lunes, 19 de junio de 2017

Año Cristiano Franciscano


DÍA 20 DE JUNIO



SAN JUAN DE MATERA. Pertenece al grupo de los santos reformadores del monacato del siglo XII en la Italia meridional. Nació en Matera, al sur de Italia, el año 1070, de familia noble y rica. De joven se trasladó a Taranto y estuvo con los monjes basilianos de la isla de San Pedro. Peregrinó por Calabria y por Sicilia llevando vida de penitencia y renuncia. En Ginosa se dio a conocer como buen predicador. Decidió ir en peregrinación a Palestina, pero al llegar a Bari comprendió que su misión tenía que desarrollarse allí. Después de un período dedicado a la predicación, se estableció cerca de Pulsano, donde fundó una comunidad que seguía un estilo de vida muy austero y que pronto tuvo cincuenta monjes. Después fundó el monasterio de Santiago en Foggia y otros monasterios más, masculinos y femeninos, por la región del monte Gargano. Así se formó la Congregación de Pulsano que seguía la Regla de San Benito. Murió en Foggia el 20 de junio de 1139.




BEATO DERMICIO (Dermot) O'HURLEY y compañeros mártires. El 27 de septiembre de 1992, Juan Pablo II beatificó a 17 mártires irlandeses que murieron entre 1579 y 1654. Entre ellos hay cuatro franciscanos, a los que recordamos el día de su martirio: Patricio O'Healy y Conn O'Rourke el 13 de agosto, Conor O'Devanyel 1 de febrero y Juan Kearneyel 11 de marzo. El grupo está encabezado por Dermicio O'Hurley, arzobispo de Cashel, que fue ahorcado en Dublín el 20 de junio de 1584, fecha en que se celebra la memoria colectiva de todos ellos. Dermicio nació en Emly (Irlanda) el año 1530 en el seno de una familia acomodada. Se doctoró en derecho en Lovaina, donde permaneció quince años, luego pasó otros cuatro en Reims y, en 1570, marchó a Roma. Atendiendo a su piedad y su saber, en 1581 el papa Gregorio XIII lo eligió arzobispo de Cashel aunque aún era seglar, por lo que el mismo Pontífice lo consagró obispo. Volvió a Irlanda en 1583 y tuvo que vivir en clandestinidad. Lo buscaban y, para no perjudicar a uno de sus patrocinadores, se presentó a las autoridades. Lo torturaron con saña física y moralmente esperando su defección. Al no conseguirla, lo ahorcaron en Dublín el año 1584, bajo el reinado de Isabel I.



BEATA MARGARITA BALL. Nació en la baronía de Skreen (Irlanda) hacia el año 1515 en el seno de una familia distinguida. A los quince años contrajo matrimonio con un hombre notable. Tuvo veinte hijos, de los que sobrevivieron cinco. Cuando en 1568, después de 38 años de matrimonio, quedó viuda, quiso dedicar su tiempo a alguna obra buena y abrió en su casa una escuela para la formación de niños y jóvenes de familias católicas, que tuvo éxito por la instrucción, la buena educación y la piedad que infundía en los alumnos. A pesar del riesgo que corría, no tuvo inconveniente en acoger en su casa a sacerdotes católicos, hasta que en 1570 fue denunciada y encarcelada. Consiguió la libertad con dinero e influencias, y continuó su labor educativa y apostólica. Después el problema lo tuvo en su casa: cuatro de sus hijos eran católicos, pero el mayor era protestante decidido y llevó a su madre con malos modos ante el tribunal. La metieron en la cárcel, donde padeció tanto que su salud se resquebrajó y murió en una fecha desconocida del año 1584 en Dublín.

* * *

San Gobán (o Gobain). Nació en Irlanda y en Inglaterra se hizo discípulo de san Fusco con quien, después de abrazar la vida monástica, pasó a Francia. Se ordenó de sacerdote y se entregó a la vida solitaria por los bosques del territorio de Laon en Neustria (Francia). Murió el año 670.

