domingo, 2 de julio de 2017

Año Cristiano Franciscano



DÍA 3 DE JULIO

 

SANTO TOMÁS, apóstol. En los Evangelios recibe el sobrenombre de Dídimo o Mellizo. Se hizo famoso en las apariciones de Jesús resucitado a los Apóstoles. Su incredulidad cuando le hablaron de la primera aparición, que tuvo lugar estando él ausente, desapareció a la vista de Cristo en la segunda, cuando Jesús le mostró su costado traspasado por la lanza y sus manos llagadas por los clavos. Entonces acabó proclamando: «¡Señor mío y Dios mío!». San Juan nos refiere otras actuaciones de Tomás: cuando los otros temían acompañar a Cristo, él dijo resuelto: «Vayamos también nosotros y muramos con él». Y en la Última Cena, cuando Jesús les anuncia su partida, Tomás le pregunta: «No sabemos a donde vas, ¿cómo podemos saber el camino?», a lo que Jesús responde: «Yo soy el camino, la verdad y la vida». Tomás es símbolo del hombre en su lento pero decidido caminar hacia la fe. Según la tradición, evangelizó los pueblos de Persia y de la India, donde murió mártir. –Oración: Dios todopoderoso, concédenos celebrar con alegría la fiesta de tu apóstol santo Tomás; que él nos ayude con su protección, para que tengamos en nosotros vida abundante por la fe en Jesucristo, tu Hijo, a quien tu apóstol reconoció como su Señor y su Dios. Él, que vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.



BEATA MARÍA ANA MOGAS FONTCUBERTA. Fundadora de las Franciscanas Misioneras de la Madre del Divino Pastor, popularmente conocidas como de la "Divina Pastora". Nació el año 1827 en Corró de Vall (Granollers, Barcelona). Formada desde muy joven en la vida de piedad y oración e iniciada en el apostolado parroquial, pronto renunció a la acomodada posición social y económica de que disfrutaba, para servir al Señor dedicándose a la formación de la niñez y juventud y a la atención de los más necesitados. Colaboró un tiempo con el capuchino P. José Tous Soler. Pasó por vaivenes y dificultades diversas en Barcelona, Ripoll, Ciempozuelos y Fuencarral, hasta fundar y consolidar su Congregación. Fiel al ideal franciscano, mostró su preferencia por los pobres, la capacidad de perdonar y olvidar las ingratitudes e injurias, así como la dedicación a la educación de la infancia, la atención a los enfermos y a los que padecen alguna carencia. Murió el 3 de julio de 1886 en Fuencarral-Madrid. Juan Pablo II la beatificó en 1996. Su memoria se celebra el 6 de octubre. – Oración: Oh Dios, que suscitaste en el corazón de la beata María Ana, virgen, el materno amor y el espíritu de sacrificio para educar a las niñas y cuidar a los enfermos, concédenos que, alentados por su ejemplo y cumpliendo fielmente tu mandato, demos testimonio de tu caridad en el servicio a los hermanos. Te lo pedimos, Padre, por Jesucristo nuestro Señor. Amén.


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San Anatolio de Constantinopla. Nació en Alejandría y entró en el círculo de los discípulos de san Cirilo, a quien acompañó al Concilio de Éfeso (431), en el que combatió la herejía de Nestorio. San Cirilo lo nombró representante suyo ante la corte imperial bizantina. El año 449 fue elegido patriarca de Constantinopla. Profesó con firmeza la recta fe en las dos naturalezas de Cristo como el papa san León Magno había expuesto en su carta al patriarca san Flaviano, y tomó parte activa y decisiva en el Concilio de Calcedonia (451), que definió el dogma de las dos naturalezas, divina y humana, de Jesucristo. Murió el año 458.

San Anatolio de Laodicea. Fue obispo de Laodicea de Siria (en la actual Turquía) en el siglo III, y dejó escritos dignos de admiración, no sólo para los hombres de fe, sino también para los filósofos.

San Felipe Phan Van Minh. Nació en Cai-Nong (Vietnam) el año 1815. Fue un destacado miembro de su comunidad cristiana y, cuando el vicario apostólico tuvo que dejar el país, él lo acompañó a Calcuta y estuvo con él hasta su muerte. Luego regresó a su patria y en 1846 se ordenó de sacerdote. Ejerció su ministerio con gran fervor. Cuando arreció la persecución, se refugió en una familia; poco después, para evitar represalias a sus bienhechores, se entregó a las autoridades. No consiguieron que apostatara y, después de sufrir múltiples suplicios, lo decapitaron en Vihn Long (Vietnam) el año 1853, en tiempo del emperador Tu Duc.

