martes, 20 de junio de 2017

Año Cristiano Franciscano

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DÍA 21 DE JUNIO

 

SAN LUIS GONZAGA. Nació en 1568 cerca de Mantua (Italia), siendo el heredero del primer marqués de Castiglione. Aunque dio unos primeros pasos de iniciación en la vida militar y aristocrática, muy pronto se sintió inclinado a la vida religiosa. De 1581 a 1584 estuvo en Madrid como paje del príncipe don Diego, y allí se sintió inspirado a hacerse jesuita. Después de superar la oposición de su padre, renunció a sus derechos en favor de su hermano, ingresó en la Compañía de Jesús en 1585 e inició sus estudios de teología en Roma. Había recibido la primera comunión de manos de san Carlos Borromeo, y en la Compañía tuvo por padre espiritual a san Roberto Belarmino. Su vida fue ejemplo de austeridad y dominio de sí mismo y, sobre todo, de entrega el servicio de los demás. En 1591 estalló la peste de tabardillo, y Luis se ofreció a asistir a los enfermos. Mientras transportaba a un apestado al hospital, se contagió él mismo. Murió en la enfermería del Colegio Romano el 21 de junio de 1591, a los 23 años de edad.- Oración: Señor Dios, dispensador de los dones celestiales, que has querido juntar en san Luis Gonzaga una admirable inocencia de vida y un austero espíritu de penitencia, concédenos, por su intercesión, que, si no hemos sabido imitarle en su vida inocente, sigamos fielmente sus ejemplos en la penitencia. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.



SAN JOSÉ ISABEL FLORES VARELA. Nació en Santa María de la Paz (Guadalajara, México) el año 1866, y se ordenó de sacerdote en Guadalajara en 1896. Fue capellán de Matatlán, en la parroquia de Zapotlanejo, y durante 26 años derramó la caridad de su ministerio en esa capellanía, siendo para todos un padre bondadoso y abnegado que los edificó con su pobreza, su espíritu de sacrificio, su piedad y su sabiduría. Un antiguo compañero, a quien el Padre Flores había protegido, lo denunció ante el cacique de Zapotlanejo y fue apresado el 18 de junio de 1927, cuando se encaminaba a una ranchería para celebrar la Eucaristía. Fue encerrado en un lugar degradante, atado y maltratado. El 21 de junio de 1927 fue conducido al camposanto de Zapotlanejo. Intentaron ahorcarlo pero no pudieron. Ordenó el jefe que le dispararan. Misteriosamente las armas no hicieron fuego contra el Padre Flores por lo que uno de aquellos asesinos sacó un gran cuchillo y degolló al valeroso mártir.


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San Juan Rigby. Nació en Harrock Hall (Inglaterra) hacia 1570 en el seno de una familia católica. Se colocó de criado en una familia protestante y, para no ser denunciado, participaba en sus actos de culto. Se arrepintió de ello y pasó a servir a una familia católica. Cuando juzgaron a los miembros de esta familia porque no acudían a los cultos reformados, él declaró como testigo y entonces averiguaron que tampoco él iba a la iglesia protestante. Lo arrestaron y lo encarcelaron, lo torturaron y lo condenaron porque se negaba a apostatar. El día de la ejecución se le ofreció de nuevo la libertad si acudía a la iglesia protestante y demás. El año 1600, en Londres, lo ahorcaron y aún vivo lo descuartizaron, después de perdonar él a sus verdugos.

San Leutfrido. Nació en la región de Évreux (Neustria, Francia) en el seno de una familia noble. Estudió en Chartres y, de nuevo en su tierra, fue maestro de niños y jóvenes. Pero dejó su casa para seguir su vocación religiosa. En Rouen recibió el hábito religioso de manos de san Sidonio. Años más tarde volvió a Évreux y fundó el monasterio de La-Croix-Saint-Ouen que pronto se llenó de monjes. Junto al monasterio fundó también un asilo para pobres. Después de gobernar como abad su monasterio durante casi cincuenta años, murió el 738.

San Meveno (o Meen). Nació en Gales y, acompañado de san Austolo, siguió a san Sansón, primero a Cornualles y después a Dol en Bretaña (Francia), donde fundó el monasterio de Saint-Méon en la selva de Broceliande. Allí vivió santamente y allí murió a edad muy avanzada en una fecha desconocida del siglo VI.

