martes, 4 de julio de 2017

Año Cristiano Franciscano



DÍA 5 DE JULIO

 

SAN ANTONIO MARÍA ZACCARÍA . Nació en Cremona (Italia) el año 1502. Estudió medicina en Padua, profesión que empezó a ejercer, pero que pronto dejó para prepararse y recibir la ordenación sacerdotal. Ordenado de sacerdote en 1528, se fue a Milán en 1530 y allí fundó la Congregación de los Clérigos Regulares de San Pablo, santo que era el norte y guía de su vida, también llamados Barnabitas por su casa madre en Milán (San Bernabé), y que tenía por finalidad promover la reforma del clero y de los laicos siguiendo las directrices del Concilio de Trento. Fundó también la comunidad de las Angélicas de San Pablo y la de Los Casados de San Pablo para comprometer a los seglares en el apostolado. Se le puede considerar como el precursor de san Calos Borromeo en la reforma católica. Murió en su ciudad natal el 5 de julio de 1539. -Oración: Concédenos, Señor, crecer, según el espíritu de san Pablo, apóstol, en el conocimiento incomparable de tu Hijo Jesucristo, que impulsó a san Antonio María Zaccaría a proclamar en tu Iglesia la palabra de salvación. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.


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San Atanasio de Jerusalén. Era diácono en la iglesia de la Santa Resurrección del Señor en Jerusalén. En su tiempo estaba al vivo la polémica sobre las dos naturalezas de Cristo. El monje hereje Teodosio, seguidor de Eutiques, defendió la doctrina monofisita y exhortó al pueblo a que rechazara el Concilio de Calcedonia. Atanasio, por el contrario, se manifestó en público exigiendo la adhesión al Concilio y a su definición que afirmaba de la doble naturaleza de Cristo. Teodosio temió que las palabras de Atanasio hicieran mella en el pueblo, y lo asesinó. Era el año 451.

San Atanasio el Atonita. Nació en Trebisonda hacia el año 920. Estudió en Constantinopla y, después de ejercer algún tiempo el magisterio, abrazó la vida eremítica en Kyminas. Se estableció luego en el Monte Athos. Un amigo suyo, Nicéforo, le pidió que fuera con él a Creta en una expedición contra los sarracenos. Tras la victoria, con los fondos que le dieron como recompensa construyó el primer monasterio del Monte Athos, dedicado a la Virgen María. Siguieron otros monasterios, con la oposición de los antiguos ermitaños que no veían con buenos ojos que se introdujera allí la vida cenobítica. Como hegúmeno o superior creó un reglamento para la relación entre los monasterios e instituyó una regla de vida cenobítica en la Gran Laura. Murió el año 1004.

Santa Ciprila. Era una mujer cristiana de Cirene (Libia), viuda, que fue detenida a causa de su fe y llevada ante el gobernador. Éste le exigió repetidamente que adorara a los dioses romanos, a lo que ella se negó rotundamente. Entonces le pusieron en la mano carbones ardiendo con incienso para que, al deshacerse de ellos, pudieran entender que sacrificaba a los ídolos. Pero ella cerró el puño y los retuvo en su mano. Pusieron fin a su vida después de propinarle sangrientos tormentos. Esto ocurrió el año 303, siendo emperador Diocleciano.

San Domecio el Médico. Domecio, de sobrenombre Médico, llevó vida de ermitaño en el monte Quros, de la antigua Armenia, en el siglo V.

San Esteban de Nicea. Según la tradición, era el cristiano de Nicea que acompañó al apóstol san Pablo, quien lo eligió obispo de Reggio Calabria (Italia). Ejerció un fecundo apostolado y fue martirizado hacia el año 78.

Santa Marta. Madre de san Simeón Estilita el Joven. Nació en Antioquía a principios del siglo VI. Contrajo matrimonio, obedeciendo a sus padres, y, cuando poco después quedó viuda, se dedicó a la educación cristiana de su hijo. Luego de retiró al Monte Admirable (Siria), donde murió el año 551.

