lunes, 26 de junio de 2017

Año Cristiano Franciscano



DÍA 28 DE JUNIO

 

SAN IRENEO DE LYON. Nació hacia el año 130 y se educó en Esmirna (Turquía), donde fue discípulo de San Policarpo, obispo de aquella ciudad y que había sido discípulo del apóstol san Juan, por lo que enlazó con los tiempos apostólicos. Pero emigró, y el año 177 era presbítero en Lyon (Francia); poco después fue nombrado obispo de dicha ciudad. Se encontró con una Iglesia diezmada por las persecuciones. Aprendió las lenguas de los nativos para poder evangelizarlos. Gran apologista y buen pastor, escribió varias e importantes obras en las que combate las herejías de aquel tiempo y expone la recta doctrina: valoración del Antiguo Testamento a la luz del Nuevo; Cristo, nuevo Adán; la Eucaristía, símbolo y prenda de la resurrección. Fue hombre pacífico y conciliador, que medió eficazmente en el enfrentamiento entre el Papa y las iglesias de Asia Menor por la cuestión de la pascua, evitando un posible cisma. Recibió la palma del martirio, según refiere la tradición, alrededor del año 200.- Oración: Señor, Dios nuestro, que otorgaste a tu obispo san Ireneo la gracia de mantener incólume la doctrina y la paz de la Iglesia, concédenos, por su intercesión, renovarnos en fe y en caridad y trabajar sin descanso por la concordia y la unidad entre los hombres. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.



SANTA VICENTA GEROSA. Nació el año 1784 en Lovere, al norte de Milán (Italia). Aunque de familia acomodada, no pudo cursar estudios superiores por su frágil salud. Tuvo que sufrir dolorosas situaciones y pérdidas familiares y afrontar los duros avatares políticos de su época. Era reservada y tímida, y desde joven destacó por su espiritualidad sencilla y ordinaria, centrada en la oración y la vivencia de la misa diaria. Ingresó en la Orden Franciscana Seglar. Colaboró en la parroquia y organizó un oratorio femenino para la formación humana y cristiana de las jóvenes. Junto con su paisana santa Batolomea Capitanio fundó el instituto de las Hermanas de la Caridad de Lovere, llamadas «de María Bambina», para atender a las personas más pobres y educar a las niñas y jóvenes. Bartolomea murió prematuramente en 1833 y Vicenta asumió toda la responsabilidad de llevar adelante la congregación, y consiguió consolidarla y extenderla. Murió en Lovere el año 1847. Su memoria litúrgica se celebra el 28 de junio.



BEATA MARÍA PÍA MASTENA. Nació el año 1881 en Bovolone (Verona, Italia) y tuvo un hermano capuchino, Tarsicio, que murió en olor de santidad. En su adolescencia frecuentó la parroquia, en la que trabajó como catequista. El año 1902 vistió el hábito de las Hermanas de la Misericordia. Hechos los estudios pertinentes, se dedicó a la enseñanza en la región véneta, residiendo 19 años en Miane, y dedicándose además a un intenso apostolado. En 1927, buscando la vida de clausura, entró en el monasterio cisterciense de Veglie, pero no acabó el noviciado y volvió a la enseñanza. Emprendió la fundación de una nueva Congregación llamada Religiosas de la Santa Faz. Después dedicó toda su actividad a consolidar y extender la Congregación, promoviendo nuevas iniciativas en favor de los pobres, de los que sufren y de los enfermos, confiando al Instituto el carisma de «propagar, reparar, restablecer la imagen del dulce Jesús en las almas». Murió en Roma el 28 de junio de 1951. Fue beatificada en año 2005.


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San Argimiro de Córdoba. Nació en Cabra (Córdoba, España) en el seno de una familia de raza árabe y de religión musulmana. Estuvo ejerciendo el cargo de censor en Córdoba, y cuando dejó este cargo se convirtió al cristianismo y se retiró a vivir en un monasterio. Llegado a la ancianidad, algunos de sus antiguos colegas le oyeron decir que el Islam es una religión falsa y que Jesucristo es el verdadero Dios. Lo denunciaron y fue arrestado. No consiguieron ni con halagos ni con torturas que volviera al Islam. Lo condenaron por blasfemo, lo encerraron en un ergástulo, lo sujetaron al potro y por último lo traspasaron con la espada. Era el año 856.

