martes, 13 de junio de 2017

Año Cristiano Franciscano



DÍA 14 DE JUNIO

 

SAN ELISEO. Profeta del Antiguo Testamento, que vivió en los siglos IX y VIII antes de Cristo en Samaria o Sebaste (Palestina). Su nombre significa «Dios es mi salvación». Siguiendo la llamada divina cuando estaba detrás del arado y los bueyes, se unió al profeta Elías al que siguió y sirvió, y de quien recibió su manto y su espíritu cuando Elías fue arrebatado en el carro de fuego. Fue un verdadero hombre de Dios, dedicado a la causa de la religión, que combatió con firmeza el culto a Baal y de los ídolos. Tomó parte activa en los acontecimientos políticos de su pueblo. No nos dejó profecías escritas, pero con sus numerosos milagros, también a favor de los extranjeros, anunció la futura salvación que había de llegar a todos los hombres. La Biblia recuerda una larga serie de los prodigios realizados por Eliseo: extendiendo el manto de Elías dividió las aguas del Jordán, volvió potable el agua de Jericó, devolvió a la vida al hijo de la sunamita que lo hospedaba, multiplicó los panes para un centenar de hambrientos, etc. Murió hacia el año 790 antes de Cristo.




SAN METODIO DE CONSTANTINOPLA. Nació en Sicilia y se hizo monje en la isla de Chio (mar Egeo). San Nicéforo, patriarca de Constantinopla, lo llamó a sí y lo tuvo de colaborador personal suyo. Era el tiempo de las polémicas en torno al culto de las imágenes. El emperador iconoclasta León V el Armenio depuso a Nicéforo, y Metodio huyó a Roma para informar al papa Pascual I; allí recibió la ordenación sacerdotal. Cuando murió León, el Papa envió a Metodio a Constantinopla con una carta para el nuevo emperador, pero de inmediato fue detenido y desterrado, y así permaneció siete años. La emperatriz santa Teodora restableció el culto de los santos iconos. Metodio fue nombrado patriarca de Constantinopla el año 842 y celebró con toda solemnidad el triunfo de la recta fe. En su gobierno tuvo que afrontar la difícil situación interna de la Iglesia. Había obispos y abades afectos a las ideas iconoclastas; los destituyó, pero encontró enemigos a la hora de proveer las sedes vacantes, que incluso lo calumniaron. Murió el 14 de junio del año 847.

* * *

Santos Anastasio, Félix y Digna. Los tres fueron martirizados por los musulmanes en Córdoba (España) el año 853. Anastasio era monje y sacerdote. Félix era bereber de raza, natural de Alcalá de Henares y de religión musulmana; en un viaje que hizo a Asturias, se convirtió al cristianismo, recibió el bautismo y abrazó la vida monástica. Anastasio y Félix se presentaron al cadí ante el que confesaron su fe cristiana y rechazaron la religión islámica. De inmediato fueros degollados y sus cuerpos colgados en un patíbulo a la orilla del río Guadalquivir. Entonces llegó Digna, monja del monasterio de Tábanos, que fue a ver al cadí, le reprochó lo que había hecho con los mártires, confesó su fe en la Trinidad y rechazó el Islam. Al instante fue degollada y su cuerpo colgado al lado de los otros dos mártires.

San Eterio. Obispo de Vienne, en Borgoña (Francia), en el siglo VII.

San Fortunato de Nápoles. Fue obispo de Nápoles (Italia) a mitad del siglo IV, cuando el arrianismo parecía invadirlo todo. Fortunato se mantuvo firme en la fe definida en el Concilio de Nicea y confesó sin ambages la divinidad de Jesucristo. Además, hizo todo lo posible para mantener a su diócesis libre de la herejía. Incluso cuando llegaron a Nápoles unos obispos orientales huidos del concilio de Sárdica que intentaron atraerlo a su partido arriano, Fortunato permaneció inconmovible en la fe católica.

San Proto. Sufrió el martirio en Aquileya (Friuli, Italia) en una fecha desconocida de la antigüedad cristiana.

Santos Valeriano y Rufino. Eran dos seglares, almacenistas en los graneros imperiales, cristianos fervientes y apóstoles del Evangelio, que fueron decapitados en Soissons (Francia) a principios del siglo IV, en tiempo de los emperadores Diocleciano y Maximiano.



PARA TENER EL ESPÍRITU DE ORACIÓN Y DEVOCIÓN

Pensamiento bíblico:

Jesús exclamó: -Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados y yo os aliviaré. Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis vuestro descanso. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera (Mt 11,28-30).