Santas Teresa Chen Jinxie y Rosa Chen Aixie . Estas dos jóvenes chinas, vírgenes y mártires, eran hermanas y pertenecían a la comunidad cristiana de Huangeryn, provincia de Hubei (China). Cuando se les acercó la persecución de los boxers, sabiendo las atrocidades que cometían, para salvaguardar el honor de su virginidad y su fe cristiana, decidieron marcharse con otros fieles a una población que los misioneros habían fortificado. Salieron en un carro, pero los alcanzaron los boxers que exigieron que las jóvenes bajaran del mismo. Protestó uno de los que iban en el carro, y en el acto lo mataron. Entonces bajaron las muchachas que se arrodillaron y empezaron a rezar. Uno de los boxers mató de un golpe a Rosa y dio otro a Teresa que cayó malherida y murió poco después. Era el año 1900.

Santo Tomás de Terreto. Fue abad del monasterio de Santa María de Terreto, cerca de Reggio Calabria (Italia), y de él se dijo que rigió la abadía más con su virtud que con su autoridad. Murió el año 1000.

Beatos Jorge Nichols, Ricardo Yaxley, Tomás Belson y Humphred Pritchard. Estos cuatro mártires ingleses fueron ahorcados y descuartizados en Oxford el 5 de julio de 1589 a causa de su fe católica. Dos eran sacerdotes y los condenaron por serlo, los otros dos eran seglares y los condenaron por colaborar con los sacerdotes. Todos ellos fueron localizados juntos en una misma fonda y apresados. Jorge era de Orford y se ordenó de sacerdote el año 1583 en Reims, donde había estado estudiando. Ejerció su ministerio en Oxford y alrededores seis años. Ricardo nació en Boston en 1560, y también estudió en Reims, donde recibió la ordenación sacerdotal en 1585; luego regresó a Inglaterra y se dedicó al apostolado. Tomás había sido seminarista en Reims, y estaba en Oxford con el P. Jorge, su confesor, cuando los detuvieron. Humphred era galés, y estaba de criado de la dueña de la fonda en que los apresaron.

Beatos Mateo Lambert, Roberto Meyler, Eduardo Cheevers y Patricio Cavanagh. Son cuatro seglares irlandeses, el primero panadero y los otros tres marineros de profesión, que, por su fidelidad a la Iglesia Romana y por ayudar a los católicos perseguidos, fueron ahorcados y descuartizados en Vexford (Irlanda), el año 1581, durante el reinado de Isabel I.



PARA TENER EL ESPÍRITU DE ORACIÓN Y DEVOCIÓN

Pensamiento bíblico:

Después del discurso de Jesús en la sinagoga de Cafarnaún sobre "el pan de vida", «muchos discípulos suyos se echaron atrás y no volvieron a ir con él. Entonces Jesús les dijo a los Doce: "¿También vosotros queréis marcharos?". Simón Pedro le contestó: "Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna; nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios"» (Jn 6,66-69).

Pensamiento franciscano:

Dice san Francisco en su Regla: «Amemos todos con todo el corazón, con toda el alma, con toda la mente, con toda la fuerza y fortaleza, con todo el entendimiento, con todas las fuerzas, con todo el esfuerzo, con todo el afecto, con todas las entrañas, con todos los deseos y voluntades al Señor Dios, que nos dio y nos da a todos nosotros todo el cuerpo, toda el alma y toda la vida, que nos creó, nos redimió y por sola su misericordia nos salvará; que a nosotros..., ingratos y malos, nos hizo y nos hace todo bien» (1 R 23,8).

Orar con la Iglesia:

Demos gracias siempre y en todo lugar a Cristo, nuestro Salvador, y digámosle llenos de confianza: Ayúdanos, Señor, con tu gracia.

-Concédenos guardar sin mancha nuestros cuerpos, para que el Espíritu Santo pueda habitar en nosotros.

-Acrecienta en nosotros el amor a nuestros hermanos y el deseo de cumplir tu voluntad hoy y todos los días.

