miércoles, 21 de junio de 2017


DÍA 22 DE JUNIO

 

SAN PAULINO DE NOLA. Nació en Burdeos (Francia) el año 355 en el seno de una familia patricia. Siguió una carrera política llena de honores. Durante un viaje a España contrajo matrimonio con Terasia, de la que tuvo un hijo. Conoció a san Ambrosio y al joven san Agustín que lo llevaron a la fe cristiana y lo prepararon para el bautismo. Después, deseando vivir más austera y evangélicamente, renunció a todos sus bienes y decidió llevar junto con su mujer una vida eremítica austerísima. Se estableció en Nola, cerca de Nápoles, adonde le atraía la tumba de san Félix, lugar popular de peregrinaciones. Consagrado obispo de aquella ciudad en torno al año 400, promovió el culto de san Félix, atendió a los peregrinos y puso verdadero empeño en aliviar las necesidades y miserias de su tiempo. Fue un hombre culto, abierto a la problemática eclesial de su tiempo, relacionado con personalidades importantes de la Iglesia. Compuso poemas notables por la belleza de su lenguaje. Murió el año 431.- Oración: Señor, Dios nuestro, tú has querido enaltecer a tu obispo san Paulino de Nola por su celo pastoral y su amor a la pobreza; concede a cuantos celebramos hoy sus méritos imitar los ejemplos de su vida de caridad. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.



SAN JUAN FISHER. La liturgia une en una misma memoria a san Juan Fisher y a santo Tomás Moro, personalidades eminentes de la Iglesia y de la sociedad inglesa en tiempo del rey Enrique VIII. Juan nació en Berverly (Yorkshire) el año 1469, hijo de un rico comerciante. Recibió la ordenación sacerdotal después de una brillante carrera universitaria en Cambridge, donde llegó a canciller de la Universidad. Más tarde fue elegido arzobispo de Rochester, cargo que ejerció con una vida austera y de entrega pastoral, visitando con frecuencia a sus fieles. Fue uno de los hombres más cultos de su tiempo, se distinguió en las controversias contra las tesis de Lutero y escribió obras contra otros errores. Por defender la validez del matrimonio de Enrique VIII y rechazar el juramento de fidelidad a las pretensiones reales contra de la autoridad espiritual del Papa, fue encarcelado en la Torre de Londres y luego decapitado el 22 de junio de 1535.



SANTO TOMÁS MORO . Nació en Londres el año 1478. Estudió en Londres y Oxford. Fue laico, casado y padre de cuatro hijos, amigo de los franciscanos y al parecer miembro de la Tercera Orden Franciscana, humanista y jurista, escritor y hombre de gobierno, canciller del Reino. Era considerado uno de los humanistas si no el humanista más grande a nivel europeo. Su obra más conocida se titula Utopía, y es uno de los textos paradigmáticos de la filosofía política. Un «hombre verdaderamente completo» lo denominó Pío XI. Porque fue coherente con sus convicciones cristianas, cayó en desgracia del rey Enrique VIII al oponerse a sus pretensiones divorcistas y al negarse a jurar la supremacía espiritual del monarca sobre la del papa. Fue encarcelado en la Torre de Londres y luego decapitado el 6 de julio de 1535. Por sus dotes naturales y por su fe, supo enfrentarse a la muerte con la sonrisa en los labios. Canonizado por Pío XI en 1935, Juan Pablo II, el año 2000, lo proclamó patrono de los gobernantes y políticos. [Su memoria se celebra el 22 de junio, asociada a la de san Juan Fisher].- Oración: Señor, tú has querido que el testimonio del martirio sea perfecta expresión de la fe; concédenos, te rogamos, por la intercesión de san Juan Fisher y de santo Tomás Moro, ratificar con una vida santa la fe que profesamos de palabra. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.



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San Albano de Inglaterra. Por lo que se sabe, es el primer santo mártir de Inglaterra. Era un romano-británico que vivía en Verulamium (hoy St. Albans) y que, antes de ser bautizado, acogió en su casa a un clérigo que estaba de paso, el cual lo instruyó en la fe cristiana. Cubriéndose con los vestidos del clérigo, se entregó a las autoridades que perseguían a los cristianos. Cuando lo acusaron de ser cristiano, profesó la fe y se mantuvo firme en medio de amenazas y torturas hasta ser decapitado. Murió en una fecha desconocida de la antigüedad cristiana.

