lunes, 17 de julio de 2017

Año Cristiano Franciscano

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DÍA 18 DE JULIO

 


SAN SIMÓN DE LIPNICA. Nació en Lipnica Murowana (Polonia) entre 1435 y 1440. Desde niño destacó por su devoción a la Virgen y su afición al estudio. En 1454 fue a estudiar a Cracovia. Atraído por el ejemplo y la predicación de san Juan de Capistrano, que acababa de fundar en la ciudad el convento de San Bernardino, ingresó en la Orden franciscana el año 1457, y, terminados los estudios, recibió la ordenación sacerdotal hacia 1460. Se dedicó a la predicación, con palabra llena de fe, de sabiduría y de ponderación, reflejo de su vida de oración y del estudio de la Escritura. Como sus maestros Bernardino y Juan, fue un propagador de la devoción al Nombre de Jesús. Peregrinó a Tierra Santa, con la ilusión de dar la vida por la fe. En 1482 la peste asoló Cracovia. Simón se entregó al cuidado de los apestados; él mismo resultó contagiado y murió el 18 de julio de 1482. Lo canonizó Benedicto XVI el año 2007.

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San Arnulfo de Metz. Nació cerca de Nancy (Francia), de familia noble, hacia el año 582. Entró en la corte de Teodeberto, rey de Austrasia, contrajo matrimonio y tuvo dos hijos. El año 614, a pesar de su condición de laico, cuando aspiraba a la vida religiosa, fue elegido obispo de Metz. Continuó siendo consejero del rey Clotario II y tutor de su hijo Dagoberto, futuro rey. Gobernó bien su diócesis, pero le atraía más la vida religiosa y, en el 629, se retiró al monasterio de Habend (llamado después Remiremont) en la cordillera de los Vosgos, donde murió el año 641.

San Bruno de Segni. Nació en Asti (Italia) hacia el año 1049. Estudió en Bolonia y fue canónigo de la catedral de Siena. En Roma se enfrentó, delante del papa, al hereje Berengario. El año 1080, Gregorio VII lo nombró obispo de Segni (Lazio). Luchó contra las investiduras y las elecciones simoníacas. Acompañó a Urbano II en su viaje a Francia, y asistió a los concilios de Clermont y de Tours. A su regreso, lo encarceló el señor de Segni; consiguió huir y marchó a Montecasino, donde el año 1107 lo eligieron abad. Pocos años después regresó a Segni, donde murió en 1123.

Santo Domingo Nicolás Dinh Dat. Nació en Vietnam y de joven se enroló en el ejército, que entonces era tolerante con los cristianos. Llegó la persecución y se exigió a los cristianos que apostataran. Algunos lo hicieron, pero Domingo y dos compañeros, Agustín y Nicolás, se mantuvieron firmes en su fe a pesar de las torturas. Los drogaron y, drogados, pisotearon la cruz, por lo que fueron declarados oficialmente apóstatas. Cuando se recuperaron, proclamaron repetidamente ante las máximas autoridades su firmeza en la fe. Por fin los martirizaron. A domingo lo decapitaron en Nam Dinh (Vietnam) el año 1839.


San Emiliano de Doróstoro. Desobedeciendo los edictos del emperador Juliano el Apóstata y haciendo caso omiso de las amenazas de su vicario Catulino, se negó a adorar a los dioses y derribó el altar de los ídolos para impedir los sacrificios, por lo que fue arrojado vivo a un horno ardiente. Esto sucedió en Silistra de Mesia (en la actual Bulgaria) el año 362.

San Federico de Urecht. Era sacerdote en el clero de Utrecht y encargado de los conversos al cristianismo cuando, el año 825, fue elegido obispo de Utrecht (Holanda). No sólo se preocupó de atender a sus fieles, sino también de llevar el Evangelio a quienes, entre los Frisones, aún no lo había recibido, para lo que envió misioneros al norte de los actuales Países Bajos. Murió en Utrecht de forma violenta el año 838. Rabano Mauro lo alabó por sus estudios sobre la Sagrada Escritura.

