miércoles, 2 de agosto de 2017

Año Cristiano Franciscano

BEATO LUIS DE VALENCIA


DÍA 3 DE AGOSTO

 

BEATOS ALFONSO LÓPEZ LÓPEZ Y MIGUEL REMÓN SALVADOR. Cuando en julio de 1936 arreció en España la persecución religiosa, los franciscanos conventuales de Granollers (Barcelona), como tantos otros, tuvieron que buscar refugio en casa de amigos o familiares. Alfonso nació en Secorún (Huesca) en 1878; a los 27 años ingresó en los conventuales, hizo el noviciado en Osimo (Italia), donde cursó los estudios eclesiásticos, y recibió la ordenación sacerdotal. Estuvo tres años de confesor en el Santuario de Loreto y pasó el resto de su vida en Granollers como docente, director espiritual y superior de la casa. Miguel nació en Caudé (Teruel) en 1907. Ingresó en la Orden en Granollers como hermano laico, marchó a Italia e hizo la profesión solemne en Loreto, donde permaneció un par de años prestando diversos servicios en la Basílica. Regresó a Granollers en 1935 para ejercer los oficios que se le confiaron, en los que siempre se mostró laborioso, afable y pacífico. El 3 de agosto de 1936, los milicianos detuvieron a Alfonso y a Miguel y, después de invitarlos repetidamente a apostatar de su fe en medio de crueles vejaciones y malos tratos, los fusilaron el 3 de agosto de 1936 cerca de Samalús (Barcelona). Son dos de los mártires de Granollers beatificados por Juan Pablo II en 2001.

BEATO LUIS DE VALENCIA

BEATO LUIS DE VALENCIABEATO LUIS DE VALENCINA, Capuchino. Nació en Valencina de Alcor, ahora Valencina de la Concepción (Sevilla), en 1885. Profesó en 1901 y fue ordenado sacerdote en 1908. Tenía buenas cualidades de gobierno y desempeñó diversos oficios, incluido el de superior provincial; fue un buen predicador y un gran director de ejercicios espirituales. Cuando, a raíz del Alzamiento Nacional, los milicianos sitiaron el convento de Antequera (Málaga), el P. Luis era director del seminario. El 3 de agosto de 1936 intentó huir descolgándose por un balcón, pero se fracturó una pierna. Los milicianos intentaron llevarlo al hospital en una camilla de la Cruz Roja, mientras la multitud pedía a gritos su muerte. Llegados a las afueras de la ciudad, lo arrojaron de la camilla y lo acribillaron a balazos mientras él se encomendaba al Señor y con su mano los bendecía, perdonándolos. Después le destrozaron el cráneo a golpes. Beatificado el 13-X-2013. [Más información]

BEATOS RICARDO GIL y ANTONIO ARRUÉ, mártires.


BEATOS RICARDO GIL y ANTONIO ARRUÉ, mártires.BEATOS RICARDO GIL y ANTONIO ARRUÉ, mártires. Ricardo nació en Manzanera (Teruel) en 1873. Su juventud fue algo zarandeada por su carácter difícil. En 1893 marchó a Filipinas, donde fue soldado, estudió filosofía y teología, fue ordenado sacerdote en 1904 y ejerció su ministerio hasta 1905 en que volvió a España. En 1910, en un viaje a Roma, se encontró con Don Orione, fundador de la Pequeña Obra de la Divina Providencia, en la que ingresó. Fue un encuentro providencial, que marcó su vida. Don Orione le encomendó diversas misiones en Italia y en 1930 lo envió a España para fundar la primera casa orionista de aquí. Fijó su residencia en Valencia, en una casa muy pobre, pero siempre abierta para acoger a los más pobres. El 3 de agosto de 1936, los milicianos lo detuvieron y, junto con el joven Antonio al que había acogido, lo asesinaron en El Saler, de Valencia. Antonio nació en Calatayud (Zaragoza) en 1908. Los dramas familiares y el abandono por parte de sus parientes le hicieron caer, durante el servicio militar, en una depresión; estuvo internado en un manicomio. En 1931 se encontró con el P. Ricardo, que lo acogió, le encomendó tares caritativas, le hizo estudiar y lo fue preparando para ingresar en la Obra de D. Orione. Cuando supo que habían detenido a D. Ricardo, quiso correr su misma suerte y se presentó a los milicianos, que lo mataron junto al sacerdote.- Beatificados el 13-X-2013.

