jueves, 22 de junio de 2017

Año Cristiano Franciscano


DÍA 23 DE JUNIO



SANTOS MÁRTIRES DE NICOMEDIA. Es uno de los cuatro grupos de mártires del Helesponto, caídos el año 303 en la persecución de Diocleciano y conmemorados en fechas distintas. Nicomedia, capital de Bitinia (en la actual Turquía), era la residencia del emperador Diocleciano, quien se propuso exaltar los antiguos cultos romanos y aniquilar a los cristianos. El primero en sufrir el martirio fue san Pedro de Nicomedia, que prestaba servicio en el palacio del emperador. Diocleciano quiso que el castigo de este cristiano, que se había negado a sacrificar a los dioses de Roma, fuera un aviso para todos los demás cristianos de la ciudad. Pedro fue torturado cruelmente y luego quemado vivo. El comportamiento heroico de este mártir infundió serenidad y valor a los más de veinte mil cristianos que, obligados a refugiarse en montes y grutas, al ser arrestados pocos días después, confesaron con firmeza su fe y prefirieron morir antes que apostatar.- Oración:Dios todopoderoso y eterno, que concediste a los mártires de Nicomedia la gracia de morir por Cristo, ayúdanos en nuestra debilidad, para que, así como ellos no dudaron en morir por ti, así también nosotros nos mantengamos fuertes en la confesión de tu nombre. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.



SAN JOSÉ CAFASSO. Nació en Castelnuovo Don Bosco (Piamonte, Italia) el año 1811. De joven optó por la carrera eclesiástica y, hechos los estudios, recibió la ordenación sacerdotal en 1833. Su vida discurrió, serena pero intensa, en Turín. Ingresó en la Tercera Orden de san Francisco, como hicieron sus santos colegas Juan Bosco y José Benito Cottolengo. Se incorporó al "Convitto" Eclesiástico de San Francisco de Asís, fundado por Don Guala, en el que los nuevos sacerdotes completaban su formación, y desde la cátedra y el confesonario formó maestros de fe, y hombres y mujeres de Dios. Se le encontraba también con frecuencia en las cárceles atendiendo a los detenidos, o acompañando a los condenados a muerte. Formó un plantel de excelentes sacerdotes entre los que destaca san Juan Bosco. Murió en Turín el 23 de junio de 1860. Pío XII lo proclamó patrono de los encarcelados.




BEATA MARÍA DE OIGNIES. Nació en Nivelles, Brabante (Bélgica), el año 1177, en el seno de una familia noble, y desde niña mostró una gran inclinación a la piedad. A los 14 años contrajo matrimonio con un hombre de profundos sentimientos religiosos. Al principio vivieron su matrimonio con normalidad, pero luego decidieron vivir en castidad, distribuir sus bienes a los pobres y cuidar a los leprosos de Willambroux. A los treinta años, con permiso de su marido y para llevar vida contemplativa, se hizo reclusa en Oignies (Francia) junto al convento agustino, en el que asistía a los oficios divinos y prestaba servicios como sacristana, y, con las compañeras que se le unieron, fundó y reglamentó una institución de beguinas. Gozó de alta contemplación y de gracias místicas extraordinarias. Fue grande su fama de santidad y atrajo a mucha gente, tanto sencilla como de la jerarquía. Entre otros, el cardenal Jacobo de Vitry, que escribió la vida de María después de su muerte. Murió el 23 de junio de 1213.

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San Bilio. Obispo de Vannes en Bretaña (Francia) y mártir, que fue asesinado por los normandos durante el saqueo de la ciudad en torno al año 914.

Santa Edeltrudis (o Eteldreda) de Ely. Era hija del rey Anna, de los anglos del este, y hermana de varias santas. Muy joven contrajo matrimonio por voluntad de su padre, pero pronto quedó viuda; se casó luego con el hijo del rey de Northumbria. Con el apoyo de san Wilfrido marchó a la isla de Ely donde primero vivió en retiro, y después fundó un monasterio en el que ella misma tomó el velo monacal de manos de san Wilfrido, y del que fue abadesa y madre de muchísimas vírgenes consagradas a Dios. Murió el año 679.

