martes, 18 de julio de 2017

Año Cristiano Franciscano

clip_image001


DÍA 19 DE JULIO

 

SANTA MACRINA LA JOVEN. La llamaban «la Joven» para distinguirla de su abuela paterna que también se llamaba Macrina. Era la hermana mayor de los santos Basilio Magno, Gregorio de Nisa y Pedro de Sebaste. Nació en Cesarea de Capadocia hacia el año 330. Por su belleza y virtudes, tuvo Macrina desde muy joven muchos pretendientes, y el joven a quien la prometieron en matrimonio murió antes de la boda. Ella entonces decidió consagrarse a Dios y vivir en virginidad, quedándose en casa para ayudar a su madre viuda en el hogar y en la educación de sus hermanos, que eran nueve. Cuando quedaron libres de sus obligaciones familiares, madre e hija se retiraron a la soledad de Annesi, junto al río Iris en el Ponto (en la actual Turquía). Allí llevaron con las mujeres que se les unieron vida en comunidad y se consagraron a la divina contemplación. La madre murió el año 373 y Macrina asumió la dirección del monasterio, en el que murió, asistida por su hermano san Gregorio, el 19 de julio del 379.



BEATO PEDRO CRISCI . Nació hacia el año 1243 en Foligno (Italia), donde murió el 19 de julio de 1323. A los treinta años de edad, después de una juventud agitada, se convirtió de manera radical a Dios. Fue un terciario franciscano de alta contemplación, severa penitencia y evangélica simplicidad. Vendió sus bienes y repartió cuanto tenía a los pobres; vivía en un hueco del campanario de la catedral, a la que prestaba sus humildes servicios, dormía en su escalera y allí murió. Era un ermitaño en la ciudad. Peregrinó varias veces, como expresión de piedad y de penitencia, a Roma y a Asís. Al principio despertó en la Inquisición sospechas de herejía, pero pronto se comprobó la ortodoxia de su religiosidad.



BEATOS AQUILES PUCHALA Y HERMANN STEPIEN. Sacerdotes, de la Orden de los Hermanos Menores Conventuales, que forman parte del grupo de los 108 Mártires de la II Guerra Mundial (1940-43) beatificados por Juan Pablo II en 1999. Aquiles nació en Kosina, diócesis de Przemyls, el año 1911. Muy joven ingresó en los conventuales de Lvov, cursó los estudios eclesiásticos y recibió la ordenación sacerdotal en 1936. Fue un sacerdote celoso y un religioso observante, dedicado a la cura de almas. Hermann nació en Lodz el año 1910. Ingresó en el noviciado de los conventuales en 1929, fue ordenado de sacerdote en 1937 y seguidamente lo enviaron a Roma y a Lvov para continuar los estudios. Se distinguió por su fe y devoción, su vida ascética y su estímulo de superación. Cuando, declarada la guerra, el párroco de Pierszaje se vio obligado a huir, los dos frailes se hicieron cargo de la parroquia. En julio de 1943 la Gestapo arrestó a numerosas personas de la zona. Ambos sacerdotes, aunque pudieron huir, prefirieron quedarse con los arrestados para su asistencia moral y espiritual. Poco después, todos los arrestado fueron trasladados al pueblo de Borowikowszczyzna (Polonia), y allí los dos frailes, separados de sus fieles, fueron fusilados. Era el 19 de julio de 1943.


* * *

Santa Áurea de Córdoba. Era oriunda de Sevilla, hija de padre musulmán y madre cristiana, Artemia. Ésta, cuando quedó viuda, educó cristianamente a su hija en Cordoba (España), y ambos ingresaron en un monasterio cordobés. Unos parientes fueron a visitar a Áurea y comprobaron que era cristiana y monja, y la denunciaron al juez. Éste la amenazó si no volvía al Islam, y ella cedió. Pero se arrepintió del mal paso que había dado, volvió a la fe cristiana y para dar prueba de ello vistió publicamente el hábito de monja. Arrestada y llevada ante el juez, afirmó su fe en Cristo, y se mantuvo en ella hasta que fue decapitada. Esto sucedió el año 856. Era hermana de los santos mártires Adolfo y Juan. Conocemos su vida y su martirio por el testimonio de san Eulogio de Córdoba.

San Bernoldo (o Bernulfo). Era clérigo en la corte del emperador Conrado II, quien lo designó para obispo de Utrecht el año 1027. Conservó buena amistad con Conrado II y también con su sucesor Enrique III, circunstancia que aprovechó para ensanchar los límites de su diócesis. Fue un obispo reformador que llevó una vida digna y ejemplar. Libró del dominio de los señores laicos a las iglesias y a los monasterios de su diócesis, fundó nuevas iglesias e introdujo los usos y costumbres cluniacenses en los monasterios. Murió en Utrecht (Holanda) el año 1054.

