jueves, 4 de mayo de 2017

Año Cristiano Franciscano




DÍA 5 DE MAYO



BEATO BIENVENIDO MARERI DE RECANATI. Nació en Recanati, cerca de Loreto (Marcas, Italia), hacia el año 1200, allí vivió, y allí murió el 5 de mayo de 1289. Siendo muy joven vistió el hábito franciscano en el convento de su ciudad, como hermano lego, y desde el principio se aplicó con ardor a la práctica de la humildad y de la penitencia. La Eucaristía fue el objeto preferido de su amor y adoración. Fue un religioso de alta contemplación, al que el Señor, según la tradición, adornó con éxtasis y otros dones místicos extraordinarios. Los superiores le confiaron el oficio de cocinero, al que se aplicó con gran diligencia, sin que le fuera obstáculo para su oración y devoción. Edificaba a todos con su sencillez y su extraordinaria bondad.




BEATO NUNCIO SULPRIZIO. Nació en Pescosansonesco, provincia de Pescara (Italia), el 13 de abril de 1817. Muy pronto quedó huérfano de padre y madre, por lo que lo acogió su abuela materna, que murió cuando el pequeño tenía nueve años. Entonces se hizo cargo de él un tío suyo que lo maltrató y lo explotó en su taller de herrero. Sufrió toda clase de penalidades y en 1831contrajo una grave enfermedad en la pierna, que los médicos diagnosticaron de incurable, por lo que dejó pronto el hospital de L'Aquila. Otro tío suyo lo llevó a Nápoles y allí lo recibió como a un hijo y un ángel enviado por Dios el coronel Wochinger, que lo cuidó con amor y solicitud hasta su muerte. Ingresó en el hospital llamado de los Incurables, y una vez más fue modelo de piedad, paciencia y caridad, preocupándose por la salud de los demás enfermos, prestándoles ánimos y serenidad. Fue un apóstol para todo el personal del centro por su bondad y conformidad con la voluntad de Dios. Estando en el hospital hizo la primera comunión, que le dio una nueva luz y fortaleza. El coronel lo llevó también a un balneario de Ischia y a temporadas lo tuvo en casa, y allí murió el 5 de mayo de 1836.




BEATA CATALINA CITTADINI. Nació en Bérgamo (Italia) el año 1801, en el seno de una familia humilde. A los siete años quedó huérfana de padre y madre y, con una hermana menor que ella, fue acogida en el orfanato de Conventino donde se educó y sacó el título de maestra. Invitada por unos primos suyos sacerdotes, se trasladó a Somasca y se hizo cargo de la escuela municipal. Dio ejemplo a todos por su vida de piedad y de caridad, así como por su competencia y su dedicación a la tarea educativa. En 1840, y con la colaboración de su hermana, abrió una escuela gratuita para niñas pobres, un orfanato y otras instituciones para la formación de la juventud. Algunas de sus alumnas se quedaron con ella para hacerse maestras, y de este núcleo surgió la nueva congregación de Hermanas Ursulinas de Somasca, para la educación y formación de niñas y jóvenes. Ella misma escribió las Constituciones del nuevo instituto, que fueron aprobadas por la Santa Sede después su muerte, acaecida en Somasca el 5 de mayo de 1857. Fue beatificada el año 2001.

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San Ángel. No son muchas las noticias seguras que tenemos sobre su vida. Al parecer nació en Jerusalén el año 1185 de padres judíos convertidos al cristianismo. Se hizo carmelita en el Monte Carmelo de Palestina y se ordenó de sacerdote. Viajó a Roma con otros compañeros ante el avance de los musulmanes y para obtener del papa Honorio III la aprobación de su nueva Regla. Después marchó a Sicilia a predicar contra los cátaros que estaban infestando la isla. Un día, a mediados del siglo XIII, mientras predicaba en Licata, lo malhirieron a golpes. Murió días después, perdonando a sus agresores.


San Avertino. Era canónigo regular en el convento de San Gilberto de Lincoln (Inglaterra), y cuando santo Tomás Becket, por sus diferencias con Enrique II, fue desterrado a Francia, Avertino lo acompañó, pues les unían fuertes vínculos de amistad y colaboración. Volvieron a Inglaterra y santo Tomás fue asesinado. Avertino marchó de nuevo a Francia y se estableció en Vençay, cerca de Tours, donde se entregó a la vida eremítica, y allí permaneció hasta su muerte en 1189.

