viernes, 23 de junio de 2017

Año Cristiano Franciscano


DÍA 24 DE JUNIO

Aprobación de la nueva Regla de la Orden Franciscana Seglar. El 24 de junio de 1978, el papa Pablo VI aprobó, mediante el breve apostólico «Seraphicus Patriarcha», la Regla de la OFS que abroga y sustituye la Regla precedente, la de León XIII.



LA NATIVIDAD DE SAN JUAN BAUTISTA. Seis meses antes de la Natividad del Señor celebramos la de su Precursor. Refiere San Lucas que Isabel era estéril y que tanto ella como Zacarías eran de edad avanzada. Pero un día en que él oficiaba en el templo de Jerusalén, se le apareció un ángel que le dijo: «Tu mujer te dará un hijo y le pondrás por nombre Juan». Tiempo después, en la Anunciación, el ángel Gabriel dijo a María que su pariente Isabel estaba en el sexto mes de embarazo. María marchó presurosa a Ain Karem, entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel. Al oír ésta el saludo de María, saltó de gozo el hijo que llevaba en su seno. Cuando se le cumplió el tiempo, Isabel dio a luz un hijo, de quien profetizó su padre: «Y a ti, niño, te llamarán profeta del Altísimo, porque irás delante del Señor a preparar sus caminos». Juan vivió en el desierto hasta el momento de empezar su predicación. De él dijo Jesús: «Entre los nacidos de mujer, ninguno mayor que Juan Bautista».- Oración: Oh Dios, que suscitaste a san Juan Bautista para que preparase a Cristo, el Señor, un pueblo bien dispuesto, concede a tu familia el don de la alegría espiritual y dirige la voluntad de tus hijos por el camino de la salvación y de la paz. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.



SANTA MARÍA GUADALUPE GARCÍA ZAVALA. Cofundadora de la Congregación de las Siervas de Santa Margarita María y de los Pobres. Nació en Zapopan (México) el año 1878. Desde niña fue muy devota de la Virgen. Tuvo un noviazgo y, ya prometida en matrimonio, decidió consagrarse al Señor sirviendo a los enfermos y a los pobres. Su director espiritual, el P. Cipriano Íñiguez, le dijo que quería fundar una congregación para atender a los enfermos del Hospital, y entre los dos fundaron en Guadalajara la mencionada Congregación. La Madre Lupita ejerció el oficio de enfermera con humildad y ternura, entregándose al servicio de todos. Cuando el Hospital tuvo graves dificultades económicas, ella y otras hermanas mendigaron por las calles. Y cuando en México se desató la persecución religiosa, sobre todo de 1926 a 1929, tuvo el valor de esconder a sacerdotes en el hospital, en el que, por otra parte, alimentaba y curaba a los soldados perseguidores. Murió en Guadalajara el 24 de junio de 1963. Fue canonizada el año 2013.

BEATA FRANCISCA DE PAULA DE JESÚS


BEATA FRANCISCA DE PAULA DE JESÚSBEATA FRANCISCA DE PAULA DE JESÚS, llamada “Nhá Chica”. Nació en un pueblecito del estado brasileño de Minas Gerais el año 1808, de madre negra originaria de África que había sido esclava, que le inculcó una profunda espiritualidad cristiana. Quedó huérfana a los diez años y dedicó toda su humilde vida a Dios y a la caridad, hasta el punto de que la llamaran “madre de los pobres”. No aceptó ninguna oferta de matrimonio porque había decidido consagrase por completo al Señor. Era analfabeta y gozaba cuando alguien le leía las Sagradas Escrituras. Su casa se convirtió en lugar de “peregrinación”, y cuando heredó de su hermano una gran fortuna la distribuyó a los pobres. Compuso una novena a Ntra. Sra. de la Concepción, de la que era muy devota, y le construyó junto a su casa una pequeña iglesia. Su virtud más característica fue la humildad. Después de una vida dedicada a la oración y al servicio a los más necesitados, falleció en Baependi el 14 de junio de 1895. Beatificada en 2013. [Cf. www.nhachica.org.br].

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Santos Agoardo, Agliberto y compañeros. En una fecha desconocida entre el siglo V y el VI, en Créteil, población cercana a París, fueron martirizados Agoardo, Agliberto y otros muchos cristianos.

