lunes, 3 de julio de 2017

Año Cristiano Franciscano



DÍA 4 DE JULIO

 

SANTA ISABEL DE PORTUGAL. Hija de Pedro III de Aragón y de Constanza de Sicilia, nació hacia 1270 en Zaragoza o en Barcelona; era nieta de Jaime I el Conquistador y sobrina de santa Isabel de Hungría, que le sirvió de modelo. Muy joven fue dada en matrimonio al rey de Portugal, don Dionís, del que tuvo dos hijos. Fortalecida con la oración y la práctica de las obras de misericordia, soportó con paciencia y humildad las infidelidades de su esposo y las tribulaciones provenientes, sobre todo, de los enfrentamientos entre sus familiares. Al morir su marido, a quien atendió personalmente con todo cariño en su última enfermedad, distribuyó sus bienes entre los pobres y quiso retirarse a un convento de clarisas; no pudo hacerlo por los problemas familiares y tomó el hábito de la Orden Tercera de San Francisco. Murió en Estremoz el 4 de julio de 1336, cuando viajaba tratando de establecer la paz entre su hijo y su nieto, reyes de Portugal y de Castilla respectivamente. - Oración : Oh Dios, que creas la paz y amas la caridad, tú que otorgaste a santa Isabel de Portugal la gracia de conciliar a los hombres enfrentados, muévenos, por su intercesión, a poner nuestros esfuerzos al servicio de la paz, para que merezcamos llamarnos hijos tuyos. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.




SAN CESIDIO GIACOMANTONIO. Es uno de los franciscanos martirizados por los boxers en China en julio de 1900, a los que la Familia franciscana recuerda el 8 de julio, encabezados por san Gregorio Grassi . Cesidio nació en Fossa (L'Aquila, Italia) el año 1873. Ingresó de joven en la Orden franciscana, se ordenó de sacerdote y en el Colegio Internacional de San Antonio, de Roma, se preparó para ir a misiones. Lo enviaron a China, y allí lo destinaron al distrito de Heng-tchen-fu (Hunan). Sólo un año pudo desarrollar su labor de misionero. La persecución lo sorprendió en su misión el 4 de julio de 1900. La residencia principal de la misión, donde él se encontraba, fue invadida por los boxers y por la multitud. En medio del tumulto que se produjo, el P. Cesidio, temiendo que las Sagradas Formas fueran profanadas, corrió a la capilla a consumir el Santísimo Sacramento. Los exaltados perseguidores desahogaron contra él su furia hiriéndolo con palos y lanzas. Semivivo, lo envolvieron en una manta empapada de petroleo y le prendieron fuego. Tenía 26 años de edad.

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San Andrés de Creta. Nació en Damasco el año 660. A los 15 años abrazó la vida monástica en la basílica del Santo Sepulcro de Jerusalén, en la que prestó servicio hasta el 685 en que lo enviaron a Constantinopla. Allí quedó adscrito a la basílica de Santa Sofía y se encargó de varias obras de caridad y beneficencia. El año 700 fue elegido obispo de Gortina, sede metropolitana de la isla de Creta. Fue un buen pastor y defendió el culto de las imágenes sagradas. Orador y poeta, escribió homilías y panegíricos, cantó a Dios con admirable arte mediante oraciones, himnos y cánticos, y exaltó a la Madre de Dios, la Virgen inmaculada y asunta al cielo. Murió en Erisso, en la isla de Lesbos, el año 740.

San Antonio Daniel. Nació en Dieppe (Francia) el año 1601. A los veinte años ingresó en la Compañía de Jesús y en 1630 se ordenó de sacerdote. Lo enviaron a las misiones entre los Hurones de Canadá, a donde llegó en 1632. Trabajó muchos años con gran celo y su carisma especial era la catequesis a los niños. El 4 de julio de 1648, después de haber celebrado la misa y estando a la puerta de la iglesia protegiendo a sus neófitos ante el ataque de los Iroqueses que habían llegado violentos, fue herido por una nube de flechas y después rematado a fuego de arcabuz, a continuación quemaron su cuerpo. Su memoria y la de sus compañeros mártires se celebra el 19 de octubre.

