domingo, 25 de junio de 2017

Año Cristiano Franciscano


DÍA 26 DE JUNIO

 

SAN PELAYO (o PELAGIO), es el mártir de la castidad en el umbral de la juventud. Nació el año 912 en Galicia (España), al parecer en Albeos, provincia de Pontevedra, no lejos de Tuy, donde era obispo su tío paterno, san Hermogio, quien cuidó de su formación cristiana. El año 920 los árabes vencieron a los cristianos en Valdejunquera y se llevaron a Córdoba como rehenes a muchos cristianos, entre ellos al obispo de Tuy. Su hermano, el padre de Pelayo, fue a Córdoba con su hijo para rescatar a Hermogio. No fue posible llegar a un acuerdo con los árabes, y los dos hermanos volvieron a su tierra para reunir el rescate que se les pedía, mientras Pelayo quedaba en Córdoba como rehén. No consiguieron los musulmanes que apostatara de su fe y abrazara la de ellos. El califa Abderramán III se sintió atraído por su figura y, al no poder doblegar su virtud, lo hizo martirizar, a los trece años de edad, el 26 de junio del año 925. Su cuerpo fue trasladado a León, y más tarde a Oviedo, donde se venera en el monasterio benedictino que lleva su nombre.- Oración: Señor, Padre nuestro, que prometiste a los limpios de corazón la recompensa de ver tu rostro, concédenos tu gracia y tu fuerza, para que, a ejemplo de san Pelayo, mártir, antepongamos tu amor a las seducciones del mundo y guardemos el corazón limpio de todo pecado. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.



SAN JOSEMARÍA ESCRIVÁ DE BALAGUER. Nació en Barbastro (Huesca, España) en 1902. Recibió la ordenación sacerdotal en Zaragoza el año 1925, y en 1927 se trasladó a Madrid para hacer el doctorado en Derecho Civil; su celo apostólico le puso en contacto con gentes de todos los ambientes y, en particular, con las de las barriadas periféricas. El 2 de octubre de 1928 nació el Opus Dei: durante un retiro espiritual ve la misión que el Señor quiere confiarle: abrir en la Iglesia un nuevo camino vocacional, dirigido a difundir la búsqueda de la santidad y la realización del apostolado mediante la santificación del trabajo ordinario en medio del mundo sin cambiar de estado. Y se entregó en cuerpo y alma a su misión. Comenzaron a seguirle personas de todas las condiciones sociales, en particular, grupos de universitarios. En 1934 publicó su libro Camino. Aunque no faltaron dificultades, la Obra se afianzó, y en 1950 recibió de Pío XII la aprobación definitiva. Se multiplicaron los proyectos: escuelas, universidades, colegios, hospitales, publicaciones, etc. Murió en Roma el 26 de junio de 1975 y Juan Pablo II lo canonizó el 2002.- Oración: Señor y Dios nuestro, que elegiste a san Josemaría, presbítero, para anunciar en la Iglesia la vocación universal a la santidad y al apostolado: concédenos, por su intercesión y su ejemplo, que, realizando fielmente el trabajo cotidiano según el Espíritu de Cristo, seamos configurados a tu Hijo y, en unión con la Santísima Virgen María, sirvamos con ardiente amor a la obra de la Redención. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.




BEATO ANDRÉS JACINTO LONGHIN . Nació en 1863 en Fiumicello di Campodarsego (Padua), de una familia de campesinos pobres y muy religiosos. A los 16 años ingresó en los Capuchinos y en 1886 fue ordenado de sacerdote. Durante muchos años fue director espiritual y profesor de sus religiosos jóvenes. En 1902 fue elegido provincial de los capuchinos de Venecia, cuyo patriarca, el futuro papa san Pío X, lo comprometió en la predicación y en múltiples ministerios dentro de la diócesis. En 1904, Pío X lo nombró obispo de Treviso. Como pastor, prestó gran atención a la formación de los seminaristas y del clero, realizó varias visitas a toda su diócesis y celebró un Sínodo diocesano. Vivió los acontecimientos dramáticos de la primera guerra mundial, particularmente graves en su diócesis como zona fronteriza, y en ellos, así como en la postguerra, permaneció cercano a sus sacerdotes y a los fieles a él encomendados. Fue un digno hijo de san Francisco. Murió en Treviso el 26 de junio de 1936. Lo beatificó Juan Pablo II el año 2002.