San Radulfo (o Rodolfo) de Bourges. Nació en Cahors (Francia) de familia noble a comienzos del siglo IX. Se educó en la abadía de Solignac, en la que profesó como monje. El año 840 fue elegido obispo de Bourges, en Aquitania. Fue amante de la disciplina eclesiástica. Publicó la Instrucción pastoral con oportunas normas sobre la liturgia y la vida del clero y de la comunidad cristiana. Murió el año 866.

San Raimundo (o Ramón) de Roda. Nació en Durban, en la diócesis francesa de Coutances, a mediados del siglo XI. Bien educado cultural y religiosamente por su familia, ingresó en el convento de Canónigos Regulares de San Antonino, de Fredoles, cerca de Toulouse; allí se ordenó de sacerdote y se acreditó como prior. El año 1104 fue elegido obispo de Roda, sede que más tarde trasladó a Barbastro (Huesca, España). Cuidó la edificación de nuevas iglesias, el esplendor del culto, la santidad de vida del clero y de los fieles. Murió en Huesca el año 1126.

Beato Santiago Morelle Dupas. Nació en Ruffec, entonces diócesis de Poitiers (Francia), en 1754. Ordenado de sacerdote, estuvo ejerciendo de forma pacífica el ministerio parroquial en su pueblo hasta que llegó la Revolución Francesa. Juró la constitución civil del clero, pero con cláusulas restrictivas que salvaguardaban su firmeza en la fe y su fidelidad a la Iglesia. Pudo seguir de momento en su parroquia, pero pronto lo arrestaron y lo condenaron a la deportación. Lo embarcaron en el pontón «Deux Associés», anclado frente a Rochefort, donde murió de inanición en 1794 a causa de las miserias del lugar y los malos tratos que recibió.

Beato Tomás de Orvieto. Nació en Orvieto (Umbría, Italia), hacia el año 1300, en el seno de una famillia que le infundió un profundó amor a la Virgen. De joven ingresó en la Orden de los Siervos de María (Servitas), en su ciudad natal, en calidad de hermano laico. Los superiores le confiaron el oficio de limosnero, que él ejerció con humildad y bondad, admirando a todos por su espíritu de oración. Murió en Orvieto el año 1343.

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PARA TENER EL ESPÍRITU DE ORACIÓN Y DEVOCIÓN

Pensamiento bíblico:

«Junto a la cruz de Jesús estaba su madre... Jesús, al ver a su madre y cerca al discípulo que tanto quería, dijo a su madre: "Mujer, ahí tienes a tu hijo". Luego dijo al discípulo: "Ahí tienes a tu madre". Y desde aquella hora, el discípulo la recibió en su casa». Poco después, «cuando Jesús tomó el vinagre, dijo: "Todo está cumplido". E inclinando la cabeza entregó el espíritu» (Jn 19,25-30).

Pensamiento franciscano:

Decía san Francisco a los sacerdotes: -Oídme, hermanos míos: si la bienaventurada Virgen es tan honrada, como es digno, porque llevó al Señor en su santísimo seno; si el Bautista se estremeció y no se atrevía a tocar la cabeza santa de Dios; si el sepulcro, en el que yació por algún tiempo, es venerado, ¡cuán santo, justo y digno debe ser quien toca con sus manos, toma en su corazón y en su boca y da a los demás para que lo tomen, al que ya no ha de morir, sino que ha de vivir eternamente y ha sido glorificado! (CtaO 21-22).

Orar con la Iglesia:

Invoquemos a Dios Padre, que eligió a María para madre de su Hijo Unigénito.

-Señor Dios, tú que quisiste que María concibiera por obra del Espíritu Santo, otórganos por intercesión de la Virgen los frutos de este Espíritu.

-María meditaba tus palabras, guardándolas en su corazón; haz que también nosotros las acojamos, guardemos y meditemos.

-Señor Jesús, te damos gracias porque nos has dado a María como madre; santifícanos por su intercesión.

-Tú que diste a María fuerza para permanecer al pie de la cruz, confórtanos en la tribulación y reanima nuestra esperanza.

Oración: Acoge, Padre, nuestras súplicas y derrama sobre nosotros la fuerza de tu Espíritu para que, siguiendo el ejemplo de María, obedezcamos siempre la voz de tu Hijo. Que vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.

