viernes, 21 de julio de 2017

Año Cristiano Franciscano



DÍA 22 DE JULIO

 

SANTA MARÍA MAGDALENA. Es una de las santas mujeres que seguían y atendían a Jesús y al grupo de los Doce, y a las que no siempre es fácil distinguir e identificar. Según la tradición, había nacido en Magdala, junto al lago de Tiberíades, y, abandonada su vida de pecado, había seguido a Cristo. El Evangelio de san Juan nos dice que en el calvario, junto a la cruz de Jesús estaba, con su Madre y otras mujeres, María Magdalena. También nos dicen los evangelios que la mañana del domingo de Resurrección fue María al sepulcro y, cuando lloraba al verlo vacío, se le apareció Jesús, quien le encargó que fuera a anunciar a sus discípulos lo que había visto. -Oración: Señor, Dios nuestro, Cristo, tu Unigénito, confió, antes que a nadie, a María Magdalena la misión de anunciar a los suyos la alegría pascual; concédenos a nosotros, por la intercesión y el ejemplo de aquella cuya fiesta celebramos, anunciar siempre a Cristo resucitado y verle un día glorioso en el reino de los cielos. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.



SAN LORENZO DE BRINDIS. [Su memoria se celebra el 21 de julio]. Nació en Brindis (Italia) el año 1559. Ingresó en la Orden de los Capuchinos y estudió en Padua. Fue una persona superdotada a quien Dios concedió cualidades intelectuales extraordinarias. Infatigable y elocuente predicador por varias naciones de Europa, docto profesor de sus hermanos, escritor erudito, ocupó, además, todos los cargos en su Orden, incluso el de Ministro general, y desempeñó graves y delicadas misiones diplomáticas por Europa. De carácter sencillo y humilde, cumplió fielmente todas las misiones que se le encomendaron, como la defensa de la Iglesia ante los turcos que intentaban dominar Europa y la reconciliación de príncipes enfrentados. En su vida de piedad se distinguió por la fervorosa celebración de la misa y por su filial devoción a la Virgen. Murió el 22 de julio de 1619 en Lisboa, adonde fue a tratar con Felipe III de la paz en Nápoles. Por su conocimiento profundo de la Palabra de Dios, del que dejó testimonio en sus escritos y en los púlpitos, Juan XXIII le dio en 1959 el título de «Doctor Apostólico».- Oración: Oh Dios, que para gloria de tu nombre y salvación de las almas otorgaste a san Lorenzo de Brindis espíritu de consejo y fortaleza, concédenos llegar a conocer, con ese mismo espíritu, las cosas que debemos realizar y la gracia de llevarlas a la práctica después de conocerlas. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.




SANTOS FELIPE EVANS Y JUAN LLOYD. Estos dos mártires ingleses, jesuita el primero, sacerdote secular el segundo, fueron ahorcados, destripados y descuartizados en Cardiff (Gales) el 22 de julio de 1679, bajo el reinado de Carlos II, por haber sido ordenados de sacerdote en el extranjero y haber vuelto a Inglaterra. Felipe nació en el país de Gales y entró en la Compañía de Jesús en 1665. Estudió en Lieja y, ordenado de sacerdote, volvió a su tierra en 1675. Como misionero demostró un gran celo y no rehuía ningún trabajo por duro y peligroso que fuera. Lo detuvieron en diciembre de 1678. Juan nació también en Gales y en 1649 entró en el colegio inglés de Valladolid (España). Recibió la ordenación sacerdotal en 1653 y al año siguiente regresó a Gales. Durante casi 25 años estuvo ejerciendo su ministerio, con mucha cautela y sorteando peligros. Fue arrestado en noviembre de 1678.