San Metodio de Olimpo. Nació en Licia de Asia Menor (Turquía) en el siglo III, y fue obispo de Olimpo. Sufrió el martirio durante la persecución del emperador Diocleciano, en torno al año 312. Tenía una cultura amplia, fue un teólogo notable y un escritor elegante. Aunque respetaba mucho a Orígenes, combatió algunas de sus tesis heréticas.

Beato Francisco Pacheco y compañeros mártires. Son en total nueve mártires de la Compañía de Jesús, tres de los cuales eran sacerdotes y los otros eran hermanos profesos, catequistas y colaboradores de los misioneros, y todos fueron quemados vivos en Nagasaki (Japón) el año 1626 por odio a la fe cristiana. Francisco Pacheco, sacerdote, nació en Ponte de Lima (Portugal) el año 1565, y llegó a Japón en 1604, donde fue provincial de los jesuitas y vicario general de la diócesis. Baltasar de Torres, sacerdote, nació en Granada (España) el año 1563 y llegó a Japón en 1600. Juan Bautista Zola, sacerdote, nació en Brescia (Italia) el año 1575, y en 1602 marchó a la India, de donde pasó a Japón. Vicente Kaun era coreano, y los otros cinco hermanos eran japoneses: Pedro Rinsei, Juan Kisaku, Pablo Kinsuke, Miguel Tozo y Gaspar Sadamatsu.

Beata Margarita Ebner. Nació en el seno de una familia acomodada en torno al año 1291. A los 15 años entró en el convento de dominicas de Mödingen en Baviera (Alemania). Allí pasó toda su vida excepto la temporada que, a causa de la guerra, tuvo que estar con su familia. Padeció varias enfermedades graves y la afectaron serias pruebas interiores. Su director espiritual, que la ayudó mucho, la animó a escribir su diario, en el que se refleja su vida humilde, devota y caritativa. Murió en 1351.

Beato Tomás Whitbread y compañeros mártires. Se trata de cinco sacerdotes jesuitas ingleses que, falsamente acusados por Titus Oates de conspiración y traición contra el rey Carlos II de Inglaterra, fueron ejecutados en la plaza de Tyburn de Londres el año 1679; en verdad fueron martirizados por su sacerdocio ejercido en Inglaterra y por su fe católica. Estos beatos son: Tomás Whitbread, Guillermo Harcourt, Juan Fenwich, Juan Gavan y Antonio Turner.

* * *



PARA TENER EL ESPÍRITU DE ORACIÓN Y DEVOCIÓN

Pensamiento bíblico:

En el Calvario, los soldados quebraron las piernas de los crucificados con Cristo. «Pero al llegar a Jesús, viendo que ya había muerto, no le quebraron las piernas, sino que uno de los soldados con la lanza le traspasó el costado y al punto salió sangre y agua. Esto ocurrió para que se cumpliera la Escritura... "Mirarán al que atravesaron"» (Jn 20,32-36).

Pensamiento franciscano:

San Buenaventura dice de san Francisco: «Su amor al sacramento del cuerpo del Señor era un fuego que abrasaba todo su ser, sumergiéndose en sumo estupor al contemplar tal condescendencia amorosa y un amor tan condescendiente. Comulgaba frecuentemente y con tal devoción, que contagiaba su fervor a los demás, y al degustar la suavidad del Cordero inmaculado, era muchas veces, como ebrio de espíritu, arrebatado en éxtasis» (LM 9,2).

Orar con la Iglesia:

Oremos confiadamente al Padre por el bien de todos los hombres.

-Por la santa Iglesia de Dios: para que de todos los confines del mundo sea congregada en la unidad que brota de la Eucaristía.

-Por todos los pueblos: para que el Señor les ayude a realizar su pleno y verdadero desarrollo.

-Por lo enfermos y por cuantos sufren: para que la Eucaristía robustezca su esperanza y sea su consuelo.

-Por todos los creyentes: para que celebremos la Eucaristía, la prenda del reino futuro, dando testimonio de caridad en la tierra.