San Britón. Fue obispo de Tréveris (en la actual Alemania) a partir del año 373. Participó en el concilio celebrado en Roma el año 382 bajo la presidencia del papa san Dámaso. En su diócesis se enfrentó con tenacidad a la herejía priscilianista, y defendió a sus feligreses de la misma. Pero, junto con san Ambrosio de Milán y san Martín de Tours, se opuso, aunque en vano, a la ferocidad de quienes reclamaban la muerte de Prisciliano y de sus seguidores. Murió en Tréveris el año 386.

San Eutimio. Fue un diácono que sufrió el martirio en Alejandría de Egipto en torno al año 305, durante la persecución del emperador Diocleciano.

San Geroncio. Obispo de Milán. Trabajó en la reparación de las ruinas que causó en el 452 la invasión de los hunos, capitaneados por Atila. Murió hacia el año 472.

San Godeardo o Gotardo. Nació en la diócesis de Passau (Alemania) el año 960. Después de recibir una buena formación, profesó la vida monástica el año 990, y poco después se ordenó de sacerdote. Fue elegido abad de Niederaltaich el 996, y promovió el ideal de Cluny. En 1022 lo eligieron obispo de Hildesheim en Sajonia. Construyó iglesias para una mejor atención al pueblo, cuidó la formación del clero y su dedicación al ministerio, enseñándole a predicar con sus propias conferencias bíblicas, se ocupó de los pobres y levantó un hospital para los enfermos, cuidando de que fueran pobres y no meros holgazanes. Defendió los derechos y la libertad de la Iglesia. Murió el año 1038.

San Hilario de Arlés. Nació en torno al año 401 y, cursados los primeros estudios, fue funcionario imperial. Por influencia de un pariente suyo, san Honorato, entró en el monasterio de Lerins. Cuando Honorato fue elegido obispo de Arlés (Provenza, Francia), se lo llevó consigo, y, cuando Honorato murió, lo eligieron para sucederle. En su vida de obispo siguió observando la austeridad y pobreza monacales. Permaneció entregado a la oración, ayunos y vigilias. Fue un pastor celoso, asiduo predicador, revelando a los pecadores la misericordia de Dios, buen administrador de los bienes eclesiásticos para beneficio de los pobres y para rescatar prisioneros. Murió el año 449.

San Joviniano. Era lector y sufrió el martirio en Auxerre (Francia) en una fecha desconocida del siglo III.

San León de Calabria. Llevó vida de ermitaño y se distinguió por su altísima oración y por su caridad para con los pobres, a los que daba limosna de lo que conseguía con su trabajo manual. Fundó un monasterio en Africo, provincia de Reggio Calabria (Italia), donde murió en una fecha desconocida del siglo XII.

San Mauronto. Nació el año 634, y se educó en la corte de Clodoveo II. Fue ordenado de diácono por san Amando, quien lo animó a fundar el monasterio de Breuil-sur-Lys (Francia), del que fue abad. Murió en Marchiennes (Francia) el año 702.

San Máximo de Jerusalén. Durante el reinado del emperador Maximino Daya fue repetidamente torturado: le sacaron un ojo, le quemaron un pie con un hierro candente, lo condenaron a trabajos forzados en las minas. A raíz de la paz constantiniana quedó en libertad y lo eligieron obispo de Jerusalén, donde se había hecho célebre por su gloriosa confesión de fe, y donde murió el año 350.

San Nicecio o Niceto. Fue obispo de Vienne (Francia) en el siglo V. Ocupó la sede desde el año 449.

San Sacerdote. Fue monje y luego abad del monasterio de Calabre. Después lo eligieron obispo de Limoges en la región de Aquitania (Francia), pero hacia el final de su vida volvió a la vida monástica. Murió en una fecha desconocida del siglo VIII.

