Pablo prisionero.

San Eleuterio. Sufrió el martirio en Tarsia de Bitinia (Turquía) en el siglo IV.

San Eufronio de Tours. Nació en Tours (Francia) a principios del siglo VI en el seno de una familia senatorial. El año 555 fue elegido obispo de su ciudad natal. Participó en varios concilios buscando siempre el bien de la Iglesia, y presidió el de Tours en el 567. Fundó parroquias por todo su territorio y fomentó con diligencia la devoción a la santa Cruz. Murió en Tours el año 573.

Santa Ia. Sufrió el martirio en Persia hacia el año 362, durante el reinado de Sapor II.

Santos Justino y Crescencio. Murieron mártires en Roma el año 258 y fueron enterrados en la Vía Tiburtina.

San Onofre. Ermitaño que murió el año 995 en los bosques de Panaia, cerca de Catanzaro (Calabria, Italia). Fue insigne por sus ayunos y por la austeridad de vida.

San Rainerio de Spalato. Nació en la región de la Romaña (Italia) en torno al año 1100. En su juventud ingresó en el monasterio camaldulense de Fonte Avellana. Lo eligieron obispo de Cagli en 1156, y pasó a la sede de Spalato o Split (entonces de Macedonia y ahora de Croacia) el año 1175. Pronto dio muestras de su gran celo apostólico y de sus muchas virtudes. Por defender en Spalato los derechos de la diócesis sobre unos terrenos, lo asesinaron a pedradas los usurpadores. Era el 4 de agosto de 1180.

Beata Cecilia Cesarini. Nació en Roma a principios del siglo XIII. Recibió el hábito dominicano de manos de santo Domingo y fue una de las que formaron el monasterio romano de San Sixto. En 1224 el papa Honorio III la envió a Bolonia junto con otras monjas para informar en el espíritu dominicano a las hermanas del monasterio de Santa Inés, fundado poco antes por Diana de Andaló y Jordán de Sajonia. Fue elegida priora. En su ancianidad, quiso edificar a sus hermanas recordando las maravillas obradas por santo Domingo en la fundación de San Sixto. Murió en Bolonia el año 1290.

Beato Francisco Mercader. Nació en Roda de Bará (Tarragona) en 1881. Ordenado sacerdote en 1908, ejerció el ministerio en varias parroquias. Se ofreció para ir a Barberá de la Conca que se quedaba sin pastor, y fue. En el pueblo estaba la escuela de una sociedad comunista de obreros, beligerante con la Iglesia y que imponía su ideología. Muy pocas personas frecuentaban la iglesia. Se mantuvo en el cumplimiento de sus deberes pastorales en medio de grandes dificultades y el pueblo acabó apreciándolo como persona, pero rechazándolo como sacerdote. El 4 de agosto de 1936, iniciada la persecución religiosa, los milicianos lo asesinaron cerca de La Secuita (Tarragona). Beatificado el 13-X-2013.

Beato Gonzalo Gonzalo Gonzalo. Nació en Conquezuela, provincia de Soria (España), el año 1909. A los 21 años ingresó en la Orden Hospitalaria de San Juan de Dios. En 1933, terminada su formación, lo destinaron a la comunidad del Hospital de San Rafael de Madrid. Visitaba a los bienhechores como limosnero para el sostenimiento del Hospital. El 4 de octubre de 1936, en la calle María de Molina, una portera lo reconoció y lo denunció a unos milicianos, que lo detuvieron y lo asesinaron en aquella misma calle.

Beato Guillermo Horne. Era monje, hermano converso, de la Cartuja de Londres, en la que ejercía el oficio de cocinero. El 20 de mayo de 1537 fue apresado con otros religiosos por no acatar la voluntad real. Permaneció tres años encarcelado en Newgate, en pésimas condiciones y con malos tratos, y en 1540 lo ahorcaron y descuartizaron en la plaza de Tyburn en Londres, durante el reinado de Enrique VIII.

