lunes, 10 de julio de 2017

Año Cristiano Franciscano



DÍA 11 DE JULIO

 

SAN BENITO, fundador de la Orden Benedictina y Patrono de Europa. Nació en Nursia, región de la Umbría italiana, hacia el año 480. Después de recibir en Roma una buena formación, comenzó a practicar la vida eremítica en Subiaco, donde reunió algunos discípulos. Más tarde, hacia el año 529, se trasladó a Casino, donde fundó el célebre monasterio de Montecasino y escribió su Regla, cuya difusión le valió el título de patriarca del monacato de Occidente, pues pronto se difundió por Europa en una red de miles de monasterios. Su Regla asume y resume la tradición monástica oriental, adaptándola con sabiduría y discreción al mundo occidental, con lo que, además, abre una vía nueva a la civilización europea tras el declive de la romana. La dedicación principal de los benedictinos es «la obra de Dios», o sea, la celebración de los misterios cristianos, y su lema «orar y trabajar». Así evangelizaron durante siglos a los pueblos, a los que llevaron también la cultura. Santa Escolástica era hermana suya. Murió el 21 de marzo del año 547. El papa Pablo VI, en 1966, lo proclamó patrono de Europa. -Oración: Señor, Dios nuestro, que hiciste del abad san Benito un esclarecido maestro en la escuela del divino servicio, concédenos, por su intercesión, que, prefiriendo tu amor a todas las cosas, avancemos por la senda de tus mandamientos con libertad de corazón. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.




SANTA OLGA DE KIEV. Nació el año 890 en Vybuti, hija de uno de los jefes de los Varegos, gentes de origen escandinavo. Contrajo matrimonio siendo muy joven con el príncipe Igor Rjurikovic. Éste fue asesinado el año 945 y Olga, que aún era pagana, de temperamento recto pero violento, vengó con dureza el asesinato. Tomó el gobierno del principado de Kiev como regente durante la minoría de su hijo Svjatoslav que tenía tres años. Gobernó con sabiduría y se ganó el aprecio de su pueblo que la consideraba justa y misericordiosa. Convertida al cristianismo hacia el año 957 y bautizada en Constantinopla, vivió su fe católica con mucha fidelidad y procuró extender el Evangelio por su pueblo. Murió en Kiev el 11 de julio del año 969. Su nieto san Vladimiro se convirtió espectacularmente al cristianismo y respondió tan generosamente al Evangelio, que él y su abuela son considerados como los apóstoles eslavos que abrieron el camino del cristianismo a los pueblos rusos.



BEATAS ROSALÍA CLOTILDE DE SANTA PELAGIA BÈS Y COMPAÑERAS MÁRTIRES. Estas cuatro religiosas: Rosalía Clotilde de Santa Pelagia Bès, María Isabel de San Teoctisto Pélissier, María Clara de San Martín Blanc y María Margarita de Santa Sofía de Barbegie d'Albarède, fueron guillotinadas el día 11 de julio de 1794 en la plaza pública de Orange (Francia), por haber sido consideradas enemigas de los principios de la Revolución Francesa y por haberse negado a prestar el juramento de libertad-igualdad. Rosalía Clotildenació en 1753 y en su juventud ingresó en el monasterio de la Congregación de la Adoración Perpetua del Santísimo Sacramento en la ciudad de Bollène. Era una religiosa ejemplar y afrontó con entereza interrogatorios y suplicios, manifestando que su ejecución era como el día de bodas con el celestial Esposo. María Isabel nació en Bollène el año 1742 y allí mismo profesó en el convento sacramentino. Llevó la administración de la casa. Cuando salieron hacia el martirio entonó el Magníficat en acción de gracias a Dios. María Clara profesó en el monasterio sacramentino de Bollène cumplidos sus 30 años, y fue religiosa durante otros 33 años, hasta su martirio. María Margarita nació el año 1740 y abrazó la vida religiosa en el monasterio de las Ursulinas de Pont-St-Esprit. Fue una religiosa cumplidora y de una intensa vida interior.

