jueves, 15 de junio de 2017

Año Cristiano Franciscano



DÍA 16 DE JUNIO

 

BEATA MARÍA TERESA SCHERER. Fundadora, con el capuchino P. Teodosio Fiorentini, de las Franciscanas de la Caridad de la Santa Cruz de Ingenbohl. Nació el año 1825 en Meggen (Cantón de Lucerna, Suiza). A los 17 años fue admitida en la Tercera Orden de san Francisco y, durante una peregrinación a Einsiedeln, se sintió llamada a la vida religiosa. En 1845 ingresó en el instituto fundado por el P. Teodosio, dedicado primero a la enseñanza y luego también a los enfermos y a los pobres. En 1855 falleció el fundador y ella tuvo que responsabilizarse del Instituto, superando situaciones tensas y conflictivas que le causaron muchos sufrimientos. Elegida superiora general, orientó con acierto a sus hermanas al servicio de la escuela y de los pobres. La Congregación se extendió por Europa y tenía 422 casas y más de 1500 religiosas cuando el 16 de junio de 1888 falleció la fundadora en Ingenbohl. La beatificó Juan Pablo II en 1995.


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San Aureliano de Arlés. Elegido obispo de Arlés (Francia) el año 546, el papa Vigilio lo honró con el palio y lo nombró vicario papal para la Galia. Fomentó la vida monástica y fundó dos monasterios, el uno masculino y el otro femenino, y les dio una Regla estricta y severa, inspirada en la de san Cesáreo. Defendió con firmeza la fe católica proclamada en los Concilios y participó en la famosa cuestión de los «Tres Capítulos». Murió en Lyon el año 551.

Santos Áureo, Justina y compañeros mártires. Áureo era obispo y Justina era hermana suya, y los dos junto con otros cristianos fueron martirizados por los hunos paganos en Maguncia (Alemania) mientras celebraban la Eucaristía. Esto sucedió en una fecha desconocida del siglo V.

San Benón de Meissen. Nació en la primera mitad del siglo XI, de una familia noble de Sajonia (Alemania). Era capellán de Goslar cuando, en 1066, fue nombrado obispo de Meissen (Sajonia). Vivió en tiempos turbulentos. Era partidario de la paz, pero no pudo evitar que las tropas imperiales saqueasen su ciudad y se lo llevaran prisionero. Recobró la libertad en 1076 cuando Enrique IV fue excomulgado. Más tarde, por haber defendido al papa Gregorio VII en su lucha con el emperador, los secuaces de Enrique IV lo expulsaron de su sede. Muerto Gregorio VII, prestó obediencia al antipapa y volvió a su diócesis, pero en 1097 reconoció al legítimo papa Urbano II. Fue un hombre piadoso, honrado y amante de la Iglesia. Murió el año 1107.

San Cecardo. Fue obispo de Luni y Sarzana, y lo martirizaron el año 860 algunos marmolistas en las canteras de mármol de Carrara (Toscana, Italia).

Santos Domingo Nguyen y compañeros mártires. Son cinco cristianos seglares vietnamitas, de clase social distinguida y rica, arrestados por los perseguidores de la Iglesia para escarmiento de todos los cristianos del país, y de quienes se esperaba obtener la apostasía para que la gente más modesta siguiera su ejemplo. Los encarcelaron y les intimaron la orden formal de apostatar, amenazándolos con severos castigos si se negaban. Se negaron, y fueron torturados con crueldad y refinamiento, y tras meses de martirio fueron decapitados en Lang Coc (Vietnam) el año 1862, en tiempo del emperador Tu Duc. Domingo Nguyen era médico; Domingo Nhi, rico terrateniente; Domingo Mao, rico agricultor; Vicente Tuong, juez suplente y con rico patrimonio; y Andrés Tuong, rico terrateniente.

San Ferreolo y San Ferruccio. Sacerdote y diácono respectivamente, oriundos de Asia Menor, misioneros en Francia, que fueron martirizados en Besançon (Francia) en una fecha incierta del siglo IV.

Santa Lutgarda. Nació en Tongres (Bélgica) el año 1182. A los 17 años profesó en el monasterio benedictino de Santa Catalina de Saint-Trond y, entregada a la vida de oración, comenzó a tener experiencias místicas. Siete años después fue elegida priora, y poco más tarde se pasó a una nueva comunidad que se había propuesto seguir la observancia cisterciense y que se llamó de Nuestra Señora de Aywières. Intensificó su vida de oración y penitencia, por los pecadores y los herejes. El Señor le concedió experiencias espirituales, entre las que destacan las que se aproximan a lo que hoy llamamos devoción al Corazón de Jesús. Murió el año 1246.