Beatos José Batalla Parramón, José Rabasa Bentanachs y Gil Rodicio Rodicio. Los tres eran religiosos de la Sociedad Salesiana, el primero sacerdote y los otros dos hermanos profesos, miembros de la comunidad de Sarriá, y fueron asesinados en distintos lugares de Barcelona el 4 de agosto de 1936. José Batalla nació en Abella de la Conca (Lleida) el año 1873. Pasó casi toda su vida religiosa en el gran Colegio de Sarriá, en Barcelona, en el que fue confesor y enfermero. Los milicianos lo detuvieron junto con José Rabasa y, heridos por arma de fuego, murieron en el Hospital Clínico de Barcelona. José Rabasa nació en Noves de Segre (Lleida) el año 1862. Estuvo trabajando como cocinero en los Salesianos, entre los que luego profesó como hermano coadjutor en 1892. Era pobre y humilde, modesto y limpio, y hacía apostolado entre los seglares que trabajaban con él. En la persecución religiosa compartió la suerte de José Batalla. Gil Rodicio nació en Requejo (Orense) el año 1888, y profesó entre los salesianos el año 1908 como hermano cooperador. Era muy buena persona y excelente panadero. Cuando expulsaron del Colegio a los religiosos, se refugió en un domicilio particular, en el que lo detuvieron los milicianos el 4 de agosto de 1936, y aquel mismo día lo asesinaron.

Beato José Colom Alsina. Nació en Suria (Barcelona) en 1907. Empezó los estudios en el seminario de Solsona, pero después se incardinó en la diócesis de Tarragona. Fue ordenado sacerdote en 1931. Se mostraba lleno de espíritu sacerdotal y de celo por el bien de las almas; era piadoso, reservado, prudente; manifestaba los sentimientos de su alma en inspiradas poesías. Cuando estalló la persecución religiosa de 1936 era vicario en Montblanc, donde había realizado una gran labor, especialmente entre los jóvenes. No tardaron los milicianos en detenerlo y encarcelarlo, y el 4 de agosto de 1936 lo asesinaron cerca de Vallmoll (Tarragona). Beatificado el 13-X-2013.

Beatos Juan Gibert y Pablo Virgili. Estos dos sacerdotes de la diócesis de Tarragona ejercían su ministerio en El Pla de Cabra (ahora El Pla de Santa María), el primero como beneficiado y el segundo como párroco, cuando estalló la persecución religiosa. El 5 de agosto de 1936, los milicianos los detuvieron y los fusilaron en el término municipal de Montblanc. Juan Gibert nació en La Riera de Gaiá (Tarragona) en 1880. Era muy recto, claro, exigente y delicado en la dirección de conciencias y en la confesión, a la vez que caritativo, amigo de los pobres y de la gente sencilla. Muy dado a la predicación, ayudaba en todo a sus compañeros en el sacerdocio. Pablo Virgili nació en Valls (Tarragona) en 1869. Sufrió mucho ante la destrucción de objetos sagrados y altares en la iglesia de la parroquia; el 21 de julio de 1936, su casa rectoral fue saqueada y convertida en centro del comité revolucionario. Tenía un carácter vehemente, pero era capaz de controlarse y ganarse el aprecio de los feligreses.- Beatificados el 13-X-2013.

Beatos Luis Damián Sobraqués y 3 compañeros mártires, Maristas. Formaban parte de la comunidad del colegio Nebrija de Valencia. Cuando se desató la persecución religiosa, sufrieron registros y saqueos en el colegio, y tuvieron que dispersarse. Perseguidos unos y delatados otros, fueron a encontrarse, junto con el capellán del colegio, en el colegio de los Salesianos convertido en cárcel, donde fueron torturados física y moralmente. Y allí los asesinaron el 4 de agosto de 1936. Luis Damián Sobraqués nació en Francia el año 1891. Cerradas las escuelas de los religiosos en su país, se vino a España y vistió el hábito marista en 1906. Ejerció la docencia en varios colegios maristas. Fue un excelente educador, gran catequista y ferviente apóstol. Benedicto José Galerón nació en Yudego (Burgos) en 1912. Profesó en 1929. Comenzó su misión docente en la cuenca minera de Palencia. Fue un excelente maestro y gran catequista que ponía entusiasmo para instruir en la fe cristiana a sus alumnos. Berardo José Pampliega nació en Cañizar de los Ajos (Burgos) en 1912. Profesó en 1930. Ejerció de profesor en los centros maristas de Valencia. Era sencillo y franco, amable y jovial. José Ceferino Garet nació en Centelles (Barcelona) en 1905. Profesó en 1921. Se dedicó a la enseñanza en colegios maristas de España y Marruecos. Destacaba por su espíritu de sacrificio, su bondad y su paciencia.- Beatificados el 13-X-2013.

