domingo, 11 de junio de 2017

Año Cristiano Franciscano



DÍA 12 DE JUNIO

 

SAN GASPAR BERTONI. Fundador de la Congregación de las Sagradas Llagas de Nuestro Señor Jesucristo. Nació en Verona (Italia) el año 1777. Ordenado de sacerdote, se dedicó a la educación de la juventud y a la asistencia espiritual de santas mujeres. Luego, el obispo le encargó la dirección espiritual del seminario, lo que le permitió fomentar la renovación de la Iglesia desde una mejor formación del clero. Nombrado misionero apostólico, supo armonizar la predicación y la catequesis con una intensa vida interior. En 1816 se retiró a una casa aneja a la suprimida iglesia de las Santísimas Llagas de San Francisco, título que influiría en el de su fundación y que era como una premonición de los largos años de grandes enfermedades y sufrimientos que soportaría. Su Congregación armoniza la vida contemplativa y el apostolado, la educación de la juventud, la formación del clero y la predicación misionera, siempre a disposición de los obispos. Murió en Verona el 12 de junio de 1853.




BEATO GUIDO DE CORTONA. Nació en Cortona (Toscana, Italia) hacia el año 1190. Cuando en 1211 san Francisco en sus correrías apostólicas visitó la ciudad, el joven Guido, que lo había hospedado y se había enamorado de sus ideales, le pidió el hábito. Admitido, se despojó de sus bienes, se despidió de su familia y llevó una vida de ayuno, pobreza y humildad, como los mejores compañeros del Santo. Además, Francisco, viendo las cualidades de este hermano, lo hizo ordenar de sacerdote y le confió el ministerio de la predicación, en la que fue celoso y carismático. De su ministerio se beneficiaron la ciudad de Cortona y los pueblos de sus alrededores. Vivió en el eremitorio de Le Celle di Cortona, fundado por él y visitado por san Francisco poco antes de morir, y en él murió el 12 de junio de 1245/1250.



BEATA YOLANDA (también llamada: Violante, Iolenta, de Hungría o de Polonia). [Murió el 11 de junio, pero la Familia Franciscana celebra su memoria el 12 de junio] Hija del rey Bela IV, nació en Budapest hacia 1235. Estaba emparentada con numerosos santos. Fue educada en Polonia por su hermana santa Cunegunda, esposa de Boleslao el Casto de Polonia y después clarisa. De su temprano matrimonio con el duque Boleslao el Piadoso de Polonia nacieron tres hijas. Además de cumplir sus deberes en el hogar, Yolanda se dedicó a las obras de piedad y misericordia, siendo una madre para los pobres y necesitados. Fundó iglesias y hospitales y contribuyó a la difusión de la Orden franciscana. Muerto su esposo y casadas dos de las hijas, ingresó, con la tercera, en el monasterio de clarisas de Sandeck. Abandonado éste por las incursiones de los bárbaros, se trasladó al de Gniezno, fundado por ella, del que fue abadesa y en el que murió el 11 de junio de 1298. Resplandeció por su profunda humildad y por la asidua contemplación de la pasión del Señor.- Oración: Oh Dios, que con el ejemplo de la beata Yolanda nos has enseñado a preferir el seguimiento humilde de Cristo a las riquezas y honores de este mundo, concédenos anteponer los valores eternos a los caducos. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.



BEATA FLORIDA CEVOLI. Nació en Pisa (Italia) el año 1685, de familia aristocrática. Se educó en las clarisas de su ciudad y, en 1703, ingresó en el monasterio de las clarisas capuchinas de Città di Castello (Umbría, Italia), donde llegó a ser la mejor discípula y compañera de santa Verónica Giuliani, a la que sucedió en el cargo de abadesa. Antes había desempeñado los oficios de cocinera, despensera, panadera, responsable de la farmacia, maestra de novicias, vicaria. Sufrió con paciencia los herpes casi veinte años. Tuvo que vencerse mucho a sí misma para adaptarse a la vida conventual. La pasión de Cristo, la Eucaristía y la Virgen de los Dolores constituían el objeto primario de su contemplación y de su amor. Se distinguió por su espíritu de oración, su inserción en las tareas sencillas y cotidianas de la vida comunitaria, sus carismas extraordinarios, y también sobresalió por el impulso que dio a su Orden en la observancia fiel de la Regla. Murió el 12 de junio de 1767. La beatificó Juan Pablo II el 16 de mayo de 1993.