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San Asprenas (o Asprenato). Según la tradición fue el primer obispo de Nápoles, entre finales del siglo I y comienzos del siglo II.

San Eufronio. Obispo de Autún (Francia) que murió algo después del año 475. Construyó la basílica san Simforiano mártir y dotó de mayor decoro y belleza el sepulcro de san Martín de Tours.

San Martín ermitaño. Llevó vida solitaria en el monte Massico (Campania, Italia), y permaneció muchos años encerrado en una pequeña cueva. Murió el año 580, y el papa san Gregorio Magno, en sus sermones, elogió su santidad.

San Pedro de Anagni. Fue monje benedictino en Salerno, su ciudad natal, y brilló por su observancia monástica. El papa Alejandro II, de quien había sido capellán, lo consagró obispo de Anagni, en la región del Lazio (Italia), ministerio en el que destacó por su celo pastoral. Llevó a término la construcción de la catedral y puso empeño en la reforma de la vida del clero y de todos los cristianos. Fue legado pontificio en Constantinopla. Murió en su sede el año 1105.

Beato Agustín Kazotic. Nació en Trau (Dalmacia) hacia el año 1260 de padres croatas. A los quince años ingresó en la Orden de Predicadores. Lo enviaron a estudiar a París. De regreso en su tierra, combatió las herejías que se estaban difundiendo. En 1303 Benedicto XI lo nombró obispo de Zagreb (Croacia), y en 1322, por la hostilidad del rey de Dalmacia, fue trasladado a la sede de Lucera (Apulia, Italia). Fue un pastor celoso, pacificador en medio de conflictos armados, padre y defensor de los pobres, asiduo visitador de sus fieles, pasaba muchas horas de la noche en oración. Murió en Lucera el año 1323.

Beato Alejo Andrés Beobide. Nació en Azpeitia (Guipúzcoa) en 1889. Hizo su primera profesión en los Hermanos de las Escuelas Cristianas en 1906. Ejerció su apostolado en seminarios y escuelas de su Congregación. Era director de la escuela de Chamberí, en Madrid, cuando estalló la persecución religiosa de 1936. Se refugió en una casa amiga y después en una pensión. El 3 de agosto de 1936, unos milicianos lo identificaron por el Nuevo Testamento que llevaba, y lo detuvieron. No se supo más de él hasta mucho después, en que un escrito decía que había sido fusilado en Torrejón de Ardoz (Madrid). Se da también la fecha de 8 de noviembre, en Griñón. Beatificado el 13-X-2013.

Beato Andrés-Avelino Gutiérrez. Nació en Salazar de Amaya (Burgos) en 1886. Profesó en los Paúles en 1905 y fue ordenado sacerdote en 1911. Sobresalió en la predicación de misiones populares. De 1917 a 1930 estuvo en Tardajos, que era colegio apostólico y además una fundación de misiones diocesanas. Luego ejerció su ministerio en Orense, y en 1933 lo trasladaron a Gijón, donde le sorprendió la persecución religiosa. A finales de julio de 1936 lo detuvieron, y el 3 de agosto de 1936 unos milicianos lo torturaron y asesinaron con saña despiadada en San Justo (Asturias). Beatificado el 13-X-2013.

