miércoles, 12 de julio de 2017

Año Cristiano Franciscano


DÍA 13 DE JULIO

 

SAN ENRIQUE II EMPERADOR. Nació en Hildesheim, Baviera, el año 973 y recibió, sobre todo en monasterios, una educación religiosa esmerada. Sucedió con 22 años a su padre en el gobierno del ducado bávaro y, tras la muerte de Otón III, fue elegido para sucederle en el trono imperial germánico. El año 1002 fue coronado en Aquisgrán como rey de los romanos, y el año 1024 Benedicto VIII lo coronó emperador en Roma. Contrajo matrimonio con Santa Cunegunda. En el trono supo ser un cristiano convencido y consecuente, que puso su poder al servicio del bien común de su pueblo. Rehuía el uso de las armas, y sólo recurría a ellas en casos extremos. Se distinguió por su interés en la reforma de la vida de la Iglesia y en su mejor organización, y por la promoción de la actividad misionera. Protegió a la Orden Benedictina y en general la vida religiosa. Fundó varios obispados y dotó monasterios. Murió en Grona (Gotinga) el 13 de julio de 1024. -Oración: Oh Dios, que has llevado a san Enrique, movido por la generosidad de tu gracia, a la contemplación de las cosas eternas desde las preocupaciones del gobierno temporal, concédenos, por sus ruegos, caminar hacia ti con sencillez de corazón en medio de las vicisitudes de este mundo. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.



SANTA CLELIA BARBIERI. Fundadora de las religiosas Mínimas de la Virgen de los Dolores, dedicadas sobre todo a la formación humana y cristiana de las muchachas pobres e indigentes, y a la atención de los pobres, los enfermos, los marginados. Nació en San Giovanni in Persiceto, provincia de Bolonia (Italia), el año 1847. La dureza de los acontecimientos que le tocó vivir desde su infancia acreció su hambre y sed de Dios. La Eucaristía fue el centro de su experiencia mística y de su carisma de fundadora. En el clima que caracterizó el paso del dominio pontificio al Estado unitario italiano, se delineó en la mente de Clelia un proyecto de vida común, sencillo y esencial. Nació así, en la pobreza y el abandono confiado en el Padre, una pequeña comunidad que se caracterizó por el sentido comunitario, el espíritu contemplativo, el servicio de caridad a tiempo pleno y una extraordinaria irradiación de sencillez y alegría. Murió el 13 de julio de 1870 en Budrie, a los 23 años de edad. Fue canonizada en 1989.



SANTOS LUIS MARTIN Y CELIA GUÉRIN . Esposos y padres de santa Teresa del Niño Jesús. Él nació en Burdeos en 1823 y ella en Gandelain en 1831. Los dos eran descendientes de familia militar y se educaron en centros religiosos; él era relojero y ella artesana del «punto de Alençon», un encaje de los más famosos. En su juventud los dos quisieron en vano abrazar la vida religiosa, él en los Agustinos, ella en las Hijas de la Caridad. La relación entre ellos comenzó en Alençon. Tres meses después de su primer encuentro, contrajeron matrimonio el 13 de julio de 1858. Llevaron una vida matrimonial ejemplar: misa diaria, oración personal y comunitaria, confesión frecuente, participación en la vida parroquial. Tuvieron nueve hijos, cuatro de los cuales murieron prematuramente. A los 45 años, Celia recibió la noticia de que tenía un tumor en el pecho y pidió a su cuñada Celina que ayudara a su marido en la educación de los más pequeños. Murió el 28 de agosto de 1877. Luis se encontró solo para sacar adelante a su familia. Se trasladó a Lisieux, donde residía la tía Celina. Luis acompañó a cuatro de sus hijas al Carmelo y a una a la Visitación. El sacrificio mayor fue separarse de Teresa, la pequeña, que entró en el Carmelo a los 15 años. Luis tenía una enfermedad que lo fue invalidando hasta llegar a la pérdida de sus facultades mentales. Fue internado en el sanatorio de Caen. Murió en La Musse (Eure) el 29 de julio de 1894. Fueron canonizados los dos juntos el 18-X-2015 y se celebra la memoria de los dos juntos el 13 de julio, aniversario de su boda.



