viernes, 14 de julio de 2017

Año Cristiano Franciscano



DÍA 15 DE JULIO

 

SAN BUENAVENTURA, obispo y doctor de la Iglesia. Nació hacia el año 1218 en Bagnoregio, junto a Viterbo (Italia). Se dice que de niño había sido curado de una grave enfermedad por intercesión de san Francisco. De joven ingresó en la Orden franciscana. Estudió filosofía y teología en París y, obtenido el doctorado, las enseñó en la misma Universidad. Junto con santo Tomás reivindicó el derecho de los mendicantes a la docencia y al apostolado. Elegido general de su Orden en 1257, la gobernó con prudencia y sabiduría, convirtiéndose en una especie de segundo fundador. Nombrado obispo y cardenal de la diócesis de Albano, trabajó con gran empeño en la unión de las Iglesias de Oriente y de Occidente en el Concilio II de Lyón, ciudad en la que murió el 15 de julio de 1274. Nos legó numerosas obras teológicas y filosóficas, espirituales y místicas, luminosas y llenas de unción, que le merecieron el título de Doctor Seráfico. En la historia franciscana ha sido de particular importancia su «Leyenda mayor», biografía oficial de san Francisco, en la que se inspiró Giotto. -Oración: Dios todopoderoso, concede a cuantos hoy celebramos la fiesta de tu obispo san Buenaventura la gracia de aprovechar su admirable doctrina e imitar los ejemplos de su ardiente caridad. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.




SAN PEDRO NGUYEN BA TUAN. Nació en Vietnam de familia pagana el año 1763. Se convirtió al cristianismo por su trato con los misioneros dominicos. Hizo los estudios eclesiásticos, se ordenó de sacerdote y durante treinta años ejerció de manera ejemplar el sagrado ministerio en diferentes destinos. Cuando llegó la persecución del emperador Minh Mang, acudió a visitar a san José Fernández que estaba enfermo y, corriendo muchos riesgos, buscó refugio para ambos en otro Vicariato. Fueron bien acogidos, pero el pagano en cuya casa se hospedaron los delató esperando una recompensa. A José lo martirizaron días después. A Pedro lo detuvieron y lo torturaron para que apostatara. Murió el 15 de julio de 1838 en la cárcel de Nam Dinh exhausto por el hambre y los malos tratos. Cuando el juez le mandó pisar la cruz para salvar la vida, Pedro le dijo: «Ciertamente soy viejo y débil, pero la fuerza de Dios me ayudará a sufrir los tormentos y la misma muerte. Yo no piso la santa cruz. Sólo deseo que llegue el momento de derramar mi sangre por el Señor del cielo, cuya religión es la única verdadera».



BEATOS IGNACIO DE AZEVEDO Y 39 COMPAÑEROS MÁRTIRES. Son en total 40 mártires jesuitas portugueses, asesinados por los piratas calvinistas en aguas de las Islas Canarias el 15 de julio de 1570, cuando se dirigían a Brasil como misioneros. Ignacio nació en Oporto (Portugal) el año 1527. Ingresó en la Compañía de Jesús y se ordenó de sacerdote. San Francisco de Borja lo envió a Brasil como visitador. Cumplida su misión, Ignacio informó a su general de las posibilidades misioneras de aquel país. San Francisco lo nombró provincial de Brasil e Ignacio reunió un grupo de jesuitas, la mayoría jóvenes estudiantes, novicios y un postulante, y zarpó con ellos de Lisboa en la nave Santiago el 5 de junio de 1570. En alta mar se vieron rodeados por los hugonotes, que abordaron la nave Santiago y mataron con lanzas y espadas a todos los religiosos. Estos son sus nombres: Ignacio de Azevedo, Diego de Andrade, Gonzalo Henriques, Antonio Soares, Benito de Castro, Juan Fernandes, Manuel Álvares, Francisco Álvares, Juan de Mayorga, Esteban Zudaire, Alfonso de Baena, Domingo Fernandes, otro Juan Fernandes, Alejo Delgado, Luis Correia, Manuel Rodrigues, Simón Lopes, Manuel Fernandes, Álvaro Mendes, Pedro Nunes, Luis Rodrigues, Francisco de Magalhaes, Nicolás Dinis, Gaspar Álvares, Blas Ribeiro, Antonio Fernandes, Manuel Pacheco, Pedro de Fontoura, Andrés Gonçalves, Mauro Vaz, Diego Pires, Marco Caldeira, Antonio Correia, Fernando Sánchez, Gregorio Escrivano, Francisco Pérez de Godoy, Juan de Zafra, Juan de San Martín, y un tal Juan.

