domingo, 7 de mayo de 2017

Año Cristiano Franciscano



DÍA 8 DE MAYO

 

SAN AMADO RONCONI DE SALUDECIO. Nació de familia rica en Saludecio (Rímini, Italia) hacia 1225, y murió allí mismo a finales del siglo XIII o principios del XIV. Pronto quedó huérfano de padre y madre y pasó la juventud en casa de su hermano Giacomo. Decidido a vivir según el Evangelio, ingresó en la Tercera Orden de San Francisco y construyó con sus bienes en el Monte Orciale, cercano a Saludecio, una hospedería dedicada a la Natividad de Nuestra Señora, en la que acogía a pobres y peregrinos, a la vez que era generoso en dar limosna a los indigentes. Más tarde, en 1292, cedió el hospital a los benedictinos del monasterio de Conca de Rímini, dio sus haberes a los pobres y se retiró a llevar vida eremítica de rigurosa penitencia e intensa contemplación; la gente lo consideró como un loco. Hizo cuatro peregrinaciones a la tumba del apóstol Santiago de Compostela en España. Canonizado el 23-XI-2014. [Más información].



BEATO ANTONIO BAJEWSKI. Es uno de los 108 Mártires de la II Guerra Mundial (1940-43) beatificados por Juan Pablo II en 1999. Nació en Vilna (Lituania) el año 1915. En 1934 ingresó en la Provincia polaca de los Hermanos Menores Conventuales. Hizo el noviciado en Niepokalanów y completó sus estudios en Cracovia, donde recibió la ordenación sacerdotal en 1939. Volvió a Niepokalanów y fue un estrecho colaborador de san Maximiliano Kolbe. Sacerdote diligente, de fe profunda, piadoso y atento con la gente, por su delicada salud pasó a la enfermería de Lasek, donde fue arrestado por la Gestapo el 17 febrero de 1941, y trasladado, con el P. Kolbe y otros religiosos, a una cárcel de Varsovia. A principios de abril lo internaron en el campo de exterminio de Oswiecim o Auschwitz, donde, enfermo y maltratado, ayudaba material y espiritualmente a sus compañeros de infortunio. En medio de los sufrimientos repetía: «Quiero ser clavado con Cristo en la cruz». Al acercarse la muerte pidió a uno de los prisioneros: «Cuenta a mis hermanos de Niepokalanów que he muerto aquí, fiel a Cristo y a la Inmaculada». Murió exhausto el 8 de mayo de 1941.


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San Acacio. Fue un centurión del ejército romano al que, durante la persecución del emperador Diocleciano, acusaron de ser cristiano. Por eso y por no querer renegar de su fe, lo torturaron y lo decapitaron en Bizancio el año 304.

San Arsenio. Según la tradición, fue diácono de la Iglesia de Roma y, en tiempo del emperador Teodosio, se marchó al monte Scete de Egipto para vivir en soledad, dedicado a la oración y la penitencia. Murió a finales del siglo III o principios del siglo IV.

San Benedicto II, papa del año 684 al 685. Había nacido en Roma y ya antes de ser papa se distinguió por su espíritu humilde, manso y paciente, así como por su amor a la pobreza y su generosidad en dar limosna a los indigentes. Trabajó para que el episcopado español se adhiriese al Concilio VI de Constantinopla. Fue enterrado en San Pedro de Roma.

San Bonifacio IV, papa del año 608 al 615. Era monje benedictino y fue un estrecho colaborador del papa san Gregorio Magno, particularmente en la administración de los bienes pontificios. Ya papa, obtuvo del emperador Focas que le diera el templo del Panteón de Roma, que él transformó el año 609 en iglesia consagrada a Dios y la dedicó a la santísima Virgen María y a todos los santos mártires. Colaboró activamente en la organización de la Iglesia en Inglaterra. Prestó mucha atención a las obras de caridad, sobre todo para con los pobres y los enfermos. Fomentó la vida y disciplina monástica. Fue enterrado en San Pedro de Roma.

