jueves, 8 de junio de 2017

Año Cristiano Franciscano



DÍA 9 DE JUNIO

 

SAN EFRÉN SIRO, diácono y doctor de la Iglesia. Nació en Nísibe, en la Mesopotamia septentrional, hacia el año 306 y recibió una educación cristiana. Tenía pocos años cuando el emperador Constantino promulgó el edicto de Milán. Pero Efrén no gozó la libertad de culto porque su padre, que era sacerdote pagano, no veía con buenos ojos la educación cristiana que le daba su madre, y lo echó de casa. Se ordenó de diácono a los 18 años y, cuando Nísibe cayó bajo el poder persa, se estableció en Edesa (hoy Urfa, en Turquía), de cuya escuela teológica fue iniciador y director. Tanto en su patria como en Edesa puso de manifiesto sus dotes naturales de orador, místico y poeta (son memorables sus himnos y cánticos para las celebraciones litúrgicas que le valieron el título de «cítara del Espíritu Santo»), a la vez que profundo teólogo y conocedor de la Escritura. A pesar de su intensa vida ascética, desplegó una gran actividad como predicador y como autor de importantes obras destinadas a la refutación de los errores de su tiempo. Murió en Edesa el 9 de junio del año 373.- Oración: Señor, infunde en nuestros corazones el Espíritu Santo que con su inspiración impulsaba a tu diácono san Efrén a cantar con alegría tus misterios y a consagrar su vida a tu servicio. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.



SAN JOSÉ DE ANCHIETA. Nació en La Laguna, isla de Tenerife (España), el año 1534. Tras estudiar con los dominicos pasó a la célebre Universidad de Coimbra (Portugal). Allí ingresó en la Compañía de Jesús cuando tenía 17 años. En 1553, por motivos de salud lo enviaron a Brasil, donde se convirtió en un infatigable y fecundo misionero hasta su muerte. Trabajó en Piratininga, la futura Sao Paulo, aprendió las lenguas nativas, realizó correrías apostólicas, creó poblados, residencias indígenas, centros escolares. Escribió catecismos, poemas y dramas históricos, y redactó un diccionario. Trabajó por la paz entre los nativos y los portugueses, quedando como rehén cinco meses con peligro de su vida. Recibió la ordenación sacerdotal en 1566. Colaboró con el P. Nobrega en la fundación de Río de Janeiro. De 1578 a 1586 fue superior provincial de los jesuitas. Después pasó a Reritiba donde siguió entregado a la evangelización y educación de los indígenas, a los que buscaba en las selvas y trataba de establecer en poblados fijos. Murió en Reritiba el 9 de junio de 1597. Canonizado el 3-IV-2014. - Oración: Te suplicamos, Señor, que derrames tu gracia sobre nosotros, para que sirviendo fielmente al Evangelio, a ejemplo del bienaventurado José de Anchieta, hecho todo a todos, nos esforcemos por ganar para ti a nuestros hermanos en la caridad de Cristo que vive y reina contigo en unión del Espíritu Santo. Amén




BEATA ANA MARÍA TAIGI. Nació en Siena (Italia) el año 1769, pero desde niña vivió en Roma. Dos características principales cabe destacar en su personalidad: fue una excelente esposa y madre, y fue muy devota de la Santísima Trinidad. De soltera tuvo que trabajar para ayudar a su familia necesitada. En 1879 contrajo matrimonio y tuvo siete hijos. Convirtió en iglesia doméstica su hogar, en el que se rezaba en familia y se cantaba. El marido tenía un carácter exigente y difícil, pero ella supo aceptarlo como era, perdonarlo y ayudarlo a mejorarse. La piedad y las obligaciones familiares no le impedían prestar ayuda a los más pobres y a quines la necesitaran. Visitaba y consolaba a los enfermos, acogía y escuchaba a las personas que acudían a ella y les daba saludables consejos, socorría a los indigentes. El Señor le concedió dones místicos extraordinarios. Para intensificar su devoción y penitencia, en 1808 ingresó en la Tercera Orden de la Santísima Trinidad. Murió en Roma el 9 de junio de 1837.