Beato Eleuterio Román Mancho. Nació en Fuentes de Valdepero (Palencia) en 1898. Profesó en los Hermanos de las Escuelas Cristianas en 1916. Ejerció su apostolado en casas de Madrid. Se distinguió por su rectitud y afabilidad, a pesar de ser algo tímido. La persecución religiosa le sorprendió en la comunidad de Vallecas. Un día se presentaron los milicianos en la pensión en que se había refugiado. Lo detuvieron y se lo llevaron a la Pradera de San Isidro, en Madrid, donde lo fusilaron por haber enseñado la religión y ser religioso. Era el 3 de agosto de 1936. Beatificado el 13-X-2013.

Beato Francisco Bandrés Sánchez. Nació en Hecho, provincia de Huesca (España) el año 1896. Ingresó en los Salesianos, y se ordenó de sacerdote en 1922. Trabajó en varios colegios y en 1934 asumió la dirección de la gran Casa de Sarriá, en Barcelona. Cuando estalló la persecución, se refugió en casa de su hermana. Allí lo detuvieron los milicianos, lo condujeron a una checa y luego lo arrojaron al mar con una piedra atada al cuello. Sucedió en Barcelona el 3 de agosto de 1936. En su vida, la clase, el canto, el órgano, el confesionario y el púlpito fueron los campos principales de su trabajo. Era de carácter serio y exigente, pero revestido de exquisita afabilidad.

Beato José Guardiet. Nació en Manlleu (Barcelona) en 1879. Fue ordenado sacerdote en Barcelona el año 1902. Ejerció su ministerio en sucesivos destinos antes de ser nombrado párroco de Rubí en 1917. Se dedicó a reconstruir la comunidad católica y a levantar el nivel de la población tanto en lo religioso y moral como en lo cultural y social, para lo que fundó o promovió diversas instituciones. Cuando se desencadenó en España la persecución religiosa, pudo huir a Francia o esconderse, pero prefirió permanecer con sus feligreses. El 21 de julio de 1936 fue detenido y el 3 de agosto siguiente lo mataron en la carretera de la Rabassada, pasados tres km de Sant Cugat en dirección a Barcelona. Beatificado el 13-X-2013.

Beato Salvador Ferrandis Seguí. Nació en Lorcha, provincia de Alicante (España), el año 1880. Estudió en el seminario de Valencia y recibió la ordenación sacerdotal en 1904. Ejerció su ministerio en las parroquias de Villalonga, Alquería de la Condesa y, a partir de 1924, Pedreguer. Fue un hombre modesto, de una gran bondad y de una caridad desbordante; dedicado a los enfermos, ancianos y niños; de profunda oración y piedad, muy devoto de la Eucaristía. Al estallar la persecución de 1936, se refugió en una casa de campo. Allí lo detuvieron los milicianos, que lo fusilaron el 3 de agosto de 1936 en el término de El Verger (Alicante), después que él perdonara a sus verdugos y gritara: «¡Viva Cristo Rey!».

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PARA TENER EL ESPÍRITU DE ORACIÓN Y DEVOCIÓN

Pensamiento bíblico:

Dijo Jesús a sus discípulos: -¿Quién de vosotros, a fuerza de agobiarse, podrá añadir una hora al tiempo de su vida? ¿Por qué os agobiáis por el vestido? Fijaos cómo crecen los lirios del campo: ni trabajan ni hilan. Y os digo que ni Salomón, en todo su fasto, estaba vestido como uno de ellos. Pues, si a la hierba, que hoy está en el campo y mañana se quema en el horno, Dios la viste así, ¿no hará mucho más por vosotros, gente de poca fe? (Mt 6,27-30).

Pensamiento franciscano:

Santa Clara escribió a santa Inés de Praga: «Como nuestra carne no es de bronce, ni nuestra fortaleza es la de la roca, sino que más bien somos frágiles y propensas a toda debilidad corporal, te ruego, carísima, y te pido en el Señor que desistas con sabiduría y discreción de una cierta austeridad indiscreta e imposible en la abstinencia que, según he sabido, tú te habías propuesto, para que, viviendo, alabes al Señor, le ofrezcas tu obsequio racional y tu sacrificio esté siempre condimentado con sal (cf. Col 4,6)» (3CtaCla 38-41).

