sábado, 22 de julio de 2017

Año Cristiano Franciscano



DÍA 23 DE JULIO

 

SANTA BRÍGIDA. Nació en Suecia el año 1303. Desde la infancia el Señor le concedió gracias especiales, con conocimiento extraordinario de las realidades divinas y visiones. Siendo aún muy joven, contrajo matrimonio y tuvo ocho hijos, entre ellos Santa Catalina de Suecia. Ingresó en la Tercera Orden de San Francisco, y, aun viviendo en el mundo, a la muerte de su marido abrazó una vida más religiosa y austera. Fundó después la Orden de San Salvador. Trabajó incansablemente para que el Papa regresara de Aviñón a Roma, donde ella pasó la última parte de su vida. Peregrinó por penitencia y escribió numerosas obras, en las que expuso sus experiencias místicas, las visiones y revelaciones que había recibido. Murió en Roma el 23 de julio de 1373. Juan Pablo II la nombró en 1999 copatrona de Europa. - Oración: Oh Dios, que guiaste a Santa Brígida por los diversos senderos de la vida y, mediante la contemplación de la Pasión de tu Hijo, le enseñaste de un modo admirable la sabiduría de la Cruz, concédenos que, siguiendo fielmente tu llamada, sepamos buscarte de todo corazón. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén. -Oración: Señor, Dios nuestro, que has manifestado a santa Brígida secretos celestiales mientras meditaba la pasión de tu Hijo, concédenos a nosotros, tus siervos, gozarnos siempre en la manifestación de tu gloria. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.



BEATA MARGARITA MARÍA LÓPEZ DE MATURANA. Nació en Bilbao (España) en 1884. En su adolescencia fue alumna interna del colegio de las religiosas Mercedarias en Bérriz, en cuya congregación ingresó a los 19 años. Desde el primer momento se entregó a Dios con una fidelidad total en su vida de monja de clausura. En 1906 comenzó a trabajar en el colegio anexo al monasterio. Poco a poco fue profundizando en el carisma mercedario de redención de cautivos, ampliándolo y actualizándolo. En 1920 fundó la asociación «Juventud Mercedaria Misionera de Bérriz», en la que formó en el espíritu misionero a varias generaciones de jóvenes. La asociación abrió fundaciones en China, Oceanía y Japón, que Margarita María visitó. En 1930, con el voto favorable de las 94 monjas como exigía Roma, el monasterio se trasformó en el instituto de Mercedarias Misioneras de Bérriz, para llevar la buena nueva de la Redención hasta el fin del mundo. Murió el 23-VII-1934 en San Sebastián. Beatificada en 2006.



BEATAS CATALINA CALDÉS Y MICAELA RULLÁN. Entre los 498 mártires de la persecución religiosa en España durante la década de 1930, beatificados por Benedicto XVI en 2007, se encuentran estas dos Franciscanas Hijas de la Misericordia. Eran mallorquinas, Catalina nacida en Sa Pobla en 1899 y Micaela nacida en Petra en 1903. De pequeñas frecuentaron las escuelas de las Franciscanas y en su juventud vistieron su hábito. Cuando estalló la guerra civil española, las dos formaban parte de la pequeña comunidad que la Congregación tenía en la barriada obrera del Coll, en la periferia de Barcelona, y se dedicaban a atender a los enfermos a domicilio y a cuidar a los hijos de los obreros. El 20 de julio de 1936 fueron detenidas por milicianos anarquistas y conducidas a la sede del comité de la FAI, donde las tuvieron encerradas tres días, fueron torturadas y recibieron un trato cruel, vejatorio, denigrante. El día 23 las llevaron a la montaña y las fusilaron; Micaela murió en el acto; Catalina sobrevivió, pero la remataron poco después.

