martes, 30 de mayo de 2017

Año Cristiano Franciscano




DÍA 31 DE MAYO

 

LA VISITACIÓN DE LA VIRGEN MARÍA. Esta fiesta mariana celebra el episodio narrado por el evangelista san Lucas: Lc 1,39-56. En la Anunciación, el ángel dijo a María que su pariente Isabel estaba en el sexto mes de embarazo. Días después, María marchó presurosa de Nazaret a una ciudad de la montaña de Judá, Ain Karem, entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel. Cuando ésta oyó el saludo de María, saltó de gozo el hijo que llevaba en su seno y, llena de Espíritu Santo, dijo a María: «Bendita tú eres entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre. Dichosa tú que has creído». María le respondió con las palabras que conocemos como el Magníficat: «Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios mi salvador...». María permaneció con Isabel unos tres meses y luego se volvió a Nazaret.- Oración: Dios todopoderoso, tú que inspiraste a la Virgen María, cuando llevaba en su seno a tu Hijo, el deseo de visitar a su prima Isabel, concédenos, te rogamos, que, dóciles al soplo del Espíritu, podamos, con María, cantar tus maravillas durante toda nuestra vida. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.




SAN FÉLIX DE NICOSIA. Nació el año 1715 en Nicosia (Sicilia), en el seno de una familia humilde y muy religiosa. Pronto tuvo que trabajar en el oficio de su difunto padre, que era zapatero, para subvenir a los suyos. Tras recibir varias negativas, consiguió ser admitido en la Orden capuchina. Hecha la profesión, lo enviaron al convento de su pueblo, donde por espacio de más de cuarenta años ejerció sobre todo el oficio de limosnero, desarrollando un intenso apostolado popular e itinerante, entre gentes de todas las clases. Era analfabeto, pero tenía la ciencia de la caridad y de la humildad. Sus mayores devociones fueron la pasión de Cristo, la Eucaristía y la Virgen de los Dolores. Realizó siempre trabajos humildes y destacó por su obediencia y paciencia, espíritu de sacrificio y amor a los niños y a los pobres y enfermos. Murió el 31 de mayo de 1787 en Nicosia. Lo canonizó Benedicto XVI el año 2005. [Su memoria se celebra el 2 de junio]



SANTA BAUTISTA VARANO. Nació en Camerino (Las Marcas, Italia) el año 1458, de padres nobles, señores de la ciudad. En su juventud llevó una vida mundana, pero creció en su corazón la decisión de hacerse religiosa. Su padre, deseoso de casarla, se opuso a tal proyecto, pero, ante la firmeza de su hija, tuvo que ceder, y Camila, que tal era su nombre de pila, en 1481 vistió el hábito de las clarisas en Urbino, tomando el nombre de Bautista. El padre, para tenerla más cerca, fundó un monasterio en Camerino, al que se trasladaron clarisas de Urbino, entre ellas Bautista, que fue elegida abadesa. Fue una superiora ejemplar, dotada de una gran discreción de espíritus, maestra de espiritualidad, de elevadas experiencias místicas, escritora elegante, devota en particular de la pasión de Cristo. Murió en su monasterio de Camerino el 31 de mayo de 1524.- Canonizada en 2010. Oración: Señor, Dios nuestro, que has distinguido a santa Bautista por la contemplación de la pasión de tu Hijo Jesucristo; concédenos, por su intercesión, la gracia de amar la cruz de Cristo y alcanzar la vida eterna. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.