San Heliodoro. Nació en Quarto d'Altino, provincia de Venecia (Italia), fue discípulo de san Valeriano de Aquileya y compañero de los santos Cromacio y Jerónimo. Acompañó a san Jerónimo en su viaje a Oriente, donde se dedicó a la oración y al estudio de la Biblia. El año 381 fue elegido primer obispo de Altino. Murió hacia el año 410.

San José Nguyen Dinh Uyen. Nació en Nink-Cuong (Vietnam) el año 1774. Se crió en una casa misional y en ella se preparó para ser catequista. Llegado a la edad adulta se entregó por completo a la catequización. Luego se hizo compañero y colaborador de los misioneros, incluido el obispo santo Domingo Henares. Cuando llegó la persecución de 1838, lo detuvieron porque se negó a pisotear el crucifijo. Lo sometieron a repetidos juicios y le propinaron crueles torturas para que apostatara y para que revelara el paradero del obispo; no lo consiguieron. Murió en la cárcel de Hung Yen de disentería y agotamiento el año 1838, en tiempo del emperador Minh Mang.

San León II, papa de agosto del año 682 a julio del 683. Era siciliano, pero entró a formar parte del clero de Roma. En su breve pontificado aceptó las decisiones del Concilio III de Constantinopla, consiguió la paz entre Constantinopla y Roma y también que el emperador anulara el decreto que concedía la autonomía a la Iglesia de Ravena. Fue un buen conocedor de las lenguas griega y latina, amigo de la pobreza y de los pobres. Fue sepultado en San Pedro de Roma.

Santos Marcos y Mociano. Fueron decapitados en Mesia, provincia del Imperio Romano, entre las actuales Rumanía y Bulgaria, por negarse repetidamente a ofrecer sacrificios a los ídolos y por profesar cada vez con mayor ardor su fe en Cristo. El martirio tuvo lugar en una fecha desconocida del siglo IV.

Santos Memnón y Severo. Memnón era centurión romano y Severo lo convirtió al cristianismo. Ambos sufrieron atroces suplicios por su firmeza en la fe, y fueron martirizados en Wiza, región de Tracia en la actual Turquía, en tiempo de los emperadores romanos Diocleciano y Maximiano.

Santos Pedro Zhao Mingzhen y Juan Bautista Zhao Mingxi. Eran hermanos, nacidos en Dongyangtai, provincia de Hubei (China), que, cuando se acercó a su pueblo la persecución anticristiana de los boxers, intentaron salvar a los más posibles de la comunidad cristiana, en especial a las mujeres y a los niños, y, mientras desarrollaban esta misión, fueron asesinados por los seguidores del movimiento Yihetuan en una región pantanosa cercana a su pueblo. Era el año 1900.

San Raimundo Gayrard. Nació en Toulouse (Francia) a mediados del siglo XI. De joven estuvo al servicio de la iglesia de San Saturnino, de la que fue maestro de capilla. Contrajo matrimonio y poco después, al quedar viudo, decidió dedicarse a obras de caridad y de religión. Daba abundantes limosnas a los pobres y, aprovechando su competencia en arquitectura, asumió la dirección de las obras públicas, y fundó un hospicio, construyó dos puentes, impulsó la continuación de las obras de su iglesia. Lo admitieron entre los canónigos de la basílica de San Saturnino. Murió en su ciudad natal el año 1118.



PARA TENER EL ESPÍRITU DE ORACIÓN Y DEVOCIÓN

Pensamiento bíblico:

En la última Cena, en su discurso de despedida, Jesús dijo a sus discípulos: «Adonde yo voy, ya sabéis el camino». Tomás le dice: «Señor, no sabemos adónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?». Jesús le responde: «Yo soy el camino y la verdad y la vida. Nadie va al Padre sino por mí» (Jn 14,4-6).

Pensamiento franciscano:

Dice san Francisco: «Todos los que vieron al Señor Jesús según la humanidad, y no vieron y creyeron según el espíritu y la divinidad que él era el verdadero Hijo de Dios, se condenaron. Así también ahora, todos los que ven el sacramento, que se consagra por las palabras del Señor sobre el altar por mano del sacerdote en forma de pan y vino, y no ven y creen, según el espíritu y la divinidad, que es verdaderamente el santísimo cuerpo y sangre de nuestro Señor Jesucristo, se condenan» (Adm 1,8-9).

Orar con la Iglesia:

Oremos a Dios Padre, por Jesucristo, su Hijo, su Enviado, que eligió a santo Tomás para ser apóstol suyo.