BEATO JUAN HUGUET

BEATO JUAN HUGUETBEATO JUAN HUGUET. Nació en Alayor, isla de Menorca (España), en 1913. Creció en un ambiente sano y religioso. A los 11 años ingresó en el seminario diocesano de Ciudadela (Menorca), en el que se distinguió por su piedad, buena conducta y aprovechamiento. Recibió la ordenación sacerdotal en Barcelona el 6-VI-1936, de manos del obispo Manuel Irurita que aquel mismo año fue martirizado. En la plática el prelado dijo a los que se ordenaban: «Estáis destinados a la muerte y al sacrificio». Juan, empapado de fervor y generosidad, celebró su primera misa solemne en Ferreries (Menorca), donde se había trasladado su familia, el 21 de junio siguiente. Llevaba 33 días celebrando diariamente la eucaristía cuando fue llamado a presentarse en el ayuntamiento. El jefe militar, que se convertiría años más tarde, le mandó que escupiera sobre un objeto religioso. Juan se negó y poco después proclamó: «¡Viva Cristo Rey!». Y entonces el jefe lo mató de dos tiros de pistola. Era el 23 de julio de 1936 y Juan tenía 23 años. Beatificado el 13-X-2013.




BEATO CRISTINO GONDEK. Es uno de los 108 Mártires de la II Guerra Mundial (1940-43) beatificados por Juan Pablo II en 1999. Nació en Slona (Polonia) el año 1909 en el seno de una humilde familia de campesinos. En 1928 vistió el hábito franciscano en la provincia de Santa María de los Ángeles (Cracovia). Fue ordenado de sacerdote en 1936 y luego se dedicó al ejercicio del ministerio sacerdotal y parroquial. El 26 de agosto de 1940 fue arrestado por la Gestapo en Wloclaweck y luego llevado sucesivamente a los campos de concentración de Sachsenhausen y de Dachau (Alemania), donde murió el 23 de julio de 1942, totalmente agotado por las condiciones inhumanas del campo. Se preparó muy conscientemente para la muerte que veía llegar.

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San Apolinar. Son muy pocas las noticias históricas que tenemos sobre la vida y actividad de este santo. Según la tradición parece que, a finales del siglo II, gobernó como obispo la Iglesia de Classe cerca de Ravena, en la región de Flaminia (Italia), dando a conocer entre los paganos las inescrutables riquezas de Cristo, y fue honrado con el honor del eximio martirio. Marchó hacia el Señor un día 23 de julio, sin que podamos precisar el año. Su memoria se celebra el 20 de julio.

San Ezequiel. La Iglesia conmemora a Ezequiel, profeta del Antiguo Testamento. El año 597 antes de Cristo, junto con su pueblo fue deportado por Nabucodonosor a Babilonia. Elegido para profeta durante la visión de la gloria de Dios que tuvo en su exilio en el país de los caldeos, y puesto como atalaya para vigilar a la casa de Israel, censuró por su infidelidad al pueblo elegido y previó que la ciudad santa de Jerusalén sería destruida y su pueblo deportado. Estando en medio de los cautivos, alentó a éstos a tener esperanza y les profetizó que sus huesos áridos resucitarían y tendrían nueva vida.

San Juan Casiano. Nació hacia el año 365, no se sabe dónde. Peregrinó a Tierra Santa y luego permaneció unos quince años en Egipto estudiando la vida y espiritualidad de los monjes y ascetas. Hacia el año 400 estuvo en Constantinopla y san Juan Crisóstomo lo ordenó de diácono; en 1419 el obispo de Marsella lo ordenó de sacerdote. Fundó un monasterio para varones y otro para mujeres, y, como fruto de su larga experiencia en la vida monástica, escribió para edificación de los monjes dos obras: Instituciones Cenobíticasy Conferencias de los Padres. También escribió, a petición de san León Magno, un tratado contra Nestorio. Murió en Marsella el año 435.

San Severo. Según la tradición, fue un cristiano fervoroso que, en tiempo de los emperadores Diocleciano y Maximiano, convirtió al centurión san Memnón, el cual fue martirizado, y después él mismo sufrió el martirio. Esto sucedió en Bizya (Turquía) hacia el año 304.

San Valeriano de Cimiez. Era de familia galorromana y nació en la Galia Norbonense. Contrajo matrimonio, pero luego, de acuerdo con su esposa, abrazó la vida eremítica y entró en el monasterio de Lerins. Por su ciencia y santidad fue elegido primer obispo de Cimiez (Provenza) antes del año 449. Demostró tener el celo de un buen pastor para su pueblo. Llevó a su diócesis monjes de Lerins para que se establecieran en ella. Dejó escritos morales y ascéticos. Presidió el concilio de Arlés el 457. Apoyó al papa San León en la lucha contra los monofisitas. Murió el año 460.