BEATA ANGELINA DE MARSCIANO. Nació el año 1377 en el castillo de Monte Giove, cerca de Orvieto (Italia), hija de los condes de Marsciano. A los doce años quedó huérfana de madre. Hizo voto de virginidad, pero en 1393 su padre la llevó a casarse con el conde de Civitella. Un año después quedó viuda. Distribuyó sus bienes a los pobres, vistió el sayal de san Francisco, y en torno a ella se fueron reuniendo jóvenes deseosas de vida evangélica. La oposición de algunos ciudadanos notables las obligaron a exiliarse. En Asís visitaron las tumbas de san Francisco y de santa Clara y lucraron la indulgencia de la Porciúncula, y en agosto de 1395 llegaron a Foligno. Dos años después, Angelina y sus compañeras hicieron los votos religiosos, dando origen con ello a la Tercera Orden Regular de san Francisco, para la educación de la juventud femenina. Los monasterios se multiplicaron bajo la guía de Angelina, que falleció en Foligno el 14 de julio de 1435. [La Familia Franciscana celebra su memoria el 13 de julio]. -Oración: Dios de misericordia, que otorgaste a la beata Angelina el don de una especial humildad y caridad, concédenos seguir su ejemplo y conseguir la vida eterna. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.




BEATOS LUIS ARMANDO JOSÉ ADAM y BARTOLOMÉ JARRIGE DE LA MORÉLIE DE BIARS. Son dos sacerdotes, el primero franciscano conventual y el segundo diocesano, que murieron agotados por la enfermedad en una barcaza anclada frente a Rochefort el año 1794, durante la Revolución Francesa.- Luis nació en Ruán (Francia) el año 1741. De joven ingresó en los conventuales y en su momento recibió la ordenación sacerdotal. Cuando la Revolución Francesa se ensañó contra la Iglesia, tuvo que dejar el convento y retirarse a una casa de Ruán, donde lo arrestaron el 12 de abril de 1793. En el proceso a que lo sometieron, se negó a hacer los juramentos que le exigía la Constitución civil del clero, y se reafirmó en su condición de sacerdote católico y de religioso. Condenado a la deportación, lo hacinaron con otros sacerdotes y religiosos en un viejo barco negrero, Les Deux-Associés, en el que permanecieron, en pésimas condiciones de vida y maltratados, frente a Rochefort, en la desembocadura del río Charente y cerca de la isla de Aix. Allí murió, exhausto y enfermo, el 13 de julio de 1794. Bartolomé nació en Moutier (Francia) el año 1753. Fue primero militar, luego ingresó en la abadía benedictina de Lezat, en la que recibió la ordenación sacerdotal, y más tarde se incardinó a la diócesis de Limoges. Detenido y embarcado en Les Deux Associés, trabajó como enfermero de sus compañeros de prisión, hasta que él mismo murió contagiado en 1794.



BEATO CARLOS MANUEL RODRÍGUEZ SANTIAGO . Nació en Caguas (Puerto Rico) el año 1918. De pequeño, como monaguillo, empezó a degustar las riquezas de la sagrada liturgia. En su juventud se le declaró una colitis ulcerosa que le causó muchos problemas. En 1939, terminados los estudios, empezó a trabajar como oficinista. Empleaba casi todo su modesto salario en promover el conocimiento de la Liturgia, y traducía y editaba artículos sobre la materia bajo el título: Liturgia y Cultura Cristiana. Organizó en Caguas un Círculo de Liturgia y un coro parroquial. Más tarde, en Río Piedras, dirigió sus afanes apostólicos a los profesores y alumnos de la Universidad de Puerto Rico. Defendió y promovió la renovación litúrgica a través de la participación activa de los fieles, el uso del vernáculo y la observancia de la Vigilia Pascual. Era humilde, piadoso, alegre, de gran corazón, que acogía, consolaba y confortaba a cuantos se acercaban a él. Minada su salud por un cáncer terminal del recto, murió 13 de julio de 1963 en San Juan de Puerto Rico. Fue beatificado el año 2001.

