domingo, 9 de julio de 2017

Año Cristiano Franciscano


DÍA 10 DE JULIO

 

SANTA VERÓNICA GIULIANI. Es una de las grandes místicas de la Iglesia. Nacida en Mercatello (Marcas, Italia) el año 1660, fue de niña caprichosa y vivaracha, a la vez que piadosa y de buen corazón. Era la menor de siete hermanas y su madre, que les dio una esmerada educación cristiana, falleció prematuramente. A los 16 años entró en el monasterio de clarisas capuchinas de Città di Castello (Umbría), en el que ejerció todos los cargos domésticos y fue muchos años maestra de novicias y abadesa. Destacó por su vida de oración y alta contemplación, acompañada de fenómenos místicos extraordinarios, incluso físicos, relacionados especialmente con la Pasión de Cristo. En el «Diario» que escribió por orden de sus confesores nos ha dejado un elocuente testimonio de sus experiencias místicas. Murió en su convento el 9 de julio de 1727. La Familia franciscana celebra su memoria el 10 de julio. -Oración: Señor, Dios nuestro, que hiciste admirable por las señales de la pasión de tu Hijo a tu virgen santa Verónica; haz que, por su intercesión y ejemplo, aceptemos humildemente la cruz de Cristo para llegar a la gloria de su resurrección. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.



SANTOS ANTONIO NGUYEN HÛU (NAM) QUYNH Y PEDRO NGUYEN KHAC TU. Mártires vietnamitas seglares, catequistas, el uno de 72 años y el otro de apenas 30, cuyas vidas habían trascurrido por caminos diferentes pero unidos por la fe, hasta que vinieron a unirse también en el martirio. Murieron estrangulados en Dong Hoi (Vietnam) el 10 de julio de 1840 en tiempo del emperador Minh Mang. Antonio nació en Mi-Huong en 1768 de familia cristiana. Se educó en la escuela de la misión y se enroló en el ejército, con el que participó en la guerra civil y en el que llegó a capitán. Luego se dedicó al comercio y estudió medicina, profesión que ejerció sólo para los pobres y de manera gratuita. Albergaba en su casa a los sacerdotes y lo detuvieron porque un criado lo delató. Fue azotado bárbaramente, pero se mantuvo firme en la fe. Pedro se había criado y educado en la misión dominicana. San Pedro Dumolin, siendo aún simple misionero, lo eligió como compañero suyo y catequista, tareas en las que continuó cuando el P. Dumolin fue elegido obispo. No se separaron en la persecución, y los detuvieron a los dos juntos. No cedió a amenazas ni tormentos y se mantuvo fiel a Cristo. Lo inmolaron después que al obispo.




BEATOS MANUEL RUIZ Y COMPAÑEROS MÁRTIRES DE DAMASCO. En la noche del 9 al 10 de julio de 1860, fueron martirizados en Damasco, por la plebe drusa, ocho franciscanos, todos españoles menos uno, y tres seglares nativos, por no querer renegar del cristianismo para abrazar el Islam. Eran miembros de la Custodia de Tierra Santa y formaban la comunidad de Damasco, parroquia, colegio y a la vez escuela de idiomas para los misioneros. Indicamos sus nombres: Manuel Ruiz, guardián de la casa, nacido en San Martín de Ollos (Santander); Carmelo Bolta, vicario, especialista en árabe y maestro de los misioneros, nacido en Real de Gandía (Valencia); Engelberto Kolland, políglota, natural del Tirol (Austria); Ascanio Nicanor, profesor del colegio, nacido en Villarejo de Salvanés (Madrid); Nicolás Alberca, estudiante de árabe, nacido en Aguilar de la Frontera (Córdoba); Pedro Soler, se preparaba para la ordenación sacerdotal, nacido en Lorca (Murcia); Francisco Pinazo, hermano profeso, nacido en Alpuente (Valencia); Juan Santiago Fernández, hermano profeso, nacido en Moire (Orense); y los Massabki, Francisco, Mooti y Rafael, tres hermanos de sangre, maronitas seglares. -Oración: Señor, Dios, que concediste a los bienaventurados Manuel Ruiz y compañeros la gracia de confirmar la fe en tu nombre al derramar la propia sangre; concédenos, por los méritos y ejemplos de estos mártires, que se robustezca la fe de los fieles y que todos los pueblos sean conducidos a la luz del Evangelio. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

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Santa Amalberga (Amelia o Amalia). Era natural de las Ardenas y en su adolescencia ingresó como monja en el monasterio benedictino de Munsterbilzen. Le dio el velo de las vírgenes consagradas san Wilibrordo, apóstol de la Frisia. Murió en Tamise, territorio de Flandes (Bélgica) el año 772.