Orar con la Iglesia:

Imploremos la misericordia de Dios Padre, que cuida amorosamente a todos sus hijos.

-Para que la comunidad cristiana exprese en su vida la perenne fecundidad del Espíritu.

-Para que la familia sea escuela de vida evangélica y vivero de vocaciones para el servicio del pueblo de Dios.

-Para que los jóvenes sientan el deseo firme de la santidad como de una primavera del Espíritu.

-Para que los enfermos y cuantos sufren vivan la experiencia del dolor en comunión con Cristo.

-Para que todos los cristianos expresemos con el rechazo del mal y con obras de caridad el seguimiento de Cristo.

Oración: Padre santo, mira a tu Iglesia y haz que, con la fuerza del Espíritu Santo, anuncie con vigor la Palabra que ilumina y salva. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

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DIOS Y LAS CRIATURAS
Del discurso de S.S. Juan Pablo II
al pueblo reunido ante la basílica
de Santa María de los Ángeles (12-III-1982)

5. San Francisco está también entre nosotros como ejemplo de inalterable mansedumbre y de sincero amor para con los seres irracionales, que forman parte de la creación. En él resuena aquella armonía que es ilustrada con palabras sugestivas por las primeras páginas de la Biblia: «Dios puso al hombre en el jardín de Edén, para que lo cultivase y lo guardase» (Gén 2,15), y «trajo» los animales «ante el hombre, para que viese cómo los había de llamar» (Gén 2,19).

En San Francisco se entrevé como un anticipo de esa paz, anunciada ya por la Sagrada Escritura, cuando «el lobo habitará con el cordero, y el leopardo se acostará con el cabrito; y comerán juntos el becerro y el león, y un niño pequeño los pastoreará» (Is 11,6).

Él contemplaba la creación con los ojos de quien sabe reconocer en ella la obra maravillosa de la mano de Dios. Su voz, su mirada, sus cuidados solícitos no sólo para con los hombres, sino también para con los animales y la naturaleza en general, son un eco fiel del amor con que Dios pronunció al comienzo el «fiat, hágase» que les ha dado la existencia. ¿Cómo no sentir en el «Cántico de las criaturas» una cierta vibración de aquel gozo trascendente de Dios creador, de quien está escrito que «vio todo lo que había hecho: y era muy bueno» (Gén 1,31)? ¿No está quizás aquí la explicación del dulce apelativo de «hermano» y «hermana», con que el Pobrecillo se dirige a todos los seres creados?

A una actitud semejante estamos llamados también nosotros. Creados a imagen de Dios, debemos hacerle presente en medio de las criaturas «como dueños y custodios inteligentes y nobles» de la naturaleza, y «no como explotadores y destructores sin ningún reparo» (cf. Redemptor hominis, 15).

La educación para el respeto a los animales y, en general, para la armonía de todo lo creado produce, además, un efecto benéfico sobre el ser humano como tal, contribuyendo a desarrollar en él sentimientos de equilibrio, de moderación y de nobleza, y habituándole a remontarse «desde la grandeza y la belleza de las criaturas» hasta la transcendente belleza y grandeza de su Autor (cf. Sab 13,5).

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LA EUCARISTÍA, SACRAMENTO DE VIDA
De los escritos de san Pedro Julián Eymard

La Eucaristía es la vida de todos los pueblos. La Eucaristía les proporciona un principio de vida. Todos pueden reunirse sin ninguna barrera de raza o de lengua para celebrar las sagradas fiestas de la Iglesia. La Eucaristía les da la ley de la vida, en la que prevalece la caridad, de la cual este sacramento es la fuente; por esta razón forma entre ellos un lazo común, una especie de parentesco cristiano. Todos comen del mismo pan, todos son convidados de Jesucristo, que crea entre ellos sobrenaturalmente una simpatía de costumbres fraternales. Leed los Hechos de los Apóstoles, que afirman que la muchedumbre de los primeros cristianos, judíos conversos y paganos bautizados, originarios de diversas regiones, tenían un sólo corazón y una sola alma (Hch 4,32). ¿Por qué? Porque eran constantes en escuchar la enseñanza de los Apóstoles y perseveraban en la fracción del pan.

