viernes, 30 de junio de 2017

Año Cristiano Franciscano


DÍA 1 DE JULIO

 

SANTOS JUSTINO ORONA MADRIGAL Y ATILANO CRUZ ALVARADO. Eran el párroco y el coadjutor de Cuquío (Jalisco, México) y fueron martirizados en el Rancho de las Cruces (Guadalajara) el 1 de julio de 1928. Justino nació en Atoyac el año 1877. Estudió en el seminario de Guadalajara y se ordenó de sacerdote en 1904. Trabajó en diversas parroquias y en 1916 lo nombraron párroco de Cuquío. Fueron años de apostolado fecundo en los que también colaboró con el seminario y contribuyó a la fundación de las Clarisas del Sagrado Corazón dedicadas a recoger niñas huérfanas y pobres. Atilano nació el año 1901 en Ahuetiche de Abajo. Estudió en los seminarios de Totaliche y Guadalajara, y en casas particulares tras el cierre de los seminarios. Recibió la ordenación sacerdotal en la clandestinidad en 1927, y enseguida lo destinaron a Cuquío. Era humilde y celoso.- Encontrándose el párroco en el Rancho, mandó llamar al coadjutor. Estuvieron hablando largamente de la pastoral parroquial y rezaron juntos. A las dos de la madrugada llegaron los soldados y golpearon la puerta. Les abrió el párroco, y lo acribillaron a balazos mientas gritaba: ¡Viva Cristo Rey! Luego balearon al coadjutor en su habitación, mientras rezaba con el crucifijo y el rosario en sus manos.



BEATO ANTONIO ROSMINI. Nació en Rovereto (Trento) el año 1797. Después de unos estudios brillantes, recibió la ordenación sacerdotal en 1821. Pío VIII le aconsejó que se dedicara a escribir libros. Y escribió muchos e importantes sobre filosofía, política y derecho, espiritualidad y religión. En 1828, en Domodossola (Italia), fundó el Instituto de la Caridad (Rosminianos), y en 1832, el instituto de las Hermanas de la Providencia, con el fin de promover la formación humana, cristiana y religiosa. Participó en actividades diplomáticas y políticas, pero renunció a ellas siguiendo los dictados de su conciencia. En 1848, huyó con Pío IX a Gaeta. Pero pronto cayó en desgracia. Algunos de sus libros fueron incluidos en el Índice de libros prohibidos. Murió en Stresa, al norte de Italia, el 1 de julio de 1855. Afrontó con humildad y serenidad las adversidades. Procesado por el Vaticano en 1854, fue absuelto. En 1887 fueron condenadas por la Iglesia 40 proposiciones tomadas de sus obras, pero esa condena fue revocada el año 2001. Fue beatificado en el 2007.




BEATO IGNACIO FALZON. Nació en La Valetta (Malta) en 1813, y murió allí mismo el 1 de julio de 1865. Pertenecía a una familia respetable y acomodada. Se doctoró en Derecho, pero nunca ejerció de abogado. Miembro de la Orden Franciscana Seglar, fue clérigo, pues recibió las órdenes menores, pero nunca se consideró digno de recibir la ordenación sacerdotal. Vivió una existencia silenciosa. A su vida de oración y de gran devoción a la Eucaristía y a la Virgen, unió una intensa labor de catequista y humanitaria, dirigida particularmente a los numerosos militares y marineros ingleses, incluidos los protestantes y los no cristianos, que entonces se encontraban en la isla de Malta. Además, apoyó a las vocaciones sacerdotales y ayudó a los necesitados. Fue beatificado por Juan Pablo II el año 2001.

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San Aarón. Es uno de los personajes importantes del Antiguo Testamento, israelita de la tribu de Leví, hermano mayor de Moisés, quien lo ungió sacerdote del A. T. Durante la marcha por el desierto, el Éxodo, compartió con Moisés dificultades y responsabilidades. Murió en el Monte Hor a edad muy avanzada, sin entrar en la Tierra Prometida como castigo por haber desconfiado del Señor. En el Antiguo Testamento a la clase sacerdotal se la denomina «la Casa de Aarón».

San Carilefo. Fue abad del monasterio de Anisole (Maine, Francia), y murió el año 536.