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San Abundio de Córdoba. Nació en Analelos, en la montaña de Córdoba (España), y, ordenado de sacerdote, fue nombrado párroco de su pueblo. No fue uno de los mártires espontáneos que se dieron en su tiempo, sino que unos musulmanes, con calumnias y engaños, lo llevaron ante el cadí. A instancias del mismo, confesó su fe en Cristo como el único salvador, y argumentó con razones su posición religiosa. Fue ejecutado en el acto y su cadáver fue abandonado en el campo para que lo devoraran las bestias. Era el año 854.

Santas Ana An Xinzhi, María An Guozhi, Ana An Jiaozhi y María An Lihua. Estas cuatro mujeres chinas pertenecían a la comunidad cristiana del pueblo de Tchai-Ben Seu. Al saber que los boxers recorrían los poblados buscando cristianos, se marcharon a un pueblo de paganos, Liugong-yin, en la provincia de Hebei (China), donde los acogieron fraternalmente sus parientes. Alguien las delató y los boxers fueron a buscarlas. Las detuvieron, las amenazaron con degollarlas ni no apostataban del cristianismo, pero las cuatro reafirmaron su fe en Cristo y manifestaron que nunca ni por nada del mundo abandonarían su religión. Fueron decapitadas el 11 de julio de 1900.

San Drostano. Vivió a caballo entre el siglo VI y el VII. Promovió la vida cenobítica. Gobernó varios monasterios, y en sus últimos años se dedicó a la vida eremítica. Murió en el fiordo de Moray, en Escocia.

San Hidulfo. Fue obispo de Tréveris (Alemania). Luego se retiró a la vida solitaria, pero se le unieron muchos discípulos y fundó el monasterio de Moyenmoutier, en los Vosgos (Francia), del que fue abad hasta su muerte el año 707.

San Leoncio II de Burdeos. Nació en Aquitania de familia noble. De joven abrazó la vida militar, y como tal estuvo en España. Contrajo matrimonio con una sobrina de san Sidonio Apolinar. A pesar de estar casado, fue elegido obispo de Burdeos poco antes del año 549. Participó en varios concilios. Tuvo problemas con los reyes por cuestión de la elección de obispos. Construyó la basílica de San Martín, la catedral y varias iglesias. Murió hacia el año 570 y su episcopado fue recordado y celebrado especialmente por sus obras de caridad y la buena organización de la diócesis.

Santa Marciana de Cesarea de Mauritania. Virgen que fue arrojada a las fieras para que la devoraran, el año 303, en Cesarea de Mauritania, en territorio de la actual Argelia.

San Marciano de Iconio. Después de pasar por muchas torturas, fue martirizado en Iconio, la actual Konya en Turquía, el año 243, por ser cristiano y no renegar de su fe, siendo gobernador romano Perenio.

San Pío I, papa del año 140 al año 155. Nació en Aquileya (Italia), y era hermano de Hermas, el autor del famoso libro titulado El Pastor. Celebró un sínodo en Roma que condenó el marcionismo, y en su tiempo era profesor en Roma san Justino. En verdad fue un buen pastor que guardó la Iglesia.

Santos Plácido y Sigisberto. Sigisberto, compañero de san Columbano, fundó el monasterio de San Martín en Disentis (Suiza) del que fue abad, en un terreno que le dio un rico propietario llamado Plácido, quien acabó ingresando y profesando en el monasterio. Plácido fue asesinado por defender los derechos del monasterio, y se le considera mártir. Su tiempo parecer ser el siglo VII.

San Quetilo. Nació en Dinamarca a comienzos del siglo XII en el seno de una familia acomodada. Viendo su piedad y su cultura, el obispo de Viborg lo ordenó de sacerdote, pero poco después ingresó en el convento de Canónigos Regulares de San Agustín, de la misma ciudad. Sus hermanos en religión lo nombraron preboste y le confiaron la escuela capitular en la que se educaban los futuros clérigos. Promovió la paz entre las dinastías enfrentadas y fomentó la evangelización de los Vendos. Murió en Viborg el año 1150.