Sí, la Eucaristía es la vida de las almas y de las sociedades humanas. Como el sol es la vida de los cuerpos y de la tierra. Sin el sol la tierra sería estéril, es él quien la fecunda, la embellece y hace rica; es él quien da a los cuerpos la agilidad, la fuerza y la belleza. Ante tales efectos prodigiosos, no es extraño que los paganos le hayan adorado como el dios del mundo. En efecto, el astro del día obedece a un Sol supremo, al Verbo divino, a Jesucristo, que ilumina a todo hombre que viene a este mundo, y que, por la Eucaristía, Sacramento de vida, actúa personalmente, en lo más íntimo de las almas, para formar así familias y pueblos cristianos. ¡Oh dichosa y mil veces dichosa, el alma que ha encontrado este tesoro escondido, que va a beber a esta fuente de agua viva, que come a menudo este Pan de vida eterna!

La comunidad cristiana es, sobre todo, una familia. El vínculo entre sus miembros es Jesús-Eucaristía. Él es el padre que ha preparado la mesa familiar. La fraternidad cristiana ha sido promulgada en la Cena por la paternidad de Jesucristo. Él llama a sus Apóstoles «hijitos míos» es decir, mis niños, y les manda que se amen los unos a los otros como Él los amó (Jn 13,33-34).

En la mesa santa todos son hijos, que reciben el mismo alimento, y san Pablo saca la consecuencia de que forman una sola familia, un mismo cuerpo, pues todos participan de un mismo pan, que es Jesucristo. Finalmente, la Eucaristía da a la comunidad cristiana la fuerza para practicar la ley de honrar y amar al prójimo. Jesucristo quiere que se honre y ame a los hermanos. Por esto se personifica en ellos: «Cada vez que lo hicisteis con uno de éstos mis humildes hermanos, conmigo lo hicisteis» (Mt 25,40); y se da a cada uno en Comunión.

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SANTA CLARA DE ASÍS,
LA MUJER DE LA ESPERANZA
por Suor Chiara Augusta Lainati, osc

«Los pobres tienen el secreto de la esperanza. Comen cada día en la mano de Dios. Los otros hombres desean, exigen, reivindican, y llaman a todo esto esperanza... Por otra parte, el mundo moderno vive demasiado acelerado, no tiene ya tiempo de esperar. La vida interior del hombre moderno tiene hoy un ritmo excesivamente veloz para que nazca y permanezca un sentimiento tan fuerte y dulce como la esperanza...

»Sólo los pobres esperan por todos nosotros, como sólo los santos aman y expían por todos nosotros...

»Llegará un día en el que se cumplirá la palabra de Dios y los pobres poseerán la tierra, y la poseerán sencillamente porque no habrán perdido la esperanza en este mundo de desesperados» (G. Bernanos).

UNA INMERSIÓN EN LO INCIERTO

El primer paso de Clara fuera de la seguridad de su casa, hacia la Porciúncula envuelta en la oscuridad de un bosque -¡un sumergirse en la incertidumbre!-, es su paso decisivo en la carrera de la esperanza.

Un paso sin timidez (no aparece nunca tímida la hija de Favarone), pero que pronto tomará otro ritmo, casi de danza sobre las alas del Espíritu. Será ella misma quien escriba: «Con andar apresurado, con paso ligero, sin que tropiecen tus pies, para que tus pasos no recojan siquiera el polvo, segura, gozosa y alegre, marcha con prudencia por el camino de la felicidad...» (2CtaCl 12-13).