BEATA MARÍA INÉS TERESA DEL SANTÍSIMO SACRAMENTO. Nació el año 1904 en Ixtlán (México). Durante el Congreso eucarístico nacional, celebrado en México en 1924, vivió una intensa experiencia de «conversión» a Dios. En 1929 ingresó en las Clarisas Sacramentarias que, a causa de la persecución religiosa en México, se habían trasladado temporalmente a Los Ángeles (USA), y vivió como monja de clausura 16 años. Llevada de su deseo de evangelizar a todos los pueblos, y con los debidos permisos, inició en Cuernavaca el año 1944 la congregación de Misioneras Clarisas del Santísimo Sacramento, aprobada en 1945, que pronto se extendió por todo el mundo. Con el mismo espíritu fundó también otras instituciones, entre ellas la de los Misioneros de Cristo para la Iglesia Universal. Se distinguió por su amor a la Eucaristía y a la Virgen María de Guadalupe, su serenidad, alegría y espíritu de oración y de sacrificio. Murió en Roma el 22 de julio de 1981. La beatificó Benedicto XVI el año 2012.

* * *

Santos Ana Wang, Lucía Wang Wangzhi y Andrés Wang Tianqing. Son tres mártires de China que fueron decapitados por los bóxers el 22 de julio de 1900 en Majiazhuang, cerca de Daining, provincia de Hubei. Cuando se acercaron los bóxers a su pueblo, muchos cristianos se refugiaron en la escuela, y allí fueron detenidos. Les propusieron apostatar, y algunos lo hicieron, pero la mayoría se mantuvo firme en la confesión de Cristo. Ana tenía 14 años. Lucía tenía 31 años y era la madre de Andrés que tenía 7 años.

San Anastasio. Fue un monje discípulo de san Máximo el Confesor con quien, por defender la fe ortodoxa contra los monotelitas, fue encarcelado y torturado, y luego desterrado a los montes del Cáucaso. Murió en la fortaleza de Schemaris, o tal vez a lo largo del camino hacia el destierro, el año 662.

San Cirilo de Antioquía. Obispo de Antioquía, ciudad de Siria, que, siendo emperador Diocleciano, fue encarcelado y desterrado. Murió en el exilio hacia el año 306.

San Gualterio (o Walter). Nació en Lodi (Lombardía, Italia) hacia 1184. A los 15 años tomó el hábito de hermano hospitalario, y estuvo trabajando en hospitales de su ciudad natal. Al morir su padre, colocó a su madre en un convento, vendió sus bienes y los distribuyó a los pobres, y se dedicó a atender a enfermos tanto en Piacenza como en Lodi. Con ayuda de las autoridades fundó aquí, para peregrinos y enfermos, el hospital de la Misericordia. Murió el año 1224.

San Jerónimo de Pavía. Fue obispo de Pavía, región de Lombardía (Italia), en el siglo VIII.

Santa María Wang Lizhi. Durante la persecución de los bóxers, cuando la llevaban presa en un carro con otras mujeres camino de Daining, cerca de Yongjenin, en la provincia de Hubei (China), la martirizaron. Algunos paganos, para salvarle la vida, le recomendaban que negara o disimulara su fe cristiana, pero ella se declaró abiertamente seguidora y sierva de Jesucristo, por lo que la ejecutaron en el acto. Era el año 1900.

Santos Mártires Masilitanos. Son cristianos que sufrieron el martirio en el norte de África en el siglo III/IV. San Agustín les dedicó un sermón en el aniversario de su muerte.

San Meneleo. Fue abad del monasterio benedictino de Menat, cerca de Clemont-Ferrand (Francia), que él mismo había fundado. Murió en torno al año 700.

San Platón de Ancira. Sufrió el martirio en Ancara (Turquía) hacia el año 306.

San Wandregisilo. Nació en Verdun (Francia) hacia el año 600. Era casado y oficial de la corte del rey Dagoberto. El año 630 decidieron él y su esposa abandonar el mundo y consagrarse a Dios. Él abrazó la vida monacal, pero después pidió permiso para llevar vida eremítica en las montañas del Jura, entregado a la contemplación. Pasaba temporadas en los monasterios, y estando en la abadía de Romain-Moutier el obispo de Rouen lo ordenó de sacerdote. Posteriormente fundó la abadía de Fontanelle en Normandía, de la que fue abad y en la que impuso la Regla de San Columbano. Además, ejerció un importante apostolado en la zona y fundó varios monasterios. Murió el año 668.

