lunes, 8 de mayo de 2017

Año Cristiano Franciscano




DÍA 9 DE MAYO

 

SAN PACOMIO. Nació en Esna (Alto Egipto), hacia el año 287, de padres campesinos. A los 20 años se enroló en el ejército imperial. Cuando aún era pagano, estando preso en Tebas, se sintió impresionado por la caridad de unos cristianos para con los soldados detenidos, a los que llevaban ayuda por la noche, aprovechando la oscuridad. Este gesto de unos desconocidos lo llevó a hacerse cristiano. Una vez libre y liberado del ejército, se hizo catecúmeno, recibió el bautismo y se insertó en una comunidad cristiana campesina. Guiado por el anacoreta Palamón, que estaba al frente de una colonia de anacoretas, optó por la vida monacal. Siete años después, se estableció en Tabennisi y empezó a vivir como anacoreta por su cuenta, pero pronto se le agregaron compañeros, con los que empezó la vida en común. Comprobó que tal estilo de vida requería, además de la castidad perfecta, una sincera obediencia y una plena pobreza. Así nació la vida cenobítica, que pronto alcanzó gran prestigio. Tuvo que abrir numerosos cenobios, para los que escribió una Regla que se hizo famosa. Murió en la Tebaida de Egipto el año 347 ó 348.



SANTA CATALINA DE BOLONIA. [Murió el 9 de marzo, pero la Familia franciscana celebra su memoria el 9 de mayo] Nació en Bolonia en 1413 de familia noble. Recibió una esmerada educación humanística en la corte de Ferrara. Después de la experiencia religiosa en una asociación piadosa de mujeres y de largos años de tribulación espiritual, formó parte, en 1432, de la primera comunidad de clarisas de Ferrara. La nombraron maestra de novicias, a las que dio una sólida formación con su ejemplo y sus consejos, fruto de sus experiencias. Allí escribió su obra principal, «Las siete armas», que tiene tanto de autobiografía como de tratado espiritual. En 1436 se trasladó a Bolonia con otras monjas, para poner en marcha, como abadesa, un nuevo monasterio. Sobresalió en la pobreza y humildad. Vivió el seguimiento de Cristo crucificado, la contemplación del Niño de Belén y el amor a la Eucaristía con su temperamento vivaz y artístico, propenso al canto y a la danza. Murió en Bolonia el 9 de marzo de 1463.- Oración: Señor, Dios nuestro, que has colmado de gracias extraordinarias a tu virgen santa Catalina de Bolonia, concédenos imitar sus virtudes para merecer con ella el gozo de tu reino. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.


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San Beato de Vendôme. Sacerdote que llevó vida de ermitaño en Vendôme, a lo largo del río Loira (Francia), en el siglo VII.

San Dionisio de Vienne. Fue obispo de Vienne (Francia) en el siglo IV.

San Geroncio de Cervia. Fue obispo de Cervia y, según la tradición, fue cruelmente asesinado por hombres impíos en Cagli (Las Marcas, Italia) el año 501, cuando regresaba de un sínodo celebrado en Roma.

San Hermas. Es uno de los hermanos en Cristo a quienes saluda el apóstol san Pablo en su Carta a los Romanos (Rm 16,14).

San Isaías. Se trata del gran profeta del Antiguo Testamento, Isaías, que en tiempo de Ozías, Jothán, Ajaz y Ezequías, reyes de Judá, fue enviado a un pueblo infiel y pecador, para revelarle al Dios siempre fiel y salvador en cumplimiento de las promesas que Dios juró a David. Entre los judíos existe la tradición de que murió mártir en el reinado de Manasés. Su vida se extendió del siglo VIII al siglo VII antes de Cristo.

San José Do Quang Hien. Sacerdote dominico vietnamita. Nació en 1775 y el año 1812 ingresó en la Orden de Predicadores en Manila. Ordenado de sacerdote, regresó a su patria y ejerció su ministerio con normalidad hasta 1833 en que, desatada la persecución, tuvo que pasar a la clandestinidad. Lo arrestaron en 1839. Se negó a pisotear la cruz. Lo azotaron bárbaramente y lo metieron en una cárcel inmunda. Esperaron meses a que apostatara, pero él aprovechó la circunstancia para evangelizar a los páganos y confortar a los cristianos en su fe. Por fin lo decapitaron en Nam-Dihn (Vietnam) el año 1840, en tiempo del emperador Thieu-Tri.

Santos Mártires de Persia. La Iglesia celebra este día la memoria de 310 mártires que, en el siglo IV, dieron su vida por Cristo en Persia.

