martes, 11 de julio de 2017

Año Cristiano Franciscano



DÍA 12 DE JULIO

 

SAN JUAN GUALBERTO, fundador de Vallumbrosa. Hijo de familia noble, nació hacia el año 995 cerca de Florencia, en el castillo de Petroio. En su juventud tuvo una experiencia extraordinaria: había jurado vengar el asesinato de su hermano y acabar con la vida del asesino. La celebración del Viernes Santo de 1003 le impresionó de tal manera, que perdonó al asesino, e ingresó en el cercano monasterio cluniacense de San Miniato. No tardó en dejarlo porque el abad era simoníaco. Marchó con un compañero a Vallumbrosa, donde fundó un monasterio al que pronto afluyeron las vocaciones; Juan tenía preferencia por los pobres. El monasterio era un grupo de cabañas en torno a una ermita. Allí la Regla de San Benito se observaba sin mitigaciones, el fundador y abad era para todos como una regla viviente, ejemplo de piedad y austeridad. Combatió con empeño la lacra de la simonía. Por el alto concepto que tenía del sacerdocio, no quiso recibir las órdenes sagradas. Fundó luego varios monasterios y murió en el de San Miguel de Passignano (Toscana) el 12 de julio de 1073. -Oración: Oh Dios, artífice y amante de la paz, a quien conocer es vivir y a quien servir es reinar; fortalécenos en tu amor, para que devolviendo, a ejemplo de san Juan Gualberto, bien por mal y bendición por maldición, consigamos de ti el perdón y la paz. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.



SAN JUAN JONES . Nació en Clynog Fawren (Gales) hacia el año 1559 de familia católica. Entró en la Orden franciscana y tuvo que exiliarse a Francia, donde recibió la ordenación sacerdotal. Tras una breve estancia en Roma, volvió a Inglaterra en 1592 y estuvo ejerciendo más de tres años su ministerio clandestinamente en Londres, hasta que lo descubrieron y lo apresaron, sometiéndolo a crueles tormentos a lo largo de dos años. Lo acusaron de haber entrado en Inglaterra tras ordenarse de sacerdote en el extranjero y de ejercer su ministerio. Él confesó su condición de franciscano y sacerdote, así como su fe católica y su fidelidad al papa. Lo condenaron a muerte y lo ahorcaron en Londres el 12 de julio de 1598; luego lo descuartizaron y sus restos los expusieron en distintos lugares.



SAN JUAN WALL . Nació en Chingle Hall (Inglaterra) el año 1620. A los trece años ingresó en el seminario de Douai (Francia), en 1641 marchó a Roma y allí recibió la ordenación sacerdotal en 1645. En 1651 vistió el hábito franciscano en Douai. Tras unos años de vida tranquila conventual, lo enviaron a Inglaterra y se estableció en el condado de Worcester, donde estuvo misionando en privado más de veinte años; era un campo árido para el apostolado, pero entonces tranquilo en cuanto a política. Reavivada la persecución contra los católicos, lo descubrieron por casualidad y, al negarse a prestar el juramento de supremacía religiosa del Rey, fue recluido y aislado. Condenado por su condición de sacerdote, por su fe y su fidelidad a la Iglesia católica, el 22 de agosto de 1679, en Worcester, fue ahorcado y luego descuartizado. [La Familia Franciscana celebra su memoria el 12 de julio, asociada a la de san Juan Jones]. -Oración: Padre todopoderoso, que has distinguido en la defensa de la fe católica a los mártires san Juan Jones y san Juan Wall, concédenos, por su intercesión, que todos los que nos llamamos cristianos lleguemos a la unidad de la fe verdadera. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.