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San Basílides. Fue martirizado en una fecha desconocida de la antigüedad cristiana en Lorio, en el duodécimo miliario de la Vía Aurelia desde Roma.

San Eskil. Nació en Inglaterra y acompañó a su pariente san Sigfrido cuando éste marchó a evangelizar Noruega. Sigfrido fijó su sede episcopal en Vajxo mientra que Eskil ejerció un apostolado itinerante por Suecia, especialmente entre los pueblos paganos de la región de Södermanland. Fue consagrado obispo y puso su sede en la isla de Strägnäs, hoy comprendida en Estocolmo. Los paganos organizaron una gran fiesta en honor de sus dioses y en ella participaron algunos bautizados. Eskil acudió para pedir a los cristianos que no participaran en los sacrificios de los paganos. Enterado el rey, ordenó que lo ejecutaran, y los paganos lo lapidaron. Era el año 1080.

San León III, papa del año 795 al año 816. Era romano, de joven había ingresado en el clero y fue elegido papa cuando murió Adriano I. Aunque elegido por unanimidad, pronto tuvo que afrontar y sufrir la oposición de una parte de Roma, que intentó incluso asesinarlo, por lo que tuvo que huir. Coronó como emperador romano a Carlomagno, rey de los francos. Combatió con firmeza la herejía del adopcionismo español, que enseñaba que Cristo, en cuanto hombre, era sólo hijo adoptivo de Dios. El año 809 introdujo en el Credo la fórmula «qui ex Patre Filioque procedit» (que procede del Padre y del Hijo) relativa al Espíritu Santo. Murió en Roma el año 816 y fue sepultado en San Pedro.

San Odulfo. Nació en Flandes y se educó en la escuela de Utrecht (Holanda). Se ordenó de sacerdote y empezó por ejercer su ministerio en la parroquia de su pueblo. Luego repartió sus bienes entre los pobres y se hizo monje en el monasterio de San Martín de Utrecht, del que más tarde fue prior. Evangelizó a los frisones. Murió el año 865.

San Onofre. Fue primero monje en un monasterio de la Tebaida (Egipto). Después se sintió llamado a la vida solitaria para dedicarse por completo a la contemplación del Señor, y se adentró en el desierto, donde vivió él solo por espacio de sesenta años, hasta que lo encontró un peregrino que es quien nos ha narrado su vida. Murió el año 400.

Beato Lorenzo María de San Francisco Javier Salvi. Nació en Roma el año 1782 de familia noble. A los 19 años ingresó en la Congregación de la Pasión (Pasionistas), y en 1805 recibió la ordenación sacerdotal. Lleno del espíritu de san Pablo de la Cruz y de su entusiasmo por anunciar a todos el evangelio de la pasión de Jesús, empezó un intenso apostolado predicando misiones en las regiones del Lazio, Las Marcas, Toscana y Abruzzo. Era conocido como «el apóstol del Niño Jesús». Murió en Capránica, cerca de Viterbo, el año 1856.

Beata María Cándida de la Eucaristía Barba. Nació en Catanzaro (Italia) el año 1884; dos años después se trasladó con su familia a Palermo. Desde niña mostró una extraordinario devoción a la Eucaristía. De joven quiso ser religiosa, pero se opuso su familia, por lo que siguió en el siglo llevando una intensa vida de piedad. Por fin, en 1919, a los 35 años de edad, ingresó en las carmelitas descalzas de Ragusa (Sicilia). Fue priora del monasterio de 1924 a 1947. Su vida espiritual estuvo centrada en la Eucaristía, en la que encontraba el sentido profundo de los votos religiosos y sobre la que escribió una obra. Fundó o restauró varios monasterios. Murió en 1949 y fue beatificada el año 2004.