San Heimerado. Pareció a muchos de sus contemporáneos un santo excéntrico y vagabundo, un «loco de Dios». Nació en Suabia en el seno de una familia de siervos. Se ordenó de sacerdote para ser capellán de su señora. Aquello no era lo suyo y consiguió permiso para vivir a su aire como peregrino y ermitaño, viviendo de limosna y compartiéndola con los demás pobres. Peregrinó a Roma, a Jerusalén y luego por Alemania. Pidió alojamiento en el monasterio de Hersfeld, y se lo concedieron, pero poco después lo despidieron. Volvió a su vida errante y recibió no pocas burlas y malos tratos. Por último se retiró a Hassungen (Hesse, Alemania) para vivir como ermitaño y allí murió en 1019.

San Juan Southworth. Nació en Samlesbury (Inglaterra) el año 1592. Para seguir su vocación se trasladó al Continente, estudió en Douai (Francia) y se ordenó de sacerdote en 1618. Volvió a Inglaterra y estuvo ejerciendo su ministerio hasta 1624 en que fue a Bruselas como confesor de las benedictinas inglesas. De nuevo en su patria, lo detuvieron y lo condenaron a muerte, pero después de unos años de cárcel lo desterraron. No tardó en regresar a Inglaterra y en reanudar su apostolado. Varias veces lo encarcelaron y otras tantas lo dejaron en libertad hasta que, gobernando Cromwell, lo arrestaron, él confesó su condición sacerdotal y lo condenaron a muerte. Lo ahorcaron en la plaza de Tyburn en Londres el año 1654.

Santas Lucía Wang Cheng y compañeras. San cuatro vírgenes y mártires chinas: Lucía Wang Cheng de 18 años, María Fan Kun de 16, María Qi Yu de 15, y María Zheng Xu de 11. Eran jóvenes que habían sido criadas y educadas en el orfanato católico de Wang-La-Kia y eran fervorosas cristianas. El 24 de junio de 1900 una banda de boxers asaltó el orfanato, destruyó la iglesia y mató a muchas personas; estas jóvenes huyeron, pero cayeron en manos de los soldados. El capitán pretendió que Lucía apostatara para hacerla su esposa. A pesar de las presiones que recibieron, las cuatro permanecieron firmes en su fe. Días después, una banda rival de boxers asaltó el pueblo y se llevó a las jóvenes, a las que hirieron con lanzas y picas y después las decapitaron. Ellas recibieron el martirio cogidas de la mano y rezando. Sucedió en Wanglajia, provincia de Hebei (Cina), en 1900.

Santa María Du Zhauzhi. Nació en China el año 1849 y era una cristiana fervorosa, casada y madre de familia, que tuvo la alegría de tener un hijo sacerdote y verle celebrar la misa. Cuando llegó la persecución de los boxers, primero huyó, pero después reflexionó y no quiso traicionar su fe en Cristo, por lo que volvió a su casa. Le detuvieron y le exigieron que apostatara de su fe, a lo que ella se negó con firmeza. La decapitaron en Jieshuiwang, provincia de Hebei (China), el año 1900.

San Pablo I, papa del año 757 al 767. Nació en Roma y era hermano del papa Esteban II, al que sucedió en la cátedra de San Pedro. Desde joven estuvo al servicio de la Santa Sede y, al morir su hermano, lo eligieron papa a él. Hombre afable y misericordioso, visitaba en el silencio de la noche a los enfermos pobres y a los presos y les llevaba alimentos. Acogió en Roma a los monjes orientales que huían de la persecución iconoclasta. Defensor de la fe ortodoxa, escribió a los emperadores Constantino V y León IV para que restablecieran el culto a las sagradas imágenes. Devoto los santos, trasladó los cuerpos de muchos mártires desde los cementerios en ruinas a las basílicas y monasterios al interior de la ciudad y fomentó su culto.

San Plutarco y compañeros, mártires de Alejandría. En Alejandría de Egipto, el año 202, siendo emperador Septimio Severo, fueron martirizados los santos Plutarco, Sereno, Heráclides, catecúmeno, Herón, neófito, otro Sereno, Heraidis, catecúmena, Potamiena y su madre Marcela. Todos ellos eran discípulos de Orígenes y confesaron a Cristo, unos degollados y otros entregados a las llamas. Entre ellos destacó la virgen Potamiena que primero tuvo que soportar innumerables pruebas en defensa de su virginidad y por fin, después de haber padecido por la fe crueles suplicios, fue quemada viva junto con su madre.

