jueves, 29 de junio de 2017

Año Cristiano Franciscano



DÍA 30 DE JUNIO

 

SANTOS PROTOMÁRTIRES DE LA IGLESIA ROMANA. «En el circo de Nerón, el año 64 después de Cristo, un número indeterminado de cristianos, pertenecientes a la población residente en Roma, acusados del incendio de la ciudad, fueron quemados vivos, o echados como pasto a las fieras, a causa de su fe. No conocemos sus nombres, pero su memoria permaneció viva en la comunidad creyente de Roma con este único título: "Los primeros mártires: protomártires". Celebramos su fiesta el 30 de junio, al día siguiente de la memoria de los Santos Pedro y Pablo, porque ellos perecieron en la misma persecución, como primer fruto de la predicación de los Apóstoles y del Obispo de Roma, Pedro» (Juan Pablo II, 21-IV-85).- Oración: Señor, Dios nuestro, que santificaste los comienzos de la Iglesia romana con la sangre abundante de los mártires, concédenos que su valentía en el combate nos infunda el espíritu de fortaleza y la santa alegría de la victoria. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.



BEATO RAIMUNDO LULIO . [Murió el 29 de junio, pero la Familia Franciscana celebra su memoria el 30 de junio] Nació en Palma de Mallorca (España) hacia 1235, de noble linaje y en ambiente cortesano. De joven emprendió la carrera política, contrajo matrimonio y tuvo dos hijos. Convertido al Señor, renunció a sus bienes e ingresó en la Tercera Orden Franciscana. A partir de entonces, sólo por una cosa suspiraba: contribuir a la salvación de las almas y a la extensión del reino de Jesucristo, amenazado por las doctrinas musulmanas. A tal fin fundó un colegio para la adecuada formación de misioneros, y se retiró a la soledad y a la contemplación. Más tarde peregrinó durante cuarenta años por Roma, Aviñón, París, Vienne, Pisa y otras ciudades, para obtener que se erigieran seminarios donde se formasen varones sabios que esparcieran por todo el mundo la fe católica. Escribió sobre casi todas las ciencias humanas, lo que le valió el sobrenombre de «Doctor Iluminado». Se dirigió a África, y en Bugía lo maltrataron. De regreso a su patria, murió en una nave, avistando ya la isla de Mallorca, el 29 de junio de 1315.- Oración: Dios de poder y misericordia, que concediste a tu mártir, el beato Raimundo Lulio, un ardiente celo por la propagación de la fe, concédenos, por su intercesión, que nos mantengamos hasta la muerte firmes en la fe recibida por tu gracia. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.


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San Adolfo de Osnabrück. Nació en Westfalia (Alemania) el año 1185, hijo de los condes de Tecklenburg. De joven entró a formar parte del clero de la catedral de Colonia. Le impresionó tanto la vida ejemplar de los cistercienses de Altenkamp, que se quedó a vivir con ellos y luego abrazó la vida monástica. En 1217 fue elegido obispo de Osnabrück. Durante los siete años de su episcopado se distinguió por la sencillez y austeridad de su vida, por su gran cuidado de los pobres y los leprosos, a quienes destinaba la renta de sus posesiones, por el fomento de la vida espiritual de la diócesis, por su afán de renovar y reformar la observancia regular en los monasterios. Murió el año 1224.

San Basílides de Alejandría. Era soldado y se encargaba de escoltar a los condenados a muerte. Cuando acompañaba a san Plutarco y a sus compañeros al lugar del suplicio (cf. 28 de junio), protegió a la santa virgen Potamiena de las groserías y pretensiones de algunos desalmados. Luego se negó a prestar un juramento ante los ídolos, lo encarcelaron, se bautizó en la cárcel, se confesó cristiano ante el juez, y lo decapitaron. Esto sucedió en Alejandría de Egipto el año 202 siendo emperador Septimio Severo.

San Bertán (Bertando o Berticrammo). Obispo de Le Mans (Francia), pastor pacífico, muy atento a las necesidades de los pobres y de los monjes. Murió el año 623.