Santas Anatolia y Victoria. Sufrieron el martirio en territorio de los Sabinos, cerca de Roma, en una fecha desconocida de la antigüedad cristiana.

San Apolonio de Sardes. Fue martirizado en Iconio de Licaonia (en la actual Turquía), en una fecha desconocida del siglo IV. Según la tradición, sufrió el martirio de la crucifixión.

Santos Bianor y Silvano. Sufrieron el martirio en Pisidia de Asia Menor (Turquía) en el siglo IV.

San Canuto IV, Rey de Dinamarca. Nació hacia el año 1040 y fue coronado rey de Dinamarca en 1080. Durante su reinado demostró ser un sincero creyente y un partidario convencido de la evangelización de los países nórdicos. Apoyó a la Iglesia y procuró que prevalecieran las leyes y costumbres cristianas. Por eso estalló contra él una rebelión, en el curso de la cual fue asesinado el año 1086 cuando estaba orando en la iglesia de San Albano que él había fundado en Odense.

Santos Jenaro y Marino. Sufrieron el martirio en el norte de África en una fecha desconocida de la antigüedad cristiana.

Santos Leoncio y compañeros mártires. En Nicópolis, en la antigua Armenia, hacia el año 320, en los últimos ramalazos de la persecución del Imperio Romano contra la Iglesia, bajo el imperio de Licinio y siendo gobernador Lisias, fueron sometidos a suplicios de todo género muchos cristianos, hasta cuarenta y cinco se cree, de los que sólo conservamos los nombres de Leoncio, Mauricio, Daniel, Antonio, Aniceto y Sisino.

Santos Mártires Romanos. Los santos mártires Félix y Felipe, Vidal, Marcial y Alejandro, Silano y Jenaro, enterrados en diferentes cementerios de la Urbe, son recordados hoy con alegría por la Iglesia romana. Murieron en fechas desconocidas de la antigüedad cristiana.

San Pascario de Nantes. Fue obispo de Nantes a mediados del siglo VII. Acogió a san Hermelando junto con doce compañeros, a quienes había llamado del monasterio de Fontanelle, y los invitó a fundar un monasterio en la isla de Aindre, cerca de Nantes.

San Pedro Vincioli. Nació cerca de Perusa (Umbría, Italia). Se ordenó de sacerdote y fue modelo de vida espiritual y sobre todo de caridad para con los pobres. Pidió a Otón II que impidiera los abusos de sus tropas, y el emperador le hizo caso. Tenía cualidades de arquitecto y de empresario, y con permiso del obispo reconstruyó, en el sitio de la antigua catedral de Perusa, la iglesia de San Pedro a la que añadió un monasterio benedictino. Pedro fue nombrado superior del mismo, en el que introdujo pacientemente las costumbres cluniacenses. La comunidad floreció en virtudes y atrajo muchas vocaciones. Murió el año 1007.

Santas Rufina y Segunda. Sufrieron el martirio en Roma, en el noveno miliario de la Vía Cornelia, en una fecha desconocida de la antigüedad cristiana.

Beatas María Gertrudis de Santa Sofía de Ripert d'Alauzin e Inés de Jesús de Romillon . Estas dos religiosas ursulinas, procedentes del convento que su Orden tenía en Bollèn, fueron guillotinadas en Orange (Francia) el 10 de julio de 1794, durante la Revolución Francesa. María Gertrudis había nacido de familia noble en Bollène el año 1757, y en su ciudad natal abrazó la vida religiosa. La condenaron por haber procurado, decían, el triunfo del fanatismo contra la República y haberse negado a prestar el juramento de libertad-igualdad. Inés de Jesús nació también de familia noble y en la ciudad de Bollène el año 1750. Ingresó en el mismo convento y la condenaron por las razones por las que condenaron a su compañera de martirio.



PARA TENER EL ESPÍRITU DE ORACIÓN Y DEVOCIÓN

Pensamiento bíblico:

De la Carta a los Efesios: «Malas palabras no salgan de vuestra boca; lo que digáis sea bueno, constructivo y oportuno, así hará bien a los que lo oyen. No entristezcáis al Espíritu Santo de Dios... Desterrad de vosotros la amargura, la ira, los enfados e insultos y toda maldad. Sed buenos, comprensivos, perdonándoos unos a otros como Dios os perdonó en Cristo» (Ef 4,29-32).

