jueves, 20 de julio de 2017

Año Cristiano Franciscano



DÍA 21 DE JULIO

 

SAN LORENZO DE BRINDIS. Nació en Brindis (Italia) el año 1559. Ingresó en la Orden de los Capuchinos y estudió en Padua. Fue una persona superdotada a quien Dios concedió cualidades intelectuales extraordinarias. Infatigable y elocuente predicador por varias naciones de Europa, docto profesor de sus hermanos, escritor erudito, ocupó, además, todos los cargos en su Orden, incluso el de Ministro general, y desempeñó graves y delicadas misiones diplomáticas por Europa. De carácter sencillo y humilde, cumplió fielmente todas las misiones que se le encomendaron, como la defensa de la Iglesia ante los turcos que intentaban dominar Europa y la reconciliación de príncipes enfrentados. En su vida de piedad se distinguió por la fervorosa celebración de la misa y por su filial devoción a la Virgen. Murió el 22 de julio de 1619 en Lisboa, adonde fue a tratar con Felipe III de la paz en Nápoles. Por su conocimiento profundo de la Palabra de Dios, del que dejó testimonio en sus escritos y en los púlpitos, Juan XXIII le dio en 1959 el título de «Doctor Apostólico». -Oración: Oh Dios, que para gloria de tu nombre y salvación de las almas otorgaste a san Lorenzo de Brindis espíritu de consejo y fortaleza, concédenos llegar a conocer, con ese mismo espíritu, las cosas que debemos realizar y la gracia de llevarlas a la práctica después de conocerlas. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.


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San Alberico Crescitelli. Nació en Altavilla Irpina, región de Campania (Italia), el año 1863. A los 17 años ingresó en el Seminario Pontificio para las Misiones Extranjeras, de Roma, y se ordenó de sacerdote en 1887. Al año siguiente lo destinaron a las misiones de China, al Shensi meridional, donde se dedicó con gran celo a la evangelización y cuidado pastoral de varias comunidades cristianas a orillas del río Han. Cuando estalló la persecución de los bóxers, se negó a abandonar a sus cristianos, lo que le costó la vida. Lo detuvieron y lo torturaron, medio muerto y casi arrastrándose, lo hicieron ir sobre cal viva y con los pies atados hasta el río, donde la descuartizaron y decapitaron. Esto sucedió en Yanzibian, cerca de Yangpingguan (China), el año 1900.

San Arbogasto. Fue obispo de Estrasburgo (Francia) en el siglo VI.

San José Wang Yumei. Era un fervoroso cristiano seglar chino, tenía 68 años de edad y era el administrador de los bienes de la comunidad cristiana. Viendo venir la perspectiva del martirio, se llenó de alegría pues amaba al Señor de todo corazón. Llegados los bóxers, lo arrestaron y lo metieron en un carro en el que iban arrestadas varias mujeres cristianas. Camino de Daining, provincia de Hubei (China), quisieron aterrorizar a las mujeres para que apostataran, y para ello bajaron a José del carro y la emprendieron contra él a puñetazos, patadas, bastonazos, etc., hasta que un soldado le atravesó la garganta con la lanza y otro le cortó la cabeza. Era el año 1900.

Santa Práxedes. Al parecer fue víctima de una de las persecuciones del Imperio Romano durante el siglo II. En Roma se la conmemora en esta fecha y bajo su nombre se dedicó a Dios una iglesia en el monte Esquilino.

Santos Simeón Salo y Juan. Eran originarios de Siria y vivieron en el siglo VI. Se hicieron amigos durante una peregrinación a Tierra Santa. De vuelta a casa, visitaron las lauras de los monjes de Palestina y decidieron quedarse entre ellos. Recibieron el hábito monástico y llevaron vida cenobítica; más tarde pasaron a vivir como ermitaños junto al Mar Muerto. Años después Simeón volvió a Emesa y por amor a Cristo se hizo pasar por idiota (Salo) ante los hombres, pero Dios lo acreditó con hechos extraordinarios. Juan siguió llevando vida eremítica.