* * *

San Abudemio. Fue martirizado en la pequeña isla de Ténedos, en el mar Egeo, frente a las costas del Helesponto, en el siglo IV.

San Andrés Nguyen Kim Thong Nam . Nació en Vietnam el año 1790. Obtuvo el diploma de catequista y ejerció su cargo con tanta responsabilidad, que lo nombraron responsable de todos los catequistas del distrito misional de Binh-Dinh. Además, por su prestigio lo nombraron alcalde de su pueblo, con lo que pudo detener muchos ataques contra los cristianos. Un sobrino suyo lo denunció como cristiano. Lo arrestaron y en el juicio confeso su fe y se negó a apartarse de ella. Lo desterraron. Tuvo que hacer el largo camino a pie, con la canga (instrumento chino de suplicio) y cadenas. Murió exhausto en el viaje el año 1855, siendo emperador Tu Duc.

San Ansuero y 28 compañeros mártires. Ansuero pertenecía a la nobleza alsaciana, vistió el hábito benedictino y lo eligieron abad de su monasterio. El 15 de julio del año 1066, él y 28 monjes de la comunidad benedictina de St. Georgenberg, junto a Ratzenburg (Alemania), fueron lapidados hasta la muerte por una tribu de los Vendos, que eran paganos y se sublevaron contra la tarea evangelizadora que llevaban a cabo los monjes.

San Atanasio de Nápoles. Fue obispo de Nápoles (Italia). Las insidias de su impío sobrino Sergio lo hicieron sufrir mucho, hasta verse incluso expulsado de su sede episcopal. Marchó a los Montes Ernici en la región del Lazio y murió en Veroli el año 872 sumido en la miseria.

Santos Catulino y compañeros mártires. Catulino era diácono y el año 303 fue martirizado en Cartago (en la actual Túnez) junto con otros cristianos, que reposan en la basílica de Fausto. San Agustín dedicó uno de sus sermones a san Catulino.

San David de Vasteras. Era un monje inglés que, llevado de su deseo de perfección, estuvo tiempo en Cluny. Se prestó voluntario para evangelizar en Suecia, donde se le encomendó la parte central del país. Elegido obispo de Vasteras, levantó allí un monasterio, que fue su cuartel general para el desarrollo de su apostolado. Se acreditó por sus palabras, sus buenas obras y también, según se dice, por los milagros. Murió a edad avanzada en su monasterio el año 1082.

Santos Eutropio, Zósima y Bonosa . Por los restos arqueológicos de los siglos IV-V sabemos que Zósima y Bonosa eran hermanas, y que los tres sufrieron el martirio en Porto Romano, junto a lo que hoy es Fiumicino, cerca de Roma.

San Felipe de Alejandría. En el siglo IV fueron martirizados en Alejandría, ciudad de Egipto, san Felipe y diez niños.

San Félix de Tubzak. El emperador Diocleciano, en su primer decreto de persecución contra la Iglesia, mandaba destruir los templos y los libros sagrados. Cuando en África se procedió a la ejecución del decreto, se pidió a san Félix, obispo de Tubzak, que entregara los códices de la comunidad cristiana para quemarlos. Él se negó: «Antes preferiría que me quemaran vivo a mí, que no las Escrituras divinas». Lo encarcelaron y lo torturaron para que obedeciera al emperador, pero su respuesta fue siempre: «Vale más obedecer a Dios que a los hombres». Después de permitir a Félix dirigir su oración a Dios, lo degollaron en Cartago (Túnez) el año 303.