Beato Bertrán. Fue abad del monasterio de Grand-Selve, en la región de Toulouse (Francia), que era muy observante. Era un hombre de gran pureza y sencillez evangélica, manso y fuerte a la vez. Combatió el error de los albigenses, que lo persiguieron y lo obligaron a estar un tiempo en Italia. San Bernardo lo estimaba mucho, y Bertrán y sus monjes le solicitaron ser admitidos en la Orden Cisterciense, y así se hizo en 1145. Celebraba la misa con gran devoción y el Señor le concedió experiencias místicas extraordinarias. Murió el año 1149.

Beatos Tomás Benstead y Tomás Sprott. Son dos sacerdotes católicos ingleses que, acusados de traidores por haberse ordenado en el extranjero y haber vuelto a Inglaterra, fueron ahorcados y descuartizados en Lincoln (Inglaterra), en torno al 11 de julio de 1600, en tiempo de la reina Isabel I. Benstead (o Hunt) nació en Norfolk, estudió la carrera eclesiástica en España, concretamente en Valladolid y en Sevilla, ciudad ésta en la que se ordenó de sacerdote en 1599, y volvió a su patria para ejercer el ministerio sagrado. Enseguida lo arrestaron. Sprott nació en Skelsmerg el año 1571, hizo la carrera eclesiástica en Douai (Francia), se ordenó de sacerdote en 1596 y regresó a Inglaterra. Estuvo trabajando apostólicamente hasta que lo detuvieron en Lincoln junto con el P. Tomás Benstead.



PARA TENER EL ESPÍRITU DE ORACIÓN Y DEVOCIÓN

Pensamiento bíblico:

De la Carta a los Efesios: «Hermanos, esforzaos en mantener la unidad del Espíritu con el vínculo de la paz. Un solo cuerpo y un solo Espíritu, como una sola es la esperanza de la vocación a la que habéis sido convocados. Un Señor, una fe, un bautismo. Un Dios, Padre de todos, que está sobre todos, actúa por medio de todos y está en todos» (Ef 4,3-6).

Pensamiento franciscano:

La Forma de vida de san Francisco: «La regla y vida los hermanos es ésta, vivir en obediencia, en castidad y sin propio, y seguir la doctrina y las huellas de nuestro Señor Jesucristo... La regla y vida de los Hermanos Menores es ésta, guardar el santo Evangelio de nuestro Señor Jesucristo... Y después que el Señor me dio hermanos, nadie me ensañaba qué debería hacer, sino que el Altísimo mismo me reveló que debería vivir según la forma del santo Evangelio». (1 R 1,1; 2 R 1,1; Test 14).

Orar con la Iglesia:

Oremos al Padre, confiados en la intercesión de san Benito, «Patriarca de Occidente» y «Patrono de Europa».

-Para que la Iglesia de Cristo contribuya a reconstruir la unidad espiritual de Europa en un clima de respeto a las otras religiones y a las genuinas libertades.

-Para que los pueblos de Europa descubran y afiancen sus raíces cristianas y aúnen sus esfuerzos al servicio de una convivencia pacífica.

-Para que el ideal de san Benito, orar y trabajar, potencie el equilibrio psicológico y espiritual, amenazado por el predominio del tener sobre el ser.

-Para que el ejemplo de san Benito nos estimule para que llevemos, cada cual según su estado y condición, una vida evangélica más perfecta y respondamos mejor a nuestra vocación.

Oración: Acoge, Padre, nuestra oración, y haz que, realizando nuestro trabajo cotidiano en armonía con tu voluntad, podamos transformar toda nuestra vida y la de nuestra sociedad en alabanza jubilosa de tu nombre. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

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SAN BENITO DE NURSIA
De la catequesis de S. S. Benedicto XVI
en la audiencia general del miércoles 9-IV-2008

La fecha del nacimiento de san Benito se sitúa alrededor del año 480. Procedía, según dice san Gregorio de la región de Nursia. Sus padres, de clase acomodada, lo enviaron a estudiar a Roma. Él, sin embargo, no se quedó mucho tiempo en la ciudad eterna. Como explicación totalmente creíble, san Gregorio alude al hecho de que al joven Benito le disgustaba el estilo de vida de muchos de sus compañeros de estudios, que vivían de manera disoluta, y no quería caer en los mismos errores. «Sólo quería agradar a Dios».

