viernes, 7 de julio de 2017

Año Cristiano Franciscano



DÍA 8 DE JULIO

 

SAN GREGORIO GRASSI Y COMPAÑEROS, MÁRTIRES DE CHINA († julio de 1900). San Gregorio Grassi y sus compañeros son recordados hoy juntos aunque murieron en diferentes fechas, en las que los recordamos por separado. El año 2000, Juan Pablo II canonizó a 120 beatos martirizados en China. De ellos, y además de Juan de Triora, 29 pertenecían a la Familia Franciscana: ocho frailes menores (tres obispos, cuatro sacerdotes y un hermano laico); siete hermanas Franciscanas Misioneras de María; once franciscanos seglares chinos, cinco de los cuales eran seminaristas; y tres fieles laicos chinos. Todos ellos fueron cruelmente asesinados por los "Boxers" a principios de julio de 1900, en Taiyuanfu, región de Shansi, o en Hunan. Indicamos aquí los nombres de los frailes y las fechas de su martirio: Gregorio Grassi (9 de julio), Francisco Fogolla (9 de julio) y Antonino Fantosati (7 de julio), obispos; Cesidio Giacomantonio (4 de julio), José María Gambaro (7 de julio), Elías Facchini (9 de julio) y Teodorico Balat (9 de julio), sacerdotes; y Andrés Bauer (9 de julio), hermano profeso. -Oración: Oh Dios, que quieres que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad, concédenos, por intercesión del san Gregorio, obispo, y compañeros mártires, que todos los pueblos te reconozcan como Dios verdadero, y a tu Hijo Jesucristo como enviado para la salvación del mundo. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.



SANTA MARÍA HERMINIA DE JESÚS Y COMPAÑERAS, MÁRTIRES DE CHINA . Santa María Herminia y sus compañeras fueron martirizadas el 9 julio de 1900, pero su memoria se celebra también el 8 de julio. Son siete Franciscanas Misioneras de María que compartieron en Taiyuanfu (China), con san Gregorio Grassi y sus compañeros, la palma del martirio. Todas ellas se llaman María: María Herminia, María de la Paz, María Clara, María de Santa Natalia, María de San Justo, María Amandina y María Adolfina. Son las protomártires de su Congregación y habían llegado el año anterior a la misión de Taiyuanfu, donde inmolaron sus vidas en testimonio de la fe en Cristo. Fueron canonizadas por Juan Pablo II el año 2000.



BEATO EUGENIO III, papa de 1145 a 1153. Nació cerca de Pisa (Italia). Siendo allí canónigo conoció a san Bernardo, de quien fue discípulo predilecto, e ingresó en la Orden Cisterciense. Lo enviaron a Italia y fue abad de San Silvestre de Farfa y luego de la abadía de Acque Salvie o Tre Fontane de Roma. Elegido papa, tuvo que irse a Farfa para recibir la coronación; hizo las paces con el Senado, y volvió a Roma, de la que aún tendría que huir varias veces más. En 1147 fue a Francia para tratar con san Bernardo de la reforma de la curia y de la Iglesia. El propio Eugenio dio ejemplo de una espiritualidad en la que la austeridad de la vida monástica se conciliaba con las responsabilidades del pontificado. Mientras, en Roma, lo atacaba Arnaldo de Brescia, a quien el Papa excomulgó. En 1145 convocó una cruzada que, a pesar del apoyo de san Bernardo, no tuvo éxito. Presidió concilios en París, Tréveris, Reims y Cremona. Tuvo diferencias con Federico I Barbarroja, pero se logró el acuerdo de Constanza en 1153. Murió en Tívoli (Italia) el 8 de julio de 1153. -Oración : Dios todopoderoso y eterno, que pusiste al papa beato Eugenio al frente de tu pueblo para que, con su ejemplo y su palabra, le ayudara a crecer en santidad; protege por su intercesión a los pastores de la Iglesia y al rebaño que les has confiado, para que siempre caminen por las sendas de la salvación. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.