Beata Mercedes María de Jesús Molina. Nació en Baba (Ecuador) el año 1828 y pronto se trasladó a Guayaquil. Después de la muerte de sus padres, llevó una vida bastante mundana, hasta que la caída grave de un caballo la llevó a reflexionar. Hizo votos privados y se dedicó al cuidado de las niñas huérfanas. Colaboró con los jesuitas en la evangelización de los jíbaros. El año 1873, en Riobamba, dio comienzo a la Congregación de Santa Mariana de Jesús, con el fin de atender y educar a las huérfanas pobres, recuperar y acoger a las prostitutas y marginadas, asistir a las encarceladas. Murió en Riobamba el año 1883.

Beato Plácido de Ocre. Nació en Rosi (Abruzzo) a finales del siglo XII en el seno de una familia campesina. Marchó en peregrinación a Santiago de Compostela, de donde regresó enfermo. Cuando se recuperó, emprendió nuevas peregrinaciones. Hizo vida eremítica hasta que se le unieron muchos discípulos. Entonces fundó el monasterio de Ocre (Abruzzo), que más tarde se afilió a los cistercienses, y organizó la vida de oración trabajo y estudio. Murió el año 1248.

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PARA TENER EL ESPÍRITU DE ORACIÓN Y DEVOCIÓN

Pensamiento bíblico:

Dijo Jesús a los judíos: -Os aseguro que, si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día (Jn 6,52-53).

Pensamiento franciscano:

Dice san Francisco en su Carta a toda la Orden: -El Señor del universo, Dios e Hijo de Dios, de tal manera se humilla, que por nuestra salvación se esconde bajo una pequeña forma de pan. Ved, hermanos, la humildad de Dios y derramad ante él vuestros corazones (Sal 61,9); humillaos también vosotros para que seáis ensalzados por Él. Por consiguiente, nada de vosotros retengáis para vosotros, a fin de que os reciba todo enteros el que se os ofrece todo entero (CtaO 27-29).

Orar con la Iglesia:

Oremos a Dios nuestro Padre, fuente de toda verdad, para que nos envíe a su Espíritu de Sabiduría.

-Por la santa Iglesia de Dios, para que el Señor suscite en ella doctores y predicadores de la fe apostólica.

-Por los gobernantes y responsables de las naciones, para que pongan todo su empeño en el reinado de la justicia, la libertad, el progreso y la paz.

-Por los que viven en la ignorancia y no tienen posibilidad de estudios, para que puedan alcanzar una adecuada formación.

-Por nosotros mismos, para que aprendamos sinceramente la sabiduría de las cosas de Dios y la comuniquemos a los demás.

Oración: Que nuestras súplicas, oh Dios, alcancen de tu bondad lo que te pedimos confiados en tu misericordia. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

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SAN ANTONIO DE PADUA
De la Alocución de S. S. Juan Pablo II 
en la iglesia de San Antonio (Lisboa, 12-V-1982)

El perfil biográfico del taumaturgo portugués, universalmente venerado, es bien conocido para todos vosotros: desde la escuela de la catedral, aquí al lado, a san Vicente de Fora, hasta Santa Cruz de Coimbra, es peregrino enamorado evangélicamente de Dios, en busca de una mayor interiorización y vivencia del ideal religioso, abrazado en plena juventud, entre los Canónigos Regulares de san Agustín. Después de ser ordenado de sacerdote en Coimbra, su ansia de una respuesta más radical a la llamada de Dios lo lleva a madurar el propósito de mayor dedicación y amor a Dios, en el deseo ardiente de ser misionero y mártir en África. Con esta intención se hizo franciscano.

