sábado, 1 de julio de 2017

Año Cristiano Franciscano


DÍA 2 DE JULIO

 

SAN BERNARDINO REALINO. Nació en Carpi, provincia de Módena (Italia), el año 1530, en el seno de una familia acomodada. Estudió primero en su casa, y luego en Módena y Bolonia, donde sacó el doctorado en ambos derechos. Ejerció diversos cargos en la administración civil. El fallecimiento de su prometida le provocó una crisis sobre su vocación. Se trasladó a Nápoles, como lugarteniente del virrey, y allí conoció a los jesuitas. Ingresó en la Compañía de Jesús en 1564 y en 1567 recibió la ordenación sacerdotal. Estuvo trabajando en un colegio de Nápoles hasta que en 1574 lo destinaron a Lecce, donde pasó el resto de su vida. Realizó una muy grande labor apostólica en la ciudad como predicador, confesor y director de las congregaciones marianas, y atrajo a multitud de personas a la vida cristiana. Fue ilustre por su caridad y su benignidad; había despreciado los honores del mundo y se entregó al cuidado pastoral de los presos y de los enfermos, y al ministerio de la palabra y del sacramento de la penitencia. Murió el 2 de julio de 1616.


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Santos Liberato, Bonifacio, Servo y Rústico, Rogato y Septimio, y Máximo. Liberato era abad, Bonifacio diácono, Servo y Rústico subdiáconos, Rogato y Septimio monjes, y Máximo era aún un niño. Todos ellos, el año 484, durante la persecución desencadenada en Cartago (Túnez) por los vándalos bajo el rey arriano Hunerico, por confesar la verdadera fe católica y defender la unicidad del bautismo por lo que se negaron a ser bautizados de nuevo, fueron sometidos a crueles tormentos, clavados a los maderos en los que iban a ser quemados o golpeados con remos hasta que sus cabezas quedaron destrozadas.

San Lidano. Nació en Civita d´Antino (L´Áquila) y de pequeño entró en el monasterio de Montecasino. El año 1046 se trasladó a Sezze (Lazio, Italia), donde fundó el monasterio benedictino de Santa Cecilia, del que fue abad. Con sus monjes saneó las tierras circundantes, liberando de esa forma a sus habitantes de la fiebre palúdica. Murió el año 1118.

Santa Monegunda. Nació en Chartres, contrajo matrimonio y tuvo dos hijas. Cuando murieron prematuramente sus hijas, con permiso del marido se retiró a la vida eremítica. Después se trasladó a Tours y se recluyó en una celda junto a la tumba de San Martín. Murió hacia el año 570.

Santos Proceso y Martiniano. En Roma, en el cementerio de Dámaso, en el segundo miliario de la Vía Aurelia, se conmemora a estos santos mártires de la antigüedad cristiana.

San Swithun de Winchester. Nació en Inglaterra a principios del siglo IX. Fue capellán de Egberto de Essex, rey de los sajones, y tutor del hijo del rey que luego gobernó su país. El año 852 fue nombrado obispo de Winchester, entonces capital de Inglaterra. Destacó por su austeridad de vida y por su amor a los pobres. Fundó numerosas iglesias, que visitaba siempre a pie. Murió el año 862.

Beata Eugenia Joubert. Nació en Yssingeaux (Francia) el año 1876. Recibió una buena formación en varios colegios religiosos. En 1895, venciendo la oposición paterna, ingresó en la Congregación de la Sagrada Familia del Sagrado Corazón. Consagró su vida de apostolado a enseñar la doctrina cristiana a niños y adolescentes en los varios colegios a que la destinaron. En 1902 se le declaró una tuberculosis pulmonar, que aceptó con total entrega a la voluntad de Dios. Aún pudo peregrinar a Loreto y Roma. Murió en su convento de St. Gilles, junto a Lieja (Bélgica), en 1904.