BEATO SANTIAGO DE GHAZIR . Nació en el Líbano el año 1875. Siendo profesor de árabe en Alejandría (Egipto), decidió ingresar en los capuchinos y, cursados los estudios correspondientes, recibió la ordenación sacerdotal. Fue un incansable apóstol de la palabra y de la caridad en el Líbano sobre todo, y también en Palestina, Irán y Siria. Llevado de su amor y solicitud por los pobres y necesitados, fundó escuelas, hospitales, orfanatos. Para dar continuidad a su obra, fundó la congregación de las Hermanas Franciscanas de la Cruz del Líbano, que se dedican al cuidado de los minusválidos físicos y psíquicos, a la atención de ancianos y enfermos incurables no atendidos por sus familiares ni por las instituciones públicas, a la educación de niños huérfanos. Nota particular de su espiritualidad fue la gran devoción a la Cruz de Cristo y a la Virgen. Murió en Beirut el año 1954. Fue beatificado el 2008.

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San Antelmo de Belley. Nació en Chignin (Saboya, Francia) el año 1107 de familia noble. Se ordenó de sacerdote y obtuvo una canonjía en Ginebra. El año 1137 ingresó en la Cartuja de Portes, de la que pasó a la Gran Cartuja, en Grenoble. Pronto lo eligieron prior y emprendió grandes tareas: reconstruir los edificios arruinados, volver a la primitiva observancia, conjuntar las casas de la Orden entre sí y convocar el primer capítulo general de los cartujos. Además, encargó al beato Juan de España que adaptara las Costumbres cartujanas a las monjas, y así nació la rama femenina de la Orden. En 1163 fue nombrado obispo de Belley, y procuró reformar la Iglesia en la línea gregoriana. Defendió la causa de los pobres y los ayudó. Murió en Belley el año 1178.

San David de Tesalónica. Fue un ermitaño que pasó casi ochenta años recluido en una pequeña celda, fuera de los muros de su ciudad, Tesalónica de Macedonia (en la actual Grecia). Murió el año 540.

San Deodato (o Diosdado) de Nola. Fue el sucesor de san Paulino como obispo de Nola (Italia). Murió el año 405.

San José Ma Taishun. Era un cristiano seglar chino, casado y padre de familia, médico de profesión a la vez que catequista y miembro distinguido de su comunidad. Cuando llegó la persecución de los «boxers», buscó refugio, pero pronto lo arrestaron. Aunque los demás miembros de su familia, por miedo, abjuraron de su fe, él se mantuvo firme en la misma, sin aceptar las ofertas que se le hacían para salvar la vida. Llevado al lugar del suplicio, pidió unos momentos para orar, y mientras rezaba lo masacraron. Esto sucedió en su pueblo natal, Qiangshenzhuang, en la provincia de Hebei (China), el año 1900. Fue canonizado en el 2000.

San José María Robles Hurtado. Nació en Mascota, estado de Jalisco en México, el año 1888. Estudió en el seminario de Guadalajara y se ordenó de sacerdote en 1912. Lo nombraron párroco de Tecolotlán y fue un apóstol fervoroso de la devoción al Sagrado Corazón de Jesús, para cuya difusión escribió pequeñas obras divulgativas. Fundó la Congregación de Hermanas del Corazón de Jesús Sacramentado. Al llegar la persecución religiosa de 1926 tuvo que pasar a la clandestinidad, atendiendo con mucha cautela y discreción a sus feligreses. Lo apresaron y al día siguiente, 26 de junio de 1927, lo colgaron de un árbol en la Sierra de Quila, cerca de Guadalajara. Lo canonizó Juan Pablo II el año 2000.