San Lanfranco de Pavía. Fue obispo de Pavía en Lombardía (Italia), su ciudad natal. Varón pacífico, tuvo que sufrir mucho por favorecer la reconciliación y la concordia en la ciudad, y también por oponerse a las autoridades locales que querían apropiarse de bienes eclesiásticos. Por este motivo tuvo que dejar su ciudad y marchar a Roma, donde el Papa lo acogió fraternamente. Cuando volvió a Pavía y se cansó de luchar, se retiró al monasterio del Santo Sepulcro, en los alrededores de la ciudad, donde murió hacia el año 1194.

Santo Tomás Garnet. Nació en Southwark, distrito de Londres, el año 1574. Estudió en Saint-Omer (Francia) y en Valladolid (España), donde se ordenó de sacerdote en 1599. Vuelto a su patria, estuvo ejerciendo su ministerio clandestinamente. En 1604 pidió el ingreso en la Compañía de Jesús, pero, cuando iba a pasar al Continente para hacer el noviciado, lo arrestaron. Después de nueve meses de cárcel e interrogatorios, lo desterraron. Hizo entonces el noviciado y volvió a Inglaterra en 1607. Lo detuvieron en Cornualles y por negarse a prestar el juramento de supremacía religiosa del rey, lo ahorcaron en la plaza de Tyburn de Londres el año 1608.

San Walhero. Nació en Bouvignes (Namur, Bélgica) en la segunda mitad del siglo XII. Ordenado de sacerdote, fue párroco de Flavion, capellán de Onhaye y Hastières y decano rural de Florennes. Cumpliendo su deber, recordaba a los sacerdotes la obligación de cumplir con sus deberes pastorales. Un día, mientras atravesaba el río Mosa en barca, un sobrino suyo sacerdote, a quien había corregido sus malas costumbres, lo golpeó y mató con un remo. Era el año 1199.

Beata María Rafaela (Santina) Cimatti. Nació en Faenza (Emilia-Romaña, Italia) el año 1861. Desde su juventud colaboró en las actividades de la parroquia, de modo particular en la formación de niños y jóvenes. En 1880 ingresó en la congregación de las Hermanas de la Misericordia para los Enfermos. Llevó una vida humilde y oculta, entregada por completo al servicio de los enfermos, especialmente los pobres, a los que trataba con caridad y cordialidad. Ejerció cargos de responsabilidad en su Congregación. Murió en Alatri (Lazio) el año 1945.

Beato Pedro Santiago de Pésaro. Nació en Pésaro (Las Marcas, Italia) a mitad del siglo XV y muy joven ingresó en la Orden de los Ermitaños de San Agustín. Hechos los estudios y ordenado de sacerdote, se dedicó a la enseñanza y formación de los jóvenes agustinos. A la santidad de vida y amor a los estudios unió su empeño en la evangelización del pueblo mediante la predicación. Murió en el convento de Valmanente, junto a Pésaro, el año 1496.

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PARA TENER EL ESPÍRITU DE ORACIÓN Y DEVOCIÓN

Pensamiento bíblico:

El Señor es compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia; no está siempre acusando ni guarda rencor perpetuo; no nos trata como merecen nuestros pecados ni nos paga según nuestras culpas. Como un padre siente ternura por sus hijos, siente el Señor ternura por sus fieles; porque él conoce nuestra masa, se acuerda de que somos barro (Salmo 102,8-10.13-14).

Pensamiento franciscano:

Dice san Francisco en su Testamento: -A todos los sacerdotes quiero temer, amar y honrar como a mis señores. Y no quiero en ellos considerar pecado, porque discierno en ellos al Hijo de Dios, y son señores míos. Y lo hago por esto, porque nada veo corporalmente en este siglo del mismo altísimo Hijo de Dios, sino su santísimo cuerpo y su santísima sangre, que ellos reciben y ellos solos administran a los otros (Test 8-10).