Beatos Juan y Pedro Becchetti. Eran parientes, posiblemente primos, y tenían muchas cosas en común: nacieron en Fabriano (Las Marcas, Italia), ingresaron en la Orden de los Ermitaños de San Agustín, recibieron la ordenación sacerdotal, y murieron en Fabriano. Juan fue un profesor de gran cultura y de profunda espiritualidad. Los superiores lo enviaron a Oxford, donde enseñó y consiguió el doctorado en teología. Vuelto a su patria, trabajó en las casas de estudios de los agustinos, tuvo fama de buen predicar y escribió obras filosóficas y teológicas. Murió en 1420. Pedro también ejerció la docencia en casas de su Orden. Fue estimado como orador sagrado y propagó la devoción a la pasión del Señor. Visitó los Santos Lugares y luego, en su convento de Fabriano, edificó una capilla dedicada al Santo Sepulcro. Murió en 1421.

Beato Pedro de Luxemburgo. Vivió sólo 18 años. Era hijo de los condes de Ligny y nació en 1369. Al quedar huérfano de madre, lo crió una tía suya. El papa de Aviñón Clemente VII lo nombró sucesivamente canónigo de París, arcediano de Bruselas, etc., y obispo de Metz cuando tenía 14 años. Renunció a su sede y se retiró a Villeneuve-les-Avignon (cerca de Aviñón, Francia) donde murió en 1387. Su pureza, humildad, caridad, austeridad de vida y piedad lo acreditaron a los ojos de todos como santo.



PARA TENER EL ESPÍRITU DE ORACIÓN Y DEVOCIÓN

Pensamiento bíblico:

«¿De qué le sirve a uno, hermanos míos, decir que tiene fe, si no tiene obras? ¿Podrá acaso salvarlo esa fe? Si un hermano o una hermana andan desnudos y faltos del alimento diario y uno de vosotros les dice: "Id en paz, abrigaos y saciaos", pero no les da lo necesario para el cuerpo, ¿de qué sirve? Así es también la fe: si no tiene obras, está muerta por dentro» (Sant 2,14-17).

Pensamiento franciscano:

Dice san Francisco en su primera Regla: -Los hermanos muestren por las obras el amor que se tienen mutuamente, como dice el Apóstol: No amemos de palabra y de boca, sino de obra y de verdad. Y a nadie difamen. No murmuren, no denigren a otros. Y sean modestos, mostrando toda mansedumbre para con todos los hombres. No juzguen, no condenen. Y, como dice el Señor, no consideren los pecados mínimos de los otros; al contrario, recapaciten más bien en los suyos propios con amargura de su alma (cf. 1 R 1,6-12).

Orar con la Iglesia:

Demos gracias a Dios Padre que, por la acción de su Espíritu, purifica nuestros corazones y los llena de su amor, y digámosle: Derrama sobre nosotros tu Espíritu.

-Concédenos, Señor, el espíritu de fe y de acción de gracias, para recibir siempre con gozo lo bueno y soportar con paciencia lo adverso.

-Haz que practiquemos la caridad no únicamente en los acontecimientos importantes, sino, ante todo, en la vida ordinaria.

-Concédenos vivir con austeridad cristiana y compartir nuestro pan con los hambrientos.

-Danos llevar en nuestro cuerpo la muerte de tu Hijo, para que, como dice san Pablo, sea Cristo quien viva en nosotros.

Oración: Padre nuestro, que premias a los justos y perdonas a los pecadores que hacen penitencia, danos, por la humilde confesión de nuestras culpas, tu paz y tu perdón. Te lo pedimos por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

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LA ORACIÓN DEL "ÁNGELUS" Y LA ANUNCIACIÓN
Benedicto XVI, Ángelus del día 20 de julio de 2008

Queridos jóvenes amigos:

Nos disponemos ahora a recitar juntos la hermosa oración del Ángelus. En ella reflexionaremos sobre María, mujer joven que conversa con el ángel, que la invita, en nombre de Dios, a una particular entrega de sí misma, de su vida, de su futuro como mujer y madre. Podemos imaginar cómo debió sentirse María en aquel momento: totalmente estremecida, completamente abrumada por la perspectiva que se le ponía delante.

El ángel comprendió su ansiedad e inmediatamente intentó calmarla: «No temas, María… El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra» (Lc 1,30.35). El Espíritu fue quien le dio la fuerza y el valor para responder a la llamada del Señor. El Espíritu fue quien la ayudó a comprender el gran misterio que iba a cumplirse por medio de Ella. El Espíritu fue el que la rodeó con su amor y la hizo capaz de concebir en su seno al Hijo de Dios.