Pensamiento franciscano:

En su Regla, san Francisco dice a los superiores: «Deben guardarse de airarse y conturbarse por el pecado de alguno de los hermanos, porque la ira y la conturbación impiden en sí mismos y en los otros la caridad» (2 R 7,3).

Orar con la Iglesia:

Bendigamos a Cristo, autor de nuestra salvación, que ha querido renovar en sí mismo todas las cosas, y digámosle:

-Renuévanos sin cesar por tu Espíritu Santo, para que lleguemos a poseer el cielo nuevo y la tierra nueva que nos has prometido.

-Que trabajemos, Señor, para que el mundo se impregne de tu Espíritu, y se logre así más eficazmente la justicia, el amor y la paz.

-Enséñanos a corregir nuestra pereza y nuestra desidia, para que, bajo el impulso de tu Espíritu, nos empeñemos en la construcción de tu reino.

-Oh buen Jesús, líbranos del mal, y presérvanos de la fascinación de la vanidad, que oscurece la mente y oculta el bien.

Oración: Ilumina, Señor Jesucristo, nuestra mente, infunde en nuestro corazón el deseo de servirte, y escucha piadoso nuestras súplicas. Tú que viven y reinas por los siglos de los siglos. Amén.

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SANTA VERÓNICA GIULIANI
De la catequesis de S. S. Benedicto XVI
en la audiencia general del miércoles 15-XII-2010

Verónica nace el 27 de diciembre de 1660 en Mercatello, en el valle de Metauro, de Francesco Giuliani y Benedetta Mancini. A los 17 años entra en la estricta clausura del monasterio de las Clarisas Capuchinas de Città di Castello, donde permanecerá toda su vida. Un año después emite la profesión religiosa solemne: inicia para ella el camino de configuración con Cristo a través de muchas penitencias, grandes sufrimientos y algunas experiencias místicas vinculadas a la Pasión de Jesús: la coronación de espinas, las nupcias místicas, la herida en el corazón y los estigmas. En 1716, a los 56 años, se convierte en abadesa del monasterio y se verá confirmada en ese cargo hasta su muerte, acontecida en 1727, después de una dolorosísima agonía de 33 días que culmina en una alegría tan profunda que sus últimas palabras fueron: «¡He encontrado el Amor, el Amor se ha dejado ver! Esta es la causa de mi sufrimiento. ¡Decídselo a todas, decídselo a todas!». El 9 de julio deja la morada terrena para el encuentro con Dios. El Papa Gregorio XVI la proclama santa el 26 de mayo de 1839.

Verónica Giuliani escribió mucho: cartas, textos autobiográficos, poesías. Sin embargo, la fuente principal para reconstruir su pensamiento es su Diario, iniciado en 1693: nada menos que veintidós mil páginas manuscritas, que abarcan treinta y cuatro años de vida claustral. La escritura fluye espontánea y continua, sin tachones ni correcciones, sin signos de puntuación o distribución de la materia en capítulos o partes según un proyecto preestablecido. Verónica no quería componer una obra literaria; es más, el padre Girolamo Bastianelli, religioso de los Filipinos, de acuerdo con el obispo diocesano Antonio Eustachi, la obligó a poner por escrito sus experiencias.

Santa Verónica tiene una espiritualidad marcadamente cristológico-esponsal: es la experiencia de que Cristo, Esposo fiel y sincero, la ama y de querer corresponder con un amor cada vez más comprometido y apasionado. En ella todo se interpreta en clave de amor, y esto le infunde una profunda serenidad. Vive cada cosa en unión con Cristo, por amor a él y con la alegría de poder demostrarle todo el amor de que es capaz una criatura.

El Cristo al cual Verónica está profundamente unida es el Cristo sufridor de la pasión, muerte y resurrección; es Jesús en el acto de ofrecerse al Padre para salvarnos. De esta experiencia deriva también el amor intenso y doloroso por la Iglesia, en la doble forma de la oración y la ofrenda. La santa vive con esta perspectiva: reza, sufre, busca la «santa pobreza», como «expropiación», pérdida de sí misma, precisamente para ser como Cristo, que se entregó totalmente.

En cada página de sus escritos Verónica encomienda a alguien al Señor, avalorando sus oraciones de intercesión con la ofrenda de sí misma en todo sufrimiento. Su corazón se dilata a todas «las necesidades de la santa Iglesia», anhelando la salvación de «todo el mundo». Verónica grita: «Oh pecadores, oh pecadoras…, todos y todas venid al corazón de Jesús; venid al lavatorio de su preciosísima sangre… Él os espera con los brazos abiertos para abrazaros».