La Providencia, sin embargo, encaminó a fray Antonio hacia tierras de Italia y de Francia. En sus primeras experiencias de franciscano acepta las contrariedades, fiel a su ideal, y responde con alegría a los designios divinos, en una entrega total de servicio generoso, orando y enseñando teología a los frailes, en actitud paciente, como el labrador que espera, hasta recibir la lluvia temprana y tardía, hasta que se manifieste, de algún modo, el Señor (cf. Sant 5,7). ¡Qué hermosa lección de vida, hermanos y hermanas! Después consuma su breve existencia, llegando a ejercer, sirviendo siempre con humildad, el cargo de ministro o superior en la Orden. Al morir, hacia los cuarenta años, podrían aplicársele las palabras de la Sabiduría: «Llegado en poco tiempo a la perfección, llenó una larga vida» (Sab 4,13).

Su enseñanza y ministerio de la Palabra, como su vivencia de fraile y sacerdote, están marcados por su amor a la Iglesia, inculcado por la Regla (1 R 17). «Exegeta expertísimo en la interpretación de las Sagradas Escrituras, eximio teólogo en la investigación de los dogmas, doctor y maestro insigne en el tratamiento de los temas de ascética y mística», como diría el Papa Pío XII, predica insistentemente la Palabra (cf. 2 Tim 4,2), movido por el deseo evangelizador de «conducir nuevamente a los extraviados al camino de la rectitud». Lo hace, sin embargo, con la libertad de un corazón de pobre, fiel a Dios, fiel a su respuesta a Dios, en adhesión a Cristo y en conformidad con las orientaciones de la Iglesia. Una verdadera comunión con Cristo exige que se cultive y ponga en práctica una armonía real con la comunidad eclesial, regida por los legítimos Pastores.

El Doctor Evangélico habla todavía a los hombres de nuestro tiempo, sobre todo señalándoles a la Iglesia como vehículo de la salvación de Cristo. La lengua incorrupta del Santo y sus órganos de fonación, que se encontraron milagrosamente intactos, parecen atestiguar la perennidad de su mensaje. La voz de fray Antonio, a través de los sermones, resulta aún viva y penetrante; en particular, sus coordenadas contienen un llamamiento vivo para los religiosos de nuestros días, llamados por el Concilio Vaticano II a testimoniar la santidad de la Iglesia y la fidelidad a Cristo, como colaboradores de los obispos y sacerdotes.

Es bastante conocida la carta de saludo de san Francisco a fray Antonio, en la que escribe: «Me agrada que leas teología a los frailes, con tal de que, en ese estudio, no apagues el espíritu de oración y devoción, como se contiene en la Regla». Y un acreditado teólogo afirma que el Doctor Evangélico supo permanecer fiel a este principio: «... a ejemplo de Juan Bautista, también él ardía; y de ese ardor provenía la luz: era una lámpara que ardía y brillaba». Por eso san Antonio quedó en la historia como precursor de la Escuela franciscana, impregnada por la finalidad sapiencial y práctica del saber.

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SAN ANTONIO DE PADUA (I)
De la Catequesis de S. S. Benedicto XVI
en la audiencia general del 10 de febrero de 2010

Hace dos semanas presenté la figura de san Francisco de Asís. Esta mañana quiero hablar de otro santo perteneciente a la primera generación de los Frailes Menores: san Antonio de Padua o, como también se le suele llamar, de Lisboa, refiriéndose a su ciudad natal. Se trata de uno de los santos más populares de toda la Iglesia católica, venerado no sólo en Padua, donde se erigió una basílica espléndida que recoge sus restos mortales, sino en todo el mundo. Los fieles estiman las imágenes y las estatuas que lo representan con el lirio, símbolo de su pureza, o con el Niño Jesús en brazos, recordando una milagrosa aparición mencionada por algunas fuentes literarias.

San Antonio contribuyó de modo significativo al desarrollo de la espiritualidad franciscana, con sus extraordinarias dotes de inteligencia, de equilibrio, de celo apostólico y, principalmente, de fervor místico.

