miércoles, 14 de junio de 2017

Año Cristiano Franciscano


DÍA 15 DE JUNIO

 

SAN AMÓS. Es uno de los llamados «Profetas menores» del Antiguo Testamento, que vivió en el siglo VIII antes de Cristo, en tiempo del rey Jeroboam II (786-746 a. C.). Era pastor y cultivador de higueras en Técoa, junto a Belén, y Dios lo llamó y lo envió a los hijos de Israel para reafirmar la justicia y santidad del Señor contra sus prevaricaciones. Fustigó de palabra y por escrito con energía la vida del reino de Israel que, en tiempo de prosperidad, había abandonado la ley divina. Amós le profetizó el castigo divino y la salvación de unos pocos justos que perpetuarían el pueblo de Dios. Tuvo el mérito, que lo hace muy actual, de denunciar el culto reducido a meras exterioridades y la falsa seguridad de los hombres frente a Dios.



SANTA MARÍA MICAELA DEL SANTÍSIMO SACRAMENTO. Nació en Madrid de familia noble el año 1809. Recibió una esmerada educación y tuvo que llevar una vida de sociedad acorde con su rango, que sabía armonizar con una intensa vida religiosa. El amor a Cristo en la Eucaristía y a la Virgen fue el alma de su vida y de su obra. Renunció a las grandezas nobiliarias y a su porvenir como Vizcondesa de Jorbalán, para consagrarse a la educación de la juventud inadaptada socialmente. Fundó la Congregación de Adoratrices Esclavas del Santísimo Sacramento y de la Caridad. Realizó un bien inmenso a la juventud extraviada o en riesgo de extraviarse. Murió en Valencia, víctima de su caridad, al atender a los enfermos de cólera, el 24 de agosto de 1865. [Su memoria se celebra el 15 de junio, día de sus votos perpetuos] Fue canonizada en 1934.- Oración: Oh Dios, que amas a los hombres y concedes a todos tu perdón, suscita en nosotros un espíritu de generosidad y de amor que, alimentado y fortalecido por la eucaristía, a imitación de santa María Micaela, nos impulse a encontrarte en los más pobres y en los más necesitados de tu protección. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.





BEATA ALBERTINA BERKENBROCK. Nació en Sao Luis, al norte de Brasil, en 1919, de una familia católica, proveniente de Westfalia (Alemania). Recibió una excelente educación cristiana. Era obediente, bondadosa, delicada, modesta, dócil y piadosa, ayudaba en los quehaceres del hogar y en las labores del campo. Sus devociones especiales eran la Virgen María y san Luis Gonzaga. Llevada de su caridad, acompañaba a las niñas más pobres, con las que jugaba y compartía su pan, y lo hacía en particular con los hijos de su asesino, Idanlicio, que trabajaba para su familia; esto tenía un mérito especial porque eran de raza negra y vivían en un ambiente de fuerte sentimiento racista. El 15 de junio de 1931, Albertina estaba apacentando el ganado de su familia cuando el padre le pidió que fuera a buscar un buey que se había alejado. En el camino encontró a Idanlicio que se ofreció a ayudarle. Con engaño la condujo a un bosque cercano pidiéndole tener una relación sexual. Albertina se opuso con firmeza e Idanlicio intentó violarla. Al no lograrlo, extrajo una navaja y le cortó la garganta, causándole la muerte en el acto. Fue beatificada como virgen y mártir el año 2007.

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San Abraham de Saint-Cyrgues. Nació en Mesopotamia, a orillas del río Éufrates. En su juventud fue a visitar a los ermitaños de los desiertos de Egipto, y durante el viaje fue detenido por unos bandidos paganos, que lo tuvieron prisionero cinco años. Cuando pudo escapar tomó una nave que lo llevó a las costas de Francia. Se internó en el país y se estableció en los alrededores de Clermont-Ferrand (Auvernia), donde vivió solitario hasta que entró en el monasterio de Saint-Cyrgues, donde murió hacia el año 480.

Santa Bárbara Cui Lianzhi. Cristiana seglar china nacida en 1849, casada y madre de familia, que fue cruelmente martirizada por los boxers en Qiangshenzhuang, provincia de Hebei en China, el año 1900. Cuando estalló la revolución contra los cristianos, fue a recoger a su hijo seminarista y toda la familia huyó a otro lugar más seguro. Pero los alcanzaron los boxers, Bárbara y su esposo se escaparon y desde su escondite vieron como asesinaban a su hijo y a su nuera por negarse a apostatar. Más tarde la detuvieron a ella y la sometieron a brutales tormentos hasta la muerte.