Oración: Oh Dios, que no cesas de alimentar a tu Iglesia con los misterios del Cuerpo y de la Sangre de tu Hijo, haz que encontremos nuestro gozo en la riqueza de tus dones. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

* * *

EUCARISTÍA E IGLESIA
Benedicto XVI, Exhortación «Sacramentum caritatis», nn. 14-15

Por el Sacramento eucarístico Jesús incorpora a los fieles a su propia «hora»; de este modo nos muestra la unión que ha querido establecer entre Él y nosotros, entre su persona y la Iglesia. En efecto, Cristo mismo, en el sacrificio de la cruz, ha engendrado a la Iglesia como su esposa y su cuerpo. Los Padres de la Iglesia han meditado mucho sobre la relación entre el origen de Eva del costado de Adán mientras dormía y de la nueva Eva, la Iglesia, del costado abierto de Cristo, sumido en el sueño de la muerte: del costado traspasado, dice Juan, salió sangre y agua, símbolo de los sacramentos (Const. LG 3). Contemplar «al que atravesaron» (Jn 19,37) nos lleva a considerar la unión causal entre el sacrificio de Cristo, la Eucaristía y la Iglesia. En efecto, la Iglesia «vive de la Eucaristía» ( Ecclesia de Eucharistia, 1). Ya que en ella se hace presente el sacrificio redentor de Cristo, se tiene que reconocer ante todo que «hay un influjo causal de la Eucaristía en los orígenes mismos de la Iglesia» ( Ibid. 21).

La Eucaristía es Cristo que se nos entrega, edificándonos continuamente como su cuerpo. Por tanto, en la sugestiva correlación entre la Eucaristía que edifica la Iglesia y la Iglesia que hace a su vez la Eucaristía, la primera afirmación expresa la causa primaria: la Iglesia puede celebrar y adorar el misterio de Cristo presente en la Eucaristía precisamente porque el mismo Cristo se ha entregado antes a ella en el sacrificio de la Cruz. La posibilidad que tiene la Iglesia de «hacer» la Eucaristía tiene su raíz en la donación que Cristo le ha hecho de sí mismo. Descubrimos también aquí un aspecto elocuente de la fórmula de san Juan: «Él nos ha amado primero» (1 Jn 4,19). Así, también nosotros confesamos en cada celebración la primacía del don de Cristo. En definitiva, el influjo causal de la Eucaristía en el origen de la Iglesia revela la precedencia no sólo cronológica sino también ontológica del habernos «amado primero». Él es quien eternamente nos ama primero.

La Eucaristía es, pues, constitutiva del ser y del actuar de la Iglesia. Por eso la antigüedad cristiana designó con las mismas palabras Corpus Christi el Cuerpo nacido de la Virgen María, el Cuerpo eucarístico y el Cuerpo eclesial de Cristo. Este dato, muy presente en la tradición, ayuda a aumentar en nosotros la conciencia de que no se puede separar a Cristo de la Iglesia. El Señor Jesús, ofreciéndose a sí mismo en sacrificio por nosotros, anunció eficazmente en su donación el misterio de la Iglesia. Es significativo que en la segunda plegaria eucarística, al invocar al Paráclito, se formule de este modo la oración por la unidad de la Iglesia: «que el Espíritu Santo congregue en la unidad a cuantos participamos del Cuerpo y Sangre de Cristo». Este pasaje permite comprender bien que la res del Sacramento eucarístico incluye la unidad de los fieles en la comunión eclesial. La Eucaristía se muestra así en las raíces de la Iglesia como misterio de comunión.

* * *

HE DESEADO ENORMEMENTE
COMER ESTA COMIDA PASCUAL
De los sermones de san Juan Crisóstomo

Durante la cena, Jesús cogió el pan y lo partió. ¿Por qué instituyó este misterio durante la Pascua? Para que deduzcas de todos sus actos que él fue el legislador del antiguo Testamento, y que todas las cosas que en él se contienen fueron esbozadas con vistas a la nueva alianza. Por eso, donde estaba la figura, Cristo entronizó la verdad. La tarde era el símbolo de la plenitud de los tiempos, e indicaba que las cosas estaban tocando ya su fin. Pronunció la bendición, enseñándonos cómo hemos de celebrar nosotros este misterio, mostrando que no va forzado a la pasión y preparándonos a nosotros para que todo cuanto suframos lo sepamos soportar con hacimiento de gracias, y sacando del sufrimiento un refuerzo de la esperanza.