Nació en Lisboa, en una familia noble, alrededor de 1195, y fue bautizado con el nombre de Fernando. Entró en los Canónigos que seguían la Regla monástica de san Agustín, primero en el monasterio de San Vicente en Lisboa y, sucesivamente, en el de la Santa Cruz en Coimbra, célebre centro cultural de Portugal. Se dedicó con interés y solicitud al estudio de la Biblia y de los Padres de la Iglesia, adquiriendo la ciencia teológica que utilizó en la actividad de enseñanza y de predicación. En Coimbra tuvo lugar el episodio que imprimió un viraje decisivo a su vida: allí, en 1220, se expusieron las reliquias de los primeros cinco misioneros franciscanos, que habían ido a Marruecos, donde habían sufrido el martirio. Su testimonio hizo nacer en el joven Fernando el deseo de imitarlos y de avanzar por el camino de la perfección cristiana: pidió dejar los Canónigos agustinos y hacerse Fraile Menor.

Su petición fue acogida y, tomando el nombre de Antonio, también él partió hacia Marruecos, pero la Providencia divina dispuso las cosas de otro modo. A consecuencia de una enfermedad, se vio obligado a regresar, pero fue a parar a Italia y, en 1221, participó en el famoso «Capítulo de las esteras» en Asís, donde se encontró con san Francisco. Luego vivió durante algún tiempo totalmente retirado en un convento de Forlí, en el norte de Italia, donde el Señor lo llamó a otra misión. Por circunstancias completamente casuales, fue invitado a predicar con ocasión de una ordenación sacerdotal, y demostró que estaba dotado de tanta ciencia y elocuencia, que los superiores lo destinaron a la predicación. Comenzó así, en Italia y en Francia, una actividad apostólica tan intensa y eficaz que indujo a volver a la Iglesia a no pocas personas que se habían alejado de ella. Asimismo, fue uno de los primeros maestros de teología de los Frailes Menores, si no incluso el primero. Comenzó su enseñanza en Bolonia, con la bendición de san Francisco, el cual, reconociendo las virtudes de Antonio, le envió una breve carta que comenzaba con estas palabras: «Me agrada que enseñes teología a los frailes». Antonio sentó las bases de la teología franciscana que, cultivada por otras insignes figuras de pensadores, alcanzaría su culmen con san Buenaventura de Bagnoregio y el beato Duns Escoto.

Elegido superior provincial de los Frailes Menores del norte de Italia, continuó el ministerio de la predicación, alternándolo con las funciones de gobierno. Cuando concluyó su cargo de provincial, se retiró cerca de Padua, donde ya había estado otras veces. Apenas un año después, el 13 de junio de 1231, murió a las puertas de la ciudad. Padua, que en vida lo había acogido con afecto y veneración, le tributó para siempre honor y devoción. El propio papa Gregorio IX, que después de haberlo escuchado predicar lo había definido «Arca del Testamento», lo canonizó apenas un año después de su muerte, en 1232, también a consecuencia de los milagros acontecidos por su intercesión.

En el último periodo de su vida, san Antonio puso por escrito dos ciclos de «Sermones», titulados respectivamente «Sermones dominicales» y «Sermones sobre los santos», destinados a los predicadores y a los profesores de los estudios teológicos de la Orden franciscana. En ellos comenta los textos de la Escritura presentados por la liturgia, utilizando la interpretación patrístico-medieval de los cuatro sentidos: el literal o histórico, el alegórico o cristológico, el tropológico o moral y el anagógico, que orienta hacia la vida eterna. Hoy se redescubre que estos sentidos son dimensiones del único sentido de la Sagrada Escritura y que la Sagrada Escritura se ha de interpretar buscando las cuatro dimensiones de su palabra. Estos sermones de san Antonio son textos teológico-homiléticos, que evocan la predicación viva, en la que san Antonio propone un verdadero itinerario de vida cristiana. La riqueza de enseñanzas espirituales contenida en los «Sermones» es tan grande, que el venerable Papa Pío XII, en 1946, proclamó a san Antonio Doctor de la Iglesia, atribuyéndole el título de «Doctor evangélico», porque en dichos escritos se pone de manifiesto la lozanía y la belleza del Evangelio; todavía hoy podemos leerlos con gran provecho espiritual.