San Goardo (o Gunardo) y compañeros mártires. Goardo era obispo de la ciudad de Nantes en Bretaña (Francia) y mientras celebraba la Eucaristía en la iglesia catedral con el pueblo, al cantar «Levantemos el corazón», lo atravesaron las flechas de los normandos que habían invadido la ciudad. Con él murieron muchos fieles. Esto sucedió el año 843.

San José Yuan Zaide. Nació en China el año 1765 de familia pagana. Escuchando a Mons. G. Dufresse, se convirtió al cristianismo, se bautizó y luego edificó a todos por su profunda vida cristiana. El mismo obispo lo preparó para el sacerdocio y lo ordenó. Ejerció el ministerio en varios distritos con mucho celo. En 1816, llegada la persecución del emperador Kia-Kin, lo arrestaron. Lo sometieron a repetidos interrogatorios para que les manifestara el paradero de los otros misioneros. No lo consiguieron. En cambio, revestido de sacerdote, se presentó al tribunal ante el que exaltó su fe cristiana y su ministerio sacerdotal, y explicó el sentido de las palabras «Venga a nosotros tu reino». Después de meses de cárcel, lo estrangularon en la provincia de Sichuan (China) el año 1817.

Santos Juan y Festo. Sufrieron el martirio en Roma, en la Vía Salaria Antigua, en una fecha desconocida de la antigüedad cristiana.

San Rumoldo. Según la tradición, era escocés y nacido en torno al año 720. Después de peregrinar a Roma, se estableció en Malinas (Bélgica). Evangelizó en la región de Brabante y luego se retiró a la vida eremítica. Fue asesinado por unos ladrones el año 755.

San Simpliciano de Autun. Era de familia noble, estaba casado y llevó con su mujer una vida piadosa y entregada a obras de caridad. Después lo eligieron obispo de Autun (Borgoña, Francia) y misionó con gran celo por toda la región. Murió hacia el año 375.

San Teodgaro. Fue un sacerdote anglosajón que evangelizó en el territorio de la diócesis de Vestervig en Dinamarca, y allí construyó, de madera, la primera iglesia. Murió el año 1065.

San Teodulfo de Lobbes. Fue abad benedictino de Lobbes, cerca de Lieja (Bélgica), y además recibió la consagración episcopal el año 750. Murió el 776.

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PARA TENER EL ESPÍRITU DE ORACIÓN Y DEVOCIÓN

Pensamiento bíblico:

En aquellos días, dijo Pablo: -Según lo prometido, Dios sacó de la descendencia de David un salvador para Israel: Jesús. Antes de que éste llegara, Juan predicó a todo Israel un bautismo de conversión; y, cuando estaba para acabar su vida, decía: «Yo no soy quien pensáis; viene uno detrás de mí a quien no merezco desatarle las sandalias. Hermanos: A vosotros se os ha enviado este mensaje de salvación» (Hch 13,23-26).

Pensamiento franciscano:

Decía san Francisco: -En toda predicación, recordad al pueblo la penitencia y que nadie puede salvarse sino quien recibe el santísimo cuerpo y sangre del Señor. Y cuando es consagrado por el sacerdote sobre el altar y cuando es llevado a alguna parte, que todas las gentes, de rodillas, rindan alabanzas, gloria y honor al Señor Dios vivo y verdadero (1CtaCus 6-7).

Orar con la Iglesia:

Acudamos confiadamente a Cristo, que envió delante de él al Bautista a preparar sus caminos.

-Tú que hiciste que Juan saltara de gozo en el vientre de Isabel, haz que nos alegremos siempre de tus visitas.

-Tú que, por la palabra y vida del Bautista, nos has señalado el camino de la penitencia, convierte nuestros corazones a la observancia de tus mandatos.

-Tú que quisiste ser anunciado por boca de hombre, envía al mundo heraldos de tu Evangelio.

-Tú que quisiste ser bautizado para que se cumpliera todo lo que Dios quería, haz que nos esforcemos en el cumplimiento de la voluntad divina.