Pues si ya el tipo o la figura fue capaz de liberar de una tan grande esclavitud, con más razón liberará la verdad a la redondez de la tierra y redundará en beneficio de nuestra raza. Por eso Cristo no instituyó antes este misterio, sino tan sólo en el momento en que estaban para cesar las prescripciones legales. Abolió la más importante de las solemnidades judaicas, convocando a los judíos en torno a otra mesa mucho más santa, y dijo: Tomad y comed: esto es mi cuerpo, que será entregado por vosotros.

Y ¿cómo no se turbaron al oír esto? Porque ya antes Cristo les había dicho muchas y grandes cosas de este misterio. Por eso ahora no se extiende en explicaciones, pues ya habían oído bastante sobre esta materia. En cambio, sí que les dice cuál es la causa de la pasión: el perdón de los pecados. Llama a su sangre «sangre de la nueva alianza», es decir, de la promesa y de la nueva ley. En efecto, esto es lo que ya antiguamente había prometido y lo confirma la nueva alianza. Y así como la antigua alianza ofreció ovejas y novillos, la nueva ofrece la sangre del Señor. Insinúa además en este pasaje que él tenía que morir: por eso hace alusión al testamento y menciona asimismo el antiguo: de ahí que tampoco faltase sangre en la inauguración de la primera alianza. Nuevamente declara la causa de su muerte: Que será derramada por muchos para el perdón de los pecados. Y añade: Haced esto en conmemoración mía.

¿No os dais cuenta cómo retrae y aparta a sus discípulos de los ritos judaicos? Que es como si dijera: Vosotros celebrabais aquella cena en conmemoración de los prodigios obrados en Egipto; celebrad la nueva cena en conmemoración mía. Aquella sangre fue derramada para salvar a los primogénitos; ésta, para el perdón de los pecados de todo el mundo. Esta es mi sangre -dice- que será derramada para el perdón de los pecados. Dijo esto, sin duda, tanto para demostrar que la pasión y la muerte son un misterio, como para, de esta forma, consolar nuevamente a sus discípulos. Y así como Moisés dijo: Es ley perpetua para vosotros, así dijo también él: En conmemoración mía, hasta que vuelva. Por eso afirma: He deseado enormemente comer esta comida pascual; es decir, he deseado haceros entrega de esta nueva realidad, daros una pascua con la cual os convertiré en hombres espirituales.

Y él mismo bebió también de él. Para evitar que al oír estas palabras replicasen: ¿Cómo? ¿Vamos a beber sangre y a comer carne?, y se escandalizaran -pues hablando en otra ocasión de este tema, muchos se escandalizaron de sus palabras-; pues bien, para que no tuvieran motivo de escándalo, él es el primero en dar ejemplo, induciéndolos a participar en estos misterios con ánimo tranquilo. Por esta razón, él mismo bebió su sangre.

* * *

SANTA CLARA DE ASÍS Y LA EUCARISTÍA (y VII) 
por René-Charles Dhont, ofm

FERVOR DE LAS COMUNIONES DE CLARA (II)

Sin duda, toda la vida contemplativa es un paso hacia Dios. La comunión es, sin embargo, el medio por excelencia para realizar este tránsito: en ella tiene lugar la identificación con Cristo pascual, en ella se «lleva a cabo nuestra Pascua», como dice san Buenaventura.