San Eusebio de Samosata. Fue obispo de Samosata. En tiempo del emperador arriano Constancio, visitaba de incógnito, vestido de soldado, las iglesias de Dios, para confirmarlas en la fe católica. Después fue exiliado a Tracia por el emperador Valente. Recuperada la paz de la Iglesia en tiempo del emperador Teodosio, volvió del destierro y se dedicó de nuevo a visitar las iglesias. El año 379, cuando llegó a Doliche (entonces Siria y ahora Turquía), una mujer arriana le arrojó a la cabeza una teja que le causó tal herida que falleció, después de perdonar a su agresora, alcanzando así el martirio.

San Flavio Clemente. Pertenecía a la ilustre familia romana de los Flavio y era sobrino del emperador Vespasiano. El año 95 fue promovido a la dignidad de cónsul de Roma. Pero, durante la persecución del emperador Domiciano, de quien había sido colega en el consulado, fue acusado de ateísmo, calificativo que solía aplicarse a los cristianos porque no creían en los dioses ni los adoraban. Su martirio tuvo lugar en Roma el año 96.

Santos Julio y Aarón. Se estima que eran romano-británicos, y que sufrieron el martirio después de san Albano (a quien nos hemos referido más arriba), durante la persecución el emperador Diocleciano, en Caerleon (Escocia). En aquel tiempo y en aquel mismo lugar, muchísimos cristianos fueron cruelmente torturados y maltratados con diversos suplicios, hasta la muerte.

San Nicetas de Remesiana. En torno al año 366 fue elegido obispo de Remesiana en la Dacia (actual Serbia). Fue amigo de san Paulino de Nola, quien lo alaba en un poema suyo por haber llevado el Evangelio a gente bárbara y por haberles enseñado a cantar a Cristo con mentalidad romana, cuando antes eran un pueblo inculto, dedicado al pillaje. Murió el año 414.

Beato Inocencio V (Pedro de Tarantasia), papa de enero de 1276 a junio del mismo año. Nació en Saboya hacia 1224, y en 1240 ingresó en la Orden de Predicadores. Estudió en París, donde consiguió el magisterio en teología y donde luego quedó como profesor. Por dos veces lo eligieron provincial de los dominicos de Francia. En 1272 fue nombrado arzobispo de Lyon, y al año siguiente creado cardenal. Dirigió, junto con san Buenaventura, el Concilio Ecuménico II de Lyon, para buscar la unidad entre los latinos y los griegos separados. Elegido Papa, su pontificado duró sólo meses. Fue sepultado en la basílica romana de Letrán.

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PARA TENER EL ESPÍRITU DE ORACIÓN Y DEVOCIÓN

Pensamiento bíblico:

San Pablo escribió a los Corintios: -Hermanos, el cáliz de nuestra acción de gracias, ¿no nos une a todos en la sangre de Cristo? Y el pan que partimos, ¿no nos une a todos en el cuerpo de Cristo? El pan es uno, y así nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo cuerpo, porque comemos todos del mismo pan (1 Cor 10,16-17).

Pensamiento franciscano:

Nota manuscrita de Fr. León en el breviario de santa Clara: -El bienaventurado Francisco hizo escribir este evangeliario. Y el día que no podía oír misa, por motivo de enfermedad o por cualquier otro notorio impedimento, se hacía leer el evangelio que aquel mismo día se leía en la iglesia durante la misa. Mantuvo esta práctica hasta su muerte. Pues solía decir: «Cuando no oigo misa, adoro el cuerpo de Cristo con los ojos de la mente en la oración, como lo adoro cuando lo veo en la misa».

Orar con la Iglesia:

Unámonos a Jesucristo, el Sacerdote de la nueva Alianza, que presenta al Padre nuestras oraciones.

-Por todos los sacerdotes: para que, a ejemplo del Buen Pastor, sirvan a todos y busquen su verdadero bien.

-Por la Iglesia: para que no le falten nunca sacerdotes que administren y vivan santamente los sacramentos.

-Por la Iglesia: para que no le falten ministros y creyentes que anuncien el Evangelio y atiendan con celo y caridad a los hermanos.

-Por los pastores de la Iglesia: para que encuentren la estima y colaboración de todos en la misión que el Señor les ha encomendado.