BEATO MARIANO DE ROCCACASALE. Hermano laico profeso de la Orden de Frailes Menores. Su vida, tanto de seglar como de fraile, se puede resumir en dos palabras: oración y trabajo. Nació el año 1778 en Roccacasale (L'Aquila, Italia), de padres agricultores y pastores, profundamente creyentes. De joven le tocó cuidar el rebaño hasta que, en 1802, vistió el sayal franciscano en el convento de Arisquia, donde desempeñó diversos oficios domésticos. En 1814 pidió y obtuvo el traslado al recién instaurado Retiro de Bellegra (Roma), de intensa vida regular, austera y contemplativa. Durante más de cuarenta años ejerció el oficio de portero, en el que se santificó y ayudó a santificarse a muchos con su buen ejemplo, su caridad y su bondad, y sus humildes servicios; para todos tenía una sonrisa y el alivio de sus penas y necesidades, fueran corporales o espirituales. Falleció en Bellegra el 31 de mayo de 1866.

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Santos Cancio, Canciano y Cancianila. Según la tradición, eran tres hermanos que fueron martirizados en tiempo del emperador Diocleciano, a principios del siglo IV. Los arrestaron cuando se alejaban de la ciudad en un carromato, y los ejecutaron en Aquileya (Friuli, Italia).

San Hermias. Era soldado y sufrió el martirio en Comana del Ponto (actual Gümenek, en Turquía), en una fecha desconocida del siglo III.

San Noé Mawaggali. Nació en Uganda el año 1851 y se bautizó en 1885. Había sido servidor del rey y era alfarero de profesión. Lo nombraron catequista del poblado de Kiwanga. Empezada la persecución contra los cristianos, le avisaron que iban a llegar los soldados para eliminar el cristianismo del pueblo, pero no quiso huir. Lo apresaron, lo atravesaron con lanzas y, malherido, lo colgaron de un árbol y allí lo dejaron para que fuera pasto de las fieras. Esto sucedió en Mityana (Uganda) el año 1886.

Santa Petronila. En Roma, en el cementerio de Domitila de la Vía Ardeatina, se conmemora a esta virgen y mártir, que vivió en el siglo III o siglo IV.

San Silvio. Fue obispo de Toulouse (Francia) y sabemos que comenzó la construcción de una basílica para acoger dignamente el sepulcro de san Saturnino. Murió en torno al año 400.

Beato Nicolás Barré. Nació en Amiens (Francia) el año 1621. De joven ingresó en la Orden de los Mínimos, fundada por san Francisco de Paula, y en 1645 se ordenó de sacerdote. Pronto destacó en el ministerio de la predicación y del confesonario. También fue apreciado como profesor y bibliotecario. Ante las necesidades de las familias obreras y campesinas, proyectó en Rouen una red de escuelas gratuitas que atendieran a los niños pobres y abandonados, y para ello fundó las «maestras de caridad» que enseñaban en las «escuelas de caridad», de donde surgirían más tarde las Hermanas Maestras del Niño Jesús. Murió en París el año 1686.

Beato Santiago Salomoni. Nació en Venecia el año 1231 de familia noble. Muerto su padre y después que su madre ingresara en las monjas cistercienses, vendió sus bienes y, a la edad de 17 años, entró en la Orden de Predicadores. Estudió teología y se ordenó de sacerdote. Estuvo de prior en varios conventos. Era hombre de oración y el Señor le concedió carismas extraordinarios, fue amigo de los pobres y hombre pacífico. Murió en Forlí, en la región de Emilia-Romaña, donde había pasado la mayor parte de su vida religiosa, el año 1314.

Beatos Roberto Thorpe y Tomás Watkinson. Mártires ingleses que fueron ahorcados y descuartizados en York (Inglaterra), el año 1591, durante el reinado de Isabel I. Roberto era natural de la provincia de York. Había estudiado y se había ordenado de sacerdote en Reims (Francia) el año 1585. Después estuvo ejerciendo el ministerio en su tierra hasta que lo detuvieron la víspera de san José de 1591, cuando iba a celebrar la misa en casa de Tomás. Tomás era también del condado de York, había enviudado y tenía hijos, era agricultor de profesión. Siendo ya un anciano, cristiano piadoso y valiente, que hospedaba a los sacerdotes en su casa y se la ofrecía para celebrar la Eucaristía, lo detuvieron a la vez que a Roberto cuando, al registrar su casa, encontraron los vasos sagrados propios de la celebración eucarística.



