viernes, 5 de mayo de 2017

Año Cristiano Franciscano



DÍA 7 DE MAYO

 

SANTA ROSA VENERINI. Fundadora de las Maestras Pías Venerini. Nació en Viterbo (Italia) el año 1656, dotada de extraordinaria inteligencia y sensibilidad humana, y en su hogar recibió una educación que le permitió desarrollar sus talentos de mente y de corazón y formarse en sólidos principios cristianos. En 1676 ingresó en las Dominicas, pero pronto tuvo que regresar a casa para cuidar a su madre que había quedado viuda y estaba enferma. Fallecida su madre, comenzó a reunir en su domicilio a muchachas y mujeres vecinas con las que rezaba y a las que instruía. En 1685 fundó la primera escuela para una formación cristiana integral de las jóvenes del pueblo. Superadas no pocas dificultades, las escuelas se fueron multiplicando hasta llegar a Roma en 1706, donde el apoyo de Clemente XI en 1716 consolidó la fundación. Murió en Roma el 7 de mayo de 1728. Benedicto XVI la canonizó el año 2006.




SAN AGUSTÍN ROSCELLI. Nació en Bargone (Génova, Italia) el año 1818 en el seno de una familia humilde y muy cristiana. Desde niño colaboró con sus padres en tareas de labranza y de pastoreo. Afrontando grandes dificultades económicas estudió en el seminario de Génova y recibió la ordenación sacerdotal en 1846. Ejerció el sagrado ministerio en diferentes destinos, edificando con su ejemplo, su entrega al servicio de los fieles, su asiduidad al confesonario. Colaboró en la "Obra de los pequeños artesanos", fue director espiritual de numerosos monasterios, atendió a los encarcelados y a los condenados a la pena capital, fue capellán de un orfanato provincial, trabajó en la atención de las madres solteras. Entre sus colaboradoras en las escuelas-taller se fue desarrollando el deseo de consagrarse a Dios, lo que le llevó a fundar la congregación de las Hermanas de la Inmaculada Concepción para la formación de las jóvenes. Falleció el 7 de mayo de 1902 en Génova. Fue canonizado por Juan Pablo II el año 2001.



BEATO FRANCESCO PALEARI. Nació en Pogliano Milanese (Milán) en 1863, de una humilde familia campesina. Tenía un carácter sereno, alegre y bien dispuesto para con todos. En 1877 entró en el Seminario de la Pequeña Casa de la Divina Providencia de Turín, fundada por san José Benito Cottolengo. Este Seminario acogía aspirantes al sacerdocio que no tenían recursos económicos. Ordenado sacerdote en 1886, se dedicó a los pobres y a los enfermos en la Pequeña Casa, y a la docencia de los jóvenes seminaristas, distinguiéndose por su afabilidad y paciencia. También desempeñó importantes tareas para la archidiócesis de Turín. Se inscribió en la Tercera Orden Franciscana desde los primeros años de su aspirantado al sacerdocio, renovando su adhesión en 1920 y en 1927. Los tres últimos años de su vida estuvieron marcados por la enfermedad, lo que no le impidió ejercer su misión como confesor. Murió en Turín el 7-V-1939. Beatificado en 2011.



BEATO ANTONIO BAJEWSKI. Es uno de los 108 Mártires de la II Guerra Mundial (1940-43) beatificados por Juan Pablo II en 1999. Nació en Vilna (Lituania) el año 1915. En 1934 ingresó en la Provincia polaca de los Hermanos Menores Conventuales. Hizo el noviciado en Niepokalanów y completó sus estudios en Cracovia, donde recibió la ordenación sacerdotal en 1939. Volvió a Niepokalanów y fue un estrecho colaborador de san Maximiliano Kolbe. Sacerdote diligente, de fe profunda, piadoso y atento con la gente, por su delicada salud pasó a la enfermería de Lasek, donde fue arrestado por la Gestapo el 17 febrero de 1941, y luego trasladado, con el P. Kolbe y otros religiosos, a una cárcel de Varsovia. A principios de abril lo internaron en el campo de exterminio de Oswiecim o Auschwitz, donde, enfermo y maltratado, ayudaba material y espiritualmente a sus compañeros de infortunio. En medio de los sufrimientos repetía: «Quiero ser clavado con Cristo en la cruz». Al acercarse la muerte pidió a uno de los prisioneros: «Cuenta a mis hermanos de Niepokalanów que he muerto aquí, fiel a Cristo y a la Inmaculada». Murió exhausto el 8 de mayo de 1941.

