viernes, 16 de junio de 2017

Año Cristiano Franciscano



DÍA 17 DE JUNIO

 

BEATO PEDRO GAMBACORTA DE PISA. Nació en Pisa (Italia) el año 1355, en el seno de familia noble venida a menos. Abandonadas las ambiciones temporales, hizo experiencias de vida eremítica y monástica, hasta que se estableció en Montebello, lugar silvestre cercano a Urbino. Allí vistió el hábito de la Tercera Orden de san Francisco y abrazó una vida de oración y penitencia, de pobreza y de trabajo. Con algunos maleantes que se convirtieron por su palabra y su ejemplo, dio inicio en 1380 a la congregación de Pobres Ermitaños de San Jerónimo (Girolamini), que alcanzó una notable difusión, pero se extinguió en 1933. Pedro murió en Venecia el 17 de junio de 1435.



BEATO JOSÉ MARÍA CASSANT. Nació en Cassenneuil (Francia) el año 1878. Estudió en los Hermanos de la Salle y tuvo dificultades debido a su falta de memoria. Mientras tanto, fue introduciéndose en el silencio, el recogimiento y la oración. A los 16 años entró en la trapa, en la abadía cisterciense de Santa María del Desierto, diócesis de Toulouse. Los hermanos del monasterio no tardaron en mostrar aprecio por el recién llegado. Contemplando frecuentemente a Jesús en su pasión y en la cruz, se impregnó del amor a Cristo. Pronunció sus votos definitivos en 1900. A partir de entonces comenzó su preparación al sacerdocio, y en 1902 recibió la ordenación sacerdotal. Pronto constatan que está afectado de tuberculosis. El mal está muy avanzado. El joven sacerdote sufre, no revela sus sufrimientos hasta el momento en que no puede ocultarlos más. Murió el 17 de Junio de 1903, y fue beatificado el año 2004. Fue un adolescente sin relieve ni valor a los ojos de los hombres, pero es un magnífico modelo para los pequeños y humildes.

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San Antidio. Obispo y mártir de Besançon (Francia), condenado a muerte por el rey de los vándalos Croco el año 411.

San Avito. Abad en un monasterio de Orleans (Francia), que murió el año 530.

Santos Blasto y Diógenes. Fueron martirizados en Roma, en la Vía Salaria Antigua, «ad septem Palumbas», en una fecha desconocida de la antigüedad cristiana.

San Herveo (o Hervé). Ermitaño en Bretaña (Francia), que era ciego de nacimiento, pero cantaba con alegría las maravillas del paraíso. Murió hacia el año 575.

San Hipacio. Nació en Frigia y, porque su padre no aceptaba su religiosidad, se marchó a Tracia, donde trabajó como pastor. Fundó con un compañero un monasterio, que fue arrasado por los hunos. Se trasladó entonces a Calcedonia, en Bitinia (hoy Turquía), y se hizo cargo del monasterio abandonado llamado de los Rufinianos por haber sido fundado por san Rufino. Lo reconstruyó, se pobló de monjes, adquirió fama y fue visitado por grandes personajes. Como hegúmeno o superior, enseñó a sus discípulos la vida de austeridad y penitencia que él practicaba, así como la perfecta obediencia a la observancia monástica, mientras a los seglares les inculcaba el temor de Dios. Murió el año 446.

Santos Isaurio, Inocencio, Félix, Hermas, Peregrino y Basilio. Fueron martirizados en Apolonia de Macedonia (en la actualidad Pojani en Albania), en una fecha desconocida de la antigüedad cristiana.

Santos Nicandro y Marciano. Eran soldados y el año 297, durante la persecución del emperador Diocleciano, se negaron a ofrecer sacrificios a los dioses paganos, por lo que fueron martirizados en Dorostoro de Mesia (Silistra, en la actual Bulgaria).

San Pedro Da. Era un cristiano seglar vietnamita a quien detuvieron junto con los santos Domingo Nguyen y compañeros mártires (véase 16 de junio), pero que luego siguió otro camino hasta el martirio. No era rico ni terrateniente, sino un simple carpintero, que colaboraba con la Iglesia como sacristán de la iglesita del pueblo. Lo tuvieron encarcelado varios meses, sometido a muchos y crueles tormentos, en los que permaneció siempre firme en su fe, y lo quemaron vivo en Qua Linh (Vietnam) el año 1862, en tiempo del emperador Tu Duc.