San Filastrio. Fue obispo de Brescia (Italia), y murió a finales del siglo IV. San Gaudencio, su sucesor, alabó su vida y su muerte en un sermón.

San Materno. Fue obispo de Milán (Italia) en el siglo IV. Alcanzada la paz de la Iglesia, trasladó con gran solemnidad desde Lodi a Milán los cuerpos de los mártires Nabor y Félix.

San Rufilo. Fue obispo de Forlimpopoli, región de Emilia (Italia), en el siglo V. Parece haber sido el primer obispo que gobernó esta Iglesia, y que ganó para Cristo a la entera población rural.

Santa Sinforosa y compañeros mártires. Los santos mártires Sinforosa y sus siete compañeros: Crescente, Julián, Nemesio, Primitivo, Justino, Estacteo y Eugenio, padecieron diversos modos de tortura en la Vía Tiburtina, noveno miliario de la ciudad de Roma, en una fecha desconocida del siglo III/IV.

Santa Teodosia de Constantinopla. Nació en Constantinopla a finales del siglo VII. De pequeña quedó huérfana de padre, y su madre la llevó consigo al monasterio en el que ingresó. Cuando murió su madre, vendió los bienes que le había dejado y repartió el producto entre los pobres. Hizo una oposición activa contra los iconoclastas y participó en las manifestaciones callejeras contra los mismos. El año 729, cuando León III Isáurico mandó derribar una estatua de Cristo, capitaneó un grupo de mujeres que trataron de impedirlo. Un día apareció muerta, y la Iglesia la tiene por mártir.

Beato Juan Bautista de Bruxelles. Nació en Saint-Léonard, región de Lemosín (Francia), el año 1734. Se ordenó de sacerdote y se dedicó al ministerio pastoral en la diócesis de Limoges. A finales de 1792, llegada la Revolución Francesa, lo detuvieron y encarcelaron por negarse a prestar los juramentos que se le exigían y que él consideraba incompatibles con las exigencias de su fe. Estaba enfermo y tenía muchos achaques. En marzo de 1794 lo encerraron en una de las nave-prisión que tenía la Revolución en la costa de Rochefort. Cuatro meses después murió consumido por el escorbuto.

Beata Tarcisia (Olga) Mackiv. Nació en Ucrania el año 1919. En 1940 hizo su profesión religiosa en la Congregación de las Esclavas de María Inmaculada. La destinaron a Krystonopol (Polonia), y allí, el 18 de julio de 1944, llamó a la puerta del convento un soldado soviético. Tarcisia, creyendo que sería el capellán, al que estaban esperando, le abrió, y el soldado, apenas la vio, le disparó a bocajarro causándole la muerte en el acto. Al día siguiente, el soldado volvió al convento y manifestó sin rubor alguno que le había disparado porque era una monja católica.



PARA TENER EL ESPÍRITU DE ORACIÓN Y DEVOCIÓN

Pensamiento bíblico:

«Señor, no me corrijas con ira, no me castigues con cólera. Señor mío, todas mis ansias están en tu presencia, no se te ocultan mis gemidos; siento palpitar mi corazón, me abandonan las fuerzas, y me falta hasta la luz de los ojos. No me abandones, Señor, Dios mío, no te quedes lejos; ven aprisa a socorrerme, Señor mío, mi salvación» (cf. Salmo 37).

Pensamiento franciscano:

Así dice san Francisco en su Carta a todos los fieles: «Hagamos frutos dignos de penitencia. Y amemos al prójimo como a nosotros mismos. Y si alguno no quiere o no puede amarlo como a sí mismo, al menos no le cause mal, sino que le haga bien» (2CtaF 25-27).

Orar con la Iglesia:

Elevemos nuestra oración a Dios Padre, de quien procede la reconciliación y el perdón de los pecados:

-Para que la Iglesia sea siempre la casa paterna en la que también los hijos pródigos encuentren amor y acogida.

-Para que la Iglesia sea en toda situación instrumento y espacio de reconciliación y pacificación entre los hombres.

-Para que los cristianos, a la hora de perdonar, seamos fiel imagen del Dios del perdón.

