miércoles, 7 de junio de 2017

Año Cristiano Franciscano



DÍA 8 DE JUNIO

 

SAN SANTIAGO BERTHIEU. Nació en Monlogis (Francia), diócesis de Saint-Flour, el año 1838. Después de estudiar en el seminario diocesano, se ordenó de sacerdote en 1864, y estuvo ejerciendo el ministerio parroquial hasta que, en 1873, ingresó en los jesuitas. Dos años después lo enviaron como misionero a Madagascar. Ejerció su ministerio en varias misiones y se encontró con las dificultades añadidas provenientes de los problemas políticos. Las guerras franco-malgaches lo obligaron a ir cambiando de campo de apostolado. Durante años hizo una magnífica labor misionera. En la paz y en la guerra anunció con entereza sola y exclusivamente el mensaje de Cristo. En 1894 fue capturado por los insurgentes en Andrainarivo cuando acompañaba a sus cristianos evacuados de los poblados. Lo presionaron repetidas veces para que abandonara su fe, propuesta que él rechazó siempre, y los fetichistas, irritados por su negativa, lo sometieron a una muerte cruel en Ambiatibé (Madagascar), el 8 de junio de 1896, y arrojaron su cadáver el río Manarana. Canonizado el 21-X-2012.



BEATO NICOLÁS DE GESTURI. Nació en Gesturi (Cerdeña, Italia) el año 1882 de padres pobres y muy cristianos. Pronto quedó huérfano, y en su juventud trabajó en el campo. En 1914, cumplido el año de noviciado, emitió la profesión como hermano lego en los capuchinos. Sus diez primeros años de vida religiosa los pasó en distintos conventos de Cerdeña, desempeñando principalmente el oficio de cocinero. En 1924 fue trasladado a Cagliari, donde ejerció hasta su muerte el oficio de limosnero, que convirtió en un verdadero apostolado del buen ejemplo. Muchos al encontrarlo le hacían confidencias, le pedían consejo y oraciones; lo llamaban junto al lecho de los enfermos en casa o en los hospitales. Siempre estaba pronto para ayudar a los necesitados. Dios obró por su medio curaciones extraordinarias. A su condición humilde, bondadosa y penitente, unía una intensa vida de oración y contemplación. Lo llamaban "fray silencio". Figura del humilde hermano limosnero, murió en Cagliari el 8 de junio de 1958. Lo beatificó Juan Pablo II en 1999.


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San Clodulfo de Metz. Era hijo de san Arnolfo y fue elegido obispo de Metz (Francia) cuando aún era un seglar, de vida honesta y piadosa, funcionario en la corte de los reyes de Austrasia. Gobernó santamente su diócesis, fue muy generoso con los pobres y se le apreció mucho. Murió hacia el año 660.

San Fortunato. Fue obispo de Fano en el Piceno (Las Marcas, Italia) a finales del siglo VI. Trabajó con empeño en la redención de cautivos.

San Gildardo. Obispo de Rouen (Francia) que falleció en torno a los años 511-514.

San Guillermo Fitzherbert. Su elección como obispo de York (Inglaterra) estuvo envuelta en mucha polémica. Fue depuesto injustamente de su sede y él, hombre amable y manso, se retiró a vivir con los monjes de Winchester. Cuando lo devolvieron a su sede, perdonó a sus enemigos y procuró la paz entre los ciudadanos. Murió el año 1154.

San Máximo. Obispo de Aix-en-Provence (Francia), a quien se atribuyen los inicios del cristianismo en esta ciudad, en el siglo I o II.

San Medardo. Nació en Vermandois (Francia); su padre era uno de los Francos conquistadores de la Galia con Clodoveo y su madre era de familia galo-romana. Estudió, se ordenó de sacerdote y se hizo famoso por los milagros que se le atribuían. En torno al año 545 lo eligieron obispo de Vermandois (actual Saint-Quintin). Cuando la ciudad fue asaltada y destruida, trasladó la sede episcopal a Noyon, donde se prodigó en esfuerzos para convertir al pueblo de las supersticiones paganas a la doctrina de Cristo. Murió en Saint-Quintin el año 560 y su cuerpo fue trasladado a Soissons.