Beato Agustín Fangi de Biella. Nació en Biella, región italiana del Piamonte, el año 1430, de familia aristocrática. En su juventud optó por la vida religiosa e ingresó en la Orden de Predicadores, en la que recibió la ordenación sacerdotal. Sufrió una grave enfermedad de la que no curó del todo. Era un religioso observante, de profunda vida interior, austero y penitente. Se acreditó como predicador y director de almas. Varios conventos lo eligieron superior para que instaurara en ellos la observancia regular. Pasó sus últimos diez años en Venecia, donde murió en 1493.

Beatos Eusebio del Niño Jesús y 5 compañeros mártires, Carmelitas Descalzos. El convento de los Carmelitas Descalzos de Toledo era la sede del Colegio Teológico de la Provincia de la Orden en Castilla. La comunidad estaba compuesta en 1936 por 10 sacerdotes, 8 estudiantes jóvenes y 3 hermanos que atendían la casa y la iglesia. El 21-VII-1936, iniciada la persecución religiosa, los religiosos tuvieron que dejar el convento y buscar refugio en familias amigas. Pero los milicianos los fueron buscando y fusilando a medida que los encontraban. Estos seis fueron martirizados el 22-VII-1936 en Toledo. Eusebio del Niño Jesús nació en Castilfalé (León) en 1888, 5 hermanos abrazaron la vida religiosa, él profesó en 1904 y fue ordenado sacerdote en 1912. Estuvo en Cuba de 1917 a 1927. Desplegó un gran apostolado de la palabra y de la pluma. Ejerció cargos de responsabilidad, el último como prior de Toledo. José Agustín del Santísimo Sacramento nació en Anaya de Alba (Salamanca) en 1912, hizo la profesión solemne el 29-VI-1936 y recibió las órdenes menores pocos días después. Hermilo de San Eliseo nació en Fuensaldaña (Valladolid) en 1913. Pronto quedó huérfano de padre y madre, y se educó en un centro benéfico de Valladolid. Hizo su profesión solemne el 29-VI-1936 y recibió luego las órdenes menores. Eliseo de Jesús Crucificado nació en Besande (León) en 1913. Hecha la profesión solemne en diciembre de 1935, se ordenó de menores en julio de 1936. Perfecto de la Virgen del Carmen nació en Besande el año 1914. Era muy inteligente. Hizo la profesión solemne en diciembre de 1935 y recibió las órdenes menores en julio de 1936. Clemente de los Sagrados Corazones nació en Campo de San Pedro (Segovia) en 1911. De joven ejerció el oficio de pastor y trabajó en el ferrocarril Madrid-Burgos. Recibió el hábito carmelitano el 19-VIII-1935 y pocos meses después lo destinaron a Toledo para hacer su primer año de noviciado como hermano.

Beato Ireneo Jacinto Rodríguez. Nació en Mazuelo de Muñó (Burgos) en 1910. Profesó en los Hermanos de La Salle en 1928. Se encontraba en el colegio Maravillas de Madrid cuando, el 11-V-1931, lo incendiaron los revolucionarios. Cuando estalló la persecución religiosa del 36, era profesor en la escuela Santa Susana de Madrid. Se refugió en una casa amiga y, el 22 de julio de 1936, salió en busca de una hermana suya religiosa. Reconocido de inmediato como uno de los hermanos de Santa Susana, los milicianos lo detuvieron y lo asesinaron cerca del cementerio de la Almudena. Tenía 25 años. Beatificado el 13-X-2013.

Beato Jaime Mir. Nació en Ciutadilla (Lérida) en 1889. Profesó en los claretianos en 1907, y fue ordenado sacerdote en 1915. Estudió en Friburgo, París y Roma. El ámbito de su apostolado fue la cátedra de Filosofía en los colegios claretianos de Cervera y Solsona, y en la Universidad Pontificia de Tarragona. Era una autoridad en las cuestiones más intrincadas de la metafísica y un excelente profesor. Como religioso destacaba por su humildad, caridad y piedad. La persecución religiosa le sorprendió en L'Espluga de Francolí, donde predicaba los ejercicios espirituales a unas religiosas. El 22 de julio de 1936, los milicianos lo asesinaron en el Monte de la Oliva de Tarragona. Beatificado el 13-X-2013.