San Quirico y Santa Julita. Julita era una dama de familia noble y rica, y Quirico era hijo suyo de pocos años. En la persecución del emperador Diocleciano, Julita fue detenida y juzgada en Tarso (Asia Menor), teniendo el hijo a su lado, por ser cristiana. No consiguieron que apostatara y la condenaron a ser desgarrada y azotada. Quirico, a una con su madre, se proclamó cristiano; lo tiraron por las escaleras y se partió el cráneo. La madre, después de ser torturada de nuevo, fue decapitada. El martirio tuvo lugar en torno al año 304.

San Similiano. Obispo de Nantes (Francia) en el siglo IV, a quien san Gregorio de Tours alaba como gran confesor de la fe.

San Ticón. Obispo de Amatonte, en la actualidad Limassol (Chipre), en tiempo del emperador Teodosio el Joven. Murió hacia el año 425.

Beato Antonio Constante Auriel. Nació en Fajolles (Francia) el año 1764, y recibió la ordenación sacerdotal en la diócesis de Cahors en 1790. Estuvo ejerciendo el ministerio parroquial hasta que, en la Revolución Francesa, le exigieron que suscribiera la constitución civil del clero, a lo que se negó. Lo expulsaron de la parroquia, lo encarcelaron y lo condenaron a la deportación. Lo encerraron en la galera «Deux Associés», anclada frente a la costa de Rochefort (Francia). Se ofreció para enfermero del hospital de los presos, a los que confortó y trató con bondad y delicadeza. Pronto cayó el mismo enfermo, y murió el año 1794.

Beato Tomás Reding. Es otro de los diez monjes de la cartuja de Londres que se negaron a reconocer la supremacía religiosa del rey Enrique VIII y a repudiar la autoridad del Papa en la Iglesia de Inglaterra. Junto con sus hermanos de religión, lo encerraron en la cárcel de Newgate (Londres), lo sujetaron a una argolla, lo cargaron de cadenas y lo dejaron morir de hambre e inanición. Murió el 16 de junio de 1537, durante el reinado de Enrique VIII.

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PARA TENER EL ESPÍRITU DE ORACIÓN Y DEVOCIÓN

Pensamiento bíblico:

Las aguas torrenciales no podrán apagar el Amor, ni anegarlo los ríos. Si alguien quisiera comprar el Amor, aunque fuera con todas las riquezas de su casa, se haría despreciable (Ct 8,7).

Pensamiento franciscano:

Dice san Francisco: -Donde está el temor de Dios para custodiar la entrada, allí el enemigo no encuentra por donde entrar. Donde hay misericordia y discreción, allí no hay superfluidad ni endurecimiento (Adm 27,5-6).

Orar con la Iglesia:

Dirijamos nuestra oración al Padre y pidámosle que nos ilumine con la claridad de Cristo.

-Dios Padre, te damos gracias porque nos has llamado a vivir en tu luz maravillosa.

-Haz, Señor, que la fuerza del Espíritu Santo nos purifique y nos fortalezca.

-Que tu Espíritu, Señor, nos guíe en nuestros trabajos para que hagamos más humana la vida de los hombres.

-Concédenos que, con nuestro servicio a los hombres, hagamos de la familia humana una ofrenda agradable a tus ojos.

-Llénanos de tu misericordia para que encontremos nuestro gozo en alabarte y darte gracias.

Oración: Señor, tú que eres la vida de los fieles, escúchanos y sacia con la abundancia de tus dones a los que tienen sed de tus promesas. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

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NO TEMÁIS A LOS HOMBRES, TEMED A DIOS
Benedicto XVI, Ángelus del 22 de junio de 2008

Queridos hermanos y hermanas:

En el evangelio de este domingo [XII del tiempo ordinario] encontramos dos invitaciones de Jesús: por una parte, «no temáis a los hombres», y por otra «temed» a Dios (cf. Mt 10,26.28). Así, nos sentimos estimulados a reflexionar sobre la diferencia que existe entre los miedos humanos y el temor de Dios. El miedo es una dimensión natural de la vida. Desde la infancia se experimentan formas de miedo que luego se revelan imaginarias y desaparecen; sucesivamente emergen otras, que tienen fundamentos precisos en la realidad: éstas se deben afrontar y superar con esfuerzo humano y con confianza en Dios. Pero también hay, sobre todo hoy, una forma de miedo más profunda, de tipo existencial, que a veces se transforma en angustia: nace de un sentido de vacío, asociado a cierta cultura impregnada de un nihilismo teórico y práctico generalizado.