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Santos Alejandro y compañeros mártires. Memoria de san Alejandro y treinta soldados que fueron martirizados en Filomelio de Frigia (en la actual Turquía) en el siglo IV, siendo Magno prefecto de Antioquía en Pisidia.

San Esdras. Personaje importante del Antiguo Testamento. Sacerdote y escriba, experto en la Ley del Señor, que, en tiempo de Artajerjes, rey de los persas, al volver del exilio de Babilonia a Judea, congregó al pueblo disperso y puso todo su afán en comprender, practicar y enseñar la Ley del Señor. La actividad de Esdras ha quedado en los libros de Esdras y de Nehemías.

San Eugenio de Cartago. Fue elegido obispo de Cartago, en el norte de África, en un paréntesis de bonanza para la Iglesia. Era un hombre de vida austera y santa, de palabra elocuente y evangélica, amante de los pobres y los desheredados de la sociedad. A causa de su enfrentamiento con los arrianos, los obispos católicos fueron desterrados por el arriano Hunerico, rey de los vándalos y alanos. Eugenio tuvo que marchar a Túnez. Años más tarde, en el 487, pudo regresar a su sede. El año 500 se reanudó la persecución con el rey Trasimundo, y esta vez Eugenio buscó refugio en Albi, al sur de Francia, donde murió en un monasterio el año 501.

San José Wang Guiji. Cuando lo martirizaron era un cristiano vietnamita de 37 años, casado y padre de familia. Al saber que los bóxers se acercaban a su pueblo, Nangong, provincia de Hebei (China), él y su hermano Juan, también cristiano, tomaron a sus familias y las trasladaron a un pueblo en que los cristianos se habían fortificado. Luego regresaron a sus casas. Los vecinos les preguntaron si eran cristianos, respondieron que sí, y los denunciaron a los bóxers. Los hermanos huyeron, pero José cayó en manos de sus perseguidores, que enseguida le dieron muerte. Era el año 1900.

San Manuel Le Van Phung. Nació en Vietnam hacia 1800. Era un cristiano fervoroso, casado y padre de familia. Levantó a sus expensas una iglesia, un convento de religiosas y un colegio, y paralizó, con su dinero y su influencia ante el subprefecto, las denuncias contra los cristianos. Dos despechados lo acusaron ante las autoridades superiores de hospedar en su casa a un sacerdote, lo cual era cierto. Lo detuvieron, lo encarcelaron y lo torturaron para que renegara de su fe, lo que no consiguieron. Manuel exhortó a sus familiares a la caridad para con los perseguidores. Antes de que lo estrangularan en Chau-Doc, recibió la absolución de su compañero de martirio san Pedro Quy. Sucedió en 1859, siendo emperador Tu Duc.

Santa Miropa. Sufrió el martirio en la isla de Chío del mar Egeo (Grecia), en una fecha indeterminada entre el siglo III y el IV.

San Pablo Liu Jinde. Tenía 79 años cuando lo martirizaron. Era un trabajador del campo que, además, tenía a su cargo la iglesia de su pueblo, Langziqiao, provincia de Hebei (China), y administraba los bienes de la comunidad cristiana. Cuando se acercaban los bóxers al pueblo, los cristianos huyeron para salvar la vida. Pablo creyó que no podía abandonar la iglesia, por lo que distribuyó los fondos de la comunidad entre los pobres y, al llegar los bóxers, salió a su encuentro con el rosario y un libro de devoción en la mano y los saludó como solían hacerlo los cristianos. En seguida lo mataron a golpe de espada. Era el año 1900.