-Danos hambre del alimento que perdura y da vida eterna, y que tú diariamente nos proporcionas.

-Que tu Madre, refugio de pecadores, interceda por nosotros, para que obtengamos tu perdón y nos convirtamos más y más a ti.

Oración: Señor Jesús, que tu amor y tu misericordia dirijan nuestros corazones, ya que sin tu ayuda no podemos perseverar en tu servicio ni complacerte. Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.

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«PERMANECED FIRMES EN LA FE»
De la homilía de S. S. Benedicto XVI
en la misa concelebrada en Varsovia el 26-V-2006

Acabamos de escuchar las palabras de Jesús: «Si me amáis, guardaréis mis mandamientos. Y yo le pediré al Padre que os dé otro Paráclito, que esté siempre con vosotros, el Espíritu de la verdad» (Jn 14,15-17). Con estas palabras Jesús revela la profunda relación que existe entre la fe y la profesión de la Verdad divina, entre la fe y la entrega a Jesucristo en el amor, entre la fe y la práctica de una vida inspirada en los mandamientos. Estas tres dimensiones de la fe son fruto de la acción del Espíritu Santo. Esta acción se manifiesta como fuerza interior que armoniza los corazones de los discípulos con el Corazón de Cristo y los hace capaces de amar a los hermanos como él los ha amado. Así, la fe es un don, pero al mismo tiempo es una tarea.

«Que os dé otro Paráclito, el Espíritu de la verdad». La fe, como conocimiento y profesión de la verdad sobre Dios y sobre el hombre, «viene de la predicación, y la predicación, por la palabra de Cristo», dice san Pablo (Rom 10,17). A lo largo de la historia de la Iglesia, los Apóstoles predicaron la palabra de Cristo, preocupándose de entregarla intacta a sus sucesores, quienes a su vez la transmitieron a las generaciones sucesivas, hasta nuestros días. Muchos predicadores del Evangelio han dado la vida precisamente a causa de la fidelidad a la verdad de la palabra de Cristo. Así, de la solicitud por la verdad nació la Tradición de la Iglesia.

Al igual que en los siglos pasados, también hoy hay personas o ambientes que, descuidando esta Tradición de siglos, quisieran falsificar la palabra de Cristo y quitar del Evangelio las verdades que, según ellos, son demasiado incómodas para el hombre moderno. Se trata de dar la impresión de que todo es relativo: incluso las verdades de la fe dependerían de la situación histórica y del juicio humano. Pero la Iglesia no puede acallar al Espíritu de la verdad. Los sucesores de los apóstoles, juntamente con el Papa, son los responsables de la verdad del Evangelio, y también todos los cristianos están llamados a compartir esta responsabilidad, aceptando sus indicaciones autorizadas.

Todo cristiano debe confrontar continuamente sus propias convicciones con los dictámenes del Evangelio y de la Tradición de la Iglesia, esforzándose por permanecer fiel a la palabra de Cristo, incluso cuando es exigente y humanamente difícil de comprender. No debemos caer en la tentación del relativismo o de la interpretación subjetiva y selectiva de las sagradas Escrituras. Sólo la verdad íntegra nos puede llevar a la adhesión a Cristo, muerto y resucitado por nuestra salvación.

En efecto, Jesucristo dice: «Si me amáis...». La fe no significa sólo aceptar cierto número de verdades abstractas sobre los misterios de Dios, del hombre, de la vida y de la muerte, de las realidades futuras. La fe consiste en una relación íntima con Cristo, una relación basada en el amor de Aquel que nos ha amado primero (cf. 1 Jn 4,11) hasta la entrega total de sí mismo. «La prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió por nosotros» (Rom 5,8). ¿Qué otra respuesta podemos dar a un amor tan grande sino un corazón abierto y dispuesto a amar? Pero, ¿qué quiere decir amar a Cristo? Quiere decir fiarse de él, incluso en la hora de la prueba, seguirlo fielmente incluso en el camino de la cruz, con la esperanza de que pronto llegará la mañana de la resurrección.