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San Antonio de Kiev. Llevó primero vida eremítica. Peregrinó luego al monte Athos, en el que ingresó como monje hacia el año 1028. Años después volvió a su patria y continuó su vida monástica en el monasterio de las Grutas de Kiev (Ucrania), en el que murió el año 1073.

San Cerenico. Fue un diácono y monje del siglo VII que, después de visitar los sepulcros de san Martín de Tours y de san Julián de Le Mans, pasó el resto de su vida en soledad y austeridad cerca de Le Mans (Francia).

Santa Flavia Domitila. Mujer noble romana, de la familia del cónsul de Roma Flavio Clemente, que fue acusada, durante la persecución del emperador Domiciano, de haber renegado de los dioses paganos. Por ello y por su fe en Cristo, junto con otros muchos cristianos, fue desterrada a la isla de Ponza, en la que padeció un largo martirio a finales del siglo I.

San Flavio de Nicomedia y compañeros. Flavio y un grupo de cristianos fueron martirizados en Nicomedia de Bitinia (en la actual Turquía) a finales del siglo III o principios del siglo IV.

San Juan de Beverley. Se educó en la escuela catedralicia de Canterbury y abrazó la vida monástica en el monasterio de Whitby, donde destacó por su talento y sus virtudes. El año 687 fue elegido obispo de Hexham y el 705 fue trasladado a la sede de York. Unió el trabajo pastoral y la oración en soledad. Se distinguió por su caridad para con los pobres y sus dotes de buen pastor, dio siempre una gran importancia a la predicación. Ya mayor y por motivos de salud, renunció a su cargo y se retiró al monasterio de Berveley, en Northumbria (Inglaterra), que él mismo había fundado, y en el que murió el año 721.

Beato Alberto de Bérgamo. Nació en Villa d'Ogna (Bérgamo, Italia) el año 1214 en el seno de una familia modesta de labradores. Desde joven ayudó a los suyos en los trabajos del campo. Contrajo matrimonio, era piadoso y muy dado a las obras de caridad. Su mujer y sus hermanos le reprocharon tanto su generosidad, que tuvo que marcharse a Cremona, donde se ganó la vida trabajando en el campo. Llevó una vida pobre y austera, compartió sus haberes con los pobres, ingresó en la Tercera Orden de Santo Domingo, hizo peregrinaciones, y culminó su vida cristiana ejemplar el año 1279.

Beata Gisela. Era hija del rey Enrique II de Baviera y contrajo matrimonio el año 996 con san Esteban rey de Hungría. Durante cuarenta años ayudó a su esposo, con gran fervor, en la construcción de iglesias y monasterios y en propagación de la fe. El año 1031 murió su hijo y el 1038 su esposo. El sucesor de su marido no la miraba con buenos ojos y la privó de sus bienes. Gisela dejó Hungría en 1045 y volvió a su tierra natal. Abrazó la vida religiosa en el monasterio benedictino de Niedernburg, cercano a Passau, en Baviera (Alemania), del que fue elegida abadesa algún tiempo después, y en el que murió el año 1060.



PARA TENER EL ESPÍRITU DE ORACIÓN Y DEVOCIÓN

Pensamiento bíblico:

«Los pastores fueron corriendo a Belén y encontraron a María y a José, y al niño acostado en el pesebre. Al verlo, contaron lo que se les había dicho de aquel niño. Todos los que lo oían se admiraban de lo que les habían dicho los pastores. María, por su parte, conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón» (Lc 2,16-19).

Pensamiento franciscano:

Forma de vida que escribió san Francisco para santa Clara y sus hermanas: «Ya que por divina inspiración os habéis hecho hijas y siervas del altísimo y sumo Rey, el Padre celestial, y os habéis desposado con el Espíritu Santo, eligiendo vivir según la perfección del santo Evangelio, quiero y prometo tener siempre, por mí mismo y por mis hermanos, un cuidado amoroso y una solicitud especial de vosotras como de ellos» (FVCl; RCl 6,3-4).

Orar con la Iglesia:

Oremos confiadamente al Dios de la salvación, que siempre nos acoge como hijos y nos ayuda a cumplir su voluntad.

-Por la Iglesia, que ha recibido, como María, la misión de dar a luz a Cristo; para que sepa hacerlo crecer en el corazón y en la vida de los creyentes.