BEATO LUIS BOCCARDO. Nació en Moncalieri (Turín, Italia) el año 1861. De joven ingresó en el seminario diocesano, y se ordenó de sacerdote en 1884. Invitado por el beato José Allamano, trabajó como vicerrector y director espiritual en el centro de formación sacerdotal de la Consolata de Turín, con gran provecho para los jóvenes sacerdotes. En 1913, al fallecer su hermano, el beato Juan María, asumió la dirección de la congregación de las Hijas Pobres de San Cayetano, fundadas por aquél. El arzobispo de Turín le encomendó en 1919 el Instituto para Ciegos, al que dio nueva vida. Además, se multiplicaba en obras apostólicas con la palabra y la pluma, y ejercía un gran apostolado en las cárceles. En 1931 construyó el santuario de Cristo Rey y Sacerdote. Y al año siguiente fundó la rama contemplativa de las Hijas Pobres de San Cayetano, a la que dio el nombre de Hijas de Jesús Rey y que tenía la peculiaridad de ser para religiosas invidentes. Murió en Turín el 9 de junio de 1936, y fue beatificado el año 2007.

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San Columba (o Colum Cille). Sacerdote y abad, nació el año 521 en Irlanda. Abrazó la vida monástica en su tierra, pero en el 563, convertido en peregrino por Cristo, marchó con un grupo de monjes a la pequeña isla de Iona, en la costa occidental de Escocia, donde construyó un monasterio que pronto se convirtió en centro de cultura y espiritualidad. A su vez fue un foco de misioneros que evangelizaron varias regiones que aún eran paganas. Es una de las grandes figuras en la construcción de Europa, fundador de monasterios en su tierra natal y en Escocia. Murió en Iona, delante del altar, el año 597.

San Diomedes. Fue martirizado en Nicea de Bitinia (en la actual Turquía) en una fecha desconocida de la antigüedad cristiana.

San Maximiano de Siracusa. Fue obispo de Siracusa (Sicilia, Italia), y el papa san Gregorio Magno lo menciona a menudo en sus escritos. Murió el año 594.

Santos Primo y Feliciano. Según el Martirologio Romano, eran hermanos y sufrieron el martirio en tiempo de los emperadores Diocleciano y Maximiano en la Vía Nomentana, en el miliario decimoquinto de Roma, siendo para nosotros desconocida la fecha exacta.

San Ricardo de Andria. Era inglés, seguramente monje benedictino, y lo eligieron obispo de Andria, diócesis sufragánea de Bari (Italia), hacia la mitad del siglo XII. Participó en el III Concilio Lateranense el año 1179, y recibió en Roma las reliquias de los santos Ponciano y Erasmo que trasladó solemnemente a su diócesis. Tuvo ya en vida fama de santidad y se le atribuyeron muchos milagros. Murió a finales del siglo XII.

San Vicente. Fue martirizado en Vernemet, territorio de Agen en Aquitania (Francia), a finales del siglo III o principios del siglo IV, durante la celebración de una fiesta pagana en honor del sol.

Beato José Imbert. Nació en Marsella hacia 1719. En 1748 ingresó en la Compañía de Jesús. Ordenado de sacerdote, lo destinaron a la enseñanza. En 1762 fue suprimida la Compañía de Jesús y José quedó adscrito a una de las iglesias de Moulins. Cuando la Revolución Francesa expulsó a los obispos, el papa Pío VI lo nombró vicario apostólico de Moulins y su territorio. Lo arrestaron los revolucionarios y, después de pasar por sucesivas cárceles, lo embarcaron en un viejo pontón, «Les Deux-Associés», anclado frente a la costa de Rochefort (Francia), donde murió, agotado por los malos tratos y contagiado de una enfermedad mortal, en 1794.

Beato Roberto Salt. Era hermano converso en la cartuja de Londres, de la que fueron martirizados priores y religiosos por su fidelidad al Papa. Les sucedió un prior que acató, con parte de su comunidad, la supremacía religiosa de Enrique VIII, pero hubo diez monjes que se negaron a apartarse de la comunión con el Romano Pontífice y la Iglesia Católica. Uno de ellos fue el beato Roberto, al que arrestaron. En la cárcel de Newgate (Londres) lo sujetaron con argollas y cadenas y lo dejaron morir de hambre e inanición. Era el año 1537.