Beato Benincasa de Montepulciano. Nació en Florencia (Italia) hacia el año 1370. Profesó como hermano laico en la Orden de los Siervos de María. Con permiso de los superiores llevó vida de ermitaño en una cueva del monte Amiata, en la región de Siena, y más tarde en otra cueva cercana al pueblo de Monticchiello (Toscana), entregado a la penitencia y a la oración. Allí murió el año 1426.

Beato Esteban Grelewski. Sacerdote diocesano polaco que nació en 1899 y recibió la ordenación sacerdotal en 1921. Estudió en Lublín y en Estrasburgo. Ejerció varios apostolados: dio clases de religión en las Escuelas Profesionales de Radom, a cuya diócesis pertenecía, se dedicó al periodismo católico, participó en la acción social, fundó una revista mensual «La Verdad Católica». Cuando llegó la guerra, tuvo que pasar a la clandestinidad. Lo arrestaron en 1940, lo dejaron en libertad y lo volvieron a arrestar. Pasó por varios campos de concentración hasta ir a parar al de Dachau (Alemania), al que llegó en tan malas condiciones, que lo enviaron al barracón de enfermos, donde murió poco después, en el año 1941.

Beato Forte Gabrieli. Nació en Gubbio (Umbría, Italia) en la segunda mitad del siglo X, hijo de una familia noble. De joven estuvo años llevando vida solitaria en el monte Scheggia, entre Umbría y Las Marcas. Luego ingresó en el monasterio camaldulense de Fonte Avellana, en el que se combinaba la vida comunitaria con la vida eremítica, y allí vivió santamente hasta su muerte el año 1040, cuando era prior de aquella casa el famoso Guido de Arezzo.

Beata María Teresa de Jesús Gerhardinger. Nació en Stadtamhof (Baviera, Alemania) el año 1797. Estudió magisterio y, obtenido el correspondiente título, se quedó en su pueblo ejerciendo su profesión de manera ejemplar y llevando una vida de intensa piedad. Fue madurando la idea de fundar una congregación que enviara a sus religiosas de dos en dos a las escuelas rurales, y de ahí nacieron las Hermanas Escolásticas de Nuestra Señora. Durante más de cuarenta años, y superando dificultades, estuvo al frente de su fundación, que logró consolidar y extender por varias naciones. Murió en Munich el año 1879.

Beato Tomás Pickering. Nació en Skelmerg (Inglaterra) el año 1620. A sus cuarenta años decidió abrazar la vida religiosa y marchó a Douai (Francia) para ingresar como hermano profeso en el monasterio benedictino de San Gregorio. En 1665 lo enviaron a Londres, para atender la capilla de la princesa católica Catalina de Braganza. Cuando en 1675 fueron despedidos los monjes, él se quedó en una casa particular. Era un hombre de sincera simplicidad y de vida inocentísima, pero fue acusado falsamente de conjuración contra el rey Carlos II y lo condenaron sin pruebas. Fue ahorcado y descuartizado en la plaza Tyburn de Londres el año 1679.



PARA TENER EL ESPÍRITU DE ORACIÓN Y DEVOCIÓN

Pensamiento bíblico :

Respondió Jesús a Judas, no el Iscariotes, y le dijo: «El que me ama, guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él. El que no me ama no guarda mis palabras. Y la palabra que estáis oyendo no es mía, sino del Padre que me envió» (Jn 14,23-24).

Pensamiento franciscano :

De la carta de santa Clara a Ermentrudis de Brujas: «Oh carísima, mira al cielo que nos invita, y toma la cruz y sigue a Cristo, que nos precede; porque, tras diversas y numerosas tribulaciones, por él entraremos en su gloria. Ama con todas tus entrañas a Dios y a Jesús, su Hijo, crucificado por nosotros pecadores, y que su memoria no se aparte nunca de tu mente; procura meditar continuamente los misterios de la cruz y los dolores de la madre que está de pie junto a la cruz. Ora y vela siempre» (5CtaCla 9-13).

Orar con la Iglesia:

Celebremos la bondad de Dios, que por Cristo se reveló como Padre nuestro, y digámosle de todo corazón: Acuérdate, Señor, de que somos hijos tuyos.

-Concédenos vivir con plenitud el misterio de la Iglesia, a fin de que todos encontremos en ella un sacramento de eficaz salvación.

-Padre, que amas a todos los hombres, haz que cooperemos al progreso de la comunidad humana, y que edifiquemos tu reino con nuestro esfuerzo.

