sábado, 24 de junio de 2017

Año Cristiano Franciscano



DÍA 25 DE JUNIO

 

SAN PRÓSPERO DE AQUITANIA. Nació en Limoges (Francia) a finales del siglo IV. Fue un hombre docto en filosofía y letras. Contrajo matrimonio y llevó una vida virtuosa con su mujer. Después se hizo monje en Marsella, pero no sacerdote. Vio que entre los monjes se difundía el pelagianismo, doctrina según la cual el hombre es capaz de querer el bien y de salvarse con su sola voluntad, de suerte que la gracia divina es preciosa, pero no indispensable. Ante el peligro que esto significaba para la fe, se dedicó a defender la doctrina católica tal como la enseñaba san Agustín, autor de varias obras sobre el tema y con quien estuvo en estrecha relación. Mucho tuvo que trabajar para explicar la recta doctrina agustiniana sobre la gracia, la perseverancia, la predestinación, y conseguir que la aceptaran. El año 440 acompañó a Roma al que iba a ser el papa san León Magno, quien lo nombró canciller y escribano suyo. Fue un gran trabajador, que escribió también sobre la historia romana y la salvación de los no cristianos. Murió en Roma en torno al año 463.



SANTOS DOMINGO HENARES Y FRANCISCO DO MINH CHIEU. Son mártires de Vietnam, decapitados en Nam Dinh el 25 de junio de 1838, después de sufrir cárceles y torturas, en tiempo del emperador Minh Mang. Domingo nació en Baena (Córdoba, España) el año 1765. Ingresó en los dominicos en 1783 y, después de mucho pedirlo, consiguió que lo enviaran a Manila. Allí terminó los estudios, recibió la ordenación sacerdotal y estuvo ejerciendo el sagrado ministerio, hasta que, en 1790, lo destinaron a Vietnam. En 1800 lo nombraron obispo. Trabajó incansablemente en la evangelización de los infieles y en la consolidación de la comunidad cristiana, sorteando peligros y persecuciones. En 1838 estalló la persecución contra los cristianos y pronto fue arrestado y condenado a muerte. Francisco nació en Vietnam, de familia cristiana, en 1808. Desde su juventud fue fiel catequista y colaborador de su obispo Domingo Henares, al que acompañaba en sus viajes pastorales. En la persecución anticristiana, lo identificaron por no pisar los crucifijos. Compartió la suerte de su obispo.

* * *

San Adalberto de Egmond. Nació en el reino de Northumbría (Inglaterra), donde abrazó la vida monástica. El año 690 fue uno de los monjes que acompañaron a san Willibrordo en su viaje al Continente y en la evangelización de Frigia. Su apostolado lo desarrolló sobre todo en Egmond (Holanda) y sus alrededores. Sobresalió por su amabilidad y humildad, y ésta fue el motivo de que se ordenara de diácono, pero no de presbítero. Murió el año 740.

San Guillermo de Montevergine. Nació en Vercelli (Italia) el año 1085. Desde pequeño sintió una gran atracción a la vida de piedad. Peregrinó en plan penitencial a Santiago de Compostela y, al regreso, se estableció en el Monte Solicoli como ermitaño. Como acudía mucha gente a consultarle, marchó con san Juan de Matera a Basilicata. De nuevo llevó vida solitaria. Con los fieles que se le unieron fundó el monasterio de Montevergine, y fundó otros más, masculinos y femeninos, en la Italia meridional. Fueron fundaciones florecientes. Guillermo impartió a sus seguidores una profunda doctrina espiritual. Murió en Goleto (Campania) el año 1142. Después, su Congregación de Montevergine se asoció a la Orden Benedictina.

San Máximo de Turín. Nació a mediados del siglo IV y fue discípulo de san Ambrosio y de san Eusebio de Vercelli. Los escritos suyos que nos han llegado, lo revelan como hombre manso y bondadoso, pero firme en los principios fundamentales. Fue el primer obispo de Turín (Italia), que, con su palabra de padre, atrajo a la fe cristiana a multitud de paganos, a los que luego formó con una sólida doctrina. Murió el año 433.

San Moloc (o Luano). Obispo de Roosmarkei, en Escocia, que murió el año 592.