Santos Juan y Pablo. Según la tradición, son dos hermanos de fe y de sangre que sufrieron el martirio en Roma, en una fecha incierta del siglo IV. A ellos se dedicó una basílica en el Monte Celio de Roma.

San Majencio. Fue un abad insigne por sus virtudes, que murió en Poitiers (Francia) el año 515.

San Rodolfo de Gubbio. Nació en Gubbio (Umbría, Italia) el año 1034. Muy joven abrazó la vida eremítica en Fonte Avellana, y se dedicó al estudio, la oración y la penitencia. Lo eligieron obispo de Gubbio hacia el año 1059, y en el episcopado siguió llevando la vida austera y de oración del monasterio. Asistió al Concilio de Roma en 1059. Renovó la disciplina y la vitalidad cristiana en su diócesis. Distribuyó a los pobres cuanto pudo restar a sus gastos personales. Murió a los treinta años de edad en 1064.

Santos Salvio y Superio. Salvio obispo y su discípulo Superio, procedentes de la región de Auvernia, llegaron como misioneros al territorio de Valenciennes (Francia), y fueron martirizados por el jefe del lugar Winegardo, hacia el año 768.

San Vigilio de Trento. Nació en Trento (Italia) en el seno de una familia acomodada, y estudió en Atenas. Sus conciudadanos, habida cuenta de sus cualidades y formación, lo eligieron obispo de Trento. En aquel tiempo había muchos paganos en la diócesis y, por consejo de san Ambrosio trató de evitar su matrimonio con mujeres cristianas, o viceversa, para no poner en peligro la trasmisión de la fe. Además, trabajó para que la comunidad cristiana viviera a fondo su religión y los paganos se convirtieran. Estando en el valle de Rendena predicando el evangelio y descalificando los ídolos, unos paganos lo mataron a pedradas. Era el año 405.

Beato Andrés Iscak. Nació en la región de Lvov (Ucrania) el año 1887. Estudió en Innsbruck (Austria), se ordenó de sacerdote en 1914 y se incardinó a la archieparquía de Lvov. Amplió estudios en Roma y, vuelto a su patria, lo nombraron párroco de Sykhiv, cerca de Lvov. Ejerció su ministerio de modo ejemplar, en medio de grandes dificultades por la ocupación soviética. Cuando en 1941 las tropas rusas tuvieron que retirarse ante el avance del ejército alemán, decidieron sin más fusilar a este párroco celoso y fiel.

Beatas Magdalena Fontaine y compañeras. Son cuatro Hijas de la Caridad francesas, Magdalena Fontaine, Francisca Lanel, Teresa Magdalena Fantou y Juana Gérard, que, durante la Revolución Francesa y por negarse a prestar el juramento constitucional, fueron condenadas a muerte. Las llevaron al patíbulo coronadas con el rosario, para mayor burla, y las guillotinaron en Cambrai (Francia) el año 1794. Magdalena nació en Etrépagny el año 1723, ingresó en las Hijas de la Caridad en 1747 y luego prestó servicio en obras propias de su Instituto; era la superiora de Arrás. Francisca nació en Eu el año 1745, vistió el hábito de las paúlas en 1765 y después se ocupó en las tareas propias de su Instituto. Teresa era de Miniac-Morvan, donde había nacido en 1747, entró en el Instituto en 1771 y, tras pasar por varias comunidades, llegó a la casa de Arrás. Juana nació en Cumières el año 1752, abrazó la vida consagrada en 1776 y estuvo siempre en la casa de Arrás sirviendo a los enfermos. Las cuatro pertenecían a la comunidad vicentina de Arrás, donde cuidaban a los enfermos y tenían una escuela para niñas, y allí fueron arrestadas.