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PARA TENER EL ESPÍRITU DE ORACIÓN Y DEVOCIÓN

Pensamiento bíblico:

Dijo Jesús a los judíos: -Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él (Jn 6,55-56).

Pensamiento franciscano:

Dice san Francisco en su Carta a la Orden: -Os ruego a todos vosotros, hermanos, besándoos los pies y con la caridad que puedo, que manifestéis toda reverencia y todo honor, tanto cuanto podáis, al santísimo cuerpo y sangre de nuestro Señor Jesucristo, en el cual las cosas que hay en los cielos y en la tierra han sido pacificadas y reconciliadas con el Dios omnipotente (CtaO 12-13).

Orar con la Iglesia:

Jesucristo nos invita a todos a su cena, en la cual entrega su cuerpo y su sangre para la vida del mundo. Digámosle con fe:

-Cristo, pan celestial, danos la vida eterna.

-Cristo, que nos mandaste celebrar la cena eucarística en momeria tuya, enriquece a tu Iglesia con la constante y digna celebración de tus misterios.

-Cristo, que encomendaste a los sacerdotes ofrecer tu sacramento, haz que su vida sea reflejo de lo que celebran sacramentalmente.

-Cristo, que haces que formemos un solo cuerpo los que comemos del mismo pan, refuerza la paz y la armonía en todos los que creemos en ti.

Oración: Oh Dios, que en la Eucaristía nos dejaste el memorial de tu pasión, te pedimos nos concedas venerar de tal modo los sagrados misterios de tu cuerpo y de tu sangre, que experimentemos en nosotros el fruto de tu redención. Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.

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LA ADORACIÓN EUCARÍSTICA
Benedicto XVI, Ángelus del 10 de junio de 2007

Queridos hermanos y hermanas:

La actual solemnidad del Corpus Christi, que en el Vaticano y en varias naciones ya se celebró el jueves pasado, nos invita a contemplar el misterio supremo de nuestra fe: la santísima Eucaristía, presencia real de nuestro Señor Jesucristo en el Sacramento del altar. Cada vez que el sacerdote renueva el sacrificio eucarístico, en la oración de consagración repite: «Esto es mi cuerpo... Ésta es mi sangre». Lo dice prestando la voz, las manos y el corazón a Cristo, que ha querido quedarse con nosotros y ser el corazón latente de la Iglesia.

Pero también después de la celebración de los divinos misterios el Señor Jesús sigue vivo en el sagrario; por eso lo alabamos especialmente con la adoración eucarística, como recordé en la reciente exhortación apostólica postsinodal Sacramentum caritatis (cf. nn. 66-69). Más aún, existe un vínculo intrínseco entre la celebración y la adoración. En efecto, la santa misa es en sí misma el mayor acto de adoración de la Iglesia: «Nadie come de esta carne -escribe san Agustín-, sin antes adorarla» (Enarr. in Ps. 98,9). La adoración fuera de la santa misa prolonga e intensifica lo que ha acontecido en la celebración litúrgica, y hace posible una acogida verdadera y profunda de Cristo.

Hoy, además, en las comunidades cristianas de todas las partes del mundo se tiene la procesión eucarística, singular forma de adoración pública de la Eucaristía, enriquecida con hermosas y tradicionales manifestaciones de devoción popular. Quisiera aprovechar la oportunidad que me ofrece esta solemnidad para recomendar vivamente a los pastores y a todos los fieles la práctica de la adoración eucarística. Expreso mi aprecio a los institutos de vida consagrada, así como a las asociaciones y cofradías que se dedican de modo especial a la adoración eucarística: invitan a todos a poner a Cristo en el centro de nuestra vida personal y eclesial.