Santa Berta de Blangy. Nació en Teruana (Francia) hacia el año 640, hija del conde palatino Rigoberto. A los veinte años contrajo matrimonio y tuvo cinco hijos. Veinte años después quedó viuda y abrazó la vida monástica, junto con sus dos hijas mayores Gertrudis y Deotila, en el monasterio de Blangy, en territorio de Arrás (Francia), que ella misma había fundado. La eligieron abadesa y se mostró muy celosa de una observancia estricta de la Regla. Algunos años antes de su muerte, renunció a la dirección del monasterio y vivió retirada en una celda. Murió el año 725.

San Florencio. Obispo de Cahors (Aquitania, Francia) en el siglo V. San Paulino de Nola lo celebró como hombre humilde de corazón, fuerte en la gracia y dulce en la palabra.

San Jocundiano. Fue martirizado en África en una fecha desconocida de la antigüedad cristiana.

San Juan de Vespignano. Vivió en Florencia (Italia) en los siglos XIII-XIV y murió allí en una fecha desconocida.

San Laureano. Fue martirizado en la región de Bourges (Francia) en una fecha desconocida de los siglos III/IV. Una tradición no confirmada históricamente lo hace metropolitano de Sevilla.

San Teodoro. Fue obispo de Cirene de Libia, su ciudad natal, y sufrió el martirio hacia el año 310 en la persecución del emperador Diocleciano.

San Ulrico. Obispo de Augsburgo, ciudad de Baviera (Alemania), fue admirable por su espíritu de penitencia, su generosidad y la vigilancia de su feligresía. Falleció el año 972, nonagenario y después de haber sido obispo durante cincuenta años.

San Valentín. Sacerdote y ermitaño que vivió en Langres (Aquitania, Francia) en el siglo V.

Beata Catalina Jarrige. Nació de familia campesina en Doumis (Francia) el año 1754. No tenía estudios y se dedicó a trabajos domésticos y artesanos. Pronto se trasladó a vivir a Mauriac, donde pasó el resto de su vida. Se consagró a Dios e ingresó en la Tercera Orden de Santo Domingo. A una profunda vida interior unía la santificación del trabajo; ejercía obras apostólicas y caritativas, cuidaba a los pobres, enfermos y huérfanos. Al llegar la Revolución Francesa, se dedicó a apoyar el trabajo de los sacerdotes, les buscaba refugios, los acompañaba en sus huidas, les procuraba subsidios. Dos veces la arrestaron, pero no pudieron condenarla por falta de pruebas. Acabada la Revolución, colaboró en las necesidades de la Iglesia y cuidó especialmente de los sacerdotes. Murió en Mauriac el año 1836.

Beatos Guillermo Andleby, Enrique Abbot, Tomás Warcop y Eduardo Fulthorp. Estos cuatro mártires ingleses, el primero sacerdote y los otros laicos, fueron ahorcados y descuartizados en York (Inglaterra), por su fe católica, el 4 de julio de 1597, en tiempo de Isabel I. Guillermo nació en 1550 de familia protestante y decididamente anticatólica. En un viaje por el Continente, visitó por curiosidad el Colegio Inglés de Douai (Francia) y las conversaciones con W. Allen, fundador del mismo, lo llevaron a ingresar en la Iglesia católica y estudiar para sacerdote; se ordenó en 1577. Volvió a Inglaterra y ejerció su ministerio en varias regiones. Era un hombre piadoso, austero, amante de la pobreza evangélica. Lo arrestaron en 1597 y lo condenaron por su condición sacerdotal. Con él fueron ejecutados los tres seglares. Enrique fue primero protestante y luego se hizo católico. Colaboraba con los sacerdotes, y por eso lo arrestaron y condenaron. Tomás era de familia acomodada y hospedaba a los sacerdotes en su casa, y allí lo arrestaron junto con el P. Guillermo. Eduardo pertenecía a la clase alta de York y se había convertido al catolicismo, y por esto lo acusaron y condenaron.