BEATO PEDRO VIGNE. Nació el año 1670 en Privas (Francia). Recibió una buena educación y en 1690, llevado de su devoción a la Eucaristía, entró en el seminario de San Sulpicio de Viviers. Se ordenó de sacerdote en 1694 y empezó el ministerio parroquial. En 1700, para dedicarse a las misiones populares, ingresó en la Congregación de la Misión (Paúles). Después de seis años de trabajar como paúl, dejó la Congregación y se convirtió en misionero itinerante, y durante más de 30 años estuvo recorriendo pueblos y caseríos, visitando familias, catequizando a niños, asistiendo a enfermos, confesando y acercando muchas almas a la Eucaristía. En 1712 construyó en Boucieu-le-Roi el gran vía crucis de 39 estaciones, y para acompañar a los peregrinos instituyó la Congregación de las Religiosas del Santísimo Sacramento. Murió en el transcurso de una misión en Rencurel el 8 de julio de 1740. Fue beatificado el año 2004.

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San Adriano III, papa de mayo del año 884 a septiembre del 885. Era romano y pertenecía al clero de Roma. Elegido papa, quiso y buscó la paz que tanta falta hacía en su tiempo. Buscó por todos los medios a su alcance la concordia entre la Iglesia de Constantinopla y la de Roma. Procuró también pacificar la ciudad de Roma. Invitado por Carlos el Gordo, sucesor de Carlomagno, a la Dieta de Worms, con el fin de afianzar la paz aceptó la invitación y durante el viaje murió cerca de Módena, al parecer en Spilamberto. Fue enterrado en el monasterio de San Silvestre de Nonantola (Módena).

San Áquila y Santa Priscila o Prisca . Eran esposos y fueron discípulos y colaboradores del apóstol san Pablo. Así aparecen en los Hechos de los Apóstoles y en las Cartas paulinas. Pablo se hospedó en su casa de Corinto, pues Áquila y él tenían el oficio de tejedores de tiendas. Cuando Pablo marchó a Éfeso, lo acompañaron. En su Carta a los Romanos, Pablo los elogia diciendo que no dudaron en exponer su propia vida por él. Las últimas referencias de las cartas paulinas, los sitúan en Roma.

San Auspicio . Fue obispo de Toul (Francia) en el siglo V.

San Disibodo . Fue ermitaño en la región de Renania (Alemania) en el siglo VII, y con algunos compañeros que se le unieron fundó un monasterio junto al río Nahe.

Santa Gliceria . Fue martirizada en Heraclea de Tracia, en una fecha desconocida de la antigüedad cristiana.

San Juan Wu Wenyin. Chino de nacimiento, era un hombre casado y padre de familia, catequista y administrador de los bienes de la pequeña comunidad cristiana de su pueblo Young-Nien, en la provincia de Hebei (China). Cuando empezó la revolución de los boxers, hubo en su pueblo una revuelta popular y se produjo una muerte. Lo detuvieron, pero se comprobó su inocencia. No obstante, lo condenaron a ser decapitado por ser cristiano. No aceptó renunciar a la fe cristiana y abrazar el paganismo para salvar la vida, y lo ejecutaron. Era el año 1900.

San Kiliano (es un nombre con muchas variantes). Nació en la diócesis de Kilmore en Irlanda. Al frente de un grupo de once compañeros emprendió la evangelización de Würzburg en Alemania. Seguramente era ya entonces obispo itinerante. Consiguió muchas conversiones, entre ellas la del jefe Gozberto. Kiliano viajó a Roma para exponer al papa san Conón su labor misionera. Cuando regresó a Würzburg dos años después, se encontró con que Gozberto se había casado con su cuñada viuda. Kiliano se lo reprochó como contrario a la ley de la Iglesia, y los obligó a separarse, por lo que ella urdió su asesinato. Esto sucedió el año 689.

Santa Landrada . Abadesa del monasterio de Bilsen, en Brabante (territorio actual de Bélgica), que murió el año 690.

Santos Mártires Abrahamitas. En Constantinopla, en el siglo IX, en tiempo del emperador Teófilo, fueron martirizados los monjes abrahamitas por defender el culto de las sagradas imágenes, contra la herejía de los iconoclastas.