Asimismo, me alegra constatar que muchos jóvenes están descubriendo la belleza de la adoración, tanto personal como comunitaria. Invito a los sacerdotes a estimular a los grupos juveniles, y también a seguirlos, para que las formas de adoración comunitaria sean siempre apropiadas y dignas, con tiempos adecuados de silencio y de escucha de la palabra de Dios. En la vida actual, a menudo ruidosa y dispersiva, es más importante que nunca recuperar la capacidad de silencio interior y de recogimiento: la adoración eucarística permite hacerlo no sólo en torno al «yo», sino también en compañía del «Tú» lleno de amor que es Jesucristo, «el Dios cercano a nosotros».

Que la Virgen María, Mujer eucarística, nos introduzca en el secreto de la verdadera adoración. Su corazón, humilde y sencillo, estaba siempre centrado en el misterio de Jesús, en el que adoraba la presencia de Dios y de su Amor redentor. Que por su intercesión aumente en toda la Iglesia la fe en el Misterio eucarístico, la alegría de participar en la santa misa, especialmente en la del domingo, y el deseo de testimoniar la inmensa caridad de Cristo.

En la Eucaristía, sacramento de la caridad, Cristo nos revela el amor infinito de Dios. Acudamos a la Virgen María para que nos ayude y enseñe a recibir, con un corazón cada vez más purificado y agradecido, el don que Cristo nos hace de sí mismo en este sacramento.

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SAN EFRÉN EL SIRIO
De la catequesis de Benedicto XVI el 28 de noviembre de 2007

San Efrén el Sirio, nacido en Nisibi en torno al año 306 en el seno de una familia cristiana, fue el representante más importante del cristianismo de lengua siríaca y logró conciliar de modo único la vocación de teólogo con la de poeta. Se formó y creció junto a Santiago, obispo de Nisibi (303-338), y juntamente con él fundó la escuela teológica de su ciudad. Ordenado diácono, vivió intensamente la vida de la comunidad local cristiana hasta el año 363, cuando Nisibi cayó en manos de los persas. Entonces san Efrén emigró a Edesa, donde prosiguió su actividad de predicador. Murió en esta ciudad el año 373, al quedar contagiado mientras atendía a los enfermos de peste.

No se sabe a ciencia cierta si era monje, pero en todo caso es seguro que fue diácono durante toda su vida, abrazando la virginidad y la pobreza. Así, en la especificidad de su expresión cultural se puede apreciar la identidad cristiana común y fundamental: la fe, la esperanza -una esperanza que permite vivir pobre y casto en este mundo, poniendo toda expectativa en el Señor- y por último la caridad, hasta la entrega de sí mismo para atender a los enfermos de peste.

San Efrén nos ha dejando una gran herencia teológica: su notable producción puede reagruparse en cuatro categorías: obras escritas en prosa ordinaria (sus obras polémicas o bien los comentarios bíblicos); obras en prosa poética; homilías en verso; y, por último, los himnos, sin duda la obra más amplia de san Efrén. Es un autor rico e interesante en muchos aspectos, pero sobre todo desde el punto de vista teológico.

Lo específico de su trabajo consiste en que unió teología y poesía. Al acercarnos a su doctrina, desde el inicio debemos poner de relieve que hace teología de forma poética. La poesía le permite profundizar en la reflexión teológica a través de paradojas e imágenes. Al mismo tiempo, su teología se convierte en liturgia, en música: de hecho, era un gran compositor, un músico. Teología, reflexión sobre la fe, poesía, canto y alabanza a Dios están unidos; y precisamente por este carácter litúrgico aparece con nitidez en la teología de san Efrén la verdad divina. En su búsqueda de Dios, al hacer teología, sigue el camino de la paradoja y del símbolo. Privilegia sobre todo las imágenes contrapuestas, pues le sirven para subrayar el misterio de Dios.