Beatos Juan Cornelio, Tomás Bosgrave, Juan Carey y Patricio Salmon. Los cuatro fueron ahorcados y descuartizados en Dorchester (Inglaterra), por su fe católica, el 4 de julio de 1594, en tiempo de Isabel I. Juan Cornelio nació en Cornualles. Su padre era criado del conde de Arundel. Hizo los estudios eclesiásticos en Reims y Roma, donde se ordenó de sacerdote en 1582. Pronto se acreditó con un gran orador sagrado. Volvió a Inglaterra y ejerció su ministerio como capellán de la familia Arundel. Confirmó en la fe a los católicos y atrajo a la misma a no pocos anglicanos. Su vida era piadosa, austera y caritativa con los pobres. Estando con la familia Arundel en su castillo de Chideock, lo detuvieron y encarcelaron junto con los otros mártires. Desde la cárcel pidió y obtuvo el ingreso en la Compañía de Jesús. Tomás era natural de Cornualles, hombre de gran cultura, sobrino de John Arundel y frecuentaba los actos religiosos en el castillo. Juan Carey era irlandés, trabajaba en el castillo y atendía a los sacerdotes que pasaban por el mismo. Patricio, también irlandés, trabajaba en el castillo como criado.

Beato José Giuseppe Kowalski. Nació en Polonia el año 1911. Entró en los salesianos en 1927 y recibió la ordenación sacerdotal en 1938. Trabajó sobre todo en la pastoral juvenil predicando, dando conferencias, dirigiendo ejercicios y retiros. Fue un educador embebido del carisma de Don Bosco. Amante de la música, fundó un coro juvenil. El 23 de mayo de 1941, los nazis lo arrestaron a él y a otros once salesianos. Fue a parar al campo de exterminio de Oswiecim o Auschwitz en Polonia, en el que lo condenaron a trabajos forzados. El 4 de julio de 1942, por negarse a pisotear un rosario, los guardias lo torturaron y lo ahogaron.

Beata María Crucificada Curcio. Nació en Ispica (Sicilia) el año 1877. Recibió una buena educación. La lectura de la Vida de Santa Teresa del Niño Jesús tuvo una gran influencia en su vida y espiritualidad. A los 13 años se hizo terciaria carmelita. Para unir la vida contemplativa con el ideal misionero, inició en su casa la vida común con otras terciarias carmelitas; la experiencia progresó, la comunidad se trasladó a Santa Marinella, cerca de Roma, y allí se constituyó la Congregación de las Carmelitas Misioneras de Santa Teresa del Niño Jesús, para la atención de la juventud más abandonada y humillada. Murió en Santa Marinella (Roma) el año 1957 y fue beatificada el 2005.

Beato Pedro Jorge Frassati. Nació en Turín (Italia) el año 1901 en el seno de una familia acomodada. Se educó en los jesuitas. Pronto entró en contacto con la pobreza y con los problemas de la clase obrera, y frecuentó las Obras de san Vicente de Paúl. En cuanto a estudios, alcanzó el título de ingeniero mecánico y de minas. Se adhirió a la «Cruzada Eucarística» y frecuentó la Congregación Mariana. Fue militante en varias asociaciones de seglares católicos y gran deportista, que se entregó con alegría a las obras de caridad en favor de pobres y enfermos, hasta que, atacado por una poliomielitis fulminante, murió en Turín el año 1925.

Beato Pedro Kibe Kasui. Nació en Kibe (Japón) el año 1587. De joven fue catequista y acompañó en el exilio a los jesuitas hacia Macao. Para ingresar en la Compañía, marchó a pie a Roma siguiendo la ruta de la seda. Allí estudió, se ordenó de sacerdote y entró en la Compañía de Jesús. El viaje de regreso a Japón duró seis años y estuvo plagado de dificultades. Llegó a su patria en 1630 y misionó en la clandestinidad primero en Nagasaki y luego pasó a las regiones del norte. En 1638 fue apresado y llevado a Edo (Tokio). Un sacerdote apóstata intentó hacerle apostatar, sin conseguirlo. Después de diversos tormentos, fue martirizado en la «horca y fosa» y quemado a fuego lento el 4 de julio de 1639. Fue beatificado el año 2008 encabezando un grupo de 188 mártires.