Orar con la Iglesia:

Invoquemos a Jesús, que es manso y humilde de corazón, y pidámosle que tenga piedad de nosotros.

-Jesús, en quien habita toda la plenitud de la divinidad, haz que participemos del mismo ser de Dios.

-Jesús, en quien están encerrados todos los tesoros del saber y conocer, haznos comprender, mediante la Iglesia, la multiforme sabiduría de Dios.

-Jesús, hijo amado y predilecto del Padre, haz que escuchemos siempre tus palabras.

-Jesús, de cuya plenitud todos hemos recibido gracia tras gracia, danos el amor y la verdad del Padre.

-Jesús, fuente de vida y santidad, haznos santos e irreprochables por el amor.

Oración: Dios todopoderoso y lleno de amor, concédenos recibir del Corazón de tu Hijo la inagotable abundancia de tu gracia. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

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EL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS
De la homilía de Benedicto XVI el 19 de junio de 2009

Queridos hermanos y hermanas:

En la antífona del Magníficat dentro de poco cantaremos: «Nos acogió el Señor en su seno y en su corazón». En el Antiguo Testamento se habla veintiséis veces del corazón de Dios, considerado como el órgano de su voluntad: el hombre es juzgado en referencia al corazón de Dios. A causa del dolor que su corazón siente por los pecados del hombre, Dios decide el diluvio, pero después se conmueve ante la debilidad humana y perdona. Luego hay un pasaje del Antiguo Testamento en el que el tema del corazón de Dios se expresa de manera muy clara: se encuentra en el capítulo 11 del libro del profeta Oseas, donde los primeros versículos describen la dimensión del amor con el que el Señor se dirigió a Israel en el alba de su historia: «Cuando Israel era niño, yo lo amé, y de Egipto llamé a mi hijo» (v. 1). En realidad, a la incansable predilección divina Israel responde con indiferencia e incluso con ingratitud. «Cuanto más los llamaba -se ve obligado a constatar el Señor-, más se alejaban de mí» (v. 2). Sin embargo, no abandona a Israel en manos de sus enemigos, pues «mi corazón -dice el Creador del universo- se conmueve en mi interior, y a la vez se estremecen mis entrañas» (v. 8).

¡El corazón de Dios se estremece de compasión! En esta solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús la Iglesia presenta a nuestra contemplación este misterio, el misterio del corazón de un Dios que se conmueve y derrama todo su amor sobre la humanidad. Un amor misterioso, que en los textos del Nuevo Testamento se nos revela como inconmensurable pasión de Dios por el hombre. No se rinde ante la ingratitud, ni siquiera ante el rechazo del pueblo que se ha escogido; más aún, con infinita misericordia envía al mundo a su Hijo unigénito para que cargue sobre sí el destino del amor destruido; para que, derrotando el poder del mal y de la muerte, restituya la dignidad de hijos a los seres humanos esclavizados por el pecado. Todo esto a caro precio: el Hijo unigénito del Padre se inmola en la cruz: «Habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo» (Jn 13,1). Símbolo de este amor que va más allá de la muerte es su costado atravesado por una lanza. A este respecto, un testigo ocular, el apóstol san Juan, afirma: «Uno de los soldados le atravesó el costado con una lanza y al instante salió sangre y agua» (Jn 19,34).

Queridos hermanos y hermanas, detengámonos a contemplar juntos el Corazón traspasado del Crucificado. En la lectura breve, tomada de la carta de san Pablo a los Efesios, acabamos de escuchar una vez más que «Dios, rico en misericordia, por el gran amor con que nos amó, estando muertos a causa de nuestros delitos, nos vivificó juntamente con Cristo (...) y con él nos resucitó y nos hizo sentar en los cielos en Cristo Jesús» (Ef 2,4-6). Estar en Cristo Jesús significa ya sentarse en los cielos. En el Corazón de Jesús se expresa el núcleo esencial del cristianismo; en Cristo se nos revela y entrega toda la novedad revolucionaria del Evangelio: el Amor que nos salva y nos hace vivir ya en la eternidad de Dios. El evangelista san Juan escribe: «Tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna» (Jn 3,16). Su Corazón divino llama entonces a nuestro corazón; nos invita a salir de nosotros mismos y a abandonar nuestras seguridades humanas para fiarnos de él y, siguiendo su ejemplo, a hacer de nosotros mismos un don de amor sin reservas.