San Dío el Taumaturgo. Era originario de Antioquía y se ordenó de sacerdote en Constantinopla, donde fundó un monasterio bajo la regla de los Acemetas, monjes fundados por san Alejandro Akimites, del que fue archimandrita. Murió en una fecha desconocida del siglo V.

San Epafras . Personaje destacado del Nuevo Testamento. Discípulo y compañero del apóstol san Pablo. Era de Colosas y Pablo, durante su estancia en Éfeso, lo convirtió del paganismo al cristianismo, y a él se refiere en las cartas a los Colosenses (Col 1,7; 4,12) y a Filemón (Flm 23), en las que lo llama «nuestro querido compañero y fiel ministro de Cristo», «mi compañero de cautiverio». Enviado por Pablo, evangelizó Colosas y otras ciudades.

Santa Isabel Qin Bianzhi y San Simón Qin Chunfu. Eran madre e hijo. Isabel era una mujer cristiana, casada y madre de cinco hijos. Al quedar viuda, marchó a casa de sus padres. Su hijo Simón era un adolescente de 14 años. Cuando se acercaron al pueblo los bóxers persiguiendo a los cristianos, Isabel mandó a sus padres a otro pueblo, y ella y sus hijos fueron pasando de un escondite a otro. Por fin fueron descubiertos por los bóxers que pasaron seguidamente a masacrar a la familia. Primero fueron decapitados los hijos y la última la madre. Aunque todos murieron por ser cristianos, sólo han sido beatificados y canonizados Isabel y Simón. El martirio tuvo lugar en Liucun, provincia de Hebei (China), el año 1900.

San Juan Bautista Zhou Wurui. Era un joven cristiano chino de 17 años a quien los misioneros habían pedido que fuera a observar los movimientos de los bóxers en orden a proteger a las comunidades frente a sus ataques. Se encontró con los bóxers, que lo identificaron por el escapulario que llevaba. Le exigieron que apostatara, a lo que se negó. Para hacerle desistir de su fe, lo fueron mutilando, y ante su firmeza en confesar a Cristo, lo decapitaron. Esto sucedió en Lujiazhuang, provincia de Hebei (China), el año 1900.

San Juan Plessington. Nació en Dimples (Inglaterra) el año 1635. Deseoso de abrazar la vida eclesiástica, se trasladó a España en 1660 y entró en el Colegio Ingles de Valladolid donde hizo sus estudios. Ordenado de sacerdote el año 1662 en Segovia, regresó a su patria y estuvo ejerciendo el ministerio sagrado en distintos lugares. Fue incluido en el elenco de Titus Oates como presunto conspirador en la pretendida conjura papal. Lo arrestaron y encarcelaron a finales de 1678, y lo condenaron como reo de alta traición, sólo por ser sacerdote católico. Lo ahorcaron en Chester el 19 de julio de 1679, bajo el rey Jacobo II. Antes pudo dirigir unas palabras a los presentes comparando los mártires ingleses con los de la primitiva Iglesia.

Santos Macedonio, Teódulo y Taciano . Siendo emperador Juliano el Apóstata y por orden del gobernador romano Almaquio, después de sufrir muchos tormentos, fueron tumbados sobre parrillas al rojo vivo, consumando así el martirio por su fe en Cristo. Esto sucedió en Meros de Frigia (en la actual Turquía) el año 362.

San Símaco, papa del año 498 al año 514. Era oriundo de Cerdeña y se había convertido del paganismo al Cristianismo. A la muerte de Anastasio II, se podujo una doble elección de sucesor: la mayoría eligió a Símaco, pero una minoría eligió a Lorenzo. Se enfrentaron los partidarios de uno y otro, y terminaron acudiendo a Teodorico el Grande, rey de los godos, que era arriano. Éste se decidió por Símaco, que se fue afianzando en la sede de Pedro, aunque sus enemigos siguieron calumniándolo y acusándolo. En su pontificado gobernó la Iglesia con vigor, expulsó a los maniqueos, envió socorros a los católicos perseguidos en África, rescató cautivos de Italia, restauró iglesias, acogió a los peregrinos que visitaban las tumbas de los Apóstoles, introdujo el canto del «Gloria» en la misa dominical.

