domingo, 18 de junio de 2017

Año Cristiano Franciscano



DÍA 19 DE JUNIO

 

SAN ROMUALDO. Anacoreta y padre de los monjes Camaldulenses, nació en Ravena (Italia) hacia el año 952, de la noble familia ducal de los Onesti. Llevaba vida disipada cuando presenció cómo, en un duelo, su padre mataba a otro hombre, lo que le indujo a retirarse en un monasterio y a buscar luego la vida eremítica. Durante años estuvo recorriendo diversos países en busca de soledad y edificando pequeños monasterios, a la vez que reformaba otros. El año 1023 realizó una fundación en Camaldoli, en los alrededores de Arezzo, que con el tiempo se convirtió en la casa madre de la Orden Camaldulense. Murió el 18 de junio del año 1027 en el eremitorio de Val di Castro, cerca de Fabriano (Italia).- Oración Oh Dios, que has renovado en tu Iglesia la vida eremítica por medio del abad san Romualdo, haz que, negándonos a nosotros mismos para seguir a Cristo, merezcamos llegar felizmente al reino de los cielos. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.




SANTA JULIANA FALCONIERI. Nació en Florencia el año 1270, en el seno de una familia noble y rica. Era sobrina de san Alejo, uno de los siete fundadores de la Orden de los Siervos de María. Dios le otorgó abundantes dones naturales y sobrenaturales. De joven, impactada por las palabras de su tío Alejo, rehusó contraer matrimonio y decidió consagrar su vida a Dios. Junto con algunas compañeras vistió el velo de las «mantelatas», que eran como Terciarias Servitas. Después permaneció en su casa llevando una intensa vida de oración y penitencia, y manteniendo el contacto con las demás mantelatas, con las que celebraba ejercicios piadosos. Más tarde las mantelatas se organizaron en una vida común, adoptando una Regla inspirada en el carisma de los Servitas. Ella fue la directora y superiora del grupo y como tal la fundadora de las Hermanas de la Orden de los Siervos de María, llamadas, por su hábito, «Mantelatas». Murió en Florencia el año 1341.



BEATA MIGUELINA DE PÉSARO. Nació en Pésaro (Marcas, Italia) el año 1300, de familia muy acomodada. A los doce años fue dada en matrimonio a un joven de los Malatesta, señores de la ciudad, con quien tuvo un hijo. El año 1320, en plena juventud, quedó viuda y poco después murió su hijo. El ejemplo de una amiga la ayudó a superar su dolorosa situación y a encauzar su vida. Renunció a las pompas del mundo, vistió el hábito de la Tercera Orden de San Francisco, distribuyó a los pobres sus riquezas y se consagró a la oración y a la penitencia. No dudó en pedir limosna para sí misma y para los pobres. Luego organizó una hermandad para servir a los pobres, asistir a los enfermos y enterrar a los muertos. Su gran devoción a la pasión de Cristo la llevó a visitar los santos lugares de Tierra Santa. Murió en su ciudad natal el 19 de junio de 1356.

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San Diosdado. Obispo de Nevers (Borgoña, Francia). Vivió en los montes Vosgos, fundó un monasterio cerca de Estrasburgo, del que fue abad y que después recibió su nombre, y murió el año 679.

Santos Gervasio y Protasio. Mártires que fueron decapitados en Milán en una fecha desconocida del siglo II. San Ambrosio ordenó las pertinentes averiguaciones y excavaciones, y se encontraron los cuerpos de los dos santos, que fueron trasladados con toda solemnidad el 19 de junio del año 386 a la nueva basílica construida por el santo obispo. En el traslado se produjo el famoso milagro de la curación de ciego. San Ambrosio estuvo acompañado de san Paulino de Nola y san Agustín.

Santa Ildemarca (o Quildomarca). Abadesa del monasterio de Fécamp, en Neustria (Francia), que acogió y atendió con bondad a san Leodegario, mutilado por Ebroino. Murió el año 682.

San Lamberto de Zaragoza. Es venerado en Zaragoza (España) como mártir, y en su honor se levantó un monasterio en el siglo XVI. Se discute si su martirio tuvo lugar en tiempo del emperador Diocleciano o durante la dominación musulmana en el siglo VIII.

Santos Remigio Isoré y Modesto Andlauer. Sacerdotes jesuitas que, en 1900, fueron martirizados por los Boxer en Wuyi, provincia de Hubei (China), mientras oraban ante el altar. Remigio nació en Bambecque (Norte de Francia) el año 1852. En 1875 ingresó en la Compañía de Jesús. Enseguida lo enviaron a China, donde completó sus estudios y, en 1886, recibió la ordenación sacerdotal. Fue un misionero entregado a su labor de evangelización, enérgico y celoso. Modesto nació en Rosheim (Alsacia, Francia) el año 1847, entró en la Compañía de Jesús en 1872, se ordenó de sacerdote en 1876 y marchó a China en 1882. Era un hombre modesto y humilde, amable y acogedor, de una intensa vida espiritual.