La figura de san Efrén sigue siendo plenamente actual para la vida de las diversas Iglesias cristianas. Lo descubrimos en primer lugar como teólogo, que, a partir de la sagrada Escritura, reflexiona poéticamente en el misterio de la redención del hombre realizada por Cristo, Verbo de Dios encarnado. Hace una reflexión teológica expresada con imágenes y símbolos tomados de la naturaleza, de la vida cotidiana y de la Biblia. San Efrén confiere a la poesía y a los himnos para la Liturgia un carácter didáctico y catequético; se trata de himnos teológicos y, al mismo tiempo, aptos para ser recitados o para el canto litúrgico. San Efrén se sirve de estos himnos para difundir la doctrina de la Iglesia con ocasión de las fiestas litúrgicas. Con el paso del tiempo se han convertido en un instrumento catequético sumamente eficaz para la comunidad cristiana.

Es importante la reflexión de san Efrén sobre el tema de Dios creador: en la creación no hay nada aislado, y el mundo, al igual que la sagrada Escritura, es una Biblia de Dios. Al utilizar de modo erróneo su libertad, el hombre trastoca el orden del cosmos. Para san Efrén es importante el papel de la mujer. Siempre habla de ella con sensibilidad y respeto: la habitación de Jesús en el seno de María elevó al máximo la dignidad de la mujer. Para san Efrén, como no hay Redención sin Jesús, tampoco hay Encarnación sin María. Las dimensiones divina y humana del misterio de nuestra redención se encuentran en los escritos de san Efrén; de manera poética y con imágenes tomadas fundamentalmente de las Escrituras, anticipa el fondo teológico y en cierto sentido el mismo lenguaje de las grandes definiciones cristológicas de los Concilios del siglo V.

San Efrén, honrado por la tradición cristiana con el título de «cítara del Espíritu Santo», fue diácono de su Iglesia durante toda la vida. Fue una opción decisiva y emblemática: fue diácono, es decir, servidor, tanto en el ministerio litúrgico, como, de modo más radical, en el amor a Cristo, cantado por él de manera inigualable, y, por último, en la caridad con los hermanos, a quienes introdujo con maestría excepcional en el conocimiento de la Revelación divina.

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El Espíritu Santo y la Fraternidad franciscana
según los escritos de San Francisco (III)
por Martín Steiner, ofm

I. UNA FRATERNIDAD
BAJO EL SEÑORÍO DEL ESPÍRITU

6. La Fraternidad franciscana no es un mero grupo «informal», que apostaría por encontrar su cohesión en la docilidad de cada uno a su inspiración interior. Tiene una estructura exterior de autoridad. Pero «los ministros y siervos» -su nombre es todo un programa evangélico- deben ser, también ellos y sobre todo ellos, hombres del Espíritu. Si bien es cierto que tienen la misión de asegurar la unidad de la Fraternidad, no lo es menos que la han de cumplir no tanto valiéndose de medios externos cuanto poniéndose a la escucha del Espíritu que actúa en cada hermano para el bien del conjunto. ¿No dice san Pablo, precisamente a propósito de los dones del Espíritu: «Dios no es Dios de confusión, de alboroto, sino de paz»? (1 Cor 14,33). Ninguna acción, por tanto, puede pretender estar inspirada por el Espíritu de Dios si quiebra la unidad. A los ministros les corresponde, pues, en primer lugar, una tarea de discernimiento de los espíritus: ¿el espíritu que alega un hermano es verdaderamente el Espíritu del Señor, o no será quizá el otro espíritu, con sus cómplices, que Francisco llama, como veremos, el «espíritu de la carne» y la «sabiduría del mundo»? Francisco nos explicará también quién participa del Espíritu del Señor, y nos dará con ello los criterios para este discernimiento. Francisco expresa clara y determinadamente esa tarea de los ministros, de modo particular a propósito de los hermanos que piden ir a misiones, pero se cuida muy bien de precisar: el ministro «tendrá que dar cuenta al Señor si en esto o en otras cosas procede sin discernimiento» (1 R 16,1-4; 2 R 12,1-2).