Animada por una ardiente caridad, da a las hermanas del monasterio atención, comprensión, perdón; ofrece sus oraciones y sus sacrificios por el Papa, por su obispo, por los sacerdotes y por todas las personas necesitadas, incluidas las almas del purgatorio. Resume su misión contemplativa en estas palabras: «Nosotras no podemos ir predicando por el mundo para convertir almas, pero estamos obligadas a rezar continuamente por todas las almas que se encuentran en estado de ofensa a Dios… especialmente con nuestros sufrimientos, es decir, con un principio de vida crucificada». Nuestra santa concibe esta misión como «estar en medio», entre los hombres y Dios, entre los pecadores y Cristo crucificado.

Verónica vive profundamente la participación en el amor de Jesús que sufre, segura de que «sufrir con alegría» es la «clave del amor». Pone de relieve que Jesús sufre por los pecados de los hombres, pero también por los sufrimientos que sus siervos fieles soportaron a lo largo de los siglos, en el tiempo de la Iglesia, precisamente por su fe sólida y coherente. Escribe: «Su eterno Padre le hizo ver y sentir en ese punto todos los sufrimientos que iban a padecer sus elegidos, sus almas más queridas, es decir, las que iban a sacar provecho de su sangre y de todos sus sufrimientos». Como dice de sí mismo el apóstol san Pablo: «Ahora me alegro por los padecimientos que soporto por vosotros, y completo en mi carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo, en favor de su Cuerpo, que es la Iglesia» (Col 1,24).

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ESTOY DISPUESTA A OFRECER MI VIDA Y MI SANGRE
POR LA CONVERSIÓN DE LAS ALMAS
Del «Diario» de santa Verónica Giuliani

Hoy se me han renovado los dolores en manos, pies y costado, y he pasado toda la noche entre sufrimientos y penas: doy gracias a Dios. Por la mañana, recibí el sacramento de la penitencia, del que he salido confortada y con mayores ánimos para sufrir. Después, me acerqué a recibir la sagrada comunión, y he obtenido la gracia de experimentar, en lo más íntimo de mi alma, la presencia viva de Dios, encontrándome en no sé qué nuevo estado interior de espíritu. Desde hace unos días advierto en mi corazón una determinada moción del espíritu, pero no sé expresarlo con palabras. Describiré únicamente los efectos que se han producido en mí.

El primero ha sido un mayor conocimiento y dolor de mis culpas, el ansia por la conversión de las almas, por las que estaría dispuesta a entregar mi vida y mi sangre, y una gran confianza en la misericordia de Dios, y en la piedad y amor de la bienaventurada Virgen María. El segundo, no obstante verme envuelta en un total abandono y sumergida en un mar de tentaciones -que apenas advierto esta acción misteriosa-, me encuentro súbitamente tranquila, colmada de suprema paz, y totalmente sumergida en una especie de estabilidad que me tiene sometida a la voluntad de Dios. El tercer efecto es éste: cuando me encuentro atormentada por el diablo con tentaciones interiores, y al mismo tiempo, por razones de mi cargo, debo ocuparme de los demás y moverme de un sitio a otro en las más diversas ocupaciones, aquella acción misteriosa hace que yo realice todo esto sin apenas darme cuenta, y luego constato que las llevé a cabo sin saber cómo. Esto me acontece especialmente en los momentos más importantes, como son la recepción de los sacramentos, la meditación y los coloquios espirituales que tenemos nosotras por costumbre realizar.

También, algunas veces, me veo sumida en gran tedio de alma, en aridez y profunda desgana, que me da la impresión de serme imposible soportar semejante estado de vida, dándome náuseas todo, y pareciéndome que todo es inútil y que pierdo el tiempo; incluso, el acudir al confesor me da la impresión de no servirme para nada. Pero, apenas percibo en mi corazón la más leve sensación de esa misteriosa moción del Espíritu, me siento de nuevo transformada, y con tal energía, que aun permaneciendo en una tan profunda aridez, insensible a todo y colmada de contradicciones, toda obra me parece factible, aun la más imposible y dificultosa. Gracias sean dadas a Dios por todo.