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LA EUCARISTÍA Y LA VIRGEN MARÍA
Benedicto XVI, Exhortación «Sacramentum caritatis», n. 33

La relación entre la Eucaristía y cada sacramento, y el significado escatológico de los santos Misterios, ofrecen en su conjunto el perfil de la vida cristiana, llamada a ser en todo momento culto espiritual, ofrenda de sí misma agradable a Dios. Y si bien es cierto que todos nosotros estamos todavía en camino hacia el pleno cumplimiento de nuestra esperanza, esto no quita que se pueda reconocer ya ahora, con gratitud, que todo lo que Dios nos ha dado encuentra realización perfecta en la Virgen María, Madre de Dios y Madre nuestra: su Asunción al cielo en cuerpo y alma es para nosotros un signo de esperanza segura, ya que, como peregrinos en el tiempo, nos indica la meta escatológica que el sacramento de la Eucaristía nos hace pregustar ya desde ahora.

En María Santísima vemos también perfectamente realizado el modo sacramental con que Dios, en su iniciativa salvadora, se acerca e implica a la criatura humana. María de Nazaret, desde la Anunciación a Pentecostés, aparece como la persona cuya libertad está totalmente disponible a la voluntad de Dios. Su Inmaculada Concepción se manifiesta claramente en la docilidad incondicional a la Palabra divina. La fe obediente es la forma que asume su vida en cada instante ante la acción de Dios. La Virgen, siempre a la escucha, vive en plena sintonía con la voluntad divina; conserva en su corazón las palabras que le vienen de Dios y, formando con ellas como un mosaico, aprende a comprenderlas más a fondo (cf. Lc 2,19.51). María es la gran creyente que, llena de confianza, se pone en las manos de Dios, abandonándose a su voluntad.

Este misterio se intensifica hasta a llegar a la total implicación en la misión redentora de Jesús. Como afirmó el Concilio Vaticano II, «la Bienaventurada Virgen avanzó en la peregrinación de la fe y mantuvo fielmente la unión con su Hijo hasta la cruz. Allí, por voluntad de Dios, estuvo de pie (cf. Jn 19,25), sufrió intensamente con su Hijo y se unió a su sacrificio con corazón de Madre que, llena de amor, daba su consentimiento a la inmolación de su Hijo como víctima. Finalmente, Jesucristo, agonizando en la cruz, la dio como madre al discípulo con estas palabras: Mujer, ahí tienes a tu hijo» (Const. LG 58). Desde la Anunciación hasta la Cruz, María es aquella que acoge la Palabra que se hizo carne en ella y que enmudece en el silencio de la muerte. Finalmente, ella es quien recibe en sus brazos el cuerpo entregado, ya exánime, de Aquél que de verdad ha amado a los suyos «hasta el extremo» (Jn 13,1).

Por esto, cada vez que en la Liturgia eucarística nos acercamos al Cuerpo y Sangre de Cristo, nos dirigimos también a Ella que, adhiriéndose plenamente al sacrificio de Cristo, lo ha acogido para toda la Iglesia. Los Padres sinodales han afirmado que «María inaugura la participación de la Iglesia en el sacrificio del Redentor». Ella es la Inmaculada que acoge incondicionalmente el don de Dios y, de esa manera, se asocia a la obra de la salvación. María de Nazaret, icono de la Iglesia naciente, es el modelo de cómo cada uno de nosotros está llamado a recibir el don que Jesús hace de sí mismo en la Eucaristía.

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CANTARÉ ETERNAMENTE
LAS MISERICORDIAS DEL SEÑOR
De una carta de san Luis Gonzaga a su madre

Pido para ti, ilustre señora, que goces siempre de la gracia y del consuelo del Espíritu Santo. Al llegar tu carta, me encuentro todavía en esta región de los muertos. Pero un día u otro ha de llegar el momento de volar al cielo, para alabar al Dios eterno en la tierra de los que viven. Yo esperaba poco ha que habría realizado ya este viaje antes de ahora. Si la caridad consiste, como dice san Pablo, en estar alegres con los que ríen y llorar con los que lloran, ha de ser inmensa tu alegría, madre ilustre, al pensar que Dios me llama a la verdadera alegría, que pronto poseeré con la seguridad de no perderla jamás.

