miércoles, 28 de junio de 2017

Año Cristiano Franciscano



DÍA 29 DE JUNIO

 

SAN PEDRO, Príncipe de los Apóstoles, es Simón, a quien Jesús cambió el nombre por el de «Cefas» o Pedro. Era de Betsaida, aldea marinera situada a la ribera del mar de Galilea, donde ejercía el oficio de pescador junto con su padre y su hermano Andrés, también apóstol. Fue éste quien lo llevó a Jesús, el cual les dijo: «Venid conmigo, y os haré pescadores de hombres». Estaba casado y tenía un carácter noble, franco y vehemente, como puso de manifiesto en repetidas ocasiones. Estando por Cesarea de Filipo, a preguntas de Jesús, Pedro le respondió: «Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo», y el Maestro le prometió entonces el Primado: «Sobre esta piedra edificaré mi Iglesia». Pedro, en la noche más negra de la historia, negó por tres veces a Jesús; pero enseguida lloró su pecado, volvió al grupo y corrió la mañana de la Resurrección al sepulcro de Cristo, quien, cuando se les apareció más tarde en Galilea, le otorgó el Primado: «Apacienta mis ovejas». Después de Pentecostés, ejerció su apostolado en Jerusalén, Antioquía de Siria y luego en Roma como primer obispo de la misma. Allí fue crucificado, cabeza abajo como los esclavos, durante la persecución de Nerón, el año 64.- Oración: Señor, Dios nuestro, tú que entregaste a la Iglesia las primicias de tu obra de salvación, mediante el ministerio apostólico de san Pedro y san Pablo, concédenos, por su intercesión y sus méritos, los auxilios necesarios para nuestra salvación. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.




SAN PABLO, Apóstol de los gentiles, nació en Tarso (Turquía) y estudió en la escuela de Gamaliel en Jerusalén. Ferviente fariseo, presenció y aprobó el martirio de san Esteban y, llevado de su celo por la ley mosaica, persiguió a los cristianos. Convertido a Cristo en el camino de Damasco, hecho que celebramos el 25 de enero, se retiró al desierto y más tarde visitó a los Apóstoles y se incorporó a la comunidad cristiana. Con algunos compañeros recorrió, en tres largos viajes, amplias regiones de Asia Menor y Europa Oriental fundando numerosas comunidades cristianas. Su acción fue esencial para la extensión de la Iglesia a todas las gentes, más allá del pueblo judío. Sus cartas a las iglesias locales son alimento sustancial del que se nutre la Iglesia en todos los tiempos. Acusado de traicionar la Tradición de sus mayores, los judíos lo entregaron a la autoridad romana para acabar con él, pero Pablo, ciudadano romano, apeló al César, y fue trasladado a Roma. Allí permaneció dos años evangelizando con libertad, hasta que el año 67, durante la persecución de Nerón, fue decapitado en la Vía Ostiense.- Oración: Señor, tú que nos llenas de santa alegría en la celebración de la fiesta de san Pedro y san Pablo, haz que tu Iglesia se mantenga siempre fiel a las enseñanzas de aquellos que fueron fundamento de nuestra fe cristiana. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.



BEATO RAIMUNDO LULIO . Nació en Palma de Mallorca (España) hacia 1235, de noble linaje y en ambiente cortesano. De joven emprendió la carrera política, contrajo matrimonio y tuvo dos hijos. Convertido al Señor, renunció a sus bienes e ingresó en la Tercera Orden Franciscana. A partir de entonces, sólo por una cosa suspiraba: contribuir a la salvación de las almas y a la extensión del reino de Jesucristo, amenazado por las doctrinas musulmanas. A tal fin fundó un colegio para la adecuada formación de misioneros, y se retiró a la soledad y a la contemplación. Más tarde peregrinó durante cuarenta años por Roma, Aviñón, París, Vienne, Pisa y otras ciudades, para obtener que se erigieran seminarios donde se formasen varones sabios que esparcieran por todo el mundo la fe católica. Escribió sobre casi todas las ciencias humanas, lo que le valió el sobrenombre de «Doctor Iluminado». Se dirigió a África, y en Bugía lo maltrataron. De regreso a su patria, murió en una nave, avistando ya la isla de Mallorca, el 29 de junio de 1315. [La Familia Franciscana celebra su memoria el 30 de junio; antes lo hacía el 27 de noviembre]- Oración: Dios de poder y misericordia, que concediste a tu mártir, el beato Raimundo Lulio, un ardiente celo por la propagación de la fe, concédenos, por su intercesión, que nos mantengamos hasta la muerte firmes en la fe recibida por tu gracia. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