En general, los ministros deben ejercer como hombres del Espíritu su servicio para con sus hermanos: «amonestarlos y animarlos "espiritualmente"» (1 R 4,2), es decir, conforme a la acción del Espíritu; «ayudar "espiritualmente" (es decir, como hombres de Espíritu), lo mejor que puedan, al hermano que pecó» (1 R 5,8); proveer a las necesidades materiales «por medio de amigos "espirituales"» (2 R 4,2). El calificativo de «espirituales» atribuido a estos amigos de la Orden, bienhechores que aceptaban ayudar a los hermanos en sus necesidades, debe ciertamente entenderse en su sentido fuerte. También ellos son hombres animados por el Espíritu, que se sienten vinculados a los hermanos y aceptan sustentarlos, pero con el discernimiento que ayudará a los hermanos a no abusar de su generosidad, cosa que los llevaría a ser infieles a su vocación. Del cuidado que tenían los hermanos en considerar a sus bienhechores como guardianes de su fidelidad, tenemos ejemplos en la historia de las primeras generaciones tanto en Francia como en Inglaterra: los hermanos aceptaban por anticipado dejarse expulsar de los terrenos o habitáculos que se ponían a su disposición, incluso de las diócesis que los acogían, si se hacían infieles a su Regla o adquirían alguna propiedad.

7. Los hermanos no han sido reunidos únicamente para constituir una Fraternidad unida «por la caridad del Espíritu»; tienen una misión, una tarea que cumplir, y deben asumirla también como «espirituales», como hombres animados por el Espíritu. Si se trata de la educación de la fe, darán consejos «espirituales», «según el Espíritu» (1 R 12,3-4); si se trata de la misión entre los infieles, no se comprometerán en ella sino «por inspiración divina», por la moción del Espíritu de Dios, y a condición de que esa inspiración sea reconocida como auténtica por el discernimiento de los ministros (2 R 12,1; 1 R 16,1-4). Su tarea consistirá bien sea en el simple testimonio de vida evangélica en la humildad, bien sea en la proclamación del Evangelio, con tal que la tarea sea realizada, en cualquier caso, conforme al Espíritu (1 R 16,5). Poco importa finalmente la actividad de los hermanos: trabajo manual para aquellos que han recibido del Señor «la gracia del trabajo», labor teológica para aquellos que son llamados a ella -¿qué más da?-, con tal que «no apaguen en ellos el Espíritu» que quiere orar en ellos y consagrar su vida a través de toda actividad temporal a la alabanza de Dios y al servicio de los hombres (2 R 5,1-2).

Esta exigencia es tan primordial que si alguno comprueba que no puede, en el lugar o responsabilidad a que ha sido destinado, «guardar "espiritualmente" la Regla», de conformidad con el Espíritu, tiene el deber grave de recurrir a su ministro, y el ministro deberá acoger su petición con bondad y humildad, aun cuando haya sido presentada de forma agresiva (2 R 10,4-6).

Aquí detenemos nuestra reflexión y búsqueda, que no pretende ser exhaustiva. Ella habrá permitido captar hasta qué punto la Fraternidad franciscana es, para Francisco, un grupo de hombres bajo el señorío del Espíritu: Él es quien los reúne por un mismo entusiasmo hacia el Señor Jesús y su Evangelio; Él es quien inspira la calidad de sus relaciones para que se amen con el mismo amor con que Cristo los amó y ama; en cuanto a la actividad de ellos, no es verdadera más que si, lejos de «apagar el Espíritu», está animada por Él. Se comprende que Francisco haya dado a sus hermanos como consigna suprema para garantizar la autenticidad evangélica de su vida: «Aplíquense a lo que por encima de todo deben anhelar: tener el Espíritu del Señor y su santa operación en ellos» (2 R 10,8).

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NOVENA A SAN ANTONIO DE PADUA

DÍA SEXTO

V/. En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. 
R/. Amén.

V/. Dios mío, ven en mi auxilio. 
R/. Señor, date prisa en socorrerme.

V/. Gloria al Padre... 
R/. Como era en el principio...