Beatos José María Mateos y 3 compañeros mártires, Carmelitas Calzados. Los cuatro pertenecían a la comunidad de la Orden Carmelitana de Montoro (Córdoba). El 20 de agosto de 1936, apenas desatada la persecución religiosa, un grupo de milicianos los detuvo y los encerró en la cárcel del pueblo. Dos días después, dejaron libres a los presos comunes y masacraron a los demás en la cárcel. Los Carmelitas se habían ofrecido a morir, pidiendo que dejaran libres a los demás, que eran padres de familia. José M. Mateos nació en Encinasola (Huelva) en 1902. Hizo la profesión simple en 1920 y fue ordenado sacerdote en 1925. Pronto le confiaron responsabilidades en la Orden. En 1936 era prior del convento de Montoro. Fue un celoso apóstol y director espiritual. Eliseo M. Durán nació en Honachuelos (Córdoba) en 1906. Hizo la profesión temporal en 1925 y recibió la ordenación sacerdotal en 1932. En Montoro se dedicó sobre todo al colegio; era devoto, humilde, sencillo, jovial, entregado a la educación de los muchachos. Jaime M. Carretero nació en Villaviciosa de Córdoba en 1911. Hizo la profesión temporal en 1930, empezó los estudios eclesiásticos, y recibió las órdenes menores el 6 de junio de 1936. Ramón M. Pérez nació en Feás (Orense) en 1903 de familia muy pobre. De joven tuvo sucesivos trabajos. Ingresó en los carmelitas con 31 años, hizo su profesión temporal el 11 de diciembre de 1935, y no llegó a hacer la solemne.- Beatificados el 13-X-2013.

Beato Louis de Jésus Marcou Pecalvel. Nació en Peyrégoux (Francia) en 1881. Vistió el hábito de los Hermanos de las Escuelas Cristianas en 1897. Ejerció su ministerio en Francia y en España. En 1915 fue llamado por el ejército francés, y hasta que acabó la Guerra Mundial estuvo en Montpellier. La guerra civil española lo sorprendió en la comunidad de Josepets (Barcelona). Dejó el colegio, pero aún volvió para retirar la Eucaristía y algunos útiles. Confiaba en su nacionalidad francesa. El 22 de julio de 1936, cuando iba al consulado francés a recoger el pasaporte, entró en el colegio, donde alguien lo estaba esperando. Más tarde sacaron su cadáver en una camilla.

Beato Rogaciano González. Nació en Terrazos de Bureba (Burgos) en 1885. Profesó en los Hermanos de La Salle en 1904. Ejerció trabajos manuales, sobre todo el de cocinero, en las casas a que lo destinaron. Pasó los dos últimos años de su vida en la escuela de Peñuelas, en Vallecas, entonces una de las barriadas más pobres y conflictivas de Madrid. Al estallar la persecución religiosa, buscó refugio fuera de su convento, pero alguien del barrio lo reconoció como hermano y los milicianos lo apresaron. Lo fusilaron, sólo por ser religioso, el 22 de julio de 1936. Beatificado el 13-X-2013.

Beato Santiago Lombardie. Nació el año 1737 en Limoges (Francia), en cuyo seminario ingresó de joven. Ordenado de sacerdote, estuvo ejerciendo el ministerio parroquial desde 1763 hasta que lo detuvieron al llegar la Revolución Francesa. Se negó a jurar la constitución civil del clero, y, después de someterlo a muchos suplicios, lo embarcaron en el pontón Les Deux Associés, anclado frente a la costa de Rochefort, donde murió de enfermedad y abandono en 1794. Lo enterraron en la isla de Aix.