Santa Benilde de Córdoba. Mujer cordobesa, de edad avanzada, piadosa y decidida, que, al día siguiente del martirio de san Anastasio y compañeros, es decir el 14 de junio del año 853, acudió al cadí de Córdoba (España) ante el que profesó con entereza su fe en la divinidad de Jesucristo y rechazó la religión del Corán. Fue degollada inmediatamente, luego incinerada y sus cenizas arrojadas al río Guadalquivir.

San Bernardo de Menthon (o de Aosta). Este santo ha dado nombre a dos puertos de montaña de los Alpes, el «Gran San Bernardo» y el «Pequeño San Bernardo», y también a una raza de perros, el «San Bernardo». Nació a principios del siglo XI y de joven siguió su vocación eclesiástica. Fue canónigo y arcediano de la catedral de Aosta, y visitó todas las montañas y valles de los Alpes, prestando particular atención a viajeros y peregrinos. Fundó en la alta montaña un monasterio y dos refugios. Fue un predicador incansable por aquellas poblaciones. Murió en Novara el año 1081. Hombre benemérito para la comunicación entre naciones a través de los Alpes, fue proclamado por Pío XI patrono de los alpinistas.

San Esiquio. Era soldado y sufrió el martirio en Dorostoro, en Mesia (hoy Rumanía), hacia el año 302.

Santa Germana Cousin. Nació en Pibrac, cerca de Toulouse (Francia), el año 1579, en el seno de una familia muy modesta, y nació con una malformación congénita y una constitución frágil; además, pronto contrajo la escrofulosis que la acompañó toda la vida. Quedó huérfana de madre siendo pequeña, su padre contrajo nuevo matrimonio y la madrastra la trató con poco miramiento. Manca y enfermiza, se hizo cargo de las ovejas; pasaba el día en el campo y la noche al raso o en un cobertizo. Llena de humildad y mansedumbre, de piedad y vida interior, trató de hacer el bien con su ejemplo y sus palabras sencillas y cordiales. Nunca se quejó de sus males. Murió en su pueblo el año 1601.

San Isfrido. Era monje premonstratense en Westfalia (Alemania), y el año 1180 fue elegido obispo de Ratzeburg, diócesis que estaba confiada a los religiosos de su Orden, por lo que pudo continuar con su estilo de vida monástico a la vez que atendía sus obligaciones pastorales. Superando muchas dificultades, continuó la evangelización de los Vendos que ya había iniciado su predecesor san Evermondo. Murió el año 1204

San Landelino. De joven perteneció a una banda de salteadores. San Autberto de Cambrai le llevó al buen camino y emprendió una vida virtuosa. Fundó un monasterio en Lobbes, del que fue abad, y más tarde otro en Saint-Crespin, en Hainault (territorio actual de Francia), en el que murió el año 686.

San Lotario. Fundó un monasterio en un bosque de Argentan. Después fue elegido obispo de Séez, en Neustria (en la actualidad Francia). El año 752 renunció a su sede y se retiró a llevar vida eremítica. Murió el año 756.

San Vito. Fue martirizado en Lucania (hoy Basilicata, Italia), en una fecha desconocida de la antigüedad cristiana.

Beato Clemente Vismara. Nació en Agrate Brianza (Italia) en 1897. Participó en la I Guerra Mundial, y fue varias veces condecorado. Le desagradó aquella experiencia y, en 1920, ingresó en Milán en el Pontificio Instituto de Misiones Extranjeras. En 1923 se ordenó sacerdote y marchó a Birmania (Myanmar). La Iglesia estaba allí en sus comienzos. Vivía pobre y viajaba a caballo por un terreno montañoso, casi inexplorado, habitado por tribus. Fundó parroquias y puestos misionales, hizo apostolado, pero su tarea era más de civilizador: sanidad, enseñanza, agricultura, etc. Poco a poco la evangelización fue dando sus frutos. Murió el 15-VI-1988 en Mongping. Beatificado en 2011.

