sábado, 17 de junio de 2017

Año Cristiano Franciscano



DÍA 18 DE JUNIO

 

SAN GREGORIO BARBARIGO. Nació en Venecia el año 1625. El cardenal Chigi, después Alejandro VII, a quien conoció en Alemania, influyó mucho en su vida. Gregorio se ordenó de sacerdote en Roma el año 1655. Cuando al año siguiente estalló en la Urbe la peste, el Papa le encomendó la coordinación de la ayuda a los apestados. En 1657 lo nombró obispo de Bérgamo, y en 1664 lo trasladó a la sede de Padua. Como pastor, Gregorio tuvo por modelo a san Carlos Borromeo, y su ideal fue que la diócesis sintonizara con el Concilio de Trento. Su vida personal fue de gran piedad y austeridad, un ejemplo vivo para todos. En su gobierno celebró un sínodo diocesano y dio decretos de reforma, realizó visitas pastorales, cuidó con esmero el seminario y la formación de los sacerdotes, así como la catequesis popular y el catecismo a los niños en su dialecto, abrió escuelas, afrontó la oposición de los contrarios a las reformas. Murió en Padua el 18 de junio de 1697.

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San Amando de Burdeos. Nació en la segunda mitad del siglo IV, ingresó en el clero y el año 404 fue elegido obispo de Burdeos (Aquitania, Francia). Trabajó con gran celo en la evangelización de los paganos, protegió a sus fieles contra las herejías que se infiltraban, en particular la priscilianista, y fue él quien instruyó en la doctrina de la verdad y bautizó a san Paulino de Nola, con quien le unió una profunda amistad cristiana. Mantuvo correspondencia epistolar con san Jerónimo. Murió el año 431.

San Calogero. Ermitaño, posiblemente de origen que griego y cultura bizantina, que acudió a Roma, recibió la bendición del Papa para llevar vida eremítica y se retiró a la parte occidental de Sicilia. Evangelizó en las islas Lípari y en el monte Gemmariario, cerca de Sciacca, donde tuvo su sede y donde murió en la segunda mitad del siglo V o del siglo VI.

San Ciríaco y Santa Paula. El Martirologio Romano sitúa el martirio de estos dos santos en África, sin concretar más. A la vez hay una tradición según la cual sufrieron el martirio en Málaga, ciudad española de la que son patronos. Su muerte debió de ocurrir en una fecha desconocida del siglo IV.

Santa Isabel de Schönau. Nació en Renania (Alemania) el año 1129. De pequeña encomendaron su educación al monasterio de Schönau (Renania), en el que vistió el hábito benedictino en 1147. En su vida religiosa tuvo que sufrir mucho por las enfermedades, las depresiones y la ansiedad. El año 1152 empezó a tener éxtasis y visiones místicas. La Sagrada Escritura la ayudó a superar las muchas y graves tentaciones que la asediaron. Le prestó mucho consuelo y alivio su hermano Egberto, monje de un monasterio vecino, quien la indujo a poner por escrito sus visiones y experiencias. Por su observancia fiel de la vida monástica y sus virtudes la eligieron abadesa en 1157. Murió el año 1164.

San Leoncio. Era soldado y, por ser cristiano, fue torturado y martirizado en Trípoli de Fenicia (hoy Líbano), en una fecha desconocida del siglo IV.

Santos Marcos y Marceliano. Sufrieron el martirio en Roma el año 287, durante la persecución del emperador Diocleciano.

Beata Hosanna de Mantua Andreasi. Nació en Carbonarola (Mantua, Italia), el año 1449, de una familia vinculada a la nobleza de los Gonzaga, y su vida estuvo ligada a la historia política y religiosa del estado de Mantua. Rehusó el matrimonio que le proponían y, a los 15 años, vistió el hábito de las Hermanas de Penitencia de Santo Domingo. Con frecuencia tuvo que asumir grandes responsabilidades, como la regencia del ducado de Mantua. Fue consejera de los duques. Desarrolló una amplia y profunda acción social y una asistencia continuada a los pobres y necesitados. Supo armonizar con las ocupaciones seculares la contemplación de Dios y el ejercicio de las buenas obras. Murió en Mantua el año 1505.

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PARA TENER EL ESPÍRITU DE ORACIÓN Y DEVOCIÓN

Pensamiento bíblico:

Dijo san Pablo a los Corintios: -Quien coma el pan o beba la copa del Señor indignamente, será reo del Cuerpo y de la Sangre del Señor. Examínese, pues, cada cual, y coma así el pan y beba de la copa. Pues quien come y bebe sin discernir el Cuerpo, come y bebe su propio castigo (1 Cor 11,27-29).