Beatos Victorico M. Artola, Jerónimo Tobar y Marino Alonso, Maristas. Apenas estalló la persecución religiosa en España, los hermanos que integraban la comunidad del colegio de Torrelaguna (Madrid), que atendía sobre todo a familias campesinas y obreras, fueron detenidos, encarcelados y, el 22 de julio de 1936, asesinados en una carretera de Redueña (Madrid). Victorico María nació en Cinctorres (Castellón) en 1894. Profesó en 1913. Ejerció su misión educadora como profesor en varios colegios hasta llegar, en 1928, al de Torrelaguna, del que fue director. Realizó una gran labor docente y favoreció a los alumnos más pobres. Jerónimo nació en Susinos del Páramo (Burgos) en 1876. Emitió los votos temporales en 1895. Aquel mismo año lo destinaron a Colombia, donde ejerció un intenso apostolado. En 1928, quebrantada su salud, regresó a Europa. En 1932 llegó a Torrelaguna. Supo infundir el espíritu misionero en sus alumnos. Marino nació en Amaya (Burgos) en 1901. Profesó en 1918. Su falta de salud no le permitió profundizar en los estudios. Su vida de marista se desarrolló en la cocina de pequeñas comunidades, echando una mano en las clases de primaria y en la Acción Católica en la que influyó mucho.- Beatificados el 13-X-2013.



PARA TENER EL ESPÍRITU DE ORACIÓN Y DEVOCIÓN

Pensamiento bíblico:

De la Carta a los Romanos: «Os exhorto, pues, hermanos, por la misericordia de Dios, a que presentéis vuestros cuerpos como sacrificio vivo, santo, agradable a Dios; este es vuestro culto espiritual. Y no os amoldéis a este mundo, sino transformaos por la renovación de la mente, para que sepáis discernir cuál es la voluntad de Dios, qué es lo bueno, lo que le agrada, lo perfecto» (Rom 12,1-2).

Pensamiento franciscano :

De la primera Regla de san Francisco: «Y mis hermanos benditos, tanto clérigos como laicos, confiesen sus pecados a sacerdotes de nuestra religión. Y si no pueden, confiésenlos a otros sacerdotes discretos y católicos, sabiendo firmemente y considerando que, de cualquier sacerdote católico que reciban la penitencia y absolución, serán sin duda alguna absueltos de sus pecados, si procuran cumplir humilde y devotamente la penitencia que les haya sido impuesta» (1 R 20,1-2)

Orar con la Iglesia:

Invoquemos a Dios, Padre misericordioso, que acoge con ternura a los pecadores y extraviados que confían en su amor y vuelven a la casa paterna.

-Haz, Señor, que tu Iglesia, con el sentido materno de María, fije su mirada misericordiosa en todos sus hijos necesitados de cariño y de perdón.

-Tú que enviaste a tu Hijo para curar a todos los enfermos, crea en nosotros un corazón nuevo capaz de ver y socorrer a nuestros hermanos.

-Tú que cada día esperas el retorno de tus hijos y preparar para ellos una gran fiesta, enciende en todos los pecadores la nostalgia de tu hogar.

-Tú que revelas tu poder sobre todo usando de misericordia, haz que, reconciliados contigo, seamos, como María, dispensadores de perdón y de paz.

Oración: Señor Dios, tú no quieres la muerte del pecador, sino que se convierta y viva; concédenos amarte para recibir tu perdón, y que tu benevolencia para con nosotros aumente nuestro amor a ti y al prójimo. Te lo pedimos por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

* * *

SANTA MARÍA MAGDALENA 
Benedicto XVI, Ángelus del 23 de julio de 2006

Ayer celebramos la memoria litúrgica de santa María Magdalena, discípula del Señor, que en los evangelios ocupa un lugar destacado. San Lucas la incluye entre las mujeres que siguieron a Jesús después de haber sido «curadas de espíritus malignos y enfermedades», precisando que de ella «habían salido siete demonios» (Lc 8,2). Magdalena está presente al pie de la cruz, junto con la Madre de Jesús y otras mujeres. Ella fue quien descubrió, la mañana del primer día después del sábado, el sepulcro vacío, junto al cual permaneció llorando hasta que se le apareció Jesús resucitado (cf. Jn 20,11). La historia de María Magdalena recuerda a todos una verdad fundamental: discípulo de Cristo es quien, en la experiencia de la debilidad humana, ha tenido la humildad de pedirle ayuda, ha sido curado por él y lo ha seguido de cerca, convirtiéndose en testigo del poder de su amor misericordioso, más fuerte que el pecado y la muerte.