El recuerdo del milagro de San Damián debía seguir iluminando esta visión sobrenatural. Si Cristo eucarístico proporcionó a las hermanas la salvación temporal, ¡con cuánta mayor razón esta misma Eucaristía dará la salvación eterna a quienes le acogen en la comunión, según la frase del Señor: «Quien come de este pan tiene la vida eterna»! (cf. Jn 6,48-64). Francisco ve también en este alimento que es Cristo, «al que ya no ha de morir, sino que ha de vivir eternamente y ha sido glorificado» (CtaO 22), es decir, al Señor que continúa en la gloria la obra de la Redención del mundo.

Fruto maravilloso que supone sin embargo en quien lo espera un corazón bien dispuesto. Si la Virgen María engendró a Cristo en su carne porque antes lo había concebido en su corazón por la fe, de la misma manera el alumbramiento de Dios por la recepción del Cuerpo de Cristo supone un alma purificada y en tensión hacia «el mundo que viene» (cf. CtaCla 3).

«El efecto de utilidad de la eucaristía, nota san Buenaventura, se obtiene según la intensidad de la buena voluntad y según la grandeza de la vida y de la santidad».

Clara no hace del sacramento un rito mágico, sino la acogida sacramental de Aquél cuya salvación se ha aceptado ya en el propio corazón y en la propia vida por la fe y el amor. Cuando en la oración de las cinco llagas pide recibir «para la salvación eterna el sacramento del Cuerpo y de la Sangre del Señor», añade inmediatamente: «Tras la confesión leal y contrita de mis pecados, una perfecta penitencia, con toda pureza de alma y de cuerpo».

El Proceso de canonización precisa aún más esta actitud de fe. Recordémoslo: «Madonna Clara se confesaba frecuentemente y con gran devoción y temblor recibía el santo sacramento del Cuerpo de nuestro Señor Jesucristo, hasta el extremo de que, cuando lo recibía, temblaba toda» (Proceso 2,11). Y la hermana Felipa añade, evocando sus recuerdos: «La bienaventurada madre tuvo especialmente la gracia de abundantes lágrimas, con gran compasión para con las hermanas y los afligidos. Y lloraba copiosamente, sobre todo cuando recibía el Cuerpo de nuestro Señor Jesucristo» (Proceso 3,7).

Cristo, recibido en un alma tan perfectamente preparada, podía desplegar libremente en ella todo su poder vivificante e introducir a su esposa cada día más en su Misterio. No se nos ha desvelado el secreto de tal intimidad. Se transparenta, sin embargo, a través de una visión con que fue favorecida sor Francisca y en algunas palabras pronunciadas por Clara tres años antes de su muerte: «Creyendo en cierta ocasión las hermanas que la bienaventurada madre estaba a punto de morir y que el sacerdote le debía administrar la sagrada comunión del Cuerpo de nuestro Señor Jesucristo, la testigo vio sobre la cabeza de la dicha madre santa Clara un resplandor muy grande; y le pareció que el Cuerpo del Señor era un niño pequeño y muy hermoso. Y luego que la santa madre lo hubo recibido con mucha devoción, como acostumbraba siempre, dijo estas palabras: "Tan gran beneficio me ha hecho Dios hoy, que el cielo y la tierra no se le pueden comparar"» (Proceso 9,10).

La venida de Cristo en persona, en el resplandor de la luz y la exclamación jubilosa de la santa, son signos reveladores de la unión mística cuya experiencia beatificante vivía Clara. Su enardecido amor a Cristo, que la impulsaba con celo apasionado a la búsqueda de su Amado en la contemplación y en la imitación, hallaba su consumación, en cuanto es posible en la tierra, en la comunión del Cuerpo de Cristo, preludio de la comunión en la gloria. Los grandes maestros franciscanos, san Buenaventura en particular, afirman la importancia primordial de la comunión en la vida mística. A una con la contemplación, «la Eucaristía es el gran sacramento de la experiencia mística», según la escuela franciscana, concluye E. Longpré. Para Clara, que había saboreado las primicias de la gloria en la Eucaristía, no cabía ya sino una carrera más fervorosa aún hacia Aquel que la esperaba para saciarla en la comunión eterna.

















No hay comentarios:

Publicar un comentario