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San Casio de Narni. Fue obispo de Narni en Umbría (Italia). Según refiere el papa san Gregorio Magno, a diario ofrecía sacrificios de expiación acompañados de lágrimas. Era un celoso pastor, amante de su clero y de su pueblo, muy generoso para con los pobres, a quienes iban a parar sus haberes y limosnas. Acostumbraba ir a Roma todos los años para la fiesta de los santos apóstoles Pedro y Pablo, cuyos sepulcros visitaba devotamente. El 29 de junio del año 558, estando en Roma, después de celebrar la Eucaristía y haber distribuido a todos el cuerpo de Cristo, marchó a la casa del Padre.

Santa Emma de Gurk. Nació el año 980 en Gurk (Austria). Contrajo matrimonio con el conde Guillermo de Sann, del que tuvo un hijo. En 1015 falleció el marido, y poco después el hijo en una batalla. Viuda, sin hijos y muy rica, decidió entregarse a la vida de piedad y oración, y al mismo tiempo dedicar su tiempo y su dinero a la religión y a los pobres. Fundó dos monasterios benedictinos, uno para hombres en Admont, y otro para mujeres en Gurk. Murió en su ciudad natal el año 1045.

Santas María Du Tianshi y Magdalena Du Fengju. Eran madre e hija respectivamente, y ambas fervorosas cristianas. María tenía 42 años y Magdalena 19. Sucedió que el 29 de octubre de 1900 llegaron a su pueblo, Dujiadun, provincia de Hebei (China), una banda de boxers buscando cristianos para masacrarlos. Ellas se escondieron en un cañaveral, pero fueron localizadas y asesinadas mientras proclamaban su fe. A Magdalena la echaron en la fosa cuando aún estaba viva.

Santos Pablo Wu Juan, Juan Bautista Wu Mantang y Pablo Wu Wanshu. Son tres santos mártires chinos, víctimas de los boxers: el primero tenía 62 años, el segundo era hijo suyo y tenía 17, y último era sobrino suyo y tenía 16. El 29 de junio de 1900 los asesinaron en Xiaoluyi, provincia de Hebei (China). Los cristianos del pueblo, cuando supieron que iban a llegar los boxers, se refugiaron en un bosque cercano, pero allí fueron a buscarlos sus perseguidores y los fueron matando tan pronto como daban con ellos. Juan Bautista fue el primero en ser inmolado, le siguió su primo Pablo y el último en dar su vida por Cristo fue Pablo Wu Juan. Todos ellos confesaron con entereza su fe al ser arrestados.

San Siro de Génova. Estuvo ejerciendo el ministerio sacerdotal en San Remo hasta que, hacia el año 324, fue elegido obispo de Génova (Italia). Fue un pastor santo y vigilante, que se dedicó con gran celo a la cura de almas y consiguió que la vida cristiana de su diócesis progresara muy notablemente. Murió en una fecha desconocida del siglo IV.

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PARA TENER EL ESPÍRITU DE ORACIÓN Y DEVOCIÓN

Pensamiento bíblico:

Preguntó Jesús a sus discípulos: «Vosotros, ¿quién decís que soy yo?» Simón Pedro tomó la palabra y dijo: «Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo». Jesús le respondió: «¡Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás!, porque eso no te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre que está en el cielo. Ahora te digo yo: Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no la derrotará. Te daré las llaves del reino de los cielos; lo que ates en la tierra quedará atado en el cielo, y lo que desates en la tierra quedará desatado en el cielo» (Mt 16,15-19).

Pensamiento franciscano:

Dice la Regla bulada de san Francisco: -El hermano Francisco promete obediencia y reverencia al señor papa Honorio y a sus sucesores canónicamente elegidos y a la Iglesia Romana. Y los otros hermanos estén obligados a obedecer al hermano Francisco y a sus sucesores (2 R 1,2-3).

Orar con la Iglesia:

Invoquemos a Cristo, que edificó su Iglesia sobre el cimiento de los apóstoles, para que la colme de bienes.

-Tú que pediste por Pedro para que su fe no se apagara, da firmeza a la fe de tu Iglesia.

-Tú que, después de resucitar, te apareciste a Simón Pedro y te manifestaste a Saulo, ilumina nuestras mentes para que reconozcamos que vives.

-Tú que escogiste al apóstol Pablo para dar a conocer tu nombre a los paganos, haznos pregoneros de tu Evangelio.

-Tú que perdonaste misericordiosamente las negaciones de Pedro, perdona compasivo nuestras flaquezas.