San Domiciano. Al parecer era romano. Al morir sus padres, distribuyó sus bienes a los pobres y partió para las Galias. Visitó el monasterio de Lerins y se estableció en Arlés, de donde era obispo san Hilario que lo ordenó de sacerdote. Posteriormente marchó a llevar vida eremítica en los alrededores de Lyon, y fundó el monasterio de Brebon en el que reunió a muchos seguidores, para los que estableció la vida común de los monjes, dedicados a la oración y el trabajo. Defendió la divinidad de Jesucristo contra los arrianos. Murió el año 440.

San Eparquio. Sacerdote que vivió 39 años en soledad y entregado a la oración. A sus discípulos les enseñaba: «La fe no teme el hambre». Murió en Angulema (Francia) el año 581.

San Golveno. Según la tradición, después de llevar vida solitaria, fue obispo de Léon en Bretaña (Francia) en el siglo VI.

San Martín. Obispo de Vienne (Francia) en el siglo III.

San Nicasio. Fue un caballero de la Orden de San Juan de Jerusalén, capturado y decapitado por los sarracenos en Tolemaida (Palestina) cuando defendía la Tierra Santa.

San Oliverio Plunkett. Nació en Irlanda el año 1625. Estudió en Roma y, ordenado de sacerdote en 1654, continuó allí como profesor del seminario de Propaganda Fide y Agente de los obispos irlandeses. En 1669 fue elegido arzobispo de Armagh y primado de Irlanda. Reconstruyó y reorganizó la Iglesia irlandesa, tan castigada en los años precedentes. En 1673 tuvo que pasar a la clandestinidad. Cuando las circunstancias lo permitieron, reemprendió su labor apostólica. Poco después lo detuvieron y lo acusaron falsamente de participar en una conspiración. Lo trasladaron a Londres y lo condenaron por traidor y por difundir el catolicismo. Fue ahorcado y descuartizado en la plaza de Tyburn de Londres el año 1681, en tiempo del rey Carlos II.

San Teodorico. Sacerdote, discípulo de san Remigio, que murió en Mont d Or, cerca de Reims (Francia), el año 533.

San Zhang Huailu. Nació en Zhuhedian, provincia de Hunan (China), y tenía unos 52 años cuando conoció el cristianismo. Se inscribió en el catecumenado y en su grupo era el único adulto, por lo que los niños lo hacían objeto de sus inocentadas, que él soportaba con paciencia y buen humor. Al llegar los boxers a su pueblo, se presentó espontáneamente como cristiano y les confesó su fe en Cristo. Allí mismo lo lancearon hasta causarle la muerte, recibiendo así el bautismo de sangre. Era el año 1900.

Beata Asunta Marchetti, cofundadora de las Hermanas Misioneras de San Carlos Borromeo (Escalabrinianas). Nació en Lombrici di Camaiore (Lucca, Italia) en 1871. En 1895, cuando las obligaciones familiares se lo permitieron, abrazó la vida religiosa. Invitada por un hermano suyo, sacerdote y misionero en Brasil, marchó pronto a São Paulo para atender a los huérfanos de los emigrantes italianos. Veía a Jesús presente en los pobres, en los enfermos, en los emigrantes. Fue modelo de incansable misionariedad y valiente entrega a quienes más lo necesitaban. Murió el 1 de julio de 1948 en su orfanato de São Paulo. Beatificada el 25-X-2014.

Beatos Jorge Beesley y Montford Scott. Sacerdotes diocesanos ingleses que, condenados a la pena capital, después de sufrir muchas torturas, fueron ahorcados y descuartizados en Fleet Street de Londres el año 1591, bajo el reinado de Isabel I. Jorge nació en 1562. Estudió en el colegio ingles de Reims (Francia) y se ordenó de sacerdote en 1587. Al año siguiente volvió a Inglaterra y ejerció su ministerio en Laton y en Londres hasta su detención. Montford marchó a Douai (Francia) para hacer los estudios eclesiásticos. Siendo aún subdiácono volvió a su patria; lo detuvieron, pero pudo recobrar la libertad y volvió al Continente para recibir la ordenación sacerdotal en Bruselas el año 1577; enseguida regresó a Inglaterra, lo detuvieron en Cambridge, quedó libre, estuvo ejerciendo el apostolado ocho años, y lo arrestaron definitivamente en 1590.