PARA TENER EL ESPÍRITU DE ORACIÓN Y DEVOCIÓN

Pensamiento bíblico :

En la Visitación, Isabel dijo a María: «¡Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre! (...) Bienaventurada la que ha creído, porque lo que le ha dicho el Señor, se cumplirá». Y María dijo: «Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador; porque ha mirado la humildad de su esclava. Desde ahora me felicitarán todas las generaciones, porque el Poderoso ha hecho obras grandes en mí: su nombre es santo, y su misericordia llega a sus fieles de generación en generación» (cf. Lc 1,42-50).

Pensamiento franciscano :

Dice san Francisco en su Regla: «Los hermanos que van entre infieles, pueden conducirse entre ellos de dos modos. Uno, que no entablen disputas ni contiendas, sino que estén sometidos a toda humana criatura por Dios y confiesen que son cristianos. Otro, que, cuando vean que agrada al Señor, anuncien la palabra de Dios, para que crean en Dios omnipotente y en su Hijo, y para que se bauticen y hagan cristianos» (cf. 1 R 16,5-7).

Orar con la Iglesia :

Haciendo nuestros los sentimientos de María, expresados en su cántico de alabanza, el Magníficat, oremos a Dios Padre por las necesidades de la Iglesia y de los hombres.

-Por la Iglesia, que lleva en su seno, como María, a Jesús, salvación del mundo entero: para que permanezca siempre fiel a sí misma.

-Por los que viven solos, desamparados, ignorados: para que encuentren en nosotros, seguidores de María, el cariño y la ayuda que necesitan.

-Por las madres en período de gestación: para que sean respetadas y ayudadas por la comunidad cristiana y la sociedad humana.

-Por nosotros, que recordamos el ejemplo de María visitando a Isabel y poniéndose a su servicio: para que sirvamos a nuestros hermanos y les llevemos la alegría de Jesús.

Oración: Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros, como lo esperamos de ti, confiando en la intercesión de la Virgen María. Te lo pedimos, Padre, por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

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LA ACCIÓN DEL ESPÍRITU Y LA VIRGEN 
Benedicto XVI, Discurso, en los Jardines Vaticanos, el 31-V-2010

Queridos hermanos y hermanas:

Haciendo referencia a la liturgia de hoy, queremos contemplar a María santísima en el misterio de su Visitación. En la Virgen María que va a visitar a su pariente Isabel reconocemos el ejemplo más límpido y el significado más verdadero de nuestro camino de creyentes y del camino de la Iglesia misma. La Iglesia, por su naturaleza, es misionera, está llamada a anunciar el Evangelio en todas partes y siempre, a transmitir la fe a todo hombre y mujer, y en toda cultura.

«En aquellos días -escribe el evangelista san Lucas-, María se levantó y se puso en camino de prisa hacia la montaña, a una ciudad de Judá» (Lc 1,39). El viaje de María es un auténtico viaje misionero. Es un viaje que la lleva lejos de casa, la impulsa al mundo, a lugares extraños a sus costumbres diarias; en cierto sentido, la hace llegar hasta confines inalcanzables para ella. Está precisamente aquí, también para todos nosotros, el secreto de nuestra vida de hombres y de cristianos. Nuestra existencia, como personas y como Iglesia, está proyectada hacia fuera de nosotros. Como ya había sucedido con Abrahán, se nos pide salir de nosotros mismos, de los lugares de nuestras seguridades, para ir hacia los demás, a lugares y ámbitos distintos. Es el Señor quien nos lo pide: «Recibiréis la fuerza del Espíritu Santo, que vendrá sobre vosotros, y seréis mis testigos… hasta los confines de la tierra» (Hch 1,8). Y también es el Señor quien, en este camino, nos pone al lado a María como compañera de viaje y madre solícita. Ella nos tranquiliza, porque nos recuerda que su Hijo Jesús está siempre con nosotros, como lo prometió: «Yo estoy con vosotros todos lo días hasta el fin del mundo» (Mt 28,20).