Beato Basilio Hopko. Nació en Eslovaquia el año 1907 en el seno de una familia pobre. Ingresó en el seminario de Presov, recibió la ordenación sacerdotal en 1929, en su ministerio se dedicó a la juventud, trabajó en el seminario de Presov, desarrolló una amplia labor como escritor. En 1947 lo nombraron obispo auxiliar de Presov en circunstancias muy difíciles para los greco-católicos. Los comunistas lo detuvieron, lo torturaron y en 1951 lo condenaron a 15 años de cárcel. En 1964, por enfermo, lo dejaron en libertad vigilada. A partir de 1968 pudo volver a su ministerio, pero ya estaba muy deteriorado. Murió en Presov en 1976 y la autopsia reveló que había sido envenenado lentamente. Fue beatificado en el 2003 como mártir.

Beato Emilio Arce Díez. Hermano profeso, coadjutor, de la Sociedad Salesianos de Don Bosco. Nació en Ubierna (Burgos, España) el año 1908. Emitió sus votos en Carabanchel Alto (Madrid) en 1926. Trabajó como sastre en los colegios de Coruña, Astudillo y Madrid. El 23 de julio de 1936 fue arrestado y fusilado en Madrid. Beatificado el año 2007.

Beatos Germán de Jesús y María (Manuel) Pérez Giménez y compañeros mártires. Son en total 9 religiosos de la Congregación de la Pasión, todos ellos fusilados el 23 de julio de 1936 en Carabanchel Bajo (Madrid), durante la persecución religiosa que se desencadenó en España al principio de la guerra civil. Formaban parte, junto con otros mártires, de la comunidad de estudiantes pasionistas de Daimiel (Ciudad Real). Éstos son sus nombres: Germán de Jesús y de María Pérez Giménez, presbítero y superior de la comunidad; Felipe del Sagrado Corazón de María Valcobado Granado, presbítero; Maurilio del Niño Jesús Macho Rodríguez, estudiante; José de Jesús y María Osés Sáinz, estudiante; Julio del Sagrado Corazón Mediavilla Concejero, estudiante; José María de Jesús Agonizante Ruiz Martínez, estudiante; Laurino de Jesús Crucificado Proaño Cuesta, estudiante; Anacario de la Inmaculada Benito Nozal, hermano coadjutor; Felipe de San Miguel Ruiz Fraile, hermano coadjutor.

Beata Juana de Orvieto. Nació en Cornaiola, cerca de Orvieto (Italia), el año 1264. Pronto quedó huérfana de padre y madre, y se crió en Orvieto con unos parientes suyos. Rehusó el matrimonio que le proponían, se independizó y empezó a ganarse el pan con el trabajo manual. Se hizo terciaria dominica. Fue paciente, obediente, tranquila y llena de buenas obras. El Señor la favoreció con éxtasis. Era muy amante de los pobres y los atendía cuanto podía. Murió en Orvieto el año 1306.

Beato Luis Janer. Nació en Pontils (Tarragona) en 1880. De niño ingresó en el seminario de Tarragona y fue ordenado sacerdote en 1904. Después ejerció el ministerio de sacristán de la catedral de Tarragona. Era sencillo, humilde, piadoso, muy apreciado por el servicio que prestaba. Apenas desatada la persecución religiosa, el 23 de julio de 1936 fue asesinado por lo milicianos en la escalera de entrada de su domicilio. Luego arrastraron su cuerpo, vestido con la sotana, y lo dejaron en un montón de basura. Beatificado el 13-X-2013.