Oración: Señor Jesús, haz que tu Iglesia permanezca siempre fiel a las enseñanzas que nos trasmitieron tus apóstoles. Tú que vive y reinas por los siglos de los siglos. Amén.

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PEDRO, EL PESCADOR
De la Catequesis de Benedicto XVI del 17 de mayo de 2006

Queridos hermanos y hermanas:

Simón era de Betsaida, una localidad situada al este del mar de Galilea, de la que procedía también Felipe y naturalmente Andrés, hermano de Simón. Al hablar se le notaba el acento galileo. También él, como su hermano, era pescador: con la familia de Zebedeo, padre de Santiago y Juan, dirigía una pequeña empresa de pesca en el lago de Genesaret (cf. Lc 5,10). Por eso, debía de gozar de cierto bienestar económico y estaba animado por un sincero interés religioso, por un deseo de Dios -anhelaba que Dios interviniera en el mundo-, un deseo que lo impulsó a dirigirse, juntamente con su hermano, hasta Judea para seguir la predicación de Juan el Bautista.

Como nos muestran los evangelios, Simón tiene un carácter decidido e impulsivo; está dispuesto a imponer sus razones incluso con la fuerza (por ejemplo, cuando usa la espada en el huerto de los Olivos. Al mismo tiempo, a veces es ingenuo y miedoso, pero honrado, hasta el arrepentimiento más sincero.

Los evangelios permiten seguir paso a paso su itinerario espiritual. El punto de partida es la llamada que le hace Jesús. Acontece en un día cualquiera, mientras Pedro está dedicado a sus labores de pescador. Jesús se encuentra a orillas del lago de Genesaret y la multitud lo rodea para escucharlo.
El número de oyentes implica un problema práctico. El Maestro ve dos barcas varadas en la ribera; los pescadores han bajado y lavan las redes. Él entonces pide permiso para subir a la barca de Simón y le ruega que la aleje un poco de tierra. Sentándose en esa cátedra improvisada, se pone a enseñar a la muchedumbre desde la barca. Así, la barca de Pedro se convierte en la cátedra de Jesús. Cuando acaba de hablar, dice a Simón: «Rema mar adentro, y echad vuestras redes para pescar». Simón responde: «Maestro, hemos estado bregando toda la noche y no hemos pescado nada; pero, en tu palabra, echaré las redes» (Lc 5,4-5).

Jesús era carpintero, no experto en pesca, y a pesar de ello Simón el pescador se fía de este Rabino, que no le da respuestas sino que lo invita a fiarse de él. Ante la pesca milagrosa reacciona con asombro y temor: «Aléjate de mí, Señor, que soy un hombre pecador». Jesús responde invitándolo a la confianza y a abrirse a un proyecto que supera todas sus perspectivas: «No temas. Desde ahora serás pescador de hombres» (Lc 5,8.10).

Pedro no podía imaginar entonces que un día llegaría a Roma y sería aquí «pescador de hombres» para el Señor. Acepta esa llamada sorprendente a dejarse implicar en esta gran aventura. Es generoso, reconoce sus limitaciones, pero cree en el que lo llama y sigue el sueño de su corazón. Dice sí, un sí valiente y generoso, y se convierte en discípulo de Jesús.

Pedro vivió otro momento significativo en su camino espiritual cerca de Cesarea de Filipo, cuando Jesús planteó a sus discípulos una pregunta precisa: «¿Quién dicen los hombres que soy yo?». Pero a Jesús no le basta la respuesta de lo que habían oído decir. De quien ha aceptado comprometerse personalmente con él quiere una toma de posición personal. Por eso insiste: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?». Es Pedro quien contesta en nombre de los demás: «Tú eres el Cristo» (Mc 8,29-29), es decir, el Mesías. Esta respuesta de Pedro, que no provenía «ni de la carne ni de la sangre», es decir, de él, sino que se la había donado el Padre que está en los cielos (cf. Mt 16,17), encierra en sí como en germen la futura confesión de fe de la Iglesia.

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ESTOS MÁRTIRES, EN SU PREDICACIÓN,
DABAN TESTIMONIO DE LO QUE HABÍAN VISTO
Del sermón 295 de san Agustín

El día de hoy es para nosotros sagrado, porque en él celebramos el martirio de los santos apóstoles Pedro y Pablo. No nos referimos, ciertamente, a unos mártires desconocidos. A toda la tierra alcanza su pregón y hasta los límites del orbe su lenguaje. Estos mártires, en su predicación, daban testimonio de lo que habían visto y, con un desinterés absoluto, dieron a conocer la verdad hasta morir por ella.