San Pancracio de Taormina. Fue obispo de Taormina en Sicilia y mártir en una fecha desconocida de los primeros siglos de la Iglesia. Se le considera como el primer obispo de Taormina.

San Procopio de Cesarea. El año 303, siendo emperador Diocleciano, lo decapitaron en Cesarea de Palestina por declararse cristiano ante le juez Fabiano.

Beato Mancio Araki. Era japonés nacido en el reino de Arima, en el seno de una familia cristiana y acomodada. Recibió una buena educación y era hombre de profundas convicciones católicas. Vivía en la misma casa con su hermano Matías y decidieron acoger en ella a los misioneros. Cuando arreció en su región la persecución contra los cristianos, hubo quien los delató. Se hallaba entonces en la casa el padre jesuita beato Francisco Pacheco, provincial de la Compañía. Arrestaron a los tres y los encarcelaron en Shimabara. Mancio estaba enfermo de tuberculosis, empeoró en la prisión y, a pesar de los ruegos de sus compañeros, lo dejaron morir. Era el año 1626. Días después fueron martirizados sus compañeros en Nagasaki.



PARA TENER EL ESPÍRITU DE ORACIÓN Y DEVOCIÓN

Pensamiento bíblico:

«En aquellos días salió un decreto del emperador Augusto, ordenando que se empadronase todo el Imperio. José, por ser de la casa y familia de David, subió desde la ciudad de Nazaret, en Galilea, a la ciudad de David, que se llama Belén, en Judea, para empadronarse con su esposa María, que estaba encinta. Y sucedió que, mientras estaban allí, le llegó a ella el tiempo del parto y dio a luz a su hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo recostó en un pesebre, porque no había sitio para ellos en la posada» (cf. Lc 2,1-7).

Pensamiento franciscano:

De las Admoniciones de san Francisco: «Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos. Hay muchos que perseveran en oraciones y oficios divinos, y hacen muchas abstinencias y mortificaciones corporales, pero, por una sola palabra que les parezca injuriosa para sus cuerpos o por alguna cosa que se les quite, escandalizados, enseguida se perturban. Estos no son pobres de espíritu» (Adm 14).

Orar con la Iglesia:

Adoremos a Cristo, Hijo de Dios vivo, que quiso ser también hijo de una familia humana, y dirijámosle confiados nuestras plegarias.

-Señor Jesús, por el misterio de tu sumisión a María y a José, enséñanos el respeto y la obediencia a los que tienen una legítima autoridad sobre nosotros.

-Tú que amaste a tus padres y fuiste amado por ellos, afianza a todas las familias en el amor y la concordia.

-Tú que estuviste siempre atento a las cosas de tu Padre, haz que todas las familias honren a Dios y acaten su voluntad.

-Tú que te compadeces de cuantos sufren, conforta a los que no tienen una verdadera familia y a los que son víctimas de problemas familiares.

Oración: Señor Jesucristo, concédenos las gracias necesarias para imitar las virtudes domésticas de tu familia humana, para que así lleguemos a gozar de los premios eternos en el hogar del cielo. Tú que viven y reinas por los siglos de los siglos. Amén.

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LA FAMILIA Y LA TRANSMISIÓN DE LA FE (y II)
De la homilía de S. S. Benedicto XVI
en el Encuentro Mundial de las Familias, Valencia 9-VII-2006

La familia cristiana transmite la fe cuando los padres enseñan a sus hijos a rezar y rezan con ellos; cuando los acercan a los sacramentos y los van introduciendo en la vida de la Iglesia; cuando todos se reúnen para leer la Biblia, iluminando la vida familiar a la luz de la fe y alabando a Dios como Padre.