San Rainerio de Pisa. Nació en Pisa el año 1118, hijo de una familia acomodada. Fue frívolo y disipado en su juventud, pero el trato con un religioso del monasterio de San Vito lo llevó, a los 19 años de edad, a cambiar de vida y a buscar la unión sincera con Dios. Repartió sus bienes a los pobres y abrazó la pobreza total. Marchó en peregrinación a Tierra Santa, donde permaneció unos años viviendo con los ermitaños. Vuelto a Pisa, vivió primero en la abadía de San Andrés y luego en la de San Vito, pero sin emitir votos religiosos ni recibir órdenes sagradas. Con sus exhortaciones y ejemplos fomentaba la vida cristiana en sus conciudadanos. Murió el año 1161.

Santa Teresa de Portugal (o de León). Hija del Sancho I, rey de Portugal, y hermana de las beatas Mafalda y Sancha, nació en Coimbra el año 1181. Contrajo matrimonio con Alfonso IX, rey de León, al que dio tres hijos. Pero en 1196 su matrimonio fue declarado nulo por el impedimento de consanguinidad. Volvió ella a Portugal y se estableció en Coimbra. Hizo restaurar el antiguo monasterio de Lorvao, junto a Coimbra, estableció allí una comunidad de monjas cistercienses y, en 1229, hizo ella en el mismo su profesión religiosa. Allí vivió santamente largos años y vio como se multiplicaban las vocaciones. Murió en 1250 y fue sepultada en el monasterio, junto a su hermana Sancha.

Beato Felipe Papon. Nació en Saint-Pourçain, región de Auvernia (Francia), el año 1744. Ordenado de sacerdote en 1768, se dedicó al ministerio parroquial en el pequeño pueblo de Contigny, del que también fue alcalde. Cuando llegó la Revolución Francesa le exigieron que jurara la constitución civil del clero. Lo hizo, pero con restricciones, lo que le causó serios problemas. Por fin manifestó una plena fidelidad a su fe y a la Iglesia, y se negó a prestar los juramentos que le pedían. Fue condenado a la deportación y lo recluyeron en un pontón anclado frente a la costa de Rochefort. Se había llevado consigo hostias consagradas, que fueron de gran consuelo para los detenidos. Enfermó y murió el año 1794.

Beato Pablo Burali. Nació en Itri (Italia) en 1511. Ejerció la abogacía en Nápoles y en 1552 fue nombrado consejero de Nápoles. Ingresó en la Orden de Clérigos Regulares Teatinos el año 1557 y al año siguiente se ordenó de sacerdote. Fue enviado a Madrid como miembro de una embajada que tenía por misión pedir a Felipe II que no instaurara en Nápoles una Inquisición al estilo de la española. En 1568 san Pío V lo nombró obispo de Piacenza y lo creó cardenal. Gregorio XIII lo trasladó, en 1578, a la sede de Nápoles. Fue un pastor que se entregó de lleno a renovar la disciplina de la Iglesia y a confirmar en la fe la grey que se le había confiado. Murió el año 1578.

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PARA TENER EL ESPÍRITU DE ORACIÓN Y DEVOCIÓN

Pensamiento bíblico:

Dijo san Pablo a los Corintios: -El Señor Jesús, la noche en que iban a entregarlo, tomó un pan y, pronunciando la acción de gracias, lo partió y dijo: «Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros. Haced esto en memoria mía». Lo mismo hizo con la copa después de cenar, diciendo: «Esta copa es la nueva alianza sellada con mi sangre; haced esto cada vez que lo bebáis, en memoria mía». Por eso, cada vez que coméis de este pan y bebéis de la copa, proclamáis la muerte del Señor, hasta que vuelva (1 Cor 11,23-26).

Pensamiento franciscano:

San Francisco escribió a las autoridades de los pueblos: -Os aconsejo encarecidamente, señores míos, que, habiendo pospuesto todo cuidado y preocupación, hagáis penitencia verdadera y recibáis humildemente el santísimo cuerpo y la santísima sangre de nuestro Señor Jesucristo en santa memoria suya. Y tributad al Señor tanto honor en medio del pueblo que os ha sido encomendado, que cada tarde se anuncie por medio de pregonero o por medio de otra señal, que se rindan alabanzas y gracias por el pueblo entero al Señor Dios omnipotente (CtaA 6-7).

Orar con la Iglesia:

Demos gracias a Cristo, que se nos ofrece en el banquete de su cuerpo y de su sangre.

-Señor Jesús, tú que mandaste celebrar la cena eucarística en memoria tuya, enriquece a tu Iglesia en la santa celebración de tus misterios.