San Desiderato. Nació en Soissons y vivió en la corte de los reyes merovingios Clotario y Childeberto; desempeñó el cargo de canciller en la corte. Fue elegido obispo de Bourges, en Aquitania (Francia), el año 544. Participó en el concilio de Orleans del 549. Dotó a su Iglesia de reliquias de mártires. Murió el año 550.

San Eladio. Fue elegido obispo de Auxerre (Francia) el año 365. Murió en torno al año 388.

San Gibriano. Nació en Irlanda y recorrió Francia como peregrino por amor a Cristo. Murió en la región de Chalons (Francia) el año 515.

San Martín de Saujon. Sacerdote que fundó el monasterio de Saujon, en el territorio de Saintes (Francia), del que fue abad, en el siglo VI.

San Metrón. Abandonó la vida del mundo y se entregó a las cosas del Señor, llevando como ermitaño una vida de penitencia y oración en Verona (Italia). Murió en una fecha desconocida del siglo VIII.

San Víctor. Llamado «el Moro» porque nació en Mauritania. De joven se había convertido al cristianismo y lo profesaba con mucho fervor. Era soldado del ejército imperial y estaba destinado en Milán como miembro de la guardia pretoriana. Cuando el emperador Maximiano impuso a los militares la obligación de sacrificar a los ídolos, él rehusó hacerlo y depuso las armas. Fue arrestado por ello y condenado a muerte a causa de su fe en Cristo. Lo llevaron a la ciudad de Lodi y allí lo decapitaron el año 304.

San Wirón y compañeros. Tenemos pocas noticias seguras de su vida. Wirón era oriundo de Irlanda o de Escocia, en su juventud se hizo monje y, como otros muchos, pasó al Continente para evangelizar las regiones que todavía eran paganas. Él y sus compañeros Plequelmo y Otgero, aprovechando el terreno que les regaló Pipino de Heristal, que apoyaba su labor misionera, construyeron un monasterio y una iglesia en Roermond, junto al río Mosa (en la actual Holanda), y se dedicaron a la evangelización de la región de Brabante en Austrasia. Murieron a principios del siglo VIII.

Beato Ángel de Massaccio. Nació en Massaccio, en la actualidad Cupramontana (Marca de Ancona, Italia), a finales del siglo XIV. Siendo joven ingresó en la Orden Camaldulense en el monasterio de Santa María de la Sierra (Las Marcas), en el que profesó y recibió la ordenación sacerdotal. Años después fue elegido prior del mismo. Reprochó a unos miembros de la secta de los «berlotani» que profanasen el día del Señor cortando leña en un bosque cercano al monasterio, y ellos reaccionaron asesinándolo con sus hachas. Esto sucedía en torno al año 1458, y desde el principio se le ha tenido por mártir.

Beato Luis Rabatá. Nació en Erice (Sicilia) el año 1443. Muy joven vistió el hábito carmelita y en su momento se ordenó de sacerdote. No tardaron en destinarlo al convento reformado de Randazzo (Sicilia) en el que pasó el resto de su vida. Fue un religioso observante, amante de la contemplación y el silencio, a la vez que muy atento a los fieles que acudían al convento para escuchar la palabra de Dios o tener dirección espiritual. Según la tradición, lo malhirió un señor que se sentía molesto con él, la herida se fue agravando y, después de perdonar al agresor, murió el año 1490.

Beata María Catalina de San Agustín (de seglar, Catalina Simon de Longprey). Nació en Francia, en Normandía, el año 1632. Profesó en la congregación de las Hermanas Hospitalarias de la Misericordia de la Orden de San Agustín, y la enviaron a Quebec en Canadá, para ejercer su misión entre las tribus indias. Pronto aprendió las lenguas de los nativos y vivió hasta su muerte consagrada al servicio de los enfermos, a los que sabía dar consuelo e infundir esperanza. Murió en Quebec el año 1668.