Así, antes de concluir sus estudios, san Benito dejó Roma y se retiró a la soledad de los montes que se encuentran al este de la ciudad eterna. Después de una primera estancia en el pueblo de Effide (hoy Affile), donde se unió durante algún tiempo a una «comunidad religiosa» de monjes, se hizo eremita en la cercana Subiaco. Allí vivió durante tres años, completamente solo, en una gruta que, desde la alta Edad Media, constituye el «corazón» de un monasterio benedictino llamado «Sacro Speco».

El período que pasó en Subiaco, un tiempo de soledad con Dios, fue para san Benito un momento de maduración. Allí tuvo que soportar y superar las tres tentaciones fundamentales de todo ser humano: la tentación de autoafirmarse y el deseo de ponerse a sí mismo en el centro; la tentación de la sensualidad; y, por último, la tentación de la ira y de la venganza.

San Benito estaba convencido de que sólo después de haber vencido estas tentaciones podía dirigir a los demás palabras útiles para sus situaciones de necesidad. De este modo, tras pacificar su alma, podía controlar plenamente los impulsos de su yo, para ser artífice de paz a su alrededor. Sólo entonces decidió fundar sus primeros monasterios en el valle del Anio, cerca de Subiaco. En el año 529, san Benito dejó Subiaco para asentarse en Montecassino.

En todo el segundo libro de los Diálogos, san Gregorio nos muestra cómo la vida de san Benito estaba inmersa en un clima de oración, fundamento de su existencia. Sin oración no hay experiencia de Dios. Pero la espiritualidad de san Benito no era una interioridad alejada de la realidad. En la inquietud y en el caos de su época, vivía bajo la mirada de Dios y precisamente así nunca perdió de vista los deberes de la vida cotidiana ni al hombre con sus necesidades concretas.

Al contemplar a Dios comprendió la realidad del hombre y su misión. En su Regla se refiere a la vida monástica como «escuela del servicio del Señor» y pide a sus monjes que «nada se anteponga a la Obra de Dios», es decir, al Oficio divino o Liturgia de las Horas. Sin embargo, subraya que la oración es, en primer lugar, un acto de escucha, que después debe traducirse en la acción concreta. «El Señor espera que respondamos diariamente con obras a sus santos consejos», afirma.

Así, la vida del monje se convierte en una simbiosis fecunda entre acción y contemplación «para que en todo sea glorificado Dios». En contraste con una autorrealización fácil y egocéntrica, que hoy con frecuencia se exalta, el compromiso primero e irrenunciable del discípulo de san Benito es la sincera búsqueda de Dios en el camino trazado por Cristo, humilde y obediente, a cuyo amor no debe anteponer nada, y precisamente así, sirviendo a los demás, se convierte en hombre de servicio y de paz. En el ejercicio de la obediencia vivida con una fe animada por el amor, el monje conquista la humildad, a la que dedica todo un capítulo de su Regla. De este modo, el hombre se configura cada vez más con Cristo y alcanza la auténtica autorrealización como criatura a imagen y semejanza de Dios.

A la obediencia del discípulo debe corresponder la sabiduría del abad, que en el monasterio «hace las veces de Cristo». Su figura, descrita sobre todo en el segundo capítulo de la Regla, con un perfil de belleza espiritual y de compromiso exigente, puede considerarse un autorretrato de san Benito, pues -como escribe san Gregorio Magno- «el santo de ninguna manera podía enseñar algo diferente de lo que vivía». El abad debe ser un padre tierno y al mismo tiempo un maestro severo, un verdadero educador. Aun siendo inflexible contra los vicios, sobre todo está llamado a imitar la ternura del buen Pastor, a «servir más que a mandar», y a «enseñar todo lo bueno y lo santo más con obras que con palabras». Para poder decidir con responsabilidad, el abad también debe escuchar «el consejo de los hermanos», porque «muchas veces el Señor revela al más joven lo que es mejor». Esta disposición hace sorprendentemente moderna una Regla escrita hace casi quince siglos. Un hombre de responsabilidad pública, incluso en ámbitos privados, siempre debe saber escuchar y aprender de lo que escucha.