-Para que como Tomás estemos dispuesto a decir con firmeza y sinceridad: «Vayamos también nosotros a morir con él, Cristo».

-Para que en nuestras dudas tengamos la valentía de preguntar y pedir con humildad al Señor que nos muestre su camino.

-Para que en nuestra vida demostremos que asumimos las palabras de Jesús: «Yo soy el camino, la verdad y la vida».

-Para que el Espíritu nos conceda superar nuestras incredulidades y lleguemos a exclamar de todo corazón: «Señor mío y Dios mío».

-Para que el Señor pueda decir de nosotros: «Bienaventurados los que creen sin haber visto».

Oración: Escucha, Señor, nuestras súplicas en la fiesta de tu apóstol santo Tomás, que hace suya nuestra plegaria e intercede por nosotros ante ti. Te lo pedimos por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

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SANTO TOMÁS, APÓSTOL
De la catequesis de S. S. Benedicto XVI
en la audiencia general del miércoles 27-IX-2006

Queridos hermanos y hermanas:

Prosiguiendo nuestros encuentros con los doce Apóstoles elegidos directamente por Jesús, hoy dedicamos nuestra atención a Tomás.

El cuarto evangelio, sobre todo, nos ofrece algunos rasgos significativos de su personalidad. El primero es la exhortación que hizo a los demás apóstoles cuando Jesús, en un momento crítico de su vida, decidió ir a Betania para resucitar a Lázaro, acercándose así de manera peligrosa a Jerusalén. En esa ocasión Tomás dijo a sus condiscípulos: «Vayamos también nosotros a morir con él» (Jn 11,16). Esta determinación para seguir al Maestro es verdaderamente ejemplar y nos da una lección valiosa: revela la total disponibilidad a seguir a Jesús hasta identificar su propia suerte con la de él y querer compartir con él la prueba suprema de la muerte.

En efecto, lo más importante es no alejarse nunca de Jesús. Por otra parte, cuando los evangelios utilizan el verbo «seguir», quieren dar a entender que adonde se dirige él tiene que ir también su discípulo. De este modo, la vida cristiana se define como una vida con Jesucristo, una vida que hay que pasar juntamente con él. San Pablo escribe algo parecido cuando tranquiliza a los cristianos de Corinto con estas palabras: «En vida y muerte estáis unidos en mi corazón» (2 Cor 7,3). Obviamente, la relación que existe entre el Apóstol y sus cristianos es la misma que tiene que existir entre los cristianos y Jesús: morir juntos, vivir juntos, estar en su corazón como él está en el nuestro.

Una segunda intervención de Tomás se registra en la última Cena. En aquella ocasión, Jesús, prediciendo su muerte inminente, anuncia que irá a preparar un lugar para los discípulos a fin de que también ellos estén donde él se encuentre; y especifica: «Y adonde yo voy sabéis el camino». Entonces Tomás interviene diciendo: «Señor, no sabemos a dónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?». En realidad, al decir esto se sitúa en un nivel de comprensión más bien bajo; pero esas palabras ofrecen a Jesús la ocasión para pronunciar la célebre definición: «Yo soy el camino, la verdad y la vida» (Jn 14, 4-6).

Por tanto, es en primer lugar a Tomás a quien se hace esta revelación, pero vale para todos nosotros y para todos los tiempos. Cada vez que escuchamos o leemos estas palabras, podemos ponernos con el pensamiento junto a Tomás e imaginar que el Señor también habla con nosotros como habló con él. Al mismo tiempo, su pregunta también nos da el derecho, por decirlo así, de pedir aclaraciones a Jesús. Con frecuencia no lo comprendemos. Debemos tener el valor de decirle: no te entiendo, Señor, escúchame, ayúdame a comprender. De este modo, con esta sinceridad, que es el modo auténtico de orar, de hablar con Jesús, manifestamos nuestra escasa capacidad para comprender, pero al mismo tiempo asumimos la actitud de confianza de quien espera luz y fuerza de quien puede darlas.

Luego, es muy conocida, incluso es proverbial, la escena de la incredulidad de Tomás, que tuvo lugar ocho días después de la Pascua. En un primer momento, no había creído que Jesús se había aparecido en su ausencia, y había dicho: «Si no veo en sus manos la señal de los clavos y no meto mi dedo en el agujero de los clavos y no meto mi mano en su costado, no creeré» (Jn 20,25). En el fondo, estas palabras ponen de manifiesto la convicción de que a Jesús ya no se le debe reconocer por el rostro, sino más bien por las llagas. Tomás considera que los signos distintivos de la identidad de Jesús son ahora sobre todo las llagas, en las que se revela hasta qué punto nos ha amado. En esto el apóstol no se equivoca.