El evangelista anota que «María se quedó con ella (con su prima Isabel) unos tres meses» (Lc 1,56). Estas sencillas palabras revelan el objetivo más inmediato del viaje de María. El ángel le había anunciado que Isabel esperaba un hijo y que ya estaba en el sexto mes de embarazo. Pero Isabel era de edad avanzada y la cercanía de María, todavía muy joven, podía serle útil. Por esto María va a su casa y permanece con ella unos tres meses, para ofrecerle la cercanía afectuosa, la ayuda concreta y todas las atenciones cotidianas que necesitaba. Isabel se convierte así en el símbolo de tantas personas ancianas y enfermas, es más, de todas las personas que necesitan ayuda y amor. Y son numerosas también hoy, en nuestras familias, en nuestras comunidades, en nuestras ciudades. Y María -que se había definido «la esclava del Señor» (Lc 1,38)- se hace esclava de los hombres. Más precisamente, sirve al Señor que encuentra en los hermanos.

Pero la caridad de María no se limita a la ayuda concreta, sino que alcanza su culmen dando a Jesús mismo, «haciendo que lo encuentren». Es de nuevo san Lucas quien lo subraya: «En cuanto Isabel oyó el saludo de María, saltó la criatura en su vientre». Nos encontramos así en el corazón y en el culmen de la misión evangelizadora. Este es el significado más verdadero y el objetivo más genuino de todo camino misionero: dar a los hombres el Evangelio vivo y personal, que es el propio Señor Jesús. Y comunicar y dar a Jesús -como atestigua Isabel- llena el corazón de alegría: «En cuanto tu saludo llegó a mis oídos, la criatura saltó de alegría en mi vientre». Jesús es el verdadero y único tesoro que nosotros tenemos para dar a la humanidad. De él sienten profunda nostalgia los hombres y las mujeres de nuestro tiempo, incluso cuando parecen ignorarlo o rechazarlo. De él tienen gran necesidad la sociedad en que vivimos, Europa y todo el mundo.

A nosotros se nos ha confiado esta extraordinaria responsabilidad. Vivámosla con alegría y con empeño, para que en nuestra civilización reinen realmente la verdad, la justicia, la libertad y el amor, pilares fundamentales e insustituibles de una verdadera convivencia ordenada y pacífica. Vivamos esta responsabilidad permaneciendo asiduos en la escucha de la Palabra de Dios, en la unión fraterna, en la fracción del pan y en las oraciones (cf. Hch 2,42). Pidamos juntos esta gracia a la Virgen santísima esta noche. A todos os imparto mi bendición.

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EN EL "MAGNÍFICAT" MARÍA CELEBRA
LA OBRA ADMIRABLE DE DIOS
Catequesis de S. S. Juan Pablo II
en la audiencia general del miércoles 6-XI-1996

1. María, inspirándose en la tradición del Antiguo Testamento, celebra con el cántico del Magníficat las maravillas que Dios realizó en ella. Ese cántico es la respuesta de la Virgen al misterio de la Anunciación: el ángel la había invitado a alegrarse; ahora María expresa el jubilo de su espíritu en Dios, su salvador. Su alegría nace de haber experimentado personalmente la mirada benévola que Dios le dirigió a ella, criatura pobre y sin influjo en la historia.

Con la expresión Magníficat, versión latina de una palabra griega que tenía el mismo significado, se celebra la grandeza de Dios, que con el anuncio del ángel revela su omnipotencia, superando las expectativas y las esperanzas del pueblo de la alianza e incluso los más nobles deseos del alma humana.