Beatas María de Montserrat y compañeras mártires. Son nueve monjas Mínimas Descalzas de San Francisco de Paula y una seglar. Cuando se desencadenó la persecución religiosa, las monjas Mínimas de Barcelona se vieron obligadas a abandonar el monasterio. El 23 de julio de 1936, mientras estaban refugiadas en un local cercano, rezando el rosario, irrumpieron unos milicianos armados que las cargaron con gran violencia en un camión, las llevaron a una fábrica de ladrillos no lejana y allí masacraron los cuerpos de las mártires indefensas con puñales y otras armas cortantes, acribillándolas finalmente con armas de fuego. Indicamos los nombres con el lugar y año de su nacimiento. María de Montserrat, Aniñón (Zaragoza) 1871. Margarita de Alacoque de San Ramón, Centelles (Barcelona) 1862. María de la Asunción, Piera (Barcelona) 1871. María de las Mercedes, Barcelona 1889. María de Jesús, Zorita del Maestrazgo (Castellón) 1899. Josefa del Purísimo Corazón de María, Sant Andreu de la Barca (Barcelona) 1865. Trinidad, Sant Martí de Provençals (Barcelona) 1875. María de San Enrique, Centelles (Barcelona) 1890. Filomena de San Francisco de Paula, Barcelona 1895. Lucrecia García Solanas era seglar, nacida en Aniñón (Zaragoza) en 1866, hermana de la madre María de Montserrat; viuda desde 1926, estaba en la portería del monasterio y hacía recados de las monjas.- Beatificadas el 13-X-2013.

Beatos Nicéforo de Jesús y María (Vicente) Díez Tejerina y compañeros mártires . Son en total 6 religiosos de la Congregación de la Pasión, todos ellos fusilados el 23 de julio de 1936 en Manzanares, provincia de Ciudad Real, durante la persecución religiosa que se desencadenó en España al principio de la guerra civil. Formaban parte, junto con otros mártires, de la comunidad de estudiantes pasionistas de Daimiel (Ciudad Real). Éstos son sus nombres: Nicéforo de Jesús y de María (Vicente) Díez Tejerina, presbítero y superior provincial; José de los Sagrados Corazones Estalayo García, estudiante; Epifanio de San Miguel Sierra Conde, estudiante; Abilio de la Cruz Ramos y Ramos, estudiante; Zacarías del Santísimo Sacramento Fernández Crespo, estudiante; y Fulgencio del Corazón de María Calvo Sánchez, estudiante.

Beato Pablo Noguera Trias. Nació en Sóller (Mallorca) en 1916. Entró en la congregación de los Misioneros de los Sagrados Corazones en 1931 como hermano cooperador. Después de la profesión, en 1934, lo destinaron a Barcelona. Era un dechado de sencillez y servicialidad. El 23-VII-1936 los milicianos lo apresaron, lo condujeron a un comité, lo humillaron y amenazaron de muerte, incluso con simulaciones de fusilamiento, y por último, junto con unas religiosas, lo fusilaron en La Arrabassada de Barcelona.

Beatos Pedro Ruiz de los Paños y José Sala Picó. Eran miembros de la Hermandad de Sacerdotes Operarios Diocesanos del Corazón de Jesús. Los milicianos los fusilaron en Toledo (España) el 23 de julio de 1936, días después de estallar la guerra civil. Pedro nació en Mora (Toledo) el año 1881. Ingresó en los Operarios Diocesanos en 1904 y se ordenó de sacerdote al año siguiente. Ejerció su ministerio sacerdotal, siempre dedicado a la formación de futuros sacerdotes, en varios seminarios diocesanos de España y Roma. Era Director General de su Hermandad cuando lo detuvieron en Toledo. José nació en Pons (Lleida, España) el año 1888. Antes de ingresar en los Operarios Diocesanos se ordenó de sacerdote y ejerció el ministerio parroquial. Después trabajó en varios seminarios ejerciendo distintos cargos. Era notable su devoción a la Eucaristía. Lo detuvieron también en Toledo.

Beata Prudencia Canyelles Ginestá. Nació en San Celoni (Barcelona) en 1884. Contrajo matrimonio en 1927. Animada de carácter y de natural muy caritativo y sensible ante las desgracias del prójimo, perteneció a las Conferencias de S. Vicente de Paúl y a la Cofradía de la visita domiciliaria; con frecuencia visitaba a personas necesitadas y no tenía reparo en pedir recursos para ellas. El 21-VII-1936 ofreció su casa, la Torre Alzina, al beato Simón Reynés y compañeros, que fueron martirizados dos días después. Aquel mismo día, 23-VII-1936, los milicianos la detuvieron a ella y la acribillaron a balazos, junto a otras religiosas y religiosos, en la carretera de La Arrabassada (Barcelona).