SAN CLEMENTE-IGNACIO DELGADO CEBRIÁN . Nació en Villafeliche (Zaragoza, España) el año 1762. Vistió el hábito de los dominicos en Calatayud el año 1780. Ordenado de sacerdote, lo destinaron a las misiones de Oriente. Marchó a Filipinas en 1785, y llegó a Vietnam en 1790. Por su entrega a la tarea evangelizadora y sus cualidades apostólicas, los superiores lo nombraron Vicario provincial y, poco después, el papa Pío VI lo nombró obispo del Vicariato apostólico del Tonkín Oriental. En sus largos años de misionero se hizo todo para todos, convirtió y bautizó a numerosos paganos, ordenó de sacerdote a muchos indígenas, erigió casas religiosas. Los puntos principales de su programa fueron: las conversiones, la consolidación de la Iglesia local y la formación del clero nativo. Cuando estalló la persecución del emperador Minh Mang se escondió, pero fue delatado por un criado. Lo apresaron y, tras meses de suplicios, lo encerraron en una jaula y lo dejaron languidecer al sol. Allí murió a causa de la fiebre y la disentería el 12 de julio de 1838. Esto sucedió en la ciudad de Nan Dinh.

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Santos Fortunato y Hermágoras. Sufrieron el martirio en Aquileya (Friulí, Italia), en una fecha incierta de los primeros siglos cristianos.

Santa Inés Le Thi Thanh (De). Nació hacia el año 1800 en Vietnam. Contrajo matrimonio muy joven y tuvo seis hijos. Era una madre ejemplar y cristiana fervorosa, que acogía en su casa a los misioneros que visitaban su pueblo para ejercer el sagrado ministerio, todo lo cual era perseguido. Un catequista apóstata denunció la presencia del P. Galy. Inés fue arrestada y llevada a Tran-Hoa, donde la sometieron a durísimos interrogatorios y crueles torturas para que apostatara, cosa que no consiguieron. Su salud se deterioró, no soportó los suplicios y murió en la cárcel el 12 de julio de 1841, en tiempo del emperador Thieu Tri.

San León I de Cava. Nació en Luca (Italia). Fue primero ermitaño y luego pasó al monasterio de Cava dei Tirreni (Campania) del que, por sus virtudes y talentos, fue elegido abad el año 1050. Vivió siempre con gran pobreza y sencillez, fomentando la observancia monástica en su comunidad. Trabajaba con sus manos, recogía leña en los montes, la vendía y daba su importe a los pobres; además, los defendía frente a los poderosos. Murió el año 1079.

Santos Nabor y Félix. Eran dos soldados del ejército romano, procedentes del norte de África, que estaban en Milán al servicio del emperador Maximiano, quien empezó su persecución contra los cristianos por la purga del ejército. Nabor y Félix, para no tener que ofrecer sacrificios a los dioses del imperio, dejaron el ejército. Con todo, los detuvieron, los juzgaron y, por no querer abjurar de su fe, los decapitaron en Lodi Vecchio (Lombardía) el año 304.

San Paterniano. Fue obispo de Fano, en Las Marcas (Italia), en el siglo IV.

San Pedro Khanh. Vietnamita de vida ejemplar que, después de haber ejercitado el oficio de catequista, recibió la ordenación sacerdotal en 1819. Aunque en medio de no pocas dificultades, pudo ejercer su ministerio parroquial durante bastantes años. En enero de 1842, lo reconocieron como sacerdote en los trámites de una aduana. Lo encarcelaron, lo torturaron y lo dejaron abandonado en la prisión para ver si apostataba de su fe, pero todo en vano. Por último, el 12 de julio de 1842 lo decapitaron en la provincia de Nghe An (Vietnam), en tiempo del emperador Thieu Tri.

Santos Proclo e Hilarión. Sufrieron el martirio en Ancara (Turquía), en el siglo II, siendo emperador romano Trajano y gobernador Máximo.

San Vivenciolo de Lyon. Fue primero monje en el monasterio de Condat, en el Jura francés. Antes del año 515 fue elegido obispo de Lyon (Francia). Fue un prelado sabio y responsable. Convocó varios concilios, de los que el más famoso es el de Epaone. Insistió en que asistieran al mismo tanto el clero como el pueblo, de forma que todos tuvieron noticia clara y directa de las normas que daban los padres conciliares. Murió el 12 de julio del año 523 ó 524.