Beatos Enrique Gispert y José Gomis. Estos dos sacerdotes seculares ejercían su ministerio en la diócesis de Tarragona cuando se desató en España la persecución religiosa. Dejaron las parroquias y acabaron refugiados en Barcelona en lugares distintos, aunque se reunían con frecuencia para celebrar la misa y confesarse. El 6-IV-1937 fueron detenidos por los milicianos y llevados a la checa de San Elías. No se supo más de ellos. Al parecer fueron asesinados el 5 de mayo de 1937. Enrique Gispert nació en Riudoms (Tarragona) en 1879. Pasó por varias parroquias hasta llegar a la de La Canonja. Cuidaba con esmero las funciones parroquiales, que celebraba con mucho fervor. Era paciente y caritativo, y socorría generosamente a los necesitados. José Gomis nació en Reus (Tarragona) en 1894. Completó los estudios en Roma, donde se doctoró en filosofía, teología y derecho canónico. Durante un tiempo perteneció a la Hermandad de Sacerdotes Operarios Diocesanos. En 1936 era vicario de la parroquia de San Pedro de Reus.- Beatificados el 13-X-2013.

Beato Gregorio Frackowiak. Nació en Polonia el año 1911 y en plena juventud ingresó en el seminario de los Misioneros del Verbo Divino, en los profesó como hermano coadjutor en 1938. Trabajó en la imprenta de su Congregación como encuadernador hasta que los nazis cerraron su casa de Gorna Grupa. Arrestaron sólo a los sacerdotes, pero él se quedó con ellos para atenderlos mientras fue posible. Luego, marchó a su pueblo donde se dedicó, en secreto, a dar catequesis y a llevar la comunión a los enfermos y a otros. Lo arrestaron como responsable de unas hojas clandestinas y fue a parar a Dresde. Allí lo guillotinaron en 1943.



PARA TENER EL ESPÍRITU DE ORACIÓN Y DEVOCIÓN

Pensamiento bíblico :

El niño Jesús se quedó en Jerusalén, sin que lo supieran sus padres. Cuando lo encontraron, le dijo su madre: «Hijo, ¿por qué nos has tratado así? Tu padre y yo te buscábamos angustiados». Él les contestó: «¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debía estar en las cosas de mi Padre?». Pero ellos no comprendieron lo que les dijo. Él bajó con ellos y fue a Nazaret y estaba sujeto a ellos. Su madre conservaba todo esto en su corazón. Y Jesús iba creciendo en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y ante los hombres (cf. Lc 2,41-52).

Pensamiento franciscano :

Santa Clara escribió a santa Inés: «Ama totalmente a Aquel que por tu amor se entregó todo entero; hablo de aquel Hijo del Altísimo a quien la Virgen dio a luz, y después de cuyo parto permaneció Virgen. Adhiérete a su Madre dulcísima, que engendró tal Hijo, a quien los cielos no podían contener, y ella, sin embargo, lo acogió en el pequeño claustro de su sagrado útero y lo llevó en su seno de doncella» (3CtaCl 15-19).

Orar con la Iglesia :

Elevemos nuestras súplicas al Salvador, que quiso nacer de María Virgen, y digámosle: Que tu Madre, Señor, interceda por nosotros.

-Salvador del mundo, que, con la eficacia de tu redención, preservaste a tu Madre de toda mancha de pecado, líbranos a nosotros de toda culpa.

-Redentor nuestro, que hiciste de la Virgen María tabernáculo purísimo de tu presencia y sagrario del Espíritu Santo, haz también de nosotros templos de tu Espíritu.

-Verbo eterno del Padre, que enseñaste a María a escoger la mejor parte, ayúdanos a imitarla y a buscar el alimento que perdura hasta la vida eterna.

-Señor del cielo y de la tierra, que has colocado a tu derecha a María reina, haz que aspiremos siempre a los bienes del cielo.

Oración: Escucha, Padre, nuestra oración humilde y confiada, que te presentamos por medio de la santísima Virgen María, madre nuestra y mediadora de tu Hijo, que vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.

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NATURALEZA DEL CULTO MARIANO
De la catequesis de S. S. Juan Pablo II
en la audiencia general del día 22 de octubre de 1997

1. El concilio Vaticano II afirma que el culto a la santísima Virgen «tal como ha existido siempre en la Iglesia, aunque del todo singular, es esencialmente diferente del culto de adoración, que se da al Verbo encarnado, lo mismo que al Padre y al Espíritu Santo, pero lo favorece muy poderosamente» (LG 66).