Pensamiento franciscano:

Dice san Francisco en su Regla: -El altísimo y sumo, solo Dios verdadero, tenga y a él se le tributen y él reciba todos los honores y reverencias, todas las alabanzas y bendiciones, todas las gracias y gloria, de quien es todo bien, solo el cual es bueno (1 R 17,18).

Orar con la Iglesia:

Al celebrar el amor infinito de Jesucristo, nuestro Dios y Señor, oremos humildemente al Padre de la misericordia.

-Por la santa Iglesia de Dios, nacida del Corazón de Cristo: para que anuncie a todos los pueblos el amor de Dios a los hombres.

-Por todas las naciones y sus habitantes: para que vivan en la justicia y se edifiquen en la caridad.

-Por los necesitados, los enfermos y los pobres: para que el Señor se compadezca de ellos, los conforte y los cure de sus males.

-Por los miembros de nuestra comunidad cristiana: para que sepamos amarnos mutuamente y reine entre nosotros la humildad y la comprensión.

Oración: Oh Dios, que has manifestado tu amor en el Corazón de tu Hijo: muéstranos también tu inmensa bondad escuchando nuestras oraciones. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

* * *

EL CORAZÓN DE JESÚS
Benedicto XVI, Ángelus del 1 de junio de 2008

Queridos hermanos y hermanas:

En este domingo, que coincide con el inicio de junio, me complace recordar que este mes está dedicado tradicionalmente al Corazón de Cristo, símbolo de la fe cristiana particularmente apreciado tanto por el pueblo como por los místicos y teólogos, porque expresa de modo sencillo y auténtico la «buena nueva» del amor, resumiendo en sí el misterio de la Encarnación y de la Redención.

El viernes pasado celebramos la solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús, tercera y última de las fiestas que siguen al tiempo pascual, después de la Santísima Trinidad y el Corpus Christi. Esta sucesión nos hace pensar en un movimiento hacia el centro: un movimiento del espíritu, que Dios mismo guía. En efecto, desde el horizonte infinito de su amor, Dios quiso entrar en los límites de la historia y de la condición humana, tomó un cuerpo y un corazón, de modo que pudiéramos contemplar y encontrar lo infinito en lo finito, el Misterio invisible e inefable en el Corazón humano de Jesús, el Nazareno.

En mi primera encíclica, sobre el tema del amor, el punto de partida fue precisamente la mirada puesta en el costado traspasado de Cristo, del que habla san Juan en su evangelio (cf. Jn 19,37; Deus caritas est, 12). Y este centro de la fe es también la fuente de la esperanza en la que hemos sido salvados, esperanza que fue objeto de mi segunda encíclica.

Toda persona necesita tener un «centro» de su vida, un manantial de verdad y de bondad del cual tomar para afrontar las diversas situaciones y la fatiga de la vida diaria. Cada uno de nosotros, cuando se queda en silencio, no sólo necesita sentir los latidos de su corazón, sino también, más en profundidad, el pulso de una presencia fiable, perceptible con los sentidos de la fe y, sin embargo, mucho más real: la presencia de Cristo, corazón del mundo. Por tanto, os invito a cada uno a renovar durante el mes de junio vuestra devoción al Corazón de Cristo, valorando también la tradicional oración de ofrecimiento de la jornada y teniendo presentes las intenciones que propuse a toda la Iglesia.

La liturgia no sólo nos invita a venerar al Sagrado Corazón de Jesús, sino también al Inmaculado Corazón de María. Encomendémonos siempre a ella con gran confianza. Invoco una vez más la intercesión materna de la Virgen en favor de las poblaciones de China y Myanmar, azotadas por calamidades naturales, y en favor de cuantos atraviesan las numerosas situaciones de dolor, enfermedad y miseria material y espiritual que marcan el camino de la humanidad.

* * *

LA CELEBRACIÓN DE LA EUCARISTÍA
De la primera Apología de san Justino

A nadie es lícito participar de la eucaristía si no cree que son verdad las cosas que enseñamos y no se ha purificado en aquel baño que da la remisión de los pecados y la regeneración, y no vive como Cristo nos enseñó.

Porque no tomamos estos alimentos como si fueran un pan común o una bebida ordinaria, sino que, así como Cristo, nuestro salvador, se hizo carne por la Palabra de Dios y tuvo carne y sangre a causa de nuestra salvación, de la misma manera hemos aprendido que el alimento sobre el que fue recitada la acción de gracias que contiene las palabras de Jesús, y con que se alimenta y transforma nuestra sangre y nuestra carne, es precisamente la carne y la sangre de aquel mismo Jesús que se encarnó.