Beato David Gunston (o Gonson). Era hijo del vicealmirante de la flota inglesa y tesorero de la Marina. Ingresó como caballero en la Orden de San Juan de Jerusalén y estuvo en la isla de Malta hasta que regresó a Inglaterra por asuntos de su Orden. Enrique VIII trató de suprimir la Orden en Inglaterra y apoderarse de sus bienes. David mostró su disconformidad, no aprobó que el Rey se arrogara la supremacía en materia religiosa y lo acusó de hereje por negar el primado del Papa. Fue acusado de traición, arrestado y encerrado en la Torre de Londres. Lo ahorcaron en St. Thomas Waterings, Londres, el 12 de julio de 1541.

Beatos Matías Araki y compañeros, mártires de Japón. En la colina de los mártires de Nagasaki (Japón), el 12 de julio de 1626, fueron martirizados por el nombre de Jesús ocho cristianos japoneses: cuatro hombres, tres mujeres y un niño. Las mujeres y el niño fueron degollados, los hombres fueron quemados a fuego lento. Todos ellos confesaron con entereza la fe de Jesucristo. Estos son los nombres de los mártires y los lazos entre ellos: Matías Araki era hermano de Mancio Araki que fue martirizado días antes (cf. 8 de julio); ambos habían hospedado al P. Francisco Pacheco. Pedro Arakiyori y su esposa Susana; Juan Tanaka y su esposa Catalina; Juan Nagai Naisen, su esposa Mónica, y el hijo pequeño de ambos Luis.

Beatas Rosa de San Javier Tallien y compañeras mártires. El 12 de julio de 1794 fueron guillotinadas en la plaza de Orange (Francia) cuatro religiosas por su fidelidad a Cristo y a su Evangelio. Las acusaciones que se alegaron contra ellas fueron: ser refractarias a las leyes de la República Francesa, haber rehusado prestar el juramento que se les exigía y propagar un fanatismo peligroso. Estos son sus nombres: Rosa de San Javier Tallien, en religión Magdalena Teresa, que nació en Bollène el año 1746 y se consagró al Señor en el monasterio de la Congregación de la Adoración Perpetua del Santísimo Sacramento (Sacramentinas) de su ciudad natal. Marta del Ángel Bueno Cluse, en religión María, que nació en Bouvante el año 1761 e ingresó también en el mismo monasterio de las Sacramentinas. María de San Enrique de Justamond, en religión Margarita Leonor, que nació en Bollène el año 1746 e ingresó en el monasterio cisterciense de Santa Catalina, de Aviñón. Juana María de San Bernardo de Romillon , que nació en Bollène el año 1753 e ingresó en el monasterio de las religiosas de Santa Úrsula, de Pont-St-Esprit.



PARA TENER EL ESPÍRITU DE ORACIÓN Y DEVOCIÓN

Pensamiento bíblico:

Dijo Jesús a Nicodemo: «Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna. Porque tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él» (Jn 3,14-17).

Pensamiento franciscano:

Oración de san Francisco: «Omnipotente, eterno, justo y misericordioso Dios, danos a nosotros, miserables, hacer por ti mismo lo que sabemos que tú quieres, y siempre querer lo que te place, para que podamos seguir las huellas de tu amado Hijo, nuestro Señor Jesucristo, y por sola tu gracia llegar a ti, Altísimo, que, en Trinidad perfecta y en simple Unidad, vives y reinas y eres glorificado, Dios omnipotente, por los siglos de los siglos. Amén» (CtaO 50-52).

Orar con la Iglesia:

Oremos al Señor, nuestro Dios, fuente del agua viva.

-Por todos los que nos llamamos cristianos: para que se despierte en nosotros, como en la mujer samaritana, la sed de profundizar en la fe.

-Por los que no conocen el don de Dios y buscan insaciablemente: para que descubran el surtidor de agua viva, que salta hasta la vida eterna.