Con estas palabras la constitución Lumen gentium reafirma las características del culto mariano. La veneración de los fieles a María, aun siendo superior al culto dirigido a los demás santos, es inferior al culto de adoración que se da a Dios, y es esencialmente diferente de éste. Con el término «adoración» se indica la forma de culto que el hombre rinde a Dios, reconociéndolo Creador y Señor del universo. El cristiano, iluminado por la revelación divina, adora al Padre «en espíritu y en verdad» (Jn 4,23). Al igual que al Padre, adora a Cristo, Verbo encarnado, exclamando con el apóstol Tomás: «¡Señor mío y Dios mío!» (Jn 20,28). Por último, en el mismo acto de adoración incluye al Espíritu Santo, que «con el Padre y el Hijo recibe una misma adoración y gloria» (DS, 150), como recuerda el símbolo niceno-constantinopolitano.

Ahora bien, los fieles, cuando invocan a María como «Madre de Dios» y contemplan en ella la más elevada dignidad concedida a una criatura, no le rinden un culto igual al de las Personas divinas. Hay una distancia infinita entre el culto mariano y el que se da a la Trinidad y al Verbo encarnado.

Por consiguiente, incluso el lenguaje con el que la comunidad cristiana se dirige a la Virgen, aunque a veces utiliza términos tomados del culto a Dios, asume un significado y un valor totalmente diferentes. Así, el amor que los creyentes sienten hacia María difiere del que deben a Dios: mientras al Señor se le ha de amar sobre todas las cosas, con todo el corazón, con toda el alma y con toda la mente (cf. Mt 22,37), el sentimiento que tienen los cristianos hacia la Virgen es, en un plano espiritual, el afecto que tienen los hijos hacia su madre.

2. Entre el culto mariano y el que se rinde a Dios existe, con todo, una continuidad, pues el honor tributado a María está ordenado y lleva a adorar a la santísima Trinidad.

El Concilio recuerda que la veneración de los cristianos a la Virgen «favorece muy poderosamente» el culto que se rinde al Verbo encarnado, al Padre y al Espíritu Santo. Asimismo, añade, en una perspectiva cristológica, que «las diversas formas de piedad mariana que la Iglesia ha aprobado dentro de los límites de la doctrina sana y ortodoxa, según las circunstancias de tiempo y lugar, y según el carácter y temperamento de los fieles, no sólo honran a la Madre. Hacen también que el Hijo, Creador de todo, en quien "quiso el Padre eterno que residiera toda la plenitud" (Col 1,19), sea debidamente conocido, amado, glorificado, y que se cumplan sus mandamientos» (LG 66).

Ya desde los inicios de la Iglesia, el culto mariano está destinado a favorecer la adhesión fiel a Cristo. Venerar a la Madre de Dios significa afirmar la divinidad de Cristo, pues los padres del concilio de Éfeso, al proclamar a María Theotókos, «Madre de Dios», querían confirmar la fe en Cristo, verdadero Dios.

3. El culto mariano, además, favorece, en quien lo practica según el espíritu de la Iglesia, la adoración al Padre y al Espíritu Santo. Efectivamente, al reconocer el valor de la maternidad de María, los creyentes descubren en ella una manifestación especial de la ternura de Dios Padre.

El misterio de la Virgen Madre pone de relieve la acción del Espíritu Santo, que realizó en su seno la concepción del niño y guió continuamente su vida.

Los títulos: Consuelo, Abogada, Auxiliadora, atribuidos a María por la piedad del pueblo cristiano, no oscurecen, sino que exaltan la acción del Espíritu Consolador y preparan a los creyentes a recibir sus dones.

4. Por último, el Concilio recuerda que el culto mariano es «del todo singular» y subraya su diferencia con respecto a la adoración tributada a Dios y con respecto a la veneración a los santos. Posee una peculiaridad irrepetible, porque se refiere a una persona única por su perfección personal y por su misión. En efecto, son excepcionales los dones que el amor divino otorgó a María, como la santidad inmaculada, la maternidad divina, la asociación a la obra redentora y, sobre todo, al sacrificio de la cruz.