Beatos Severiano Baranyk y Joaquín Senkivskyj. Los dos eran ucranianos de nacimiento y sacerdotes de la Orden basiliana de San Josafat. Cuando las tropas alemanas llegaron el 29 de junio de 1941 a la ciudad de Drohobych (Ucrania), recién evacuada por el ejército soviético, vieron que los presos de la cárcel habían sido asesinados. Entre ellos se encontraban nuestros dos beatos, detenidos por ser sacerdotes católicos. Severiano nació en 1889, abrazó la vida monástica en 1905 y se ordenó de sacerdote en 1915. Estuvo viviendo en su monasterio y ejerciendo el ministerio pastoral hasta que llegaron las tropas soviéticas. Joaquín nació en 1896, estudió en el seminario diocesano y recibió la ordenación sacerdotal en 1921. Poco después vistió el hábito monástico y se dedicó al apostolado y a la docencia hasta que lo encarcelaron los soviéticos.

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PARA TENER EL ESPÍRITU DE ORACIÓN Y DEVOCIÓN

Pensamiento bíblico:

«Que por mi causa no queden defraudados los que esperan en ti, Señor. Que por mi causa no se avergüencen los que te buscan, Dios de Israel» (Sal 68,6-8).

Pensamiento franciscano:

Dice san Francisco en su Testamento: -El Señor me dio y me da tanta fe en los sacerdotes que viven según la forma de la santa Iglesia Romana, por el orden de los mismos, que, si me persiguieran, quiero recurrir a ellos. Y si tuviera tanta sabiduría cuanta Salomón tuvo, y hallara a los pobrecillos sacerdotes de este siglo en las parroquias en que moran, no quiero predicar más allá de su voluntad. Y a éstos y a todos los otros quiero temer, amar y honrar como a mis señores (Test 6-8).

Orar con la Iglesia:

Imploremos el auxilio divino sobre la Iglesia y oremos a Dios nuestro Padre por las necesidades de todo el mundo.

-Por la santa Iglesia de Dios: para que se renueve sin cesar y alcance la unidad que Cristo pidió para sus discípulos.

-Por nuestro Santo Padre el Papa: para que gobierne como buen pastor al pueblo santo de Dios.

-Por los responsables del gobierno de las naciones: para que procuren siempre y sobre todo el bien de los ciudadanos.

-Por los que sufren cualquier clase de persecución a causa de su fe: para que la oración de la Iglesia los sostenga y los libre de todo mal.

-Por todos los creyentes: para que permanezcamos fieles a las enseñanzas recibidas de los apóstoles.

Oración: Atiende, Señor Dios nuestro, las oraciones de tus hijos. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

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SAN IRENEO DE LYON
De la Catequesis de Benedicto XVI del 28 de marzo de 2007

San Ireneo nació con gran probabilidad, entre los años 135 y 140, en Esmirna (hoy Izmir, en Turquía), donde en su juventud fue alumno del obispo san Policarpo, quien a su vez fue discípulo del apóstol san Juan. No sabemos cuándo se trasladó de Asia Menor a la Galia, pero el viaje debió de coincidir con los primeros pasos de la comunidad cristiana de Lyon: allí, en el año 177, encontramos a san Ireneo en el colegio de los presbíteros.

Precisamente en ese año fue enviado a Roma para llevar una carta de la comunidad de Lyon al Papa Eleuterio. La misión romana evitó a san Ireneo la persecución de Marco Aurelio, en la que cayeron al menos 48 mártires, entre los que se encontraba el mismo obispo de Lyon, Potino, de noventa años, que murió a causa de los malos tratos sufridos en la cárcel. De este modo, a su regreso, san Ireneo fue elegido obispo de la ciudad. El nuevo pastor se dedicó totalmente al ministerio episcopal, que se concluyó hacia el año 202-203, quizá con el martirio.