-Por los que se sienten saciados y tienen embotada su sensibilidad: para que se despierte en ellos el hambre del otro pan y la sed del agua que colma toda sed.

-Por nosotros: para que conozcamos más y mejor el don de Dios, la persona de Cristo, y aprendamos a ver la vida de un modo nuevo.

Oración: Señor, Dios nuestro, por medio de tu Hijo diste a la samaritana el agua de la vida; atiende a nuestras súplicas, danos de beber y derrama sobre nosotros el agua del Espíritu. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

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DIÁLOGO DE JESÚS CON LA SAMARITANA
Benedicto XVI, Ángelus del día 27-III-2011

Queridos hermanos y hermanas:

El tercer domingo de Cuaresma se caracteriza por el célebre diálogo de Jesús con la mujer samaritana, narrado por el evangelista san Juan. La mujer iba todos los días a sacar agua de un antiguo pozo, que se remontaba a los tiempos del patriarca Jacob, y ese día se encontró con Jesús, sentado, «cansado del camino» (Jn 4,6). San Agustín comenta: «Hay un motivo en el cansancio de Jesús... La fuerza de Cristo te ha creado, la debilidad de Cristo te ha regenerado... Con la fuerza nos ha creado, con su debilidad vino a buscarnos».

El cansancio de Jesús, signo de su verdadera humanidad, se puede ver como un preludio de su pasión, con la que realizó la obra de nuestra redención. En particular, en el encuentro con la Samaritana, en el pozo, sale el tema de la «sed» de Cristo, que culmina en el grito en la cruz: «Tengo sed» (Jn 19,28). Ciertamente esta sed, como el cansancio, tiene una base física. Pero Jesús, como dice también Agustín, «tenía sed de la fe de esa mujer», al igual que de la fe de todos nosotros. Dios Padre lo envió para saciar nuestra sed de vida eterna, dándonos su amor, pero para hacernos este don Jesús pide nuestra fe. La omnipotencia del Amor respeta siempre la libertad del hombre; llama a su corazón y espera con paciencia su respuesta.

En el encuentro con la Samaritana, destaca en primer lugar el símbolo del agua, que alude claramente al sacramento del Bautismo, manantial de vida nueva por la fe en la gracia de Dios. En efecto, este Evangelio forma parte del antiguo itinerario de preparación de los catecúmenos a la iniciación cristiana, que tenía lugar en la gran Vigilia de la noche de Pascua. «El que beba del agua que yo le daré -dice Jesús-, nunca más tendrá sed. El agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna» (Jn 4,14). Esta agua representa al Espíritu Santo, el «don» por excelencia que Jesús vino a traer de parte de Dios Padre. Quien renace por el agua y el Espíritu Santo, es decir, en el Bautismo, entra en una relación real con Dios, una relación filial, y puede adorarlo «en espíritu y en verdad» (Jn 4,23.24), como revela también Jesús a la mujer samaritana. Gracias al encuentro con Jesucristo y al don del Espíritu Santo, la fe del hombre llega a su cumplimiento, como respuesta a la plenitud de la revelación de Dios.

Cada uno de nosotros puede identificarse con la mujer samaritana: Jesús nos espera para hablar a nuestro corazón, a mi corazón. Detengámonos un momento en silencio, en nuestra habitación, o en una iglesia, o en otro lugar retirado. Escuchemos su voz que nos dice: «Si conocieras el don de Dios...». Que la Virgen María nos ayude a no faltar a esta cita, de la que depende nuestra verdadera felicidad.

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EL COLEGIO DE LOS OBISPOS EXPRESA, CON EL PAPA,
LA UNIDAD DE LA GREY DE CRISTO
De la Constitución dogmática Lumen gentium, sobre la Iglesia,
del Concilio Vaticano II (Núm. 22)

Así como, por disposición del Señor, san Pedro y los demás apóstoles forman un solo Colegio apostólico, de modo análogo se unen entre sí el romano Pontífice, sucesor de Pedro, y los obispos, sucesores de los Apóstoles.