EN TU RESURRECCIÓN, SEÑOR,
SE ALEGREN LOS CIELOS Y LA TIERRA
Del Mensaje Urbi et Orbi de Benedicto XVI. Pascua 2011

La mañana de Pascua nos ha traído el anuncio antiguo y siempre nuevo: ¡Cristo ha resucitado! El eco de este acontecimiento, que surgió en Jerusalén hace veinte siglos, continúa resonando en la Iglesia, que lleva en el corazón la fe vibrante de María, la Madre de Jesús, la fe de la Magdalena y las otras mujeres que fueron las primeras en ver el sepulcro vacío, la fe de Pedro y de los otros Apóstoles.

Hasta hoy -incluso en nuestra era de comunicaciones supertecnológicas- la fe de los cristianos se basa en aquel anuncio, en el testimonio de aquellas hermanas y hermanos que vieron primero la losa removida y el sepulcro vacío; después a los mensajeros misteriosos que atestiguaban que Jesús, el Crucificado, había resucitado; y luego, a Él mismo, el Maestro y Señor, vivo y tangible, que se aparece a María Magdalena, a los dos discípulos de Emaús y, finalmente, a los once reunidos en el Cenáculo (cf. Mc 16,9-14).

La resurrección de Cristo no es fruto de una especulación, de una experiencia mística. Es un acontecimiento que sobrepasa ciertamente la historia, pero que sucede en un momento preciso de la historia dejando en ella una huella indeleble. La luz que deslumbró a los guardias encargados de vigilar el sepulcro de Jesús ha atravesado el tiempo y el espacio. Es una luz diferente, divina, que ha roto las tinieblas de la muerte y ha traído al mundo el esplendor de Dios, el esplendor de la Verdad y del Bien.

«En tu resurrección, Señor, se alegren los cielos y la tierra». A esta invitación de alabanza que sube hoy del corazón de la Iglesia, los «cielos» responden al completo: La multitud de los ángeles, de los santos y beatos se suman unánimes a nuestro júbilo. En el cielo, todo es paz y regocijo. Pero en la tierra, lamentablemente, no es así. Aquí, en nuestro mundo, el aleluya pascual contrasta todavía con los lamentos y el clamor que provienen de tantas situaciones dolorosas: miseria, hambre, enfermedades, guerras, violencias. Y, sin embargo, Cristo ha muerto y resucitado precisamente por esto. Ha muerto a causa de nuestros pecados de hoy, y ha resucitado también para redimir nuestra historia de hoy. Por eso, mi mensaje quiere llegar a todos y, como anuncio profético, especialmente a los pueblos y las comunidades que están sufriendo un tiempo de pasión, para que Cristo resucitado les abra el camino de la libertad, la justicia y la paz.

Queridos hermanos y hermanas: Cristo resucitado camina delante de nosotros hacia los cielos nuevos y la tierra nueva (cf. Ap 21,1), en la que finalmente viviremos como una sola familia, hijos del mismo Padre. Él está con nosotros hasta el fin de los tiempos. Vayamos tras Él en este mundo lacerado, cantando el Aleluya. En nuestro corazón hay alegría y dolor; en nuestro rostro, sonrisas y lágrimas. Así es nuestra realidad terrena. Pero Cristo ha resucitado, está vivo y camina con nosotros. Por eso cantamos y caminamos, con la mirada puesta en el Cielo, fieles a nuestro compromiso en este mundo.

* * *

ARDÍA EN DESEOS DE CRISTO,
A QUIEN PENSABA QUE SE LO HABÍAN LLEVADO 
San Gregorio Magno, Homilía 25 sobre los evangelios (1-2.4-5)

María Magdalena, cuando llegó al sepulcro y no encontró allí el cuerpo del Señor, creyó que alguien se lo había llevado, y así lo comunicó a los discípulos. Ellos fueron también al sepulcro, miraron dentro y creyeron que era tal como aquella mujer les había dicho. Y dice el evangelio acerca de ellos: Los discípulos se volvieron a su casa. Y añade a continuación: Fuera, junto al sepulcro, estaba María, llorando.