San Ireneo es ante todo un hombre de fe y un pastor. Tiene la prudencia, la riqueza de doctrina y el celo misionero del buen pastor. Como escritor, busca dos finalidades: defender de los asaltos de los herejes la verdadera doctrina y exponer con claridad las verdades de la fe. A estas dos finalidades responden exactamente las dos obras que nos quedan de él: los cinco libros Contra las herejías y La exposición de la predicación apostólica, que se puede considerar también como el más antiguo «catecismo de la doctrina cristiana». En definitiva, san Ireneo es el campeón de la lucha contra las herejías.

La Iglesia del siglo II estaba amenazada por la gnosis, una doctrina que afirmaba que la fe enseñada por la Iglesia no era más que un simbolismo para los sencillos, que no pueden comprender cosas difíciles; por el contrario, los iniciados, los intelectuales -se llamaban gnósticos- comprenderían lo que se ocultaba detrás de esos símbolos y así formarían un cristianismo de élite, intelectualista.

Obviamente, este cristianismo intelectualista se fragmentaba cada vez más en diferentes corrientes con pensamientos a menudo extraños y extravagantes, pero atractivos para muchos. Un elemento común de estas diferentes corrientes era el dualismo, es decir, se negaba la fe en el único Dios, Padre de todos, creador y salvador del hombre y del mundo. Para explicar el mal en el mundo, afirmaban que junto al Dios bueno existía un principio negativo. Este principio negativo habría producido las cosas materiales, la materia.

Cimentándose firmemente en la doctrina bíblica de la creación, san Ireneo refuta el dualismo y el pesimismo gnóstico que devalúan las realidades corporales. Reivindica con decisión la santidad originaria de la materia, del cuerpo, de la carne, al igual que la del espíritu. Pero su obra va mucho más allá de la confutación de la herejía; en efecto, se puede decir que se presenta como el primer gran teólogo de la Iglesia, el que creó la teología sistemática; él mismo habla del sistema de la teología, es decir, de la coherencia interna de toda la fe. En el centro de su doctrina está la cuestión de la «Regla de la fe» y de su transmisión. Para san Ireneo la «Regla de la fe» coincide en la práctica con el Credo de los Apóstoles, y nos da la clave para interpretar el Evangelio. El Símbolo Apostólico, que es una especie de síntesis del Evangelio, nos ayuda a comprender qué quiere decir, cómo debemos leer el Evangelio mismo.

De hecho, el Evangelio predicado por san Ireneo es el que recibió de san Policarpo, obispo de Esmirna, y el Evangelio de san Policarpo se remonta al apóstol san Juan, de quien san Policarpo fue discípulo. De este modo, la verdadera enseñanza no es la inventada por los intelectuales, más allá de la fe sencilla de la Iglesia. El verdadero Evangelio es el transmitido por los obispos, que lo recibieron en una cadena ininterrumpida desde los Apóstoles. Estos no enseñaron más que esta fe sencilla, que es también la verdadera profundidad de la revelación de Dios. Como nos dice san Ireneo, así no hay una doctrina secreta detrás del Credo común de la Iglesia. No hay un cristianismo superior para intelectuales. La fe confesada públicamente por la Iglesia es la fe común de todos. Sólo esta fe es apostólica, pues procede de los Apóstoles, es decir, de Jesús y de Dios.

Al aceptar esta fe transmitida públicamente por los Apóstoles a sus sucesores, los cristianos deben observar lo que dicen los obispos; deben considerar especialmente la enseñanza de la Iglesia de Roma, preeminente y antiquísima. Esta Iglesia, a causa de su antigüedad, tiene la mayor apostolicidad: de hecho, tiene su origen en las columnas del Colegio apostólico, san Pedro y san Pablo. Todas las Iglesias deben estar en armonía con la Iglesia de Roma, reconociendo en ella la medida de la verdadera tradición apostólica, de la única fe común de la Iglesia.

Hay un párrafo muy hermoso de san Ireneo en el libro Contra las herejías: «Habiendo recibido esta predicación y esta fe [de los Apóstoles], la Iglesia, aunque esparcida por el mundo entero, las conserva con esmero, como habitando en una sola mansión, y cree de manera idéntica, como no teniendo más que una sola alma y un solo corazón; y las predica, las enseña y las transmite con voz unánime, como si no poseyera más que una sola boca. Porque, aunque las lenguas del mundo difieren entre sí, el contenido de la Tradición es único e idéntico. Y ni las Iglesias establecidas en Alemania, ni las que están en España, ni las que están entre los celtas, ni las de Oriente, es decir, de Egipto y Libia, ni las que están fundadas en el centro del mundo, tienen otra fe u otra tradición" (I, 10,1-2).