San Serapión de Alejandría . En Alejandría, ciudad de Egipto, el año 212, fue quemado vivo, alcanzando así la corona del martirio, en tiempo del emperador Septimio Severo y del prefecto Áquila.

San Silas. Personaje del Nuevo Testamento. Fue elegido y enviado por los Apóstoles con san Pablo y san Bernabé a las Iglesias de la gentilidad para anunciar el Evangelio, misión en la que, lleno de la gracia de Dios, puso gran empeño: «Entonces decidieron los apóstoles y presbíteros elegir de entre ellos algunos hombres y enviarlos a Antioquía con Pablo y Bernabé; y estos fueron Judas, llamado Barsabás, y Silas, que eran dirigentes entre los hermanos... Judas y Silas, que eran también profetas, exhortaron con un largo discurso a los hermanos y los confortaron... Por su parte Pablo eligió por compañero a Silas y partió, encomendado por los hermanos a la gracia de Dios...» (Hch 15,22.32.40).

San Turiavo (o Turiano). Fue abad del monasterio de Dôle y obispo en la Bretaña Menor (en la actual Francia), y murió hacia el año 750.

Beato Fernando María Baccilieri. Nació en Campodoso (Módena, Italia) el año 1821. Desde joven sintió la vocación misionera, pero la falta de salud y las circunstancias le hicieron comprender que la voluntad de Dios era otra. Ingresó en los jesuitas, pero tuvo que regresar a casa. Entró entonces en el seminario y se ordenó de sacerdote en 1844. Se dedicó a las misiones populares y al confesonario hasta que, en 1852, lo nombraron párroco de Galeazza Pepoli, cerca de Bolonia, donde pasó el resto de su vida. Hizo una amplia y profunda labor pastoral, tratando de formar al pueblo que se le había confiado. Fundó la Congregación de las Siervas de María, cuya misión es ayudar a las familias pobres y en particular formar a las jóvenes. Murió en Galeazza el año 1893.

Beato Jacobo de Varezze (o Voragine). Nació en Voraggio, junto a Génova, el año 1230. Ingresó muy joven en la Orden de Predicadores. Ordenado de sacerdote, se acreditó pronto como excelente profesor de teología y de Sagrada Escritura y como elocuente predicador. Ejerció cargos de responsabilidad en su Orden y en 1286 fue elegido obispo de Génova. Trató de poner paz, sin conseguirlo, entre güelfos y gibelinos. Prestó gran apoyo a hospitales y casas de beneficencia. Con el clero fue amable y comprensivo, a la vez que exigente. Lo hizo famoso su obra titulada Leyenda de los santos, llamada Leyenda áurea, tantas veces editada a lo largo de los siglos. Murió en Génova el año 1298.

Beatas Magdalena de la Madre de Dios Verchière y cinco compañeras. El 13 de julio de 1794, en la plaza de Orange (Francia), durante la Revolución Francesa, fueron guillotinadas, por su fidelidad a Cristo, seis religiosas, tres sacramentinas y las otras tres ursulinas. Las acusaron de ser refractarias a las leyes de la República, de negarse a prestar el juramento que se les exigía y de haber propagado el fanatismo más peligroso. En verdad, ellas permanecieron fieles a Cristo, fieles a la Iglesia Católica y fieles a sus votos religiosos. Estos son sus nombres: Magdalena de la Madre de Dios Verchière , nació en Bollène en 1769, sacramentina; Teresa Enriqueta de la Anunciación Faurie, nació en Serignan en 1740, sacramentina; Ana Andrea de San Alejo Minutte, nació en Serignan en 1740, sacramentina; María Ana de San Francisco Lambert, nació en Pierrelatte en 1742, ursulina; María Ana de Santa Francisca Depeyre, nació en Tulette en 1756, ursulina; y María Anastasia de San Gervasio Roquard , nació en Bollène en 1749, ursulina.