Pensamiento franciscano:

Dice san Francisco: -Ved que diariamente se humilla el Hijo de Dios, como cuando desde el trono real vino al seno de la Virgen; diariamente viene a nosotros él mismo apareciendo humilde; diariamente desciende del seno del Padre sobre el altar en las manos del sacerdote. Y como se mostró a los santos apóstoles en carne verdadera, así también ahora se nos muestra a nosotros en el pan sagrado (Adm 1,16-19).


Orar con la Iglesia:

Oremos a Dios Padre, que da el alimento a todo viviente.

-Para que formemos un solo cuerpo los que comemos de un mismo pan.

-Para que promovamos, como fruto y exigencia de la Eucaristía, el amor fraterno, la mutua ayuda, la solidaridad.

-Para que compartamos con los que sufren hambre nuestro pan de cada día, anuncio del pan de vida eterna.

-Para que el pan de la Palabra despierte en nosotros el hambre del pan de la Eucaristía.

Oración: Señor Jesús, concédenos venerar de tal modo los sagrados misterios de tu cuerpo y de tu sangre, que experimentemos en nosotros los frutos de tu redención. Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.

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EUCARISTÍA: JESÚS,
EL VERDADERO CORDERO INMOLADO
Benedicto XVI, Exhortación «Sacramentum caritatis», nn. 9-11

La misión para la que Jesús vino a nosotros llega a su cumplimiento en el Misterio pascual. Desde lo alto de la cruz, donde atrae todo hacia sí, antes de «entregar el espíritu» dice: «Todo está cumplido» (Jn 19,30). En el misterio de su obediencia hasta la muerte, y una muerte de cruz, se ha cumplido la nueva y eterna alianza. La libertad de Dios y la libertad del hombre se han encontrado definitivamente en su carne crucificada, en un pacto indisoluble y válido para siempre. También el pecado del hombre ha sido expiado una vez por todas por el Hijo de Dios. Como he tenido ya oportunidad de decir: «En su muerte en la cruz se realiza ese ponerse Dios contra sí mismo, al entregarse para dar nueva vida al hombre y salvarlo: esto es el amor en su forma más radical» (Enc. Deus caritas est, 12).

En el Misterio pascual se ha realizado verdaderamente nuestra liberación del mal y de la muerte. En la institución de la Eucaristía, Jesús mismo habló de la «nueva y eterna alianza», estipulada en su sangre derramada. Esta meta última de su misión era ya bastante evidente al comienzo de su vida pública. En efecto, cuando a orillas del Jordán Juan Bautista ve venir a Jesús, exclama: «Éste es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo» (Jn 1,19). Es significativo que la misma expresión se repita cada vez que celebramos la santa Misa, con la invitación del sacerdote para acercarse a comulgar: «Éste es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Dichosos los invitados a la cena del Señor». Jesús es el verdadero cordero pascual que se ha ofrecido espontáneamente a sí mismo en sacrificio por nosotros, realizando así la nueva y eterna alianza. La Eucaristía contiene en sí esta novedad radical, que se nos propone de nuevo en cada celebración.

De este modo llegamos a reflexionar sobre la institución de la Eucaristía en la última Cena. Sucedió en el contexto de una cena ritual con la que se conmemoraba el acontecimiento fundamental del pueblo de Israel: la liberación de la esclavitud de Egipto. Esta cena ritual, relacionada con la inmolación de los corderos, era conmemoración del pasado, pero, al mismo tiempo, también memoria profética, es decir, anuncio de una liberación futura. En efecto, el pueblo había experimentado que aquella liberación no había sido definitiva, puesto que su historia estaba todavía demasiado marcada por la esclavitud y el pecado. El memorial de la antigua liberación se abría así a la súplica y a la esperanza de una salvación más profunda, radical, universal y definitiva. Éste es el contexto en el cual Jesús introduce la novedad de su don. En la oración de alabanza, la Berakah, da gracias al Padre no sólo por los grandes acontecimientos de la historia pasada, sino también por la propia «exaltación».

Al instituir el sacramento de la Eucaristía, Jesús anticipa e implica el Sacrificio de la cruz y la victoria de la resurrección. Al mismo tiempo, se revela como el verdadero cordero inmolado, previsto en el designio del Padre desde la creación del mundo, como se lee en la primera Carta de San Pedro (cf. 1,18-20). Situando en este contexto su don, Jesús manifiesta el sentido salvador de su muerte y resurrección, misterio que se convierte en el factor renovador de la historia y de todo el cosmos. En efecto, la institución de la Eucaristía muestra cómo aquella muerte, de por sí violenta y absurda, se ha transformado en Jesús en un supremo acto de amor y de liberación definitiva del mal para la humanidad.