San Benito califica la Regla como «mínima, escrita sólo para el inicio»; pero, en realidad, ofrece indicaciones útiles no sólo para los monjes, sino también para todos los que buscan orientación en su camino hacia Dios. Por su moderación, su humanidad y su sobrio discernimiento entre lo esencial y lo secundario en la vida espiritual, ha mantenido su fuerza iluminadora hasta hoy.

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NO ANTEPONGAN NADA ABSOLUTAMENTE A CRISTO
De la Regla de san Benito (Prólogo, 4-22; cap. 72,1-12)

Cuando emprendas alguna obra buena, lo primero que has de hacer es pedir constantemente a Dios que sea él quien la lleve a término, y así nunca lo contristaremos con nuestras malas acciones, a él, que se ha dignado contarnos en el número de sus hijos, ya que en todo tiempo debemos someternos a él en el uso de los bienes que pone a nuestra disposición, no sea que algún día, como un padre que se enfada con sus hijos, nos desherede, o, como un amo temible, irritado por nuestra maldad, nos entregue al castigo eterno, como a servidores perversos que han rehusado seguirlo a la gloria.

Por lo tanto, despertémonos ya de una vez, obedientes a la llamada que nos hace la Escritura: Ya es hora de despertarnos del sueño. Y, abiertos nuestros ojos a la luz divina, escuchemos bien atentos la advertencia que nos hace cada día la voz de Dios: Si escucháis hoy su voz, no endurezcáis el corazón; y también: Quien tenga oídos, oiga lo que dice el Espíritu a las Iglesias.

¿Y qué es lo que dice? Venid, hijos, escuchadme: os instruiré en el temor del Señor. Caminad mientras tenéis luz, antes que os sorprendan las tinieblas de la muerte.

Y el Señor, buscando entre la multitud de los hombres a uno que realmente quisiera ser operario suyo, dirige a todos esta invitación: ¿Hay alguien que ame la vida y desee días de prosperidad? Y si tú, al oír esta invitación, respondes: «Yo», entonces Dios te dice: «Si amas la vida verdadera y eterna, guarda tu lengua del mal, tus labios de la falsedad; apártate del mal, obra el bien, busca la paz y corre tras ella. Si así lo hacéis, mis ojos estarán sobre vosotros y mis oídos atentos a vuestras plegarias; y, antes de que me invoquéis, os diré: Aquí estoy».

¿Qué hay para nosotros más dulce, hermanos muy amados, que esta voz del Señor que nos invita? Ved cómo el Señor, con su amor paternal, nos muestra el camino de la vida.

Ceñida, pues, nuestra cintura con la fe y la práctica de las buenas obras, avancemos por sus caminos, tomando por guía el Evangelio, para que alcancemos a ver a aquel que nos ha llamado a su reino. Porque, si queremos tener nuestra morada en las estancias de su reino, hemos de tener presente que para llegar allí hemos de caminar aprisa por el camino de las buenas obras.

Así como hay un celo malo, lleno de amargura, que separa de Dios y lleva al infierno, así también hay un celo bueno, que separa de los vicios y lleva a Dios y a la vida eterna. Este es el celo que han de practicar con ferviente amor los monjes, esto es: estimando a los demás más que a uno mismo; soporten con una paciencia sin límites sus debilidades, tanto corporales como espirituales; pongan todo su empeño en obedecerse los unos a los otros; procuren todos el bien de los demás, antes que el suyo propio; pongan en práctica un sincero amor fraterno; vivan siempre en el temor y amor de Dios; amen a su abad con una caridad sincera y humilde; no antepongan nada absolutamente a Cristo, el cual nos lleve a todos juntos a la vida eterna.