Beato Esteban Sándor. Nació en Szolnok (Hungría) en 1914. Recibió de sus padres un profundo espíritu religioso. Frecuentaba la iglesia de los franciscanos, en la que encontró dirección espiritual. En 1936, superada la oposición familiar, ingresó en los salesianos, e hizo la primera profesión en 1940 como hermano coadjutor. Fue un salesiano laico ejemplar en el servicio a los jóvenes, en el oratorio y en la enseñanza profesional, en tiempo de paz y en tiempo de persecución. Cuando el régimen comunista cerró todas las obras católicas, afrontó las persecuciones con valor. Fue arrestado el 28-VII-1952 y ahorcado en Budapest el 8-VI-1953. Beatificado el 19-X-2013.

Beato Juan Davy. Religioso de la cartuja de Londres que, a la hora de su martirio, había sido ordenado ya de diácono, pero aún no de sacerdote. Los delegados reales fueron exigiendo a los cartujos más y más obediencia a los decretos estatales, entre los cuales los había que eran inadmisibles para los católicos. Varios monjes que se negaron, incluidos los priores, fueron martirizados. Llegó un prior que había suscrito la supremacía religiosa del rey e indujo a la comunidad a hacer otro tanto. Hubo religiosos que se negaron rotundamente por considerarlo incompatible con la fe católica y la comunión con el Papa. Entre ellos estaba Juan Davy, que fue encarcelado y sometido a la tortura de la argolla y las cadenas y dejado morir de inanición. Era el año 1537, en tiempo de Enrique VIII.

Beata María del Divino Corazón de Jesús Droste zu Vischering. Nació en Münster el año 1863 de familia noble. En 1889 tomó el hábito en la Congregación de las Hermanas de la Caridad del Buen Pastor. Pasó los primeros años de religiosa en Alemania y, en 1894, la destinaron como superiora a su casa de Oporto (Portugal), donde murió en 1899. Pronto empezó en su vida el camino ascético que culminó en experiencias místicas extraordinarias que la hicieron apóstol de la devoción al Corazón de Jesús. Junto con el servicio social propio de su congregación, difundió el culto y amor al Sagrado Corazón. Enferma y paralizada en cama, se ofrecía por la salvación del mundo, y pidió al Papa que consagrara el mundo al Corazón de Jesús.

Beata María Teresa Chiramel Mankidiyan. Nació en la India el año 1876. Recibió una educación cristiana y muy pronto consagró su virginidad al Señor. Ya en su parroquia, de joven, se dedicó a ayudar a los más pobres. Quiso entrar en las carmelitas descalzas, pero no le fue posible. Entonces llevó en el siglo una vida de piedad, mortificación, caridad y apostolado, que Dios bendijo otorgándole dones místicos extraordinarios. En 1913 abrió una casa de oración y retiro, de la que surgió la Congregación de Hermanas de la Sagrada Familia, cuyos fines eran la contemplación, la visita a las familias necesitadas, la asistencia a los enfermos y la educación cristiana de la juventud femenina. Murió en la aldea de Kuzhikkattussery (Kerala, India) en 1926.

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PARA TENER EL ESPÍRITU DE ORACIÓN Y DEVOCIÓN

Pensamiento bíblico:

El último día de la fiesta, Jesús en pie gritaba: «El que tenga sed, que venga a mí; el que cree en mí que beba. De sus entrañas manarán torrentes de agua viva». Decía esto refiriéndose al Espíritu, que habían de recibir los que creyeran en él (Jn 7,37-39).

Pensamiento franciscano:

Dice san Francisco en su Regla: -Los hermanos a quienes el Señor ha dado la gracia de trabajar, trabajen fiel y devotamente, de modo que, desechando la ociosidad, enemiga del alma, no apaguen el espíritu de la santa oración y devoción, al cual las demás cosas temporales deben servir (2 R 5,1-2).

Orar con la Iglesia:

Unidos a todos los que poseen las primicias del Espíritu Santo, glorifiquemos a Dios y supliquémosle, diciendo:

-Padre todopoderoso, que has glorificado a Cristo en el cielo, haz que todos lo reconozcan presente en tu Iglesia.