San Gumberto. Fundó el monasterio de Ansbach (Alemania), su ciudad natal. Fue abad y corepíscopo y murió en su monasterio hacia el año 790.

San José Estudita de Tesalónica. Nació en Constantinopla de una familia en la que abundaron los frutos de santidad; fue perseguida por el emperador Constancio VI y tuvo que protegerse del avance de los árabes. José abrazó la vida monástica y en ella compuso muchos himnos para la liturgia. El año 806 fue designado obispo de Tesalónica. Tuvo que sufrir mucho por defender la disciplina eclesiástica y la santidad de vida, y por oponerse a los iconoclastas que pretendían suprimir el culto a las sagradas imágenes. Pasó muchos años en el destierro y murió de hambre en Tesalia (Grecia) el año 832, por lo que es tenido por mártir.

San Plequelmo. Era originario de Inglaterra y, como obispo misionero, anunció el Evangelio a los pueblos de Roermond, a orillas del río Mosa, en territorio de la actual Holanda. Murió hacia el año 713.

San Pompilio María Pirrotti . Nació en Montecalvo Irpino (Italia) el año 1710. Superando la oposición paterna, ingresó en la Orden de las Escuelas Pías, en la que se ordenó de sacerdote en 1732. Como buen escolapio se dedicó a la enseñanza de las letras y a la educación de la juventud en los colegios a que lo destinaron. Además, fue un apóstol asiduo en la predicación de la palabra de Dios y en la atención del confesonario. Pronto adquirió fama de santo y de taumaturgo, pero no se libró de la malevolencia y de la calumnia de algunos que consiguieron que le retiraran la licencia de confesar y que lo mandaran fuera de Nápoles. Fue apóstol de la devoción al Corazón de Jesús. Murió en Campi Salentina (Apulia) el año 1766.

San Santiago de Nísibe. Era un monje sirio y, alrededor del año 308, fue nombrado primer obispo de la ciudad de Nísibe, en Mesopotamia (Turquía). Desarrolló una gran labor en la consolidación y extensión del cristianismo en su área. Levantó una basílica para la reunión de los fieles y abrió una escuela teológica. Participó en el Concilio de Nicea del año 325, en el que combatió el arrianismo y defendió la divinidad de Jesucristo. Murió el año 338.

San Vladimiro el Grande o de Kiev . Nació hacia el año 960 y era nieto de santa Olga. El año 979-980 logró por completo el principado de Kiev. El emperador Basilio II, que lo había ayudado, le ofreció la mano de su hermana, pero a condición de que abrazara el cristianismo. Vladimiro se convirtió y se tomó muy en serio su nueva religión. Puso empeño en difundir entre los pueblos que le estaban sujetos la recta fe católica. Murió en Kiev (en la actual Ucrania) el año 1015.

Beata Ana María Javouhey. Nació en Jallongers (Francia) el año 1779. Durante la Revolución Francesa recibió formación cristiana en la clandestinidad. A partir de 1798 se dedicó a la atención de niños abandonados y de enfermos. Intentó entrar en religión, pero no lo consiguió. Presentó al papa Pío VII su proyecto de una nueva comunidad religiosa, y con su aprobación fue dando los pasos que la llevaron a fundar, en Cluny, la Congregación de las Hermanas de San José de Cluny, que se dedican al cuidado de enfermos y a la formación cristiana de la juventud femenina. La Congregación se extendió rápidamente por Francia y por tierras de misión. Murió en París el año 1851.

Beato Antonio Beszta-Borowski. Nació en Polonia el año 1880. Estudió en el seminario de Vilna y se ordenó de sacerdote en 1904. Pasó por varias parroquias y, cuando estalló la II Guerra Mundial, lo nombraron Vicario general de la zona de la diócesis de Pinsk ocupada sucesivamente por soviéticos y nazis. El 15 de julio de 1943 fue detenido por la Gestapo junto con otros sacerdotes y seglares, y aquel mismo día los fusilaron en el término de Bielsk Podlaski (Polonia).