Beato Pedro Romero. Nació en Pancorbo (Burgos) en 1871. Profesó en los Redentoristas en 1890 y fue ordenado sacerdote en 1896. Al principio se dedicó a las misiones populares, pero su carácter tímido y severo lo fue centrando en el ministerio y culto de su iglesia. Al estallar la persecución religiosa, estaba en Cuenca y se refugió en el asilo de las Hermanitas de los Ancianos Desamparados. En agosto de 1937 el asilo quedó en manos de la CNT y tuvo que marchar. Acabó viviendo como un mendigo, pidiendo limosna por las calles de la ciudad. Lo apresaron, y en la cárcel se fue agotando hasta morir por enfermedad el 4 de julio de 1938. Beatificado el 13-X-2013 como mártir.



PARA TENER EL ESPÍRITU DE ORACIÓN Y DEVOCIÓN

Pensamiento bíblico:

En su discurso de despedida, Jesús dijo a sus discípulos: «La paz os dejo, mi paz os doy; no os la doy yo como la da el mundo. Que no se turbe vuestro corazón ni se acobarde. Me habéis oído decir: "Me voy y vuelvo a vuestro lado"» (Jn 14,27-28).

Pensamiento franciscano:

Dice san Francisco en su Regla: «Guárdense todos los hermanos de turbarse o airarse por el pecado o el mal del hermano, porque el diablo quiere echar a perder a muchos por el delito de uno solo; por el contrario, ayuden espiritualmente como mejor puedan al que pecó, porque no tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos» (Mt 9,12; 1 R 5,7-8).

Orar con la Iglesia:

Oremos a Dios Padre, en el nombre de Jesús, de quien procede la verdadera reconciliación de los hombres y el perdón de los pecados.

-Para que la Iglesia sea siempre y en toda situación instrumento y lugar de reconciliación y pacificación entre los hombres y los pueblos.

-Para que los cristianos seamos factores y testigos de vida reconciliada y de perdón generoso.

-Para que los que ejercen autoridad no se dejen dominar por el espíritu de venganza, el egoísmo o el afán de prestigio.

-Para que los injustamente oprimidos alcancen, con dignidad y sin rencor, la plena libertad y el reconocimiento de sus derechos.

Oración: Señor Jesús, que nos has dejado en herencia tu paz, concédenos la gracia de permanecer en ella, de reconciliar a los hombres enfrentados y de promover tu reino de paz y amor. Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.

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«HIJO, TUS PECADOS QUEDAN PERDONADOS»
Benedicto XVI, Ángelus del día 19 de febrero de 2006

Queridos hermanos y hermanas:

En estos domingos la liturgia presenta en el Evangelio el relato de varias curaciones realizadas por Cristo. El domingo pasado, el leproso; hoy (Domingo VII TO-B) un paralítico, al que cuatro personas llevan en una camilla a la presencia de Jesús, que, al ver su fe, dice al paralítico: «Hijo, tus pecados quedan perdonados» (Mc 2,5). Al obrar así, muestra que quiere sanar, ante todo, el espíritu. El paralítico es imagen de todo ser humano al que el pecado impide moverse libremente, caminar por la senda del bien, dar lo mejor de sí.

En efecto, el mal, anidando en el alma, ata al hombre con los lazos de la mentira, la ira, la envidia y los demás pecados, y poco a poco lo paraliza. Por eso Jesús, suscitando el escándalo de los escribas presentes, dice primero: «Tus pecados quedan perdonados», y sólo después, para demostrar la autoridad que le confirió Dios de perdonar los pecados, añade: «Levántate, toma tu camilla y vete a tu casa» (Mc 2,11), y lo sana completamente. El mensaje es claro: el hombre, paralizado por el pecado, necesita la misericordia de Dios, que Cristo vino a darle, para que, sanado en el corazón, toda su existencia pueda renovarse.

También hoy la humanidad lleva en sí los signos del pecado, que le impide progresar con agilidad en los valores de fraternidad, justicia y paz, a pesar de sus propósitos hechos en solemnes declaraciones. ¿Por qué? ¿Qué es lo que entorpece su camino? ¿Qué es lo que paraliza este desarrollo integral? Sabemos bien que, en el plano histórico, las causas son múltiples y el problema es complejo. Pero la palabra de Dios nos invita a tener una mirada de fe y a confiar, como las personas que llevaron al paralítico, a quien sólo Jesús puede curar verdaderamente.