El Colegio o Cuerpo de los obispos, por su parte, no tiene autoridad, a no ser que se considere en comunión con el romano Pontífice, sucesor de Pedro, como cabeza del mismo, quedando totalmente a salvo el poder primacial de éste sobre todos, tanto pastores como fieles. Porque el romano Pontífice tiene sobre la Iglesia, en virtud de su cargo, es decir, como Vicario de Cristo y Pastor de toda la Iglesia, plena, suprema y universal potestad, que puede siempre ejercer libremente. En cambio, el Cuerpo episcopal, que sucede al Colegio de los apóstoles en el magisterio y en el régimen pastoral, más aún, en el que perdura continuamente el Cuerpo apostólico, junto con su Cabeza, el romano Pontífice, y nunca sin esta Cabeza, es también sujeto de la suprema y plena potestad sobre la Iglesia universal, si bien no puede ejercer dicha potestad sin el consentimiento del romano Pontífice.

El Señor estableció solamente a Simón como roca y portador de las llaves de la Iglesia, y lo constituyó Pastor de toda la grey; pero el oficio de atar y desatar dado a Pedro consta que fue dado también al Colegio de los Apóstoles unido a su Cabeza. Este Colegio, en cuanto compuesto de muchos, expresa la variedad y universalidad del Pueblo de Dios; y en cuanto agrupado bajo una sola cabeza, la unidad de la grey de Cristo. Dentro de este Colegio, los obispos, respetando fielmente el primado y preeminencia de su Cabeza, gozan de la potestad propia para bien de sus propios fieles, incluso para bien de toda la Iglesia, porque el Espíritu Santo consolida sin cesar su estructura orgánica y su concordia. La potestad suprema sobre la Iglesia universal que posee este Colegio se ejercita de modo solemne en el concilio ecuménico. No hay concilio ecuménico si no es aprobado o, al menos, aceptado como tal por el sucesor de Pedro.

Y es prerrogativa del romano Pontífice convocar estos concilios ecuménicos, presidirlos y confirmarlos. Esta misma potestad colegial puede ser ejercida por los obispos dispersos por el mundo a una con el Papa, con tal que la Cabeza del Colegio los llame a una acción colegial o, por lo menos, apruebe la acción unida de éstos o la acepte libremente, para que sea un verdadero acto colegial.

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EL EVANGELIO DE SAN FRANCISCO:
POBREZA Y ALEGRÍA
por Victoriano Casas García, OFM

Aproximarse a Francisco de Asís y al movimiento franciscano que de él parte, es quedar gozosamente conmovido al encontrarse con una de las cimas más transparentes del Evangelio, acogido y escuchado, vivido y actuado, anunciado y proclamado.

La vida de este hombre pequeño, Francisco, fue corta en el tiempo: cuarenta y cuatro años (1182-1226). Con todo, fue tan intensa y tan genuina, que él marcó para siempre, con su originalidad, integridad y vitalidad, la espiritualidad cristiana. Al tratarse aquí de una experiencia, no es fácil describirla, pero lo que sorprende en él es la radical armonía entre la escucha del Evangelio, la vida según el Evangelio y su anuncio tanto a cristianos como a no cristianos.

Con apenas veinticinco años, un día, participando de la Eucaristía en la capillita de Santa María de los Ángeles, la Porciúncula, en Asís, él se sintió, a la vez, visitado y fulminado por el Evangelio: «No os procuréis oro, ni plata... ni alforja para el camino... Al entrar en una casa, saludadla con la paz; si la casa es digna, vuestra paz vendrá a ella...». Este tesoro y esta perla poblaron de tal gozo el corazón y la vida de este joven inquieto, que exclamó: «Esto es lo que yo quiero, esto es lo que yo busco, esto es lo que en lo más íntimo del corazón anhelo poner en práctica» (1 Cel 22).