Beata Estila de Abenberg. Nació a finales del siglo XI en Abenberg de Baviera (Alemania), hija del conde de aquella ciudad, en la que ingresó en el monasterio de Marienburg. Allí murió, después de haber vivido consagrada a Dios, el año 1140 ó 1141, y fue sepultada en la iglesia de San Pedro, que ella había fundado.



PARA TENER EL ESPÍRITU DE ORACIÓN Y DEVOCIÓN

Pensamiento bíblico:

Dijo Jesús a los escribas y fariseos: «Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no camina en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida» (Jn 8,12).

Pensamiento franciscano:

Dice san Francisco: «Todos aquellos y aquellas que no viven en penitencia, y no reciben el cuerpo y la sangre de nuestro Señor Jesucristo, y se dedican a vicios y pecados, y que andan tras la mala concupiscencia y los malos deseos de su carne, y no guardan lo que prometieron al Señor, y sirven corporalmente al mundo con los deseos carnales y las preocupaciones del siglo y los cuidados de esta vida: Apresados por el diablo, cuyos hijos son y cuyas obras hacen, están ciegos, porque no ven la verdadera luz, nuestro Señor Jesucristo. No tienen la sabiduría espiritual, porque no tienen al Hijo de Dios, que es la verdadera sabiduría del Padre» (1CtaF II,1-8).

Orar con la Iglesia:

Oremos al Señor, nuestro Dios, que nos ha sacado de las tinieblas del pecado y de la ignorancia, y nos ha trasladado a su reino de luz.

-Por todos los que en la Iglesia tienen la misión de anunciar la palabra de Dios, para que sean fieles a la misma y la hagan cercana a los oyentes.

-Por la Iglesia misma, para que sea un faro luciente que haga presente en el mundo la luz de Cristo.

-Por los que caminan en pos de la luz de la fe, para que con nuestra vida y nuestras obras los ayudemos a encontrarse con Jesús.

-Por los creyentes, llamados a dar testimonio a todos de la luz de Cristo, para que nadie se sienta defraudado ante el ejemplo que le damos.

Oración: Señor, Dios nuestro, que nos has enviado a Jesucristo, luz del mundo, para que nos muestre el camino que lleva hacia ti, haz que venzamos la ceguera que nos impide seguirlo. Te lo pedimos por el mismo Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

* * *

CRISTO, LUZ DEL MUNDO
Benedicto XVI, Ángelus del día 3 de abril de 2011

Queridos hermanos y hermanas:

El itinerario cuaresmal es un tiempo especial de gracia, durante el cual podemos experimentar el don de la bondad del Señor para con nosotros. La liturgia de este domingo (IV, ciclo A), denominado Laetare, nos invita a alegrarnos, a regocijarnos, como proclama la antífona de entrada de la celebración eucarística: «Festejad a Jerusalén, gozad con ella, todos los que la amáis; alegraos de su alegría, los que por ella llevasteis luto; mamaréis a sus pechos y os saciaréis de sus consuelos» (cf. Is 66,10-11).

¿Cuál es la razón profunda de esta alegría? Nos lo dice el Evangelio de hoy, en el cual Jesús cura a un hombre ciego de nacimiento. La pregunta que el Señor Jesús dirige al que había sido ciego constituye el culmen de la narración: «¿Crees tú en el Hijo del hombre?» (Jn 9,35). Aquel hombre reconoce el signo realizado por Jesús y pasa de la luz de los ojos a la luz de la fe: «Creo, Señor» (Jn 9,38). Conviene destacar cómo una persona sencilla y sincera, de modo gradual, recorre un camino de fe: en un primer momento encuentra a Jesús como un «hombre» entre los demás; luego lo considera un «profeta»; y, al final, sus ojos se abren y lo proclama «Señor». En contraposición a la fe del ciego curado se encuentra el endurecimiento del corazón de los fariseos que no quieren aceptar el milagro, porque se niegan a aceptar a Jesús como el Mesías. La multitud, en cambio, se detiene a discutir sobre lo acontecido y permanece distante e indiferente. A los propios padres del ciego los vence el miedo del juicio de los demás.

Y nosotros, ¿qué actitud asumimos frente a Jesús? También nosotros a causa del pecado de Adán nacimos «ciegos», pero en la fuente bautismal fuimos iluminados por la gracia de Cristo. El pecado había herido a la humanidad destinándola a la oscuridad de la muerte, pero en Cristo resplandece la novedad de la vida y la meta a la que estamos llamados. En él, fortalecidos por el Espíritu Santo, recibimos la fuerza para vencer el mal y obrar el bien. De hecho, la vida cristiana es una continua configuración con Cristo, imagen del hombre nuevo, para alcanzar la plena comunión con Dios. El Señor Jesús es «la luz del mundo» (Jn 8,12), porque en él «resplandece el conocimiento de la gloria de Dios» (2 Cor 4,6) que sigue revelando en la compleja trama de la historia cuál es el sentido de la existencia humana.