-Para que los ofendidos perdonemos con la generosidad y benevolencia con que Dios nos perdona.

-Para que los contemplativos como María y los activos como Marta, tengan en la Iglesia su hogar acogedor.

Oración: Concédenos, Padre de bondad, vivir siempre reconciliados y en paz contigo, con nosotros mismos y con nuestros hermanos. Te lo pedimos por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

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LAS HERMANAS MARTA Y MARÍA
Benedicto XVI, Ángelus del día 18 de julio de 2010

Queridos hermanos y hermanas:

Estamos ya en pleno verano, al menos en el hemisferio boreal. Es el tiempo en el que cierran las escuelas y se concentran la mayor parte de las vacaciones. También las actividades pastorales de las parroquias se reducen y yo mismo he suspendido las audiencias por un período. Es por lo tanto un momento favorable para dar el primer lugar a lo que efectivamente es más importante en la vida, o sea, la escucha de la Palabra del Señor. Así lo recuerda también el Evangelio de este domingo (XVI TO-C), con el célebre episodio de la visita de Jesús a casa de Marta y María, narrado por san Lucas (10,38-42).

Marta y María son dos hermanas; tienen también un hermano, Lázaro, quien en este caso no aparece. Jesús pasa por su pueblo y -dice el texto- Marta lo recibió. Este detalle da a entender que, de las dos, Marta es la mayor, quien gobierna la casa. De hecho, después de que Jesús entró, María se sentó a sus pies a escucharle, mientras Marta está completamente ocupada en muchos servicios, debidos ciertamente al Huésped excepcional. Nos parece ver la escena: una hermana se mueve atareada y la otra como arrebatada por la presencia del Maestro y sus palabras.

Poco después, Marta, evidentemente molesta, ya no aguanta y protesta, sintiéndose incluso con el derecho de criticar a Jesús: «Señor, ¿no te importa que mi hermana me deje sola en el trabajo? Dile, pues, que me ayude». Marta quería incluso dar lecciones al Maestro. En cambio Jesús, con gran calma, responde: «Marta, Marta -y este nombre repetido expresa el afecto-, te preocupas y te agitas por muchas cosas; y hay necesidad de pocas, o mejor, de una sola. María ha elegido la parte buena, que no le será quitada» (Lc 10,41-42). La palabra de Cristo es clarísima: ningún desprecio por la vida activa, ni mucho menos por la generosa hospitalidad; sino una llamada clara al hecho de que lo único verdaderamente necesario es otra cosa: escuchar la Palabra del Señor; y el Señor en aquel momento está allí, ¡presente en la Persona de Jesús! Todo lo demás pasará y se nos quitará, pero la Palabra de Dios es eterna y da sentido a nuestra actividad cotidiana.

Queridos amigos: como decía, esta página del Evangelio es especialmente adecuada al tiempo de vacaciones, pues recuerda el hecho de que la persona humana debe trabajar, sí; empeñarse en las ocupaciones domésticas y profesionales; pero ante todo tiene necesidad de Dios, que es luz interior de amor y de verdad. Sin amor, hasta las actividades más importantes pierden valor y no dan alegría. Sin un significado profundo, toda nuestra acción se reduce a activismo estéril y desordenado. Y ¿quién nos da el amor y la verdad sino Jesucristo? Por eso aprendamos, hermanos, a ayudarnos los unos a los otros, a colaborar, pero antes aún a elegir juntos la parte mejor, que es y será siempre nuestro mayor bien.

[Después del Ángelus] La liturgia de hoy nos enseña que nuestra amistad con Cristo pide una escucha atenta de su Palabra, que lleve a la contemplación de su Misterio y al servicio del prójimo. Encontrad más tiempo, sobre todo en vuestras vacaciones, para leer y meditar la Palabra de Dios, que es alimento de nuestra alma y fuerza regeneradora de nuestra existencia.