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LA VIDA DEL EVANGELIO
por Julio Micó, OFMCap

Lo peligroso del Evangelio

Vivir con seriedad el Evangelio siempre ha sido peligroso y desestabilizador. Si Francisco hubiera seguido las pautas tradicionales de religiosidad que se vivían entonces en la Iglesia, no hubiera pasado nada. Pero se atrevió a caminar el camino que su encuentro con Dios le había descubierto. Por eso, tanto la sociedad como la Iglesia lo miraron con suspicacia, hasta que fueron capaces de integrarlo.

La forma evangélica de vida tomada por Francisco era subversiva aun sin pretenderlo, ya que chocaba con los nuevos valores que la sociedad de su tiempo estaba gestando; de ahí que la primera reacción fuera la de desautorizarlo como loco, como marginado. La sociedad no podía tolerar que alguien pensara y viviera por libre; eso era peligroso, pues creaba inseguridad. Con el paso de los años, lograron cierta domesticación al considerarlo como santo; un santo de la burguesía que era capaz de satisfacer las necesidades religiosas que tenían como clase. En adelante, los mendicantes, y en concreto los Franciscanos, serán las órdenes de la nueva sociedad, de la burguesía.

Respecto a la Iglesia pasó algo parecido. Costó bastante que en Roma, tal vez por experiencias recientes, se fiaran de la viabilidad del proyecto presentado por Francisco. Suponía aceptar que el Evangelio que los curiales predicaban, pero no cumplían, sí era practicable. Hubo que asegurar la plena fidelidad de Francisco y su integración dentro de los planes de reforma de la vida religiosa que la Curia estaba realizando, para que la vida del Evangelio que el santo presentaba como una forma coherente de vivir en la Iglesia fuese aprobada.

La misma Fraternidad tampoco llegó a asimilar del todo el evangelismo de Francisco. Además del corrimiento hacia posiciones y estructuras más tradicionales, los biógrafos lo interpretaron desde las mismas posiciones en que se había colocado la Orden. La forma de vida que Francisco intuyó y vivió como un seguimiento dinámico de Jesús tal como nos lo transmitió el grupo de carismáticos ambulantes de la Iglesia primitiva, es entendida como perfectio evangelica, «perfección evangélica», expresión monástica que refleja en contenidos de imitación, y por lo tanto de forma estática, la vivencia evangélica de la propia fe.

El cuadro antes descrito puede hacernos pensar que el proyecto de vida pretendido por Francisco fue un intento frustrado de hacer real el Evangelio de Jesús; y la verdad es que no fue así. Lo que no prosperó -tal vez porque es ley general que los movimientos radicales nazcan, se desarrollen y se disuelvan hasta desaparecer de una forma muy rápida- fue la forma del santo Evangelio vivida al estilo de los movimientos pauperísticos laicos, que Francisco entendió como voluntad del Señor. La evolución del movimiento franciscano hacia un tipo de Orden aceptable para la sociedad y la Iglesia, mantuvo los valores fundamentales, pero encarnados e historizados en formas menos sencillas y espontáneas que le restaban frescura.

De todos modos, el evangelismo vivido por Francisco sigue siendo para nosotros un reto a la hora de estructurar nuestra vida, ya que nos está invitando a recorrer el camino de Jesús desde la perspectiva del Reino; un Reino por el que se nos hace posible ser, a nivel individual y colectivo, lo que siempre hemos soñado y todavía más: lo que Dios ha proyectado, desde su amor, para nosotros.

Francisco recorrió este camino de Evangelio acompañado de la mano segura de la Iglesia. De ella recibió las santas palabras del Señor (2CtaF 34s), que para él eran espíritu y vida (Test 13), y a ella se dirigió para que le confirmara el vivir según la forma del santo Evangelio escrito en pocas palabras y sencillamente (Test 14s). Su empeño por vivirlo dentro de la Iglesia le confirmó como un verdadero creyente que no busca tanto seguir su propio camino, por muy seguro que esté, cuanto seguir el camino de Jesús que se nos muestra en el Evangelio.























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