jueves, 6 de julio de 2017

Año Cristiano Franciscano



DÍA 7 DE JULIO

 

SANTOS ANTONINO FANTOSATI Y JOSÉ MARÍA GAMBARO. Son dos de los franciscanos martirizados por los boxers en China en julio de 1900, a los que la Familia franciscana recuerda el 8 de julio, encabezados por san Gregorio Grassi . Antonino nació en Santa María del Valle, cerca de Trevi (Italia) el año 1842. Ingresó en la Orden Franciscana y a los 23 años recibió la ordenación sacerdotal. En 1867 marchó a China. Fue misionero de grandes y geniales iniciativas. Ejerció diversos cargos y ministerios. En 1892 fue nombrado Vicario Apostólico del Hunan Meridional. Estaba de visita pastoral con el P. Gambaro lejos de su residencia, cuando intuyó la inminencia de la explosión revolucionaria. Regresó a su sede en Heng-tchen-fu, y el 7 de julio de 1900 llegaron a la ciudad los boxers, que los asediaron y arrojaron sobre los misioneros una granizada de piedras y de objetos contundentes. Los cadáveres de los dos misioneros fueron arrojados al río, luego recogidos y quemados y sus cenizas dispersadas a fin de que no se honrara su sepultura. José María nació en Galliate (Novara, Italia) el año 1869. Vistió el hábito franciscano en 1886 y, ordenado de sacerdote, lo enviaron a China, adonde llegó en 1896. Fue destinado al Hunan Meridional, del que era Vicario Apostólico Mons. Fantosati. Trabajó en el seminario indígena y en una cristiandad importante, pero en 1900 el obispo lo llamó para que lo acompañara en la visita al Vicariato. En este ministerio estaban cuando les llegaron las primeras noticias de la persecución contra los cristianos. Regresaron a la sede del Vicariato y allí ambos compartieron el mismo calvario.



BEATO ODINO BAROTTI. Nació el año 1334 en Fossano (Piamonte, Italia). De joven ingresó en los canónigos de la Colegiata de su ciudad, y en 1368 recibió la ordenación sacerdotal. Enseguida abrazó la pobreza voluntaria, se entregó con intensidad al ministerio parroquial y cuidó en particular de los pobres. En 1376, ansioso de llenarse del espíritu franciscano, ingresó en la Tercera Orden de San Francisco y, poco después, vestido de terciario franciscano, peregrinó a Tierra Santa para venerar los Santos Lugares. De regreso en su ciudad, volvió con mayor fervor a su ministerio y, como hijo de san Francisco, vivió en pobreza extrema, haciendo derivar sus ingresos hacia los pobres y dando origen a multitud de florecillas. Con sus bienes y con los que consiguió, puso en marcha una cofradía y un hospital para pobres y enfermos. En la peste del 1400, se entregó con generosidad y sin reservas a la atención de los enfermos y de los fallecidos, y así encontró la muerte, mientras atendía como enfermero y como confesor a los apestados, el 7 de julio de aquel año en su ciudad natal.



BEATO CARLOS LIVIERO. Nació en Vicenza (Italia) el año 1866. Se ordenó de sacerdote en 1888 y ejerció el ministerio parroquial en la diócesis de Padua. Desde el principio manifestó un gran celo pastoral. Veía las necesidades espirituales y materiales de sus fieles y se dedicaba sin descanso a la evangelización y a la promoción humana. Trabajó por mejorar las condiciones de vida de la población mediante diversas instituciones, y promovió obras de carácter formativo. En 1910 fue nombrado obispo de Città di Castello (Perusa). Su primera prioridad pastoral fue el clero. Prestó atención especial a la juventud. Realizó visitas pastorales incluso a las parroquias más lejanas. Para responder a las exigencias religiosas, culturales y sociales de sus diocesanos, puso en marcha numerosas iniciativas. Fundó la congregación de las Pequeñas Esclavas del Sagrado Corazón. Murió en el hospital de Fano, a consecuencia de un accidente de carretera, en 1932. Fue beatificado el 2007.