-Cristo, sacerdote único del Altísimo, haz que la vida de tus sacerdotes sea fiel reflejo de lo que celebran sacramentalmente.

-Cristo, maná del cielo, haz que formemos un solo cuerpo los que comemos del mismo pan.

-Cristo, víctima inmolada por todos los hombres, refuerza la paz y la armonía de cuantos creemos en ti.

-Cristo, médico celestial, devuelve la salud a los enfermos y la esperanza viva a los pecadores.

Oración: Señor Jesús, tú que nos dejaste en la Eucaristía el memorial de tu pasión y resurrección, concédenos experimentar en nosotros los frutos de tu redención. Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.

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LA FE EUCARÍSTICA DE LA IGLESIA
Benedicto XVI, Exhortación «Sacramentum caritatis», nn. 6-8

«Este es el Misterio de la fe». Con esta expresión, pronunciada inmediatamente después de las palabras de la consagración, el sacerdote proclama el misterio celebrado y manifiesta su admiración ante la conversión sustancial del pan y el vino en el cuerpo y la sangre del Señor Jesús, una realidad que supera toda comprensión humana. En efecto, la Eucaristía es «misterio de la fe» por excelencia: «es el compendio y la suma de nuestra fe» (CIC 1327). La fe de la Iglesia es esencialmente fe eucarística y se alimenta de modo particular en la mesa de la Eucaristía. La fe y los sacramentos son dos aspectos complementarios de la vida eclesial. La fe que suscita el anuncio de la Palabra de Dios se alimenta y crece en el encuentro de gracia con el Señor resucitado que se produce en los sacramentos: «La fe se expresa en el rito y el rito refuerza y fortalece la fe». Por eso, el Sacramento del altar está siempre en el centro de la vida eclesial; «gracias a la Eucaristía, la Iglesia renace siempre de nuevo». Cuanto más viva es la fe eucarística en el Pueblo de Dios, tanto más profunda es su participación en la vida eclesial a través de la adhesión consciente a la misión que Cristo ha confiado a sus discípulos. La historia misma de la Iglesia es testigo de ello. Toda gran reforma está vinculada de algún modo al redescubrimiento de la fe en la presencia eucarística del Señor en medio de su pueblo.

La primera realidad de la fe eucarística es el misterio mismo de Dios, el amor trinitario. En el diálogo de Jesús con Nicodemo encontramos una expresión iluminadora a este respecto: «Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único, para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna. Porque Dios no mandó a su hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por él» (Jn 3,16-17). Estas palabras muestran la raíz última del don de Dios. En la Eucaristía, Jesús no da «algo», sino a sí mismo; ofrece su cuerpo y derrama su sangre. Entrega así toda su vida, manifestando la fuente originaria de este amor divino. Él es el Hijo eterno que el Padre ha entregado por nosotros. En el Evangelio escuchamos también a Jesús que, después de haber dado de comer a la multitud con la multiplicación de los panes y los peces, dice a sus interlocutores que lo habían seguido hasta la sinagoga de Cafarnaúm: «Es mi Padre el que os da el verdadero pan del cielo. Porque el pan de Dios es el que baja del cielo y da la vida al mundo» (Jn 6,32-33); y llega a identificarse él mismo, la propia carne y la propia sangre, con ese pan: «Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo: el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne, para la vida del mundo» (Jn 6,51). Jesús se manifiesta así como el Pan de vida, que el Padre eterno da a los hombres.

En la Eucaristía se revela el designio de amor que guía toda la historia de la salvación. En ella, el Dios Trinidad, que en sí mismo es amor, se une plenamente a nuestra condición humana. En el pan y en el vino, bajo cuya apariencia Cristo se nos entrega en la cena pascual, nos llega toda la vida divina y se comparte con nosotros en la forma del Sacramento. Dios es comunión perfecta de amor entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Ya en la creación, el hombre fue llamado a compartir en cierta medida el aliento vital de Dios. Pero es en Cristo muerto y resucitado, y en la efusión del Espíritu Santo que se nos da sin medida, donde nos convertimos en verdaderos partícipes de la intimidad divina. Jesucristo, pues, «que, en virtud del Espíritu eterno, se ha ofrecido a Dios como sacrificio sin mancha» (Hb 9,14), nos comunica la misma vida divina en el don eucarístico. Se trata de un don absolutamente gratuito, que se debe sólo a las promesas de Dios, cumplidas por encima de toda medida. La Iglesia, con obediencia fiel, acoge, celebra y adora este don. El «misterio de la fe» es misterio del amor trinitario, en el cual, por gracia, estamos llamados a participar. Por tanto, también nosotros hemos de exclamar con san Agustín: «Ves la Trinidad si ves el amor» (De Trinitate).