-Padre santo, que dijiste de Cristo: «Éste es mi Hijo amado, en quien me complazco; escuchadle», haz que todos atiendan su voz y se salven.

-Padre bueno, envía tu Espíritu al corazón de tus fieles, para que purifique lo inmundo y fecunde lo árido.

-Padre misericordioso, que venga tu Espíritu, rija el devenir de la historia y renueve la faz de la tierra.

-Padre piadoso, admite a nuestros difuntos en tu reino, y acrecienta nuestra esperanza en la resurrección futura.

Oración: Padre, lleno de amor, concede a tu Iglesia, congregada por el Espíritu Santo, dedicarse plenamente a tu servicio y vivir unida en tu amor. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

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SOLEMNIDAD DEL CORPUS CHRISTI
Benedicto XVI, Ángelus del 18 de junio de 2006

Queridos hermanos y hermanas:

Hoy, en Italia y en otros países se celebra la solemnidad del Corpus Christi, que en Roma ya tuvo su momento culminante en la procesión del jueves pasado por las calles de la ciudad. Es la fiesta solemne y pública de la Eucaristía, sacramento del Cuerpo y la Sangre de Cristo. El misterio instituido en la última Cena, que cada año se conmemora el Jueves santo, en este día se manifiesta a todos, rodeado del fervor de fe y de devoción de la comunidad eclesial.

En efecto, la Eucaristía constituye el «tesoro» de la Iglesia, la valiosa herencia que su Señor le ha legado. Y la Iglesia la custodia con el máximo cuidado, celebrándola diariamente en la santa misa, adorándola en las iglesias y en las capillas, distribuyéndola a los enfermos y, como viático, a cuantos parten para el último viaje.

Pero este tesoro, que está destinado a los bautizados, no agota su radio de acción en el ámbito de la Iglesia: la Eucaristía es el Señor Jesús que se entrega «para la vida del mundo» (Jn 6,51). En todo tiempo y en todo lugar, él quiere encontrarse con el hombre y llevarle la vida de Dios. No sólo. La Eucaristía tiene también un valor cósmico, pues la conversión del pan y del vino en el Cuerpo y la Sangre de Cristo constituye el principio de divinización de la misma creación.

Por eso la fiesta del Corpus Christi se caracteriza de modo particular por la tradición de llevar el santísimo Sacramento en procesión, un gesto denso de significado. Al llevar la Eucaristía por las calles y las plazas, queremos introducir el Pan bajado del cielo en nuestra vida diaria; queremos que Jesús camine por donde caminamos nosotros, que viva donde vivimos nosotros. Nuestro mundo, nuestra existencia debe transformarse en su templo. En este día la comunidad cristiana proclama que la Eucaristía es todo para ella, es su vida misma, la fuente del amor que vence la muerte. De la comunión con Cristo Eucaristía brota la caridad que transforma nuestra existencia y sostiene el camino de todos nosotros hacia la patria celestial.

Por eso la liturgia nos invita a cantar: «Buen pastor, pan verdadero (...). Tú que todo lo sabes y todo lo puedes, y nos alimentas en la tierra, lleva a tus hermanos a la mesa del cielo, en la gloria de tus santos».

María es la «mujer eucarística», como la definió el papa Juan Pablo II en su encíclica Ecclesia de Eucharistia. Pidamos a la Virgen que todos los cristianos profundicen la fe en el misterio eucarístico, para que vivan en constante comunión con Jesús y sean de verdad sus testigos.

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EL ESPÍRITU SANTO ENVIADO A LA IGLESIA
Concilio Vaticano II, Const. Lumen gentium, nn. 4 y 12

Consumada la obra que el Padre confió al Hijo en la tierra, fue enviado el Espíritu Santo en el día de Pentecostés, para que santificara a la Iglesia, y de esta forma los que creen en Cristo pudieran acercarse al Padre en un mismo Espíritu. Él es el Espíritu de la vida, o la fuente del agua que salta hasta la vida eterna, por quien vivifica el Padre a todos los muertos por el pecado hasta que resucite en Cristo sus cuerpos mortales.