-Por los pobres, los enfermos, los marginados, los desatendidos; para que encuentren en los demás solidaridad, amor, compresión y ayuda.

-Por los que tenemos la dicha de celebrar los misterios de Cristo con paz y alegría; para que llenemos las fiestas de sentido cristiano y de convivencia fraterna.

-Por los que invocamos a María como Madre de Cristo y madre nuestra; para que mostremos su rostro de amor y ternura a los que no creen.

Oración: Derrama, Señor, tu gracia sobre nosotros, que, por el anuncio del ángel, hemos conocido la encarnación de tu Hijo, para que lleguemos por su pasión y su cruz a la gloria de la resurrección. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

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LA ORACIÓN A MARÍA
De la catequesis de S. S. Juan Pablo II
en la audiencia general del día 5 de noviembre de 1997

1. A lo largo de los siglos el culto mariano ha experimentado un desarrollo ininterrumpido. Además de las fiestas litúrgicas tradicionales dedicadas a la Madre del Señor, ha visto florecer innumerables expresiones de piedad, a menudo aprobadas y fomentadas por el Magisterio de la Iglesia.

La primera invocación mariana que se conoce se remonta al siglo III y comienza con las palabras: «Bajo tu amparo (Sub tuum praesidium) nos acogemos, santa Madre de Dios...». Pero la oración a la Virgen más común entre los cristianos desde el siglo XIV es el «Ave María».

Repitiendo las primeras palabras que el ángel dirigió a María, introduce a los fieles en la contemplación del misterio de la Encarnación. La palabra latina «Ave», que corresponde al vocablo griego xaire, constituye una invitación a la alegría y se podría traducir como «Alégrate». El himno oriental «Akáthistos» repite con insistencia este «alégrate». En el Ave María llamamos a la Virgen «llena de gracia» y de este modo reconocemos la perfección y belleza de su alma.

La expresión «El Señor está contigo» revela la especial relación personal entre Dios y María, que se sitúa en el gran designio de la alianza de Dios con toda la humanidad. Además, la expresión «Bendita tú eres entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús», afirma la realización del designio divino en el cuerpo virginal de la Hija de Sión.

Al invocar a «Santa María, Madre de Dios», los cristianos suplican a aquella que por singular privilegio es inmaculada Madre del Señor: «Ruega por nosotros pecadores», y se encomiendan a ella ahora y en la hora suprema de la muerte.

2. También la oración tradicional del Ángelus invita a meditar el misterio de la Encarnación, exhortando al cristiano a tomar a María como punto de referencia en los diversos momentos de su jornada para imitarla en su disponibilidad a realizar el plan divino de la salvación. Esta oración nos hace revivir el gran evento de la historia de la humanidad, la Encarnación, al que hace ya referencia cada «Ave María». He aquí el valor y el atractivo del Ángelus, que tantas veces han puesto de manifiesto no sólo teólogos y pastores, sino también poetas y pintores.

En la devoción mariana ha adquirido un puesto de relieve el Rosario, que a través de la repetición del «Ave María» lleva a contemplar los misterios de la fe. También esta plegaria sencilla, que alimenta el amor del pueblo cristiano a la Madre de Dios, orienta más claramente la plegaria mariana a su fin: la glorificación de Cristo.

El Papa Pablo VI, como sus predecesores, especialmente León XIII, Pío XII y Juan XXIII, tuvo en gran consideración el rezo del rosario y recomendó su difusión en las familias. Además, en la exhortación apostólica Marialis cultus, ilustró su doctrina, recordando que se trata de una «oración evangélica, centrada en el misterio de la Encarnación redentora», y reafirmando su «orientación claramente cristológica» (n. 46).

A menudo, la piedad popular une al rosario las letanías, entre las cuales las más conocidas son las que se rezan en el santuario de Loreto y por eso se llaman «lauretanas». Con invocaciones muy sencillas, ayudan a concentrarse en la persona de María para captar la riqueza espiritual que el amor del Padre ha derramado en ella.

3. Como la liturgia y la piedad cristiana demuestran, la Iglesia ha tenido siempre en gran estima el culto a María, considerándolo indisolublemente vinculado a la fe en Cristo. En efecto, halla su fundamento en el designio del Padre, en la voluntad del Salvador y en la acción inspiradora del Paráclito.