De hecho, poco a poco, la dama asisiense aprende, en San Damián, a «comer cada día en la mano de Dios»; una mano que ofrece, sí, en abundancia, «pobreza, fatiga, tribulación, humillación y desprecio por parte del mundo» (cf. RCl 6,2), pero también que convierte todo esto en «delicia», porque derrama precisamente sin medida en los surcos del corazón una semilla viva: la esperanza.

Casi con los ojos puedes ver ahondar, germinar y crecer esta semilla en la vida de santa Clara: un árbol tierno, después más robusto, vigoroso, bajo el sol de San Damián, finalmente, ondeante con seguridad en el cielo eterno de Dios, como eje de esperanza de la Iglesia entera; como el árbol de mostaza evangélico donde se resguardan en gran número los pájaros.

EN LA MANO DE DIOS

Toda la vida de Clara se ancla, de hecho, en la esperanza.

Sola, abandona para siempre su casa a los dieciocho años por seguir los pasos de un hombre, de un burgués, Francisco, a quien los más consideran todavía un loco. Un salto en el vacío. Contra la tradición de la familia. Contra las conveniencias sociales. Contra la misma práctica normal de la Iglesia de aquel tiempo. Un cerrar los ojos y dejarse llevar al abismo de la fe «contra toda esperanza» (Rm 4,18). «La fe que yo amo -hace decir Péguy a Dios- es la esperanza...».

La ves rechazar después la tranquila y organizada seguridad de los monasterios benedictinos, en los que se hospedó por pocos días, y resistir contra la presión y la violencia de los familiares, contra la seguridad humana que vuelve a llamar a su puerta.

Va a San Damián. En la incertidumbre. Allí aún está todo por hacer. Allí está sola, pero «no se espanta por la soledad» (LCl 9). Porque cuanto más profundo se hace su despojamiento, su pobreza de seguridades humanas, «a imitación del Crucificado pobre», tanto más canta libre y brilla al sol, sobre su camino, la esperanza, la esperanza que colma de gozo porque hace «pregustar desde aquí abajo la secreta dulzura que Dios reservó desde el principio a los que le aman» (3CtaCla, 14).

En San Damián hay poco o nada. Y, lo que más cuenta, no hay ni tan siquiera perspectivas seguras.

Nosotros vemos ahora la vida de santa Clara a la luz de lo que vino después... Pero Clara, al entrar en San Damián en aquel punzante marzo de Asís, tiene sólo la esperanza. Únicamente puede contar con la promesa evangélica: «Vuestro Padre sabe que tenéis necesidad de todas estas cosas. Buscad su reino y estas cosas se os darán por añadidura» (Lc 12,30-31). En todo caso, puede contar sólo con otra promesa, la de Francisco, quien había predicho que el Señor las multiplicaría (TestCl). Pero en nada más puede confiar. No sabe qué será de ella, ni de su hermanita Inés que tiene consigo... Está viviendo la experiencia del «pájaro del cielo» y sabe que, en las manos de Dios, vale más que muchos pájaros (cf. Mt 6,26). Come en estas manos, día a día, como pobre. Ni tan siquiera sabe si el lugar en que se encuentra, San Damián, tendrá un porvenir: está vacío... No puede suponer que, a la vuelta de pocos meses, Dios, «por su misericordia y gracia», multiplicará el número de las alondras bajo su sol.

Por el momento, humanamente hablando, todo es oscuridad.

Como Abraham, Clara camina en la noche, sostenida sólo por la confianza inquebrantable en Aquel que es el Señor de lo imposible. «El Señor dijo a Abraham: Vete de tu país, de tu patria y de la casa de tu padre a la tierra que yo te mostraré» (Gén 12,1). Y Abraham «salió sin saber a dónde iba» (Hb 11,8).

Tampoco Clara sabe hacia dónde va. Es de noche. Mas todo se arriesga en la esperanza. «Yo miro a Yahvé, espero en el Dios de mi salvación; mi Dios me escuchará» (Miq 7,7). Y Clara está segura, más segura que en el viejo y resguardado castillo de sus familiares. Dios es fiel en sus promesas. Clara espera en su palabra.
















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