-Haz que tengamos hambre y sed de justicia y acudamos a nuestra fuente, que es Cristo, el cual entregó su vida para que fuéramos saciados.

-Perdona, Señor, todos nuestros pecados y dirige nuestra vida por el camino de la sencillez y de la bondad aprendida de ti.

Oración: Señor, que tu gracia inspire, sostenga y acompañe nuestras obras, para que nuestro trabajo comience en ti, como en su fuente, y tienda siempre a ti, como a su fin. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

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SANTA CATALINA DE BOLONIA
De la catequesis de S. S. Benedicto XVI
en la audiencia general del miércoles 29-XII-2010

Nace en Bolonia el 8 de septiembre de 1413, primogénita de Benvenuta Mammolini y de Giovanni de Vigri, rico y culto patricio de Ferrara, doctor en derecho y lector público en Padua, donde desempeñaba actividad diplomática para Nicolás III d'Este, marqués de Ferrara. Las noticias sobre la infancia y la niñez de Catalina son escasas y no todas son seguras. De niña vive en Bolonia, en casa de sus abuelos; allí la educan los familiares, sobre todo su madre, mujer de gran fe. Se traslada con ella a Ferrara cuando tenía cerca de diez años y entra en la corte de Nicolás III d'Este como dama de honor de Margarita, hija natural de Nicolás.

En Ferrara, Catalina no se deja influir por los aspectos negativos que conllevaba a menudo la vida de corte; goza de la amistad de Margarita y se convierte en su confidente; enriquece su cultura: estudia música, pintura y danza; aprende a escribir poesías y composiciones literarias, y a tocar la viola; se hace experta en el arte de la miniatura y de la copia; perfecciona el estudio del latín. En su futura vida monástica valorizará mucho el patrimonio cultural y artístico adquirido en estos años. Aprende con facilidad, con pasión y con tenacidad; muestra gran prudencia, singular modestia, gracia y amabilidad en el comportamiento. En cualquier caso, una nota la distingue de modo absolutamente claro: su espíritu constantemente dirigido a las cosas del cielo. En 1427, a sólo catorce años, entre otras razones como consecuencia de algunos acontecimientos familiares, Catalina decide dejar la corte, para unirse a un grupo de mujeres jóvenes provenientes de familias nobles que hacían vida común, consagrándose a Dios. Su madre, con fe, da su consentimiento, aunque tenía otros proyectos para ella.

No conocemos el camino espiritual de Catalina antes de esta decisión. Hablando en tercera persona, afirma que ha entrado al servicio de Dios «iluminada por la gracia divina (…) con recta conciencia y gran fervor», solícita día y noche en la santa oración, esforzándose por conquistar todas las virtudes que veía en los demás, «no por envidia, sino para agradar más a Dios, en quien había puesto todo su amor». Sus progresos espirituales en esta nueva fase de la vida son notables, pero también son grandes y terribles sus pruebas, sus sufrimientos interiores, sobre todo las tentaciones del demonio. Atraviesa una profunda crisis espiritual hasta el umbral de la desesperación. Vive en la noche del espíritu, asaltada también por la tentación de la incredulidad respecto a la Eucaristía. Después de sufrir mucho, el Señor la consuela: en una visión le da el conocimiento claro de la presencia real eucarística, un conocimiento tan luminoso que Catalina no logra expresarlo con las palabras. En el mismo período una prueba dolorosa se abate sobre la comunidad: surgen tensiones entre quienes quieren seguir la espiritualidad agustiniana y quienes se orientan más hacia la espiritualidad franciscana.

Entre 1429 y 1430 la responsable del grupo, Lucía Mascheroni, decide fundar un monasterio agustiniano. Catalina, en cambio, con otras, elige vincularse a la regla de santa Clara de Asís. Es un don de la Providencia, porque la comunidad habita cerca de la iglesia del Espíritu Santo anexa al convento de los Frailes Menores que se han adherido al movimiento de la Observancia. Así Catalina y sus compañeras pueden participar regularmente en las celebraciones litúrgicas y recibir una asistencia espiritual adecuada. También tienen la alegría de escuchar la predicación de san Bernardino de Siena. Catalina narra que, en 1429 -tercer año desde su conversión- va a confesarse con uno de los Frailes Menores que estima, hace una buena confesión y pide intensamente al Señor que le conceda el perdón de todos los pecados y de la pena unida a ellos. Dios le revela en una visión que le ha perdonado todo. Es una experiencia muy fuerte de la misericordia divina, que la marca para siempre, dándole nuevo impulso para responder con generosidad al inmenso amor de Dios.

