viernes, 23 de junio de 2017

REFLEXIÓN PARA LA SOLEMNIDAD DEL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS (A) 23-06-17





De la mano de María
Héctor L. Márquez (Conferencista católico)

Hoy celebramos la solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús. La Iglesia celebra esta solemnidad el viernes posterior al segundo domingo después de Pentecostés. En la piedad cristiana todo el mes de junio está dedicado al Corazón de Jesús.

Se ha dicho que los elementos esenciales de esta devoción “‘pertenecen de manera permanente a la espiritualidad propia de la Iglesia a lo largo de toda la historia’, pues, desde siempre, la Iglesia ha visto en el Corazón de Cristo, del cual brotó sangre y agua, el símbolo de los sacramentos que constituyen la Iglesia; y, además, los Santos Padres han visto en el Corazón del Verbo encarnado ‘el comienzo de toda la obra de nuestra salvación, fruto del amor del Divino Redentor del que este Corazón traspasado es un símbolo particularmente expresivo’”.



Esta devoción encuentra su fundamento en el misterio de la Encarnación. Por eso adoramos el corazón de Cristo; porque es el corazón del Verbo encarnado, del cual brotó sangre y agua en la culminación del sacrificio máximo, el gesto de amor más formidable en la historia de la humanidad. Ese Corazón que fue capaz de sentir y prodigar el amor más profundo imaginable, Dios encarnado (Cfr. 1 Jn 4,8). Dios-Amor que, cumpliendo la voluntad del Padre se ofreció a Sí mismo para nuestra salvación. Sí; porque la voluntad del Padre es que todos nos salvemos.

Las lecturas que nos propone la liturgia para hoy giran en torno al Amor que brota de ese Corazón de Jesús. Desde la primera lectura (Dt 7,6-11), donde ya en el Antiguo Testamento se le dice al Pueblo de Israel que “… el Señor se enamoró de vosotros y os eligió, no fue por ser vosotros más numerosos que los demás, pues sois el pueblo más pequeño, sino que, por puro amor vuestro…”, hasta la segunda (1 Jn 4,7-16), en la que Juan nos expresa la magnitud de ese Amor incondicional que logra su plenitud en la persona de Jesús: “En esto se manifestó el amor que Dios nos tiene: en que Dios envió al mundo a su Hijo único, para que vivamos por medio de Él. En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos amó y nos envió a su Hijo como víctima de propiciación para nuestros pecados”.

El Salmo (102) nos añade: “El Señor es compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia. No nos trata como merecen nuestros pecados ni nos paga según nuestras culpas”. La Misericordia Divina es la manifestación más patente del Amor de Dios. La palabra misericordia se deriva el latín miser (miserable, desdichado) y cor, cordis, (corazón). Por tanto, la misericordia se refiere a la capacidad de sentir, hacerse uno, con la desdicha de los demás. Tan grande es el Amor que Dios nos tiene, que es capaz de abajarse y sentir nuestra miseria en su propio corazón, haciéndose uno con nosotros.

Por eso nos dice en el Evangelio de hoy (Mt 11,25-30): “Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré”. Es una invitación y una promesa que salen del Sagrado Corazón de Jesús. Anda, acepta la invitación; Él nunca se retracta de sus promesas…

¡Sagrado Corazón de Jesús, en vos confío!

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