Como sabemos, ocho días después, Jesús vuelve a aparecerse a sus discípulos y en esta ocasión Tomás está presente. Y Jesús lo interpela: «Acerca aquí tu dedo y mira mis manos; trae tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo sino creyente». Tomás reacciona con la profesión de fe más espléndida del Nuevo Testamento: «Señor mío y Dios mío». El evangelista prosigue con una última frase de Jesús dirigida a Tomás: «Porque me has visto has creído. Bienaventurados los que crean sin haber visto» (Jn 20,27-29). Esta frase puede ponerse también en presente: «Bienaventurados los que no ven y creen». En todo caso, Jesús enuncia aquí un principio fundamental para los cristianos que vendrán después de Tomás, es decir, para todos nosotros.

El caso del apóstol Tomás es importante para nosotros al menos por tres motivos: primero, porque nos conforta en nuestras inseguridades; en segundo lugar, porque nos demuestra que toda duda puede tener un final luminoso más allá de toda incertidumbre; y, por último, porque las palabras que le dirigió Jesús nos recuerdan el auténtico sentido de la fe madura y nos alientan a continuar, a pesar de las dificultades, por el camino de fidelidad a él.

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«¡SEÑOR MÍO Y DIOS MÍO!»
San Gregorio Magno, Homilía 26, 7-9, sobre los evangelios

Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Sólo este discípulo estaba ausente y, al volver y escuchar lo que había sucedido, no quiso creer lo que le contaban. Se presenta de nuevo el Señor y ofrece al discípulo incrédulo su costado para que lo palpe, le muestra sus manos y, mostrándole la cicatriz de sus heridas, sana la herida de su incredulidad. ¿Qué es, hermanos muy amados, lo que descubrís en estos hechos? ¿Creéis acaso que sucedieron porque sí todas estas cosas: que aquel discípulo elegido estuviera primero ausente, que luego al venir oyese, que al oír dudase, que al dudar palpase, que al palpar creyese?

Todo esto no sucedió porque sí, sino por disposición divina. La bondad de Dios actuó en este caso de un modo admirable, ya que aquel discípulo que había dudado, al palpar las heridas del cuerpo de su maestro, curó las heridas de nuestra incredulidad. Más provechosa fue para nuestra fe la incredulidad de Tomás que la fe de los otros discípulos, ya que, al ser él inducido a creer por el hecho de haber palpado, nuestra mente, libre de toda duda, es confirmada en la fe. De este modo, en efecto, aquel discípulo que dudó y que palpó se convirtió en testigo de la realidad de la resurrección.

Palpó y exclamó: «¡Señor mío y Dios mío!». Jesús le dijo: «¿Porque me has visto has creído?». Como sea que el apóstol Pablo dice: La fe es seguridad de lo que se espera y prueba de lo que no se ve, es evidente que la fe es la plena convicción de aquellas realidades que no podemos ver, porque las que vemos ya no son objeto de fe, sino de conocimiento. Por consiguiente, si Tomás vio y palpó, ¿cómo es que le dice el Señor: Porque me has visto has creído? Pero es que lo que creyó superaba a lo que vio. En efecto, un hombre mortal no puede ver la divinidad. Por esto, lo que él vio fue la humanidad de Jesús, pero confesó su divinidad al decir: ¡Señor mío y Dios mío! Él, pues, creyó, a pesar de que vio, ya que, teniendo ante sus ojos a un hombre verdadero, lo proclamó Dios, cosa que escapaba a su mirada.

Y es para nosotros motivo de alegría lo que sigue a continuación: Dichosos los que crean sin haber visto. En esta sentencia el Señor nos designa especialmente a nosotros, que lo guardamos en nuestra mente sin haberlo visto corporalmente. Nos designa a nosotros, con tal de que las obras acompañen nuestra fe, porque el que cree de verdad es el que obra según su fe. Por el contrario, respecto de aquellos que creen sólo de palabra, dice Pablo: Hacen profesión de conocer a Dios, pero con sus acciones lo desmienten. Y Santiago dice: La fe sin obras es un cadáver.

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LA VIDA DEL EVANGELIO
por Julio Micó, OFMCap

San Francisco y los evangelios

La doble barrera que se alzaba entre Francisco y la Biblia, la del libro, carísimo, y la de la lengua, el latín, solamente podía ser franqueada por el sacerdote, el cual, como administrador de la Palabra y el sacramento, tenía como misión en exclusiva hacer inteligible al pueblo el mensaje evangélico.