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PARA TENER EL ESPÍRITU DE ORACIÓN Y DEVOCIÓN

Pensamiento bíblico :

Escribe san Pablo a los Corintios: -Siendo libre como soy, me he hecho esclavo de todos para ganar a los más que pueda. Con los judíos me he hecho judío; con los que están bajo la Ley de Moisés, como quien está bajo esa Ley; con los que están sin ley, como quien está sin ley. Me he hecho débil con los débiles, para ganar a los débiles. Me he hecho todo a todos para salvar a toda costa a algunos (cf. 1 Cor 9,19-22).

Pensamiento franciscano :

Francisco dedicó al hermano León estas Alabanzas del Dios altísimo: -Tú eres nuestra esperanza, tú eres nuestra fe, tú eres nuestra caridad, tú eres toda nuestra dulzura, tú eres nuestra vida eterna: Grande y admirable Señor, Dios omnipotente, misericordioso Salvador (AlD 6).

Orar con la Iglesia:

Dirijamos nuestra oración a Dios Padre, que manifiesta su poder sobre todo en la misericordia y el perdón.

-Por la Iglesia: para que sea signo e instrumento de reconciliación y lugar de acogida abierta a todos los hombres, cualquiera que sea su estado y condición.

-Por los sacerdotes: para que realicen con entrega generosa el ministerio sacramental del perdón y de la reconciliación.

-Por las víctimas del terrorismo y de toda de violencia: para que encuentren acogida y ayuda eficaz en las autoridades y en la sociedad.

-Por quienes disfrutamos de los sacramentos de la Eucaristía y de la Reconciliación: para que seamos testigos creíbles del amor infinito del Señor.

Oración: Ten misericordias de nosotros, Señor, y perdona nuestros pecados para que podamos servirte en santidad y justicia todos los días. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

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SAN JUAN MARÍA VIANNEY, CURA DE ARS
De la catequesis de Benedicto XVI del 5 de agosto de 2009

Queridos hermanos y hermanas:

Juan María Vianney nació en la pequeña aldea de Dardilly (Francia) el 8 de mayo de 1786, en el seno de una familia campesina, pobre en bienes materiales, pero rica en humanidad y fe. Bautizado el mismo día de su nacimiento, consagró los años de su niñez y de su adolescencia a trabajar en el campo y a apacentar animales, hasta el punto de que, a los diecisiete años, aún era analfabeto. No obstante, se sabía de memoria las oraciones que le había enseñado su piadosa madre y se alimentaba del sentido religioso que se respiraba en su casa.

Los biógrafos refieren que, desde los primeros años de su juventud, trató de conformarse a la voluntad de Dios incluso en las ocupaciones más humildes. Albergaba en su corazón el deseo de ser sacerdote, pero no le resultó fácil realizarlo. Llegó a la ordenación presbiteral, después de no pocas vicisitudes e incomprensiones, gracias a la ayuda de prudentes sacerdotes, que no se detuvieron a considerar sus límites humanos, sino que supieron mirar más allá, intuyendo el horizonte de santidad que se perfilaba en aquel joven realmente singular. Así, el 23 de junio de 1815, fue ordenado diácono y, el 13 de agosto siguiente, sacerdote. Por fin, a la edad de 29 años, después de numerosas incertidumbres, no pocos fracasos y muchas lágrimas, pudo subir al altar del Señor y realizar el sueño de su vida.

El santo cura de Ars manifestó siempre una altísima consideración del don recibido. Afirmaba: «¡Oh, qué cosa tan grande es el sacerdocio! No se comprenderá bien más que en el cielo... Si se entendiera en la tierra, se moriría, no de susto, sino de amor». Además, de niño había confiado a su madre: «Si fuera sacerdote, querría conquistar muchas almas». Y así sucedió. En el servicio pastoral, tan sencillo como extraordinariamente fecundo, este anónimo párroco de una aldea perdida del sur de Francia logró identificarse tanto con su ministerio que se convirtió, también de un modo visible y reconocible universalmente, en alter Christus, imagen del buen Pastor que, a diferencia del mercenario, da la vida por sus ovejas (cf. Jn 10,11). A ejemplo del buen Pastor, dio su vida en los decenios de su servicio sacerdotal. Su existencia fue una catequesis viviente, que cobraba una eficacia muy particular cuando la gente lo veía celebrar la misa, detenerse en adoración ante el sagrario o pasar muchas horas en el confesonario.