En la cultura actual se exalta muy a menudo la libertad del individuo concebido como sujeto autónomo, como si se hiciera él sólo y se bastara a sí mismo, al margen de su relación con los demás y ajeno a su responsabilidad ante ellos. Se intenta organizar la vida social sólo a partir de deseos subjetivos y mudables, sin referencia alguna a una verdad objetiva previa como son la dignidad de cada ser humano y sus deberes y derechos inalienables a cuyo servicio debe ponerse todo grupo social. La Iglesia no cesa de recordar que la verdadera libertad del ser humano proviene de haber sido creado a imagen y semejanza de Dios. Por ello, la educación cristiana es educación de la libertad y para la libertad.

Jesucristo es el hombre perfecto, ejemplo de libertad filial, que nos enseña a comunicar a los demás su mismo amor: «Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor» (Jn 15,9). A este respecto enseña el concilio Vaticano II que «los esposos y padres cristianos, siguiendo su propio camino, deben apoyarse mutuamente en la gracia, con un amor fiel a lo largo de toda su vida, y educar en la enseñanza cristiana y en los valores evangélicos a sus hijos, recibidos amorosamente de Dios. De esta manera ofrecen a todos el ejemplo de un amor incansable y generoso, construyen la fraternidad de amor y son testigos y colaboradores de la fecundidad de la Madre Iglesia como símbolo y participación de aquel amor con el que Cristo amó a su esposa y se entregó por ella» (LG 41).

La alegría amorosa con la que nuestros padres nos acogieron y acompañaron en los primeros pasos en este mundo es como un signo y prolongación sacramental del amor benevolente de Dios del que procedemos. La experiencia de ser acogidos y amados por Dios y por nuestros padres es la base firme que favorece siempre el crecimiento y desarrollo auténtico del hombre, que tanto nos ayuda a madurar en el camino hacia la verdad y el amor, y a salir de nosotros mismos para entrar en comunión con los demás y con Dios.

Para avanzar en ese camino de madurez humana, la Iglesia nos enseña a respetar y promover la maravillosa realidad del matrimonio indisoluble entre un hombre y una mujer, que es, además, el origen de la familia. Por eso, reconocer y ayudar a esta institución es uno de los mayores servicios que se pueden prestar hoy día al bien común y al verdadero desarrollo de los hombres y de las sociedades, así como la mejor garantía para asegurar la dignidad, la igualdad y la verdadera libertad de la persona humana.

En este sentido, quiero destacar la importancia y el papel positivo que a favor del matrimonio y de la familia realizan las distintas asociaciones familiares eclesiales. Por eso, «deseo invitar a todos los cristianos a colaborar, cordial y valientemente con todos los hombres de buena voluntad, que viven su responsabilidad al servicio de la familia» (Familiaris consortio, 86), para que uniendo sus fuerzas y con una legítima pluralidad de iniciativas contribuyan a la promoción del verdadero bien de la familia en la sociedad actual.

Volvamos por un momento a la primera lectura de esta misa, tomada del libro de Ester. La Iglesia orante ha visto en esta humilde reina, que intercede con todo su ser por su pueblo que sufre, una prefiguración de María, que su Hijo nos ha dado a todos nosotros como Madre; una prefiguración de la Madre, que protege con su amor a la familia de Dios que peregrina en este mundo. María es la imagen ejemplar de todas las madres, de su gran misión como guardianas de la vida, de su misión de enseñar el arte de vivir, el arte de amar.

La familia cristiana -padre, madre e hijos- está llamada, pues, a cumplir los objetivos señalados no como algo impuesto desde fuera, sino como un don de la gracia del sacramento del matrimonio infundida en los esposos. Si estos permanecen abiertos al Espíritu y piden su ayuda, él no dejará de comunicarles el amor de Dios Padre manifestado y encarnado en Cristo. La presencia del Espíritu ayudará a los esposos a no perder de vista la fuente y medida de su amor y entrega, y a colaborar con él para reflejarlo y encarnarlo en todas las dimensiones de su vida. El Espíritu suscitará asimismo en ellos el anhelo del encuentro definitivo con Cristo en la casa de su Padre y Padre nuestro. Este es el mensaje de esperanza que desde Valencia quiero lanzar a todas las familias del mundo. Amén.