Beatos Simón Reynés Solivellas, Miguel Pons Ramis y Francisco Mayol Oliver. Los tres eran religiosos Misioneros de los Sagrados Corazones, miembros de la comunidad del santuario del Coll en Barcelona cuando en julio de 1936 estalló la persecución religiosa. Ante el acoso de que eran objeto, se refugiaron en una tienda cercana al templo, y poco después se trasladaron a la Torre Alzina, cobijo que les ofreció la Sra. Prudencia Canyelles, también beata y mártir, y que estaba más apartado. El 23-VII-1936, al anochecer, fueron los milicianos a la mencionada Torre y fusilaron a los tres religiosos. Simón nació en Mancor de la Vall (Mallorca) en 1901, profesó en la congregación en 1918 y se ordenó sacerdote en 1926; trabajó en la formación de los novicios y en el cuidado de un grupo de niños y adolescentes. Miguel nació en Llubí (Mallorca) en 1907, profesó en la congregación en 1923 y se ordenó sacerdote en 1931; era de origen muy humilde; trabajó en el santuario de Lluc, siendo muy buen profesor de niños y adolescentes. Francisco nació en Villafranca de Bonany (Mallorca) en 1871 y profesó en la congregación como hermano coadjutor en 1896; se formó junto al fundador de la Congregación, P. Joaquín Rosselló, y ejerció de enfermero, cocinero, hortelano..., siempre solícito, piadoso, sencillo y afable.

Beato Victoriano Fernández Reinoso. Nació en Campos (Orense) en 1913, hizo la profesión religiosa en los Salesianos, como candidato al sacerdocio, el año 1933 en Mohernando (Guadalajara), donde inició los estudios filosóficos. Destinado en 1935 al colegio de Madrid-Atocha, mostró excelentes cualidades. En julio de 1936 el colegio fue incendiado y los salesianos fueron encarcelados y luego dispersados. Victoriano consiguió ponerse a salvo en un primer momento, pero más tarde fue reconocido como religioso, arrestado y fusilado en fecha desconocida de 1936.



PARA TENER EL ESPÍRITU DE ORACIÓN Y DEVOCIÓN

Pensamiento bíblico:

De la Carta a los Efesios: «Sed imitadores de Dios, como hijos queridos, y vivid en el amor como Cristo os amó y se entregó por nosotros a Dios como oblación y víctima de suave olor» (Ef 5,1-2).

Pensamiento franciscano:

San Francisco escribió a todos los fieles: «Debemos también ayunar y abstenernos de los vicios y pecados... Debemos también visitar las iglesias frecuentemente y venerar y reverenciar a los clérigos... Y especialmente los religiosos, que han renunciado al siglo, están obligados a hacer más y mayores cosas, pero sin omitir éstas» (2CtaF 32-36).

Orar con la Iglesia:

Adoremos a Cristo, Señor nuestro y cabeza de la Iglesia, y digámosle confiadamente: Venga a nosotros tu reino, Señor.

-Señor, haz de tu Iglesia instrumento de concordia y de unidad entre los hombres, y a nosotros concédenos colaborar activamente en esa tarea.

-Protege, Señor, al papa, a los obispos y a cuantos has conferido la misión de cuidar de tu pueblo: que trabajen en unidad, amor y paz.

-Concédenos a los cristianos vivir íntimamente unidos a ti, para que demos testimonio, con nuestra vida y obras, de la llegada de tu reino.

-Señor, llena el mundo de tu paz, y haz que en todos los pueblos reine la justicia y el amor, y que ahí nosotros seamos pacíficos y pacificadores.

Oración: Ven, Señor Jesús, en ayuda de tus fieles, derrama tu bondad inagotable sobre los que te suplican, y renueva y protege la obra de tus manos en favor de los que te aman y bendicen. Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.

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SANTA BRÍGIDA DE SUECIA
De la catequesis de S. S. Benedicto XVI
en la audiencia general del miércoles 27-VIII-2010

Conocemos bien los acontecimientos de la vida de santa Brígida, porque sus padres espirituales redactaron su biografía para promover su proceso de canonización inmediatamente después de su muerte, acontecida en 1373. Brígida nació setenta años antes, en 1303, en Finster, Suecia, una nación del norte de Europa que desde hacía tres siglos había acogido la fe cristiana con el mismo entusiasmo con el que la santa la había recibido de sus padres, personas muy piadosas, pertenecientes a familias nobles cercanas a la Casa reinante.