El centro de toda su vida era la Eucaristía, que celebraba y adoraba con devoción y respeto. Otra característica fundamental de esta extraordinaria figura sacerdotal era el ministerio asiduo de las confesiones. En la práctica del sacramento de la Penitencia reconocía el cumplimiento lógico y natural del apostolado sacerdotal, en obediencia al mandato de Cristo: «A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos» (Jn 20,23). Así pues, san Juan María Vianney se distinguió como óptimo e incansable confesor y maestro espiritual. Pasando, «con un solo movimiento interior, del altar al confesonario», donde transcurría gran parte de la jornada, intentó por todos los medios, en la predicación y con consejos persuasivos, que sus feligreses redescubriesen el significado y la belleza de la Penitencia sacramental, mostrándola como una íntima exigencia de la Presencia eucarística.

Logró tocar el corazón de la gente no gracias a sus dotes humanas, ni basándose exclusivamente en un esfuerzo de voluntad, por loable que fuera; conquistó las almas, incluso las más refractarias, comunicándoles lo que vivía íntimamente, es decir, su amistad con Cristo. Estaba «enamorado» de Cristo, y el verdadero secreto de su éxito pastoral fue el amor que sentía por el Misterio eucarístico anunciado, celebrado y vivido, que se transformó en amor por la grey de Cristo, los cristianos, y por todas las personas que buscan a Dios.

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HERMOSA OBLIGACIÓN DEL HOMBRE: ORAR Y AMAR
de una catequesis de san Juan María Vianney

Consideradlo, hijos míos: el tesoro del hombre cristiano no está en la tierra, sino en el cielo. Por esto, nuestro pensamiento debe estar siempre orientado hacia allí donde está nuestro tesoro.

El hombre tiene un hermoso deber y obligación: orar y amar. Si oráis y amáis, habréis hallado la felicidad en este mundo.

La oración no es otra cosa que la unión con Dios. Todo aquel que tiene el corazón puro y unido a Dios experimenta en sí mismo como una suavidad y dulzura que lo embriaga, se siente como rodeado de una luz admirable. En esta íntima unión, Dios y el alma son como dos trozos de cera fundidos en uno solo, que ya nadie puede separar. Es algo muy hermoso esta unión de Dios con su pobre criatura; es una felicidad que supera nuestra comprensión.

Nosotros nos habíamos hecho indignos de orar, pero Dios, por su bondad, nos ha permitido hablar con él. Nuestra oración es el incienso que más le agrada.

Hijos míos, vuestro corazón es pequeño, pero la oración lo dilata y lo hace capaz de amar a Dios. La oración es una degustación anticipada del cielo, hace que una parte del paraíso baje hasta nosotros. Nunca nos deja sin dulzura; es como una miel que se derrama sobre el alma y lo endulza todo. En la oración hecha debidamente, se funden las penas como la nieve ante el sol.

Otro beneficio de la oración es que hace que el tiempo transcurra tan aprisa y con tanto deleite, que ni se percibe su duración. Mirad: cuando era párroco en Bresse, en cierta ocasión, en que casi todos mis colegas habían caído enfermos, tuve que hacer largas caminatas, durante las cuales oraba al buen Dios, y, creedme, el tiempo se me hacía corto.

Hay personas que se sumergen totalmente en la oración, como los peces en el agua, porque están totalmente entregadas al buen Dios. Su corazón no está dividido. ¡Cuánto amo a estas almas generosas! San Francisco de Asís y santa Coleta veían a nuestro Señor y hablaban con él, del mismo modo que hablamos entre nosotros.