La opción de fondo de mis predecesores, especialmente del amado Juan Pablo II, fue guiar a los hombres de nuestro tiempo hacia Cristo Redentor para que, por intercesión de María Inmaculada, volviera a sanarlos. También yo he escogido proseguir por este camino. De modo particular, con mi primera encíclica, Deus caritas est, he querido indicar a los creyentes y al mundo entero a Dios como fuente de auténtico amor. Sólo el amor de Dios puede renovar el corazón del hombre, y la humanidad paralizada sólo puede levantarse y caminar si sana en el corazón. El amor de Dios es la verdadera fuerza que renueva al mundo.

Invoquemos juntos la intercesión de la Virgen María para que todos los hombres se abran al amor misericordioso de Dios, y así la familia humana pueda sanar en profundidad de los males que la afligen.

[Después del Ángelus] Saludo con afecto a los peregrinos... Como el paralítico del Evangelio, os animo a acercaros con decisión y confianza al amor y a la misericordia de Jesús, el único que puede perdonar los pecados y devolver la alegría y la paz a nuestros corazones.

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DICHOSOS LOS QUE TRABAJAN POR LA PAZ
De un sermón atribuido a san Pedro Crisólogo

Bienaventurados los que trabajan por la paz -dice el evangelista, amadísimos hermanos-, porque ellos se llamarán hijos de Dios. Con razón cobran especial lozanía las virtudes cristianas en aquel que posee la armonía de la paz cristiana, y no se llega a la denominación de hijo de Dios si no es a través de la práctica de la paz.

La paz, amadísimos hermanos, es la que despoja al hombre de su condición de esclavo y le otorga el nombre de libre y cambia su situación ante Dios, convirtiéndolo de criado en hijo, de siervo en hombre libre. La paz entre los hermanos es la realización de la voluntad divina, el gozo de Cristo, la perfección de la santidad, la norma de la justicia, la maestra de la doctrina, la guarda de las buenas costumbres, la que regula convenientemente todos nuestros actos. La paz recomienda nuestras peticiones ante Dios y es el camino más fácil para que obtengan su efecto, haciendo así que se vean colmados todos nuestros deseos legítimos. La paz es madre del amor, vínculo de la concordia e indicio manifiesto de la pureza de nuestra mente; ella alcanza de Dios todo lo que quiere, ya que su petición es siempre eficaz. Cristo, el Señor, nuestro rey, es quien nos manda conservar esta paz, ya que él ha dicho: La paz os dejo, mi paz os doy, lo que equivale a decir: «Os dejo en paz, y quiero encontraros en paz»; lo que nos dio al marchar quiere encontrarlo en todos cuando vuelva.

El mandamiento celestial nos obliga a conservar esta paz que se nos ha dado, y el deseo de Cristo puede resumirse en pocas palabras: volver a encontrar lo que nos ha dejado. Plantar y hacer arraigar la paz es cosa de Dios; arrancarla de raíz es cosa del enemigo. En efecto, así como el amor fraterno procede de Dios, así el odio procede del demonio; por esto, debemos apartar de nosotros toda clase de odio, pues dice la Escritura: El que odia a su hermano es un homicida.

Veis, pues, hermanos muy amados, la razón por la que hay que procurar y buscar la paz y la concordia; estas virtudes son las que engendran y alimentan la caridad. Sabéis, como dice san Juan, que el amor es de Dios; por consiguiente, el que no tiene este amor vive apartado de Dios.

Observemos, por tanto, hermanos, estos mandamientos de vida; hagamos por mantenernos unidos en el amor fraterno, mediante los vínculos de una paz profunda y el nexo saludable de la caridad, que cubre la multitud de los pecados. Todo vuestro afán ha de ser la consecución de este amor, capaz de alcanzar todo bien y todo premio. La paz es la virtud que hay que guardar con más empeño, ya que Dios está siempre rodeado de una atmósfera de paz. Amad la paz, y hallaréis en todo la tranquilidad del espíritu; de este modo, aseguráis vuestro premio y vuestro gozo, y la Iglesia de Dios, fundamentada en la unidad de la paz, se mantendrá fiel a las enseñanzas de Cristo.