Beata María Teresa Demjanovich. Nació en Bayonne (N.J., USA) en 1901, de padres inmigrantes eslovacos. Fue bautizada en la Iglesia greco-católica rutena. Desde muy joven quiso ser carmelita, pero diversas circunstancias se lo impidieron. Dos años antes de su muerte, ingresó en las Hermanas de la Caridad de Santa Isabel, con las que había estudiado; estaba ella bien dotada para la enseñanza. Destacó por su búsqueda de la perfección y por una relación mística con Dios extraordinaria. Fue una fiel discípula de Cristo y llevó una intensa vida espiritual que difundió a su alrededor. Dejó algunos escritos. Murió en Elizabeth (N.J., USA) el 8 de mayo de 1927, a los 26 años de edad. Beatificada el 4-X-2014.

Beata Ulrica Nisch. Nació en Alemania, en la diócesis de Rottenburg-Stuttgart, el año 1882, en el seno de una familia muy pobre. De joven trabajó en el servicio doméstico. En 1907 profesó en la congregación de Hermanas de la Caridad de la Santa Cruz, a las que había conocido estando ella hospitalizada. Vivió como verdadera sierva del Señor y desempeñó los más humildes servicios, en especial el de ayudante de cocinera. Pronto cayó enferma de tuberculosis y murió en Hegne de Baden (Alemania) el año 1913.



PARA TENER EL ESPÍRITU DE ORACIÓN Y DEVOCIÓN

Pensamiento bíblico:

Epílogo de la carta a los Hebreos: «Que el Dios de la paz, que hizo retornar de entre los muertos al gran pastor de las ovejas, Jesús Señor nuestro, en virtud de la sangre de la alianza eterna, os confirme en todo bien para que cumpláis su voluntad, realizando en nosotros lo que es de su agrado por medio de Jesucristo. A él la gloria por los siglos de los siglos. Amén» (Heb 13,20-21).

Pensamiento franciscano:

De las admoniciones de san Francisco: «Consideremos al buen Pastor que, por salvar a sus ovejas, sufrió la pasión de la cruz. Las ovejas del Señor le siguieron en la tribulación y la persecución, en la vergüenza y el hambre, en la enfermedad y la tentación, y en las demás cosas; y por esto recibieron del Señor la vida sempiterna. De donde es una gran vergüenza para nosotros, siervos de Dios, que los santos hicieron las obras y nosotros, recitándolas, queremos recibir gloria y honor» (Adm 6).

Orar con la Iglesia:

Oremos a Cristo que, resucitado de entre los muertos, destruyó la muerte y nos dio nueva vida.

-Tú que eres la piedra desechada por los arquitectos, per convertida en piedra angular, conviértenos en piedras vivas de tu Iglesia.

-Tú que eres el testigo fiel y veraz, el primogénito de entre los muertos, haz que la Iglesia dé siempre testimonio de ti ante el mundo.

-Tú que eres el único esposo de la Iglesia, nacida de tu costado, haz que todos nosotros seamos testigos vivos de este misterio nupcial.

-Tú que eres el primero y el último, que estabas muerto y ahora estás vivo por siempre, concédenos a todos los bautizados perseverar fieles hasta la muerte a la gracia recibida.

Oración: Dios todopoderoso y eterno, que has dado a tu Iglesia el gozo de la resurrección de Jesucristo, concede al débil rebaño de tu Hijo la fuerza del Espíritu para que llegue a compartir la victoria de su Pastor. Que vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.

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EL TESTIMONIO SUSCITA VOCACIONES
Benedicto XVI, Regina Caeli del 25 de abril de 2010

Queridos hermanos y hermanas:

En este cuarto domingo de Pascua, llamado «del Buen Pastor», se celebra la Jornada mundial de oración por las vocaciones, que este año tiene como tema: «El testimonio suscita vocaciones», tema «estrechamente unido a la vida y a la misión de los sacerdotes y de los consagrados». La primera forma de testimonio que suscita vocaciones es la oración, como nos muestra el ejemplo de santa Mónica que, suplicando a Dios con humildad e insistencia, obtuvo la gracia de ver convertido en cristiano a su hijo Agustín, el cual escribe: «Sin vacilaciones creo y afirmo que por sus oraciones Dios me concedió la intención de no anteponer, no querer, no pensar, no amar otra cosa que la consecución de la verdad».