Frente al Señor, potente y misericordioso, María manifiesta el sentimiento de su pequeñez: «Proclama mi alma la grandeza del Señor; se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador, porque ha mirado la humillación de su esclava» (Lc 1,46-48). Probablemente, el término griego tapeinosis está tomado del cántico de Ana, la madre de Samuel. Con él se señalan la «humillación» y la «miseria» de una mujer estéril (cf. 1 Sam 1,11), que encomienda su pena al Señor. Con una expresión semejante, María presenta su situación de pobreza y la conciencia de su pequeñez ante Dios que, con decisión gratuita, puso su mirada en ella, joven humilde de Nazaret, llamándola a convertirse en la madre del Mesías.

2. Las palabras «desde ahora me felicitarán todas las generaciones», toman como punto de partida la felicitación de Isabel, que fue la primera en proclamar a María «dichosa». El cántico, con cierta audacia, predice que esa proclamación se irá extendiendo y ampliando con un dinamismo incontenible. Al mismo tiempo, testimonia la veneración especial que la comunidad cristiana ha sentido hacia la Madre de Jesús desde el siglo I. El Magníficat constituye la primicia de las diversas expresiones de culto, transmitidas de generación en generación, con las que la Iglesia manifiesta su amor a la Virgen de Nazaret.

3. «El Poderoso ha hecho obras grandes por mí; su nombre es santo y su misericordia llega a sus fieles de generación en generación».

¿Qué son esas «obras grandes» realizadas en María por el Poderoso? La expresión aparece en el Antiguo Testamento para indicar la liberación del pueblo de Israel de Egipto o de Babilonia. En el Magníficat se refiere al acontecimiento misterioso de la concepción virginal de Jesús, acaecido en Nazaret después del anuncio del ángel.

En el Magníficat, cántico verdaderamente teológico porque revela la experiencia del rostro de Dios hecha por María, Dios no sólo es el Poderoso, pare el que nada es imposible, como había declarado Gabriel, sino también el Misericordioso, capaz de ternura y fidelidad para con todo ser humano.

4. «Él hace proezas con su brazo; dispersa a los soberbios de corazón; derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes; a los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos».

Con su lectura sapiencial de la historia, María nos lleva a descubrir los criterios de la misteriosa acción de Dios. El Señor, trastrocando los juicios del mundo, viene en auxilio de los pobres y los pequeños, en perjuicio de los ricos y los poderosos, y, de modo sorprendente, colma de bienes a los humildes, que le encomiendan su existencia.

Estas palabras del cántico, a la vez que nos muestran en María un modelo concreto y sublime, nos ayudan a comprender que lo que atrae la benevolencia de Dios es sobre todo la humildad del corazón.

5. Por ultimo, el cántico exalta el cumplimiento de las promesas y la fidelidad de Dios hacia el pueblo elegido: «Auxilia a Israel, su siervo, acordándose de la misericordia, como lo había prometido a nuestros padres, en favor de Abrahán y su descendencia por siempre» (Lc 1,54-55).

María, colmada de dones divinos, no se detiene a contemplar solamente su caso personal, sino que comprende que esos dones son una manifestación de la misericordia de Dios hacia todo su pueblo. En ella Dios cumple sus promesas con una fidelidad y generosidad sobreabundantes.

El Magníficat, inspirado en el Antiguo Testamento y en la espiritualidad de la hija de Sión, supera los textos proféticos que están en su origen, revelando en la «llena de gracia» el inicio de una intervención divina que va mas allá de las esperanzas mesiánicas de Israel: el misterio santo de la Encarnación del Verbo.

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CONTEMPLAR Y VIVIR CON FRANCISCO Y CLARA DE ASÍS
EL MISTERIO DE CRISTO EUCARÍSTICO
por Michel Hubaut, franciscano