San Víctor de Marsella. Sufrió el martirio en Marsella (Francia) en torno al año 292.

Beato Agrícola Rodríguez García de los Huertos. Nació en Consuegra (Toledo) en 1896. A los 10 años ingresó en el seminario de Burgos, y dos años después pasó al de Toledo; fue ordenado sacerdote en 1918. En sus 18 años de vida sacerdotal ejerció varios cargos eclesiásticos. Desde 1928 estuvo en la parroquia de Mora (Toledo). En 1931 los republicanos lo desterraron; marchó a su pueblo y, al cabo de tres meses, pudo regresar a Mora. El 21-VII-1936, apenas desatada la persecución religiosa, entraron en la iglesia y lo mataron.

Beato Gabriel Pergaud. Nació en Saint-Priest-la-Plaine, región de Lemosín (Francia), el año 1752. En su juventud ingresó en los Canónigos Regulares de San Agustín. Se ordenó de sacerdote y ejerció diversos cargos en su Orden. La Revolución Francesa lo sorprendió en la abadía de Beaulieu, en la que pudo permanecer sin prestar juramentos hasta principios de 1793, cuando lo detuvieron y, a la espera de ser deportado, pasó de un lugar a otro. En junio del año siguiente lo embarcaron en el pontón Les Deux Associés, anclado frente a Rochefort. Allí dio testimonio de fe, de abandono en las manos de Dios y de fidelidad a la Iglesia. Murió enfermo y exhausto el 21 de julio de 1794. Lo enterraron, como a tantos otros, en la isla de Aix.

Beatos José Limón Limón y José Blanco Salgado, Salesianos. Apenas desatada la persecución religiosa, el 19-VII-1936 los milicianos asaltaron el colegio salesiano de Morón de la Frontera (Sevilla), y arrestaron y maltrataron a los religiosos, que fueron liberados por la Guardia Civil; pero el 21-VII-1936 los milicianos arrestaron de nuevo y fusilaron a estos dos. José Limón nació en Villanueva del Ariscal (Sevilla) en 1892, emitió los votos en 1912 y fue ordenado sacerdote en 1919. Trabajó en sucesivos colegios, de algunos de los cuales fue director, cargo que tenía en el de Morón de la Frontera en 1936. José Blanco nació en Souto-San Bartolomé (Orense) en 1892, hizo el noviciado en San José del Valle (Cádiz), y profesó como coadjutor en 1914. Fue un religioso humilde, piadoso, obediente.



PARA TENER EL ESPÍRITU DE ORACIÓN Y DEVOCIÓN

Pensamiento bíblico:

«El Señor es mi pastor, nada me falta: en verdes praderas me hace recostar, me conduce hacia fuentes tranquilas y repara mis fuerzas; me guía por el sendero justo, por el honor de su nombre. Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque tú vas conmigo: tu vara y tu cayado me sosiegan. Tu bondad y tu misericordia me acompañan todos los días de mi vida, y habitaré en la casa del Señor por años sin término» (Salmo 22).

Pensamiento franciscano :

«Omnipotente, altísimo, bondadoso Señor,
tuyas son la alabanza, la gloria y el honor;
tan sólo tú eres digno de toda bendición,
y nunca es digno el hombre de hacer de ti mención.
Loado seas por toda criatura, mi Señor...
Servidle con ternura y humilde corazón.
Agradeced sus dones, cantad su creación.
Las criaturas todas, load a mi Señor» (Cánt 1-3.14).

Orar con la Iglesia:

Pidamos humildemente a Cristo, fuente de vida y de santidad, que venga a nosotros su reino.

-Señor Jesús, tú que enviaste a tus discípulos por el mundo a predicar el Evangelio, haz que también nosotros, iluminados y fortalecidos por tu Espíritu, seamos testigos tuyos.

-Tú que con tu venida has traído la salvación al mundo, concédenos ser operarios fieles y diligentes en tu viña.

-Tú que has superdotado a san Lorenzo de Brindis para el apostolado, concédenos que hagamos fructificar en nosotros los talentos que nos has dado.