San Pedro, el primero de los apóstoles, que amaba ardientemente a Cristo, y que llegó a oír de él estas palabras: Ahora te digo yo: Tú eres Pedro. Él había dicho antes: Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo. Y Cristo le replicó: Ahora te digo yo: Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia. Sobre esta piedra edificaré esta misma fe que profesas. Sobre esta afirmación que tú has hecho: Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo, edificaré mi Iglesia. Porque tú eres Pedro. «Pedro» es una palabra que se deriva de «piedra», y no al revés. «Pedro» viene de «piedra», del mismo modo que «cristiano» viene de «Cristo».

El Señor Jesús, antes de su pasión, como sabéis, eligió a sus discípulos, a los que dio el nombre de apóstoles. Entre ellos, Pedro fue el único que representó la totalidad de la Iglesia casi en todas partes. Por ello, en cuanto que él solo representaba en su persona a la totalidad de la Iglesia, pudo escuchar estas palabras: Te daré las llaves del reino de los cielos. Porque estas llaves las recibió no un hombre único, sino la Iglesia única. De ahí la excelencia de la persona de Pedro, en cuanto que él representaba la universalidad y la unidad de la Iglesia, cuando se le dijo: Yo te entrego, tratándose de algo que ha sido entregado a todos. Pues, para que sepáis que la Iglesia ha recibido las llaves del reino de los cielos, escuchad lo que el Señor dice en otro lugar a todos sus apóstoles: Recibid el Espíritu Santo. Y a continuación: A quienes les perdonéis los pecados les quedan perdonados; a quienes se los retengáis les quedan retenidos.

En este mismo sentido, el Señor, después de su resurrección, encomendó también a Pedro sus ovejas para que las apacentara. No es que él fuera el único de los discípulos que tuviera el encargo de apacentar las ovejas del Señor; es que Cristo, por el hecho de referirse a uno solo, quiso significar con ello la unidad de la Iglesia; y, si se dirige a Pedro con preferencia a los demás, es porque Pedro es el primero entre los apóstoles.

No te entristezcas, apóstol; responde una vez, responde dos, responde tres. Venza por tres veces tu profesión de amor, ya que por tres veces el temor venció tu presunción. Tres veces ha de ser desatado lo que por tres veces habías ligado. Desata por el amor lo que habías ligado por el temor.

A pesar de su debilidad, por primera, por segunda y por tercera vez encomendó el Señor sus ovejas a Pedro.

En un solo día celebramos el martirio de los dos apóstoles. Es que ambos eran en realidad una sola cosa, aunque fueran martirizados en días diversos. Primero lo fue Pedro, luego Pablo. Celebremos la fiesta del día de hoy, sagrado para nosotros por la sangre de los apóstoles. Procuremos imitar su fe, su vida, sus trabajos, sus sufrimientos, su testimonio y su doctrina.

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CLARA, «SILENCIOSA PALABRA» DE VIDA
PARA LA IGLESIA (y II)
Card. Joseph Ratzinger 
(Homilía pronunciada en la Eucaristía celebrada el 21-V-1989
en el Protomonasterio de Santa Clara de Asís
con ocasión de una profesión solemne)

La primera lectura de la fiesta de hoy, la Santísima Trinidad, habla de la sabiduría de Dios como arquitecto del universo (Prov 8,22-31). La verdadera sabiduría se comunica en el Evangelio: la vida evangélica es la vida sabia. Vivir el Evangelio no es una especialidad entre otras: la arquitectura del mundo, no sólo de la Iglesia, depende de esta sabiduría.

La fiesta de la Santísima Trinidad nos da el marco adecuado para la profesión religiosa: se trata de volver a hallar el perfil original de la vida humana, de la Iglesia, del mundo; se trata de la llave para penetrar en la sabiduría creadora del mundo, se trata de los esponsales entre Dios y el hombre, de nuestro entrar en el ritmo del Amor trinitario.

Podemos concretar todo esto mucho mejor, si volvemos a la Leyenda de santa Clara. El autor explica más adelante el significado del lugar y la conexión profunda entre el lugar y la vocación de santa Clara con una sutil combinación de tres textos de la Sagrada Escritura, cuando escribe:

«Anidando en las grietas de esta roca,
la paloma de plata engendró
un colegio de vírgenes de Cristo» (LCl 10).