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ACERQUÉMONOS A CRISTO CON FERVOR
De la Homilía 24 de san Juan Crisóstomo
sobre la primera carta a los Corintios

Cristo nos dio su carne para saciarnos, invitándonos a una amistad cada vez más íntima. Acerquémonos, pues, a él con fervor y con una ardiente caridad, y no incurramos en castigo. Pues cuanto mayores fueren los beneficios recibidos, tanto más gravemente seremos castigados si nos hiciéramos indignos de tales beneficios.

Los magos adoraron también este cuerpo recostado en un pesebre. Y siendo hombres irreligiosos y paganos, abandonando casa y patria, recorrieron un largo camino, y al llegar, lo adoraron con gran temor y temblor. Imitemos al menos a estos extranjeros nosotros que somos ciudadanos del cielo. Ellos se acercaron efectivamente con gran temor a un pesebre y a una gruta, sin descubrir ninguna de las cosas que ahora te es dado contemplar: tú, en cambio, no lo ves en un pesebre, sino sobre un altar; no contemplas a una mujer que lo tiene en sus brazos, sino al sacerdote que está de pie en su presencia y al Espíritu, rebosante de riqueza, que se cierne sobre las ofrendas. No ves simplemente, como ellos, este mismo cuerpo, sino que conoces todo su poder y su economía de salvación, y nada ignoras de cuanto él ha hecho, pues al ser iniciado, se te enseñaron detalladamente todas estas cosas. Exhortémonos, pues, mutuamente con un santo temor, y demostrémosle una piedad mucho más profunda que la que exhibieron aquellos extranjeros para que, no acercándonos a él temeraria y desconsideradamente, no se nos tenga que caer la cara de vergüenza.

Digo esto no para que no nos acerquemos, sino para que no nos acerquemos temerariamente. Porque así como es peligroso acercarse temerariamente, así la no participación en estas místicas cenas significa el hambre y la muerte. Pues esta mesa es la fuerza de nuestra alma, la fuente de unidad de todos nuestros pensamientos, la causa de nuestra esperanza: es esperanza, salvación, luz, vida. Si con este bagaje saliéramos de aquel sacrificio, con confianza nos acercaríamos a sus atrios sagrados, como si fuéramos armados hasta los dientes con armadura de oro.

¿Hablo quizá de cosas futuras? Ya desde ahora este misterio te ha convertido la tierra en un cielo. Abre, pues, las puertas del cielo y mira; mejor dicho, abre las puertas no del cielo sino del cielo de los cielos, y entonces contemplarás lo que se ha dicho. Todo lo que de más precioso hay allí, te lo mostraré yo aquí yaciendo en la tierra. Pues así como lo más precioso que hay en el palacio real no son los muros ni los techos dorados, sino el rey sentado en el trono real, así también en el cielo lo más precioso es la persona del Rey.

Y la persona del Rey te es dado contemplarla ya ahora en la tierra. Pues no te presento a los ángeles, ni a los arcángeles, ni a los cielos, ni a los cielos de los cielos, sino al mismo Señor de todos ellos. ¿Te das cuenta cómo en la tierra contemplas lo que hay de más precioso? Y no solamente lo ves, sino que además lo tocas; y no sólo lo tocas, sino que también lo comes; y después de haberlo recibido, te vuelves a tu casa. Purifica, por tanto, tu alma, prepara tu mente a la recepción de estos misterios.