Beatos Juan Bautista Duverneuil y Pedro Aredio Labrouche de Laborderie. Durante la Revolución Francesa, por ser sacerdotes fueron recluidos en la galera «Les Deux Associés», anclada en la playa de Rochefort (Francia) y que había estado destinada al transporte de esclavos, y allí murieron el año 1794 consumidos por el hambre y la enfermedad. Juan Bautista estudió en el seminario diocesano de Limoges y se ordenó de sacerdote en 1783. Después vistió el hábito de los carmelitas descalzos. Lo detuvieron en Limoges y en todo momento defendió los derechos de Dios y de la Iglesia. Lo condenaron a la deportación y lo recluyeron en Rochefort. Pedro nació en 1756, ingresó en el seminario de Limoges y recibió la ordenación sacerdotal en 1782; luego obtuvo una canonjía. Se negó a prestar el juramento de libertad-igualdad y lo enviaron a Rochefort como refractario.

Beato Juan Nepomuceno Chrzan. Nació en Polonia el año 1885. De joven ingresó en el seminario de Gniezno y recibió la ordenación sacerdotal en 1910. Desarrolló una gran actividad pastoral y también social. Comenzada la guerra, recibió malos tratos de los nazis, pero no abandonó su parroquia ni siquiera cuando clausuraron el templo; continuó diciendo misa y atendiendo a los fieles en secreto. Lo arrestaron en octubre de 1941 y fue a parar al campo de concentración de Dachau (Alemania), y necesitó de toda la paciencia, fortaleza y caridad para soportar los malos tratos y seguir ejerciendo su ministerio en clandestinidad. Murió de agotamiento el 1 de julio de 1942.

Beato Tomás Maxfield. Nació en Inglaterra el año 1585 en el seno de una familia cuyos miembros sufrieron persecución a causa de su fe, y de hecho su madre dio a luz a este hijo suyo estando en la cárcel. En 1606 marchó al seminario de Douai (Francia); lo dejó por unos años, volvió en 1612 y en 1614 se ordenó de sacerdote. Regresó a Inglaterra al año siguiente, pero sólo pudo ejercer su ministerio tres meses en Londres porque en seguida lo detuvieron. Ante los jueces declaró que era sacerdote, y que admitía la autoridad del rey en materias civiles, pero no su pretendida supremacía religiosa. Fue ahorcado y descuartizado en la plaza de Tyburn de Londres en 1616, y los fieles convirtieron su ejecución en una fiesta.




PARA TENER EL ESPÍRITU DE ORACIÓN Y DEVOCIÓN

Pensamiento bíblico:

«Junto a la cruz de Jesús estaba su madre... Los judíos, para que no se quedaran los cuerpos en la cruz el sábado..., pidieron a Pilato que les quebraran las piernas y que los quitaran. Fueron los soldados, le quebraron las piernas al primero y luego al otro que habían crucificado con él; pero al llegar a Jesús, viendo que ya había muerto, no le quebraron las piernas, sino que uno de los soldados, con la lanza, le traspasó el costado, y al punto salió sangre y agua» (Jn 19,25.31-34).

Pensamiento franciscano:

«Consideremos todos los clérigos el gran pecado e ignorancia que tienen algunos acerca del santísimo cuerpo y sangre de nuestro Señor Jesucristo, y de sus sacratísimos nombres, y de sus palabras escritas que consagran el cuerpo. Sabemos que no puede existir el cuerpo, si antes no es consagrado por la palabra. Nada, en efecto, tenemos ni vemos corporalmente en este siglo del Altísimo mismo, sino el cuerpo y la sangre, los nombres y las palabras, por las cuales hemos sido hechos y redimidos de la muerte a la vida» (CtaCle 1-3).

Orar con la Iglesia:

Oremos al Señor Jesús que nos ha revelado el amor gratuito y universal del Padre y que, de su corazón abierto por la lanza, ha hecho brotar la fuente de toda gracia.

-Cristo, que en la Última Cena instituiste el sacrificio de la nueva alianza en tu sangre, renueva hoy y siempre tu alianza con los hombres.

-Tú que, exaltado en la cruz, quisiste ser traspasado por la lanza del soldado, sana nuestras heridas y perdona nuestras infidelidades.

-De tu corazón traspasado por la lanza salió sangre y agua, dando así nacimiento a tu esposa, la Iglesia; haz que sea santa e inmaculada.