Santa Erentrudis de Nonnberg. Nació en Francia occidental. Su tío san Ruperto, obispo de Salzburgo, fundó un monasterio en Nonnberg (Austria) y quiso poner al frente del mismo a una persona de su confianza y que secundara su visión del monacato. Llamó a su sobrina, que fue la abadesa que él deseaba: dio al monasterio el clima de observancia religiosa y de oración que ella misma practicaba; acogió a jóvenes educandas que luego fueron buenas cristianas en el mundo o religiosas. Murió el año 718.

San Ladislao I, rey de Hungría. Nació en Polonia hacia el año 1040, hijo del futuro rey Bela I de Hungría y de la princesa polaca Adelaida. En 1077 subió al trono sucediendo a su hermano Geza I. Durante su reinado logró la canonización de los santos Esteban I y Emerico, restableció las leyes cristianas dictadas por san Esteban, restauró el culto cristiano y promovió la vida religiosa, corrigió las costumbres, dando él mismo ejemplo de virtud, y propagó la fe cristiana en Croacia, que había sido incorporada al reino húngaro, instituyendo la sede episcopal de Zagreb. Murió en Nitra, junto a los Montes Cárpatos, en la actual Eslovaquia, el año 1095, cuando se disponía a participar en la I Cruzada.

San Marcial. Fue obispo de Limoges en Aquitania (Francia) a mediados del siglo III. El papa lo envió a predicar en esta ciudad, que abrazó la fe cristiana.

San Otón de Bamberg. Nació en Suabia hacia el año 1062. Entró en la corte del duque de Polonia y, en 1090, en la del emperador Enrique IV, que lo designó obispo de Bamberg (Alemania) en 1102. El papa Pascual II confirmó tal designación, pero por diversas circunstancias sólo pudo consagrarlo el año 1106 en Anagni. Nombrado canciller imperial, tuvo que intervenir en el asunto de las investiduras, y mostró una gran independencia de criterio y de amor a la justicia. Procuró en todo el mayor bien de su diócesis, fundó y reformó monasterios, celebró sínodos. Invitado por Boleslao II de Polonia, emprendió en 1124 la evangelización de Pomerania; acompañado de veinte sacerdotes, convirtió ciudades enteras, fundó iglesias, bautizó a multitud de paganos. Murió en Bamberg el año 1139.

Santos Raimundo Li Quanzhen y Pedro Li Quanhui. Eran chinos de nacimiento y hermanos, seglares cristianos, y cuando se acercaban los boxers a su pueblo, se escondieron en un cañaveral, pero fueron descubiertos y asesinados el 30 de junio de 1900 en Chendum, provincia de Hebei (China). Raimundo contaba 45 años y tenía un hijo sacerdote. Se escondió con su hija pequeña, y cuando los hallaron los boxers, para hacerlo apostatar, le quitaron la hija y la mataron en su presencia. Lo llevaron a una pagoda y le exigieron que adorara a los dioses, a lo que se negó, y por ello lo mutilaron, le hicieron quemaduras y lo remataron a golpes de espada y de lanza. Pedro era de más edad que su hermano. Lo detuvieron y lo llevaron también a la pagoda. Se negó a prestar culto a los dioses. Entonces, frente a la casa donde vivían sus ancianos padres, lo asesinaron a golpes de lanza.

San Teolbaldo de Champagne. Era hijo del conde de Champagne y nació el año 1017. Desde joven se entusiasmó con la vida de los Padres del desierto. A los 20 años se fue a las Ardenas con su amigo Gautier, que compartía sus mismos ideales. Allí vivieron en pobreza, trabajando en el campo. Para huir de la popularidad se trasladaron a los bosques de Pettingen. Peregrinaron a Santiago de Compostela y a otros santuarios. Más tarde se establecieron en Salanica, junto a Vicenza (Italia), en una iglesia en ruinas. Pronto murió Gautier, pero se le unieron otros compañeros y el obispo de Vicenza lo ordenó de sacerdote. Lo visitaron sus padres y su madre se quedó a vivir como anacoreta en una celdita cercana a la de su hijo y su comunidad. Murió el año 1066.