-Tú que nos quieres colaboradores tuyos en la construcción de un mundo mejor, ilumina nuestra mente y fortalece nuestra voluntad con tu Espíritu.

Oración: Concédenos, Señor, el amor a tu palabra, y haz que, bajo la acción del Espíritu Santo, la comprendamos cada día mejor y la comuniquemos con mayor eficacia a nuestros hermanos. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

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SAN LORENZO DE BRINDIS
De la catequesis de S. S. Benedicto XVI
en la audiencia general del miércoles 23-III-2011

Lorenzo nació en Brindis el año 1559. Desde la infancia se sintió atraído por la familia de san Francisco de Asís. De hecho, huérfano de padre a los siete años, fue encomendado por su madre a los cuidados de los frailes conventuales de su ciudad. Algunos años después, sin embargo, se trasladó con su madre a Venecia, y precisamente en el Véneto conoció a los capuchinos. En 1575 Lorenzo, con la profesión religiosa, se convirtió en fraile capuchino y en 1582 fue ordenado sacerdote. Ya durante los estudios eclesiásticos mostró las eminentes cualidades intelectuales de las que estaba dotado. Aprendió fácilmente las lenguas antiguas, como el griego, el hebreo y el siriaco, y las modernas, como el francés y el alemán, que se añadían al conocimiento de la lengua italiana y de la latina, que en esa época se hablaba con fluidez entre los eclesiásticos y los hombres de cultura.

Gracias al dominio de tantos idiomas Lorenzo pudo realizar un intenso apostolado entre diversas clases de personas. Predicador eficaz, conocía de modo tan profundo no sólo la Biblia, sino también la literatura rabínica, que los propios rabinos se quedaban asombrados y admirados, y le manifestaban estima y respeto. Teólogo versado en la Sagrada Escritura y en los Padres de la Iglesia, era capaz de ilustrar de modo ejemplar la doctrina católica también a los cristianos que se habían adherido a la Reforma, sobre todo en Alemania.

Incluso los fieles más sencillos, no dotados de gran cultura, se beneficiaron de la palabra convincente de Lorenzo, que se dirigía a la gente humilde para exhortar a todos a la coherencia de la propia vida con la fe profesada.

Es sorprendente que san Lorenzo de Brindis haya podido llevar a cabo sin interrupción esta actividad de apreciado e infatigable predicador en muchas ciudades de Italia y en distintos países, aunque desempeñara otros cargos gravosos y de gran responsabilidad. De hecho, en el seno de la Orden de los capuchinos fue profesor de teología, maestro de novicios, varias veces ministro provincial y definidor general y, por último, ministro general de 1602 a 1605.

En medio de tantos trabajos, Lorenzo cultivó una vida espiritual de fervor excepcional, dedicando mucho tiempo a la oración y de modo especial a la celebración de la santa misa, que a menudo prolongaba durante horas, absorto y conmovido en el memorial de la pasión, muerte y resurrección del Señor. Por lo demás, con el ardor inconfundible de su estilo, Lorenzo exhorta a todos, no sólo a los sacerdotes, a cultivar la vida de oración porque por medio de ella nosotros hablamos a Dios y Dios nos habla a nosotros: «¡Oh, si tuviésemos en cuenta esta realidad! -exclama-, es decir, que Dios está verdaderamente presente en nosotros cuando le hablamos orando; que escucha de verdad nuestra oración, aunque nosotros sólo recemos con el corazón y con la mente; y que no sólo está presente y nos escucha; más aún, puede y desea contestar de buen grado y con el máximo placer a nuestras preguntas».

Otro rasgo que caracteriza la obra de este hijo de san Francisco es su trabajo en favor de la paz. Tanto los Sumos Pontífices como los príncipes católicos le confiaron en varias ocasiones importantes misiones diplomáticas para dirimir controversias y fomentar la concordia entre los Estados europeos, amenazados en aquel tiempo por el Imperio otomano. La autoridad moral de que gozaba lo convertía en consejero buscado y escuchado. Precisamente con ocasión de una de estas misiones diplomáticas Lorenzo terminó su vida terrena, en 1619, en Lisboa, donde había ido para encontrarse con el rey de España, Felipe III, a fin de defender la causa de sus súbditos napolitanos maltratados por las autoridades locales.