De este modo Jesús inserta su novum [nuevo] radical dentro de la antigua cena sacrificial judía. Para nosotros los cristianos, ya no es necesario repetir aquella cena. Como dicen con precisión los Padres, figura transit in veritatem: lo que anunciaba realidades futuras, ahora ha dado paso a la verdad misma. El antiguo rito ya se ha cumplido y ha sido superado definitivamente por el don de amor del Hijo de Dios encarnado. El alimento de la verdad, Cristo inmolado por nosotros, dat... figuris terminum. Con el mandato «Haced esto en conmemoración mía», nos pide corresponder a su don y representarlo sacramentalmente. Por tanto, el Señor expresa con estas palabras, por decirlo así, la esperanza de que su Iglesia, nacida de su sacrificio, acoja este don, desarrollando bajo la guía del Espíritu Santo la forma litúrgica del Sacramento.

En efecto, el memorial de su total entrega no consiste en la simple repetición de la última Cena, sino propiamente en la Eucaristía, es decir, en la novedad radical del culto cristiano. Jesús nos ha encomendado así la tarea de participar en su «hora». «La Eucaristía nos adentra en el acto oblativo de Jesús. No recibimos solamente de modo pasivo el Logos encarnado, sino que nos implicamos en la dinámica de su entrega» (Enc. Deus caritas est, 13). Él «nos atrae hacia sí». La conversión sustancial del pan y del vino en su cuerpo y en su sangre introduce en la creación el principio de un cambio radical, como una forma de «fisión nuclear», por usar una imagen bien conocida hoy por nosotros, que se produce en lo más íntimo del ser; un cambio destinado a suscitar un proceso de transformación de la realidad, cuyo término último será la transfiguración del mundo entero, el momento en que Dios será todo para todos.

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¡OH BANQUETE PRECIOSO Y ADMIRABLE!
De los opúsculos de santo Tomás de Aquino

El Hijo único de Dios, queriendo hacernos partícipes de su divinidad, tomó nuestra naturaleza, a fin de que, hecho hombre, divinizase a los hombres.

Además, entregó por nuestra salvación todo cuanto tomó de nosotros. Porque, por nuestra reconciliación, ofreció, sobre el altar de la cruz, su cuerpo como víctima a Dios, su Padre, y derramó su sangre como precio de nuestra libertad y como baño sagrado que nos da, para que fuésemos liberados de una miserable esclavitud y purificados de todos nuestros pecados.

Pero, a fin de que guardásemos por siempre jamás en nosotros la memoria de tan gran beneficio, dejó a los fieles, bajo la apariencia de pan y de vino, su cuerpo, para que fuese nuestro alimento, y su sangre, para que fuese nuestra bebida.

¡Oh banquete precioso y admirable, banquete saludable y lleno de toda suavidad! ¿Qué puede haber, en efecto, de más precioso que este banquete en el cual no se nos ofrece, para comer, la carne de becerros o de machos cabríos, como se hacía antiguamente, bajo la ley, sino al mismo Cristo, verdadero Dios?

No hay ningún sacramento más saludable que éste, pues por él se borran los pecados, se aumentan las virtudes y se nutre el alma con la abundancia de todos los dones espirituales.

Se ofrece, en la Iglesia, por los vivos y por los difuntos, para que a todos aproveche, ya que ha sido establecido para la salvación de todos.

Finalmente, nadie es capaz de expresar la suavidad de este sacramento, en el cual gustamos la suavidad espiritual en su misma fuente y celebramos la memoria del inmenso y sublime amor que Cristo mostró en su pasión.

Por eso, para que la inmensidad de este amor se imprimiese más profundamente en el corazón de los fieles, en la última cena, cuando, después de celebrar la Pascua con sus discípulos, iba a pasar de este mundo al Padre, Cristo instituyó este sacramento como el memorial perenne de su pasión, como el cumplimiento de las antiguas figuras y la más maravillosa de sus obras; y lo dejó a los suyos como singular consuelo en las tristezas de su ausencia.

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SANTA CLARA DE ASÍS Y LA EUCARISTÍA (V) 
por René-Charles Dhont, ofm

FRECUENCIA DE LA COMUNIÓN

El fervor de Clara respecto del banquete eucarístico confirma lo que refiere sor Bienvenida de Perusa: «Madonna Clara se confesaba frecuentemente y con gran devoción y temblor recibía el santo sacramento del Cuerpo de nuestro Señor Jesucristo, hasta el extremo de que, cuando lo recibía, temblaba toda» (Proceso 2,11).