-Cristo, tú que entraste en el santuario del cielo con tu sangre, haz que la Iglesia sea verdadera morada del Altísimo para todos los bautizados.

Oración: Señor Jesucristo, que nos has redimido con tu sangre, convierte del todo nuestros corazones a ti y haz que consigamos ahora tu perdón y la gloria en la eternidad. Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.

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LA PRECIOSÍSIMA SANGRE DE CRISTO
Benedicto XVI, Ángelus del día 5 de julio de 2009

Queridos hermanos y hermanas:

En el pasado, el primer domingo de julio se caracterizaba por la devoción a la Preciosísima Sangre de Cristo. Algunos de mis venerados predecesores del siglo pasado la confirmaron, y el beato Juan XXIII, con la carta apostólica Inde a primis (30 de junio de 1960), explicó su significado y aprobó sus letanías. El tema de la sangre, unido al del Cordero pascual, es de primaria importancia en la Sagrada Escritura. En el Antiguo Testamento, la aspersión con la sangre de los animales sacrificados representaba y establecía la alianza entre Dios y el pueblo, como se lee en el libro del Éxodo: «Entonces tomó Moisés la sangre, roció con ella al pueblo y dijo: "Esta es la sangre de la alianza que el Señor ha hecho con vosotros, según todas estas palabras"» (Éx 24,8).

A esta fórmula se remite explícitamente Jesús en la última Cena cuando, ofreciendo el cáliz a los discípulos, dice: «Esta es mi sangre de la alianza, que es derramada por muchos para el perdón de los pecados» (Mt 26,28). Y efectivamente, desde la flagelación hasta que le traspasaron el costado después de su muerte en la cruz, Cristo derramó toda su sangre, como verdadero Cordero inmolado para la redención universal. El valor salvífico de su sangre se afirma expresamente en muchos pasajes del Nuevo Testamento. Basta citar, en este Año sacerdotal, la bella expresión de la carta a los Hebreos: «Cristo... penetró en el santuario una vez para siempre, no con sangre de machos cabríos ni de novillos, sino con su propia sangre, consiguiendo una redención eterna. Pues si la sangre de machos cabríos y de novillos y la ceniza de vaca santifica con su aspersión a los contaminados, en orden a la purificación de la carne, ¡cuánto más la sangre de Cristo, que por el Espíritu eterno se ofreció a sí mismo sin tacha a Dios, purificará de las obras muertas nuestra conciencia para rendir culto a Dios vivo!» (Heb 9,11-14).

Queridos hermanos, está escrito en el Génesis que la sangre de Abel, asesinado por su hermano Caín, clama a Dios desde la tierra (cf. Gén 4,10). Y lamentablemente, hoy como ayer, este grito no cesa, porque sigue corriendo sangre humana a causa de la violencia, de la injusticia y del odio. ¿Cuándo aprenderán los hombres que la vida es sagrada y pertenece sólo a Dios? ¿Cuándo entenderán que todos somos hermanos? Al grito por la sangre derramada, que se eleva desde tantas partes de la tierra, Dios responde con la sangre de su Hijo, que entregó su vida por nosotros. Cristo no respondió al mal con el mal, sino con el bien, con su amor infinito. La sangre de Cristo es prenda del amor fiel de Dios a la humanidad. Contemplando las llagas del Crucificado, cada hombre, incluso en condiciones de extrema miseria moral, puede decir: Dios no me ha abandonado, me ama, ha dado la vida por mí; y así volver a tener esperanza.

Que la Virgen María, quien al pie de la cruz, junto al apóstol san Juan, recogió el testamento de la sangre de Jesús, nos ayude a redescubrir la inestimable riqueza de esta gracia y a sentir por ella gratitud íntima y perenne.

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De la Carta Apostólica del Beato Juan XXIII
«INDE A PRIMIS» (30-VI-1960)
sobre el fomento del culto
a la preciosísima Sangre de nuestro Señor Jesucristo

Muchas veces desde los primeros meses de nuestro ministerio pontificio ha ocurrido que invitásemos a los fieles en materia de devoción viva y diaria a volverse con ardiente fervor hacia la manifestación divina de la misericordia del Señor en cada una de las almas, en su Iglesia Santa y en todo el mundo, cuyo Redentor y Salvador es Jesús, a saber, la devoción a la Preciosísima Sangre.