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El Espíritu Santo y la Fraternidad franciscana
según los escritos de San Francisco (y VI)
por Martín Steiner, ofm

III. UNA FRATERNIDAD EN EL CORAZÓN
DEL MISTERIO DE LA IGLESIA

Francisco nos ha permitido discernir cuándo somos esos «hermanos espirituales» que dejan al Espíritu Santo ser el Ministro general de la Orden. Queda una cuestión: ¿Dónde quiere llevarnos el Espíritu del Señor? ¿Cuál es el sentido -y el efecto- de una vida fraterna según el Espíritu?

Francisco nos da la mejor respuesta en la Carta a todos los fieles. Si bien él se dirige en ese pasaje «especialmente» a los «religiosos», tiene la mira puesta, si no en todos los fieles indistintamente, al menos en todos aquellos que están vinculados con el movimiento del que había sido el iniciador. Para Francisco no hay dos principios de vida cristiana que caracterizarían, oponiéndolas, la «vida en el mundo» y la vida de aquellos que han «dejado el mundo». Por el contrario, unos y otros deben oponerse al espíritu de la carne: «No debemos ser sabios y prudentes según la carne, sino sencillos, humildes y puros. Y hagamos de nuestros "cuerpos" objeto de oprobio y desprecio, porque todos por nuestra culpa somos miserables y podridos, hediondos y gusanos, como dice el Señor por el profeta: "Soy gusano y no hombre, oprobio de los hombres y abyección de la plebe" (Sal 21,7). Nunca debemos desear estar sobre otros, sino, más bien, debemos ser siervos y estar "sujetos a toda humana criatura por Dios" (1 Pe 2,13)» (2CtaF 45-47).

Por tanto -y nosotros lo sabemos ya-, conscientes de que, si permanecemos abandonados a nosotros mismos, somos seres incapaces de todo bien e incluso podridos por nuestra culpa -añade aquí Francisco-, debemos evitar la sabiduría y la prudencia que nos dicta espontáneamente nuestra condición «carnal»: todo lo que exalta nuestro «yo» autosuficiente y reivindicativo. No se puede llegar ahí más que tratando a ese «yo» rudamente, con «oprobio y desprecio». Pero recordemos la Admonición 14, sobre la pobreza «de espíritu». Francisco no insiste en las proezas ascéticas ni en las maceraciones corporales. ¡Es en la relación con el prójimo donde se revela el fondo del hombre! Además, encontramos aquí, en oposición a una actitud de «sabiduría y prudencia según la carne», la decisión de no querer nunca prevalecer sobre los otros, sino de tener respecto a ellos la actitud de servicio y de sumisión, característica de la «caridad según el Espíritu» (cf. 1 R 5,14). Tal es el camino de la transparencia a la acción de Dios, el camino del ser «sencillo, humilde y puro».

Francisco prosigue: «Y sobre todos aquellos y aquellas que cumplan estas cosas y perseveren hasta el fin, "se posará el Espíritu del Señor" (Is 11,2) y hará en ellos habitación y morada (cf. Jn 14,23). Y serán hijos del Padre celestial, cuyas obras realizan. Y son esposos, hermanos y madres de nuestro Señor Jesucristo (cf. Mt 12,50). Somos esposos cuando el alma fiel se une, por el Espíritu Santo, a Jesucristo. Y hermanos somos cuando cumplimos la voluntad del Padre, que está en el cielo (cf. Mt 12,50); madres, cuando lo llevamos en el corazón y en nuestro cuerpo (cf. 1 Cor 6,20) por el amor y por una conciencia pura y sincera; lo damos a luz por las obras santas que deben ser luz para ejemplo de otros (cf. Mt 5,16). ¡Oh, cuán glorioso, santo y grande es tener en el cielo un Padre! ¡Oh, cuán santo, consolador, hermoso y admirable es tener un tal Esposo! ¡Oh, cuán santo y cuán amado, agradable, humilde, pacífico, dulce y amable y más que todas las cosas deseable es tener un tal Hermano e Hijo! El cual dio su vida por sus ovejas y oró al Padre por nosotros, diciendo... » (2CtaF 48-56).