Santa Orosia (o Eurosia) de Jaca. Fue una joven de los Pirineos aragoneses que, cuando llegó a su tierra la invasión de los musulmanes, se refugió en una cueva, donde uno de los invasores la hostigó y la mató el año 714. La Iglesia de Jaca (España), de la que es patrona, la celebra como virgen y mártir en este facha.

San Próspero de Reggio Emilia. Obispo de Reggio Emilia (Italia) en los siglos V-VI.

San Salomón. Fue rey de Bretaña (Francia) a partir del año 857, y llegó al poder después de cometer un grave crimen. Luego rectificó su vida y emprendió el camino de la santidad. Trató de ser un buen rey, organizar bien el país y administrar rectamente la justicia. Se preocupó de la Iglesia, fomentó la institución de sedes episcopales y de monasterios. El año 873 abdicó de su corona. Al año siguiente, el 25 de junio, sus enemigos lo apresaron cuando estaba en una iglesia y lo asesinaron. Enseguida se le tuvo por santo y mártir.

Santa Tigris. Fue una virgen consagrada a Dios que, en el siglo VI, promovió el culto de san Juan Bautista en el distrito de Maurienne, en Saboya (Francia).

Beata Dorotea de Montau. Nació en Montau el año 1347. En 1364 contrajo matrimonio con un militar rico y piadoso, pero de carácter áspero, que la hizo sufrir mucho. Ella, persona de profunda vida interior a quien el Señor concedía gracias místicas extraordinarias, lo trató con paciencia y bondad, y así consiguió que mejorara su trato y que se acercara a su espiritualidad. En 1391 quedó viuda y se trasladó a Marienwerder (Polonia). Allí vivió como reclusa en una celdita construida junto a la catedral, entregada a la vida de oración y penitencia. Murió en 1394.

Beato Juan de España. Nació en Almanza, provincia de León (España), el año 1123. De joven marchó a estudiar a Arlés (Francia), donde ingresó en la Orden de San Basilio. Poco después pasó a la Cartuja de Montrieux, en la que profesó y recibió la ordenación sacerdotal. Visto su talento y bien hacer, no tardaron en elegirlo prior. Restauró el edificio y fomentó en los monjes el genuino espíritu cartujano. A petición del general de la Orden escribió las Constituciones de las monjas cartujas. Estuvo algún tiempo en la «Gran Cartuja» y de allí lo enviaron a fundar la Cartuja de Le Reposoir (Saboya), en la que creó con su ejemplo una comunidad modélica, y en la que murió el año 1160.

Beata María Lhuillier. Nació en Arquenay (Francia) el año 1744 de familia modesta. Quedó pronto huérfana, se educó con unos familiares y trabajó en el campo. Siguiendo su vocación religiosa ingresó en las Hermanas Hospitalarias de la Misericordia, en las que, superados los problemas de salud, profesó en 1778. Llegada la Revolución Francesa, se negó a prestar el juramento llamado de libertad-igualdad, por lo que la detuvieron. Ante las autoridades manifestó su firme voluntad de permanecer fiel a sus votos religiosos y a la Iglesia. La acusaron de conspirar, con su actitud, contra la República, y la guillotinaron en Laval (Francia) el año 1794.

* * *



PARA TENER EL ESPÍRITU DE ORACIÓN Y DEVOCIÓN

Pensamiento bíblico:

¡Qué abismo de generosidad, de sabiduría y de conocimiento el de Dios! ¡Qué insondables sus decisiones y qué irrastreables sus caminos! ¿Quién conoció la mente del Señor? ¿Quién fue su consejero? ¿Quién le ha dado primero para que él le devuelva? Él es el origen, guía y meta del universo. A él la gloria por los siglos. Amén (Rm 11,33-36).

Pensamiento franciscano:

San Francisco escribió a los fieles: -El altísimo Padre anunció desde el cielo, por medio de su santo ángel Gabriel, que enviaría su Palabra, tan digna, tan santa y gloriosa, al seno de la Virgen María, y de él recibió la verdadera carne de nuestra humanidad y fragilidad. Él, siendo rico (2 Cor 8,9), quiso elegir, con la bienaventurada Virgen, su Madre, la pobreza en el mundo (2CtaF 4-5).

Orar con la Iglesia:

Acudamos a Jesús, que es nuestro gozo y nuestro descanso.