Beato Luis María Palazzolo. Fundador de los Hermanos de la Sagrada Familia y de las Hermanas Pobrecitas. Su carisma de fundador estuvo ligado al cuidado de los enfermos, los necesitados y los ancianos. Nació en Bérgamo (Italia) el año 1827 y se ordenó de sacerdote en 1850. Trabajó en el apostolado parroquial, creó una Obra para acoger a chicas extraviadas o en situación de peligro. Fundó escuelas nocturnas. Fue un predicador celoso de misiones populares y ejercicios espirituales, a la vez que un gran director de almas. Murió en Bérgamo el año 1886.

Beatos Pedro Snow y Rodolfo Grimston. Ambos eran naturales de la región de Yorkshire (Inglaterra). Pedro era sacerdote ordenado en el Continente y ejercía su ministerio sacerdotal en York. Rodolfo era un caballero, una persona de clase acomodada, que vivía la fe católica y hospedaba en su casa a los sacerdotes, en concreto a Pedro. Un día, cuando iban por la calle, intentaron arrestar a Pedro y Rodolfo trató de defenderlo. Ambos quedaron detenidos. El uno por ser sacerdote y el otro por hospedar y proteger a sacerdotes, los dos fueron condenados como traidores. Se negaron a apostatar para salvar la vida, y fueron ahorcados y descuartizados en York el año 1598, en tiempo de la reina Isabel I.

Beato Tomás Scryven. Era monje en la cartuja de Londres, hermano profeso. Fue uno de los diez religiosos de su comunidad que se negaron a firmar el acta de adhesión al cisma de Enrique VIII, lo que llevaba consigo separarse de la comunión con la Iglesia Católica. Lo encerraron en la cárcel, lo cargaron de cadenas y lo sometieron a la tortura de la argolla, dejándolo abandonado hasta que murió de hambre e inanición. Era el año 1537, en tiempo del rey Enrique VIII.

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PARA TENER EL ESPÍRITU DE ORACIÓN Y DEVOCIÓN

Pensamiento bíblico:

Jesús exclamó: -Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a la gente sencilla (Mt 11,25).

Pensamiento franciscano:

De la Carta de san Francisco a sus Custodios: -Os ruego que supliquéis humildemente a los clérigos que veneren sobre todas las cosas el santísimo cuerpo y sangre de nuestro Señor Jesucristo y sus santos nombres y sus palabras escritas que consagran el cuerpo. Los cálices, los corporales, los ornamentos del altar y todo lo que concierne al sacrificio, deben tenerlos preciosos (1CtaCus 2-3).

Orar con la Iglesia:

Impulsados por el Espíritu y unidos a Jesucristo, presentemos al Padre nuestra oración confiada.

-Por todos los creyentes, para que lleguemos a la unidad querida por Cristo en su santa y única Iglesia.

-Por todos los países del mundo, para que encuentren caminos de paz y justicia, venciendo toda tentación de egoísmo y violencia.

-Por los ancianos, los enfermos y los indigentes, para que no sean marginados de la sociedad, sino que se sientan acogidos y valorados.

-Por todos los hombres, para que el contemplar las grandezas de Dios nos lleve a respetar y amar toda vida humana.

-Por todos los bautizados, para que vivamos en plenitud la vida divina presente en nuestros corazones.

Oración: Señor y Padre de todos los hombres, concédenos amarnos los unos a los otros como tú nos amas y quieres que nos amemos. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

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«MISERICORDIA QUIERO Y NO SACRIFICIOS»
Benedicto XVI, Ángelus del 8 de junio de 2008

Queridos hermanos y hermanas:

En el centro de la liturgia de la Palabra de este domingo está una expresión del profeta Oseas, que Jesús retoma en el Evangelio: «Quiero amor y no sacrificios, conocimiento de Dios más que holocaustos» (Os 6,6). Se trata de una palabra clave, una de las palabras que nos introducen en el corazón de la Sagrada Escritura. El contexto, en el que Jesús la hace suya, es la vocación de Mateo, de profesión «publicano», es decir, recaudador de impuestos por cuenta de la autoridad imperial romana; por eso mismo, los judíos lo consideraban un pecador público. Después de llamarlo precisamente mientras estaba sentado en el banco de los impuestos -ilustra bien esta escena un celebérrimo cuadro de Caravaggio-, Jesús fue a su casa con los discípulos y se sentó a la mesa junto con otros publicanos. A los fariseos escandalizados, les respondió: «No necesitan médico los sanos, sino los enfermos. (...) No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores» (Mt 9,12-13). El evangelista san Mateo, siempre atento al nexo entre el Antiguo y el Nuevo Testamento, en este momento pone en los labios de Jesús la profecía de Oseas: «Id y aprended lo que significa: "Misericordia quiero y no sacrificios"».