Beatos Nicolás Konrad y Vladimiro Pryjma. Nicolás nació en Ucrania el año 1876, se ordenó de sacerdote en 1899 y se incardinó a la archieparquía de Lvov. Enseñó religión en las escuelas ucranianas y húngaras, y lo nombraron párroco de Stradch, cerca de Lvov. El 26 de junio de 1941 lo llamaron a atender a una enferma. Lo acompañó el sochantre de la parroquia, Vladimiro, seglar, casado y padre de familia, nacido en 1906. Era el tiempo en que se retiraban las tropas soviéticas ante el avance de los alemanes. Los rusos se encontraron con el párroco y su acompañante, y los fusilaron en el bosque de Birok, cercano a la ciudad de Stradch. Así alcanzaron el martirio.

Beato Raimundo Petiniaud de Jourgnac. Nació en Limoges (Francia) el año 1747. Después de doctorarse en la Sorbona y de recibir la ordenación sacerdotal, ejerció diversos ministerios en la catedral de Limoges y en su diócesis. Llegada la Revolución Francesa, se negó a jurar la constitución civil del clero, por lo que tuvo que dejar sus cargos. Algún tiempo después lo condenaron a la deportación y lo recluyeron en la nave «Les Deux Associés», frente a la costa de Rochefort. Su frágil salud no pudo soportar las pésimas condiciones del lugar, y falleció el 26 de junio de 1794. Antes de su muerte reunió a sus compañeros, les recordó algunos pasajes de la Escritura apropiados para su situación y les manifestó su esperanza en un futuro de gloria con Dios.

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PARA TENER EL ESPÍRITU DE ORACIÓN Y DEVOCIÓN

Pensamiento bíblico:

Dijo Jesús a la Samaritana: «Si conocieras el don de Dios y quién es el que te pide de beber, le pedirías tú, y él te daría agua viva». La mujer le dice: «Señor, si no tienes cubo, y el pozo es hondo, ¿de dónde sacas agua viva? Jesús le contestó: «El que bebe de esta agua vuelve a tener sed; pero el que beba del agua que yo le daré, nunca más tendrá sed: el agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna» (Jn 4,10-14).

Pensamiento franciscano:

Dice san Francisco en su Paráfrasis del Padrenuestro: -Danos hoy nuestro pan de cada día: tu amado Hijo, nuestro Señor Jesucristo: para memoria e inteligencia y reverencia del amor que tuvo por nosotros, y de lo que por nosotros dijo, hizo y padeció (ParPN 6).

Orar con la Iglesia:

Demos gracias al Padre, que en el Corazón de su Hijo nos ha dado los mejores dones e invoquémoslo confiadamente.

-Por todos los hombres: para que reconozcan que sólo Jesús es el verdadero Maestro, el Camino, la Verdad y la Vida.

-Por la Iglesia: para que viva y proclame el misterio de Cristo, y revele al mundo la multiforme sabiduría de Dios.

-Por todos los que viven en situación de pobreza, soledad o marginación: para que encuentren acogida en el Corazón de Cristo y en nuestros corazones.

-Por cuantos están empeñados en la lucha por el respeto de la dignidad de toda persona humana: para que, apoyados en Cristo, no desfallezcan.

-Por todos los creyentes: para que sintamos la necesidad de acercarnos a la Fuente de nuestra Vida en la Palabra y en la Eucaristía.

Oración: Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, enséñanos el amor y la ciencia que se encierran en el Corazón de tu Hijo. Que vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.

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EN LA BEATIFICACIÓN DEL CAPUCHINO
SANTIAGO DE GHAZIR (ABUNA YAAKUB)
Palabras del Card. Saraiva Martins (22-VI-2008)

La beatificación de Abuna Yaakub, juntamente con el recuerdo de los santos libaneses Charbel, Rafka y Hardini, evoca toda la verdad y la belleza de las palabras de Juan Pablo II: «La santidad es el camino real para los creyentes del tercer milenio» (Catequesis del 16-V-2001).