Beata Elena Aiello. Nació en 1895 en Montalto Uffugo (Calabria, Italia). En 1920 intentó abrazar la vida religiosa, pero la falta de salud la obligó a dejar el noviciado. En marzo de 1922 recibió los estigmas de la pasión de Cristo al tiempo que su rostro sudaba sangre, y esto, acompañado de otros fenómenos místicos, se repetirá cada viernes de marzo y especialmente el Viernes Santo. En 1928, con Gina Mazza, dio inicio a la congregación de las Hermanas Mínimas de la Pasión de N. S. Jesucristo, con el objetivo de honrar la Pasión del Señor y socorrer espiritual y materialmente a los pobres, especialmente a la infancia necesitada. Murió en Roma el 19-VI-1961. Beatificada en 2011.

Beato Gerlando. Era oriundo de Alemania, caballero de la Orden de San Juan de Jerusalén, y, en tiempo del emperador Federico II, se encargó de la iglesia de Nuestra Señora del Templo, cerca de Caltagirone (Sicilia). Allí desarrolló una gran actividad benéfica socorriendo a las viudas y a los niños huérfanos, a la vez que llevaba una vida de oración y de penitencia. Murió el año 1279.

Beatos Sebastián Newdigate, Hunfredo Middlemore y Guillermo Exmew. Son tres sacerdotes ingleses, monjes de la Cartuja de Londres, que, después de haber sido torturados, fueron ahorcados y descuartizados en la plaza de Tyburn de Londres, en 1535, por negarse a suscribir la supremacía religiosa de Enrique VIII y por mantener su fidelidad al Papa.

Beato Tomás Woodhouse. Se ordenó de sacerdote en Inglaterra en tiempo de la reina católica María Tudor, y estuvo ejerciendo el ministerio parroquial hasta la llegada de la reina Isabel I. No quiso someterse a las novedades religiosas que introdujo esta soberana y tuvo que abandonar su parroquia. En 1561 fue arrestado por ser sacerdote católico. Pasó doce años en la cárcel, en la que pudo decir misa y hacer apostolado gracias a la benevolencia del director de la misma. En 1572, desde la cárcel, solicitó ser admitido en la Compañía de Jesús, y recibió por carta la admisión a la misma. El 19 de junio de 1573, por defender la primacía papal, fue ejecutado en la plaza de Tyburn de Londres.

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PARA TENER EL ESPÍRITU DE ORACIÓN Y DEVOCIÓN

Pensamiento bíblico:

Jesús dijo a sus discípulos en la Última Cena: -Hijos míos, me queda poco de estar con vosotros. Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros como yo os he amado. La señal por la que conocerán todos que sois discípulos míos será que os amáis unos a otros (Jn 13,33-35).

Pensamiento franciscano:

Dice san Francisco: -Como se mostró el Hijo de Dios a los santos apóstoles en carne verdadera, así también ahora se nos muestra a nosotros en el pan sagrado. Y como ellos, con la mirada de su carne, sólo veían la carne de él, pero, contemplándolo con ojos espirituales, creían que él era Dios, así también nosotros, viendo el pan y el vino con los ojos corporales, veamos y creamos firmemente que es su santísimo cuerpo y sangre vivo y verdadero (Adm 1,19-21).

Orar con la Iglesia:

Oremos a Dios Padre, que nos ha revelado su gran amor en el don del Hijo Unigénito y del Espíritu Santo.

-Para que la Iglesia testimonie ante el mundo su realidad de pueblo de Dios, convocado por el amor del Padre, por medio de Cristo, en la comunión del Espíritu Santo.

-Para que todos los pueblos, iluminados por el Espíritu Santo, reconozcan en Jesucristo al enviado del Padre y se reúnan en su Iglesia.

-Por cuantos sufren, para que experimenten el amor del Padre y la presencia consoladora del Espíritu Santo.

-Por cuantos son víctimas de la violencia humana, para que se sientan hijos del Padre y hermanos nuestros en Cristo.

-Por todos los bautizados, para que la gracia recibida crezca y fructifique en buenas obras.