Podemos distinguir dos períodos en la vida de esta santa. El primero se caracteriza por su condición de mujer felizmente casada. Su marido se llamaba Ulf y era gobernador de una importante provincia del reino de Suecia. El matrimonio duró veintiocho años, hasta la muerte de Ulf. Nacieron ocho hijos, la segunda de los cuales, Karin (Catalina), es venerada como santa. Se trata de un signo elocuente del compromiso educativo de Brígida respecto de sus hijos.

Brígida, guiada espiritualmente por un docto religioso que la inició en el estudio de las Escrituras, ejerció una influencia muy positiva sobre su familia que, gracias a su presencia, se convirtió en una verdadera «iglesia doméstica». Junto con su marido, adoptó la Regla de los Terciarios Franciscanos. Practicaba con generosidad obras de caridad con los indigentes; incluso fundó un hospital. Al lado de su esposa, Ulf aprendió a mejorar su carácter y a progresar en la vida cristiana. Al regreso de una larga peregrinación a Santiago de Compostela, realizada en 1341 junto a otros miembros de la familia, los esposos maduraron el proyecto de vivir en continencia; pero poco tiempo después, en la paz de un monasterio donde se había retirado, Ulf concluyó su vida terrena.

Este primer período de la vida de Brígida nos ayuda a apreciar lo que hoy podríamos definir una auténtica «espiritualidad conyugal»: los esposos cristianos pueden recorrer juntos un camino de santidad, sostenidos por la gracia del sacramento del Matrimonio. No pocas veces, precisamente como sucedió en la vida de santa Brígida y de Ulf, es la mujer quien con su sensibilidad religiosa, con la delicadeza y la dulzura logra que el marido recorra un camino de fe. Pienso con reconocimiento en tantas mujeres que, día tras día, también hoy iluminan a su familia con su testimonio de vida cristiana. Que el Espíritu del Señor suscite también hoy la santidad de los esposos cristianos, para mostrar al mundo la belleza del matrimonio vivido según los valores del Evangelio: el amor, la ternura, la ayuda recíproca, la fecundidad en la generación y en la educación de los hijos, la apertura y la solidaridad hacia el mundo, la participación en la vida de la Iglesia.

Cuando Brígida se quedó viuda, comenzó el segundo período de su vida. Renunció a otras nupcias para intensificar la unión con el Señor a través de la oración, la penitencia y las obras de caridad. También las viudas cristianas, por tanto, pueden encontrar en esta santa un modelo a seguir. En efecto, Brígida, tras la muerte de su marido, después de distribuir sus bienes a los pobres, aunque nunca accedió a la consagración religiosa, se estableció en el monasterio cisterciense de Alvastra. Allí comenzaron las revelaciones divinas, que la acompañaron durante todo el resto de su vida.

En 1349 Brígida dejó Suecia para siempre y peregrinó a Roma. No sólo quería participar en el jubileo de 1350, sino que deseaba también obtener del Papa la aprobación de la Regla de una Orden religiosa que quería fundar, dedicada al Santo Salvador y compuesta de monjes y monjas bajo la autoridad de la abadesa. Este es un elemento que no nos debe sorprender: en el Medievo existían fundaciones monásticas con una rama masculina y una rama femenina, pero con la práctica de la misma Regla monástica, que preveía la dirección de la abadesa.

En Roma, en compañía de su hija Karin, Brígida se dedicó a una vida de intenso apostolado y de oración. Y desde Roma se dirigió en peregrinación a varios santuarios italianos, en particular a Asís, patria de san Francisco, hacia el cual Brígida nutrió siempre gran devoción. Por último, en 1371, se cumplió su mayor deseo: el viaje a Tierra Santa, adonde fue en compañía de sus hijos espirituales, un grupo que Brígida llamaba «los amigos de Dios».

Durante esos años, los Pontífices estaban en Aviñón, lejos de Roma: Brígida se dirigió a ellos pidiéndoles encarecidamente que volvieran a la sede de Pedro, en la ciudad eterna. Murió en 1373, antes de que el Papa Gregorio XI regresara definitivamente a Roma.