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LA GLORIA DE DIOS CONSISTE EN QUE EL HOMBRE VIVA,
Y LA VIDA DEL HOMBRE CONSISTE EN LA VISIÓN DE DIOS
Del tratado de san Ireneo "Contra las herejías"

La claridad de Dios vivifica y, por tanto, los que ven a Dios reciben la vida. Por esto, aquel que supera nuestra capacidad, que es incomprensible, invisible, se hace visible y comprensible para los hombres, se adapta a su capacidad, para dar vida a los que lo perciben y lo ven. Vivir sin vida es algo imposible, y la subsistencia de esta vida proviene de la participación de Dios, que consiste en ver a Dios y gozar de su bondad.

Los hombres, pues, verán a Dios y vivirán, ya que esta visión los hará inmortales, al hacer que lleguen hasta la posesión de Dios. Esto, como dije antes, lo anunciaban ya los profetas de un modo velado, a saber, que verán a Dios los que son portadores de su Espíritu y esperan continuamente su venida. Como dice Moisés en el Deuteronomio: Aquel día veremos que puede Dios hablar a un hombre, y seguir éste con vida.

Aquel que obra todo en todos es invisible e inefable en su ser y en su grandeza, con respecto a todos los seres creados por él, mas no por esto deja de ser conocido, porque todos sabemos, por medio de su Verbo, que es un solo Dios Padre, que lo abarca todo y que da el ser a todo; este conocimiento viene atestiguado por el evangelio, cuando dice: A Dios nadie lo ha visto jamás: el Hijo único, que está en el seno del Padre, es quien lo ha dado a conocer.

Así, pues, el Hijo nos ha dado a conocer al Padre desde el principio, ya que desde el principio está con el Padre; él, en efecto, ha manifestado al género humano el sentido de las visiones proféticas, de la distribución de los diversos carismas, con sus ministerios, y en qué consiste la glorificación del Padre, y lo ha hecho de un modo consecuente y ordenado, a su debido tiempo y con provecho; porque donde hay orden allí hay armonía, y donde hay armonía allí todo sucede a su debido tiempo, y donde todo sucede a su debido tiempo allí hay provecho.

Por esto, el Verbo se ha constituido en distribuidor de la gracia del Padre en provecho de los hombres, en cuyo favor ha puesto por obra los inescrutables designios de Dios, mostrando a Dios a los hombres, presentando al hombre a Dios; salvaguardando la invisibilidad del Padre, para que el hombre tuviera siempre un concepto muy elevado de Dios y un objetivo hacia el cual tender, pero haciendo también visible a Dios para los hombres, realizando así los designios eternos del Padre, no fuera que el hombre, privado totalmente de Dios, dejara de existir; porque la gloria de Dios consiste en que el hombre viva, y la vida del hombre consiste en la visión de Dios. En efecto, si la revelación de Dios a través de la creación es causa de vida para todos los seres que viven en la tierra, mucho más lo será la manifestación del Padre por medio del Verbo para los que ven a Dios.

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CLARA, «SILENCIOSA PALABRA» DE VIDA
PARA LA IGLESIA (I)
Card. Joseph Ratzinger 
(Homilía pronunciada en la Eucaristía celebrada el 21-V-1989
en el Protomonasterio de Santa Clara de Asís
con ocasión de una profesión solemne)

En la Leyenda de santa Clara, atribuida por muchos a Fr. Tomás de Celano, el autor cuenta cómo la virgen abandonó «el hogar, la ciudad y los familiares», «dio al mundo "libelo de repudio" y "en cuanto hubo recibido"… la enseña de la santa penitencia… se desposó con Cristo» (LCl 8).

Siguiendo las órdenes de san Francisco, esperaba una disposición de la voluntad divina sobre el lugar definitivo de su nueva vida.