-Jesús, de tu corazón traspasado por la lanza salió sangre y agua, dando así nacimiento a tu esposa, la Iglesia; haz que sea santa e inmaculada.

-Jesús, templo sagrado de Dios, destruido por los hombres y levantado por el Padre, haz que la Iglesia sea morada del Altísimo.

-Jesús, rey y centro de todos los corazones, renueva compadecido tu alianza con los hombres en cada Eucaristía.

-Jesús, paz y reconciliación nuestra, que mediante la cruz diste muerte al odio, haz que podamos acercarnos al Padre todos sus hijos.

-Jesús, vida y resurrección nuestra, perdona nuestros pecados y atráenos hacia ti.

Oración: Señor Jesús, al recordar los beneficios de tu amor hacia nosotros, te pedimos que despiertes en nuestro corazón sentimientos de gratitud y que no permitas que nos apartemos de ti. Que vives y reines por los siglos de los siglos. Amén.

* * *

LA DEVOCIÓN AL CORAZÓN DE JESÚS
De la Carta de Benedicto XVI con motivo
del 50º aniversario de la Enc. "Haurietis aquas" (15-V-2006)

El misterio del amor que Dios nos tiene no sólo constituye el contenido del culto y de la devoción al Corazón de Jesús: es, al mismo tiempo, el contenido de toda verdadera espiritualidad y devoción cristiana. El significado más profundo de este culto al amor de Dios sólo se manifiesta cuando se considera más atentamente su contribución no sólo al conocimiento sino también, y sobre todo, a la experiencia personal de ese amor en la entrega confiada a su servicio. Obviamente, experiencia y conocimiento no pueden separarse: están íntimamente relacionados. Por lo demás, conviene destacar que un auténtico conocimiento del amor de Dios sólo es posible en el contexto de una actitud de oración humilde y de generosa disponibilidad. Partiendo de esta actitud interior, la mirada puesta en el costado traspasado por la lanza se transforma en silenciosa adoración. La mirada puesta en el costado traspasado del Señor, del que brotan «sangre y agua», nos ayuda a reconocer la multitud de dones de gracia que de allí proceden y nos abre a todas las demás formas de devoción cristiana que están comprendidas en el culto al Corazón de Jesús.

La fe, entendida como fruto de la experiencia del amor de Dios, es una gracia, un don de Dios. Pero el hombre sólo podrá experimentar la fe como una gracia en la medida en la que la acepta dentro de sí como un don, del que trata de vivir. El culto del amor de Dios debe ayudarnos a recordar incesantemente que él cargó con este sufrimiento voluntariamente «por nosotros», «por mí». Cuando practicamos este culto, no sólo reconocemos con gratitud el amor de Dios, sino que seguimos abriéndonos a este amor de manera que nuestra vida quede cada vez más modelada por él.

Dios, que ha derramado su amor «en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado», nos invita incesantemente a acoger su amor. Quien acepta el amor de Dios interiormente queda modelado por él. El hombre vive la experiencia del amor de Dios como una «llamada» a la que tiene que responder. La mirada dirigida al Señor, que «tomó sobre sí nuestras flaquezas y cargó con nuestras enfermedades» (Mt 8, 17), nos ayuda a prestar más atención al sufrimiento y a las necesidades de los demás. La contemplación, en la adoración, del costado traspasado por la lanza nos hace sensibles a la voluntad salvífica de Dios. Nos hace capaces de abandonarnos a su amor salvífico y misericordioso, y al mismo tiempo nos fortalece en el deseo de participar en su obra de salvación, convirtiéndonos en sus instrumentos.

Los dones recibidos del costado abierto, del que brotaron «sangre y agua», hacen que nuestra vida se convierta también para los demás en fuente de la que brotan «ríos de agua viva». La experiencia del amor vivida mediante el culto del costado traspasado del Redentor nos protege del peligro de encerrarnos en nosotros mismos y nos hace más disponibles a una vida para los demás. «En esto hemos conocido lo que es amor: en que él dio su vida por nosotros. También nosotros debemos dar la vida por los hermanos» (1 Jn 3,16).