Beato Bernardo II de Baden. Nació en Baden (Alemania) el año 1428. Fue margrave o marqués de Baden, un verdadero caballero cruzado, idealista y desprendido, sin más afán que salvar a la Cristiandad frente al avance del Islam. Era notoria su lealtad y honestidad, su devoción a la Virgen y su religiosidad. En 1453 Constantinopla cayó en poder de los turcos. El emperador le encargó que visitara las cortes europeas para organizar una cruzada. Después de dejar Turín, camino de Roma, se contagió de una epidemia y murió en el convento franciscano de Moncalieri (Piamonte) el año 1458.

Beato Ceslao de Cracovia. Nació en Silesia hacia el año 1180. Se educó en Cracovia, París y Bolonia. Se ordenó de sacerdote, y siendo canónigo de Cracovia acompañó a su obispo a Roma. Allí conoció a santo Domingo, quien lo recibió en su Orden. El santo fundador le mandó que volviera a su patria con el encargo de establecer en ella la Orden. Durante el regreso fundó casas en Praga, y luego en Cracovia, Wroclaw, etc. Elegido provincial, consolidó la presencia de los dominicos en Polonia. Fue un varón santo y un acreditado director espiritual. Murió en Wroclaw el año 1242.

Beato Miguel Bernardo Marchand. Nació en El Havre el año 1749. Ordenado de sacerdote, se dedicó al ministerio parroquial hasta que, llegada la Revolución Francesa, se negó a prestar el juramento constitucional, por lo que fue privado de su cargo. Más tarde lo detuvieron en Rouen y, acusado de refractario, lo encerraron en la nave Les Deux Associés, anclada frente a Rochefort, donde estuvo cuidando de sus hermanos de prisión hasta que falleció en 1794 por las inhumanas condiciones del lugar y la enfermedad.



PARA TENER EL ESPÍRITU DE ORACIÓN Y DEVOCIÓN

Pensamiento bíblico:

De la Carta a los Romanos: «Lo invisible de Dios, su eterno poder y su divinidad, son perceptibles para la inteligencia a partir de la creación del mundo a través de sus obras; de modo que son inexcusables, pues, habiendo conocido a Dios, no lo glorificaron como a Dios ni le dieron gracias; todo lo contrario, se ofuscaron en sus razonamientos, de tal modo que su corazón insensato quedó envuelto en tinieblas. Alardeando de sabios, resultaron ser necios» (Rom 1,20-22).

Pensamiento franciscano:

De una oración solemne de san Francisco: «Omnipotente, santísimo, altísimo y sumo Dios, Padre santo y justo, por ti mismo te damos gracias, porque, por tu santa voluntad y por medio de tu único Hijo con el Espíritu Santo, creaste todas las cosas espirituales y corporales, y a nosotros, hechos a tu imagen y semejanza, nos pusiste en el paraíso» (1 R 23,1).

Orar con la Iglesia:

Glorifiquemos a Cristo, camino, verdad y vida, que nos invita a una vida santa, siguiendo su ejemplo.

-Señor Jesús, que viniste al mundo no para que te sirvieran sino para servir, haz que sepamos servirte a ti y a nuestro hermanos con amor y humildad.

-Señor Jesús, que nos quieres sal de la tierra y luz del mundo, afianza nuestra fe y purifica nuestra religiosidad.

-Señor Jesús, que en los santos pastores nos has revelado tu misericodia y tu amor, haz que por ellos llegue a nosotros tu acción misericordiosa.

-Señor Jesús, hecho pan de vida para los redemidos, haz que, confortados con el aliento de tu palabra y de tu eucaristía, permanezcamos llenos de salud espiritual.

Oración: Señor Jesús, te pedimos que la meditación asidua de tu doctrina nos enseñe a cumplir, de palabra y de obra, lo que a ti te complace. Tú, que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.