En el tratado autobiográfico y didascálico, Las siete armas espirituales, Catalina ofrece, al respecto, enseñanzas de gran sabiduría y de profundo discernimiento. En el convento, Catalina, a pesar de que estaba acostumbrada a la corte de Ferrara, se ocupa de lavar, coser, hacer pan y cuidar de los animales.

Queridos amigos, santa Catalina de Bolonia, con sus palabras y su vida, es una fuerte invitación a dejarnos guiar siempre por Dios, a cumplir diariamente su voluntad, aunque a menudo no coincida con nuestros proyectos, a confiar en su Providencia que nunca nos deja solos. Desde esta perspectiva, santa Catalina habla con nosotros. A pesar de que han pasado muchos siglos, es muy moderna y habla a nuestra vida. Como nosotros sufre la tentación, sufre las tentaciones de la incredulidad, de la sensualidad, de un combate difícil, espiritual. Se siente abandonada por Dios, se encuentra en la oscuridad de la fe. Pero en todas estas situaciones se agarra siempre a la mano del Señor, no lo deja, no lo abandona. Y avanzando de la mano del Señor, va por el camino correcto y encuentra la senda de la luz. Así, nos dice también a nosotros: ánimo, incluso en la noche de la fe, incluso entre tantas dudas que podemos tener, no dejes la mano del Señor, camina de su mano, cree en la bondad de Dios; ¡esto es ir por el camino correcto!

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REVESTÍOS LA CORAZA DE DIOS
PARA RESISTIR LAS ASECHANZAS DEL DEMONIO
Del tratado de santa Catalina de Bolonia,
«Las siete armas espirituales»

Quien sea de corazón tan grande y sensible como para abrazar voluntariamente la cruz de Jesucristo, nuestro Salvador, que murió en el combate por nuestra salvación, empiece por empuñar las armas necesarias para tal lucha, especialmente la diligencia, la propia desconfianza, la confianza en Dios, el recuerdo de la pasión, el pensamiento de la muerte, la memoria de la gloria divina, y, en séptimo y último lugar, la autoridad de la sagrada Escritura, a ejemplo de Cristo en el desierto.

El alma adornada con el anillo de la buena voluntad, es decir, con el amor de Dios, si desea servirle en espíritu y en verdad, corrija su conducta, haciendo, lo primero, una confesión limpia e íntegra de todos sus pecados, con el firme propósito de no ofender gravemente a Dios en el futuro, prefiriendo mil veces la muerte, si ello fuera posible. En efecto, quien se halla en pecado mortal deja de ser miembro de Cristo para serlo del diablo; queda privado del fruto de las buenas obras de la Madre Iglesia, y sus actos no son meritorios para la vida eterna.

Es necesario por eso para el fiel servicio de Dios, como dijimos antes, permanecer firmes en el propósito de evitar todo pecado grave. Bien entendido, sin embargo, que, si recayeras en pecado mortal, nunca desesperes de la bondad misericordiosa de Dios, ejercitándote al mismo tiempo en buenas obras, sin desfallecer, para atraerte el perdón de tus faltas. Prosigue, pues, con plena confianza en el recto proceder, según tu condición y en todas las circunstancias de la vida.

El siervo fiel de Cristo debe, además, abrazar la cruz y caminar con ella; porque los servidores de Dios han de luchar contra sus enemigos y estar dispuestos a recibir de ellos muchos y rudos golpes. Hay, pues, que proveerse de las mejores armas, para triunfar de ellos.

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EN ORACIÓN CON FRANCISCO DE ASÍS
por Tadeo Matura, OFM

Saludo a la bienaventurada Virgen María (SalVM)

Salve, Señora, santa Reina,
santa Madre de Dios, María,
virgen hecha Iglesia
y elegida por el santísimo Padre del cielo,
consagrada por Él
con su santísimo Hijo amado
y el Espíritu Santo Paráclito;
que tuvo y tiene toda la plenitud de la gracia
y todo bien.

Salve, palacio de Dios;
salve, tabernáculo de Dios;
salve, casa de Dios.

Salve, vestidura de Dios;
salve, esclava de Dios;
salve, Madre de Dios...

Cada vez que Francisco contempla en su globalidad el misterio de Dios y de su obra en el mundo, la figura de la Virgen María está siempre presente. Es como una línea divisoria que señala un antes y un después, la puerta por donde hace su entrada la salvación en el mundo. Su nombre, María, está engastado en numerosos calificativos que realzan el valor de su dignidad: es gloriosa, siempre virgen, beatísima, santa.