Es tal la importancia de esta expresión del profeta, que el Señor la cita nuevamente en otro contexto, a propósito de la observancia del sábado (cf. Mt 12,1-8). También en este caso, Jesús asume la responsabilidad de la interpretación del precepto, revelándose como «Señor» de las mismas instituciones legales. Dirigiéndose a los fariseos, añade: «Si comprendierais lo que significa: "Misericordia quiero y no sacrificios", no condenaríais a personas sin culpa» (Mt 12,7). Por tanto, Jesús, el Verbo hecho hombre, «se reconoció», por decirlo así, plenamente en este oráculo de Oseas; lo hizo suyo con todo el corazón y lo realizó con su comportamiento, incluso a costa de herir la susceptibilidad de los jefes de su pueblo. Esta palabra de Dios nos ha llegado, a través de los Evangelios, como una de las síntesis de todo el mensaje cristiano: la verdadera religión consiste en el amor a Dios y al prójimo. Esto es lo que da valor al culto y a la práctica de los preceptos.

Dirigiéndonos ahora a la Virgen María, pidamos por su intercesión vivir siempre en la alegría de la experiencia cristiana. Que la Virgen, Madre de la Misericordia, suscite en nosotros sentimientos de abandono filial a Dios, que es misericordia infinita; que ella nos ayude a hacer nuestra la oración que san Agustín formula en un famoso pasaje de sus Confesiones: «¡Señor, ten misericordia de mí! Mira que no oculto mis llagas. Tú eres el médico; yo soy el enfermo. Tú eres misericordioso; yo, lleno de miseria. (...) Toda mi esperanza está puesta únicamente en tu gran misericordia» (X, 28. 39; 29. 40).

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NADA HAY COMPARABLE
A LA DICHA DE SERVIR A DIOS
De los escritos de santa María Micaela

El día de Pentecostés sentí una luz interior y comprendí que era Dios tan grande, tan poderoso, tan bueno, tan amante, tan misericordioso, que resolví no servir más que a un Señor que todo lo reúne para llenar mi corazón. Yo no puedo querer más que lo que quieras de mí, Dios mío, para tu mayor gloria.

No deseo nada, ni me siento apegada más que a Jesús sacramentado. Pensar que el Señor se quedó con nosotros me infunde un deseo de no separarme de él en la vida, si ser pudiera, y que todos le viesen y amen. Seamos locos de amor divino, y no hay qué temer.

Yo no sé que haya en el mundo mayor dicha que servir a Dios y ser su esclava, pero servirle amando las cruces como él hizo, y lo demás es nada, llevado por su amor.

Dichosos nuestros pecados, que dan a un Dios motivo para que ejerza tanta virtud, como resalta en Dios con el pecador. Éste es tanto más desgraciado cuanto no conoce el valor tan grande de esta alma suya por la que el Señor derramó toda su sangre. ¿Y dudaremos nosotros arrostrar todos los trabajos del mundo por imitar en esto a Jesucristo? ¿Y se nos hará penoso y cuesta arriba dar la vida, crédito, fortuna y cuanto poseemos sobre la tierra, por salvar una que tanto le costó al Señor, toda su sangre sacratísima y divina?

Yo sé que ni el viaje, ni el frío, ni el mal camino, lluvias, jaquecas, gastos, todo, me parece nada si se salva una, si, una. Por un pecado que lleguemos a evitar, somos felices y le amaremos en pago.

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SANTA CLARA DE ASÍS Y LA EUCARISTÍA (II)
por René-Charles Dhont, ofm

LA LITURGIA EUCARÍSTICA

Apenas conocemos nada respecto a las celebraciones eucarísticas en San Damián. Un Hermano Menor moraba allí establemente para garantizar la celebración de la misa y la administración de los sacramentos, y podía celebrar la misa dentro de la clausura cuando las hermanas comulgaban (RCl 3). Clara «comulgaba frecuentemente» y con un fervor que se exteriorizaba en las lágrimas (Proceso 2,10; 3,7); también puede citarse su felicidad cuando recibió por última vez la comunión antes de su muerte (LCl 42). Conociendo esto y sabiendo también cuánto la conmovía y enardecía el pensamiento de Cristo crucificado, no corremos riesgo de equivocarnos al pensar que el Sacrificio de Cristo resonaba en su corazón y que Clara fundamentaba en él su «religión».