Nosotros, por el contrario, ¡cuántas veces venimos a la iglesia sin saber lo que hemos de hacer o pedir! Y, sin embargo, cuando vamos a casa de cualquier persona, sabemos muy bien para qué vamos. Hay algunos que incluso parece como si le dijeran al buen Dios: «Sólo dos palabras, para deshacerme de ti...». Muchas veces pienso que, cuando venimos a adorar al Señor, obtendríamos todo lo que le pedimos si se lo pidiéramos con una fe muy viva y un corazón muy puro.

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SANTA CLARA DE ASÍS,
LA MUJER DE LA ESPERANZA (II)
por Suor Chiara Augusta Lainati, osc

COMO UNA AGONÍA

«Tú eres nuestra esperanza, grande y admirable Señor, Dios omnipotente, misericordioso Salvador». Estas palabras, que Francisco escribió para Fray León, pasaron ciertamente a las manos y de las manos al corazón de Clara. «Tú eres seguridad, Tú eres todas nuestras riquezas a satisfacción, Tú eres custodio y defensor» (AlD).

Toda otra seguridad -fuera de Ti, Amor pobre- es una traición.

Y he aquí a Clara lanzarse desde ahora, y ya en todo momento, al vacío: vende su herencia y da lo obtenido a los pobres; hace aprobar de viva voz a Inocencio III aquel sorprendente Privilegio de la pobreza, que será luego concedido por escrito en 1228 y en el que podemos leer: «No os aparta de vuestro propósito la penuria de las cosas, porque la izquierda de vuestro celestial Esposo está bajo vuestra cabeza para sostener las flaquezas de vuestro cuerpo... y Aquel que alimenta a los pájaros del cielo y viste los lirios del campo, no permitirá que os falte alimento y vestido».

Dios hará que no os falte... Pero ¡cuánta expectación de esperanza para aquella mujer a quien un hijo espiritual, un futuro Papa, no dudará en llamar «madre de su salvación» (Carta Ab illa hora del Cardenal Hugolino).

Porque es de noche aquí abajo, noche más profunda que la del bosque de encinas alrededor de la Porciúncula. Noche también para Clara, noche en la que sólo la pura esperanza puede entrever una luz; noche en la que la única salvación es «mirarse» en aquel «espejo» que es el rostro de Cristo, el Amor pobre, privado del esplendor humano, que cuelga de la cruz: «Esperanza de Israel, su salvador en tiempo de angustia» (Jer 14,8).

«Contempla, deseando imitarlo, a tu Esposo, el más hermoso de los hijos de los hombres, que, por tu salvación, se ha hecho el más vil de los hombres, despreciado, golpeado y flagelado de múltiples formas en todo su cuerpo... Si mueres con Él en la cruz de la tribulación, poseerás con Él las mansiones celestes... y tu nombre será inscrito en el libro de la vida» (2CtaCl 20ss).

Si me peguntaseis dónde aprendió Santa Clara a «agonizar» con Cristo agonizante (LCl 31) -aunque es una pregunta que no se puede formular, porque sólo puede responderla Aquel que se lo enseñó-, os respondería: probad a tener cincuenta hijas y nada con qué saciarles el hambre (Proc VI, 6); probad a tener una «hermana Andrea» a la que la desesperación suscita en el corazón insanos propósitos (Proc III, 16); probad a alimentar en el corazón, para todos, la esperanza que se ancla sólo en aquel «espejo colocado en el leño de la cruz» (4CtaCl)... para todos: papa, cardenales, obispos, sacerdotes, hermanos, así como para los simples hombres del pueblo, para Asís entera, para todos: porque todos «mendigaron» esperanza de Clara, «madre de la salvación». Probad...

Es noche, de hecho, aquí abajo. Y la salvación viene únicamente de Dios, de aquel Dios clavado a una cruz, que se ha hecho «esperanza de Israel, su salvador en tiempo de angustia». Y es fatigoso -una verdadera agonía- caminar, por todos, en la arena candente de este desierto que conduce a la tierra prometida. Pero está escrito: «Será como rocío procedente de Yahvé, cual lluvia sobre la hierba aquel que no espera en el hombre ni aguarda nada de los hijos de los hombres» (Miq 5,6).

Y la certeza de que «no habrá allí más noche» (Ap 22,5), ¿acaso no diseña ya, desde acá abajo, un alba en el horizonte?


























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