Invito, por tanto, a los padres a rezar para que el corazón de sus hijos se abra a la escucha del buen Pastor, y «hasta el más pequeño germen de vocación... se convierta en árbol frondoso, colmado de frutos para bien de la Iglesia y de toda la humanidad». ¿Cómo podemos escuchar la voz del Señor y reconocerlo? En la predicación de los Apóstoles y de sus sucesores: en ella resuena la voz de Cristo, que llama a la comunión con Dios y a la plenitud de vida, como leemos hoy en el Evangelio de san Juan: «Mis ovejas escuchan mi voz; yo las conozco y ellas me siguen. Yo les doy vida eterna y no perecerán jamás, y nadie las arrebatará de mi mano» (Jn 10,27-28). Sólo el buen Pastor custodia con inmensa ternura a su grey y la defiende del mal, y sólo en él los fieles pueden poner absoluta confianza.

En esta Jornada de especial oración por las vocaciones, exhorto en particular a los ministros ordenados, para que, estimulados por el Año sacerdotal, se sientan comprometidos «a un testimonio evangélico más intenso e incisivo en el mundo de hoy». Recuerden que el sacerdote «continúa la obra de la Redención en la tierra»; acudan «con gusto al sagrario»; entréguense «totalmente a su propia vocación y misión con una ascesis severa»; estén disponibles a la escucha y al perdón; formen cristianamente al pueblo que se les ha confiado; cultiven con esmero la «fraternidad sacerdotal». Tomen ejemplo de sabios y diligentes pastores, como hizo san Gregorio Nacianceno, quien escribió a su amigo fraterno y obispo san Basilio: «Enséñanos tu amor a las ovejas, tu solicitud y tu capacidad de comprensión, tu vigilancia..., la severidad en la dulzura, la serenidad y la mansedumbre en la actividad..., las luchas en defensa de la grey, las victorias... conseguidas en Cristo».

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CRISTO, EL BUEN PASTOR
San Gregorio Magno, homilía 14, 3-6, sobre los evangelios

Yo soy el buen Pastor, que conozco a mis ovejas, es decir, que las amo, y las mías me conocen. Habla, pues, como si quisiera dar a entender a las claras: «los que aman vienen tras de mí». Pues el que no ama la verdad es que no la ha conocido todavía.

Acabáis de escuchar, queridos hermanos, el riesgo que corren los pastores; calibrad también, en las palabras del Señor, el que corréis también vosotros. Mirad si sois, en verdad, sus ovejas, si le conocéis, si habéis alcanzado la luz de su verdad. Si le conocéis, digo, no sólo por la fe, sino también por el amor; no sólo por la credulidad, sino también por las obras. Porque el mismo Juan evangelista, que nos dice lo que acabamos de oír, añade también: Quien dice: «Yo lo conozco», y no guarda sus mandamientos, es un mentiroso.

Por ello dice también el Señor en el texto que comentamos: Igual que el Padre me conoce y yo conozco al Padre, yo doy mi vida por las ovejas. Como si dijera claramente: «la prueba de que conozco al Padre y el Padre me conoce a mí está en que entrego mi vida por mis ovejas; es decir, en la caridad con que muero por mis ovejas, pongo de manifiesto mi amor por el Padre».

Y de nuevo vuelve a referirse a sus ovejas diciendo: Mis ovejas escuchan mi voz, y yo las conozco, y ellas me siguen, y yo les doy la vida eterna. Y un poco antes había dicho: Quien entre por mí se salvará, y podrá entrar y salir, y encontrará pastos. O sea, tendrá acceso a la fe, y pasará luego de la fe a la visión, de la credulidad a la contemplación, y encontrara pastos en el eterno descanso.