San Vicente Do Yen. Nació en Vietnam el año 1764. Lo ordenó de sacerdote san Clemente Ignacio Delgado en 1798, año en que estalló la persecución contra los cristianos. Apenas iniciado su apostolado, lo encarcelaron, fue liberado tras pagar una fuerte suma de dinero y continuó ejerciendo su ministerio. En 1807 ingresó en la Orden de Predicadores. Estuvo realizando una gran labor evangelizadora hasta que llegó la persecución de Minh Mang. Los fieles lo tuvieron oculto seis años, que fueron de relativa calma. Pero el 8 de junio de 1838 lo detuvieron. En el juicio no quiso dar respuestas ambiguas ni disimular su condición de sacerdote. Y el día 30 lo decapitaron en Hai Duong (Vietnam).

Beato Basilio Velyckovskyj. Nació en Ucrania el año 1903. En 1925 ingresó en la Congregación del Santísimo Redentor (Redentoristas) y luego se ordenó de sacerdote. Estuvo ejerciendo su ministerio entre los católicos de rito bizantino. Lo detuvieron en 1945 y lo condenaron a diez años de trabajos forzados en un campo de Siberia. En 1955 volvió a Lvov y la Iglesia lo nombró obispo greco-católico, pero no pudo ser consagrado hasta 1963, y en secreto. Detenido de nuevo en 1972, y lo condenaron a tres años de exilio. Lo liberaron, marchó a Canadá y murió en Winnipeg el 30 de junio de 1973. La autopsia reveló que, antes de ponerlo en libertad, los soviéticos le habían inyectado una sustancia desconocida que lo enfermó y lo mató. Fue beatificado como mártir el 2001.

Beato Felipe Powell. Nació en Trallong (Inglaterra) el año 1594. Estudió en Londres, luego en Douai (Francia) y por último en Lovaina, y se ordenó de sacerdote en 1618. Al año siguiente vistió el hábito de los benedictinos. En 1622 regresó a Inglaterra y pudo ejercer su ministerio con la relativa normalidad que permitía Carlos I. Cuando llegó la guerra civil y el ascenso de Cromwell, arreció la persecución contra los católicos. Durante algunos meses fue capellán de las fuerzas monárquicas. Cuando iba en barco hacia Gales, lo reconocieron como católico, lo denunciaron y lo arrestaron. En el juicio confesó que era sacerdote católico. Lo ahorcaron en la plaza de Tyburn de Londres el año 1646.

Beato Jenaro María Sarnelli. Nació en Nápoles (Italia) el año 1702 de familia noble. Estudió derecho y cuando ejercía la abogacía conoció a san Alfonso M. de Ligorio, también abogado. Ingresó en el seminario, y en 1732 se ordenó de sacerdote. Al año siguiente se integró en la Congregación del Santísimo Redentor, que san Alfonso acababa de fundar, y emprendió una serie de misiones populares por toda la costera amalfitana y los pueblos colindantes. En 1736 regresó a Nápoles y se dedicó a la recuperación de las mujeres prostituidas, mientras luchaba contra la blasfemia y la explotación laboral de los niños, y fomentaba la formación de los seglares y la instrucción catequética de los pequeños. Murió en Nápoles el año 1744.

Beato Zenón Kovalyk. Nació en Ucrania el año 1903. En su juventud ingresó en la Congregación del Santísimo Redentor y se ordenó de sacerdote en 1932. Estuvo ejerciendo el ministerio sagrado entre los ortodoxos de Volynia hasta que, el 20/21 de diciembre de 1940 fue detenido por los bolcheviques y encerrado en la cárcel de Lvov (Ucrania). Cuando en junio del año siguiente la ciudad fue liberada por las tropas alemanas, encontraron en las cárceles montones de cadáveres de presos que habían sido masacrados y que presentaban signos inequívocos de las torturas a que habían sido sometidos. Uno de ellos era el P. Zenón.