Las vidas de los santos libaneses, a las que se añade hoy la de este nuevo beato, nos presentan a hombres y mujeres que, obedeciendo al plan de Dios, afrontaron a veces pruebas y sufrimientos indescriptibles. Pero, como nos recordó el papa Benedicto XVI: «Toda forma de santidad, aun siguiendo sendas diferentes, pasa siempre por el camino de la cruz, el camino de la renuncia a sí mismo» (Homilía del 1-XI-2009).

De este modo se nos ofrece una clave de lectura para interpretar toda nuestra vida. La santidad no ignora y no evita la cruz, la renuncia, la entrega. El beato Abuna Yaakub creyó de verdad en ello; por eso, enseñaba: «No hay cielo sin cruz. Quien quiere el cielo sin sufrimiento, es como quien quiere comprar mercancías sin pagar».

Así pues, aprendamos hoy, una vez más, del testimonio del nuevo beato, que se nos presenta como ejemplo, que sólo con estas condiciones la santidad puede realmente llegar a ser nuestra aspiración común y realizar en el hombre el verdadero ideal de felicidad, tan frecuentemente malentendido y sustituido, en nuestro siglo, con ídolos cansados que no pueden menos de entristecer al hombre.

El Santo Padre Benedicto XVI nos enseña que los beatos y los santos nos muestran el camino para llegar a ser felices y nos dan a conocer una verdad importante: las personas realmente santas lo han sido precisamente porque «no han buscado obstinadamente su propia felicidad, sino que han querido simplemente entregarse, porque han sido alcanzados por la luz de Cristo» (Homilía de la Jornada mundial de la juventud, 20-VIII-2005).

Queridos hermanos y hermanas, hoy el beato Santiago de Ghazir nos sale al encuentro y nos confirma la validez de un mensaje que la Iglesia desde tiempo inmemorial ha consolidado y transmitido a las diversas generaciones que se han sucedido en los dos mil años de su historia: la única forma posible de felicidad es precisamente la santidad. Estamos invitados a captar este mensaje decisivo en la vida y en el rostro de los santos y de los beatos que, con su obra continua, contribuyen a formar el tesoro más verdadero y precioso «de la Iglesia y de todos los que buscan la verdad y la perfección evangélica» (Mensaje de Benedicto XVI, 27-IV-2006).

El don de un nuevo beato a la Iglesia libanesa es un signo de esperanza en las extraordinarias posibilidades de este amado país, que tiene profundas raíces bíblicas. Contemplando al beato Santiago, podemos descubrir, hacer crecer y madurar las semillas de santidad que hay en nosotros. Confrontarnos con él nos ayuda a comprender mejor que Dios no suele sufrir derrotas ante la fragilidad humana. Abuna Yaakub, que se añade a los santos y mártires del Valle Santo -san Charbel, santa Rafka, san Hardini-, es para el Líbano y para los libaneses un signo admirable de reconciliación y de paz, de la paz que viene a la tierra a los hombres que Dios ama, como nos recuerda el evangelio del nacimiento de Cristo, así como una invitación a mirar la realidad con los ojos de la fe, a fin de tener en ellos la luz necesaria para superar las divisiones, para fortalecer el diálogo y la solidaridad, para promover el bien, para aliviar los sufrimientos, para llevar consuelo y esperanza para vivir, en el signo de la santidad, esta nueva era de serenidad y de paz.

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EN TI ESTÁ LA FUENTE VIVA
San Buenaventura, El árbol de la vida (3, 29-30.47)

Y tú, hombre redimido, considera quién, cuál y cuán grande es éste que está pendiente de la cruz por ti. Su muerte resucita a los muertos, su tránsito lo lloran los cielos y la tierra, y las mismas piedras, como movidas de compasión natural, se quebrantan. ¡Oh corazón humano, más duro eres que ellas, si con el recuerdo de tal víctima ni el temor te espanta, ni la compasión te mueve, ni la compunción te aflige, ni la piedad te ablanda!