¡Qué capacidad de admiración incesantemente renovada, en Francisco, por la maravilla de la intimidad que el Espíritu le permite vivir con Cristo y, por Él, con el Padre! ¡Francisco no sale de su asombro! La alabanza maravillada, rasgo característico de su oración, manifiesta hasta qué punto Francisco se había dejado atrapar por el Espíritu.

La intimidad con los Tres que son Dios, tal como el Pobrecillo la canta aquí, no presupone ninguna condición inaccesible en la vida más ordinaria: reclusión en el claustro, técnicas elaboradas de ascética, métodos de oración y quién sabe cuántas cosas más. Requiere, como hemos visto, una abnegación exigente, pero susceptible de ser vivida en cualquier circunstancia, tanto por el hermano que está en el eremitorio como por el que vive en una Fraternidad expuesta a todos los requerimientos de los hombres, tanto por el «religioso» como, en definitiva, por el fiel que permanece «en el mundo». Además, las relaciones con el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, aquí descritas, denotan en la tradición cristiana la más elevada vida mística. Francisco mismo celebra las grandezas de María en términos del todo semejantes: «Santa María Virgen, no ha nacido en el mundo entre las mujeres ninguna semejante a ti, hija y esclava del altísimo Rey sumo y Padre celestial, madre de nuestro santísimo Señor Jesucristo, esposa del Espíritu Santo...» (OfP Ant).

Quienquiera que viva según el Espíritu en simplicidad, humildad, pureza, servicio y sumisión a todos, es igual que los más grandes místicos. Esto es una verdadera revolución en la historia de la espiritualidad. Recordemos lo que decía Francisco: «El Espíritu Santo, que es el Ministro general de la Orden, se posa igual sobre el pobre y sobre el rico» (2 Cel 193). Así, los hermanos que, bajo la inspiración divina, se esfuerzan en la simple pero difícil tarea de vivir en la irrelevancia de la existencia diaria según el Espíritu y no según la carne, son introducidos en las relaciones más personales con la santísima Trinidad. El Espíritu Santo se posa sobre ellos como sobre el Hijo único de Dios y hace de su Fraternidad su propio Templo.



NOVENA A SAN ANTONIO DE PADUA

DÍA NOVENO

V/. En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. 
R/. Amén.

V/. Dios mío, ven en mi auxilio. 
R/. Señor, date prisa en socorrerme.

V/. Gloria al Padre... 
R/. Como era en el principio...

ORACIÓN INICIAL

Dios todopoderoso, te rogamos humildemente, por intercesión de san Antonio, que derrames sobre tu pueblo la abundancia de tu gracia y de tus dones para que nuestros días discurran felices en tu paz verdadera. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

DE LA VIDA DE SAN ANTONIO

En la segunda mitad de mayo de 1231, después de aquella agotadora cuaresma y de las celebraciones pascuales, Antonio se retiró al eremitorio de Camposampiero, cerca de Padua. Necesitaba descansar, cuidar su quebrantada salud y, sobre todo, sumergirse en la oración y el recogimiento espiritual para prepararse al encuentro con la hermana muerte, que sentía cercana. El 13 de junio de 1231, viernes, estando a la mesa con los frailes, sufrió un repentino colapso y, sintiéndose morir, pidió que lo llevaran a Padua. Lo trasladaron en un carro y, al acercarse a la ciudad, se desviaron hacia el hospicio anejo al monasterio de las clarisas de La Cella. Allí empeoró, se confesó, cantó a la Virgen, tuvo una visión de Cristo, recibió la unción de los enfermos... y falleció. Superada la polémica sobre el lugar de su enterramiento, el 17 de junio, martes (de ahí los "martes" de S. Antonio), sus restos mortales fueron trasladados a la ciudad, y los milagros empezaron a multiplicarse. El 30 de mayo de 1232 Gregorio IX lo canonizó solemnemente. Pío XII, en 1946, lo proclamó Doctor de la Iglesia, con el título de "Doctor Evangélico".