BEATA MARÍA ROMERO MENESES. Nació en Granada (Nicaragua) el año 1902 de familia acomodada e importante en su país. Desde pequeña mostró su talento para la música y la pintura y una atención especial hacia los pobres. En 1923 ingresó en la Congregación de las Hijas de María Auxiliadora por su sintonía con el espíritu salesiano y enseguida se entregó a la educación y formación cristiana de las jóvenes, especialmente las pobres y abandonadas. En 1931 la destinaron a Costa Rica, donde desarrolló una intensa actividad apostólica y creó numerosas obras sociales sabiendo ganarse la colaboración de los pudientes: catequesis en las aldeas, visitas médicas gratuitas, formación profesional, asistencia farmacéutica, alfabetización, acogida de enfermos y aun de familias pobres, construcción de casitas para los sin techo («ciudadelas de María Auxiliadora»), etc. Difundió con entusiasmo la devoción a la Eucaristía y a la Virgen María. Murió en León (Nicaragua) el 7 de julio de 1977. Fue beatificada el año 2002.

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San Edda. Varón preclaro por su sabiduría, lo eligieron obispo de los sajones occidentales. Trasladó la sede episcopal desde Dorchester a la ciudad de Winchester (Inglaterra), donde murió el año 706.

Santa Edilburga (o Etelburga). Era hija del Rey de los Anglos orientales. Consagró su virginidad al Señor e ingresó en el monasterio de Faremoutiers-en-Brie (Aquitania, Francia), del que fue abadesa y en el que dio ejemplo de austeridad. Murió el año 695.

San Fermín. En las diócesis españolas de Pamplona y de Tudela su fiesta se celebra el 7 de julio. Nació en Pamplona en el siglo III y fue obispo de Amiens (Francia), donde murió mártir el 25 de septiembre del año 303.

San Mael Ruain. Obispo y abad de Tallaght, en Irlanda, que puso todo su empeño en reformar la celebración de la sagrada liturgia, el culto de los santos y la vida monástica. Murió el año 789.

San Marcos Ji Tianxiang. Nació en Ye-Tchoang-Teu, provincia de Hebei (China), el año 1839 en el seno de una familia cristiana. Era culto, médico, casado y con hijos, y se le había confiado la administración de los bienes de la comunidad cristiana. No obstante, los misioneros lo tuvieron apartado de la comunión eucarística durante treinta años porque no dejaba su adicción al opio; no por ello se apartó de la religión ni de la Iglesia. Cuando llegaron los boxers lo arrestaron junto con su familia. Se negó reiteradamente a apostatar de su fe, por lo que al final sacrificaron a toda su familia delante de él, y luego lo decapitaron. Era el año 1900.

Santa María Guo Lizhi. Cuando llegaron los boxers a su pueblo era una cristiana china, de 65 años de edad, con hijos y nietos. Los boxers mataron a su marido y le quemaron la casa. Quedó en la pobreza pero consolidó en los suyos la fidelidad al Señor. Volvieron los perseguidores y la detuvieron a ella, a tres hijas suyas y a cuatro nietos. Cual otra madre de los Macabeos, animó a los suyos a perseverar en la fe, y presenció cómo los sacrificaban, siendo ella la última en dar la vida por Cristo en el poblado de Hujiacun, provincia de Hebei (China), el 7 de julio de 1900.

San Odón de Urgel. Nació en Sort (Lérida, España) hacia el año 1064, hijo de los condes de Pallars. En el 1095 lo eligieron obispo de Urgel, y fue un pastor celoso y fiel defensor de los derechos de la Iglesia, restauró numerosas iglesias y promovió la creación de cofradías de culto y de beneficencia, siendo un continuo auxilio para los pobres y las viudas, defendió a los más humildes y fue bondadoso para con todos. Murió el año 1122.

San Panteno de Alejandría. Originario de Sicilia, profesó primero la filosofía estoica y luego abrazó el cristianismo. Lleno de celo apostólico y de sabiduría, se consagró a la difusión del mensaje evangélico por las lejanas regiones de Oriente. Después fue director de la escuela catequética de Alejandría en Egipto y llegó a ser un ilustre maestro en la exposición de la fe y en la interpretación de la Sagrada Escritura. No dejó escritos. Murió a principios del siglo III, en tiempo del emperador Antonino Caracalla.

San Wilibaldo. Nació en Wessex (Inglaterra) hacia el año 700, y en su familia hubo varios santos. De joven peregrinó por Italia y por Tierra Santa. A su regreso, el año 730, ingresó en el monasterio de Montecasino. En el 740 el papa lo envió a Alemania como colaborador de su tío san Bonifacio, quien lo ordenó de sacerdote, y poco después lo consagró obispo de Eichstätt. Fue un pastor activo y fervoroso, visitaba con frecuencia las poblaciones de su diócesis y atendía con asiduidad las necesidades de sus fieles. De vez en cuando se retiraba a un monasterio para fortalecer su vida interior y tomar fuerzas para la labor pastoral. Fundó en Heidenheim dos monasterios, uno masculino y otro femenino. Murió en Eichstätt el año 787.