Beato Mariano de Jesús Euse Hoyos . Nació en Yarumal (Colombia) el año 1845, en el seno de una familia humilde y cristiana. A los 24 años ingresó en el seminario de Medellín, y recibió la ordenación sacerdotal en 1876. Estuvo primero de coadjutor con un tío suyo, luego pasó por varias parroquias y en 1882 lo nombraron párroco de Angostura, donde pasó el resto de su vida. Ejerció una gran labor social y espiritual, llevando una vida sencilla y austera, entregada a la oración y el estudio. Se dedicó al cuidado físico y espiritual de los pobres, los campesinos y los enfermos, prestando especial atención a la formación cristiana de los niños. Murió en Angostura el año 1926, y fue beatificado el año 2000.

Beato Tomás Tunstal. Nació en Whinfell (Inglaterra) el año 1580. Se preparó al sacerdocio en Douai (Francia) y lo recibió en 1610. Volvió enseguida a su patria y empezó su apostolado, pero lo detuvieron poco después. Pasó muchos años en la cárcel y al final lo condenaron como traidor por negarse a reconocer la supremacía religiosa del Rey. Lo ahorcaron y descuartizaron en Norwich el año 1616, en tiempo del rey Jacobo I, mientras él alababa a Dios y le daba gracias, y perdonaba a sus perseguidores.



PARA TENER EL ESPÍRITU DE ORACIÓN Y DEVOCIÓN

Pensamiento bíblico:

«Bendice, alma mía al Señor, y todo mi ser a su santo nombre. Bendice, alma mía, al Señor, y no olvides sus beneficios. Como se levante el cielo sobre la tierra, se levanta su bondad sobre los que le temen; como dista el oriente del ocaso, así aleja de nosotros nuestros delitos» (Salmo 102).

Pensamiento franciscano:

Decía san Francisco: «Bienaventurado aquel siervo de Dios que no se enaltece más por el bien que el Señor dice y obra por medio de él, que por el bien que dice y obra por medio de otro. Peca el hombre que quiere recibir de su prójimo más de lo que él quiere dar de sí al Señor Dios» (Adm 17).

Orar con la Iglesia:

Adoremos a Cristo, que salvó al mundo con su cruz, y supliquémosle diciendo: Concédenos, Señor, tu misericordia.

-Oh Cristo, que con tu claridad eres nuestro sol y nuestro día, haz que desaparezca de nosotros todo sentimiento malo.

-Vela, Señor, sobre nuestros pensamientos, palabras y obras, a fin de que nuestra vida y nuestras acciones sean de tu agrado.

-Aparta de nuestros pecados tu vista y borra en nosotros toda culpa, ya que, con el corazón contrito y humillado, imploramos tu clemencia.

-Por tu cruz y tu resurrección, llénanos del gozo del Espíritu Santo.

Oración: Oh Señor, que has iluminado las tinieblas de nuestro corazón con la luz de tu Palabra: acrecienta en nosotros tu presencia y afianza el ardor de la fe y de la caridad que tu gracia ha encendido en nuestro espíritu. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

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VALOR PEDAGÓGICO DE LA CONFESIÓN SACRAMENTAL
Del discurso de S. S. Benedicto XVI el 25 de marzo de 2011

Deseo reflexionar con vosotros sobre un aspecto a veces no considerado suficientemente, pero de gran importancia espiritual y pastoral: el valor pedagógico de la Confesión sacramental. Aunque es verdad que es necesario salvaguardar siempre la objetividad de los efectos del Sacramento y su correcta celebración según las normas del Rito de la Penitencia, no está fuera de lugar reflexionar sobre cuánto puede educar la fe, tanto del ministro como del penitente. La fiel y generosa disponibilidad de los sacerdotes a escuchar las confesiones, a ejemplo de los grandes santos de la historia, como san Juan María Vianney, san Juan Bosco, san Josemaría Escrivá, san Pío de Pietrelcina, san José Cafasso y san Leopoldo Mandic, nos indica a todos que el confesonario puede ser un «lugar» real de santificación.