Dos narraciones de los biógrafos del Santo evidencian este comportamiento. En la primera, Francisco, después de escuchar en la iglesia el evangelio de la misión de los Apóstoles, pide al sacerdote que se lo explique para su mejor comprensión: «Cierto día se leía en esta iglesia el evangelio que narra cómo el Señor había enviado a sus discípulos a predicar. Presente allí el santo de Dios, no comprendió perfectamente las palabras evangélicas. Terminada la misa, pidió humildemente al sacerdote que le explicase el evangelio. El sacerdote le fue explicando todo ordenadamente. Al oír Francisco que los discípulos de Cristo no debían poseer ni oro, ni plata, ni dinero..., rebosando de alegría, se apresura inmediatamente a cumplir la doctrina saludable que acaba de escuchar... Pues nunca fue oyente sordo del Evangelio sino que, confiando a su feliz memoria cuanto oía, procuraba cumplirlo a la letra sin tardanza» (cf. 2 Cel 22).

En la segunda, se trata de buscar el programa evangélico de la incipiente Fraternidad y se recurre, igualmente, a la consulta del evangelio y a la explicación del sacerdote (cf. 2 Cel 15; LM 3,3; TC 28).

No cabe duda de que los biógrafos, con una finalidad ejemplarizante, tratan de que el laico Francisco se comporte como tal, respetando la función mediadora del sacerdote. Pero con independencia de esto, la actitud adoptada durante toda su vida respecto a los teólogos y la palabra escrita, induce a creer que Francisco mantuvo siempre este sustrato laico al tratar con la Escritura.

Aunque es difícil establecer las fuentes del conocimiento bíblico de Francisco, hay que tener en cuenta que la sociedad medieval coincidía aquí en Europa con la Cristiandad, por lo que disponía de muchos recursos para hacer llegar sus valores cristianos al pueblo; recursos que influyeron indudablemente para acercar la Escritura a Francisco.

Uno de ellos era la enseñanza. Ya hemos dicho anteriormente que la Biblia era el libro por excelencia de los estudios; más en concreto, para los que hacían la enseñanza básica, donde el texto fundamental, además de algunas oraciones litúrgicas como el credo, el padrenuestro, etc., era el Salterio. Los Escritos de Francisco nos confirman que él no sólo aprendió a leer y escribir con el Salterio, por lo bien que lo conoce, sino que se sabía de memoria muchos salmos, pues se memorizaban, tal como se practicaba entonces el método de enseñanza.

Otra fuente de conocimiento bíblico debió de ser el arte en sus múltiples expresiones, como la pintura, la escultura, las vidrieras, etc. En una sociedad como la medieval, donde el nivel de cultura era bajo, el arte era uno de los principales vehículos de la cultura y formación religiosa, hasta el punto de ser considerado como el libro de los pobres. Por medio del arte, esparcido por todas las iglesias y catedrales, la gente sencilla y analfabeta llegaba al conocimiento de la historia bíblica y de las verdades de la fe.

Dentro del arte plástico religioso habría que incluir también el drama litúrgico. Escrito en lengua vulgar sobre textos litúrgicos y apócrifos, ayudaba no sólo a mantener viva la piedad popular, sino también a profundizar en los hechos más importantes de la Escritura.

Al arte plástico habría que añadir la predicación como un elemento importante en la configuración bíblica de Francisco. Además de la predicación tradicional de los obispos y de los párrocos estaba la de los predicadores monásticos, sobre todo cistercienses, y también la de los predicadores itinerantes, tanto clérigos como laicos. El anuncio evangélico, hecho en un lenguaje simple y popular, iba acompañado por el testimonio de una vida pobre y sencilla. Aunque no existan datos sobre la relación de Francisco con estos movimientos de predicadores itinerantes, es bastante probable que la tuviera, puesto que el camino europeo para ir a Roma pasaba cerca de Asís.

La liturgia es, sin lugar a dudas, la fuente principal del conocimiento bíblico de Francisco; basta con hojear sus Escritos. En ellos se rastrean antífonas, oraciones, frases del ordinario y del canon de la misa e, incluso, de los comentarios de los Santos Padres en las lecturas del Oficio, lo cual indica el calado de su influjo litúrgico. Los mismos textos escriturísticos, más que por una lectura directa, debieron de entrar en Francisco a través de la liturgia, tal como hacen pensar las citas esparcidas en sus Escritos.


















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