Beato Benedicto XI, papa del 22 de octubre de 1303 al 7 de julio de 1304. Nació en Treviso (Italia) el año 1240. Ingresó en la Orden de Predicadores, se ordenó de sacerdote, se dedicó al apostolado y su Orden le encomendó cargos de responsabilidad, incluido el de Maestro general de la Orden. Colaboró con el papa Bonifacio VIII, especialmente como mediador y hombre de paz. En 1298 el Papa lo creó cardenal obispo de Ostia. Elegido Papa, se mostró benigno y bondadoso, conciliador y amante de la concordia, y en su breve pontificado promovió la paz en la Iglesia y con las autoridades civiles, restauró la disciplina y fomentó la vida cristiana. Murió en Perusa el año 1304.

Beata Ifigenia de San Mateo. De seglar se llamaba Francisca María Susana de Gaillard de la Valdène, y nació de familia noble en Bollène (Francia) el año 1761. De joven ingresó en la Congregación de la Adoración Perpetua del Santísimo Sacramento (Sacramentinas). La Revolución Francesa expulsó a las religiosas de su monasterio. Permanecieron unidas manteniendo en lo posible el espíritu religioso y la vida común. El 22 de abril de 1794 las arrestaron y las encarcelaron en Orange. A Ifigenia la acusaron de ser refractaria a la ley de su país y de haber rehusado prestar el juramento que se le exigía. La guillotinaron en la plaza de Orange el 7 de julio de 1794.

Beato Juan José Juge de Saint-Martin . Nació en Limoges (Francia) el año 1739. En 1761 entró en el seminario y se adscribió a la Compañía de San Sulpicio. Ordenado de sacerdote, ejerció su ministerio en varios centros de formación sacerdotal, y fue canónigo de Limoges. Llegada la Revolución Francesa, en un primer momento prestó el juramento de libertad-igualdad, a pesar de lo cual lo arrestaron en 1793. Entonces se retractó del juramento hecho, y lo condenaron a la deportación. Lo recluyeron en el pontón «Les Deux Associés» anclado frente a Rochefort, y allí murió deshidratado en 1794.

Beato Pedro To Rot. Nació en Rakunai, pueblo de la isla de Nueva Bretaña (Papúa Nueva Guinea), el año 1912 en el seno de una familia católica. De 1930 a 1933 se preparó para ser catequista, y luego desarrolló su apostolado con mucha dedicación y sabiduría evangélica en su pueblo natal. En 1936 contrajo matrimonio y tuvo tres hijos. Cuando en 1942 los japoneses ocuparon la isla y encerraron a los misioneros en campos de concentración, Pedro fue el alma de la comunidad reuniéndola para el culto y la enseñanza del catecismo. Llegó la orden de acabar con el culto cristiano y volver a la poligamia. Él se opuso a tales mandatos y continuó anunciando el evangelio. Lo detuvieron, lo encerraron en un campo de concentración y le inyectaron en veneno letal. Era el año 1945.

Beatos Rogerio Dickinson, Rodolfo Milner y Lorenzo Humphrey. Tres ingleses que fueron ahorcados y descuartizados a causa de su fe en Winchester (Inglaterra) el año 1591. Los dos primeros murieron el día 7 de julio, del tercero se sabe que murió en el mismo lugar y año, pero se desconoce la fecha. Rogerio nació el año 1555 de familia protestante. En su juventud se convirtió al catolicismo, estudió en el seminario de Reims (Francia) y se ordenó de sacerdote en 1583. Vuelto a Inglaterra y empezado su apostolado, pronto lo apresaron, lo torturaron y lo desterraron. De nuevo regresó a su patria y estuvo ejerciendo su ministerio en la clandestinidad hasta que lo detuvieron y lo condenaron como traidor. Rodolfo nació el año 1521 de familia anglicana. Era agricultor, casado y padre de familia numerosa. Entró en la Iglesia católica y el mismo día de su primera comunión lo detuvieron y encarcelaron. Permaneció años en prisión, y con anuencia del carcelero pudo ayudar a los católicos de dentro y de fuera de la cárcel. Lorenzo era un joven de 21 años, que había pasado del protestantismo al catolicismo y a continuación al martirio.