¿De qué modo educa el sacramento de la Penitencia? ¿En qué sentido su celebración tiene un valor pedagógico, ante todo para los ministros? Podríamos partir del reconocimiento de que la misión sacerdotal constituye un punto de observación único y privilegiado, que permite contemplar diariamente el esplendor de la Misericordia divina. Cuántas veces en la celebración del sacramento de la Penitencia, el sacerdote asiste a auténticos milagros de conversión que, renovando el «encuentro con un acontecimiento, una Persona» (Deus caritas est, 1), fortalecen también su fe. En el fondo, confesar significa asistir a tantas «profesiones de fe» cuantos son los penitentes, y contemplar la acción de Dios misericordioso en la historia, palpar los efectos salvadores de la cruz y de la resurrección de Cristo, en todo tiempo y para todo hombre.

Con frecuencia nos encontramos ante auténticos dramas existenciales y espirituales, que no hallan respuesta en las palabras de los hombres, pero que son abrazados y asumidos por el Amor divino, que perdona y transforma: «Aunque vuestros pecados sean como escarlata, quedarán blancos como nieve» (Is 1,18). Conocer y, en cierto modo, visitar el abismo del corazón humano, incluso en sus aspectos oscuros, por un lado pone a prueba la humanidad y la fe del propio sacerdote; y, por otro, alimenta en él la certeza de que la última palabra sobre el mal del hombre y de la historia es de Dios, es de su misericordia, capaz de hacerlo nuevo todo (cf. Ap 21,5).

¿Cuál es el valor pedagógico del sacramento de la Reconciliación para los penitentes? Lo primero que debemos decir es que depende ante todo de la acción de la Gracia y de los efectos objetivos del Sacramento en el alma del fiel. Ciertamente, la Reconciliación sacramental es uno de los momentos en que la libertad personal y la conciencia de sí mismos están llamadas a expresarse de modo particularmente evidente. Tal vez también por esto, en una época de relativismo y de consiguiente conciencia atenuada del propio ser, queda debilitada asimismo la práctica sacramental. El examen de conciencia tiene un valor pedagógico importante: educa a mirar con sinceridad la propia existencia, a confrontarla con la verdad del Evangelio y a valorarla con parámetros no sólo humanos, sino también tomados de la Revelación divina. La confrontación con los Mandamientos, con las Bienaventuranzas y, sobre todo, con el Mandamiento del amor, constituye la primera gran «escuela penitencial».

En nuestro tiempo, caracterizado por el ruido, por la distracción y por la soledad, el coloquio del penitente con el confesor puede representar una de las pocas ocasiones, por no decir la única, para ser escuchados de verdad y en profundidad. Queridos sacerdotes, no dejéis de dar un espacio oportuno al ejercicio del ministerio de la Penitencia en el confesonario: ser acogidos y escuchados constituye también un signo humano de la acogida y de la bondad de Dios hacia sus hijos. Además, la confesión íntegra de los pecados educa al penitente en la humildad, en el reconocimiento de su propia fragilidad y, a la vez, en la conciencia de la necesidad del perdón de Dios y en la confianza en que la Gracia divina puede transformar la vida.

Del mismo modo, la escucha de las amonestaciones y de los consejos del confesor es importante para el juicio sobre los actos, para el camino espiritual y para la curación interior del penitente. No olvidemos cuántas conversiones y cuántas existencias realmente santas han comenzado en un confesonario. La acogida de la penitencia y la escucha de las palabras «Yo te absuelvo de tus pecados» representan, por último, una verdadera escuela de amor y de esperanza, que guía a la plena confianza en el Dios Amor revelado en Jesucristo, a la responsabilidad y al compromiso de la conversión continua.