Si confiamos en Cristo no perdemos nada, sino que lo ganamos todo. En sus manos nuestra vida adquiere su verdadero sentido. El amor a Cristo lo debemos expresar con la voluntad de sintonizar nuestra vida con los pensamientos y los sentimientos de su Corazón. Esto se logra mediante la unión interior, basada en la gracia de los sacramentos, reforzada con la oración continua, la alabanza, la acción de gracias y la penitencia. No puede faltar una atenta escucha de las inspiraciones que él suscita a través de su palabra, a través de las personas con las que nos encontramos, a través de las situaciones de la vida diaria. Amarlo significa permanecer en diálogo con él, para conocer su voluntad y realizarla diligentemente.

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EL DISCÍPULO DEL APÓSTOL PABLO
De un sermón de san Antonio María Zaccaría
a sus hermanos de religión

Nosotros, unos necios por Cristo: esto lo decía el apóstol Pablo, nuestro bienaventurado guía y santísimo patrono, refiriéndose a sí mismo y a los demás apóstoles, como también a todos los que profesan las enseñanzas cristianas y apostólicas. Pero ello, hermanos muy amados, no ha de sernos motivo de admiración o de temor, ya que un discípulo no es más que su maestro, ni un esclavo más que su amo. Nuestros enemigos se hacen mal a sí mismos y nos prestan a nosotros un servicio, ya que nos ayudan a conseguir la corona de la gloria eterna, mientras que provocan sobre ellos la ira de Dios, y, por esto, debemos compadecerlos y amarlos en vez de odiarlos y aborrecerlos. Más aún, debemos orar por ellos y no dejarnos vencer del mal, sino vencer el mal con el bien, y amontonar las muestras de bondad sobre sus cabezas, según nos aconseja nuestro Apóstol, como carbones encendidos de ardiente caridad; así ellos, viendo nuestra paciencia y mansedumbre, se convertirán y se inflamarán en amor de Dios.

A nosotros, aunque indignos, Dios nos ha elegido del mundo, por su misericordia, para que, dedicados a su servicio, vayamos progresando constantemente en la virtud y, por nuestra constancia, demos fruto abundante de caridad, jubilosos por la esperanza de poseer la gloria que nos corresponde por ser hijos de Dios, y gloriándonos incluso en medio de nuestras tribulaciones.

Fijaos en vuestro llamamiento, hermanos muy amados; si lo consideramos atentamente, fácilmente nos daremos cuenta de que exige de nosotros que no rehusemos el participar en los sufrimientos de Cristo, puesto que nuestro propósito es seguir, aunque sea de lejos, las huellas de los santos apóstoles y demás soldados del Señor. Corramos en la carrera que nos toca, sin retirarnos, fijos los ojos en el que inició y completa nuestra fe: Jesús.

Los que hemos tomado por guía y padre a un apóstol tan eximio y hacemos profesión de seguidores suyos debemos esforzarnos en poner por obra sus enseñanzas y ejemplos; no sería correcto que, en las filas de semejante capitán, militaran unos soldados cobardes o desertores, o que un padre tan ilustre tuviera unos hijos indignos de él.

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LA VIDA DEL EVANGELIO
por Julio Micó, OFMCap

Cómo vivió san Francisco en Evangelio

Francisco era un hombre práctico. Si había optado por el Evangelio no era sólo para conocerlo intelectualmente, sino sobre todo para practicarlo. Pero a la hora de saber qué tipo de evangelismo fue el vivido por Francisco, habrá que preguntarse también desde dónde lo vivió o desde qué imagen lo actuó.

Los Sinópticos traen unos logia o dichos de Jesús que, vividos y transmitidos por el llamado Movimiento de Jesús, proponen un tipo de seguimiento desarraigado y radical. Estos textos radicales, que forman el eje del Evangelio, permiten al que ha optado por Jesús la posibilidad de volver a sus propias raíces personales y, desde ahí, reconstruir todo su proyecto humano según el programa ofrecido por Jesús.