Sus ovejas encuentran pastos, porque quienquiera que siga al Señor con corazón sencillo se nutrirá con un alimento de eterno verdor. ¿Cuáles son, en efecto, los pastos de estas ovejas, sino los gozos eternos de un paraíso inmarchitable? Los pastos de los elegidos son la visión del rostro de Dios, con cuya plena contemplación la mente se sacia eternamente.

Busquemos, por tanto, hermanos queridísimos, estos pastos, en los que podremos disfrutar en compañía de tan gran asamblea de santos. El mismo aire festivo de los que ya se alegran allí nos invita. Levantemos, por tanto, nuestros ánimos, hermanos; vuelva a enfervorizarse nuestra fe, ardan nuestros anhelos por las cosas del cielo, porque amar de esta forma ya es ponerse en camino.

Que ninguna adversidad pueda alejarnos del júbilo de la solemnidad interior, puesto que, cuando alguien desea de verdad ir a un lugar, las asperezas del camino, cualesquiera que sean, no pueden impedírselo.

Que tampoco ninguna prosperidad, por sugestiva que sea, nos seduzca, pues no deja de ser estúpido el caminante que, ante el espectáculo de una campiña atractiva en medio de su viaje, se olvida de la meta a la que se dirigía.

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MARÍA SANTÍSIMA Y LA PIEDAD DE SAN FRANCISCO (y VI)
por Constantino Koser, OFM

La devoción marial fue para San Francisco lo que debe ser según la intención divina: una escuela de virtudes. Son tantas las virtudes de la Virgen, que no caben en el alma de cada uno de sus hijos, por lo cual es necesario escoger. San Francisco escogió, orientado aún en esto por su espíritu de caballero y por su piedad trinitaria, principalmente tres centros, tres focos de toda virtud moral. Se extasiaba con la virginidad: Hija Virgen del Eterno Padre, éste le conservó milagrosamente la virginidad cuando la hizo Madre de su Hijo. Madre de Cristo, la Virgen practicó la virtud de la pobreza -y San Francisco encantóse en contemplar la pobreza de la Virgen, la más fiel imagen de la pobreza de Cristo-. Casi siempre la excelsa Madonna Povertà se confunde en San Francisco con la imagen de la Madre de Dios. Finalmente lo llenaba de ternura la contemplación del amor de la Virgen Esposa del Espíritu Santo, y así desembocaba en este centro de toda su espiritualidad: el amor, siempre el amor.

Esta imagen característica de María en la mente de San Francisco tenía que llevarlo también a una piedad mariana de cuño característico. Y fue así. Por encima de todo se esforzó en imitar el amor que el Eterno Padre consagra a su Hija predilecta y singular. San Francisco ardió en amor a María, amor sublime, amor casto, amor intenso y fuerte, amor que no conocía límites, amor que no retrocedía ante las dificultades, amor que le dictaba las más sublimes y arriesgadas proezas de virtud en la glorificación y en la imitación de la Virgen María. Imitó también con el mismo celo seráfico la veneración filial de Cristo para con su Madre. Considerábase hijo de esta Madre de Dios y le dedicó toda la ternura que un corazón tan bien formado como el suyo puede dedicar a Madre tan sublime y amorosa. Correspondió también al modo peculiar del amor del Esposo divino, dedicado a María, todo y sin reserva, sobrenaturalizado e intensificado, todo el amor que los caballeros dedicaban a la Esposa de sus soberanos. Amor intrépido, inquebrantable, fiel, casto y respetuoso. Por todas partes defendió las prerrogativas de la Madre de Dios, las engrandeció, le conquistó los corazones, inflamó en amor mariano las voluntades, colmó de amor filial a las almas, puso en todos los labios la oración celestial del «Ave María».

Hijos de este caballero intrépido de la Madre de Dios, herederos de su piedad y de su teología mariana, es preciso que los franciscanos cultiven el amor a la Virgen. Arda fuerte e inflame en sus corazones el celo por María y la piedad mariana de cuño franciscano.

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