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PARA TENER EL ESPÍRITU DE ORACIÓN Y DEVOCIÓN

Pensamiento bíblico:

San Pablo a los Corintios: -¡Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre de misericordia y Dios del consuelo! Él nos alienta en nuestras luchas hasta el punto de poder nosotros alentar a los demás en cualquier lucha, repartiendo con ellos el ánimo que nosotros recibimos de Dios. Si los sufrimientos de Cristo rebosan sobre nosotros, gracias a Cristo rebosa en proporción nuestro ánimo (2 Cor 1,3-5).

Pensamiento franciscano:

De san Francisco en su Regla: -Impongo por obediencia a los ministros que pidan al señor Papa uno de los cardenales de la santa Iglesia Romana, que sea gobernador, protector y corrector de esta fraternidad, para que, siempre súbditos y sujetos a los pies de la misma santa Iglesia, estables en la fe católica, guardemos la pobreza y humildad y el santo Evangelio de nuestro Señor Jesucristo, que firmemente hemos prometido (2 R 12,3-4).

Orar con la Iglesia:

Dirijamos nuestra oración al Señor Jesús, que enriquece continuamente a su Iglesia con la fuerza del Espíritu.

-Tú que llamaste a Simón Pedro para hacerlo pescador de hombres, continúa enviando obreros a tu mies.

-Tú que apaciguaste la tempestad marítima para que no se hundiera la barca de los discípulos, protege de toda perturbación a tu Iglesia.

-Tú que enviaste al apóstol Pablo a evangelizar a los gentiles, haz que el mensaje evangélico sea proclamado a toda la creación.

-Tú que confiaste a la Iglesia las llaves del reino de los cielos, abre sus puertas a todos los que, cuando vivían, confiaron en tu misericordia.

Oración: Llegue a tu presencia, Señor Jesús, la voz de la Iglesia suplicante, para que te permanezca siempre fiel y nos cuide con amor y sabiduría. Tú que vive y reinas por los siglos de los siglos. Amén.

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PABLO, PERFIL DEL HOMBRE Y DEL APÓSTOL
De la Catequesis de Benedicto XVI del 25 de octubre de 2006

Ciertamente, después de Jesús, Pablo es el personaje de los orígenes del que tenemos más información, pues no sólo contamos con los relatos de san Lucas en los Hechos de los Apóstoles, sino también con un grupo de cartas que provienen directamente de su mano y que, sin intermediarios, nos revelan su personalidad y su pensamiento. San Lucas nos informa de que su nombre original era Saulo y era un judío de la diáspora, dado que la ciudad de Tarso está situada entre Anatolia y Siria. Muy pronto había ido a Jerusalén para estudiar a fondo la Ley mosaica a los pies del gran rabino Gamaliel. Había aprendido también un trabajo manual y rudo, la fabricación de tiendas, que más tarde le permitiría proveer él mismo a su propio sustento sin ser una carga para las Iglesias.

Para él fue decisivo conocer a la comunidad de quienes se declaraban discípulos de Jesús. Por ellos tuvo noticia de una nueva fe, un nuevo «camino», como se decía, que no ponía en el centro la Ley de Dios, sino la persona de Jesús, crucificado y resucitado, a quien se le atribuía el perdón de los pecados. Como judío celoso, consideraba este mensaje inaceptable, más aún, escandaloso, y por eso sintió el deber de perseguir a los discípulos de Cristo incluso fuera de Jerusalén. Precisamente, en el camino hacia Damasco, a inicios de los años treinta, Saulo, según sus palabras, fue «alcanzado por Cristo Jesús».

Mientras san Lucas cuenta el hecho con abundancia de detalles -la manera en que la luz del Resucitado le alcanzó, cambiando radicalmente toda su vida-, él en sus cartas va a lo esencial y no habla sólo de una visión, sino también de una iluminación y sobre todo de una revelación y una vocación en el encuentro con el Resucitado. De hecho, se definirá explícitamente «apóstol por vocación» o «apóstol por voluntad de Dios», como para subrayar que su conversión no fue resultado de pensamientos o reflexiones, sino fruto de una intervención divina, de una gracia divina imprevisible. A partir de entonces, todo lo que antes tenía valor para él se convirtió paradójicamente, según sus palabras, en pérdida y basura. Y desde aquel momento puso todas sus energías al servicio exclusivo de Jesucristo y de su Evangelio. Desde entonces su vida fue la de un apóstol deseoso de «hacerse todo a todos» sin reservas.