PARA TENER EL ESPÍRITU DE ORACIÓN Y DEVOCIÓN

Pensamiento bíblico:

De la Carta a los Colosenses: «Como elegidos de Dios, santos y amados, revestíos de compasión entrañable, bondad, humildad, mansedumbre, paciencia. Sobrellevaos mutuamente y perdonaos cuando alguno tenga quejas contra otro. El Señor os ha perdonado: haced vosotros lo mismo. Y por encima de todo esto, el amor, que es el vínculo de la unidad perfecta» (Col 3,12-14).

Pensamiento franciscano:

En su Regla, dice Francisco a sus hermanos: «Guardémonos mucho de la malicia y sutileza de Satanás, que quiere que el hombre no tenga su mente y su corazón dirigidos a Dios. Y, dando vueltas a su alrededor, desea llevarse el corazón so pretexto de alguna merced o ayuda, y sofocar en su memoria la palabra y preceptos del Señor, queriendo cegar el corazón por medio de los negocios y cuidados del siglo, y habitar él allí» (1 R 22,19-20).

Orar con la Iglesia:

En unión espiritual con la familia de Nazaret, modelo e imagen de la humanidad nueva, elevemos al Padre nuestra oración.

-Por la Iglesia: para que dé siempre la imagen de una verdadera familia que sabe amar, perdonar, estimar y apreciar a cada persona por sí misma.

-Por las familias: para que el Señor les inspire esa confianza en la Providencia que ayuda a acoger y a promover el don de la vida.

-Por todas las familias: para que sean lugar de crecimiento en edad, sabiduría y gracia.

-Por los padres y los hijos: para que sepan construir una auténtica comunidad que crezca en la fe y en el amor.

Oración: Señor Dios, que, en Jesús, José y María, nos has dado una imagen viva de tu eterna comunión de amor; renueva en todos los hogares las maravillas de tu Espíritu para que nuestras familias experimenten de continuo tu presencia. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

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LA FAMILIA Y LA TRANSMISIÓN DE LA FE (I)
De la homilía de S. S. Benedicto XVI
en el Encuentro Mundial de las Familias, Valencia 9-VII-2006

Queridos hermanos y hermanas:

Los testimonios de la reina Ester y del apóstol Pablo, que acabamos de escuchar en las lecturas de esta misa, muestran cómo la familia está llamada a colaborar en la transmisión de la fe. Ester confiesa: «Mi padre me ha contado que tú, Señor, escogiste a Israel entre las naciones» (Est 4,17m). Pablo sigue la tradición de sus antepasados judíos dando culto a Dios con conciencia pura. Alaba la fe sincera de Timoteo y le recuerda «esa fe que tuvieron tu abuela Loide y tu madre Eunice, y que estoy seguro que tienes también tú» (2 Tim 1,5). En estos testimonios bíblicos la familia comprende no sólo a padres e hijos, sino también a los abuelos y antepasados. La familia se nos muestra así como una comunidad de generaciones y garante de un patrimonio de tradiciones.

Ningún hombre se ha dado el ser a sí mismo ni ha adquirido por sí solo los conocimientos elementales para la vida. Todos hemos recibido de otros la vida y las verdades básicas para la misma, y estamos llamados a alcanzar la perfección en relación y comunión amorosa con los demás. La familia, fundada en el matrimonio indisoluble entre un hombre y una mujer, expresa esta dimensión relacional, filial y comunitaria, y es el ámbito donde el hombre puede nacer con dignidad, crecer y desarrollarse de un modo integral.

Cuando un niño nace, a través de la relación con sus padres empieza a formar parte de una tradición familiar, que tiene raíces aún más antiguas. Con el don de la vida recibe todo un patrimonio de experiencia. A este respecto, los padres tienen el derecho y el deber inalienable de transmitirlo a los hijos: educarlos en el descubrimiento de su identidad, iniciarlos en la vida social, en el ejercicio responsable de su libertad moral y de su capacidad de amar a través de la experiencia de ser amados y, sobre todo, en el encuentro con Dios. Los hijos crecen y maduran humanamente en la medida en que acogen con confianza ese patrimonio y esa educación que van asumiendo progresivamente. De este modo son capaces de elaborar una síntesis personal entre lo recibido y lo nuevo, y que cada uno y cada generación está llamado a realizar.

En el origen de todo hombre y, por tanto, en toda paternidad y maternidad humana está presente Dios Creador. Por eso los esposos deben acoger al niño que les nace como hijo no sólo suyo, sino también de Dios, que lo ama por sí mismo y lo llama a la filiación divina. Más aún: toda generación, toda paternidad y maternidad, toda familia tiene su principio en Dios, que es Padre, Hijo y Espíritu Santo.