El Espíritu habita en la Iglesia y en los corazones de los fieles como en un templo, y en ellos ora y da testimonio de la adopción de hijos. Con diversos dones jerárquicos y carismáticos dirige y enriquece con todos sus frutos a la Iglesia, a la que guía hacia toda verdad, y unifica en comunión y ministerio, enriqueciéndola con todos sus frutos.

Hace rejuvenecer a la Iglesia por la virtud del Evangelio, la renueva constantemente y la conduce a la unión consumada con su Esposo. Pues el Espíritu y la Esposa dicen al Señor Jesús: «Ven».

Así se manifiesta toda la Iglesia como una muchedumbre reunida por la unidad del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.

La universalidad de los fieles, que tiene la unción del Espíritu Santo, no puede fallar en su creencia, y ejerce ésta su peculiar propiedad mediante el sentimiento sobrenatural de la fe de todo el pueblo, cuando desde el obispo hasta los últimos fieles seglares manifiesta el asentimiento universal en las cosas de fe y de costumbres.

Con ese sentido de la fe que el Espíritu Santo mueve y sostiene, el pueblo de Dios, bajo la dirección del magisterio, al que sigue fidelísimamente, recibe no ya la palabra de los hombres, sino la verdadera palabra de Dios, se adhiere indefectiblemente a la fe que se transmitió a los santos de una vez para siempre (Jud 3), la penetra profundamente con rectitud de juicio y la aplica más íntegramente en la vida.

Además, el mismo Espíritu Santo no solamente santifica y dirige al pueblo de Dios por los sacramentos y los ministerios y lo enriquece con las virtudes, sino que, repartiendo a cada uno en particular como a él le parece (1 Cor 12,11), reparte entre los fieles gracias de todo género, incluso especiales, con que los dispone y prepara para realizar variedad de obras y de oficios provechosos para la renovación y una más amplia edificación de la Iglesia, según aquellas palabras: En cada uno se manifiesta el Espíritu para el bien común (1 Cor 12,7).

Estos carismas, tanto los extraordinarios como los más sencillos y comunes, por el hecho de que son muy conformes y útiles a las necesidades de la Iglesia, hay que recibirlos con agradecimiento y consuelo.

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El Espíritu Santo y la Fraternidad franciscana
según los escritos de San Francisco (II)
por Martín Steiner, ofm

I. UNA FRATERNIDAD
BAJO EL SEÑORÍO DEL ESPÍRITU

Trataremos en primer lugar de percibir hasta qué punto para Francisco la Fraternidad de los Menores ha de estar enteramente bajo la moción del Espíritu Santo.

1. El Espíritu Santo es quien la reúne inicialmente. Entrar en la familia franciscana es querer «guardar el santo Evangelio de nuestro Señor Jesucristo» (2 R 1,1), o, lo que viene a ser lo mismo, «seguir la doctrina y las huellas de nuestro Señor Jesucristo» (1 R 1,1). Se trata, pues, de reconocer plenamente el Señorío de Cristo sobre nuestra vida. Ahora bien, Francisco no deja de afirmar, siguiendo a san Pablo, que semejante decisión sólo puede tomarse bajo la acción del Espíritu: «Nadie puede decir: Jesús es el Señor (es mi Señor), sino en el Espíritu Santo». Por eso, es la «inspiración divina», el soplo del Espíritu de Dios, quien reúne la Orden suscitando el deseo de compartir la vida evangélica de los hermanos. Nuestra vida franciscana es por naturaleza de orden carismático. Mana de un don del Espíritu que produce en nosotros una adhesión particular a Cristo, una voluntad de someternos a su Señorío sometiéndonos totalmente a su Palabra, un gusto de Cristo como del único sentido posible de nuestras vidas.

2. Asimismo, Francisco moribundo «recomendó el santo Evangelio por encima de todas las demás disposiciones» (2 Cel 216). Para Francisco el Evangelio no es un código de leyes. Contiene las palabras del Señor que son «Espíritu y Vida». Se comprende que Francisco haya podido escribir en la Forma de vida para santa Clara y sus hermanas: «Os habéis desposado con el Espíritu Santo, eligiendo vivir según la perfección del santo Evangelio».