* * *

SAN BUENAVENTURA
De la catequesis de S. S. Benedicto XVI
en la audiencia general del miércoles 3 de marzo de 2010

San Buenaventura nació probablemente en 1217 y murió en 1274. Se llamaba Giovanni da Fidanza. Un episodio que sucedió cuando todavía era un muchacho marcó profundamente su vida, como él mismo relata. Se veía afectado por una grave enfermedad y ni siquiera su padre, que era médico, esperaba ya salvarlo de la muerte. Entonces, su madre recurrió a la intercesión de san Francisco de Asís, canonizado hacía poco. Y Giovanni se curó (LM Pról 3,3).

La figura del Poverello de Asís llegó a ser todavía más familiar para él algunos años más tarde, cuando se encontraba en París, donde estudiaba. Giovanni se planteó una pregunta crucial: «¿Qué debo hacer con mi vida?». Fascinado por el testimonio de fervor y radicalidad evangélica de los Frailes Menores, Giovanni llamó a las puertas del convento franciscano de esa ciudad, y pidió ser acogido en la gran familia de los discípulos de Francisco. Muchos años después, explicó las razones de su elección: en san Francisco y en el movimiento que él inició reconocía la acción de Cristo. En una carta dirigida a otro fraile escribía lo siguiente: «Confieso ante Dios que la razón que me llevó a amar más la vida del bienaventurado Francisco es que esta se parece a los comienzos y al crecimiento de la Iglesia. La Iglesia comenzó con simples pescadores, y después se enriqueció de doctores muy ilustres y sabios; la religión del bienaventurado Francisco no fue establecida por la prudencia de los hombres, sino por Cristo».

Así pues, alrededor del año 1243 Giovanni vistió el sayal franciscano y asumió el nombre de Buenaventura. En seguida fue destinado a los estudios, y se matriculó en la Facultad de teología de la Universidad de París. En 1257 Buenaventura fue oficialmente reconocido como doctor y maestro de la universidad parisina. Sin embargo, tuvo que renunciar a este prestigioso cargo, porque en ese mismo año el capítulo general de la Orden lo eligió ministro general.

Desempeñó ese cargo durante diecisiete años con sabiduría y entrega, visitando las provincias, escribiendo a los hermanos, interviniendo alguna vez con una cierta severidad para eliminar abusos. Cuando Buenaventura inició este servicio, la Orden de los Frailes Menores se había desarrollado de modo prodigioso: los frailes esparcidos por todo Occidente eran más de 30.000, con presencias misioneras en el norte de África, en Oriente Medio, e incluso en Pekín. Era necesario consolidar esta expansión y, sobre todo, conferirle unidad de acción y de espíritu, guardando plena fidelidad al carisma de Francisco. De hecho, entre los seguidores del santo de Asís había distintos modos de interpretar el mensaje, existía realmente el riesgo de una fractura interna.

Para evitar este peligro, en 1260, el capítulo general de la Orden en Narbona aceptó y ratificó un texto propuesto por Buenaventura, en el que se recogían y se unificaban las normas que regulaban la vida diaria de los Frailes Menores. Buenaventura intuía, sin embargo, que las disposiciones legislativas, si bien se inspiraban en la sabiduría y la moderación, no eran suficientes para asegurar la comunión del espíritu y de los corazones. Era necesario que se compartieran los mismos ideales y las mismas motivaciones. Por esta razón, Buenaventura quiso presentar el auténtico carisma de Francisco, su vida y su enseñanza. Recogió con gran celo documentos relativos al Poverello y escuchó con atención los recuerdos de quienes habían conocido directamente a Francisco. Nació así una biografía del santo de Asís bien fundada históricamente, titulada Legenda Maior, redactada también de forma más sucinta y llamada por eso Legenda minor. La palabra latina, a diferencia de la italiana, no indica un fruto de la fantasía, sino, al contrario, Legenda significa un texto autorizado, «para leer» oficialmente. En efecto, el capítulo general de los Frailes Menores de 1263, reunido en Pisa, reconoció en la biografía de san Buenaventura el retrato más fiel del fundador y se convirtió en la biografía oficial del santo.