Los apóstoles, en efecto, en sus tratados llamados Evangelios, nos cuentan que así les fue mandado, cuando Jesús, tomando pan y dando gracias, dijo: Haced esto en conmemoración mía. Esto es mi cuerpo; y luego, tomando del mismo modo en sus manos el cáliz, dio gracias y dijo: Esto es mi sangre, dándoselo a ellos solos. Desde entonces seguimos recordándonos siempre unos a otro estas cosas; y los que tenemos bienes acudimos en ayuda de los que no los tienen, y permanecemos unidos. Y siempre que presentamos nuestras ofrendas alabamos al Creador de todo por medio de su Hijo Jesucristo y del Espíritu Santo.

El día llamado del sol se reúnen todos en un lugar, lo mismo los que habitan en la ciudad que los que viven en el campo, y, según conviene, se leen los tratados de los apóstoles o los escritos de los profetas, según el tiempo lo permita.

Luego, cuando el lector termina, el que preside se encarga de amonestar, con palabras de exhortación, a la imitación de cosas tan admirables.

Después nos levantamos todos a la vez y recitamos preces; y a continuación, como ya dijimos, una vez que concluyen las plegarias, se trae pan, vino y agua: y el que preside pronuncia fervorosamente preces y acciones de gracias, y el pueblo responde Amén; tras de lo cual se distribuyen los dones sobre los que se ha pronunciado la acción de gracias, comulgan todos, y los diáconos se encargan de llevárselo a los ausentes.

Los que poseen bienes de fortuna y quieren, cada uno da, a su arbitrio, lo que bien le parece, y lo que se recoge se deposita ante el que preside, que es quien se ocupa de repartirlo entre los huérfanos y las viudas, los que por enfermedad u otra causa cualquiera pasan necesidad, así como a los presos y a los que se hallan de paso como huéspedes; en una palabra, él es quien se encarga de todos los necesitados.

Y nos reunimos todos el día del sol, primero porque este día es el primero de la creación, cuando Dios empezó a obrar sobre las tinieblas y la materia; y también porque es el día en que Jesucristo, nuestro Salvador, resucitó de entre los muertos. Le crucificaron, en efecto, la víspera del día de Saturno, y al día siguiente del de Saturno, o sea el día del sol, se dejó ver de sus apóstoles y discípulos y les enseñó todo lo que hemos expuesto a vuestra consideración.

* * *

SANTA CLARA DE ASÍS Y LA EUCARISTÍA (I)
por René-Charles Dhont, ofm

La vida entera de santa Clara está centrada en Cristo. Su pensamiento y su corazón están radicados en Él. Su existencia es una intrépida y constante búsqueda de la máxima intimidad y de la más perfecta imitación. Este dinamismo profundo que la impulsa a la unión íntima y total con el Señor, había de llevarla necesariamente al lugar privilegiado del encuentro y de la comunión: la Eucaristía. Clara es, de hecho, junto con Francisco, su padre y amigo, uno de los testigos privilegiados de la piedad eucarística de principios del siglo XIII.

Es menester, sin embargo, enmarcar la devoción eucarística de Clara en el contexto de la vida religiosa de su época. El siglo XIII es un siglo eucarístico. En el transcurso de las controversias eucarísticas de los siglos IX y XI se había defendido con firmeza y definido sólidamente la doctrina eucarística y se había puesto a plena luz el dogma de la presencia real. Pero, en la práctica, este movimiento en favor de Cristo en su Sacramento mira al culto de la Santa Reserva, el cual progresa rápidamente, mientras disminuye de forma peligrosa, a pesar de los esfuerzos de los Papas, de los Concilios y doctores, la práctica de la comunión.

Aunque las fuentes de la vida de santa Clara raramente aluden a este tema, una profunda devoción eucarística animaba el monasterio de San Damián. La decidida voluntad de la abadesa y de sus hermanas de vivir y morir «en la fe católica y en los sacramentos de la Iglesia» (RCl 2), bastaría para fundamentar esta opinión.

El ejemplo de Francisco, por lo demás, permanecía vivo ante sus ojos. La devoción del Pobrecillo al Cuerpo de Cristo era tan intensa que constituía como el centro de su vida con el Señor. En su primera Admonición nos confiesa: «Y como se mostró (Cristo) a los santos apóstoles en carne verdadera, así también ahora se nos muestra a nosotros en el pan consagrado... y de esta manera está siempre el Señor con sus fieles, como Él mismo dice: "Mirad que yo estoy con vosotros cada día hasta el fin del mundo"». Clara, su «Plantita», que fue en todo momento el reflejo del alma del Pobrecillo, no pudo alejarse de él en este punto esencial.

Estas observaciones confieren su auténtico relieve a los pocos trazos que las fuentes nos han transmitido sobre la importancia de la Eucaristía en la vida de Clara.







No hay comentarios:

Publicar un comentario