Fue canonizado en 1881 y, por su vigorosa e intensa actividad, por su amplia y armoniosa ciencia, mereció el título de Doctor apostolicus, «Doctor apostólico», que le otorgó el beato Papa Juan XXIII en 1959. Ese reconocimiento se le concedió a Lorenzo de Brindis también porque fue autor de numerosas obras de exégesis bíblica, de teología y de escritos destinados a la predicación. En esas obras ofrece una presentación sistemática de la historia de la salvación, centrada en el misterio de la Encarnación, la mayor manifestación del amor divino a los hombres. Además, siendo un mariólogo de gran valor, autor de una colección de sermones sobre la Virgen titulada Mariale, pone de relieve el papel único de la Virgen María, de la que afirma con claridad la Inmaculada Concepción y la cooperación en la obra de la redención realizada en Cristo.

Con fina sensibilidad teológica, Lorenzo de Brindis también puso de relieve la acción del Espíritu Santo en la vida del creyente. Nos recuerda que, con sus dones, la Tercera Persona de la Santísima Trinidad nos ilumina y ayuda en nuestro compromiso de vivir con alegría el mensaje del Evangelio. «El Espíritu Santo -escribe san Lorenzo- hace dulce el yugo de la ley divina y ligero su peso, de manera que guardemos los mandamientos de Dios con gran facilidad, incluso de buen grado».

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LA PREDICACIÓN ES UNA FUNCIÓN APOSTÓLICA 
Del Sermón cuaresmal 2,48.50.52, de san Lorenzo de Brindis

Para llevar una vida espiritual, que nos es común con los ángeles y los espíritus celestes y divinos, ya que ellos y nosotros hemos sido creados a imagen y semejanza de Dios, es necesario el pan de la gracia del Espíritu Santo y de la caridad de Dios. Pero la gracia y la caridad son imposibles sin la fe, ya que sin la fe es imposible agradar a Dios. Y esta fe se origina necesariamente de la predicación de la palabra de Dios: La fe nace del mensaje, y el mensaje consiste en hablar de Cristo. Por tanto, la predicación de la palabra de Dios es necesaria para la vida espiritual, como la siembra es necesaria para la vida del cuerpo.

Por esto, dice Cristo: Salió el sembrador a sembrar su semilla. Salió el sembrador a pregonar la justicia, y este pregonero, según leemos, fue algunas veces el mismo Dios, como cuando en el desierto dio a todo el pueblo, de viva voz bajada del cielo, la ley de justicia; fue otras veces un ángel del Señor, como cuando en el llamado «lugar de los que lloran» echó en cara al pueblo sus transgresiones de la ley divina, y todos los hijos de Israel, al oír sus palabras, se arrepintieron y lloraron todos a voces; también Moisés predicó a todo el pueblo la ley del Señor, en las campiñas de Moab, como sabemos por el Deuteronomio. Finalmente, vino Cristo, Dios y hombre, a predicar la palabra del Señor, y para ello envió también a los apóstoles, como antes había enviado a los profetas.

Por consiguiente, la predicación es una función apostólica, angélica, cristiana, divina. Así comprendemos la múltiple riqueza que encierra la palabra de Dios, ya que es como el tesoro en que se hallan todos los bienes. De ella proceden la fe, la esperanza, la caridad, todas las virtudes, todos los dones del Espíritu Santo, todas las bienaventuranzas evangélicas, todas las buenas obras, todos los actos meritorios, toda la gloria del paraíso: Aceptad dócilmente la palabra que ha sido plantada y es capaz de salvaros.