Oración: Escúchanos, Dios de bondad, y haz que nosotros, tus hijos, sepamos acoger y celebrar los dones que nos concedes. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

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ADORACIÓN Y PIEDAD EUCARÍSTICA
Benedicto XVI, Exhortación «Sacramentum caritatis», nn. 66-68

Uno de los momentos más intensos del Sínodo fue cuando, junto con muchos fieles, nos desplazamos a la Basílica de San Pedro para la adoración eucarística. Con este gesto de oración, la asamblea de los Obispos quiso llamar la atención, y no sólo con palabras, sobre la importancia de la relación intrínseca entre celebración eucarística y adoración. En este aspecto significativo de la fe de la Iglesia se encuentra uno de los elementos decisivos del camino eclesial realizado tras la renovación litúrgica querida por el Concilio Vaticano II. Mientras la reforma daba sus primeros pasos, a veces no se percibió de manera suficientemente clara la relación intrínseca entre la santa Misa y la adoración del Santísimo Sacramento. Una objeción difundida entonces se basaba, por ejemplo, en la observación de que el Pan eucarístico no habría sido dado para ser contemplado, sino para ser comido. En realidad, a la luz de la experiencia de oración de la Iglesia, dicha contraposición se mostró carente de todo fundamento. Ya decía san Agustín: «Nadie come de esta carne sin antes adorarla [...], pecaríamos si no la adoráramos».

En efecto, en la Eucaristía el Hijo de Dios viene a nuestro encuentro y desea unirse a nosotros; la adoración eucarística no es sino la continuación obvia de la celebración eucarística, la cual es en sí misma el acto más grande de adoración de la Iglesia. Recibir la Eucaristía significa adorar al que recibimos. Precisamente así, y sólo así, nos hacemos una sola cosa con Él y, en cierto modo, pregustamos anticipadamente la belleza de la liturgia celestial. La adoración fuera de la santa Misa prolonga e intensifica lo acontecido en la misma celebración litúrgica. En efecto, «sólo en la adoración puede madurar una acogida profunda y verdadera. Y precisamente en este acto personal de encuentro con el Señor madura luego también la misión social contenida en la Eucaristía y que quiere romper las barreras no sólo entre el Señor y nosotros, sino también y sobre todo las barreras que nos separan a los unos de los otros».

Por tanto, juntamente con la asamblea sinodal, recomiendo ardientemente a los Pastores de la Iglesia y al Pueblo de Dios la práctica de la adoración eucarística, tanto personal como comunitaria. A este respecto, será de gran ayuda una catequesis adecuada en la que se explique a los fieles la importancia de este acto de culto que permite vivir más profundamente y con mayor fruto la celebración litúrgica. Además, cuando sea posible, sobre todo en los lugares más poblados, será conveniente indicar las iglesias u oratorios que se pueden dedicar a la adoración perpetua. Recomiendo también que en la formación catequética, sobre todo en el ciclo de preparación para la Primera Comunión, se inicie a los niños en el significado y belleza de estar con Jesús, fomentando el asombro por su presencia en la Eucaristía.

Además, quisiera expresar admiración y apoyo a los Institutos de vida consagrada cuyos miembros dedican una parte importante de su tiempo a la adoración eucarística. De este modo ofrecen a todos el ejemplo de personas que se dejan plasmar por la presencia real del Señor. Al mismo tiempo, deseo animar a las asociaciones de fieles, así como a las Cofradías, que tienen esta práctica como un compromiso especial, siendo así fermento de contemplación para toda la Iglesia y llamada a la centralidad de Cristo para la vida de los individuos y de las comunidades.

La relación personal que cada fiel establece con Jesús, presente en la Eucaristía, lo pone siempre en contacto con toda la comunión eclesial, haciendo que tome conciencia de su pertenencia al Cuerpo de Cristo. Por eso, además de invitar a los fieles a encontrar personalmente tiempo para estar en oración ante el Sacramento del altar, pido a las parroquias y a otros grupos eclesiales que promuevan momentos de adoración comunitaria.

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ME PONGO TOTALMENTE EN MANOS DE DIOS
CON ABSOLUTA ESPERANZA Y CONFIANZA
De una carta de santo Tomás Moro,
escrita en la cárcel a su hija Margarita 

Aunque estoy bien convencido, mi querida Margarita, de que la maldad de mi vida pasada es tal que merecería que Dios me abandonase del todo, ni por un momento dejaré de confiar en su inmensa bondad. Hasta ahora, su gracia santísima me ha dado fuerzas para postergarlo todo: las riquezas, las ganancias y la misma vida, antes que prestar juramento en contra de mi conciencia; hasta ahora, ha inspirado al mismo Rey la suficiente benignidad para que no pasara de privarme de la libertad (y, por cierto, que con esto solo su majestad me ha hecho un favor más grande, por el provecho espiritual que de ello espero sacar para mi alma, que con todos aquellos honores y bienes de que antes me había colmado). Por esto, espero confiadamente que la misma gracia divina continuará favoreciéndome, no permitiendo que el Rey vaya más allá, o bien dándome la fuerza necesaria para sufrir lo que sea con paciencia, con fortaleza y de buen grado.

