lunes, 26 de junio de 2017

Tras sobrevivir la guerra y el agnosticismo regresó a Dios gracias a la Virgen en Medjugorje


Tras sobrevivir la guerra y el agnosticismo regresó a Dios gracias a la Virgen en Medjugorje


"El Maligno siempre te ofrece mil oportunidades y empecé a indagar las filosofías orientales. Acabé bastante mal, confundida, deprimida"
Filka Mihalj nació en Mostar (Bosnia-Herzegovina). Una tierra de compleja convivencia entre tres etnias distintas -croatas, serbios y bosnios- y tres religiones: Islam, cristianismo (una minoría católica incluida) y  ortodoxos.

Invasiones, guerras despiadadas asolaron por siglos esta región del planeta hasta mediados de la década de los noventa y esto hace parte del ser íntimo de Filka, quien nació el año 1977 en la antigua Yugoslavia, bajo el régimen comunista. Recuerda muy bien la violencia totalitaria de quienes controlaban su país…

“De pequeña recuerdo los momentos en los que tú no podías expresar tu fe fuera de casa libremente. Por supuesto en el colegio no teníamos clase de religión”, denuncia. Pero la niña Filka pronto descubriría las catequesis «clandestinas», aunque al asistir arriesgaba tensionar afectos, siendo la madre católica y su padre un ateo fiel al comunismo.

La fe perseguida por el comunismo



“Poco después de mi nacimiento, ellos se habían separado. Mi hermano y yo crecimos con mamá, quien nos transmitió la fe. Por miedo a la sociedad y al régimen, no nos mandó a clases de religión. Fui yo quien me enteré de esas clases cuando tenía siete años. Yo tenía una amiga, María. Jugábamos siempre juntas, pero los sábados ella desaparecía por la mañana. Un día le pregunté y me dijo que estaba en clase de religión. Le hablé que me gustaría acompañarla y dijo «¡Ay! No sé, pues eso lo tienes que hablar con mi mamá». Su madre, que era una señora muy piadosa, sabiendo que mi papá estaba en el partido comunista, me advirtió: «Si tu mamá lo permite que me llame y yo te llevo»”.

Finalmente, tras prometer “que no iba a decírselo a nadie” su madre le permitió ir a catequesis. Filka tenía entonces siete años y fue perseverante hasta alcanzar la meta: recibir su Primera Comunión y también el sacramento de la Confirmación.
 
Quizás por su historia familiar ella recuerda que le costaba dialogar en lo íntimo con un ‘padre’ Dios. Naturalmente su espiritualidad surgió unida a la Santísima Virgen María. “El amor de mamá lo tenía siempre. Por eso, el amor de la Virgen para mí era muy fácil de comprender. Estaba muy cerca de la Virgen, y yo diría que Ella me mantenía siempre cerca de lo sagrado”.
 
El demonio potencia odios atávicos
 
Cuando explotó la guerra de los Balcanes su hermano -19 años de edad-, fue obligado a tomar las armas y Filka, con su madre, que era enfermera, huyeron a un campo de refugiados. Un odio atávico, alentado por el Mal, enfrentó a hijos de una misma tierra, dejando dolor y muerte. Niñas, adolescentes como Filka salvaron la vida, pero con huellas imborrables en su alma por el horror padecido. Nuestra protagonista guarda silencio sobre aquellos años aún recientes.

Una luz de esperanza pareció abrirse cuando al cumplir 18 años de edad la joven obtuvo una beca para estudiar en España. Su madre estaba feliz pensando que aquella era una tierra católica, de gente que “ama a la Virgen”. No sabían que una ‘movida’ bien orquestada estaba seduciendo a millones con la fantasía de algo llamado ‘progreso, ‘modernidad’, ser ‘europeos comunitarios’ y con un precio a pagar: dar la espalda a Dios. Que la beca se la concedió una ONG socialista fue un factor que sumó influencia en la inmigrante, sola, expuesta.

Las seducciones del mundo
En resumen Filka perdió también el rumbo, arropada por esa España liberal y reaccionaria a su identidad histórica. Durante algunos años su juventud, el dinero, el relajo moral eran ídolos seductores con aroma a éxito y felicidad. Regresó a Bosnia y prolongó aquella vida, sin sentido trascendente.

El detonante que abrió sus ojos fue el término de una relación afectiva fallida. Nada que desconociera, pero esta vez ‘algo’ le permitió ver lo transitorio de su vida y se derrumbó. Esa fragilidad emocional le llevó a recordar sus años de infancia, en catequesis… Dios, la cercanía de la Virgen, momentos felices. “Pero todavía estaba mi orgullo, que no me permitía volver a la Iglesia. El Maligno siempre te ofrece mil oportunidades y empecé a indagar las filosofías orientales. Acabé bastante mal, confundida, deprimida, porque entras por una puerta y te das cuenta que no está Dios, y entras por otra y otra… Cuando eres desobediente y haces las cosas a tu medida, pues acabas mal”.
 
Pero la Virgen no había olvidado a esa niña que, arriesgando su vida, acudía al catecismo. Una oferta de trabajo fue la oportunidad para traerla de regreso. Se trataba de ser guía para peregrinos hispanoparlantes que llegaban al aeropuerto de Sarajevo, Dubrovnik o Splitz de camino a Medjugorje, pequeña aldea de Bosnia-Herzegovina, donde la Santísima Virgen María se manifestaba regularmente desde 1981.

A Jesús por María

No por devoción, dice Filka, sino por considerar que era necesario para su trabajo, aprendió a rezar el Rosario en español. “Podría ser mal visto que les llevara a Medjugorje y no rezara con ellos”, puntualiza. Así, yendo y viniendo a esa aldea plena de presencia mariana su alma comenzó a retornar a Dios, a la fe. “Comprendí que la Virgen me estaba esperando, estaba esperando ese momento, y me esperaba para no dejarme nunca más. Empecé a sentir ahí el amor de Dios”.

Poco tiempo después la joven se inscribió para ser guía de peregrinos en la Parroquia Santiago Apóstol de Medjugorje. Estudiando de los eventos extraordinarios, escuchando a los aldeanos y peregrinos, leyendo libros se impregno de una espiritualidad que encendió su devoción. “La Virgen estaba siempre ahí y un día dije al Señor: «Yo quiero que me devuelvas la fe… esa fe que tenía de niña». Y agregué: «Bueno, para que me escuches, yo voy a hacer una cosa. Tú pides ayuno, ¿no? Yo no voy ayunar solo los miércoles y viernes, sino que voy ayunar los cuarenta días de esta cuaresma del año 2004. Y eso hice. Dios me dio la gracia para hacer eso; ayunar a base de pan y agua 40 días. Después de esa experiencia, ya no fui la misma persona”.

Había perdido los miedos, ya no necesitaba decir nada, su rostro evidenciaba que estaba enamorada de Dios, reconoce la joven croata… “El ayuno me llevó a la confesión Yo tenía 26 años y me di cuenta de todo lo que había hecho… era un examen de conciencia. Busqué un sacerdote allí en Medgujorge. Como penitencia me dijo: «Reza 26 Ave Marías, como un gran ramo de rosas para la Virgen». Fue en esa confesión que decidí vivir en castidad”.

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