Lo que hay que considerar en estos hechos es la intensidad del amor que ardía en el corazón de aquella mujer, que no se apartaba del sepulcro, aunque los discípulos se habían marchado de allí. Buscaba al que no había hallado, lo buscaba llorando y, encendida en el fuego de su amor, ardía en deseos de aquel a quien pensaba que se lo habían llevado. Por esto, ella fue la única en verlo entonces, porque se había quedado buscándolo, pues lo que da fuerza a las buenas obras es la perseverancia en ellas, tal como afirma la voz de aquel que es la Verdad en persona: El que persevere hasta el final se salvará.

Primero lo buscó, sin encontrarlo; perseveró luego en la búsqueda, y así fue como lo encontró; con la dilación, iba aumentando su deseo, y este deseo aumentado le valió hallar lo que buscaba. Los santos deseos, en efecto, aumentan con la dilación. Si la dilación los enfría, es porque no son o no eran verdaderos deseos. Todo aquel que ha sido capaz de llegar a la verdad es porque ha sentido la fuerza de este amor. Por esto dice David: Mi alma tiene sed de Dios vivo: ¿cuándo entraré a ver el rostro de Dios? Idénticos sentimientos expresa la Iglesia cuando dice, en el Cantar de los cantares: Estoy enferma de amor; y también: Mi alma se derrite.

Mujer, ¿por qué lloras?, ¿a quién buscas? Se le pregunta la causa de su dolor con la finalidad de aumentar su deseo, ya que, al recordarle a quién busca, se enciende con más fuerza el fuego de su amor.

Jesús le dice: «¡María!». Después de haberla llamado con el nombre genérico de «mujer», sin haber sido reconocido, la llama ahora por su nombre propio. Es como si le dijera:

«Reconoce a aquel que te reconoce a ti. Yo te conozco, no de un modo genérico, como a los demás, sino en especial».

María, al sentirse llamada por su nombre, reconoce al que lo ha pronunciado, y, al momento, lo llama: «Rabboni», es decir: «Maestro», ya que el mismo a quien ella buscaba exteriormente era el que interiormente la instruía para que lo buscase.

* * *

REAVIVAR NUESTRA FE EN LOS SACERDOTES (I)
Carta del Ministro y del Definitorio General OFM
para la Fiesta de san Francisco de 2010

Con el Pobrecillo de Asís y en sintonía con la Iglesia queremos profundizar desde la fe en el ministerio sacerdotal, «que no es un simple "oficio", sino un sacramento». Precisamente por esto se trata de una realidad bella y grande, confiada a hombres escogidos «de entre los hombres y constituidos en favor de la gente» y que muestra, sobre todo, la «audacia de Dios, que se abandona en las manos de seres humanos; que, aun conociendo nuestras debilidades, considera a los hombres capaces de actuar y presentarse en su lugar. Esta audacia de Dios es realmente la grandeza que se oculta en la palabra "sacerdocio"» (Benedicto XVI).

Hace ocho siglos, Francisco confesaba explícitamente, en el Testamento, su fe convencida en los sacerdotes, incluso «en los pobrecillos sacerdotes»; fe que nosotros estamos llamados a vivir hoy, redescubriendo el significado del ministerio sacerdotal para nuestra vida y misión.

Para Francisco, el sacerdocio debe ser visto, antes que todo, en relación «con el santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo» y con las «santas palabras de nuestro Señor Jesucristo, que los clérigos dicen, anuncian y administran». Esto significa concretamente que es a través del ministerio apostólico, del cual participan los sacerdotes, como recibimos el anuncio del Evangelio y los sacramentos de la salvación, a saber, el bautismo, la eucaristía y el perdón de los pecados, que nos hacen verdaderos hijos de Dios y nos constituyen en miembros del Cuerpo de Cristo. Se entiende mejor, entonces, por qué Francisco siempre deseaba «recurrir a los sacerdotes», a lo que añadía: «Y no quiero tomar en consideración su pecado, porque veo en ellos al Hijo de Dios y son mis señores» (Test 6-9).