La Virgen, habiendo recibido de Cristo la salvación y la gracia, está llamada a desempeñar un papel relevante en la redención de la humanidad. Con la devoción mariana los cristianos reconocen el valor de la presencia de María en el camino hacia la salvación, acudiendo a ella para obtener todo tipo de gracias. Sobre todo, saben que pueden contar con su maternal intercesión para recibir del Señor cuanto necesitan para el desarrollo de la vida divina y a fin de alcanzar la salvación eterna.

Como atestiguan los numerosos títulos atribuidos a la Virgen y las peregrinaciones ininterrumpidas a los santuarios marianos, la confianza de los fieles en la Madre de Jesús los impulsa a invocarla en sus necesidades diarias. Están seguros de que su corazón materno no puede permanecer insensible ante las miserias materiales y espirituales de sus hijos.

Así, la devoción a la Madre de Dios, alentando la confianza y la espontaneidad, contribuye a infundir serenidad en la vida espiritual y hace progresar a los fieles por el camino exigente de las bienaventuranzas.

4. Finalmente, queremos recordar que la devoción a María, dando relieve a la dimensión humana de la Encarnación, ayuda a descubrir mejor el rostro de un Dios que comparte las alegrías y los sufrimientos de la humanidad, el «Dios con nosotros», que ella concibió como hombre en su seno purísimo, engendró, asistió y siguió con inefable amor desde los días de Nazaret y de Belén a los de la cruz y la resurrección.

[Cf. el texto completo en http://www.franciscanos.org/jpabloII/jpiicultovirgen.html]

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MARÍA, MADRE DE CRISTO
Y MADRE DE LOS CRISTIANOS
Beato Guerrico, Sermón 1, en la Asunción de santa María

Un solo hijo dio a luz María, el cual, así como es Hijo único del Padre celestial, así también es el hijo único de su madre terrena. Y esta única virgen y madre, que tiene la gloria de haber dado a luz al Hijo único del Padre, abarca, en su único hijo, a todos los que son miembros del mismo; y no se avergüenza de llamarse madre de todos aquellos en los que ve formado o sabe que se va formando Cristo, su hijo.

La antigua Eva, más que madre madrastra, ya que dio a gustar a sus hijos la muerte antes que la luz del día, aunque fue llamada madre de todos los que viven, no justificó este apelativo; María, en cambio, realizó plenamente su significado, ya que ella, como la Iglesia de la que es figura, es madre de todos los que renacen a la vida. Es, en efecto, madre de aquella Vida por la que todos viven, pues, al dar a luz esta Vida, regeneró, en cierto modo, a los que habían de vivir por ella.

Esta santa madre de Cristo, como sabe que, en virtud de este misterio, es madre de los cristianos, se comporta con ellos con solicitud y afecto maternal, y en modo alguno trata con dureza a sus hijos, como si no fuesen ya suyos, ya que sus entrañas, una sola vez fecundadas, aunque nunca agotadas, no cesan de dar a luz el fruto de piedad.

Si el Apóstol de Cristo no deja de dar a luz a sus hijos, con su solicitud y deseo piadoso, hasta que Cristo tome forma en ellos, ¿cuánto más la madre de Cristo? Y Pablo los engendró con la predicación de la palabra de verdad con que fueron regenerados; pero María de un modo mucho más santo y divino, al engendrar al que es la Palabra en persona. Es, ciertamente, digno de alabanza el ministerio de la predicación de Pablo; pero es más admirable y digno de veneración el misterio de la generación de María.

Por eso, vemos cómo sus hijos la reconocen por madre, y así, llevados por un natural impulso de piedad y de fe, cuando se hallan en alguna necesidad o peligro, lo primero que hacen es invocar su nombre y buscar refugio en ella, como el niño que se acoge al regazo de su madre. Por esto, creo que no es un desatino el aplicar a estos hijos lo que el profeta había prometido: Tus hijos habitarán en ti; salvando, claro está, el sentido originario que la Iglesia da a esta profecía.

Y, si ahora habitamos al amparo de la madre del Altísimo, vivamos a su sombra, como quien está bajo sus alas, y así después reposaremos en su regazo, hechos partícipes de su gloria. Entonces resonará unánime la voz de los que se alegran y se congratulan con su madre: Y cantarán mientras danzan: «Todas mis fuentes están en ti», santa Madre de Dios.