El culto mariano expresa la alabanza y el reconocimiento de la Iglesia por esos dones extraordinarios. A ella, convertida en Madre de la Iglesia y Madre de la humanidad, recurre el pueblo cristiano, animado por una confianza filial, a fin de pedir su maternal intercesión y obtener los bienes necesarios para la vida terrena con vistas a la bienaventuranza eterna.

[Cf. el texto completo en http://www.franciscanos.org/jpabloII/jpiicultovirgen.html]

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LA BENDICIÓN DEL PADRE HA BRILLADO
PARA LOS HOMBRES POR MEDIO DE MARÍA
San Sofronio de Jerusalén, Sermón 2,
en la Anunciación de la Santísima Virgen (21-22.26)

Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo. ¿Y qué puede ser más sublime que este gozo, oh Virgen Madre? ¿O qué cosa puede ser más excelente que esta gracia, que, viniendo de Dios, sólo tú has obtenido? ¿Acaso se puede imaginar una gracia más agradable o más espléndida? Todas las demás no se pueden comparar a las maravillas que se realizan en ti; todas las demás son inferiores a tu gracia; todas, incluso las más excelsas, son secundarias y gozan de una claridad muy inferior.

El Señor está contigo. ¿Y quién es el que puede competir contigo? Dios proviene de ti; ¿quién no te cederá el paso, quién habrá que no te conceda con gozo la primacía y la precedencia? Por todo ello, contemplando tus excelsas prerrogativas, que destacan sobre las de todas las criaturas, te aclamo con el máximo entusiasmo: Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo. Pues tú eres la fuente del gozo no sólo para los hombres, sino también para los ángeles del cielo.

Verdaderamente, bendita tú entre las mujeres, pues has cambiado la maldición de Eva en bendición; pues has hecho que Adán, que yacía postrado por una maldición, fuera bendecido por medio de ti.

Verdaderamente, bendita tú entre las mujeres, pues por medio de ti la bendición del Padre ha brillado para los hombres y los ha liberado de la antigua maldición.

Verdaderamente, bendita tú entre las mujeres, pues por medio de ti encuentran la salvación tus progenitores, pues tú has engendrado al Salvador que les concederá la salvación eterna.

Verdaderamente, bendita tú entre las mujeres, pues sin concurso de varón has dado a luz aquel fruto que es bendición para todo el mundo, al que ha redimido de la maldición que no producía sino espinas.

Verdaderamente, bendita tú entre las mujeres, pues a pesar de ser una mujer, criatura de Dios como todas las demás, has llegado a ser, de verdad, Madre de Dios. Pues lo que nacerá de ti es, con toda verdad, el Dios hecho hombre, y, por lo tanto, con toda justicia y con toda razón, te llamas Madre de Dios, pues de verdad das a luz a Dios.

Tú tienes en tu seno al mismo Dios, hecho hombre en tus entrañas, quien, como un esposo, saldrá de ti para conceder a todos los hombres el gozo y la luz divina.

Dios ha puesto en ti, oh Virgen, su tienda como en un cielo puro y resplandeciente. Saldrá de ti como el esposo de su alcoba e, imitando el recorrido del sol, recorrerá en su vida el camino de la futura salvación para todos los vivientes, y, extendiéndose de un extremo a otro del cielo, llenará con calor divino y vivificante todas las cosas.

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MARÍA SANTÍSIMA Y LA PIEDAD DE SAN FRANCISCO (III)
por Constantino Koser, OFM

María Santísima, tan agraciada por Dios, posee encantos mil, y su semejanza con su Hijo Divino es tan rica, que un corazón humano no puede venerar de una sola vez todas las prerrogativas que se acumularon en ella gracias a la generosidad divina. De ahí la posibilidad de las más variadas devociones a la Virgen, la posibilidad de que cada cual la venere y ame bajo el aspecto que más lo conmueve, que más lo inflama.