Ante el amplio y diversificado panorama de los miedos humanos, la palabra de Dios es clara: quien «teme» a Dios «no tiene miedo». El temor de Dios, que las Escrituras definen como «el principio de la verdadera sabiduría», coincide con la fe en él, con el respeto sagrado a su autoridad sobre la vida y sobre el mundo. No tener «temor de Dios» equivale a ponerse en su lugar, a sentirse señores del bien y del mal, de la vida y de la muerte. En cambio, quien teme a Dios siente en sí la seguridad que tiene el niño en los brazos de su madre (cf. Sal 131,2): quien teme a Dios permanece tranquilo incluso en medio de las tempestades, porque Dios, como nos lo reveló Jesús, es Padre lleno de misericordia y bondad.

Quien lo ama no tiene miedo: «No hay temor en el amor -escribe el apóstol san Juan-; sino que el amor perfecto expulsa el temor, porque el temor mira al castigo; quien teme no ha llegado a la plenitud en el amor» (1 Jn 4,18). Por consiguiente, el creyente no se asusta ante nada, porque sabe que está en las manos de Dios, sabe que el mal y lo irracional no tienen la última palabra, sino que el único Señor del mundo y de la vida es Cristo, el Verbo de Dios encarnado, que nos amó hasta sacrificarse a sí mismo, muriendo en la cruz por nuestra salvación.

Cuanto más crecemos en esta intimidad con Dios, impregnada de amor, tanto más fácilmente vencemos cualquier forma de miedo. En el pasaje evangélico de hoy, Jesús repite muchas veces la exhortación a no tener miedo. Nos tranquiliza, como hizo con los Apóstoles, como hizo con san Pablo cuando se le apareció en una visión durante la noche, en un momento particularmente difícil de su predicación: «No tengas miedo -le dijo-, porque yo estoy contigo» (Hch 18,9-10). El Apóstol de los gentiles, de quien nos disponemos a celebrar el bimilenario de su nacimiento con un especial Año jubilar, fortalecido por la presencia de Cristo y consolado por su amor, no tuvo miedo ni siquiera al martirio.

Que este gran acontecimiento espiritual y pastoral suscite también en nosotros una renovada confianza en Jesucristo, que nos llama a anunciar y testimoniar su Evangelio, sin tener miedo a nada.

Os invito a vivir cimentados en el sólido fundamento del amor a Jesucristo, para que no os dejéis vencer por el temor y seáis sus testigos en medio del mundo, superando las dificultades o el ambiente hostil que podáis encontrar. Os acompañe en esta hermosa misión la maternal protección de la Virgen María.

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LA EUCARISTÍA, ARRAS DE LA RESURRECCIÓN
Del tratado de san Ireneo contra las herejías

Si la carne no se salva, entonces el Señor no nos ha redimido con su sangre, ni el cáliz de la eucaristía es participación de su sangre, ni el pan que partimos es participación de su cuerpo. Porque la sangre procede de las venas y de la carne y de toda la substancia humana, de aquella substancia que asumió el Verbo de Dios en toda su realidad y por la que nos pudo redimir con su sangre, como dice el Apóstol: Por su sangre hemos recibido la redención, el perdón de los pecados.

Y, porque somos sus miembros y quiere que la creación nos alimente, nos brinda sus criaturas, haciendo salir el sol y dándonos la lluvia según le place; y también porque nos quiere miembros suyos, aseguró el Señor que el cáliz, que proviene de la creación material, es su sangre derramada, con la que enriquece nuestra sangre, y que el pan, que también proviene de esta creación, es su cuerpo, que enriquece nuestro cuerpo.

Cuando la copa de vino mezclado con agua y el pan preparado por el hombre reciben la Palabra de Dios, se convierten en la eucaristía de la sangre y del cuerpo de Cristo y con ella se sostiene y se vigoriza la substancia de nuestra carne, ¿cómo pueden, pues, pretender los herejes que la carne es incapaz de recibir el don de Dios, que consiste en la vida eterna, si esta carne se nutre con la sangre y el cuerpo del Señor y llega a ser parte de este mismo cuerpo?

Por ello bien dice el Apóstol en su carta a los Efesios: Somos miembros de su cuerpo, hueso de sus huesos y carne de su carne. Y esto lo afirma no de un hombre invisible y mero espíritu -pues un espíritu no tiene carne y huesos-, sino de un organismo auténticamente humano, hecho de carne, nervios y huesos; pues es este organismo el que se nutre con la copa, que es la sangre de Cristo, y se fortalece con el pan, que es su cuerpo.

Del mismo modo que el esqueje de la vid, depositado en tierra, fructifica a su tiempo, y el grano de trigo, que cae en tierra y muere, se multiplica pujante por la eficacia del Espíritu de Dios que sostiene todas las cosas, y así estas criaturas trabajadas con destreza se ponen al servicio del hombre, y después, cuando sobre ellas se pronuncia la Palabra de Dios, se convierten en la eucaristía, es decir, en el cuerpo y la sangre de Cristo; de la misma forma nuestros cuerpos, nutridos con esta eucaristía y depositados en tierra, y desintegrados en ella, resucitarán a su tiempo, cuando la Palabra de Dios les otorgue de nuevo la vida para la gloria de Dios Padre. Él es, pues, quien envuelve a los mortales con su inmortalidad y otorga gratuitamente la incorrupción a lo corruptible, porque la fuerza de Dios se realiza en la debilidad.