Te he de confesar, ilustre señora, que, al sumergir mi pensamiento en la consideración de la divina bondad, que es como un mar sin fondo ni litoral, no me siento digno de su inmensidad, ya que él, a cambio de un trabajo tan breve y exiguo, me invita al descanso eterno y me llama desde el cielo a la suprema felicidad, que con tanta negligencia he buscado, y me promete el premio de unas lágrimas que tan parcamente he derramado.

Considéralo una y otra vez, ilustre señora, y guárdate de menospreciar esta infinita benignidad de Dios, que es lo que harías si lloraras como muerto al que vive en la presencia de Dios y que, con su intercesión, puede ayudarte en tus asuntos mucho más que cuando vivía en este mundo. Esta separación no será muy larga; volveremos a encontrarnos en el cielo, y todos juntos, unidos a nuestro Salvador, lo alabaremos con toda la fuerza de nuestro espíritu y cantaremos eternamente sus misericordias, gozando de una felicidad sin fin. Al morir, nos quita lo que antes nos había prestado, con el solo fin de guardarlo en un lugar más inmune y seguro, y para enriquecernos con unos bienes que superan nuestros deseos.

Todo esto lo digo solamente para expresar mi deseo de que tú, ilustre señora, así como los demás miembros de mi familia, consideréis mi partida de este mundo como un motivo de gozo, y para que no me falte tu bendición materna en el momento de atravesar este mar hasta llegar a la orilla en donde tengo puestas todas mis esperanzas. Así te he escrito, porque estoy convencido de que ésta es la mejor manera de demostrarte el amor y respeto que te debo como hijo.

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FE Y VIDA EUCARÍSTICAS
DE FRANCISCO DE ASÍS (I)
por Jean Pelvet, ofmcap

«Fervor ardiente», «asombro»: tales son las palabras que afluyen a la mente de Tomás de Celano cuando evoca la actitud de Francisco para con la Eucaristía: «Ardía en fervor, que le penetraba hasta la médula, para con el sacramento del cuerpo del Señor, admirando locamente su cara condescendencia y su condescendiente caridad» (2 Cel 201). Las expresiones personales de Francisco confirman este testimonio. Pero sobre todo, al revelarnos su propia mirada sobre el «Sacramento del Cuerpo y Sangre de nuestro Señor Jesucristo», nos muestran la fe sólida, amplia, profunda, viva, que está en el origen de un tal fervor y asombro.

Esforzarnos por penetrar en esa mirada de fe puede ser para nosotros una de las maneras de caminar hacia una mejor comprensión de la Eucaristía. Y esto nos puede llevar -¡ojalá que así sea!- a compartir el fervor y asombro de Francisco ante el «Misterio de la fe», que la Iglesia, siglo tras siglo, contempla y penetra cada vez más profundamente como el centro de su vida.

La fe de Francisco en la Eucaristía es asombrosa. Aunque muy marcada por su tiempo, no queda encerrada en él. Algunas de sus expresiones llevan el sello de las cuestiones que preocuparon a la Iglesia en el siglo XIII. Pero la mayor parte de ellas puede resistir, sin doblegarse ni distorsionarse, la confrontación con nuestra visión actual del «Sacramento pascual». ¿No es siempre mucho más rica y amplia la fe viva que la representación consciente que de ella propone el lenguaje de una época, influenciado por las circunstancias y necesidades del momento? En el corazón del creyente Francisco, la memoria de la Iglesia depositó sus tesoros... que las arcas del Concilio IV de Letrán no podían contener. En esa misma memoria viva beberá el Concilio Vaticano II... que tampoco la ha agotado. Porque esa memoria posee la riqueza de toda la Revelación, cuyo inventario jamás se cerrará, porque es inagotable.

Tal vez el historiador se sonreirá de esta «pretendida actualidad» de la fe de Francisco en la Eucaristía. Pero el hijo se asombra al descubrir en el pan que come, el sabor de las espigas que han germinado en el campo de su padre, y en el vino que bebe, el aroma de los racimos madurados en su viña. Tal es mi propósito: compartir el descubrimiento gozoso y la sorpresa... de que la fe de Francisco en la Eucaristía es tan viva y profunda, que no está «superada».

Evocaré primeramente el «descubrimiento» de la Eucaristía por Francisco, tal como él nos lo confía en su Testamento. Luego intentaré descubrir en sus propias expresiones el afloramiento de su fe vivida, en toda su amplitud, anotando de paso las huellas perceptibles que la acción del «Sacramento pascual» dejó en su vida profunda.











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