Quien acoge a Dios como huésped, quien le deja entrar en su vida, recibe de él ricos dones. Esto es lo que descubren Abrahán, de quien nos habla la primera lectura de este domingo, y Marta y María en el Evangelio de hoy. El Señor quiere venir también a nuestra vida para ofrecernos su Palabra viva, su presencia y su amistad. No cerremos la puerta a este ofrecimiento del amor de Dios. Dejémonos, en cambio, transformar para colaborar en su reino de paz y de justicia para todo el mundo.

Siguiendo el Evangelio de hoy, invito a todos a ser bien conscientes de que sólo una cosa es necesaria, Dios mismo, así como a escuchar y practicar la Palabra del Señor, para que se fortalezca nuestra esperanza y crezca nuestro amor. Que María nos acompañe y nos ayude en este camino de fe.

Como María y Marta en el Evangelio de hoy, abramos a Jesús nuestras casas, nuestros corazones; escuchemos sus palabras. Esta es la «parte buena», la que da sentido a nuestra vida. Que Dios nos dé la fuerza para buscarla.

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SOBRE LA VIDA ACTIVA Y LA VIDA CONTEMPLATIVA
San Gregorio Magno, Homilías sobre el libro
del profeta Ezequiel (Lib 2, Hom 2, 8-9)

La vida activa consiste en dar pan al hambriento, enseñar la sabiduría al ignorante, corregir al que yerra, reconducir al soberbio al camino de la humildad, cuidar al enfermo, proporcionar a cada cual lo que le conviene y proveer los medios de subsistencia a los que nos han sido confiados.

La vida contemplativa, en cambio, consiste, es verdad, en mantener con toda el alma la caridad de Dios y del prójimo, pero absteniéndose de toda actividad exterior y dejándose invadir por solo el deseo del Creador, de modo que ya no encuentre aliciente en actuar, sino que, descartada cualquier otra preocupación, el alma arda en deseos de ver el rostro de su Creador, hasta el punto de que comienza a soportar con hastío el peso de la carne corruptible y apetecer con todo el dinamismo del deseo unirse a los coros angélicos que entonan himnos, confundirse entre los ciudadanos del cielo y gozarse en la presencia de Dios de la eterna incorrupción.

Buen modelo de estos dos tipos de vida fueron aquellas dos mujeres, a saber, Marta y María, de la cuales una se multiplicaba para dar abasto con el servicio, mientras la otra, sentada a los pies del Señor, escuchaba las palabras de su boca. Como Marta se quejase de que su hermana no se preocupaba de echarle una mano, el Señor le contestó: Marta, Marta: andas inquieta y nerviosa con tantas cosas; sólo una es necesaria. María ha escogido la parte mejor, y no se la quitarán. Fíjate que no se reprueba la parte de Marta, pero se alaba la de María. Ni se limita a decir que María ha elegido la parte buena, sino la parte mejor, para indicar que también la parte de Marta era buena. Y por qué la parte de María sea la mejor, lo subraya a continuación diciendo: Y no se la quitarán.

En efecto, la vida activa acaba con la muerte. Pues ¿quién puede dar pan al hambriento en la patria eterna, en la que nadie tendrá hambre? ¿Quién puede dar de beber al sediento, si nadie tiene sed? ¿Quién puede enterrar a los muertos, si nadie muere? Por tanto, mientras la vida activa acaba en este mundo, la vida contemplativa, iniciada aquí, se perfecciona en la patria celestial, pues el fuego del amor que aquí comienza a arder, a la vista del Amado, se enardece todavía en su amor.

Así pues, la vida contemplativa no cesará jamás, pues logra precisamente su perfección al apagarse la luz del mundo actual.

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EL EVANGELIO DE SAN FRANCISCO:
POBREZA Y ALEGRÍA
por Victoriano Casas García, OFM

La alegría y generosidad de Francisco

La alegría junto con la pobreza son las dos características espirituales de la concepción franciscana de la vida. Francisco fue un joven «alegre y generoso» (TC 2). La simplicidad es la fuente de donde bebe su agua el gozo profundo y permanente, que es el rostro puro de la alegría. Y Francisco fue un hombre simple, a la vez que dotado de una intensa emotividad: gozaba con una flor, temía ser incomprendido, tenía una sensibilidad extremadamente vulnerable, manifestaba antipatías y simpatías, con gusto se mostraba compasivo y servicial, era siempre veraz y auténtico, dispuesto siempre a dar a todo aquel que le pidiese por amor de Dios. Alegre, jovial, espontáneo en sus reacciones y firme en sus decisiones tomadas.