Además de esta presentación situada en el interior de la historia de la salvación -Francisco no puede hablar de la salvación realizada por Cristo sin colocar en su importante lugar a María, que es grande-, le son consagrados explícitamente otros dos bellísimos textos. El primero es un canto de admiración y de alabanza, llamado Saludo a la bienaventurada Virgen María. No se formula ninguna petición, ninguna alabanza ni acción de gracias, es tan sólo una mirada totalmente despreocupada del sujeto y amorosamente centrada en el objeto de su contemplación.

La primera frase comienza con la palabra latina Ave (traducida como salve [¡alégrate!]) y acumula cuatro nombres: señora, reina, virgen, madre, calificados por el adjetivo santa. Francisco se dirige a María, Señora y Reina, con un gran respeto y con una gran cortesía como: no es una mujer vulgar, sino la santa madre de Dios (Genitrix, que traduce Théotokos del griego); de ahí brota su incomparable dignidad. La contempla como una virgen con la majestad de una escultura romana. Es madre, y es también virgen hecha Iglesia. María aparece ante Francisco como la anticipación, la figura, el icono de la Iglesia; la Iglesia está llamada a ser lo que María es ahora.

La palabra Iglesia posee un doble significado: comunidad de fieles y edificio material donde se reúne esta asamblea (casa de la Iglesia se decía en la tradición antigua). En nuestro texto los dos sentidos se sobreponen. Como el pueblo de Dios y su antepasado en la fe, Abrahán, María es elegida; es la elegida del santísimo Padre del cielo, a quien corresponde toda iniciativa, porque es principio y comienzo de todo. De la elección se pasa a la consagración. La imagen de la Iglesia pueblo de Dios se desliza hacia la imagen de la Iglesia edificio. El edificio se consagra con gran solemnidad: el Padre, su santísimo Hijo amado y el Espíritu Santo Paráclito concelebran esta dedicación. Se comprende la razón de esta elección y de esta consagración: la Iglesia, que es la Virgen María, cobija en ella toda la plenitud de gracia y todo bien. ¡Cómo no pensar aquí en el relato de la Anunciación (Lc 1,26-38) en el que el Padre envía a su mensajero a María llena de gracia y la cubre con la sombra del Santo Espíritu para que en su seno lleve a su Hijo, que es todo bien!

De la identificación que se da en Francisco entre María y la Iglesia proviene el que se pase de la una a la otra. Lo que se afirma de María vale para la Iglesia y a la inversa. Los trazos atribuidos a María se encuentran en la Iglesia. María es una realización anticipada de lo que será en plenitud la Iglesia al fin de los tiempos. Llamando a María Virgen hecha Iglesia, Francisco da a una y otra no sólo los mismos títulos, sino que considera de la misma manera su realidad profunda, su último misterio.

Después de esta contemplación de las grandezas de María, fundadas en sus lazos con el Dios Trinidad, Francisco recurre a un lenguaje poético para expresar su admiración. Por seis veces va a saludar a María con diferentes nombres, comenzando siempre con la palabra Ave. Los tres primeros se relacionan con la idea de un edificio. María es palacio: edificio espacioso y suntuoso; tabernáculo, tienda sagrada del desierto que guarda el arca de la alianza; casa, morada cotidiana humilde y familiar. Ella es también vestidura: no sólo alberga y rodea a la manera de un edificio, sino que viste a Dios, le reviste de su humanidad para protegerle y embellecerle. Los dos últimos apelativos retoman el vocabulario tradicional: esclava y madre. Esclava, el único nombre que María se da a sí misma en el relato de la Anunciación (Lc 1,38) y en el canto del Magníficat (Lc 1,48). Los otros la llaman Señora y Reina; ella se considera únicamente esclava; tal es su título de gloria. El nombre de madre le fue dado por primera vez por su prima Isabel (Lc 1,43). Porque es la madre de mi Señor, toda la plenitud de gracia la inunda, y todo bien, el Hijo único lleno de gracia y de verdad (Jn 1,14), habita en ella.

Este texto -¿habría que llamarlo oración?- nos presenta un cuadro donde la théotokos, con el rostro de la Iglesia, ocupa el lugar central, pero en una postura de esclava, mientras el Padre, el Hijo y el Espíritu la consagran y coronan. Así es como el corazón puro de Francisco escruta las profundidades humildes y luminosas del misterio de María.

[Cf. T. Matura, En oración con Francisco de Asís, Ed. Franciscana Aránzazu, Oñati 1995, pp. 86-89]

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