Para que del costado de Cristo dormido en la cruz se formase la Iglesia y se cumpliese la Escritura que dice: Mirarán al que atravesaron, uno de los soldados lo hirió con una lanza y le abrió el costado. Y fue permisión de la divina providencia, a fin de que, brotando de la herida sangre y agua, se derramase el precio de nuestra salud, el cual, manando de la fuente arcana del corazón, diese a los sacramentos de la Iglesia la virtud de conferir la vida de la gracia, y fuese para los que viven en Cristo como una copa llenada en la fuente viva, que salta hasta la vida eterna.

Levántate, pues, alma amiga de Cristo, y sé la paloma que anida en la pared de una cueva; sé el gorrión que ha encontrado una casa y no deja de guardarla; sé la tórtola que esconde los polluelos de su casto amor en aquella abertura sacratísima. Aplica a ella tus labios para que bebas el agua de las fuentes del Salvador. Porque ésta es la fuente que mana en medio del paraíso y, dividida en cuatro ríos que se derraman en los corazones amantes, riega y fecunda toda la tierra.

Corre, con vivo deseo, a esta fuente de vida y de luz, quienquiera que seas, ¡oh alma amante de Dios!, y con toda la fuerza del corazón exclama:

«¡Oh hermosura inefable del Dios altísimo, resplandor purísimo de la eterna luz! ¡Vida que vivificas toda vida, luz que iluminas toda luz y conservas en perpetuo resplandor millares de luces, que desde la primera aurora fulguran ante el trono de tu divinidad!

»¡Oh eterno e inaccesible, claro y dulce manantial de la fuente oculta a los ojos mortales, cuya profundidad es sin fondo, cuya altura es sin término, su anchura ilimitada y su pureza imperturbable!

»De ti procede el río que alegra la ciudad de Dios, para que, con voz de regocijo y gratitud, te cantemos himnos de alabanza, probando por experiencia que en ti está la fuente viva, y tu luz nos hace ver la luz».

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FE Y VIDA EUCARÍSTICAS
DE FRANCISCO DE ASÍS (VI)
por Jean Pelvet, ofmcap

II. INFLUENCIA DE LA EUCARISTÍA (IV)

5. «En santa recordación suya...» (CtaA 6)

Al invitar a las Autoridades de los pueblos a «recibir con gran humildad, en santa recordación suya, el santísimo Cuerpo y la santísima Sangre de nuestro Señor Jesucristo», Francisco deja aflorar su sentido de la Eucaristía como Memorial. Francisco oraba al Padre para que nos diera «el pan nuestro de cada día: tu amado Hijo, nuestro Señor Jesucristo..., para que recordemos... el amor que nos tuvo y cuanto por nosotros dijo, hizo y padeció» (ParPN 6). Al mismo tiempo, recordaba a sus hermanos y a los fieles la palabra del Señor en la Cena: «Haced esto en conmemoración mía».

a) «Recordemos... el amor que nos tuvo» (ParPN 6)

Viniendo en el Sacramento en su condición de Señor glorificado, el Hijo amado del Padre presenta la totalidad de su Misterio a nuestra memoria. No como recuerdo evocador de acontecimientos pasados, caducados. Sino en la realidad de todo cuanto Él vivió y asumió en el eterno presente en el que nada es abolido, en el que todo es realizado en plenitud. El Señor glorificado permanece eternamente «nacido de la Virgen María», vivo, obrando y hablando. Permanece eternamente pasando del mundo al Padre, en su muerte, en la cima del impulso filial de toda su vida; eternamente entregándose a sus hermanos los hombres, en su muerte, en el colmo del amor con que amó y ama a los suyos hasta el extremo. Porque, escapándose del tiempo, en su muerte, el acto del paso, en el que se realiza la muerte, el acto del don, en el que aquélla se consuma, permanece eternamente en el centro de su eterna Resurrección.