DE LOS SERMONES DE SAN ANTONIO

Con razón, pues, dijo Jesús de sí mismo: Yo rogaré al Padre por vosotros. Por eso dice san Juan en su carta: Tenemos a uno que abogue ante el Padre: a Jesucristo, el justo. Él es víctima de propiciación, es decir, de aplacamiento, por nuestros pecados. Por esta razón lo ofrecemos diariamente en el sacramento del altar a Dios Padre para que perdone nuestros pecados. Procedemos, pues, como la madre que tiene un hijo pequeñito. Cuando su marido airado le quiere golpear a ella, ella, estrechando a la criatura en sus brazos, la pone delante del airado marido diciendo: ¡Golpea a éste, azota a éste! La criatura llorando se compadece de la madre, y el padre, cuyas entrañas se han conmovido con las lágrimas del hijo a quien ama entrañablemente, perdona a su mujer gracias al hijo. De la misma manera a Dios Padre, airado con nosotros por nuestros pecados, le ofrecemos su Hijo Jesucristo por la alianza de nuestra reconciliación en el Sacramento del altar, a fin de que, si no por atención a nosotros, al menos por Jesús, su Hijo amado, aleje los castigos que justamente merecemos, y acordándose de sus lágrimas, de sus trabajos y de su Pasión, nos perdone.

Ea, pues, Señora nuestra, santa Madre de Dios, única esperanza, te suplicamos que ilumines con el esplendor de tu gracia nuestras almas, que las purifiques con el candor de tu pureza, que las enciendas con el calor de tu visita y nos reconcilies con tu Hijo, para que merezcamos llegar al esplendor de su gloria. A él sea dada honra y gloria por los siglos de los siglos. Amén.

El Espíritu Santo, amor del Padre y del Hijo, se digne cubrir con su caridad la multitud de nuestros pecados. A Él se debe honra y gloria por los siglos de los siglos. Amén.

Antífona: Mirad a mi siervo Antonio, a quien sostengo; mi elegido, a quien prefiero; sobre él he puesto mi espíritu. No se desvanecerá su memoria, y su nombre se repetirá de generación en generación.

DE LOS MILAGROS DE SAN ANTONIO

Una mujer de Tremiñón, por nombre Vida, ferventísima devota del bienaventurado Antonio, anhelaba con toda su alma visitar su sepulcro. Pero se acercaba el tiempo de la cosecha, y bandadas de gorriones causaban gran estrago en el panizo, que ya blanqueaba próximo a su sazón, y como ella estaba puesta de guardiana para espantar a tan importuno género de pajarillos, no tenía ninguna posibilidad de ponerse en camino. Llegando un día a la cerca que rodeaba el panizal, prometió que si el bienaventurado Antonio lo guardaba de los gorriones, visitaría nueve veces su sepulcro. Apenas hecha la promesa, cuando una nube de los dichos pájaros abandonó el lugar en una sola bandada, y vio que no quedó ni un solo gorrión sobre los sauces que circundaban el panizal. La buena mujer se apresuró a dar cumplimiento a su anhelo.

PLEGARIA

Recuerda, Señor, que tu misericordia y tu ternura son eternas. Con la confianza que nos da el sabernos hijos tuyos e invocando la intercesión de tu siervo san Antonio, al que atiendes con largueza, te presentamos nuestras peticiones: ...... ...... ......

ORACIÓN FINAL

Dios todopoderoso y eterno, tú que has dado a tu pueblo en la persona de san Antonio de Padua un predicador insigne y un intercesor poderoso, concédenos seguir fielmente los principios de la vida cristiana, para que merezcamos tenerte como protector en todas las adversidades. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

V/. Bendigamos al Señor.
R/. Demos gracias a Dios.









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