ORACIÓN INICIAL

Concédenos, Dios todopoderoso, que al celebrar la memoria de tu siervo san Antonio, aprovechemos sus admirables enseñanzas e imitemos el ardor de su caridad. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

DE LA VIDA DE SAN ANTONIO

A finales de 1227, Antonio regresó a Italia donde continuó incansable su tarea apostólica. Poco después, fue elegido ministro provincial del norte de Italia, y como tal estaba obligado a visitar, exhortar y corregir a sus frailes. Las fuentes alaban la figura de Antonio como servidor y ministro de sus hermanos, subrayando su ejemplaridad, su clemencia y benignidad, su capacidad de conmover los corazones de los tibios y negligentes, su defensa y protección del buen nombre de sus frailes, su buen humor en la convivencia, etc. Antonio dejó el oficio de ministro provincial en mayo de 1230, cuando se celebró el capítulo general en Asís con motivo del traslado de los restos mortales de san Francisco a la basílica que se le había construido. Por aquel tiempo se estableció la sincera y profunda amistad entre san Antonio y Tomás Gallo, famoso teólogo y comentador de los escritos del Pseudo-Dionisio, canónigo regular de San Agustín, abad del monasterio de San Andrés de Vercelli, en el que San Antonio moró algún tiempo; para ambos debió de resultar fructuoso el trato mutuo.

DE LOS SERMONES DE SAN ANTONIO

Lo entregó uno de sus discípulos: ¿Qué me queréis dar y yo os lo entregaré? ¡Horror! Por una insignificancia es vendido aquel que no tiene precio. ¡De espanto! Dios traicionado, vendido por unas monedas. ¿Qué me queréis dar? ¡Oh Judas! Te atreves a vender al Señor, al Hijo de Dios, como si fuese un vil esclavo, un perro muerto; ni siquiera pides lo que tú quisieras, sino lo que quieran darte los compradores. ¿Qué me queréis dar? ¿Qué te van a dar ellos? Si te diesen Jerusalén, Galilea o Samaría ¿podrían con eso pagar lo que vale Jesús? Si te pudiesen dar el cielo, los ángeles, la tierra y los hombres, el mar y todo cuanto contiene ¿podrían comprar al Hijo de Dios, en quien están ocultos todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia? Cierto que no.

Roguemos, pues, hermanos carísimos, y supliquemos humildemente a la misericordia de Jesucristo, que venga a ponerse en medio de nosotros, nos conceda la paz, nos absuelva de los pecados, quite de nuestro corazón toda duda y nos infunda la fe en su pasión y resurrección, para que con los Apóstoles y con los fieles de la Iglesia merezcamos recibir la vida eterna. Ayúdenos aquél que es bendito, laudable y glorioso por los siglos de los siglos. Que toda alma fiel diga: Amén, Aleluya.

Antífona: Por su fidelidad se acreditó de profeta, y se manifestó fiel en su predicación. Todos se maravillaron de la sabiduría de sus palabras y glorificaron a Dios.

DE LOS MILAGROS DE SAN ANTONIO

Vivía en el castillo de Montañana una mujer, cuyo nombre era Guina, que tenía ya dos años imposibilitados el hombro y la mano derecha, de manera que no podía echarse absolutamente nada a la espalda, ni tampoco llevarse la mano a la boca. Acercóse cierto día una primera y una segunda vez al sepulcro del bienaventurado Antonio, y, como no sintiera el más mínimo alivio en el hombro ni en el brazo, se llegó al fraile que estaba ocupado en confesar. Hecha la confesión, acercóse una tercera vez al arca, y se postró en oración. Mientras oraba, viose asaltada improvisamente de un agudo dolor en el hombro, y el hueso de la espalda retornó a su lugar, crujiendo como cuando se cascan nueces. Se alzó entonces la mujer, y al punto agitó el brazo, y, a la vista de todos, volvió libre a su casa.

PLEGARIA

Recuerda, Señor, que tu misericordia y tu ternura son eternas. Con la confianza que nos da el sabernos hijos tuyos e invocando la intercesión de tu siervo san Antonio, al que atiendes con largueza, te presentamos nuestras peticiones: ...... ...... ......

ORACIÓN FINAL

Dios todopoderoso y eterno, tú que has dado a tu pueblo en la persona de san Antonio de Padua un predicador insigne y un intercesor poderoso, concédenos seguir fielmente los principios de la vida cristiana, para que merezcamos tenerte como protector en todas las adversidades. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

V/. Bendigamos al Señor.
R/. Demos gracias a Dios.









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