Oración: Bendice, Señor, a tu pueblo que, confiando en la intercesión de san Juan Bautista, te ha expuesto sus buenos propósitos, y concédele cuanto te ha pedido con fe. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

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SOLEMNIDAD DE SAN JUAN BAUTISTA
Benedicto XVI, Ángelus del 24 de junio de 2007

Queridos hermanos y hermanas:

Hoy, 24 de junio, la liturgia nos invita a celebrar la solemnidad de la Natividad de San Juan Bautista, cuya vida estuvo totalmente orientada a Cristo, como la de su madre, María. San Juan Bautista fue el precursor, la «voz» enviada a anunciar al Verbo encarnado. Por eso, conmemorar su nacimiento significa en realidad celebrar a Cristo, cumplimiento de las promesas de todos los profetas, entre los cuales el mayor fue el Bautista, llamado a «preparar el camino» delante del Mesías (cf. Mt 11,9-10).

Todos los Evangelios comienzan la narración de la vida pública de Jesús con el relato de su bautismo en el río Jordán por obra de san Juan. San Lucas encuadra la entrada en escena del Bautista en un marco histórico solemne. También mi libro Jesús de Nazaret empieza con el bautismo de Jesús en el Jordán, acontecimiento que tuvo enorme resonancia en su tiempo.

De Jerusalén y de todas las partes de Judea la gente acudía para escuchar a Juan Bautista y para hacerse bautizar por él en el río, confesando sus pecados (cf. Mc 1,5). La fama del profeta que bautizaba creció hasta el punto de que muchos se preguntaban si él era el Mesías. Pero él -subraya el evangelista- lo negó decididamente: «Yo no soy el Cristo» (Jn 1,20). En cualquier caso, es el primer «testigo» de Jesús, habiendo recibido del cielo la indicación: «Aquel sobre quien veas que baja el Espíritu y se queda sobre él, ese es el que bautiza con Espíritu Santo» (Jn 1,33). Esto aconteció precisamente cuando Jesús, después de recibir el bautismo, salió del agua: Juan vio bajar sobre él al Espíritu como una paloma. Fue entonces cuando «conoció» la plena realidad de Jesús de Nazaret, y comenzó a «manifestarlo a Israel» (Jn 1,31), señalándolo como Hijo de Dios y redentor del hombre: «Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo» (Jn 1,29).

Como auténtico profeta, Juan dio testimonio de la verdad sin componendas. Denunció las transgresiones de los mandamientos de Dios, incluso cuando los protagonistas eran los poderosos. Así, cuando acusó de adulterio a Herodes y Herodías, pagó con su vida, coronando con el martirio su servicio a Cristo, que es la verdad en persona.

Invoquemos su intercesión, junto con la de María santísima, para que también en nuestros días la Iglesia se mantenga siempre fiel a Cristo y testimonie con valentía su verdad y su amor a todos.

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GRAN PRECURSOR DEL SOL DE JUSTICIA
Y VOZ DEL MISMO VERBO DE DIOS
De una Homilía de Gregorio Palamás

Si la muerte de sus fieles le cuesta mucho al Señor y si el recuerdo del justo será perpetuo, ¿cuánto más no deberemos alabar el recuerdo de Juan, que llegó a las más aireadas cimas de la santidad y de la justicia, que saltó de gozo y fue el Precursor y heraldo del Verbo de Dios hecho carne por nosotros? De él dijo y afirmó Jesús que era el mayor de todos los profetas, santos y justos de este mundo. Si esto dijo de él, nada pueden añadir todas las alabanzas humanas, pues no necesita nuestros panegíricos quien recibió el testimonio y el favor del unigénito Hijo de Dios. Por tanto, mejor sería callarnos en presencia de aquel a quien la Escritura llama Voz de la Palabra del Altísimo. Pero puesto que recibió de Cristo, Señor de todo, tal testimonio y tamaño calificativo, que toda lengua fiel -en la medida de sus posibilidades- le cante un himno, no, cierto, para añadir nada a semejante alabanza -¿cómo podríamos hacerlo?-, sino para pagarle una deuda. Por tanto, que cada cual cante con su lengua y proclame al unísono todas las maravillas que en Juan se han realizado.

Toda la vida del que fue el más grande de los nacidos de mujer, es una sucesión de milagros. Y no sólo la vida de Juan -profeta antes de nacer y máximo entre los profetas-, sino todo lo que a él se refiere, tanto antes de su nacimiento como después de su muerte, sobrepasa los verdaderos milagros. En efecto, las predicciones que de él hicieron los más preclaros profetas lo llaman no hombre, sino ángel, antorcha luciente, astro radiante dotado de luz divina, precursor del Sol de justicia y Voz del mismo Verbo de Dios.