3. El ingreso en la Orden presupone una ruptura, el «libelo de repudio» dado al mundo (2 Cel 80): «Ve, vende cuanto tienes, dalo a los pobres... y luego ven y sígueme», dice Cristo a aquel que quiere seguirle (Mt 19,21). Este gesto previo de ruptura con el «mundo», en el sentido joánico de la palabra, y de solidaridad con los pobres, víctimas del pecado del mundo y primeros beneficiarios del Reino, depende también él del Espíritu. Sólo el Espíritu de amor puede inspirar la «voluntad espiritual» (1 R 2,11) y asegurar que la realización de tal gesto sea «según el Espíritu», «en el Espíritu». Por eso precisamente los hermanos se guardarán de entrometerse en ello (1 R 2,5; 2 R 2,7).

4. Así reunida por la acción del Espíritu, la Fraternidad franciscana se compone de «hermanos espirituales», de hermanos según el Espíritu. No son las llamadas de la carne y de la sangre ni una común y amistosa decisión de agregarse las que han agrupado a los hermanos: el Señor los ha dado los unos a los otros (Test 14). El lazo que los une es por tanto la acción misma del Espíritu, y este lazo es más íntimo que el lazo natural más fuerte: el afecto de la madre a su hijo: «Y dondequiera que estén y se encuentren unos con otros los hermanos, condúzcanse mutuamente con familiaridad entre sí. Y exponga confiadamente el uno al otro su necesidad, porque si la madre nutre y quiere a su hijo carnal, ¿cuánto más amorosamente debe cada uno querer y nutrir a su hermano espiritual?» (2 R 6,7-8).

A Francisco le gusta volver sobre las exigencias planteadas a los hermanos para que correspondan a la acción del Espíritu que los quiere unir con los lazos del amor mutuo: «Y, dondequiera que estén o en cualquier lugar en que se encuentren unos con otros, los hermanos deben tratarse espiritual (como hombres del Espíritu) y amorosamente, y honrarse mutuamente sin murmuración» (1 R 7,15). «Y ningún hermano haga mal o diga mal a otro; sino, más bien, por la caridad del Espíritu, sírvanse y obedézcanse unos a otros de buen grado. Y ésta es la verdadera y santa obediencia de nuestro Señor Jesucristo» (1 R 5,13-15). La caridad mutua, inspirada por el Espíritu y traducida en servicio y obediencia recíprocas, no tiende más que a unir a la Fraternidad por el amor mismo de Cristo, que vino no para ser servido sino para servir y fue incondicionalmente fiel («obediente») a los suyos. Aquí como en cualquier otro ámbito, la vida franciscana consiste en «seguir» a Cristo, simple, pero plenamente, con la fuerza del Espíritu.

5. Nadie puede, por tanto, pertenecer a la Fraternidad franciscana si no está decidido a vivir en la docilidad al Espíritu. Todos los hermanos son colectivamente responsables de su común sumisión al Espíritu. Francisco les da directrices sobre la manera de intervenir a fin de reconducir a cualquiera, hermano o ministro, que «se comporte carnalmente y no según el Espíritu» (1 R 5,1-2), a la fidelidad a su vocación. De forma más general, la animación de la Fraternidad no viene tanto de arriba, de un «Padre Abad» (Francisco rechaza el título de «Padre» en nombre del Evangelio). En definitiva depende de la responsabilidad de todos los hermanos, en la medida en que todos pueden participar del «Espíritu del Señor», verdadero animador de la Fraternidad.

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NOVENA A SAN ANTONIO DE PADUA

DÍA QUINTO

V/. En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. 
R/. Amén.

V/. Dios mío, ven en mi auxilio. 
R/. Señor, date prisa en socorrerme.

V/. Gloria al Padre... 
R/. Como era en el principio...