La palabra de Dios es luz para el entendimiento, fuego para la voluntad, para que el hombre pueda conocer y amar a Dios; y para el hombre interior, el que vive por la gracia del Espíritu Santo, es pan y agua, pero un pan más dulce que la miel y el panal, un agua mejor que el vino y la leche; es para el alma un tesoro espiritual de méritos, y por esto es comparada al oro y a la piedra preciosa; es como un martillo que doblega la dureza del corazón obstinado en el vicio, y como una espada que da muerte a todo pecado, en nuestra lucha contra la carne, el mundo y el demonio.

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EL EVANGELIO DE SAN FRANCISCO:
POBREZA Y ALEGRÍA
por Victoriano Casas García, OFM

«Loado seas, mi Señor, con todas tus criaturas»

Para Francisco la naturaleza no está corrompida. La naturaleza y la vida proceden de Dios. Están ahí para manifestarlo y servirlo. El mundo todo, por lo mismo, es un inmenso coro del que se alza un canto de alabanza jamás interrumpido.

Francisco canta a las criaturas con un amor de pobre que le impide desear poseerlas. Nunca él se ha atrevido a materializar el espíritu, pero tampoco él ha osado nunca espiritualizar la naturaleza. En verdad, en su materialidad él no veía ni contemplaba sino su significado nuevo, espiritual, como en la mañana del mundo, cuando todo salió bello y puro de las manos de Dios.

Francisco, por eso, predicó a los pájaros e inundado de gozo los bendijo (1 Cel 58). Acogió con premura y alegría a un pez, estando él en el lago Trasimeno, llamándolo hermano (1 Cel 61). Al contemplar el sol, la luna y las estrellas del firmamento sus ojos y su ánimo rebosaban de gozo (1 Cel 80). Se hizo amigo de un faisán, de una cigarra, de las ovejas, de un pájaro acuático y de los lobos de Greccio (2 Cel 170-171). Los candiles, las lámparas, las candelas, las piedras, los árboles, la hierba, los gusanillos, las abejas... fueron amados y cantados, respetados y admirados por este hombre del Evangelio, pacificado y hermano de todas las cosas y todos los seres:

«Abraza todas las cosas con indecible afectuosa devoción y les habla del Señor y las exhorta a alabarlo. Deja que los candiles, las lámparas y las candelas se consuman por sí, no queriendo apagar con su mano la claridad, que le era símbolo de la luz eterna. Anda con respeto sobre las piedras, por consideración al que se llama Piedra... A los hermanos que hacen leña prohíbe cortar del todo el árbol, para que le quede la posibilidad de echar brotes. Manda al hortelano que deje a la orilla del huerto franjas sin cultivar, para que a su tiempo el verdor de las hierbas y la belleza de las flores pregonen la hermosura del Padre de todas las cosas. Manda que se destine una porción del huerto para cultivar plantas que den fragancia y flores, para que evoquen a cuantos las ven la fragancia eterna. Recoge del camino los gusanillos para que no los pisoteen; y manda poner a las abejas miel y el mejor vino para que en los días helados de invierno no mueran de hambre. Llama hermanos a todos los animales, si bien ama particularmente, entre todos, a los mansos» (2 Cel 165).

Las criaturas no son ya esclavas del poder o víctimas del placer, sino que son reconocidas en su soberana dignidad de «criaturas de Dios». Francisco las acoge como notas vibrantes para componer el Cántico de las criaturas. Todas ellas oyen su invitación a dar gloria y honor, bendición y alabanza a Dios (Ap 5,13). Es un canto a la vida, que supera todas las fronteras y barreras, también la de la muerte corporal, descubriendo una creación redimida y reconciliada, que sabe la dicha de ser y de pertenecer a Dios.

La postura del hombre en medio del universo es ser «juglar de Dios», es decir, criatura de amor, capaz de inaugurar el canto nuevo de la misericordia y la ternura, del gozo y el perdón, contento de reconocer y de cantar, respetar y descubrir a todos los seres como hermanos. Un sentido nuevo, de cortés y digna hospitalidad al tiempo que de exuberante alegría, hermana a toda la creación. «¿Qué son, en efecto, los siervos de Dios sino unos juglares que deben mover el corazón de los hombres y elevarlo al gozo espiritual?» (LP 83g).


















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