El consejo de san Francisco la guió finalmente a la iglesia de San Damián. El biógrafo comenta este hecho diciendo que aquí fijaba «en seguro el ancla de su espíritu», y no olvida hablar de la historia precedente: «Ésta es aquella iglesia en cuya restauración sudó Francisco con tan admirable esfuerzo; a cuyo sacerdote ofreció sus dineros para reparar la fábrica. Es ésta la iglesia en la que, orando Francisco, una voz, brotada desde el madero de la cruz, resonó en su alma: "Francisco, ve, repara mi casa que, como ves, se desmorona toda"» (LCl 10).

El biógrafo ve, sin duda alguna, una disposición divina en el establecimiento definitivo de la vida nueva de santa Clara en San Damián. El lugar se transforma así para siempre en una interpretación de la misión de santa Clara y de sus hijas.

La primera respuesta de san Francisco al mandato del Crucifijo: «¡Ve, repara mi casa!» fueron las piedras y el dinero. Pero la Iglesia del Señor es una Casa viva, construida por el Espíritu Santo con piedras vivas. La respuesta, segunda y definitiva, viene de la misericordia divina, de la iniciativa personal del Espíritu Santo: es esta joven que deseaba «hacer de su cuerpo un templo consagrado a Dios» (LCl 6).

La Casa de Dios se construye con la caridad sin reservas, con una vida transida de Evangelio.

Es cierto que la primera Orden, cuya finalidad esencial fue y es la evangelización, no sólo con palabras sino también con una vida realmente evangélica, era el gran SÍ de san Francisco a la petición que venía y viene de la Cruz: «Ve, repara mi casa, que se desmorona toda». Pero, sin el signo de la vida de santa Clara, faltaba algo esencial.

Podría, en efecto, pensarse que la propia actividad humana, el radicalismo de la vida evangélica y la fuerza de la nueva predicación bastarían, por sí solas, para reparar la Iglesia. No es así. El hecho de que santa Clara venga a San Damián tiene un profundo significado: la llama del Evangelio se nutre con la llama de la caridad; la caridad silenciosa, humilde, paciente, carente de esplendor y de éxitos externos; la caridad que no pretende actuar por sí sola, sino que deja hacer al Otro, al Señor; la caridad que se abre sin temor y sin reservas a la acción del Señor es la condición de toda evangelización.

Esta caridad es el punto donde se compenetran el espíritu humano y el Espíritu divino, que es caridad.

A la Iglesia del tiempo de san Francisco no le faltaba poder ni dinero, no le faltaban escritos y buenas palabras, no le faltaban construcciones: le faltaba aquel radicalismo evangélico que da al mundo el libelo del repudio para vivir sólo para el esposo Jesús. Por eso, a pesar del dinero, de las piedras y de las palabras, la Iglesia «se desmoronaba toda».

En San Damián, donde el sufrimiento del Señor con su Iglesia se hace palabra, santa Clara es un signo para todos nosotros.

El Señor sufre también hoy en su Iglesia y por su Iglesia: «¡Como ves -como vemos- se desmorona toda!», y nuestra respuesta, como la primera respuesta de san Francisco, es también, sobre todo, piedras, dinero, palabras.

La vida de santa Clara no es una «privatización» del cristianismo, no es un esconderse en un individualismo o en un quietismo religioso. La vida de santa Clara abre las fuentes de toda verdadera renovación. Vivir la Palabra hasta el fondo, sin reservas y sin glosas, es el acto por el que se abre la puerta del hombre a Dios, el acto donde la fe se convierte en caridad, donde la Palabra, el Señor se hace presente entre nosotros.

Hemos de ser sinceros: la vida evangélica no puede ser, en este momento, un «permanente fortissimo» del amor. De hecho, las preguntas que preceden a la profesión hablan de soledad y de silencio, de plegaria asidua, de penitencia generosa, de obras buenas y de humilde trabajo cotidiano. La vida evangélica, en este mundo, está siempre bajo el signo del misterio pascual, es un continuo paso del egoísmo al amor, es un tender «a la caridad», como dicen las preguntas; es también, por tanto, tentación y experiencia de nuestro propio vacío. Todas las tentaciones de la Iglesia están presentes en la vida monástica, deben estar presentes. Y sólo pueden superarse en la Iglesia, si con ejemplaridad se sufren y superan con la paciencia y con la humildad de las almas elegidas, cuya vida se convierte en un laboratorio de nuestra liberación.
























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