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FE Y VIDA EUCARÍSTICAS
DE FRANCISCO DE ASÍS (III)
por Jean Pelvet, ofmcap

II. INFLUENCIA DE LA EUCARISTÍA (I)

Los Escritos de san Francisco nos manifiestan la mirada que él tenía fija en la Eucaristía. Incorporémonos a esa mirada, penetremos con ella en la riqueza que Francisco descubre, dejando resonar en nosotros las expresiones con que nos la confía. Así podremos presentir la amplitud y vigor de su fe en el Sacramento ante el que «ardía en fervor... admirando locamente...» (2 Cel 201). Y comencemos uniéndonos a esa mirada.

1. «En este siglo nada veo corporalmente 
del mismo altísimo Hijo de Dios 
sino su santísimo cuerpo y santísima sangre» (Test 10)

Cuando Francisco, para bendecir a su hermano León, le dirige el deseo ardiente del libro de los Números: «El Señor te muestre su rostro... Vuelva a ti su rostro...», ¿no está revelando ahí lo que le interesa por encima de todo? ¿No se le desea a un amigo lo que se cree ser lo mejor?

Francisco es un visual. Necesita ver. La vista es manifiestamente el más despierto de sus sentidos, aquel en el que se concentra su deseo..., aquel precisamente de cuyo uso le privará el Señor, en los últimos años de su vida, para unirlo a su Pasión.

¡Ver! Pero, ¿cómo ver lo invisible? «A Dios nadie lo ha visto jamás». «En este siglo nada veo corporalmente del mismo altísimo Hijo de Dios...» (Adm 1; Jn 1,18). Hay que percibir el acento doloroso de esta confidencia, entrar en esa larga búsqueda a tientas del Rostro del Señor. Entonces adquiere toda su fuerza el cariño entusiasta con que prosigue Francisco: «... sino su santísimo cuerpo y santísima sangre». Esta es la novedad de la Nueva Alianza: no ya solamente poder escuchar a Dios que habla, sino ver a Dios que se muestra en Jesucristo. En adelante, Francisco sabrá dónde fijar su mirada.

Pero, ¿de qué mirada se trata? Francisco da su explicación con toda tranquilidad en la primera Admonición. Por sí sola, la mirada del cuerpo no puede alcanzar hoy más que el pan y el vino. Por eso, a la luz del Espíritu Santo, que ilumina el corazón, es como la fe reconoce en ese pan y en ese vino la verdad de las palabras del Señor: «Esto es mi cuerpo y la sangre de mi nueva alianza». ¡Una mirada que escucha! Entonces ella discierne «su santísimo cuerpo y sangre vivo y verdadero». Y a esa realidad se adhiere y se pega con toda su fuerza. Sólo esa mirada del corazón, iluminada por el Espíritu, puede alcanzar la Realidad viva que «ahora se nos muestra a nosotros en el pan consagrado» (Adm 1).

¿Que se muestra... o que se oculta? En otra parte, Francisco escribe: «El Señor del mundo universo... se humilla hasta el punto de esconderse... bajo una pequeña forma de pan» (CtaO 27). Así, pues, no se le han acabado las penas a la mirada ávida de ver. El Sacramento hoy, como la humanidad visible de Jesús ayer, vela y desvela a la vez la Persona del Hijo de Dios. La muestra oculta. Pero realmente presente. Es signo, pero signo en el que está de veras la Presencia sin rostro. Entonces, la búsqueda continúa, pero segura del lugar al que dirigir los pasos, del lugar privilegiado en el que está asegurado el encuentro en la fe.

Por eso, la mirada de Francisco sobre el Sacramento del Cuerpo y Sangre de Cristo se vuelve insistente. Seguro ya de tener, quiere todavía descubrir más. Sostenido por el ardor de su deseo, se para, se aferra. Con toda su hambre, devora literalmente el Pan de Vida, que se entrega a la fe viva. Y el «Misterio de la fe» en toda su amplitud y profundidad se abre a él, se ofrece a la captura de su corazón puro. Desde luego, Francisco se quedará con las ganas de ver el Rostro. Esas ganas incluso irán en aumento, avivando el fervor de la espera de «la Tierra de los Vivientes».

Veamos, a continuación, al menos lo que esta mirada descubrió y asimiló.






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