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ELEVACIÓN DE LA MENTE A CRISTO SALVADOR
De las oraciones atribuidas a santa Brígida (Oración 2)

Bendito seas tú, mi Señor Jesucristo, que anunciaste por adelantado tu muerte y, en la última cena, consagraste el pan material, convirtiéndolo en tu cuerpo glorioso, y por tu amor lo diste a los apóstoles como memorial de tu dignísima pasión, y les lavaste los pies con tus santas manos preciosas, mostrando así humildemente tu máxima humildad.

Honor a ti, mi Señor Jesucristo, porque el temor de la pasión y la muerte hizo que tu cuerpo inocente sudara sangre, sin que ello fuera obstáculo para llevar a término tu designio de redimirnos, mostrando así de manera bien clara tu caridad para con el género humano.

Bendito seas tú, mi Señor Jesucristo, que fuiste llevado ante Caifás, y tú, que eres el juez de todos, permitiste humildemente ser entregado a Pilato para ser juzgado por él.

Gloria a ti, mi Señor Jesucristo, por las burlas que soportaste cuando fuiste revestido de púrpura y coronado con punzantes espinas, y aguantaste con una paciencia inagotable que fuera escupida tu faz gloriosa, que te taparan los ojos y que unas manos brutales golpearan sin piedad tu mejilla y tu cuello.

Alabanza a ti, mi Señor Jesucristo, que te dejaste ligar a la columna para ser cruelmente flagelado, que permitiste que te llevaran ante el tribunal de Pilato cubierto de sangre, apareciendo a la vista de todos como el Cordero inocente.

Honor a ti, mi Señor Jesucristo, que, con todo tu glorioso cuerpo ensangrentado, fuiste condenado a muerte de cruz, cargaste sobre tus sagrados hombros el madero, fuiste llevado inhumanamente al lugar del suplicio, despojado de tus vestiduras, y así quisiste ser clavado en la cruz.

Honor para siempre a ti, mi Señor Jesucristo, que, en medio de tales angustias, te dignaste mirar con amor a tu dignísima madre, que nunca pecó ni consintió jamás la más leve falta; y, para consolarla, la confiaste a tu discípulo para que cuidara de ella con toda fidelidad.

Bendito seas por siempre, mi Señor Jesucristo, que, cuando estabas agonizando, diste a todos los pecadores la esperanza del perdón, al prometer misericordiosamente la gloria del paraíso al ladrón arrepentido.

Alabanza eterna a ti, mi Señor Jesucristo, por todos y cada uno de los momentos que, en la cruz, sufriste las mayores amarguras y angustias por nosotros, pecadores; porque los dolores agudísimos procedentes de tus heridas penetraban intensamente en tu alma bienaventurada y atravesaban cruelmente tu corazón sagrado, hasta que dejó de latir y exhalaste el espíritu e, inclinando la cabeza, lo encomendaste humildemente a Dios, tu Padre, quedando tu cuerpo invadido por la rigidez de la muerte.

Bendito seas tú, mi Señor Jesucristo, que con tu sangre preciosa y tu muerte sagrada redimiste las almas y, por tu misericordia, las llevaste del destierro a la vida eterna.

Bendito seas tú, mi Señor Jesucristo, que, por nuestra salvación, permitiste que tu costado y tu corazón fueran atravesados por la lanza y, para redimirnos, hiciste que de él brotara con abundancia tu sangre preciosa mezclada con agua.

Gloria a ti, mi Señor Jesucristo, porque quisiste que tu cuerpo bendito fuera bajado de la cruz por tus amigos y reclinado en los brazos de tu afligidísima madre, y que ella lo envolviera en lienzos y fuera enterrado en el sepulcro, permitiendo que unos soldados montaran allí guardia.

Honor por siempre a ti, mi Señor Jesucristo, que enviaste el Espíritu Santo a los corazones de los discípulos y aumentaste en sus almas el inmenso amor divino.

Bendito seas tú, glorificado y alabado por los siglos, mi Señor Jesús, que estás sentado sobre el trono en tu reino de los cielos, en la gloria de tu divinidad, viviendo corporalmente con todos tus miembros santísimos, que tomaste de la carne de la Virgen. Y así has de venir el día del juicio a juzgar a las almas de todos los vivos y los muertos: tú que vives y reinas con el Padre y el Espíritu Santo por los siglos de los siglos. Amén.