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NO PERJUDICAMOS A NADIE,
MÁS BIEN, BUSCAMOS EL BIEN DE TODOS
De las Actas de los mártires de China,
san Gregorio Grassi y compañeros

Eran aproximadamente las cuatro de la tarde. Los tres obispos, Gregorio Grassi, Francisco Fogolla y Antonio Fantosatti, recitaban juntos el Oficio Divino, mientras los restantes descansaban después de una fatigosa mañana, cuando repentinamente se escucharon explosiones de armas de fuego que provenían de la parte de enfrente del atrio, unidas a gemidos y llantos de niños y mujeres. Las religiosas, que vivían próximas, ante este rebato corrieron hacia donde se encontraba el padre Teodosio, y, sin demora, todos se dirigieron al obispo Gregorio, quien les dijo:

«Hermanos, ésta es nuestra hora, poneos de rodillas y os daré la absolución de vuestros pecados».

Y les impartió la absolución sacramental. Él mismo, arrodillado con los demás, esperó la llegada de los soldados, quienes irrumpieron con ímpetu y con furia salvaje en la casa. Quedaron sorprendidos de momento al encontrar a sus víctimas silenciosas y arrodilladas; pero luego se lanzaron sobre ellos, les ataron las manos a la espalda y los arrojaron fuera. Cuentan algunos de los testigos que el obispo Francisco, mientras era atado por los soldados, les dijo:

«No es necesario que nos atéis, nosotros iremos voluntariamente a donde nos llevéis».

En ese momento uno de los soldados, desenvainada la espada, le dio dos tajos en las rodillas. Igualmente, el obispo Gregorio fue herido sin compasión, y también sus compañeros.

Después, atravesando las calles de la ciudad, contusionados y golpeados por la plebe y los Boxers, fueron conducidos al tribunal, lugar cercano del pueblo Iuen-men, empujados y constreñidos por todas partes por dichos soldados y los Boxers. El virrey les ordenó arrodillarse con la cabeza inclinada, mientras al obispo Francisco, a quien ya conocía, le interrogaba:

«¿Cuánto tiempo lleváis en China?».

Él contestó:

«Más de treinta años».

El juez siguió diciendo:

«¿Por qué habéis venido a perturbar a nuestro pueblo, y por qué motivo os permitís hacer propaganda de vuestra religión?».

El obispo respondió:

«Nosotros no hemos perjudicado a nadie, más bien, hemos buscado su provecho».

Siguió el juez:

«No fue así; vosotros hicisteis mucho mal a nuestro pueblo, y por ello mandaremos que os maten».

El obispo concluyó:

«Si nos condenáis a la muerte, tú no quedarás impune por este delito».

Montando en cólera, el mismo virrey clavó el puñal en el pecho del obispo por dos veces y ordenó a los soldados que cayeran sobre los demás y los mataran.

Oída la orden, cada uno de los soldados y de los Boxers, comenzando por los que tenían más próximos, sin piedad y con máxima crueldad, en sendos tajos, fueron decapitando a los invictos mártires, destrozando después todos sus miembros. Fue un espectáculo cruel y horrendo. Finalmente, sus cuerpos, despojados de los vestidos y expuestos hasta la caída de la tarde totalmente desnudos en señal de menosprecio, fueron transportados a la parte norte de la ciudad, junto a las murallas, y allí los arrojaron a una fosa común, en donde eran enterrados los malhechores y los mendigos, manteniéndoles insepultos durante tres días.

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LA VIDA DEL EVANGELIO
por Julio Micó, OFMCap

Las Bienaventuranzas

Los textos evangélicos de misión son ciertamente configuradores del movimiento franciscano. Pero existe más allá de ellos un sustrato que explica su talante y su conducta, y que no es otro más que el espíritu de las Bienaventuranzas. Sobre todo las Admoniciones de Francisco son un ejemplo, detallado y sutil, de este espíritu que resulta incomprensible para el que no lo vive desde dentro. Las Bienaventuranzas resultan escandalosas porque describen al hombre nuevo que nos ofrece Jesús completamente enfrentado con el proyecto de hombre que nosotros nos hemos forjado; de ahí que aceptar la confrontación, tomando como árbitro el texto de las Bienaventuranzas, ponga a prueba la calidad de nuestra fe.