Así, pues, al acercarse la fiesta y el mes consagrado al culto de la Sangre de Cristo, precio de nuestro rescate, prenda de salvación y de vida eterna, que los fieles la hagan objeto de sus más devotas meditaciones y más frecuentes comuniones sacramentales. Que reflexionen, iluminados por las saludables enseñanzas que dimanan de los Libros Sagrados y de la doctrina de los Santos Padres y Doctores de la Iglesia en el valor sobreabundante, infinito, de esta Sangre verdaderamente preciosísima, «de la cual una sola gota puede salvar al mundo de todo pecado» [Himno Adoro te devote]. Porque, si es infinito el valor de la Sangre del Hombre Dios e infinita la caridad que le impulsó a derramarla desde el octavo día de su nacimiento y después con mayor abundancia en la agonía del huerto, en la flagelación y coronación de espinas, en la subida al Calvario y en la Crucifixión y, finalmente, en la extensa herida del costado, como símbolo de esa misma divina Sangre, que fluye por todos los Sacramentos de la Iglesia, es no sólo conveniente sino muy justo que se le tribute homenaje de adoración y de amorosa gratitud por parte de los que han sido regenerados con sus ondas saludables.

Y al culto de latría, que se debe al Cáliz de la Sangre del Nuevo Testamento, especialmente en el momento de la elevación en el sacrificio de la Misa, es muy conveniente y saludable suceda la Comunión con aquella misma Sangre indisolublemente unida al Cuerpo de Nuestro Salvador en el Sacramento de la Eucaristía. Entonces los fieles en unión con el celebrante podrán con toda verdad repetir mentalmente las palabras que él pronuncia en el momento de la Comunión: «Tomaré el cáliz de salvación e invocaré el nombre del Señor... Que la Sangre de Nuestro Señor Jesucristo guarde mi alma para la vida eterna. Así sea». De tal manera que los fieles que se acerquen a él dignamente percibirán con más abundancia los frutos de redención, resurrección y vida eterna, que la sangre derramada por Cristo «por inspiración del Espíritu Santo» (Heb 9,14) mereció para el mundo entero.

Y alimentados con el Cuerpo y la Sangre de Cristo, los fieles, hechos partícipes de su divina virtud que ha suscitado legiones de mártires, harán frente a las luchas cotidianas, a los sacrificios, hasta el martirio, si es necesario, en defensa de la virtud y del reino de Dios, sintiendo en sí mismos aquel ardor de caridad que hacía exclamar a San Juan Crisóstomo: «Retirémonos de esa Mesa como leones que despiden llamas, terribles para el demonio, considerando quién es nuestra Cabeza y qué amor ha tenido con nosotros... Esta Sangre, dignamente recibida, ahuyenta los demonios, nos atrae a los ángeles y al mismo Señor de los ángeles... Esta Sangre derramada purifica el mundo... Es el precio del universo, con ella Cristo redime a la Iglesia... Semejante pensamiento tiene que frenar nuestras pasiones. Pues ¿hasta cuándo permaneceremos con nuestro afecto pegado al mundo presente? ¿Hasta cuándo permaneceremos inertes? ¿Hasta cuándo dejaremos de pensar en nuestra salvación? Consideremos los beneficios que el Señor se ha dignado concedernos, seamos agradecidos, glorifiquémosle no sólo con la fe, sino también con las obras».

¡Ah! Si los cristianos reflexionasen con más frecuencia en la advertencia paternal del primer Papa: «Vivid con temor todo el tiempo de vuestra peregrinación, considerando que habéis sido rescatados de vuestro vano vivir no con plata y oro, corruptibles, sino con la sangre preciosa de Cristo, como cordero sin defecto ni mancha!» (1 Pe 1,17-19). Si prestasen más atento oído a la exhortación del Apóstol de las gentes: «Habéis sido comprados a gran precio. Por tanto, glorificad a Dios con vuestro cuerpo» (1 Cor 6,20).

¡Cuánto más dignas, más edificantes serían sus costumbres; cuánto más saludable sería para el mundo la presencia de la Iglesia de Cristo! Y si todos los hombres secundasen las invitaciones de la gracia de Dios, que quiere que todos se salven, pues ha querido que todos sean redimidos con la Sangre de su Unigénito y llama a todos a ser miembros de un único Cuerpo místico, cuya Cabeza es Cristo, ¡cuánto más fraternales serían las relaciones entre los individuos, los pueblos y las naciones; cuánto más pacífica, más digna de Dios y de la naturaleza humana, creada a imagen y semejanza del Altísimo, sería la convivencia social!