Oración: Mira, oh Padre, al rostro de tu Hijo y acoge la oración de esta tu familia, reunida y fortalecida con el don el Espíritu Santo. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

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EL ESPÍRITU SANTO Y LA EUCARISTÍA
Benedicto XVI, Exhortación «Sacramentum caritatis», nn. 12-13

Con su palabra, y con el pan y el vino, el Señor mismo nos ha ofrecido los elementos esenciales del culto nuevo. La Iglesia, su Esposa, está llamada a celebrar día tras día el banquete eucarístico en conmemoración suya. Introduce así el sacrificio redentor de su Esposo en la historia de los hombres y lo hace presente sacramentalmente en todas las culturas. Este gran misterio se celebra en las formas litúrgicas que la Iglesia, guiada por el Espíritu Santo, desarrolla en el tiempo y en los diversos lugares. A este propósito es necesario despertar en nosotros la conciencia del papel decisivo que desempeña el Espíritu Santo en el desarrollo de la forma litúrgica y en la profundización de los divinos misterios. El Paráclito, primer don para los creyentes, que actúa ya en la creación (cf. Gn 1,2), está plenamente presente en toda la vida del Verbo encarnado; en efecto, Jesucristo fue concebido por la Virgen María por obra del Espíritu Santo; al comienzo de su misión pública, a orillas del Jordán, lo ve bajar sobre sí en forma de paloma; en este mismo Espíritu actúa, habla y se llena de gozo, y por Él se ofrece a sí mismo.

En los llamados «discursos de despedida» recopilados por Juan, Jesús establece una clara relación entre el don de su vida en el misterio pascual y el don del Espíritu a los suyos (cf. Jn 16,7). Una vez resucitado, llevando en su carne las señales de la pasión, Él infunde el Espíritu, haciendo a los suyos partícipes de su propia misión. Será el Espíritu quien enseñe después a los discípulos todas las cosas y les recuerde todo lo que Cristo ha dicho (cf. Jn 14,26), porque corresponde a Él, como Espíritu de la verdad, guiarlos hasta la verdad completa (cf. Jn 16,13). En el relato de losHechos, el Espíritu desciende sobre los Apóstoles reunidos en oración con María el día de Pentecostés, y los anima a la misión de anunciar a todos los pueblos la buena noticia. Por tanto, Cristo mismo, en virtud de la acción del Espíritu, está presente y operante en su Iglesia, desde su centro vital que es la Eucaristía.

En este horizonte se comprende el papel decisivo del Espíritu Santo en la Celebración eucarística y, en particular, en lo que se refiere a la transustanciación. Todo ello está bien documentado en los Padres de la Iglesia. San Cirilo de Jerusalén, en sus Catequesis, recuerda que nosotros «invocamos a Dios misericordioso para que mande su Santo Espíritu sobre las ofrendas que están ante nosotros, para que Él convierta el pan en cuerpo de Cristo y el vino en sangre de Cristo. Lo que toca el Espíritu Santo es santificado y transformado totalmente». También san Juan Crisóstomo hace notar que el sacerdote invoca el Espíritu Santo cuando celebra el Sacrificio: como Elías -dice-, el ministro invoca el Espíritu Santo para que, «descendiendo la gracia sobre la víctima, se enciendan por ella las almas de todos». Es muy necesario para la vida espiritual de los fieles que tomen más clara conciencia de la riqueza de la anáfora: junto con las palabras pronunciadas por Cristo en la última Cena, contiene la epíclesis, como invocación al Padre para que haga descender el don del Espíritu a fin de que el pan y el vino se conviertan en el cuerpo y la sangre de Jesucristo, y para que «toda la comunidad sea cada vez más cuerpo de Cristo». El Espíritu, que invoca el celebrante sobre los dones del pan y el vino puestos sobre el altar, es el mismo que reúne a los fieles «en un sólo cuerpo», haciendo de ellos una oferta espiritual agradable al Padre.

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SE NEGÓ A SÍ MISMO PARA SEGUIR A CRISTO
De la Vida de san Romualdo,
escrita por san Pedro Damiani

Romualdo vivió tres años en la ciudad de Parenzo; durante el primero, construyó un monasterio y puso en él una comunidad con su abad; los otros dos, vivió recluido en él. Allí la bondad divina lo elevó a tan alto grado de perfección que, inspirado por el Espíritu Santo, predijo algunos sucesos futuros y llegó a la penetración de muchos misterios ocultos del Antiguo y del Nuevo Testamento.

Con frecuencia, era arrebatado a un grado tan elevado de contemplación que, deshecho todo él en lágrimas, abrasado por el ardor inefable del amor divino, exclamaba:

«Amado Jesús, mi dulce miel, deseo inefable, dulzura de los santos, encanto de los ángeles».

Y otras cosas semejantes. Nosotros somos incapaces de expresar con palabras humanas todo lo que él profería, movido por el gozo del Espíritu Santo.