A través de las Admoniciones, en especial las que comienzan con el término beatus (dichoso o bienaventurado) y que algunos autores han calificado de bienaventuranzas franciscanas, se va dibujando el verdadero perfil del seguidor de Jesús. El que es capaz de tomar estas actitudes está ya en el camino nuevo que Jesús anuncia como querido por Dios; de ahí que sea ya dichoso porque está viviendo la realidad que sólo la utopía nos puede proporcionar.

En este sentido, son dichosos los que tratan de mantener un corazón transparente, de modo que puedan relativizar lo terreno y buscar a Dios por encima de todo para adorarle y contemplarle. El Evangelio es el lugar donde se nos manifiestan las palabras y las obras del Señor, para que las practiquemos y arrastremos a los demás a descubrirlas con alegría. Al leer el Evangelio con una mirada transparente, descubrimos que la pobreza va más allá del no tener cosas, hasta anidar en el fondo mismo de nuestra persona. Si nos reconocemos pobres, deberemos referirlo todo al Señor, sin retener para nosotros nada de nosotros mismos. Sólo así seremos capaces de discernir el obrar de Dios a través de nosotros, sin apropiárnoslo, agradeciendo igualmente lo que el Señor hace por medio de los demás. El que se sabe verdaderamente pobre, acepta las correcciones de los propios fallos, sin pretender ocultarlos con justificaciones innecesarias, ya que no teme perder su imagen ante los demás, sino que trata de servir a todos con humildad, ya sea simple súbdito o se le ponga en un cargo de responsabilidad.

Tratar de seguir a Jesús hasta el final lleva consigo el compartir su mismo destino de persecución, sufrimiento y cruz; el que sabe mantener la paz cuando llegan los momentos conflictivos va por el buen camino del Reino. Pero este camino nunca se anda solo, sino siempre en fraternidad. El reconocimiento de la fraternidad humana lleva consigo el soportarse unos a otros, amándose y respetándose tanto en las ausencias como cuando se está juntos, y preocupándose del hermano enfermo con el mismo interés que si estuviera sano. Comunicar con discreción la obra del Señor en el propio camino espiritual puede ser una ayuda para recorrerlo con fidelidad; pero el que utiliza indiscretamente los favores que el Señor le hace para fanfarronear de su santidad, colocándose orgullosamente por encima de los demás, es que no sabe verdaderamente lo que significa seguir a Jesús.

El poder vivir las Bienaventuranzas es un don que se nos ofrece a través de la Iglesia. El Evangelio sólo es posible vivirlo en su seno; de ahí que las mediaciones, la jerarquía entre ellas, sean la única forma de clarificar el camino del seguimiento. Aceptarlas, sin escandalizarse por su posible falta de transparencia, es abrirse al hecho misterioso de la propia encarnación de Jesús, traspasando la densidad de la carne para descubrir al Dios que nos invita a una transformación de nuestra forma de ser, y pensar para vivir en plenitud la humanidad nueva que nos aporta el Reino.

Descubrir que la pobreza nos convierte en herederos y reyes del Reino, supone buscar continuamente la voluntad de Dios para amarlo y adorarlo con un corazón puro. Así pueden ir los hermanos por el mundo sin despreciar ni juzgar a nadie por vestir o comer lujosamente, caminando con humildad como anunciadores de la paz. Tratar de vivir según el espíritu de las Bienaventuranzas comporta enfrentarse con el mal. En tal caso hay que amar a los enemigos y hacer bien a los que nos odian, como hizo el mismo Jesús. Sólo así serán dignos de seguirle, configurando ese nuevo talante de vida que es el ser cristiano.

Francisco fue capaz de apostar por esa forma de vida; de ahí que su persona se nos presente como una mezcla de fascinación y temor, porque, en el fondo, nos está interpelando para que caminemos por este sendero incomprensible y duro, a la vez que plenificador, de las Bienaventuranzas.

















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