De aquí se deriva una lección muy importante para nosotros: lo que cuenta es poner en el centro de nuestra vida a Jesucristo, de manera que nuestra identidad se caracterice esencialmente por el encuentro, por la comunión con Cristo y con su palabra. A su luz, cualquier otro valor se recupera y a la vez se purifica de posibles escorias.

Otra lección fundamental que nos da san Pablo es la dimensión universal que caracteriza a su apostolado. Sintiendo agudamente el problema del acceso de los gentiles, o sea, de los paganos, a Dios, que en Jesucristo crucificado y resucitado ofrece la salvación a todos los hombres sin excepción, se dedicó a dar a conocer este Evangelio, literalmente «buena nueva», es decir, el anuncio de gracia destinado a reconciliar al hombre con Dios, consigo mismo y con los demás. Desde el primer momento había comprendido que esta realidad no estaba destinada sólo a los judíos, a un grupo determinado de hombres, sino que tenía un valor universal y afectaba a todos, porque Dios es el Dios de todos.

En el apostolado de san Pablo no faltaron dificultades, que afrontó con valentía por amor a Cristo. Él mismo recuerda que tuvo que soportar «trabajos..., cárceles..., azotes... Y aparte de otras cosas -dice-, mi responsabilidad diaria: la preocupación por todas las Iglesias» (2 Cor 11,23-28).

En un pasaje de la carta a los Romanos (15,24.28) se refleja su propósito de llegar hasta España, el extremo de Occidente, para anunciar el Evangelio por doquier hasta los confines de la tierra entonces conocida. ¿Cómo no admirar a un hombre así? ¿Cómo no dar gracias al Señor por habernos dado un Apóstol de esta talla? Es evidente que no hubiera podido afrontar situaciones tan difíciles, a veces desesperadas, si no hubiera tenido una razón de valor absoluto ante la que ningún límite podía considerarse insuperable. Para san Pablo, como sabemos, esta razón es Jesucristo, de quien escribe: «El amor de Cristo nos apremia al pensar que (...) murió por todos, para que ya no vivan para sí los que viven, sino para aquel que murió y resucitó por ellos» (2 Cor 5,14-15), por nosotros, por todos. De hecho, el Apóstol dio el testimonio supremo con su sangre bajo el emperador Nerón aquí, en Roma, donde conservamos y veneramos sus restos mortales.

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EL SEÑOR CONSTITUYÓ PASTOR SUPREMO
DE TODA LA IGLESIA AL AUTOR DE ESTA CONFESIÓN
De una Homilía de Gregorio de Palamás

El que mire ahora a Pedro, verá que no sólo se recobró suficientemente por la penitencia y el dolor vivísimo de la negación, en la que por debilidad cayó, sino que desterró totalmente de su alma el vicio de la arrogancia con que pretendía preferirse a los demás.

Queriendo el Señor mostrarnos a todos esto, después de haber padecido por nosotros la muerte y haber resucitado al tercer día, se dirigió a Pedro con aquellas palabras transmitidas en el evangelio de hoy, diciéndole: Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos?, es decir, más que mis discípulos.

Mira su conversión a la humildad. Antes, aun cuando nadie le había preguntado, se antepone a los demás, diciendo: Aunque todos... yo jamás; ahora, interrogado si le ama más que los otros, asiente a lo del amor, pero omite aquello de «más», diciendo: Sí, Señor, tú sabes que te quiero. Y entonces, ¿qué es lo que hace el Señor? Ahora que ve que Pedro no le falla en la caridad y que ha adquirido la humildad, da cumplimiento a lo que ya anteriormente le había anunciado, y le dice: Apacienta mis corderos.