Dondequiera que aquel santo varón se decidía a habitar, ante todo hacía en su celda un oratorio con su altar, y luego se encerraba allí, impidiendo toda entrada.

Después de haber vivido así en varios lugares, dándose cuenta de que ya se acercaba su fin, volvió definitivamente al monasterio que había construido en Val de Castro y allí, en espera cierta de su muerte cercana, se hizo edificar una celda con su oratorio, con el fin de recluirse en ella y guardar silencio hasta la muerte.

Una vez construido este lugar de receso, en el cual quiso él recluirse inmediatamente, su cuerpo empezó a experimentar unas molestias progresivas y una creciente debilidad, producida más por la decrepitud de sus muchos años que por enfermedad alguna.

Un día, esta debilidad comenzó a hacerse sentir con más fuerza y sus molestias alcanzaron un grado alarmante. Cuando el sol ya se ponía, mandó a los dos hermanos que estaban junto a él que salieran fuera, que cerraran tras sí la puerta de la celda y que volvieran a la madrugada para celebrar con él el Oficio matutino.

Ellos salieron como de mala gana, intranquilos porque presentían su fin, y no se fueron en seguida a descansar, sino que, preocupados por el temor de que muriera su maestro, se quedaron a escondidas cerca de la celda, en observación de aquel talento de tan valioso precio. Después de algún rato, su interés les indujo a escuchar atentamente y, al no percibir ningún movimiento de su cuerpo ni sonido alguno de su voz, seguros ya de lo que había sucedido, empujan la puerta, entran precipitadamente, encienden una luz y encuentran el santo cadáver que yacía boca arriba, después que su alma había sido arrebatada al cielo. Aquella perla preciosa yacía entonces como despreciada, pero en realidad destinada en adelante a ser guardada con todos los honores en el erario del Rey supremo.

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SANTA CLARA DE ASÍS Y LA EUCARISTÍA (VI) 
por René-Charles Dhont, ofm

FERVOR DE LAS COMUNIONES DE CLARA (I)

Si permanece la duda respecto a la frecuencia de las comuniones de Clara, no puede dudarse, en cambio, del fervor con que las recibía.

Clara sabe que en la comunión recibe el «santísimo Cuerpo de Cristo», al Señor, que oculta su grandeza bajo humildes apariencias, al mismo tiempo que al Soberano del universo. Recordemos las palabras de sor Bienvenida de Perusa: «Madonna Clara se confesaba frecuentemente y con gran devoción y temblor recibía el santo sacramento del Cuerpo de nuestro Señor Jesucristo, hasta el extremo de que, cuando lo recibía, temblaba toda» (Proceso 2,11); o las de sor Felipa: «Y lloraba copiosamente, sobre todo cuando recibía el Cuerpo de nuestro Señor Jesucristo» (Proceso 3,7). Celano escribe en la Leyenda: «Cuán señalado fuera el devoto amor de santa Clara al Sacramento del Altar lo demuestran los hechos... Y cuando iba a recibir el Cuerpo del Señor, primero se bañaba en ardientes lágrimas y luego, acercándose estremecida, no menos reverenciaba a quien está escondido en el sacramento que al que rige cielo y tierra» (LCl 28).

Por eso, para Clara, la comunión es un beneficio inmenso. Recuerda sor Francisca: «Y luego que la santa madre hubo recibido el Cuerpo del Señor con mucha devoción, como acostumbraba siempre, dijo estas palabras: "Tan gran beneficio me ha hecho Dios hoy, que el cielo y la tierra no se le pueden comparar"» (Proceso 9,10). Y de manera semejante declara sor Felipa: «El señor papa Inocencio fue a visitarla cuando estaba gravemente enferma. Y ella dijo después a las hermanas: "Hijitas mías, alabad a Dios, porque el cielo y la tierra no son bastantes para tantos beneficios como yo he recibido de Dios, pues le he recibido hoy en el santo Sacramento y he visto también a su Vicario"» (Proceso 3,24).

Lo que ella espera de la comunión es nada menos que la salvación eterna. Esto es lo que ella pedía en la frecuente recitación de la oración de las cinco llagas: «Por tu santísima muerte, te ruego, Santísimo Señor Jesucristo, que antes de la hora de mi muerte merezca recibir para mi salvación eterna el sacramento de tu Cuerpo y de tu Sangre» (cf. Proceso 10,10; LCl 30).

La «salvación eterna»: estas palabras tenían seguramente una profunda resonancia en el alma de la gran contemplativa. Evocan la entrada en la plenitud del Misterio de Cristo hacia el cual había orientado toda su vida; el cumplimiento del tránsito de este mundo a Dios en Cristo, con Cristo y por Cristo, que se inicia aquí abajo y se completa en la muerte.



















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