Esta mi paciencia, unida a los méritos de la dolorosísima pasión del Señor (infinitamente superior en todos los aspectos a todo lo que yo pueda sufrir), mitigará la pena que tenga que sufrir en el purgatorio y, gracias a la divina bondad, me conseguirá más tarde un aumento de premio en el cielo.

No quiero, mi querida Margarita, desconfiar de la bondad de Dios, por más débil y frágil que me sienta. Más aún, si a causa del terror y el espanto viera que estoy ya a punto de ceder, me acordaré de san Pedro, cuando, por su poca fe, empezaba a hundirse por un solo golpe de viento, y haré lo que él hizo. Gritaré a Cristo: Señor, sálvame. Espero que entonces él, tendiéndome la mano, me sujetará y no dejará que me hunda.

Y, si permitiera que mi semejanza con Pedro fuera aún más allá, de tal modo que llegara a la caída total y a jurar y perjurar (lo que Dios, por su misericordia, aparte lejos de mí, y haga que una tal caída redunde más bien en perjuicio que en provecho mío), aun en este caso espero que el Señor me dirija, como a Pedro, una mirada llena de misericordia y me levante de nuevo, para que vuelva a salir en defensa de la verdad y descargue así mi conciencia, y soporte con fortaleza el castigo y la vergüenza de mi anterior negación.

Finalmente, mi querida Margarita, de lo que estoy cierto es de que Dios no me abandonará sin culpa mía. Por esto, me pongo totalmente en manos de Dios con absoluta esperanza y confianza. Si a causa de mis pecados permite mi perdición, por lo menos su justicia será alabada a causa de mi persona. Espero, sin embargo, y lo espero con toda certeza, que su bondad clementísima guardará fielmente mi alma y hará que sea su misericordia, más que su justicia, lo que se ponga en mí de relieve.

Ten, pues, buen ánimo, hija mía, y no te preocupes por mí, sea lo que sea que me pase en este mundo. Nada puede pasarme que Dios no quiera. Y todo lo que él quiere, por muy malo que nos parezca, es en realidad lo mejor.

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FE Y VIDA EUCARÍSTICAS
DE FRANCISCO DE ASÍS (II)
por Jean Pelvet, ofmcap

I. DESCUBRIMIENTO DE LA EUCARISTÍA

Al recordar en su Testamento los años de su conversión, Francisco define el lugar que la Eucaristía ocupará en su fe y en su vida. Nos sugiere al mismo tiempo las circunstancias concretas que provocaron o favorecieron su posición.

«Y el Señor me dio una fe tal...» (Test 4). Esta «y» (et), equivalente a un «entonces», con sentido de sucesión de acontecimientos, puede situarse en el tiempo y el espacio. Francisco acaba de evocar el servicio a los leprosos; luego, su «salí del siglo», es decir, concretamente la ruptura con el mundo de Pedro Bernardone ante el tribunal del obispo de Asís. «Y» (=entonces): inmediatamente después de este acontecimiento, Francisco se establecerá en San Damián. Allí vivirá largamente, consagrando sus fuerzas y su tiempo a restaurar el edificio en ruinas, en compañía del capellán, cuyo ministerio esencial era sin duda la celebración de la Eucaristía.

«Y el Señor me dio una fe tal en las iglesias, que oraba y decía así sencillamente: Te adoramos, Señor Jesucristo, también en todas tus iglesias que hay en el mundo entero y te bendecimos, porque por tu santa cruz redimiste al mundo» (Test 4-5). Las iglesias: primera realidad concreta percibida en la fe como morada de Jesucristo, Señor y Salvador. La experiencia vivida por Francisco en San Damián le llevaba al reconocimiento y gratitud hacia esta iglesia, morada de Jesucristo: «Mi casa que amenaza ruina». Pero este reconocimiento se extiende, desde allí, «a las iglesias que hay en el mundo entero»: signos concretos de la Iglesia que habita el Señor, de la Iglesia «que había adquirido Cristo con su sangre»; pronto comprendió Francisco, guiado por el Espíritu, que era de ella de la que le había hablado el Crucifijo (2 Cel 11; LM 2,1). Y este Crucifijo de San Damián imprimía en su corazón el rostro del Señor-Salvador, del «Señor Jesucristo» que «por su santa cruz redimió al mundo». De tonalidad manifiestamente joánica, este Crucifijo bizantino evoca a Jesús «glorificado», elevado sobre la cruz y en la gloria. En este icono fue donde Francisco percibió primeramente la presencia de Cristo en aquella iglesia. Cuando, más tarde, fije su mirada en el Sacramento del Cuerpo del Señor, el Rostro del Cristo de San Damián no se borrará, sino que se superpondrá y finalmente se confundirá con él, prestando sus rasgos a Aquel que Francisco adorará bajo el signo del pan consagrado: el Señor-Salvador, el Crucificado-glorificado, al que se dirige su oración, tomada de la liturgia de la fiesta de la Cruz gloriosa.