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LA VIDA DEL EVANGELIO
por Julio Micó, OFMCap

Seguir la doctrina y las huellas de Jesús

El itinerario espiritual de Francisco se caracteriza por su búsqueda incesante de configurar toda su vida en el Evangelio que nos ofrece a Jesús. La lectura de los textos evangélicos de misión le confirmó en la idea que venía madurando desde hacía tiempo sobre el proyecto de su vida. Por fin había encontrado lo que buscaba porque, en realidad, lo necesitaba no sólo él, sino también los compañeros que Dios le había dado. Al final de su vida recordará estos inicios como una gracia del Señor, que le inspiró vivir según la forma del santo Evangelio (Test 14).

En este ambiente de evangelismo romántico, pero duro, transcurrieron los comienzos, hasta que presentaron en Roma un proyecto de vida, escrito en pocas palabras, para que el Papa lo aprobara; un proyecto, nos dirá Celano, que escribió Francisco sirviéndose principalmente de textos del santo Evangelio (1 Cel 32).

Hoy nos resulta imposible conocer con precisión el contenido de este programa, pero es verosímil que estuvieran en él los textos de misión junto con el radicalismo itinerante y sus consecuencias de desarraigo familiar, así como la confianza heroica en la providencia de Dios, la libertad en las comidas y el anuncio gozoso de la penitencia y de la paz; todo esto, dentro de un ambiente de decidida voluntad de seguir desnudos a Cristo desnudo hasta la propia cruz.

Por lo que nos dicen los biógrafos, parece que la vivencia del proyecto fue real: una vivencia itinerante y misionera que trataba de mantener su difícil cohesión por medio de una fe viva en Dios, una oración constante y la voluntad de acogerse mutuamente desde su fragilidad. La entrada progresiva de clérigos y gente culta influyó en este tipo de evangelismo ingenuo, pero profundo. El talante eremítico que configuraba a la primitiva Fraternidad fue dando paso a una forma más asentada y organizada, según el modelo de vida religiosa que proponía la Curia romana, en la que no tenían cabida los radicalismos que hasta entonces habían caracterizado al movimiento franciscano.

La vuelta de Francisco de Oriente en 1220 marca el momento crítico en el que estas tendencias tradicionales van imponiéndose, haciendo de la Fraternidad un grupo estructurado en el que los valores evangélicos asumidos al principio tienen que ser replanteados, perdiendo esa frescura que hacían del movimiento franciscano una interpelación constante a toda la Iglesia sobre su vivencia radical del Evangelio. La potencial fuerza cuestionadora que suponía la vivencia libre del Evangelio por la primitiva Fraternidad, es domesticada y trasvasada a unos odres viejos, en los que pierde su capacidad interpelante y provocadora, para convertirse en una espiritualidad integrada en los esquemas socio-religiosos del tiempo.

La aceptación de este cambio supondrá para Francisco, como nos dice en el Testamento, el tener que defender los valores evangélicos que el Señor le inspiró como elementos estructuradores de su Fraternidad, concretándolos, en la medida de lo posible, en las dos Reglas. Dentro del entramado jurídico de este tipo de escritos, procurará trazar con vigor, en cuanto el consenso con las otras fuerzas existentes en la Fraternidad se lo permitan, lo que para él era fundamental a la hora de reconocerse como un grupo de creyentes que pretendían seguir a Jesús de un modo consecuente.

Para ello tuvo que defender con uñas y dientes el tipo de evangelismo en el que se le había dado, según su propia confesión, el poder seguir con fidelidad las huellas de Jesús. Pero los acontecimientos fueron por otra parte y, si bien es verdad que el núcleo fundamental del Evangelio prometido al Señor se mantuvo dentro de la Fraternidad, también lo es que se realizó en las formas tradicionales en que se movía la reforma de la vida religiosa del tiempo.

Si la vida llevada al principio le proporcionó el gozo de practicar el evangelismo que coincidía con sus deseos, luego, el Señor le fue llevando a una interiorización progresiva, hasta llegar, por el mismo camino que llegó Jesús, a la madurez evangélica de confiar sólo en Dios desde la oscuridad de su noche. El Francisco de los últimos años, aunque con momentos bajos en los que parece acentuarse su cansancio, nos muestra que el seguimiento de Jesús, en última instancia, no es una iniciativa nuestra que discurra por el camino deseado, sino que es el Espíritu el que nos conduce por sendas queridas por el Padre, aunque a nosotros nos resulten incomprensibles y extrañas. Dejarse conducir por la mano providente de Dios, como hizo Francisco, es la mejor prueba de que se ha entendido lo que es y nos exige Jesús a través del Evangelio.

















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