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SANTA CLARA DE ASÍS Y LA EUCARISTÍA (III)
por René-Charles Dhont, ofm

DEVOCIÓN A LA SANTA RESERVA (I)

Clara vive en la época en la cual se despliega pujante en el pueblo de Dios el culto a Cristo presente en la Eucaristía. Este culto, tras un desarrollo ininterrumpido desde los orígenes, alcanza un lugar importante en la vida espiritual de la Iglesia. Sus manifestaciones se multiplican. «Puede afirmarse, escribe H. Thurston, que a partir de 1200 el pensamiento y el culto de la Eucaristía se convierten en casi toda la Iglesia en objeto constante e inmediato de solicitud». Ello inducirá al papa Urbano IV a aprobar oficialmente, en 1264, la fiesta del Cuerpo de Cristo, a instancias de santa Juliana de Montcornillon.

La abadesa de San Damián, que siempre quiso vivir en plena comunión de fe con la Iglesia y de vida con el Pueblo de Dios, no podía permanecer indiferente a ese progreso que hallaba, además, un amplio eco en las aspiraciones de su corazón y en el ejemplo de san Francisco.

Su fe y su recurso al Señor, presente bajo las apariencias del pan consagrado, nos son revelados en un momento grave de su existencia y de la existencia de sus hermanas. En 1240, soldados musulmanes venidos para sitiar Asís, invaden el monasterio. Entre el pánico general, sólo la abadesa conserva la sangre fría. No hay posibilidad alguna de socorro humano; pero queda Dios. Y Clara se dirige a Cristo en la Eucaristía, como recuerda una testigo en el Proceso de canonización:

«Una vez entraron los sarracenos en el claustro del monasterio, y madonna Clara se hizo conducir hasta la puerta del refectorio y mandó que trajesen ante ella un cofrecito donde se guardaba el santísimo Sacramento del Cuerpo de nuestro Señor Jesucristo. Y, postrándose en tierra en oración, rogó con lágrimas diciendo, entre otras, estas palabras: "Señor, guarda Tú a estas siervas tuyas, pues yo no las puedo guardar". Entonces la testigo oyó una voz de maravillosa suavidad, que decía: "¡Yo te defenderé siempre!". Entonces la dicha madonna rogó también por la ciudad, diciendo: "Señor, plázcate defender también a esta ciudad". Y aquella misma voz sonó y dijo: "La ciudad sufrirá muchos peligros, pero será protegida". Y entonces la dicha madonna se volvió a las hermanas y les dijo: "No temáis, porque yo soy fiadora de que no sufriréis mal alguno, ni ahora ni en el futuro, mientras obedezcáis los mandamientos de Dios". Y entonces los sarracenos se marcharon sin causar mal ni daño alguno» (Proceso 9,2).

De manera semejante, dice el relato paralelo de Celano que los sarracenos cayeron sobre San Damián y entraron en él, hasta el claustro mismo de las vírgenes; entonces las damas pobres acudieron a su madre entre lágrimas. «Ésta, impávido el corazón, manda, pese a estar enferma, que la conduzcan a la puerta y la coloquen frente a los enemigos, llevando ante sí la cápsula de plata, encerrada en una caja de marfil, donde se guarda con suma devoción el Cuerpo del Santo de los Santos» (LCl 21).

Así pues, en un momento dramático para la comunidad, Clara recurre a Cristo presente en el Santísimo Sacramento. Manda que lo coloquen entre las hermanas y los soldados y dirige a Él su oración. Él responde a su confianza. De Él viene la salvación.

La respuesta de Cristo debió marcar profundamente en el futuro la piedad eucarística de San Damián. No podían olvidar las hermanas que un día les había llegado la salvación de Cristo escondido en la «píxide de plata recubierta de marfil».

Otro hecho refuerza esta intuición. En 1241, Vital de Aversa asedia Asís, amenazando destruir la ciudad. Clara moviliza a sus hermanas a la oración y a la penitencia, a fin de obtener la protección del Señor sobre la ciudad en peligro. También en este caso las impele a dirigir sus ruegos a Cristo presente en la Eucaristía. Y de tal modo lo cumplieron, que al día siguiente, de mañana, huyó aquel ejército, roto y a la desbandada» (Proceso 9,3). Sin duda, la experiencia de la presencia protectora del año anterior permanece viva en todas las memorias. Su oración eucarística es escuchada de nuevo.




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