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LA VIDA DEL EVANGELIO
por Julio Micó, OFMCap

Cómo leía san Francisco los evangelios

La concepción que Francisco tiene de la Sagrada Escritura difiere notablemente de la de sus biógrafos. Éstos conocían perfectamente los métodos científicos de la época, por lo que cultivan una exégesis simbólica que se hace notar a la hora de manejar los textos. En cambio, Francisco, que no era teólogo, lee la Palabra de una forma realista, sin alambicamientos de ninguna clase. Esto lo sabían sus biógrafos hasta el punto de que, curiosamente, sólo le atribuyen los textos escriturísticos de los libros abiertos, es decir, los libros que estaba permitido leer a los laicos, como eran los históricos, etc.

La formación religiosa que tenía Francisco, la propia de un laico de su tiempo, no le permitía otra lectura del Evangelio más que la sencilla y realista. Sin embargo, esto no nos puede llevar a confundir su literalismo evangélico con el fundamentalismo de esas nuevas sectas americanas. Para Francisco, la letra de la Escritura no es lo absoluto y fundamental: «Son matados por la letra aquellos que únicamente desean saber las palabras... Y son vivificados por el espíritu de la divina letra aquellos que, con la palabra y el ejemplo, la devuelven al altísimo Señor Dios, de quien es todo bien» (Adm 7). Él siempre la interpreta desde dentro, condicionado por su cultura religiosa popular. De ahí que incluso ese realismo literal quede matizado al concretar para su vida el seguimiento radical de los consejos del Señor.

Esta interpretación realista pero libre de la Escritura le permitió hacer experiencias radicalmente nuevas al colocarse en la misma situación sociorreligiosa que el Movimiento de Jesús, es decir, en una situación de pobreza y radicalismo itinerante que le ayudaba a percibir aquellos textos del Evangelio que los profetas itinerantes de la primitiva Iglesia no sólo habían vivido sino también transmitido a partir de su experiencia con Jesús. La lectura del Evangelio siempre es posicionada, nunca neutra; por eso ayuda a su inteligencia el abordarla desde una actitud similar a la que vivió Jesús y sus Apóstoles.

Esta toma de posición de Francisco le colocó frente al Evangelio desnudo de todo ropaje científico que pudiera servir de justificación y pretexto para evadirlo. Su insistencia en que no se hagan glosas del Evangelio diciendo cómo hay que entenderlo (Test 38) explica su decisión de abordarlo limpiamente, puesto que en el fondo sólo es capaz de entenderlo quien lo pone en práctica. Por lo menos eso creía Francisco al dar a una mujer pobre, madre de un religioso, el primer y único Evangelio de que disponía la Fraternidad de la Porciúncula. Las razones aducidas son claras: el Señor se complace más cuando practicamos lo que contiene que cuando solamente lo leemos (2 Cel 91; LP 93). En otras palabras, Francisco parte de la praxis sin esperar a tenerlo todo claro en el plano conceptual. Se aventura a hacer la experiencia de vivirlo y, desde esa experiencia, descubre una nueva forma de entenderlo.

A pesar de este entendimiento práctico y realista, Francisco no aborda el Evangelio con un literalismo burdo y superficial. Se podrían aducir infinidad de ejemplos, en los que, bajo apariencia de literalismo pedestre, hay una relectura o interpretación del texto acomodándolo a las circunstancias concretas. El tema del literalismo evangélico aparece después, cuando la Fraternidad ya se encuentra asentada en los conventos. Pero la comprensión evangélica de Francisco es espiritual, desde dentro, al estilo joánico; una comprensión que se caracteriza, según Egger, por el respeto externo ante la Palabra, la disponibilidad para la conversión espiritual, la pobreza interior ante Dios, la puesta en práctica de la Palabra y la convicción de que el sentido de la Escritura está en la acción.

El lenguaje religioso de Francisco está saturado, por la influencia de la liturgia, del pensamiento de los evangelios; de ahí que, cuando escribe, aflora de una manera espontánea, sin tener que referirlo estrictamente a citas concretas. Cuando Francisco habla del Evangelio, nos ofrece sus ideas sin citar expresamente a los evangelistas sino de un modo general. Expone algún principio radical básico y después lo razona con ideas del mismo Evangelio.



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