En el rito del Bautismo, la entrega de la vela, encendida en el gran cirio pascual, símbolo de Cristo resucitado, es un signo que ayuda a comprender lo que ocurre en el Sacramento. Cuando nuestra vida se deja iluminar por el misterio de Cristo, experimenta la alegría de ser liberada de todo lo que amenaza su plena realización. En estos días que nos preparan para la Pascua revivamos en nosotros el don recibido en el Bautismo, aquella llama que a veces corre peligro de apagarse. Alimentémosla con la oración y la caridad hacia el prójimo.

La liturgia de este día nos recuerda que Jesucristo es la Luz del mundo. De su mano podemos afrontar la vida y vencer todo lo que oscurece la conciencia y nos impide distinguir el bien del mal. Como hizo el siervo de Dios Juan Pablo II, os invito a identificaros cada vez más con el Señor y de este modo avanzar siempre por el camino de la verdad y de la auténtica alegría.

* * *

CRISTO ES EL CAMINO
HACIA LA LUZ, LA VERDAD Y LA VIDA
San Agustín, Tratado 34, 8-9, sobre el evangelio de san Juan

El Señor dijo concisamente: Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no camina en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida. Con estas palabras nos mandó una cosa y nos prometió otra. Hagamos lo que nos mandó y, de esta forma, no desearemos de manera insolente lo que nos prometió; no sea que tenga que decirnos el día del juicio: «¿Hiciste lo que mandé, para poder pedirme ahora lo que prometí?». «¿Qué es lo que mandaste, Señor, Dios nuestro?». Te dice: «Que me siguieras». Pediste un consejo de vida. ¿De qué vida sino de aquella de la que se dijo: En ti está la fuente de la vida?

Conque hagámoslo ahora, sigamos al Señor; desatemos aquellas ataduras que nos impiden seguirlo. Pero ¿quién será capaz de desatar tales nudos, si no nos ayuda aquel mismo a quien se dijo: Rompiste mis cadenas? El mimo de quien en otro Salmo se afirma: El Señor liberta a los cautivos, el Señor endereza a los que ya se doblan.

¿Y en pos de qué corren los liberados y los puestos en pie, sino de la luz de la que han oído: Yo soy la luz del mundo: el que me sigue no camina en tinieblas? Porque el Señor abre los ojos al ciego. Quedaremos iluminados, hermanos, si tenemos el colirio de la fe. Porque fue necesaria la saliva de Cristo mezclada con tierra para ungir al ciego de nacimiento. También nosotros hemos nacido ciegos por causa de Adán, y necesitamos que el Señor nos ilumine. Mezcló saliva con tierra; por ello está escrito: El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros. Mezcló saliva con tierra, pues estaba también anunciado: La verdad brota de la tierra; y Él mismo había dicho: Yo soy el camino, la verdad, y la vida.

Disfrutaremos de la verdad cuando lleguemos a verlo cara a cara, pues también esto se nos promete. Porque, ¿quién se atrevería a esperar lo que Dios no se hubiese dignado dar o prometer? Lo veremos cara a cara. El Apóstol dice: Ahora vemos confusamente en un espejo; entonces veremos cara a cara. Y Juan añade en su carta: Queridos, ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que, cuando se manifieste, seremos semejantes a Él, porque lo veremos tal cual es. Esta es una gran promesa.

Si lo amas, síguelo. «Yo lo amo -me dices-, pero ¿por qué camino lo sigo?». Si el Señor, tu Dios, te hubiese dicho: «Yo soy la verdad y la vida», y tú deseases la verdad y anhelaras la vida, sin duda que hubieras preguntado por el camino para alcanzarlas, y te estarías diciendo: «Gran cosa es la verdad, gran cosa es la vida; ojalá mi alma tuviera la posibilidad de llegar hasta ellas».

¿Quieres saber por dónde has de ir? Oye que el Señor dice primero: Yo soy el camino. Antes de decirte a donde, te dijo por donde: Yo soy el camino. ¿Y a dónde lleva el camino? A la verdad y a la vida. Primero dijo por donde tenías que ir, y luego a donde. Yo soy el camino, y la verdad, y la vida. Permaneciendo junto al Padre, es la verdad y la vida; al vestirse de carne, se hace camino.