En la situación actual de la Iglesia es de fundamental importancia llegar a las raíces de esta realidad de la cual habla Francisco. Él nos ilumina para saber cómo comportarnos, en nuestra existencia concreta de creyentes, respecto a los sacerdotes y, si somos sacerdotes, respecto a nuestro ministerio. «Comprender de nuevo la grandeza y la belleza del ministerio sacerdotal» quiere decir aceptar al mismo tiempo, con realismo y humildad, que esta grandeza y esta belleza están contenidas «en vasijas de barro», sin escandalizarse o, peor aún, separarse de la Iglesia que, a través del ministerio de los sacerdotes, nos permite tener pleno acceso a Jesús y su salvación.

Francisco habló en diversas ocasiones de los sacerdotes y de las actitudes que se deberían tener para con ellos. La Fraternidad que poco a poco se fue formando en torno a él comprendía tanto clérigos como laicos. Hacia el final de su vida, cuando los hermanos sacerdotes eran más numerosos, dedicó a los «hermanos sacerdotes, los que son y serán y desean ser sacerdotes del Altísimo», una parte considerable de su Carta a toda la Orden.

La parte central del mensaje dedicado a los sacerdotes, se refiere a la celebración de la Eucaristía. Francisco les recuerda que deben acercarse a este sacramento «puros», y también que ofrezcan «con reverencia, el verdadero sacrificio del santísimo cuerpo y sangre de nuestro Señor Jesucristo, y háganlo con intención santa y limpia, y no por cosa alguna terrena ni por temor o amor de hombre alguno, como queriendo agradar a los hombres; sino que toda la voluntad, en cuanto es posible con la ayuda de la gracia, se dirija a Dios, deseando agradar al solo sumo Señor». Esta acumulación repetitiva de cosas por hacer y por evitar denota en Francisco una cierta inquietud, porque existe la posibilidad de que las cosas pudieran ir diversamente. Nos parece que esta preocupación no sólo se aplica al pasado. Las severas advertencias y las amenazas que siguen, tomadas de la Carta a los Hebreos, demuestran la seriedad con la que Francisco se pone delante de la Eucaristía y la Palabra de Dios.

Todo ello, sin embargo, contribuye a destacar la grandeza incomparable -la dignidad- del sacerdocio. Con un realismo paradójico, Francisco habla del hermano sacerdote como de alguien que «toca con las manos, toma en el corazón y con la boca, y da a los demás para tomar no a quien ha de morir, sino a quien ha de vivir eternamente y es glorificado y a quien los ángeles desean contemplar». Osa, incluso, comparar al sacerdote con María que ha llevado a Cristo en su seno, con Juan Bautista que tembló al tocar la cabeza de Jesús, con la tumba donde yació su cuerpo. Aquí está el sentido profundo del ministerio que Dios ha conferido a los sacerdotes y por lo que se les debe amor, reverencia y honor.

Lo que sigue del texto nos conduce a una profundización mayor: la revelación de la humanidad de Dios a través de la Eucaristía. La descripción muy realista -carne y sangre, mano que toca y distribuye, boca que come- se abre a un último y estupendo misterio: Dios que se humilla en la Eucaristía, como lo hizo en el momento de la encarnación, dejando el seno glorioso del Padre para asumir la fragilidad de la condición humana (1 Adm 17-18). El hacerse carne ya manifestaba el abajamiento de Dios, su kénosis; en la Eucaristía, esta realidad va todavía más allá: ni siquiera asume un cuerpo humano, sino que se hace presente bajo el signo del pan, una simple cosa cotidiana. «Mirad, hermanos, la humildad de Dios -exclama Francisco- y derramad ante él vuestros corazones; humillaos también vosotros, para ser enaltecidos por él. Por consiguiente, nada de vosotros retengáis para vosotros mismos, para que enteros os reciba el que todo entero se os entrega» (CtaO 28-29). La humildad de Dios manifestada en la Eucaristía es presentada por Francisco como base y fundamento de la vocación evangélica a la que hemos sido llamados.





















No hay comentarios:

Publicar un comentario