Hay un hecho que nos permite entrever cómo revivía, en el desenvolvimiento litúrgico, el misterio de Cristo y participaba en él. Una noche de Navidad, Clara, enferma, permanecía sola en su celda mientras sus hermanas estaban en el coro rezando Maitines. La abadesa, dice la Leyenda de santa Clara, «se puso a pensar en el Niño Jesús y se dolía mucho de no poder tomar parte en dichas alabanzas. Suspiraba: "¡Señor Dios, héme aquí sola y abandonada de ti!". De repente comenzó a oír el maravilloso concierto que cantaban en la iglesia de San Francisco. Percibía la jubilosa salmodia, seguía la armonía de los cantos, percibía incluso el sonido de los instrumentos... Pero, y esto supera semejante prodigio de audición, mereció ver además el pesebre del Señor. A la mañana siguiente, cuando acudieron a verla sus hijas, les dijo: "Bendito sea mi Señor Jesucristo. He escuchado realmente, por su gracia, las solemnes funciones que se celebraron anoche en la iglesia de San Francisco"» (LCl 29).

Aquella noche, en su lecho de enferma, «vivió» Clara la natividad de Jesús. «Pensaba en el Niño Jesús». Con todo su corazón estaba junto a Él en Belén. Y esta presencia fue tan intensa que «vio» con sus propios ojos el pesebre del Señor. Lo vio en su humildad y pobreza. Y todo ello penetraba en su ser suscitándole un impulso de ternura, una voluntad ardiente de compartir la pobreza y la humildad de su Señor. Las melodías y la alegre salmodia servían de soporte y de expresión a todos los movimientos de su amor, acompañaban la alabanza que brotaba de su corazón.

Clara vivía, pues, una vida litúrgica tal como la Iglesia la desea para todos sus hijos. En efecto, si la liturgia celebra los misterios de Cristo, es para que los hagamos nuestros. La finalidad de las palabras, los cantos y los gestos es hacernos presentes dichos misterios a fin de despertar en nuestros corazones la alabanza y la acción de gracias, y ponernos en comunión vital con Cristo y sus misterios.

Es verdad que hace falta haber meditado largo tiempo en la oración solitaria, para vivir las celebraciones litúrgicas con tal profundidad. Quien no se ha detenido a contemplar a Cristo en Belén, en Nazaret, en el Calvario, no llegará lejos en su participación personal en los misterios de Navidad y de Pascua. Una vida litúrgica que no se apoya en la oración personal corre el riesgo de ser una especie de «representación» que no compromete verdaderamente a los actores.

Pero santa Clara fue una gran contemplativa, asidua a la oración silenciosa. Cuantos la conocieron lo atestiguan.

Clara vivía habitualmente con la mirada puesta en Dios, con el espíritu y el corazón ocupados en Él. Con todo, la oración en sentido fuerte marcaba horas de plenitud en su existencia inmersa en Dios. En tales momentos, a solas con el Señor, completamente entregada y abandonada en sus manos, penetraba cada vez más profundamente en su intimidad, saciaba su sed de amor y alimentaba su voluntad de traducir en toda su vida su amor.

La Eucaristía era para Clara, al igual que para Francisco, el lugar privilegiado de este encuentro con Cristo. Para ambos, si bien el Señor nos ha dejado en cuanto a su presencia corporal, permanece con nosotros en su presencia eucarística: «Y como se mostró a los santos apóstoles en carne verdadera -dice Francisco-, así también ahora se nos muestra a nosotros en el pan sagrado. Y como ellos, con la mirada de su carne, sólo veían la carne de él, pero, contemplándolo con ojos espirituales, creían que él era Dios, así también nosotros, viendo el pan y el vino con los ojos corporales, veamos y creamos firmemente que es su santísimo cuerpo y sangre vivo y verdadero» (Adm 1,19-21).

Aunque son pocos los testimonios referentes a la vida eucarística en San Damián, la célebre oración ante la hostia consagrada durante la invasión del monasterio por los soldados musulmanes, el cuidado de Clara para adornar los altares con paños finos, el tema privilegiado de las conversaciones con el cardenal Hugolino durante su permanencia en San Damián en las fiestas de Pascua, etc., inducen a creer que Clara se asoció plenamente a la devoción eucarística de su padre y amigo Francisco.












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