A Ester su padre le había transmitido, con la memoria de sus antepasados y de su pueblo, la de un Dios del que todos proceden y al que todos están llamados a responder. La memoria de Dios Padre que ha elegido a su pueblo y que actúa en la historia para nuestra salvación. La memoria de este Padre ilumina la identidad más profunda de los hombres: de dónde venimos, quiénes somos y cuán grande es nuestra dignidad. Venimos ciertamente de nuestros padres y somos sus hijos, pero también venimos de Dios, que nos ha creado a su imagen y nos ha llamado a ser sus hijos. Por eso, en el origen de todo ser humano no existe el azar o la casualidad, sino un proyecto del amor de Dios. Es lo que nos ha revelado Jesucristo, verdadero Hijo de Dios y hombre perfecto. Él conocía de quién venía y de quién venimos todos: del amor de su Padre y Padre nuestro.

La fe no es, pues, una mera herencia cultural, sino una acción continua de la gracia de Dios que llama y de la libertad humana que puede o no adherirse a esa llamada. Aunque nadie responde por otro, sin embargo los padres cristianos están llamados a dar un testimonio creíble de su fe y esperanza cristiana. Han de procurar que la llamada de Dios y la buena nueva de Cristo lleguen a sus hijos con la mayor claridad y autenticidad.

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EL EJEMPLO DE NAZARET
Pablo VI, Alocución en Nazaret (5 de enero de 1964)

Nazaret es la escuela donde empieza a entenderse la vida de Jesús, es la escuela donde se inicia el conocimiento de su Evangelio.

Aquí aprendemos a observar, a escuchar, a meditar, a penetrar en el sentido profundo y misterioso de esta sencilla, humilde y encantadora manifestación del Hijo de Dios entre los hombres. Aquí se aprende incluso, quizá de una manera casi insensible, a imitar esta vida.

Aquí se nos revela el método que nos hará descubrir quién es Cristo. Aquí comprendemos la importancia que tiene el ambiente que rodeó su vida durante su estancia entre nosotros, y lo necesario que es el conocimiento de los lugares, los tiempos, las costumbres, el lenguaje, las prácticas religiosas, en una palabra, de todo aquello de lo que Jesús se sirvió para revelarse al mundo. Aquí todo habla, todo tiene un sentido.

Aquí, en esta escuela, comprendemos la necesidad de una disciplina espiritual si queremos seguir las enseñanzas del Evangelio y ser discípulos de Cristo.

¡Cómo quisiéramos ser otra vez niños y volver a esta humilde pero sublime escuela de Nazaret! ¡Cómo quisiéramos volver a empezar, junto a María, nuestra iniciación a la verdadera ciencia de la vida y a la más alta sabiduría de la verdad divina!

Pero estamos aquí como peregrinos y debemos renunciar al deseo de continuar en esta casa el estudio, nunca terminado, del conocimiento del Evangelio. Mas no partiremos de aquí sin recoger rápida, casi furtivamente, algunas enseñanzas de la lección de Nazaret.

Su primera lección es el silencio. Cómo desearíamos que se renovara y fortaleciera en nosotros el amor al silencio, este admirable e indispensable hábito del espíritu, tan necesario para nosotros, que estamos aturdidos por tanto ruido, tanto tumulto, tantas voces de nuestra ruidosa y en extremo agitada vida moderna. Silencio de Nazaret, enséñanos el recogimiento y la interioridad, enséñanos a estar siempre dispuestos a escuchar las buenas inspiraciones y la doctrina de los verdaderos maestros. Enséñanos la necesidad y el valor de una conveniente formación, del estudio, de la meditación, de una vida interior intensa, de la oración personal que sólo Dios ve.

Se nos ofrece además una lección de vida familiar. Que Nazaret nos enseñe el significado de la familia, su comunión de amor, su sencilla y austera belleza, su carácter sagrado e inviolable, lo dulce e irreemplazable que es su pedagogía y lo fundamental e incomparable que es su función en el plano social.

Finalmente, aquí aprendemos también la lección del trabajo. Nazaret, la casa del hijo del artesano: cómo deseamos comprender más en este lugar la austera pero redentora ley del trabajo humano y exaltarla debidamente; restablecer la conciencia de su dignidad, de manera que fuera a todos patente; recordar aquí, bajo este techo, que el trabajo no puede ser un fin en sí mismo, y que su dignidad y la libertad para ejercerlo no provienen tan sólo de sus motivos económicos, sino también de aquellos otros valores que lo encauzan hacia un fin más noble.