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LA CARIDAD ES LA VIDA DE LAS VIRTUDES
De la "Vida perfecta para religiosas", de san Buenaventura

Nada puede decirse más bueno, ni discurrirse cosa mejor, que la caridad para mortificar los vicios, para adelantar en gracia y para conseguir la perfección de todas las virtudes. Por esa razón dice san Próspero en el libro de la vida contemplativa: «La caridad es la vida de las virtudes y la muerte de los vicios», y como al fuego se funde la cera, así se desvanecen los vicios ante la caridad. Porque la caridad tiene tanto poder, que ella sola cierra el infierno, ella sola abre el cielo, ella sola infunde esperanza de salvación, ella sola nos hace amables a Dios. Es de tanta eficacia la caridad, que ella sola entre las virtudes se llama virtud, y el que tiene caridad es rico, opulento y feliz, y el que no la tiene es pobre, mendigo y desdichado.

San Agustín dice: «Si la virtud nos lleva a la vida feliz, yo afirmaría en absoluto que nada es virtud sino el sumo amor de Dios». Siendo, pues, tan grande la caridad, hay que insistir en ella con preferencia a todas las virtudes, y no en una caridad cualquiera, sino en aquella por la que Dios es amado sobre todas las cosas y el prójimo por Dios.

Pero cómo debes amar a tu Creador, te lo enseña tu mismo Esposo en el Evangelio, diciendo: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, y con todo tu entendimiento. Oh hermana religiosa, amadísima sierva de Jesucristo, considera cuidadosamente cuál es el amor que tu amado Jesús pide de ti.

¿Qué harás, pues, para que en realidad de verdad ames al Señor tu Dios con todo tu corazón? ¿Cómo con todo tu corazón? Oye a san Juan Crisóstomo, que te lo explica: «El amar a Dios con todo tu corazón consiste en que tu corazón no esté más inclinado al amor de alguna cosa que al de Dios; en que no te recrees en alguna cosa del mundo, en las honras, en los padres, más que en Dios».

Mas el Señor Dios, Jesucristo, no sólo ha de ser amado con todo el corazón, sino también con toda el alma. ¿Cómo con toda el alma? Óyelo de san Agustín, que te lo enseña diciendo: «Amar a Dios con toda el alma es amarle con toda la voluntad, sin contrariedad». Ciertamente entonces amas con toda el alma, cuando haces gustosamente, sin contradicción, no lo que tú quieres, no lo que aconseja el mundo, no lo que sugiere la carne, sino lo que conoces que quiere el Señor, tu Dios. Por cierto entonces amas a Dios con toda el alma, cuando por amor de Jesucristo expones gustosamente, si fuera necesario, tu alma a la muerte.

Pero ama a tu Esposo, el Señor Jesús, no sólo con todo tu corazón, no sólo con toda tu alma, sino también con todo tu entendimiento. ¿Cómo con todo tu entendimiento? Escucha de nuevo a san Agustín, que te lo dice: «Amar a Dios con todo el entendimiento es amarle con toda la memoria, sin olvido».

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EL EVANGELIO DE SAN FRANCISCO:
POBREZA Y ALEGRÍA
por Victoriano Casas García, OFM

El encuentro con Dios, sumo bien, suficiencia del hombre

Ser rico o ser pobre depende de las condiciones sociales, diversas según los tiempos y los lugares de la tierra. Cuando la pobreza es absoluta, faltando los medios para subsistir, se camina hacia la muerte. Hay por lo mismo grados y niveles de riqueza y de pobreza. En general, pobreza quiere decir carencia de bienes, de los que disponer como propiedad, como placer, como consumo, como medio de trabajo. El grado efectivo de pobreza tiene sus consecuencias: inseguridad económica, disminución o pérdida del influjo social, etc. Forman parte del fenómeno de la pobreza todas las insuficiencias a las exigencias de la vida: falta de formación, debilidad, falta de libertad, aislamiento, indefensión... La pobreza es señal de un mundo turbado por el mal y necesitado, por lo mismo, de salvación.