Sin embargo, esta disponibilidad a la voluntad de Dios debe renovarse en todo momento: El amor nunca se da por «concluido» y completado. Así pues, la contemplación del «costado traspasado por la lanza», en el que resplandece la ilimitada voluntad salvífica por parte de Dios, no puede considerarse como una forma pasajera de culto o de devoción: la adoración del amor de Dios, que ha encontrado en el símbolo del «corazón traspasado» su expresión histórico-devocional, sigue siendo imprescindible para una relación viva con Dios.

* * *

CRISTO CONSAGRÓ EN SU MESA
EL MISTERIO DE LA PAZ Y DE NUESTRA UNIDAD
Del Sermón 272 de san Agustín

Esto que veis sobre el altar de Dios es un pan y un cáliz: de ello dan testimonio vuestros mismos ojos; en cambio, vuestra fe os enseña a ver en el pan el cuerpo de Cristo, y en el cáliz la sangre de Cristo.

Os lo he dicho en breves palabras, y quizá a la fe le sea suficiente; pero la fe desea ser instruida. Podríais ahora replicarme: Nos has mandado que creamos, explícanoslo para que lo entendamos. Puede, en efecto, aflorar este pensamiento en la mente de cualquiera: Sabemos de quién tomó la carne nuestro Señor Jesucristo: de la Virgen María. De niño fue amamantado, alimentado, creció, llegó a la edad juvenil, fue muerto en el madero, fue bajado de la cruz, fue sepultado, resucitó al tercer día y, el día que quiso, subió al cielo llevándose allí su propio cuerpo; de allí ha de venir a juzgar a vivos y muertos, allí está ahora sentado a la derecha del Padre: ¿cómo el pan puede ser su cuerpo? Y el cáliz, o lo que el cáliz contiene, ¿cómo puede ser su sangre?

Estas cosas, hermanos, se llaman sacramentos, porque una cosa es lo que se ve y otra lo que se sobreentiende. Lo que se ve tiene un aspecto corporal, lo que se sobreentiende posee un fruto espiritual. Si quieres comprender el cuerpo de Cristo, escucha al Apóstol dirigiéndose a los fieles: Vosotros sois el cuerpo de Cristo y sus miembros.

Por tanto, si vosotros sois el cuerpo de Cristo y sus miembros, sobre la mesa del Señor está colocado vuestro misterio: recibís vuestro misterio. A lo que sois respondéis: Amén, y al responder lo suscribís. En efecto, se te dice: El cuerpo de Cristo, y respondes: Amén. Sé miembro del cuerpo de Cristo y tu Amén será verdadero.

¿Y por qué, pues, en el pan? Para no aportar aquí nada de nuestra cosecha, escuchemos al mismo Apóstol, quien hablando de este sacramento dice: El pan es uno, y así nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo cuerpo. Comprended y alegraos: unidad, verdad, piedad, caridad. El pan es uno: ¿quién es este único pan? Siendo muchos, formamos un solo cuerpo. Tened en cuenta que el pan no se hace de un solo grano, sino de muchos. Sed lo que veis y recibid lo que sois. Esto es lo que dijo el Apóstol hablando del pan. Qué es lo que hemos de entender por el cáliz nos lo insinúa claramente, aunque sin decirlo. Así como para obtener la especie visible del pan ha habido que fusionar muchos granos en una sola realidad, para que se verifique lo que la Escritura santa dice de los fieles: Todos pensaban y sentían lo mismo, lo mismo sucede con el vino. Recordad, hermanos, cómo se elabora el vino. Son muchos los granos que componen el racimo, pero el zumo de los granos se confunde en una realidad.

Así también, Cristo, el Señor, nos selló a nosotros, quiso que le perteneciéramos, consagró en su mesa el misterio de la paz y de nuestra unidad. El que recibe el misterio de la unidad y no mantiene el vínculo de la paz, no recibe el misterio en favor suyo, sino como testimonio contra él.

* * *

FE Y VIDA EUCARÍSTICAS
DE FRANCISCO DE ASÍS (V)
por Jean Pelvet, ofmcap

II. INFLUENCIA DE LA EUCARISTÍA (III)

3. «... al que ya no ha de morir, sino que ha de vivir eternamente 
y está glorificado» (CtaO 22)

Para Francisco, el Cuerpo y la Sangre del Señor Jesucristo lo hacen presente de veras, es decir, en su realidad actual: son la Presencia del Resucitado, la presencia del Cristo Señor que vive actualmente en la gloria del Padre.