Esta escena es quizás el momento culminante de la historia de la relación de Dios con su pueblo. En el Antiguo Testamento, Dios se reveló de modo parcial y gradual, como hacemos todos en nuestras relaciones personales. Se necesitó tiempo para que el pueblo elegido profundizase en su relación con Dios. La Alianza con Israel fue como un tiempo de hacer la corte, un largo noviazgo. Luego llegó el momento definitivo, el momento del matrimonio, la realización de una nueva y eterna alianza. En ese momento María, ante el Señor, representaba a toda la humanidad. En el mensaje del ángel, era Dios el que brindaba una propuesta de matrimonio con la humanidad. Y en nombre nuestro, María dijo sí.

En los cuentos, los relatos terminan en este momento: «y desde entonces vivieron felices y contentos». En la vida real no es tan fácil. Fueron muchas las dificultades que María tuvo que superar al afrontar las consecuencias de aquel «sí» al Señor. Simeón profetizó que una espada le traspasaría el corazón. Cuando Jesús tenía doce años, Ella experimentó las peores pesadillas que los padres pueden tener, cuando tuvo a su hijo perdido durante tres días. Y después de su actividad pública, sufrió la agonía de presenciar su crucifixión y muerte. En las diversas pruebas Ella permaneció fiel a su promesa, sostenida por el Espíritu de fortaleza. Y por ello tuvo como recompensa la gloria.

Queridos jóvenes, también nosotros debemos permanecer fieles al «sí» con que acogimos el ofrecimiento de amistad por parte del Señor. Sabemos que Él nunca nos abandonará. Sabemos que Él nos sostendrá siempre con los dones del Espíritu. María acogió la propuesta del Señor en nombre nuestro. Dirijámonos, pues, a Ella y pidámosle que nos guíe en las dificultades para permanecer fieles a esa relación vital que Dios estableció con cada uno de nosotros. María es nuestro ejemplo y nuestra inspiración; Ella intercede por nosotros ante su Hijo, y con amor materno nos protege de los peligros.

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LA PREEMINENCIA DE LA CARIDAD
Del Sermón 31 del beato Isaac de Stella

¿Por qué, hermanos, nos preocupamos tan poco de nuestra mutua salvación, y no procuramos ayudarnos unos a otros en lo que más urgencia tenemos de prestarnos auxilio, llevando mutuamente nuestras cargas, con espíritu fraternal? Así nos exhorta el Apóstol, diciendo: Llevad los unos las cargas de los otros y así cumpliréis la ley de Cristo; y en otro lugar: Sobrellevaos mutuamente con amor. En ello consiste, efectivamente, la ley de Cristo.

Cuando observo en mi hermano alguna deficiencia incorregible -consecuencia de alguna necesidad o de alguna enfermedad física o moral-, ¿por qué no lo soporto con paciencia, por qué no lo consuelo de buen grado, tal como está escrito: Llevarán en brazos a sus criaturas y sobre las rodillas las acariciarán? ¿No será porque me falta aquella caridad que todo lo aguanta, que es paciente para soportarlo todo, que es benigna en el amor?

Tal es ciertamente la ley de Cristo, que, en su pasión, soportó nuestros sufrimientos y, por su misericordia, aguantó nuestros dolores, amando a aquellos por quienes sufría, sufriendo por aquellos a quienes amaba. Por el contrario, el que hostiliza a su hermano que está en dificultades, el que le pone asechanzas en su debilidad, sea cual fuere su debilidad, se somete a la ley del diablo y la cumple. Seamos, pues, compasivos, caritativos con nuestros hermanos, soportemos sus debilidades, tratemos de hacer desaparecer sus vicios.

Cualquier género de vida, cualesquiera que sean sus prácticas o su porte exterior, mientras busquemos sinceramente el amor de Dios y el amor del prójimo por Dios, será agradable a Dios. La caridad ha de ser en todo momento lo que nos induzca a obrar o a dejar de obrar, a cambiar las cosas o a dejarlas como están. Ella es el principio por el cual y el fin hacia el cual todo debe ordenarse. Nada es culpable si se hace en verdad movido por ella y de acuerdo con ella.

Quiera concedérnosla aquel a quien no podemos agradar sin ella, y sin el cual nada en absoluto podemos, que vive y reina y es Dios por los siglos inmortales. Amén.