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SÉ TU MISMO EL SACRIFICIO
Y EL SACERDOTE DE DIOS
De los sermones de san Pedro Crisólogo

Os exhorto, por la misericordia de Dios, nos dice san Pablo. Él nos exhorta, o mejor dicho, Dios nos exhorta por medio de él. El Señor se presenta como quien ruega porque prefiere ser amado que temido, y le agrada más mostrarse como Padre que aparecer como Señor. Dios, pues, suplica por misericordia para no tener que castigar con rigor.

Escucha cómo suplica el Señor: «Mirad y contemplad en mí vuestro mismo cuerpo, vuestros miembros, vuestras entrañas, vuestros huesos, vuestra sangre. Y si ante lo que es propio de Dios teméis, ¿por qué no amáis al contemplar lo que es de vuestra misma naturaleza? Si teméis a Dios como Señor, ¿por qué no acudís a él como Padre?

»Pero quizá sea la inmensidad de mi pasión, cuyos responsables fuisteis vosotros, lo que os confunde. No temáis. Esta cruz no es mi aguijón, sino el aguijón de la muerte. Estos clavos no me infligen dolor, lo que hacen es acrecentar en mí el amor por vosotros. Estas llagas no provocan mis gemidos, lo que hacen es introduciros más en mis entrañas. Mi cuerpo al ser extendido en la cruz os acoge con un seno más dilatado pero no aumenta mi sufrimiento. Mi sangre no es para mí una pérdida, sino el pago de vuestro precio.

»Venid, pues, retornad, y comprobaréis que soy un padre, que devuelvo bien por mal, amor por injurias, inmensa caridad como paga de las muchas heridas».

Pero escuchemos ya lo que nos dice el Apóstol: Os exhorto -dice-, a presentar vuestros cuerpos. Al rogar así, el Apóstol eleva a todos los hombres a la dignidad del sacerdocio: A presentar vuestros cuerpos como hostia viva.

¡Oh inaudita riqueza del sacerdocio cristiano: el hombre es, a la vez, sacerdote y víctima! El cristiano ya no tiene que buscar fuera de sí la ofrenda que debe inmolar a Dios: lleva consigo y en sí mismo lo que va a sacrificar a Dios. Tanto la víctima como el sacerdote permanecen intactos: la víctima sacrificada sigue viviendo, y el sacerdote que presenta el sacrificio no podría matar esta víctima.

Misterioso sacrificio en que el cuerpo es ofrecido sin inmolación del cuerpo, y la sangre se ofrece sin derramamiento de sangre. Os exhorto, por la misericordia de Dios -dice-, a presentar vuestros cuerpos como hostia viva.

Este sacrificio, hermanos, es como una imagen del de Cristo que, permaneciendo vivo, inmoló su cuerpo por la vida del mundo: él hizo efectivamente de su cuerpo una hostia viva, porque, a pesar de haber sido muerto, continúa viviendo. En un sacrificio como éste, la muerte tuvo su parte, pero la víctima permaneció viva, la muerte resultó castigada, la víctima, en cambio, no perdió la vida. Así también, para los mártires, la muerte fue un nacimiento: su fin, un principio, al ajusticiarlos encontraron la vida y, cuando, en la tierra, los hombres pensaban que habían muerto, empezaron a brillar resplandecientes en el cielo.

Os exhorto, por la misericordia de Dios, a presentar vuestros cuerpos como hostia viva. Es lo mismo que ya había dicho el profeta: Tú no quieres sacrificios ni ofrendas, pero me has preparado un cuerpo.

Hombre, procura, pues, ser tú mismo el sacrificio y el sacerdote de Dios. No desprecies lo que el poder de Dios te ha dado y concedido. Revístete con la túnica de la santidad, que la castidad sea tu ceñidor, que Cristo sea el casco de tu cabeza, que la cruz defienda tu frente, que en tu pecho more el conocimiento de los misterios de Dios, que tu oración arda continuamente, como perfume de incienso: toma en tus manos la espada del Espíritu: haz de tu corazón un altar, y así, afianzado en Dios, presenta tu cuerpo al Señor como sacrificio.

Dios te pide fe, no desea tu muerte; tiene sed de tu entrega, no de tu sangre; se aplaca, no con tu muerte, sino con tu buena voluntad.