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EL REZO DEL ÁNGELUS

El Ángelus, devoción de origen franciscano, que para el Diccionario de la Real Academia Española es «Oración en honor del misterio de la Encarnación», hace una síntesis admirable del misterio, de las personas que intervienen en tan gran acontecimiento y de la misión o actitud de cada una de ellas, con palabras tomadas del mismo Evangelio. En su extremada brevedad, ofrece materia sólida a la vez que asequible para la meditación cotidiana del creyente.

San Lucas refiere que el ángel Gabriel fue enviado por Dios a Nazaret, a una virgen llamada María. El ángel le dijo: «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo». Luego añadió: «No temas, María, porque has encontrado gracia ante de Dios. Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús». Y le aclaró: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra». María contestó: «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra». Días después, María fue a casa de Zacarías y saludó a Isabel, la cual exclamó: «Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre». A modo de conclusión, san Juan añade en el prólogo de su Evangelio: «Y el Verbo se hizo carne, y habitó entre nosotros».

Al parecer hay que atribuir al Pobrecillo de Asís el mérito de haber introducido la llamada diaria a la oración en nuestros países. En 1220, Francisco regresó de Oriente Próximo, donde se había encontrado con el Islam. En particular, durante el asedio de Damieta en el otoño de 1219, tuvo la serena audacia de cruzar las líneas enemigas, las de los Sarracenos, para encontrarse con el Sultán de Egipto, Al-Malik. ¿Quedó impresionado por la llamada a la oración de los almuecines, que desde lo alto de los minaretes invitaban a los fieles de Alá a volverse hacia Dios varias veces al día? ¿Soñó con introducir esta costumbre en el Occidente cristiano? De hecho, apenas regresó a Italia, tuvo la profética ocurrencia de escribir una carta a todas las autoridades de los pueblos, de los ediles municipales a los reyes, diciéndoles entre otras cosas:

«Tributad al Señor tanto honor en medio del pueblo que os ha sido encomendado, que cada tarde se anuncie por medio de pregonero o por medio de otra señal, que se rindan alabanzas y gracias por el pueblo entero al Señor Dios omnipotente».

¿Recogieron sus hermanos la sugerencia? Lo cierto es que el Ángelus nació el año 1250 en un convento franciscano de Arezzo, Italia. Según documentos históricos precisos, un tal fray Benito hacía cantar o recitar allí, cada atardecer, al toque de las campanas, una antífona que empezaba por las palabras: «El ángel del Señor anunció a María...». Desde entonces se instauró en los conventos la costumbre de acompañar el bello saludo mariano vespertino con el repique de campanas.

La iniciativa de fray Benito se difundió ampliamente por todos los conventos franciscanos. Así, en 1269, el Capítulo general de Asís, presidido por san Buenaventura, decidió «que, en honor de la gloriosa Virgen, todos los hermanos enseñarán al pueblo a saludar varias veces a la bienaventurada Virgen cuando suene la campana de completas». En 1305, el Capítulo provincial de Padua decretó para la Provincia de Venecia: «Que al atardecer, en todos los conventos se toque tres veces la campana, lentamente, en honor de la gloriosa Virgen y que entonces todos los hermanos se arrodillen y digan tres veces: "Dios te salve, María, llena eres de gracia..."». Por el mismo tiempo, Bonvicino de Ripa, de la Orden de los Humillados, introdujo el toque vespertino de campanas en Milán y alrededores. El papa Juan XXII lo introdujo en Roma el 7 de mayo de 1327.

Al Ángelus de la tarde se añadió pronto el de la mañana. Practicado en Pavía desde 1330, su uso se había generalizado en toda la cristiandad a finales del siglo XIV. El toque del mediodía es más tardío y tuvo motivaciones diversas: honrar la Pasión de Cristo el viernes, implorar la paz, pedir la victoria sobre los turcos... Pero a finales del siglo XV desaparecieron esos usos diversos, y se consumó la unificación del Ángelus. Los tres toques de campanas que acompañan la recitación del Avemaría tienen la finalidad de honrar a María en el misterio de la Anunciación y Encarnación.

















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