«No a quien ha de morir», ni tampoco en «la carne verdadera de nuestra humanidad y fragilidad» (2CtaF 4), como en su nacimiento, vida y muerte temporales. Cristo murió «una vez para siempre», dice san Pablo, y hoy y para siempre la muerte murió en Él, y fue sepultada, absorbida e integrada en la vida nueva del Resucitado, cuyas llagas gloriosas atestiguan que Él es el crucificado-exaltado.

«Vencedor» eternamente de la muerte, de esa muerte de la que el brazo santísimo del Padre le ha arrancado; vencedor del pecado y del Maligno, por el despojo y la obediencia filial, que le ha valido ser exaltado y recibir ese nombre de Señor, que Francisco le atribuye constantemente.

«Glorificado» en la resurrección, que lo introduce con su humanidad, con ese cuerpo de hombre en adelante inseparable de su persona, en la gloria que tenía junto al Padre desde antes de la creación del mundo, «Hijo amado, en quien el Padre halla su complacencia», «Verbo del Padre, tan digno, tan santo y glorioso», «Grande y admirable Señor».

«Eternamente», porque, en su vida nueva de Resucitado, está libre de los límites del espacio y del tiempo. Así, entró a pie llano en el más allá de la historia, en los «últimos tiempos», en el Reino definitivo, en la «Tierra de los vivientes». Y por eso, es contemporáneo de las generaciones y de los siglos... Libre también porque, desembarazado de los condicionamientos del espacio, está presente corporalmente de manera tan universal como real y... misteriosa en el corazón del mundo, que no subsiste sino por Él. «El cual, aunque se vea que está en muchos lugares, permanece, sin embargo, indivisible y no padece menoscabo alguno, sino que, siendo único en todas partes, obra según le place con el Señor Dios Padre y el Espíritu Santo Paráclito por los siglos de los siglos» (CtaO 33).

Por eso, su presencia es una «venida»: Él viene de ese siglo futuro... al que el mundo entero está llamado y prometido, y que Él inaugura en su persona, convertido por la Resurrección en «primicia» de los cielos nuevos y de la tierra nueva, esperados en su venida final.

4. «Diariamente viene a nosotros él mismo 
en humilde apariencia» (Adm 1,17)

La presencia del santísimo Cuerpo y Sangre del Señor es realmente, a los ojos de Francisco, «venida» del Hijo de Dios a nuestro mundo. Recordando la analogía tradicional entre la Encarnación en el seno de la Virgen María y la «venida» de Cristo en el signo del pan y del vino, que es su realización, su despliegue pascual, Francisco evoca el «trono real», «El Seno del Padre», de donde el Señor viene a nosotros asumiendo el pan y el vino para hacer de ellos el sacramento de su presencia, de su venida permanente en la humildad del signo. De allí viene realmente hoy, en su humanidad glorificada. Acogido en otro tiempo por María, en la «carne verdadera de nuestra humanidad y fragilidad», por la intervención omnipotente del Espíritu Santo, es acogido ahora por la Iglesia, en el pan y el vino, por la acción del mismo Espíritu Santo, invocado sobre el pan y el vino, para que se conviertan en el Cuerpo y Sangre del Señor, resucitado por el poder de ese mismo Espíritu. Francisco no dice eso, ciertamente, que resultaría bastante ajeno a la perspectiva de su tiempo, en Occidente. Pero el doble paralelo entre la Eucaristía y la Encarnación del Verbo, enmarcando en la Admonición primera la afirmación del papel del Espíritu Santo en la acogida del Cuerpo y Sangre del Señor en el corazón de los fieles, ¿no sugiere que él presentía algo de ello?: «Así, pues, es el Espíritu del Señor, que habita en sus fieles, el que recibe el santísimo Cuerpo y Sangre del Señor. Todos los otros, que no participan de ese mismo Espíritu, y presumen recibirlo, se comen y beben su propia sentencia» (Adm 1,12-13).

El Señor viene, pues, a nosotros diariamente, desde esa Gloria en la que mora, «eternamente glorificado» por su santísimo Padre, en el corazón de su Paso de este mundo al Padre, en su muerte-resurrección. Y esta venida del Señor, presencia real del Hijo encarnado-muerto-resucitado, es Memorial de todo su misterio.























No hay comentarios:

Publicar un comentario