En la eliminación de la pobreza concreta, que depende de las condiciones sociales, cuenta el compromiso y la lucha contra la pobreza, mal no querido por Dios. La preocupación de los cristianos por los necesitados es la señal viva de su acogida de Cristo, del que los pobres son sacramento. A los pobres que aceptan libremente ser pobres, Cristo ha prometido la dicha del Reino de Dios. Ser pobre y vivir pobre es lo que en verdad posibilita la postura justa y acertada para acoger el Reino de Dios. Francisco fue un rico al que Dios, Sumo Bien, hizo pobre en este mundo. Francisco se descubrió con las manos vacías ante Dios. Ante Él, este joven rico aprendió a renunciar a su vivir orgulloso, autosuficiente. Su sometimiento gozoso le llevó a reconocer a Dios, hasta ahora ciertamente para él Desconocido, como «todo bien, bien total, verdadero y sumo bien... el solo bueno, piadoso, manso, suave y dulce» (1 R 23,9). Es a este Dios gratuito, que invade de gozo y de fiesta el corazón del hombre, al que canta Francisco rescatado: «Tú eres toda nuestra riqueza a saciedad» (AlD 4).

En tiempo de Francisco existían movimientos cristianos que elegían la pobreza como forma de vida. Sin embargo, Francisco y sus hermanos están libres de la tristeza que muestran estos grupos heréticos. El gozo de Francisco y de sus compañeros no manifiesta tanto el estado de su «yo», que ha sido de renuncia, pobreza, abnegación, crucifixión con el Crucificado, cuanto su sentirse y saberse reconciliados, llenos de un sentimiento de familiaridad y compasión universales con todo y con todos, ya que la conversión -el hacer penitencia para acoger al Dios de la absoluta novedad, riqueza y juventud- es una actitud que limpia al hombre de toda agresividad y lo hace hermano de todos con el corazón bondadoso y generoso de Dios.

La impresión que Francisco y sus hermanos ejercen sobre los hombres de todo tiempo es la de una felicidad y gozosa paz, que caracterizan su búsqueda, acogida y adoración de Dios en la fraternidad: «Al despreciar todo lo terreno y al no amarse a sí mismos con amor egoísta, centraban todo el afecto en la comunidad y se esforzaban en darse a sí mismos para subvenir a las necesidades de los hermanos. Deseaban reunirse, y reunidos se sentían felices»; a causa de la pobreza estaban siempre serenos, libres de toda ansiedad y preocupación, sin afanarse por el futuro (1 Cel 39).

Francisco, acogiendo la Palabra viva de Dios, descubre la preferencia que Él muestra por los pobres: «En ese pondré mis ojos: en el humilde y abatido que se estremece ante mis palabras» (Is 66,2). Francisco elige, pues, la pobreza porque así se lo ha revelado el Altísimo al escuchar el Evangelio: «Si quieres ser perfecto, vende cuanto tienes y dalo a los pobres, y tendrás un tesoro en el cielo... Nada llevéis en el camino... Aquel que quiera venir detrás de mí, niéguese a sí mismo...». Y esto es lo que declaró y propuso a sus hermanos: «Hermanos, ésta es nuestra vida y regla y la de todos los que quieran unirse a nuestra compañía» (TC 29).

Francisco no se hace pobre porque ha visto a otros que son pobres, sino porque esto es lo que oyó de Cristo y el modo de vida que Él eligió. Por eso, la pobreza franciscana no es, en primer lugar, un ejercicio ascético, sino la unión vital con Cristo, la aceptación de la comunión de sentimientos y de vida con Él, continuando en la historia su presencia salvadora.























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