Y prosigue Francisco: «Después de esto, el Señor me dio, y me sigue dando, una fe tan grande en los sacerdotes que viven según la norma de la santa Iglesia romana..., que los quiero temer, amar y honrar como a señores míos. Y no quiero advertir pecado en ellos, porque miro en ellos al Hijo de Dios y son mis señores» (Test 6.8-9). Después de los edificios, en los que «toma cuerpo» en la tierra la realidad de la Iglesia, los ministros consagrados para «dar cuerpo» a esa Iglesia. Segundo descubrimiento, provocado sin duda por la compañía cotidiana del sacerdote de San Damián. Con su presencia y su vida, éste fue el testigo humano por medio del cual el Señor despertó y sobre el que el Señor apoyó esa «fe tan grande» que le dio a Francisco. A partir de él, del capellán de San Damián, Francisco abarca en esa fe a todos los sacerdotes, «los pobrecillos sacerdotes de este siglo» (Test 7). En ellos discierne al Hijo de Dios. Porque los ve investidos del ministerio del Cuerpo de Cristo y primeramente por el Sacramento de la Eucaristía.

Prosigue, en efecto: «Y lo hago por este motivo: porque en este siglo nada veo corporalmente del mismo altísimo Hijo de Dios sino su santísimo cuerpo y santísima sangre, que ellos reciben y solos ellos administran a otros» (Test 10). Así, pues, en adelante se encontrarán vinculadas en la fe de Francisco la realidad del sacerdote y la del Sacramento del Cuerpo de Cristo, inseparables el uno del otro (Adm 26). En su Carta a los fieles, el vínculo sacerdocio-eucaristía se extiende también a las santas palabras del Señor, «que ellos pronuncian, proclaman y administran» (2CtaF 33-35). Servidores de la Iglesia, los sacerdotes administran a sus miembros el Cuerpo y la Sangre que dan la salvación y la vida, el Cuerpo y la Sangre que hacen de ellos la Iglesia, Cuerpo de Cristo.

Todo esto nos hace caer en la cuenta de cómo Francisco descubrió, de manera concreta y viva, la Eucaristía en el centro del ser sacramental de la Iglesia. Iglesia, sacerdote, eucaristía, vinculados uno al otro en su descubrimiento, lo estarán también en adelante en su vida. Bajo la dirección del Señor, se irá ensamblando y ajustando pieza a pieza el armazón sólido, robusto y sano de su fe en la Iglesia, sacramento de salvación, ante todo por el don que el Señor le hace de su Cuerpo y de su Sangre, por el ministerio del sacerdote. La Eucaristía hace la Iglesia, la Iglesia hace la Eucaristía, y el sacerdote, consagrado por la Iglesia, está completamente al servicio de la construcción de la misma, sobre todo por el ministerio de los santísimos Cuerpo y Sangre del Señor. Desde luego, este no es el vocabulario de Francisco, pero sí es muy realmente el contenido de su fe.

De las experiencias concretas vividas en San Damián, Francisco recibe del Señor la gracia de descubrir de manera viva el «Misterio de la fe». Y la imagen grabada en su corazón en la más fuerte de esas experiencias, la imagen del Crucificado-glorificado, dará rostro al altísimo Hijo de Dios en el sacramento de su Cuerpo y de su Sangre.

A través de esta sencillísima evocación de su caminar bajo la guía del Señor, Francisco nos permite comprobar el equilibrio, la solidez, la profundidad de su fe en la Eucaristía, que luego, a lo largo de los años, ocupará un lugar tan destacado en su corazón y en su vida. ¿Cómo no vamos a sentirnos hoy a gusto con esta fe de Francisco así definida?


















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