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MARÍA SANTÍSIMA Y LA PIEDAD DE SAN FRANCISCO (V)
por Constantino Koser, OFM

El título de Esposa del Espíritu Santo producía también en San Francisco una dulzura y una dignidad sublimísima. Todas las almas son esposas del Espíritu Santo, pero María lo es, sin embargo, en un sentido completamente peculiar, en un sentido intensísimo, que fue suficiente para que la revelación apropiase al Espíritu Santo la obra de la fecundación del seno virginal de la Madre de Dios en la hora de la Encarnación: Spiritus Altissimi obumbrabit te, «El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra» (Lc 1,35), le explicó el Arcángel. Y cuando la Virgen dijo su «Hágase» (Lc 1,38), celebróse el supremo matrimonio místico del cual participa como esposa una mera creatura.

¿Qué son todos los arrobos experimentados por almas santas en los matrimonios místicos, en comparación con este de la Virgen Madre? Ningún otro ha tenido por fruto la Encarnación del Verbo Eterno, ningún otro ha tenido por fruto el Cuerpo santísimo de Cristo Jesús, el Verum corpus, natum de Maria Virgine, «el cuerpo verdadero, nacido de la Virgen María». Ningún otro, por lo mismo, estableció lazos tan íntimos entre el Esposo divino y el alma agraciada. Ningún otro trajo consigo elevación tan alta, consagración tan sublime, plenitud tan completa y perfecta. El matrimonio divino de la Virgen de Nazaret es singularísimo, único en el más estricto sentido de la palabra. Todos los demás son indudablemente gracias sublimes e inmerecidamente grandes, pero no llegan nunca a formar sino una unión mística y un cuerpo místico, un miembro del Cuerpo Místico de Cristo y, dentro del conjunto de todos, el Cuerpo Místico como tal.

El matrimonio divino de María tuvo en cambio como fruto el Cristo físico, y ella misma se convirtió, no solamente en miembro, sino en Madre y Reina de todo el Cuerpo Místico, causa meritoria de todos los demás matrimonios místicos con que fueron agraciadas las creaturas racionales: ángeles y hombres. Su matrimonio no es únicamente más íntimo, más profundo, más amplio, más proficiente, más sublime y más real, sino que se distingue de los demás por su cualidad: forma como una especie aparte en este orden sobrenatural de las relaciones con Dios. Este título significa para la Virgen una intimidad sin par con Dios, una dulzura infinita de sus relaciones, una elevación singularísima e incomprensiblemente alta.

San Francisco no tradujo estas verdades en términos teológicos. Las entrevió a su modo; fueron para él una puerta más para penetrar en el misterio trinitario, un motivo más para amar a la Virgen. Tenía presentes las palabras que la Iglesia aplica a María Santísima: El Esposo divino que dice a la Esposa: «¡Qué bella eres, amada mía, qué bella eres!» (Cant 4,1). Y la Esposa, María Santísima, que dice: «Su izquierda bajo mi cabeza, y su diestra me abraza» (Cant 8,3). El santo intentaba comprender respetuosamente esta intimidad de amor. Sabía, y esto lo colmaba de indecible dulzura, que a semejanza de esta intimidad, también para él era el amor del Esposo divino y que María es Madre del amor santo y hermoso: «Yo soy la Madre del amor hermoso... Quien me obedece no pasará vergüenza, y los que se ocupan de mí no pecarán. El que me ensalza obtendrá la vida eterna» (Eclo 24,18.22). ¡Qué transportes de alegría y de amor no sacaría de estas sublimes verdades!

Contemplando estas maravillas, ya no se admiraba San Francisco de que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo hubiesen adornado a la Virgen de prerrogativas singularísimas y estupendas. Contemplaba principalmente la plenitud de gracias, la plenitud de virtudes y la plenitud de poder. Si en esta consideración preferencial de los privilegios se tiene en cuenta la mentalidad caballeresca del santo, también se pone de manifiesto su seguro tino teológico: se concentró sobre las prerrogativas marianas que fluyen en línea recta de las relaciones con la Santísima Trinidad. ¿Cómo podría el Padre Eterno no adornar a su Hija de todos los dones de la santidad? ¿Cómo podría el Hijo, el Verbo Eterno, no conceder a su Madre todos los privilegios que pudieran ponerse en ella? ¿Cómo podría el Espíritu Santo tenerla como Esposa, sin hacerla al mismo tiempo Señora y Reina del Universo? Hasta parece que estas prerrogativas no son sino el complemento de aquellas otras, las relaciones especiales de las Divinas Personas. San Francisco escogió bien y coherentemente. Procuraba penetrar más y más en el sentido de estas prerrogativas, para que se transformasen en otros tantos motivos de amor y de celo caballeresco a Dios y a su santa Madre.

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