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LA VIDA DEL EVANGELIO
por Julio Micó, OFMCap

El evangelismo de san Francisco

Al identificar y valorar la experiencia espiritual de Francisco solemos recurrir a determinados tópicos, tales como la pobreza, la alegría, la familiaridad con la naturaleza, etc., que, si bien satisfacen la curiosidad de una fe superficial y descomprometida, no reflejan del todo lo que realmente supuso para él encontrarse con ese Dios vivo que le cercó y fascinó hasta conseguir que lo siguiera por el camino del Evangelio.

Porque lo que caracteriza a todo creyente sincero es que, tarde o temprano, Dios le sale al encuentro y le interpela para que se decida desde su fe. La conciencia de la propia responsabilidad o el miedo evasivo a definirse podrán aplazar una y otra vez la decisión responsiva. Pero siempre llega el momento, como le sucedió a Jonás, en que las sucesivas huidas no llevan a ninguna parte y, al sentirse acorralado, termina por ceder y confesar con el corazón y los labios al que es más fuerte que él y de quien no puede prescindir sin que su vida pierda sentido.

A Francisco le sucedió algo así. El encuentro de Espoleto (cf. 2 Cel 6) le desbarató de tal modo su propio montaje y le ensanchó tanto el horizonte existencial, que tardó algunos años en recomponer y organizar su vida de modo que pudiera ser una respuesta coherente y sensata al Dios que le había transformado con su presencia. Una respuesta que, a pesar de su relativa originalidad, estaba en cierto modo condicionada por el ambiente socio-religioso de la cristiandad y por su propia formación.

La cristiandad del siglo XII se caracteriza por su movilización, a todos los niveles, en busca del Evangelio. El arte, las peregrinaciones, las cruzadas y la misma teología serán la causa, y a la vez el efecto, de este amplio movimiento espiritual que ocupa todo un período de la Iglesia. Por primera vez se siente esa sensación emocionante de que se va a difundir sobre la tierra el mensaje evangélico, la liberación de todo miedo y de toda angustia.

Para hacernos una idea de lo que supuso el Evangelio para Francisco, es fundamental conocer la importancia que tenía la Biblia para la sociedad medieval. La Biblia era el libro que contenía todo el saber, no sólo el teológico, sino incluso el científico; de ahí que fuera el texto base de toda la enseñanza, tanto en las universidades como en las escuelas, donde se utilizaba para aprender a leer y escribir. En ella se esconde toda la realidad y todas las respuestas a las preguntas que el hombre pueda hacerse. De ello le viene ese halo de misterio con que se la envuelve por tratarse del saber y de la voluntad de Dios hecha libro, provocando un sentido de reverencia a la vez científico y religioso, sobre todo para los laicos, a los que les resultaba inaccesible.

Francisco era un laico; por tanto, se levantaba ante él una doble barrera que lo separaba de las Escrituras: la del libro y la de la lengua. Aunque la Iglesia medieval no prohibió nunca de forma magisterial el leer la Escritura, sin embargo sí que hubo restricciones en el uso de la Biblia debidas, sobre todo, al espíritu sectario y obstinado de algunos grupos pauperísticos, como los Valdenses y los Albigenses. Pero aunque no estuviera prohibido, la verdad es que pocos laicos lo hacían, sobre todo por el precio prohibitivo que tenían los libros y porque la mayoría eran analfabetos. Leer y estudiar el texto bíblico era cosa de clérigos, y ni siquiera todos lo hacían del libro completo, sobre todo por el valor de los manuscritos.

La otra barrera que se alzaba entre Francisco y la Biblia era la lengua. Francisco, aunque aprendió a leer y escribir el latín, nunca llegó a dominarlo; prueba de ello son los autógrafos que poseemos y el testimonio de Tomás de Eccleston en su Crónica, en la que habla de una carta de Francisco escrita «en mal latín». Lógicamente, para un joven comerciante, de poca utilidad le podría ser haber aprendido bien el latín, puesto que la lengua vulgar era la que se utilizaba normalmente.

Esta doble barrera del libro y de la lengua solamente podía ser franqueada por el sacerdote, el cual, como administrador de la Palabra y el sacramento, tenía como misión en exclusiva hacer inteligible al pueblo el mensaje evangélico.


























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