No se te dice: «Trabaja por dar con el camino, para que llegues a la verdad y a la vida»; no se te ordena esto. Perezoso, ¡levántate! El mismo camino viene hacia ti y te despierta del sueño en que estabas dormido, si es que en verdad te despierta; levántate, pues, y anda.

A lo mejor estás intentando andar y no puedes, porque te duelen los pies. Y ¿por qué te duelen los pies?, ¿acaso porque anduvieron por caminos tortuosos, bajo los impulsos de la avaricia? Pero piensa que la Palabra de Dios sanó también a los cojos. «Tengo los pies sanos -dices-, pero no puedo ver el camino». Piensa que también iluminó a los ciegos.

* * *

EL EVANGELIO DE SAN FRANCISCO:
POBREZA Y ALEGRÍA
por Victoriano Casas García, OFM

«Dios, el solo bueno, piadoso, manso, suave y dulce»

Pobreza y alegría están unidas en la experiencia de Francisco al brotar de la misma disposición fundamental de fe ante Dios, el Sumo Bien, suma suficiencia, al que uno se abandona con adhesión personal y, por lo mismo, amorosa. De aquí surge la originalidad de vida y la felicidad franciscana: dichosos en una situación de pobreza, seguros sin apoyo alguno en esta tierra, trabajando sin el agobio de la paga y de la codicia, creando desde el no-poder un orden social y humano nuevos. La coherencia sencilla lleva a vivir la fe en las situaciones diversas del vivir cotidiano. Saberse amado de Dios puebla de gozo el corazón y la vida de Francisco. Felicidad, bien total, dulzura..., eso es Dios para Francisco. Dios es suficiente, basta a suficiencia, el resto sobra.

Las cosas continúan siendo necesarias para la vida humana, pero han sido, por lo mismo, ya relativizadas. Dios es la felicidad, porque Él es lo más que le puede pasar a uno. Todo lo demás es un añadido. Francisco afirma y canta a cada paso la exclusividad de Dios: «Ninguna otra cosa deseemos, ninguna otra queramos, ninguna otra nos plazca y deleite, sino nuestro Creador y Redentor y Salvador, el solo verdadero Dios, que es pleno bien, todo bien, total bien, verdadero y sumo bien, que es el solo bueno, piadoso, manso, suave y dulce, que es el solo santo, justo, verdadero, santo y recto, que es el solo benigno, inocente, puro, de quien y por quien y en quien es todo el perdón, toda la gracia, toda la gloria de todos los penitentes y de todos justos, de todos los bienaventurados que gozan juntos en los cielos» (1 R 23,9).

Si Dios es el único señor, nadie puede ejercer dominio sobre nadie. Francisco no contempla esto como conclusiones o propuestas ascéticas, sino como evidencias sencillas del Evangelio: «Y ninguno se llame prior, sino todos sin excepción llámense hermanos menores. Y el uno lave los pies del otro» (1 R 6,3-4; Jn 13,14). «Igualmente, ninguno de los hermanos tenga en cuanto a esto potestad o dominio, máxime entre ellos» (1 R 5,9). El problema y el movimiento de igualdad se forma, en general, de abajo arriba mediante un esfuerzo de promoción de uno mismo y de abajamiento de los demás. En la minoridad franciscana el movimiento es «al revés»: de arriba a abajo. Y esto simplemente porque ante la infinita altura del Altísimo, omnipotente, buen señor, todos se sienten pequeños y sin relieve alguno. Desaparecen así los complejos neuróticos de superioridad e inferioridad. Esta inversión de cosas es una exigencia evidente de una fe vivida en simplicidad, realizable, como lo ha mostrado Francisco.

La misma realidad se verifica en la obediencia. Porque Dios es el Señor, su voluntad se convierte en una obsesión para Francisco. La obediencia no es tanto una actitud con vistas a la comunidad, como una actitud en relación con Dios. Es una sensibilidad hacia su gloria y hacia su querer. Siendo esto así, la obediencia no se limita a los superiores, sino que se da allí donde se manifiesta la voluntad de Dios: obediencia de los hermanos unos hacia otros (obediencia fraterna recíproca): «Sírvanse y obedézcanse los hermanos unos a otros de buen grado» (1 R 5,14). Obediencia a toda criatura humana: «... no promuevan disputas y controversias, sino que se sometan a toda humana criatura por Dios y confiesen que son cristianos» (1 R 16,6). Obediencia a las criaturas irracionales y a los acontecimientos: «Y ruego al hermano enfermo que por todo dé gracias al Creador; y que desee estar tal como el Señor le quiere, sano o enfermo...» (1 R 10,3).














No hay comentarios:

Publicar un comentario