¿Qué más cercano y afín a la Palabra de Dios que la Voz de Dios? Al acercarse su concepción, un ángel venido del cielo sana la esterilidad de Zacarías y de Isabel, prometiéndoles que en su avanzada vejez engendrarán un hijo los que eran estériles desde su juventud, y asegurándoles que muchos se alegrarían de aquel nacimiento, que traerá a todos la salvación. En efecto, será grande a los ojos del Señor: no beberá vino ni licor; además se llenará de Espíritu Santo ya en el vientre materno, y convertirá a muchos israelitas al Señor, su Dios. Irá delante del Señor; con el espíritu y poder de Elías. Como éste, permanecerá virgen, habitará como él en el desierto y corregirá a los reyes y reinas culpables. Pero le superará principalmente por ser el Precursor de Dios, pues irá delante de él.

No siendo el mundo digno de él, desde los más tiernos años vivió habitualmente en el desierto, sin angustias, sin preocupaciones, llevando una vida tranquila, viviendo sólo para Dios, viendo únicamente a Dios y haciendo de Dios todas sus delicias. Vivirá, pues, en un lugar solitario de la tierra: Vivió en el desierto hasta que se presentó a Israel.

Y así como hubo una hora en que el Señor, movido por su inefable clemencia para con nosotros pecadores, descendió del cielo, así también la hubo para que, por nosotros, Juan saliera del desierto a cumplir la voluntad de Dios. Y se mostró un ministro tal de la sobreabundante clemencia y de la bondad divina para con los hombres arrojados en el abismo del pecado, que, por su gran virtud, de tal modo atrajo a Dios a cuantos le veían, convirtiéndolos con sus milagros y mostrándoles su vida intachable, que no hubo otro igual a él. Exhortaba con una predicación digna de su santa vida, prometía el reino de los cielos, amenazaba con el fuego inextinguible y señalaba a Cristo como rey de la gloria, y decía: Tiene un bieldo en la mano: aventará la parva, reunirá su trigo en el granero y quemará la paja en una hoguera que no se apaga.

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FE Y VIDA EUCARÍSTICAS
DE FRANCISCO DE ASÍS (IV)
por Jean Pelvet, ofmcap

II. INFLUENCIA DE LA EUCARISTÍA (II)

2. «El santísimo cuerpo y sangre, vivo y verdadero, 
de nuestro Señor Jesucristo» (Adm 1,21)

El realismo con que Francisco reconoce el Cuerpo y la Sangre del Señor, presentes y vivos en el Sacramento del pan y del vino, merece ser subrayado y desarrollado en primer lugar.

Francisco afirma, con enorme firmeza y en toda ocasión, la realidad de la Presencia eucarística del Hijo de Dios. Precisa, incluso, repetidas veces, las modalidades concretas, palabras y gestos, según las cuales se lleva a cabo la consagración del pan y del vino, que sólo Cristo realiza «según a él le place con el Señor Dios Padre y el Espíritu Santo Paráclito» (CtaO 33). Pero el signo más elocuente de esta fe realista de Francisco es, tal vez, la extrema susceptibilidad que manifiesta frente a las faltas de atención que se cometen contra el Sacramento. La veneración con la que él quiere rodearlo y verlo rodeado siempre y en todas partes, le inspira expresiones unas veces virulentas y otras suplicantes, para inducir a sus hermanos y a todos los clérigos al máximo respeto en la manera de tratar la Eucaristía, así como también a la más atenta vigilancia en cuanto a la dignidad y limpieza de los ornamentos, vasos y lugares «en los que se sacrifica el cuerpo y la sangre de nuestro Señor» (CtaCle 4; etc.).

Pero, por importante que sea este aspecto de la actitud dura de Francisco en lo que se refiere al Sacramento, no está ahí lo esencial. Sus expresiones, ilustradas las unas por las otras, nos introducen en su comprensión viva y profunda de la «Presencia real». Me parece que, considerando las palabras de Francisco en sí mismas, con toda su carga de fe vivida, se encuentra uno conducido y sensibilizado hacia tres aspectos esenciales de su comprensión de la Presencia del Señor Jesucristo en el Sacramento. Se trata de una presencia corporal, de una presencia personal y de una presencia viva y actual.

a) «El santísimo Cuerpo y Sangre...»