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REAVIVAR NUESTRA FE EN LOS SACERDOTES (y II)
Carta del Ministro y del Definitorio General OFM
para la Fiesta de san Francisco de 2010

La visión que Francisco tiene del ministerio sacerdotal puede parecer teórica, idealista: no obstante, es inspiradora del comportamiento que debemos tener también hoy en día.

Somos conscientes de que la estima que se tiene actualmente de los sacerdotes no es muy alta. Algunas situaciones conocidas por todos lo demuestran claramente: además de la disminución de las vocaciones al sacerdocio en muchos países, la falta de fe generalizada que se vive en el mundo y en la Iglesia, las acusaciones de abusos cometidos a menores de parte de algunos sacerdotes, el mismo estilo de vida que conduce al sacerdote frecuentemente a vivir "separado" de los fieles laicos, hacen que la estima por el ministerio sacerdotal y la fe en los sacerdotes disminuya cada vez más.

Sin embargo, estamos invitados a renovar nuestra fe sobre aquello que fundamenta el ministerio sacerdotal, reafirmando su necesidad para la Iglesia, aun reconociendo que los sacerdotes, como la misma Iglesia, no son seres perfectos. Para poder vivir todo ello, no hay otra cosa mejor que meditar el siguiente texto personal de Francisco: «El Señor me dio, y me sigue dando, tanta fe en los sacerdotes…, por su ordenación, que, si me persiguieran, quiero recurrir a ellos. Y si yo tuviera tanta sabiduría como la que tuvo Salomón y me encontrara con los pobrecillos sacerdotes de este mundo, no quiero predicar en las parroquias en que habitan si no es conforme a su voluntad. Y a éstos y a todos los demás sacerdotes quiero temer, amar y honrar como a mis señores. Y no quiero tomar en consideración su pecado, porque veo en ellos al Hijo de Dios y son mis señores. Y lo hago por esto: porque en este mundo nada veo corporalmente del mismo altísimo Hijo de Dios sino su santísimo cuerpo y su santísima sangre, que ellos reciben y sólo ellos administran a los demás» (Test 6-10).

«La Orden de los Hermanos Menores, por su propia naturaleza, se compone de hermanos clérigos y laicos». Nuestra vocación franciscana, por tanto, no está necesariamente ligada al sacerdocio. Aquí es válido lo que escribió el Apóstol: «Que permanezca cada cual en el estado en que se hallaba cuando Dios lo llamó» (1 Cor 7,20); y, sobre todo, cuanto Jesús dijo a sus Apóstoles: «No me habéis elegido vosotros a mí; más bien os he elegido yo a vosotros» (Jn 15,16). La vocación sacerdotal, como la laical, no es una elección nuestra, sino una llamada específica del Señor. Nuestra tarea es simplemente el responder con generosidad. En toda vocación reconocemos un don del Señor a la Iglesia y a la humanidad.

Iguales por la profesión, todos estamos llamados a vivir como hermanos y según las exigencias de la común vocación y misión: «En la diversidad de ministerios todos los cristianos son llamados a responder a la Palabra del Señor que envía a anunciar la Buena Nueva del Reino». Quien ha sido llamado a ejercer el ministerio sacerdotal debe recordar siempre que el ministerio no puede ser tomado como una promoción humana o una dignidad personal que nos sitúa por encima de nuestros hermanos laicos o sobre los fieles laicos en la Iglesia. En profunda comunión con todos, especialmente con los últimos, y en espíritu de conversión eclesial, abiertos a una misión compartida, para nosotros el sacerdocio ha de vivirse según cuanto exige nuestra identidad de Hermanos Menores. De este modo, el don del sacerdocio en la Orden será una gran riqueza para construir el Reino entre nosotros.

No podemos concluir de mejor manera que citando las palabras de Francisco: «Y a todos los clérigos tengámoslos por señores nuestros en las cosas que miran a la salvación del alma y no se desvían de nuestra Religión; y veneremos en el Señor su orden y oficio y ministerio» (1 R 19,3).






















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