Como un grano de mostaza se fue alzando en él este germen de Evangelio a lo largo de su vida. Ya al final de ella, echando una mirada retrospectiva a todo el camino andado, escribe en su Testamento: «Después que el Señor me dio hermanos, nadie me mostraba qué debía hacer, sino que el Altísimo mismo me reveló que debía vivir según la forma del santo Evangelio». Con esta noticia y propuesta abre Francisco la Regla de los Hermanos Menores: «La regla y la vida de los Hermanos Menores es ésta: guardar el santo Evangelio de nuestro Señor Jesucristo».

Pocos son los escritos de Francisco; sin embargo, todos ellos se encuentran adornados de textos sobre todo del Evangelio. Él no fue un estudioso, y por eso su acercamiento a la Sagrada Escritura no fue desde la mentalidad del que investiga, sino desde la del creyente que busca con humilde y confiada paciencia la voluntad de Dios. Esta fue su actitud constante a lo largo de su vida. La hermenéutica bíblica de Francisco es existencial, es decir, vuelta a la praxis y a la experiencia.

En los comienzos de su conversión él no tuvo interés por predicar y tanto menos por reformar la Iglesia. Su preocupación central fue descubrir lo que Dios quería de él. Francisco ciertamente preguntó y buscó; con todo, la única respuesta que aquietó sus aspiraciones la encontró en el Evangelio. Con los brazos abiertos y el corazón desnudo y pobre él se situó ante el Evangelio, escuchándolo, meditándolo, asimilándolo, sin predeterminarlo, sin discriminarlo, sino con sencillez, como los niños. La revelación del Evangelio para él es la persona de Cristo, su vida, su comportamiento, y seguidamente lo que Él enseñó y mandó a sus discípulos. Aquí residen la armonía y la globalidad evangélicas de la experiencia de Francisco.

El despojamiento, la kenosis, el rebajamiento de Cristo es lo que ha tocado el corazón de Francisco. Al hacerse hombre, ésta fue la condición que asumió Jesús, el Señor. Y ésta es la motivación para la pobreza radical de Francisco y sus hermanos.

Fue su identificación con Cristo lo que llevó a Francisco a una vida según el Evangelio. El anuncio y el testimonio de esta experiencia lo convirtieron en un hombre del Evangelio. Su penetración de Cristo fue tan incomparable que nadie como Francisco en transmitirnos la memoria y la imagen pura de Jesús. Acercándonos a este hombre evangélico tenemos la fuerte e indeleble impresión que es a Cristo a quien encontramos. En Francisco se renovó para el mundo la presencia transparente y diáfana de Cristo. Francisco no puede ser entendido sino desde Jesús. Cristo lo poseyó de tal modo que se convirtió en un símbolo vivo y cercano de Él. La comunión de fe, de vida y de obediencia llevaron a Francisco a experimentar lo escrito por el apóstol: «Vivo, pero no soy yo el que vive, es Cristo quien vive en mí» (Gál 2,20).

Francisco propone a todos el Evangelio como fundamental y constante norma de vida. Así, a los Hermanos Menores: «... guardemos la pobreza y la humildad y el santo Evangelio de nuestro Señor Jesucristo, que firmemente prometimos» (2 R 12,4). Así, a Clara y a sus hermanas: «Ya que os habéis desposado con el Espíritu Santo, eligiendo vivir según la perfección del santo Evangelio...» (FVCl). A los seglares que desean vivir este camino, él los introduce en el Evangelio: «Puesto que soy siervo de todos, a todos estoy obligado a servir y a suministrar las odoríferas palabras de mi Señor» (2CtaF 2). El Evangelio, escuchado y aceptado, es capaz de cambiar y transformar la vida. Esto es lo que han de testimoniar también los seglares franciscanos: «Somos madres (del Señor) cuando lo llevamos en el corazón y en nuestro cuerpo por el amor y por una conciencia pura y sincera; lo damos a la luz por las obras santas, que deben ser luz para ejemplo de otros» (2CtaF 53).































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