ORACIÓN INICIAL

Señor, tú que hiciste crecer a la Iglesia mediante el celo y los trabajos apostólicos de san Antonio, haz que, por su intercesión, recibamos siempre nuevos estímulos para crecer en la fe y en las buenas obras. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

DE LA VIDA DE SAN ANTONIO

Además de predicador, san Antonio fue el primer "lector" o maestro de teología de la Orden, que comenzó su docencia en Bolonia, entre 1223 y 1224, con la aprobación expresa de san Francisco. Luego, desde el otoño de 1224 hasta finales de 1227, estuvo en el sur de Francia, dedicado a una multiforme actividad apostólica: la labor contra los herejes albigenses y los daños que habían causado en el pueblo, la enseñanza como maestro de teología en Montpellier, ciudadela de la ortodoxia católica, donde se formaban los dominicos y los franciscanos para predicar a los albigenses de la región. En el capítulo celebrado en Arlés, mientras Antonio predicaba, san Francisco, que aún vivía, se apareció estigmatizado. Por el año 1225, Antonio estuvo predicando en Toulouse, fortaleza de los albigenses, y, como maestro de teología, enseñando a sus hermanos de hábito. Según una tradición, aquí sucedió el famoso milagro del mulo, que se arrodilló ante la Eucaristía. Sin dejar de predicar y enseñar, ejerció también cargos de autoridad.

DE LOS SERMONES DE SAN ANTONIO

Le pusieron por nombre Jesús. Nombre deleitable, nombre que conforta al pecador y da dichosa esperanza. Júbilo en el corazón, melodía en el oído, miel en la boca. De este nombre dice la Esposa, transportada de gozo, en el Cantar de los Cantares: Oleo derramado es tu nombre. Nota que el óleo hace cinco cosas. Sobrenada en todo líquido, ablanda las cosas duras, endulza las ásperas, ilumina las oscuras, sacia los cuerpos. Así este nombre de Jesús sobresale entre todos los nombres y ángeles, porque al nombre de Jesús doblan las rodillas todas las cosas. Si le predicas a Él, ablanda los duros corazones; si le invocas, endulza las ásperas tentaciones; si en Él piensas, ilumina el corazón; si lo lees, sacia el alma.

Nosotros, pues, que del nombre de Cristo nos llamamos cristianos, unánimemente y con devoto corazón roguemos al mismo Jesucristo, Hijo de Dios, y pidámosle insistentemente nos conceda llegar con espíritu contrito a la confesión y merezcamos recibir el perdón de nuestras iniquidades. Así renovados y purificados, merezcamos disfrutar del gozo de su santa resurrección y hallarnos en la gloria de la bienaventuranza eterna. Ayúdenos Él mismo, a quien es debida toda honra y gloria por los siglos de los siglos. Amén.

Antífona: El Señor hizo milagros en mi favor, y me escuchó cuando lo invoqué. Alabaré al Señor con mi corazón y con mis obras; daré gracias al que me enseñó.

DE LOS MILAGROS DE SAN ANTONIO

Había en Codigoro una niña llamada Samaritana, a la que un día, habiendo ido con otras niñas al campo de su padre a coger legumbres, súbitamente se le contrajeron las rodillas. Ya no fue capaz de regresar, y fueron sus acompañantes las que la llevaron a la casa paterna. Y así, arreciando la enfermedad, desde hacía tres años caminaba arrastrándose con las manos y con las nalgas por el suelo. Cierto día, tras hacer la confesión, acudió la niña junto con su madre al sepulcro del bienaventurado Antonio para orar, y, recuperada enseguida su antigua salud, se apresuró a volver a casa por su propio pie. Llegó esto a oídos de la gente de Codigoro, que salieron al punto a su encuentro, mientras repicaban las campanas, y veneraron en ella la grandeza del Señor.

PLEGARIA

Recuerda, Señor, que tu misericordia y tu ternura son eternas. Con la confianza que nos da el sabernos hijos tuyos e invocando la intercesión de tu siervo san Antonio, al que atiendes con largueza, te presentamos nuestras peticiones: ...... ...... ......

ORACIÓN FINAL

Dios todopoderoso y eterno, tú que has dado a tu pueblo en la persona de san Antonio de Padua un predicador insigne y un intercesor poderoso, concédenos seguir fielmente los principios de la vida cristiana, para que merezcamos tenerte como protector en todas las adversidades. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

V/. Bendigamos al Señor.
R/. Demos gracias a Dios.







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