Cuál es la imagen de san Francisco que brota del corazón y de la pluma de su hijo devoto y sucesor, san Buenaventura? El punto esencial: Francisco es un alter Christus, «otro Cristo», un hombre que buscó apasionadamente a Cristo. En el amor que impulsa a la imitación, se conformó totalmente a él. Buenaventura señalaba este ideal vivo a todos los seguidores de Francisco. Este ideal, válido para todo cristiano, ayer, hoy y siempre, fue indicado como programa también para la Iglesia del tercer milenio por mi Predecesor, el venerable Juan Pablo II. Ese programa, escribía en su carta Novo Millennio ineunte, se centra «en Cristo mismo, al que hay que conocer, amar e imitar, para vivir en él la vida trinitaria y transformar con él la historia hasta su perfeccionamiento en la Jerusalén celeste» (n. 29).

* * *

LA SABIDURÍA MISTERIOSA
REVELADA POR EL ESPÍRITU SANTO
San Buenaventura, Itinerario de la mente hacia Dios (7,1-6)

Cristo es el camino y la puerta. Cristo es la escalera y el vehículo, él, que es la placa de la expiación colocada sobre el arca de Dios y el misterio escondido desde el principio de los siglos. El que mira plenamente de cara esta placa de expiación y la contempla suspendida en la cruz, con la fe, con esperanza y caridad, con devoción, admiración, alegría, reconocimiento, alabanza y júbilo, este tal realiza con él la pascua, esto es, el paso, ya que, sirviéndose del bastón de la cruz, atraviesa el mar Rojo, sale de Egipto y penetra en el desierto, donde saborea el maná escondido, y descansa con Cristo en el sepulcro, como muerto en lo exterior, pero sintiendo, en cuanto es posible en el presente estado de viadores, lo que dijo Cristo al ladrón que estaba crucificado a su lado: Hoy estarás conmigo en el paraíso.

Para que este paso sea perfecto, hay que abandonar toda especulación de orden intelectual y concentrar en Dios la totalidad de nuestras aspiraciones. Esto es algo misterioso y secretísimo, que sólo puede conocer aquel que lo recibe, y nadie lo recibe sino el que lo desea, y no lo desea sino aquel a quien inflama en lo más íntimo el fuego del Espíritu Santo, que Cristo envió a la tierra. Por esto, dice el Apóstol que esta sabiduría misteriosa es revelada por el Espíritu Santo.

Si quieres saber cómo se realizan estas cosas, pregunta a la gracia, no al saber humano; pregunta al deseo, no al entendimiento; pregunta al gemido expresado en la oración, no al estudio y la lectura; pregunta al Esposo, no al Maestro; pregunta a Dios, no al hombre; pregunta a la oscuridad, no a la claridad; no a la luz, sino al fuego que abrasa totalmente y que transporta hacia Dios con unción suavísima y ardentísimos afectos.

Este fuego es Dios, cuyo horno, como dice el profeta, está en Jerusalén, y Cristo es quien lo enciende con el fervor de su ardentísima pasión, fervor que sólo puede comprender el que es capaz de decir: Preferiría morir asfixiado y la misma muerte. El que de tal modo ama la muerte puede ver a Dios, ya que está fuera de duda aquella afirmación de la Escritura: Nadie puede ver mi rostro y quedar con vida. Muramos, pues, y entremos en la oscuridad, impongamos silencio a nuestras preocupaciones, deseos e imaginaciones; pasemos con Cristo crucificado de este mundo al Padre, y así, una vez que nos haya mostrado al Padre, podremos decir con Felipe: Eso nos basta; oigamos aquellas palabras dirigidas a Pablo: Te basta mi gracia; alegrémonos con David, diciendo: Se consumen mi corazón y mi carne por Dios, mi lote perpetuo. Bendito sea el Señor por siempre, y todo el pueblo diga: «Amén».