Acostumbrados a pensar, desde los decretos de Pío X, en la recepción diaria de la eucaristía, la palabra «frecuentemente» o «con frecuencia» nos resulta extraña. Encuadrada en su contexto histórico, revela, por el contrario, una frecuencia poco común.

En el siglo XIII, a la vez que progresa rápidamente el culto de Cristo presente en el Santísimo Sacramento, se constata un «enfriamiento casi general en la frecuentación de la Eucaristía». Los Pastores, los Concilios se ven obligados a intervenir para que los fieles se acerquen al banquete eucarístico en las fiestas de Pascua, Pentecostés, Navidad; por lo menos, una vez al año.

Si, a pesar de todo, los seglares no iban mucho más lejos, el caso de las religiosas era algo distinto. ¿De dónde provenía esta actitud de reserva del pueblo respecto a la Eucaristía? «El temor, la obligación (nueva entonces) de la confesión previa, la exigencia de continencia para las personas casadas habían reducido prácticamente la participación eucarística de los laicos al viático de los moribundos» (R. Beraudy). Aparte un temor respetuoso que acompañaba a su amor a Cristo, ninguno de estos motivos podía poner dificultades a las contemplativas. Las diversas Reglas que profesan obligan a algunas comuniones. Se trata de un mínimo que no excluye una participación más asidua. Aunque ésta se dejase al juicio de los confesores y de las superioras, las religiosas tendían de hecho a comulgar mucho más frecuentemente. La Regla de Isabel, en cuya elaboración colaboró san Buenaventura, aprobada por Urbano IV en 1263 para el monasterio de clarisas de Longchamp, prevé la comunión dos veces al mes, e incluso todos los domingos durante el adviento y la cuaresma.

El amor lleno de ternura a Cristo en su humanidad, base de la espiritualidad sobre todo a partir de san Bernardo y que alcanza su vértice con Francisco y Clara de Asís, debía hacer a estos últimos ávidos del encuentro con el «pan sagrado» en el cual se muestra ahora a nuestros ojos, pues «de esta manera está siempre el Señor con sus fieles» (Adm 1,19-22).

La Regla de santa Clara prescribe la comunión siete veces al año, en las fiestas de Navidad, Jueves Santo, Pascua, Pentecostés, Asunción, san Francisco, Todos los Santos (RCl 3). Algunos historiadores creen que este texto es una ley restrictiva. Todo induce a pensar que se trata de definir los días en los cuales se imponía a todas las religiosas la obligación de comulgar, sin excluir una mayor asiduidad; como también el concilio IV de Letrán, cuando obligó a la participación anual de la eucaristía, no quiso excluir el hacerlo más veces.

Hay, por otra parte, más de un testimonio sobre la práctica franciscana de la época. Francisco comulgaba «con frecuencia», tal vez cada semana o incluso cada día, si nos atenemos a su Carta a los clérigos: «¿No nos mueven a piedad todas estas cosas, siendo así que el mismo piadoso Señor se entrega en nuestras manos, y lo tocamos y tomamos diariamente en nuestra boca?» (CtaCle 8). Fray Gil ( 1263), conocido de Clara, comulgaba cada semana y en las principales fiestas. En este clima franciscano de devoción al Cuerpo de Cristo, Clara, enardecida de amor a su Señor y deseosa de permanecer en plena armonía con la primera Orden, debió comprometerse con entusiasmo en este movimiento que arrastraba a la comunión frecuente.

Lejos de obstaculizarla, los Doctores y los Papas eran favorables a la comunión frecuente, diaria incluso. San Buenaventura la recomienda a todos aquellos cuya alma es pura y cuya caridad es ardiente. Alejandro de Hales y santo Tomás comparten esta opinión que es común a los teólogos contemporáneos. En la Regula novitiorum, Buenaventura aconseja a los novicios la comunión semanal. En todos los tiempos las presiones sociológicas tienen un extremo influjo sobre las personas. Y la práctica eucarística era rara en el siglo XIII. Clara pudo ser también parcialmente víctima de tales presiones. Sin embargo, su poderosa personalidad, que no tenía miedo de ninguna iniciativa legítima, no podía dejarse esclavizar en este punto que debió ser muy importante para ella. El mismo Papa Inocencio III, con quien estuvo relacionada Clara (LCl 14), plantea la cuestión de la comunión diaria. Concluye invitando a que cada cual obre según conciencia: «Algunos dicen que hay que comulgar cada día; otros que no. Que cada cual haga lo que, en su piedad, juzgue bueno hacer».















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