Francisco nunca usa las palabras «presencia real», como lo hacemos nosotros. Tampoco la palabra «eucaristía». Rara vez habla de «santo o santísimo sacramento». Las nociones abstractas de «substancia», «apariencias», «especies»... no le han rozado ni menos aún penetrado. Sólo más tarde se difundirá este lenguaje... de manera bastante enojosa. Francisco sólo conoce el Cuerpo y la Sangre: la realidad concreta, percibida con su carga de presencia, de relación, de comunicación: «Y de esta manera está siempre el Señor con sus fieles, como Él mismo dice: Ved que yo estoy con vosotros hasta la consumación del siglo» (Adm 1,22). El santísimo Cuerpo y Sangre de nuestro Señor Jesucristo, eso es lo que él ve, de lo que él habla: Dios con nosotros, corporalmente, Emmanuel.

Pero corporalmente no significa «carnalmente», y la presencia concreta no es menos «sacramental»: la misma insistencia con que Francisco exige para reconocerla una mirada iluminada por el Espíritu, manifiesta suficientemente que él ve en ella una Realidad de orden espiritual: el Cuerpo Espiritual, del que habla Pablo. Y esto nos lleva a precisar la identidad de Aquel de quien Francisco percibe el Cuerpo y la Sangre «vivos y verdaderos».

b) «...de tu Hijo amado...»

Precisamente al hablar del Cuerpo y Sangre es cuando Francisco atribuye con mayor frecuencia al Señor Jesucristo el nombre de Hijo de Dios, Hijo del Altísimo o altísimo Hijo de Dios, Hijo de Dios vivo y sobre todo, en ese versículo eucarístico de la Paráfrasis del Padrenuestro, el nombre de Hijo amado: «El pan nuestro de cada día: tu amado Hijo, nuestro Señor Jesucristo, dánosle hoy».

El «Hijo amado»: apelación favorita de Francisco, que se repite de nuevo en la gran acción de gracias del capítulo 23 de la primera Regla, de hechura tan evidentemente eucarística: «Todos nosotros... te imploramos suplicantes que nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo amado, en quien has hallado complacencia, te dé gracias de todo...».

Ésta es la identidad de Aquel de quien Francisco percibe el Cuerpo y la Sangre, que le hacen presente en el mundo de los hombres, «corporalmente visible» a su mirada. Es «su bendito y glorioso Hijo, a quien el Padre nos dio para nosotros y que nació por nuestro bien», Aquel que «puso su voluntad en la voluntad del Padre», Aquel que «dio su vida por no apartarse de la obediencia del santísimo Padre», Aquel a quien, en todo el Oficio de la Pasión, Francisco contempla entregando su vida, en abandono, en las manos del Padre.

c) «... vivo y verdadero...»

Por eso, el Cuerpo presente del Señor, lejos de ser contemplado como algo inerte, es percibido por Francisco como animado por el dinamismo filial, por el ritmo e impulso del amor agradecido del Hijo amado, ofrecido en la acogida de la voluntad del Padre, llevado en el movimiento de eterna eucaristía-acción de gracias, de vuelta al Padre: «Tú eres mi Padre santísimo, Rey mío y Dios mío» (OfP 2,11; 5,15).

Tal es el pan de cada día que da el Padre: «Su Hijo amado..., por quien tantas cosas nos ha hecho», Aquel «por quien todo fue creado», Aquel que «nació por nosotros fuera de casa» y «se ofreció a sí mismo como sacrificio y hostia, por nuestros pecados, en el altar de la cruz», «Pastor que, por salvar a sus ovejas, soportó la pasión y la cruz», «Cordero que ha sido inmolado y glorificado», Aquel a quien «el Padre santísimo acogió con gloria», «sacrificado-santificado por la diestra del Padre y su santo brazo». El Hijo glorificado en su muerte-resurrección, que evocaba a los ojos del corazón de Francisco el Rostro y la mirada del Cristo de San Damián, absorto en la contemplación de su Padre santísimo, perdido en el abandono filial entre sus manos.

Todo eso es lo que llena el corazón y la mirada de Francisco, vueltos hacia el Cuerpo vivo y verdadero del Señor. Él mismo lo expresa claramente en esa frase de la Carta a la Orden, que a continuación hemos de acoger y penetrar del mejor modo posible.


















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