Queremos finalmente saludar desde aquí a todos los trabajadores del mundo y señalarles al gran modelo, al hermano divino, al defensor de todas sus causas justas, es decir: a Cristo, nuestro Señor.

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LA VIDA DEL EVANGELIO
por Julio Micó, OFMCap

Adorar al Señor Dios

No cabe duda de que nuestra cultura se caracteriza por ser antropocéntrica, es decir, que el hombre es la medida de todas las cosas. De ahí que al hablar de experiencia de Dios pongamos inmediatamente el acento en nuestra percepción subjetiva. Este sentimiento no sólo existe a niveles espontáneos y coloquiales, sino que se ha estructurado de forma científica en la llamada fenomenología de la religión.

Para el hombre medieval, por el contrario, el hecho de la objetividad de la existencia de Dios era algo evidente. De ahí que Francisco no se pare a cuestionar su existencia, como nosotros exigiríamos por considerarlo necesario, sino que desgrane su concepción teocéntrica de la realidad por medio de un lenguaje en el que Dios es el objeto normal y espontáneo al que se debe remitir el hombre.

Este hablar acrítico sobre Dios puede resultamos extraño al leerlo desde una óptica coloreada por la sospecha. Pero el testimonio de Dios que nos ofrece Francisco no parte de un mero ejercicio intelectual, sino de la convicción que aporta la experiencia. La presencia apabullante de un Dios que trastoca los fundamentos en los que se apoyaba su vida, es motivo más que suficiente para hablar de Él sin tener que justificar su existencia. El problema del hombre actual es que pretende hablar de Dios sin haberlo experimentado. Por eso su lenguaje se detiene en analizar la posibilidad de un encuentro con Dios. Francisco, por el contrario, parte de la evidencia de que Dios se le ha hecho presente; de ahí que su hablar de Dios sea una narración de su propia experiencia espiritual.

En la Regla no bulada, sobre todo en los capítulos 22 y 23, aparece claramente que, para Francisco, la exigencia de búsqueda y encuentro con Dios constituye el corazón del proyecto evangélico que él quiere vivir y que propone a los hermanos: Animados por el Espíritu, seguir las huellas de Jesús y poder así llegar hasta el Padre. La respuesta al Dios trinitario es el núcleo del Evangelio y, por tanto, del proyecto de vida con el que Francisco pretende ayudarse y ayudar a los demás a ser fieles a sus exigencias.

Ya que voluntariamente lo hemos dejado todo, nada más lógico, dice Francisco, que seguir con solicitud la voluntad del Señor y agradarle en todo (1 R 22,9). Pero esta búsqueda no se da de forma espontánea. En el fondo del hombre está ese poder misterioso del mal que, para apoderarse de su corazón, trata de hacerle olvidar lo que significa Dios para él (1 R 22,19-21); de ahí que haya que estar vigilantes para remover todo impedimento y posponer toda preocupación, de modo que puedan servir, amar, honrar y adorar al Señor Dios con un corazón transparente, a fin de que el Padre, el Hijo y el Espíritu puedan tomar posesión de él (1 R 22,26s).

Sólo un corazón habitado por la Trinidad es capaz de dar gracias al Padre por haber creado, por medio de su Hijo y con el Espíritu Santo, todas las cosas espirituales y corporales, y especialmente a nosotros, hechos a su imagen y semejanza (1 R 23,1).

Esta acción de gracias se extiende también a la generosa actitud del Padre que nos demostró su amor al hacer que naciera de la Virgen María, por medio del Espíritu, su querido Hijo Jesús, redimiéndonos con su cruz, sangre y muerte (1 R 23,3). Resucitado por el poder de Dios y sentado a la derecha del Padre, ese mismo Señor vendrá en su gloria al final de los tiempos para examinarnos del amor y ofrecemos la posibilidad de seguir amando según la capacidad de nuestro corazón (1 R 23,4).

Pero nuestra debilidad como pecadores nos impide alabarle como es debido. Por eso, «imploramos suplicantes que nuestro Señor Jesucristo te dé gracias de todo junto con el Espíritu Santo, como a ti y a Él mismo le agrada» (1 R 23,5). De este modo, nuestro corazón estará dispuesto para abrirse al amor misericordioso de Dios.

El núcleo del Evangelio, que es la actitud confiada y orante de Jesús hacia su Padre, es captado por Francisco y traducido en una continua búsqueda del Dios trinitario para responderle en alabanza por todo el misterio salvador con el que se nos ha hecho presente.


















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