La santa es presentada como una paloma, San Damián como un nido en las grietas de la roca. Tras ello está el Cantar de los Cantares, donde el Esposo dice a la esposa: «Paloma mía, que anidas en las grietas de la roca, en escarpados escondrijos, déjame ver tu rostro, déjame oír tu voz…» (2,14).

El Esposo, en su amor, llama a la esposa «paloma»: es una expresión de ternura y de deseo. La Iglesia, siguiendo las huellas del pueblo hebreo, oye en estas apasionadas palabras la voz del Amor divino, la voz del Creador y del Redentor. La humanidad redimida, la Iglesia es esta «paloma», esta esposa amada y buscada por el Amor divino, buscada en nuestros escondrijos, buscada en los riscos del mundo.

El colegio de vírgenes de santa Clara es una realización profunda de la verdadera esencia de la Iglesia, indicada en esas imágenes: su vida es un transformarse, un llegar a ser paloma en las manos del Señor, es el acto de despertarse a la voz del Amor que me busca: «Déjame ver tu rostro, déjame oír tu voz».

Toda la vida monástica según la vocación de santa Clara está descrita en estas palabras. El hombre retorcido sobre sí mismo en el pecado, en el deseo de la auto-realización, comienza a enderezarse y vuelve su rostro a los ojos del Señor. Vivir como monja significa vivir con la mirada fija en Jesús y hacerle oír la propia voz, que se une a la Suya en la meditación de la Palabra divina y en la plegaria de la Iglesia, inspirada por el Espíritu Santo.

El Cantar de los Cantares, a cuyo texto alude la Leyenda, habla de los escondrijos de la paloma en las grietas de la roca. En la tradición mística esta palabra tiene un doble significado: desde el primer pecado, el hombre busca su escondrijo, escondiéndose de la Palabra divina, y el Redentor encarnado nos busca en nuestros diversos escondrijos.

Pero está también el significado contrario: San Damián, «las grietas de la roca» se transforman en escondrijo feliz, donde santa Clara y sus vírgenes se esconden y viven sólo para Dios.

Semejante escondrijo, alejado de la curiosidad del mundo, de las alabanzas y de los temores mundanos, es importante precisamente hoy. La opinión pública, manipulada por los medios de comunicación, es cada vez más el poder de los poderes, el verdadero gobierno del mundo: y también la Iglesia tiene la grave tentación de someterse a su tiranía. La opinión dominante se vuelve más fuerte que la verdad y precisamente por esto la Iglesia se ve amenazada de desmoronarse. Por eso es tan importante este feliz escondrijo, sustraído a los ojos del mundo, abierto sólo a los ojos del Señor.

En este sentido habla el segundo texto bíblico aludido en la frase antes citada de la Leyenda, es decir, Jeremías 48,28, donde dice el profeta:

«Abandonad las ciudades, id a vivir entre rocas…
Sed como las palomas que anidan
al borde de los precipicios…».

Salir de la vanagloria del propio mundo, pequeño o grande; no vivir para las noticias, sino fijos en los ojos del Señor: este imperativo profético nos afecta a todos y se realiza de modo ejemplar en el escondrijo de la comunidad de santa Clara.

Por último, encontramos en este texto tan rico de la Leyenda un tercer elemento. Hablando de la paloma de plata, el autor cita el salmo 68, 14:

«Mientras reposabais en los apriscos,
las palomas batieron sus alas de plata».

Se puede estar bastante seguro de que la Leyenda lee e interpreta este texto misterioso con san Agustín. Para el gran doctor de la Iglesia la plata expresa el esplendor que la paloma recibe de la Palabra divina, y expresa también la pureza que viene de la penitencia y de la palabra de perdón que se nos da en el sacramento. En la familiaridad con la Palabra de Dios y en la comunión sacramental crecen las alas que hacen volar a nuestra alma, superando la gravedad terrestre. El alma se hace paloma, vuela a las alturas, a Jesús.

Todo esto, lejos de ser un misticismo romántico o poco real, ofrece indicaciones muy concretas para la vida religiosa. Amar la sencillez; no dar importancia a las opiniones humanas; someterse al juicio de los ojos del Señor y aprender de Jesús la castidad, la obediencia, la pobreza; meditar las palabras divinas junto con la gran Tradición de la Iglesia, unirse en la penitencia con el Señor que sufre, vivir no para uno mismo, sino en unión con el Señor para su Cuerpo paciente, para la oveja perdida: la humanidad; hacer que el esposo nos oiga en la adoración y así aprender a volar: he aquí el modo de reparar la casa del Señor. Éste es el camino hacia la verdadera reforma de la Iglesia.























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