A la Iglesia de los creyentes la llamó edificio: ahora le promete que le pondrá a él como fundamento. Y si queremos hablar acudiendo a imágenes de pesca, podríamos decir que le hace pescador de hombres, al decirle: Desde ahora serás pescador de hombres. Y como ahora está hablando de su grey, pone al frente de ella a Pedro como pastor, diciendo: Apacienta mis corderos, pastorea mis ovejas.

Pedro, interrogado una y otra vez si ama a Cristo, se contrista ante la reiterada pregunta pensando que no va a ser fiel. Pero sabiendo que ama y no ignorando que de esto es más consciente quien le interroga que él mismo, como acosado por ambas cosas, no sólo confiesa que ama, sino que proclama además que el Dios de todas las cosas es amado por él, diciendo: Señor, tú conoces todo, tú sabes que te quiero. El saberlo todo es propio únicamente del Dios del universo.

Y el Señor, al autor de semejante confesión, no sólo lo constituye pastor y pastor supremo de la Iglesia, sino que, además, le dota de una fortaleza tal, que perseverará firme hasta la muerte, y muerte de cruz, quien fue incapaz de sostener con entereza ni siquiera la pregunta o el diálogo con una criada.

Te lo aseguro: cuando eras joven, tú mismo te ceñías con una juventud corporal y espiritual, esto es, usabas tu propia fortaleza, e ibas a donde querías, moviéndote con espontaneidad y usando en tu vida de la propia libertad; pero cuando seas viejo, llegado al final de tu juventud, tanto natural como espiritual, extenderás las manos, con lo que se da a entender que moriría en la cruz, a la cual subiría forzado.

Extenderás las manos, otro te ceñirá, es decir, te dará brío, y te llevará a donde no quieras, sacándote de esta vida. Nuestra naturaleza desea vivir y, por tanto, el martirio de Pedro era algo superior a sus fuerzas. Sin embargo -dice el Señor-, lo tolerarás por mí y por mi testimonio, inmolándote con mi ayuda y superando lo que está sobre la naturaleza.

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COYUNTURA Y CARISMA EN FRANCISCO DE ASÍS
por Marie-Dominique Chenu, o.p.
(Aportación a una sesión franciscana, Tarbes, agosto de 1981) 
Desde hace una treintena de años, los historiadores, religiosos o profanos, han renovado la comprensión interna e institucional de la persona y de la obra de Francisco de Asís, situándolas en sus contextos socioculturales e incluso económicos. Este nuevo modo de comprensión aplica al caso eminente de Francisco los métodos de la escuela histórica francesa, según la cual, gracias a la coherencia de los fenómenos de civilización, se percibe, más allá de los acontecimientos, la «mentalidad» implícita que los regula y explica el juego de libertades a través de los determinismos elementales que se dan en todos los niveles.

De esta manera quedan superadas las biografías documentales, pietistas o románticas. Digamos, para aclararlo con una imagen gráfica, que Francisco no vivió en tiempo de Carlomagno o de Francisco I, sino muy concretamente en tiempo de san Luis. Este recurso al entorno terrestre ha sido tildado a veces de naturalismo. Tal crítica depende y es signo de una teología dualista de la naturaleza y de la gracia. Dicho aún más radicalmente, del desconocimiento del cristianismo como «economía en la historia».

De hecho la renovación en el seno de la Iglesia, para común beneficio del teólogo y del historiador, se entrecruza con el citado método. En el Concilio Vaticano II, la Iglesia se ha definido, no ya como una ciudadela intemporal, sino como comprometida por su mismo ser en el mundo, y en el mundo de la historia: la Iglesia encuentra su lugar, su lugar constitucional, en el mundo y, para arraigarse en él, sale de sí misma, por así decir, a fin de encarnar en él la Palabra de Dios. Y es así, mediante su compromiso con un mundo en mutación, como comprendemos a Francisco, su carisma, su proyecto evangélico, sin detrimento alguno para la causalidad «sobrenatural», pues ésta se encarna, se expresa y se descubre en estas situaciones observables. He aquí brevemente cómo.