Por eso, instintivamente, Francisco reconoce en ese Cuerpo y Sangre del Señor, en el humilde signo del pan y del vino, el Memorial de la humildad y pobreza de la Encarnación. «¡Oh sublime humildad! ¡Oh humilde sublimidad, que el Señor del mundo universo..., se humilla hasta el punto de esconderse, para nuestra salvación, bajo una pequeña forma de pan!» (CtaO 27). Descenso, humildad, que ya no es el anonadamiento de la kénosis, sino Venida del Señor de la Gloria en su humanidad recibida de la Virgen María y resucitada en la eterna disposición de desapropiación, manifestada en la Encarnación y culminada en la Resurrección, en la que sólo hay acogida y don.

Igualmente, Francisco reconoce en ese Cuerpo y en esa Sangre del Señor el Memorial del «amor que nos tuvo» en su Pasión. Es «el Cordero de Dios» quien está ahí, el que «fue degollado» y el que hoy «se pone en nuestras manos» como ayer «se ofreció espontáneamente a los que lo crucificaron». «Aquel que nos redimió y nos lavó en su preciosísima sangre», «sangre de la alianza, en la que fuimos santificados» y sin la cual «ninguno puede ser salvado». Por eso, Francisco reconoce en esta Venida de Cristo que «se nos brinda como a hijos» y «todo entero se nos entrega», el «VERDADERO SACRIFICIO del santísimo Cuerpo y Sangre de nuestro Señor Jesucristo» (CtaO 7), que se entrega al Padre y se entrega a los hombres en el eterno hoy de su Paso, de su elevación, de su glorificación, inseparablemente muerte y exaltación a la derecha del Padre, donde Él permanece intensamente presente en el mundo.

b) «Para que sigamos sus huellas» (2CtaF 13)

Este Memorial del Misterio de Cristo, que culmina en su Pascua, no puede ser celebrado en verdad sino en la acogida de ese Misterio como norma de vida. La vida del fiel que celebra el Memorial en verdad debe convertirse ella misma en memorial del Misterio del Hijo, nuestro hermano muerto y resucitado.

La vida de Francisco es la que, antes incluso que su palabra, ilustra esta acción del Sacramento. Al final del relato de la muerte de Francisco, escribe Celano: «Llegó por fin la hora, y, cumplidos en él todos los misterios de Cristo, voló felizmente a Dios» (2 Cel 207). Imposible decirlo mejor. Y cuando «todo se ha cumplido», ofrece a la mirada de sus hermanos la impresionante semejanza de su cuerpo crucificado: «Podía, en efecto, apreciarse en él una reproducción de la cruz y pasión del Cordero inmaculado que lavó los pecados del mundo; cual si todavía recientemente hubiera sido bajado de la cruz, ostentaba las manos y los pies traspasados por los clavos, y el costado derecho como atravesado por una lanza» (1 Cel 112). En el origen de una tal semejanza, la incansable memoria «del amor que nos tuvo el amado Hijo del Padre» (ParPN 6), embebida, alimentada en el Memorial de su Muerte, en el Sacramento del Cuerpo entregado, de la Sangre derramada: «Ardía en fervor, que le penetraba hasta la médula, para con el Sacramento del Cuerpo del Señor, admirando locamente su cara condescendencia» (2 Cel 201).

Francisco, él primero, vivió las apremiantes recomendaciones que hacía a sus hermanos, para que la vida de ellos, como la suya propia, prolongara en el mundo el Memorial de la humildad de la Encarnación y del amor de la Pasión vivos en el Sacramento (cf. 1 Cel 84). «Mirad, hermanos, la humildad de Dios...; humillaos también vosotros, para ser enaltecidos por Él»; «Nada de vosotros retengáis para vosotros mismos para que enteros os reciba el que todo entero se os entrega» (CtaO 28-29).





























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