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SANTA CLARA DE ASÍS Y LA EUCARISTÍA (IV)
por René-Charles Dhont, ofm

DEVOCIÓN A LA SANTA RESERVA (II)

Lo que los relatos de la liberación del monasterio de San Damián y de la ciudad de Asís nos testifican formalmente es el recurso a Cristo presente en la Eucaristía y la respuesta del Señor en situaciones trágicas. Conociendo la profundidad contemplativa de las hermanas de San Damián, su simplicidad y su rectitud, resulta impensable que este recurso brotara excepcionalmente a partir de un clima de pánico. Los instantes de peligro inminente excluyen la reflexión: el corazón revela entonces sus impulsos íntimos. Si Clara acude tan espontáneamente a Cristo en el Santísimo Sacramento, si le pide ayuda y le confía el cuidado de defender a las hermanas, en vez de recogerse simplemente en Dios, es, sin duda, porque estaba habituada a buscar a su Señor en la hostia consagrada.

La iconografía confirma esta intuición. Ya las primeras imágenes la muestran asociada al culto eucarístico: desde el siglo XIII se la representa llevando una custodia en una actitud de humilde adoración. Si los contemporáneos han visto en esta representación el símbolo de la vida espiritual de Clara es porque para ellos la adoración de Cristo velado en el Pan consagrado había dominado la vida contemplativa de Clara. La imaginería de los siglos XVII y XVIII deformó este significado. Ya no representa a Clara en actitud de adoración, sino levantando la custodia hacia los sarracenos, como queriéndoles expulsar. Lo que prevalece es el milagro y no el culto de la santa a Cristo en el Sacramento.

La piedad de Clara se ampliaba, a partir de la persona de Cristo, reconocido y frecuentado en su presencia eucarística, a todo cuanto rodea la Eucaristía. Si Francisco regalaba ciborios y utensilios para la elaboración de las formas a las iglesias pobres (LP 80; 2 Cel 201), nuestra santa confeccionaba corporales con sus propias manos. Declara sor Cecilia: «Madonna Clara, la cual no quería estar nunca ociosa, aun durante la enfermedad de la que murió, hacía que la incorporasen de modo que se sentase en el lecho, e hilaba. De este hilado mandó confeccionar una tela fina con la que se hicieron muchos corporales y fundas para guardarlos, guarnecidas de seda o de paño precioso. Y los envió al obispo de Asís para que los bendijese, y luego los envió a las iglesias de la ciudad y del obispado de Asís. Y, según creía la testigo, se repartieron por todas las iglesias» (Proceso 6,14). Celano, que refiere también estos hechos, subraya su valor expresivo: en ellos ve una prueba evidente de la fervorosa devoción de Clara al Santísimo Sacramento del altar: «Cuán señalado fuera el devoto amor de santa Clara al Sacramento del Altar lo demuestran los hechos. Así, por ejemplo, durante aquella grave enfermedad que la tuvo postrada en cama, se hacía incorporar y asentar al apoyo de unas almohadas; sentada así, hilaba finísimas telas, de las cuales elaboró más de cincuenta juegos de corporales que, envueltos en bolsas de seda o de púrpura, destinaba a distintas iglesias del valle y de las montañas de Asís» (LCl 28).

En estas obras se trasluce todo el amor de Clara y de sus hermanas. Las Hermanas Pobres, que no siempre tienen bastante pan para comer, no dudan en ofrecer a las iglesias tejidos de fino linón, estuches preciosos recubiertos de seda, de púrpura, bordados en oro. Nada es costoso, cuando se ama; no hay nada excesivamente hermoso para estas telas que van a recibir el Cuerpo de Cristo.

Una carta del cardenal Hugolino nos proporciona una última indicación sobre el fervor que reinaba en San Damián hacia el Sacramento del altar. Testimonio tanto más precioso por cuanto es anterior a los hechos arriba relatados. El prelado había celebrado la fiesta de Pascua en San Damián. Una vez de regreso junto al Papa, envía a Clara una carta muy afectuosa, en la cual sobresale, entre todos los recuerdos de su estancia en San Damián, el siguiente: «Me falta aquella alegría gloriosa que sentí cuando hablaba con vosotras del Cuerpo de Cristo, con motivo de la Pascua que celebré contigo y con las demás siervas de Cristo» (BAC p. 358-9).

Si estas conversaciones quedaron tan profundamente impresas en la memoria del cardenal, si éste se recrea en evocarlas, es porque en San Damián debió encontrar una devoción al Santísimo Sacramento del Cuerpo de Cristo superior a lo que era habitual entonces.









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