De acuerdo con la orientación fundamental de la piedad que cultivaba, San Francisco sobre todo vio en María las prerrogativas máximas, las relaciones especialísimas con la Santísima Trinidad: «Salve, Señora, santa Reina, santa Madre de Dios, María, que eres virgen hecha iglesia y elegida por el santísimo Padre del cielo, a la cual consagró Él con su santísimo amado Hijo y el Espíritu Santo Paráclito, en la cual estuvo y está toda la plenitud de la gracia y todo bien. Salve, palacio suyo; salve, tabernáculo suyo; salve, casa suya. Salve, vestidura suya; salve, esclava suya; salve, Madre suya» (SalVM). «Santa Virgen María, no ha nacido en el mundo ninguna semejante a ti entre las mujeres, hija y sierva del altísimo y sumo Rey, el Padre celestial, Madre de nuestro santísimo Señor Jesucristo, esposa del Espíritu Santo: ruega por nosotros...» (OfP Ant).

Son éstas, sin duda, las prerrogativas más misteriosas y menos accesibles para la pobre mente humana, pero al mismo tiempo son también la fuente de todo lo demás en María Santísima; más aún: son las mayores prerrogativas que en ella se pueden considerar. Quien consigue inflamar en ellas su corazón está de hecho muy aprovechado en el camino de la virtud, de la abnegación, de la desnudez espiritual, del recogimiento; está ya muy cerca del amor puro y casto de Dios. Como en la actitud franciscana delante de Dios, también aquí la espiritualidad seráfica conduce a las más altas cumbres, a los más estrechos y solitarios caminos, manda bordear los más peligrosos precipicios. No por espíritu de aventura, ni por amor a la singularidad y a la extravagancia, ni siquiera por un falso amor propio y por vanidad, y sí por amor profundo y caballeresco a Dios Uno y Trino y a esa mera creatura que el poder divino aproximó más a su misterio. Un franciscano no retrocede ante las dificultades en este camino, pues es el camino del amor seráfico, del amor que no mide dificultades ni peligros, que no calcula expensas y ganancias, del amor que única y exclusivamente tiene en vista a la persona amada.

Así amó San Francisco. Su amor esclarecido con ciencia infusa y la gracia divina lo llevaron derecho a los misterios más profundos y más difíciles, a los más llenos de oscuridad para el espíritu humano, pero al mismo tiempo más llenos de Dios y por lo mismo más llenos de estímulos para el amor. Estos estímulos, por tanto, no podían ser aprovechados con la mera inteligencia. La mente humana por sí sola es incapaz de esta empresa y no es el arma con la cual se forzará la entrada a esta plaza fuerte de las prerrogativas trinitarias de María Santísima. El arma apropiada es el amor que secunda la inteligencia iluminada por la fe. Solamente el amor que a cada paso que da se enciende de nuevo y más fuerte; que, por así decirlo, saborea todos los términos que se usan y todas las proposiciones que se descubren, solamente este amor es capaz de percibir el verdadero valor de sentir los fortísimos y altísimos estímulos; solamente este amor es capaz de aprovechar las energías casi infinitas, escondidas en estas recónditas verdades de la santa fe. No es, pues, de admirar que el seráfico santo y todos sus verdaderos imitadores hayan sentido los más fuertes atractivos precisamente hacia este misterio de la Virgen santa.

María está en una especial e íntima relación de Hija y de Sierva respecto del Eterno Padre. ¿Podrá un mortal, pobre y ciego en el amor, medir lo que significan para la Madre de Dios estas palabras en su sentido especial: Hija y Sierva del Eterno Padre? ¡Cuánta ternura, cuánto ardor, cuánta dedicación, cuánta generosidad, cuánta caridad y gracia sobrenatural, cuánta sublimidad y grandeza, cuánta preferencia no se ocultan en estos términos tan simples!

San Francisco procuraba entenderlos, a semejanza de lo que hacía la propia Virgen Madre: «María conservaba todo esto y lo meditaba en su corazón» (Lc 2,19). Hacía los más constantes esfuerzos para que estas palabras: Hija y Sierva del Eterno Padre, no fuesen únicamente la proposición de palabras frías, sino un foco de luz y calor para su alma. En la realidad significada estas palabras son fuego, fuego ardiente de luz y calor. Los hombres, infelices, tienen la triste posibilidad de neutralizar las copiosas y ardentísimas energías que dimanan de este misterio, privando las palabras de su proporcional repercusión en la mente. San Francisco, con seriedad y tenacidad, con comprensión siempre más profunda, con calor e interés cada vez más intensos, logró que el torrente vivo de amor de este misterio se derramase en su alma.

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