* * *

DOCTRINA Y MÍSTICA DE SAN BUENAVENTURA
PISTAS DE REFLEXIÓN
Del discurso de S. S. Benedicto XVI
en Bagnoregio el 6 de septiembre de 2009

Queridos hermanos y hermanas:

Del rico patrimonio doctrinal y místico de san Buenaventura me limito esta tarde a sacar alguna «pista» de reflexión, que podría resultar útil para el camino pastoral de vuestra comunidad diocesana. Fue, en primer lugar, un incansable buscador de Dios desde que estudiaba en París, y siguió siéndolo hasta la muerte. En sus escritos indica el itinerario a recorrer. «Puesto que Dios está en lo alto -escribe- es necesario que la mente se eleve a él con todas las fuerzas». Traza así un camino de fe arduo, en el que no basta «la lectura sin la unción, la especulación sin la devoción, la búsqueda sin la admiración, la consideración sin la alegría, la diligencia sin la piedad, la ciencia sin la caridad, la inteligencia sin la humildad, el estudio sin la gracia divina, el espejo sin la sabiduría divinamente inspirada» (Itinerarium).

Este camino de purificación compromete a toda la persona para llegar, a través de Cristo, al amor transformante de la Trinidad. Y dado que Cristo, desde siempre Dios y para siempre hombre, lleva a cabo en los fieles una nueva creación con su gracia, la exploración de la presencia divina se convierte en contemplación de él en el alma «donde él habita con los dones de su incontenible amor», para ser al final transportados en él. Por lo tanto, la fe es perfeccionamiento de nuestras capacidades cognoscitivas y participación en el conocimiento que Dios tiene de sí mismo y del mundo; la esperanza la advertimos como preparación al encuentro con el Señor, que marcará el pleno cumplimiento de la amistad que desde ahora nos une a él. Y la caridad nos introduce en la vida divina, haciendo que consideremos hermanos a todos los hombres, según la voluntad del Padre celestial común.

Además de buscador de Dios, san Buenaventura fue seráfico cantor de la creación, que, tras las huellas de san Francisco, aprendió a «alabar a Dios en todas y por medio de todas las criaturas», en las cuales «resplandecen la omnipotencia, la sabiduría y la bondad del Creador». San Buenaventura presenta una visión positiva del mundo, don de amor de Dios a los hombres: reconoce en el mundo el reflejo de la suma Bondad y Belleza que, tras la estela de san Agustín y san Francisco, afirma ser Dios mismo. Todo nos ha sido dado por Dios. De él, como de fuente originaria, brota lo verdadero, lo bueno y lo bello. Hacia Dios, como a través de los peldaños de una escalera, se sube hasta alcanzar y casi aferrar el Sumo Bien y hallar en él nuestra felicidad y nuestra paz. ¡Qué útil sería que también hoy se redescubriera la belleza y el valor de la creación a la luz de la bondad y de la belleza divinas! En Cristo, el universo mismo -observa san Buenaventura- puede volver a ser voz que habla de Dios y nos impulsa a explorar su presencia; nos exhorta a honrarlo y a glorificarlo en todas las cosas. Se advierte aquí el alma de san Francisco, cuyo amor por todas las criaturas compartió nuestro santo.

San Buenaventura fue mensajero de esperanza. Una bella imagen de la esperanza la encontramos en una de sus predicaciones de Adviento, donde compara el movimiento de la esperanza con el vuelo del ave, que despliega sus alas lo más ampliamente posible y para moverlas emplea todas sus fuerzas. En cierto sentido toda ella se hace movimiento para elevarse y volar. Esperar es volar, dice san Buenaventura. Pero la esperanza exige que todos nuestros miembros se pongan en movimiento y se proyecten hacia la verdadera altura de nuestro ser, hacia las promesas de Dios. Quien espera -afirma- «debe levantar la cabeza, dirigiendo a lo alto sus pensamientos, a la altura de nuestra existencia, o sea, hacia Dios».


















No hay comentarios:

Publicar un comentario