Todos estos dichos radicales que aparecen en los Sinópticos, excepto la frase sobre los eunucos (Mt 19,12) y la otra sobre el escándalo (Mc 9,43-48), aparecen también en los Escritos de Francisco, principalmente en sus dos Reglas. Esto nos aclara la influencia que pudiera tener Francisco sobre sus colaboradores a la hora de buscar y aplicar las citas evangélicas a sus Escritos, aunque él no fuera el ejecutor material de esa trascripción.

Los textos radicales aparecen casi todos en la Regla no bulada. Así pues, se insiste en el esfuerzo para entrar por la puerta estrecha (1 R 11,13), dejando en segundo lugar al padre, a la madre e incluso a sí mismo (1 R 1,4); en negarse y tomar la propia cruz para seguir a Jesús (1 R 1,3), perdiendo la propia vida para encontrarla (1 R 16,11), pues de nada sirve ganar el mundo si uno pierde la propia vida (1 R 7,1). Por tanto, hay que convertirse (1 R 21,3), dejando que los muertos entierren a sus muertos (1 R 22,18), olvidándose de todas las preocupaciones para mejor servir al Reino (1 R 8,2).

El seguidor de Jesús debe ser constructor de la paz (Adm 15; 1 R 14,2), libre frente a los legalismos (1 R 9,13-16) y alegre cuando ayuna (1 R 3,2). Confesará a Jesús delante de los hombres (1 R 16,8), aunque tal actitud le acarree persecución (1 R 16,16). Antes que defenderse o resistir (1 R 14,4), será como una oveja entre lobos (1 R 16,1-2), esforzándose por no reaccionar de forma violenta (1 R 22,21-23), sino amando a sus enemigos (Adm 14,4), perdonándolos siempre (1 R 21,6; 22,28) y no temiendo a los que matan el cuerpo (1 R 16,17-18).

El que pretenda seguir a Jesús deberá cumplir la ley desde dentro (1 R 11,4) y saber que el mal no viene de fuera, sino del corazón mismo del hombre (1 R 22,7-8). De cara a Dios y de cara a los hombres, se considerará un esclavo que hace lo que debe y de quien se puede prescindir (1 R 11,3; 23,7). Y si tiene algún cargo de responsabilidad que le da poder, lejos de aceptar el título de padre o de maestro (1 R 22,33-35), se considerará servidor e inferior a todos (1 R 5,10-11), a ejemplo de Jesús el Señor, que vino para servir. El que quiera unirse a la comunidad de Jesús abandonará lo que posee en favor de los pobres (1 R 1,2) y se pondrá en camino para la misión, libre de todo lo que estorba (1 R 14,1). Una vez que haya puesto la mano en el arado, no mirará atrás (1 R 2,10), sino que seguirá adelante, seguro de que el Señor cumplirá sus promesas (1 R 1,5). Y, por encima de todo, amará al Señor Dios (2CtaF 18), sabiendo que, si persevera hasta el final, obtendrá la salvación (1 R 16,21).

Entre los textos no sinópticos que piden la misma radicalidad están los de san Juan sobre Dios Espíritu, al que hay que adorar en espíritu y verdad (1 R 22,30-31), y el mandamiento del amor (1 R 11,5), así como el de lavarse los pies mutuamente (1 R 6,4).

De las Cartas de san Pedro y de las Cartas Pastorales aparece el tema del seguimiento como una marcha sobre las huellas de Jesús (1 R 22,2), en plena sumisión a toda criatura (1 R 16,6), sin vanas disputas ni querellas verbales (1 R 11,1), sino con benevolencia y dulzura (1 R 11,7-9).

A partir de este mosaico de textos, en el que se nos dibuja la imagen del verdadero seguidor de Jesús, podemos percatamos de la fidelidad con que Francisco captó lo esencial del Evangelio, contribuyendo a ello el tipo socio-religioso de vida itinerante que adoptó a la hora de construir su proyecto de vida.
























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