Francisco de Asís nace, en cuerpo y alma, en inspiración y decisión, en el seno del gran movimiento evangélico que captó a la comunidad cristiana a lo largo del siglo XII y que llegó a su apogeo alrededor del año 1200. Historia secreta y turbulenta a la vez, cuya complejidad y accidentada trayectoria no deben disimular su intensa y lúcida unidad: el Evangelio tomado como la referencia absoluta, por encima de estructuras institucionales, por muy legítimas y necesarias que fuesen.

Si la desviación de Pedro Valdo, veinte años antes de Francisco, pudo comprometer este elevado proyecto, el consentimiento de Inocencio III a los requerimientos de Francisco confiere fundamento y legitimidad a su compromiso radical. Conocido es el diálogo entre estos dos hombres, tan distintos en su espíritu y por su poder. Toda la historia, incluidas sus ambigüedades, arranca de ahí.

¿Qué coyuntura integra, implícita pero decididamente, el entorno del propósito de Francisco? Desde hacía varias décadas, el régimen feudal, bajo el cual el mundo y la Iglesia habían vivido benéficamente durante cuatro siglos, se encontraba en decadencia; su mismo triunfo lo entorpecía, lo hacía inoperante ante las necesidades, aspiraciones y problemas de una sociedad nueva. La contestación se generalizaba, llegando hasta la insurrección y el derrocamiento de los poderes establecidos... Poco a poco aparecieron los cuadros de esta sociedad nueva, los gremios profesionales, los comunes políticos, las comunidades culturales llamadas «universidades». En estos tres casos, el dinamismo y la creatividad no actuaban ya verticalmente, en el ámbito de la fidelidad sacral a las dependencias entre señores y vasallos o siervos, sino horizontalmente, en una solidaridad cuya toma de conciencia favorecía la promoción de personas libres en sus «comunidades».

En los tres sectores, empezando por las relaciones de producción, el paternalismo cedía a una «fraternidad» igualitaria. Esta socialización de bienes y personas se implantaba con normalidad en las nuevas ciudades, en las cuales el mercado desencadenaba movimientos innovadores lejos de la estabilidad rural de los monasterios. Los progresos técnicos transformaban la vida diaria, innovaban la concepción del trabajo a la vez que las relaciones humanas; las profesiones podían convertirse en lugar de santificación, cuya perfección había estado condicionada hasta entonces por la «huida del mundo». Los «burgueses», en el sentido original de la palabra, formaban los cuadros y eran los animadores de la nueva sociedad; los siervos venían a la ciudad para conseguir la libertad y estaban aguijoneados por el deseo de abrirse a la cultura. A la «beneficencia» se sobreponían las exigencias de la justicia, con sus derechos y funciones. La palabra «nuevo» se pronunciaba en todas partes, sin excluir el campo de las artes y de la poesía religiosa.

He aquí, pues, a Francisco; puede vérsele en cada uno de los puntos de nuestra evocación: hijo de un burgués de Asís, comprometido en los mercados de su padre, circulando por las ciudades, cantando la naturaleza no ya como un símbolo sino como una realidad carnal en honor del Señor, trovador de la alegría, reclutando a sus compañeros entre la generación joven, rehusando las jerarquías autoritarias, dando testimonio de la Palabra de Dios, anunciando la Buena Nueva. «¡El mundo era su celda y el océano su claustro!» (Mateo de París, contemporáneo suyo). Como dice inmejorablemente Tomás de Celano, él es el «hombre nuevo» y el franciscanismo una «santa novedad».

En la iniciativa de estas situaciones y de estas decisiones, su carisma: la vuelta al Evangelio puro, cuyos axiomas primordiales son la fraternidad y la pobreza. Francisco recreó la palabra «hermano». Él es el «Poverello». Enraizad ahí vuestra lectura de la vida y de los escritos de Francisco y alimentad ahí vuestra meditación. Será siempre nueva... Pudo ser difícil institucionalizar en «una Orden» el carisma de Francisco. Pero ese carisma tiene valor perenne, y aún más hoy día, en una coyuntura análoga.






































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