De carácter apasionado, dominado por la emotividad, fue un ideal-pasión el que unificó todas sus energías emotivas, llevándole al manantial puro de la simplicidad, del que brotaba cristalina y fresca la alegría. Es sensible a los colores y a los vestidos preciosos. En su juventud gustaba con agrado los platos exquisitos. Todavía, despojado, libre y enfermo, antes de morir, desea comer un dulce que le preparaba la señora fray Jacoba. Junto a sus manifestaciones de profunda bondad tenía signos de gran ternura.

Tenía su personalidad un rasgo fundamental, que manifestó con frecuencia en su vida: el sentido de lo concreto, que lo hacía alejarse de toda abstracción y de toda evasión, del teorizar y del huir del compromiso. «Y éramos iletrados», dice en su Testamento.

La seducción de Dios, en el encuentro con Cristo pobre, llevó a Francisco a la conversión absoluta. Este acontecimiento radical y determinante produjo en él un cambio de valores, sin causar, con todo, trastorno alguno en la estructura de su carácter. Su emotividad ardiente seguía tan viva; ahora ya unificada y centrada en el ideal-pasión, merced a las revelaciones del Señor y a sus esfuerzos, hace que Francisco se afirme cada día con más seguridad. Un día, estando en el castillo de Montefeltro, «donde a la sazón se estaba celebrando un gran convite y cortejo con ocasión de ser armado caballero uno de los condes..., al enterarse Francisco de que había allí tal fiesta y de que se habían reunido muchos nobles de diversos países, dijo al hermano León: "Subamos a esta fiesta; puede ser que, con la ayuda de Dios, hagamos algún fruto espiritual..."; lleno de fervor y espíritu, se subió a un poyo y se puso a predicar, proponiendo este tema en lengua vulgar: Es tanto el bien que espero, que toda pena es para mí un placer» (Ll 1). Este tema era una canción de trovadores.

Este sumo bien para Francisco no es un ideal abstracto; es el Dios vivo, del que él oyó su voz ante el Crucifijo de San Damián. Este hombre en verdad se siente conquistado, «alcanzado» por Jesucristo. Todos los elementos de su persona entran en un proceso de unificación y de reconciliación. Su emotividad ha sido hondamente afectada y su coraje y espontaneidad le llevan a entregarse a lo que Cristo le va revelando: «Y al apartarme de los leprosos, aquello que me parecía amargo, se me convirtió en dulzura del alma y del cuerpo; y después me detuve un poco, y salí del siglo» (Tes 3).

Francisco no soportaba las contradicciones. Ahora se siente lleno de gozo cuando lo llaman loco: «Soy el pregonero del gran Rey»; «Descansa, rústico pregonero de Dios», le replican los ladrones (1 Cel 16). Su espíritu se va poco a poco simplificando y purificando, al tiempo que su gozo va creciendo. Él, que era un ambicioso de vanagloria, ahora sólo lo es de pobreza y humildad: «Y después que el Señor me dio hermanos, nadie me ensañaba qué debía hacer, sino que el Altísimo mismo me reveló que debía vivir según la forma del santo Evangelio... Y aquellos que venían a tomar esta vida, daban a los pobres todo lo que podían tener; y estaban contentos con una túnica, el cordón y los paños menores. Y no queríamos tener más» (Test 14-17). Ya no se preocupa de vestidos preciosos y de platos exquisitos; al contrario, ni siquiera desea juzgar y tanto menos condenar a gente que vive así: «Amonesto y exhorto a todos mis hermanos que no desprecien ni juzguen a los hombres que ven vestidos de telas suaves y de colores, usar manjares y bebidas delicadas, sino más bien que cada uno se juzgue y desprecie a sí mismo» (2 R 2,17).






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