Clara: una adorante maravillada de Cristo eucarístico

Clara, abadesa de San Damián, comulga lo más frecuentemente posible el cuerpo de Cristo. Se estremece de emoción y de respeto. Hasta llora de gozo. Lo acoge como «tan grande beneficio... que el cielo y la tierra no se le pueden comparar». Ha leído probablemente, releído y meditado las cartas de Francisco sobre este sacramento. Su amor, su fe y su intuición femenina debieron de vibrar intensamente con las evocaciones realistas y místicas de Francisco. Contempla, a su vez, en este cuerpo entregado, en este pan compartido, toda la actualidad de la salvación y la permanencia del don de Dios. Este prodigio de respeto, esta humilde grandeza del amor le arranca lágrimas de dicha y de reconocimiento. Venera al que cada día, bajo una forma u otra, reinventa el abatimiento del Niño de Belén, multiplicando al infinito el don de su vida a fin de que todo hombre pueda acogerlo y vivirlo. Adora al que se da así al Padre y a los hermanos hasta el fin de los tiempos. Lo recibe con fervor porque «no reverencia menos a quien está escondido en el sacramento que al que rige cielo y tierra» (LCl 28).

Enferma, prisionera de la pequeña celda que le sirve a la vez de enfermería y de oratorio, consume sus últimas fuerzas en venerar este sacramento del Bien-Amado. Sostenida por algunas almohadas, hila y teje para hacer corporales. Cada punto de ganchillo, cada repulgo es un acto de amor. No puede impedir rozar con sus labios estos lienzos preciosos que recibirán el cuerpo del que ella ama, antes de encerrarlos en las bolsitas de seda púrpura. Los envía así a los hermanos que los harán bendecir por el obispo de Asís y los distribuirán entre las iglesias más pobres (LCl 28).

Silencioso trabajo manual que permite a Clara dejar a su alma contemplativa soñar en la misteriosa presencia de Cristo. Ella adora en espíritu al que comparte con la tierra las riquezas infinitas del reino y se digna velarse bajo tan frágiles apariencias. Piensa en Cristo que tiene sed de darse y en los hombres hambrientos que corren hacia tantos bienes perecederos. ¡Él que es la vida! ¡Y el hombre que enferma de anemia! ¡En él, el «autor de la salvación y de todos los bienes deseables»! ¡Y en el hombre, que no osa ya esperar la dicha! Clara lloró con frecuencia de amor sobre sus bordados.

Comulga con frecuencia, en nombre de todos estos hombres, en el «tesoro», del que se sabe indigna. Lo que dice de la habitación de Dios en el alma del creyente, del que hace su morada, ¡cómo lo viviría intensamente en la comunión con el cuerpo eucarístico de Cristo!:

«Así como la gloriosa Virgen de las vírgenes -escribe a Inés- lo llevó materialmente, así también tú, siguiendo sus huellas, ante todo las de la humildad y pobreza, siempre puedes, sin duda alguna, llevarlo espiritualmente en tu cuerpo casto y virginal, conteniendo a Aquel que os contiene a ti y a todas las cosas, poseyendo aquello que, incluso en comparación con las demás posesiones de este mundo, que son pasajeras, poseerás más fuertemente» (3CtaCl 24-26).

En efecto, ¡con qué fe, con qué amor, con qué humildad debió de acoger la Virgen María en su seno al Hijo de Dios! Con una audaz analogía, Clara pensaba probablemente en este misterio al recibir el cuerpo eucarístico de Cristo. De la Madre de Cristo adoptará los sentimientos y las actitudes necesarios para recibir al Creador.

Esta «comunión» es el corazón, la cumbre de toda la vida interior de Clara. Aquí convergen todas sus plegarias y todas sus ofrendas, como los ríos se lanzan al océano. Por este signo sacramental, la presencia de Dios en el corazón del hombre alcanza, en ella, su realismo más grande:

«Ama totalmente -escribe a Inés- a Aquel que por tu amor se entregó todo entero, cuya hermosura admiran el sol y la luna, cuyas recompensas y su precio y grandeza no tienen límite; hablo de aquel Hijo del Altísimo a quien la Virgen dio a luz, y después de cuyo parto permaneció Virgen. Adhiérete a su Madre dulcísima, que engendró tal Hijo, a quien los cielos no podían contener, y ella, sin embargo, lo acogió en el pequeño claustro de su sagrado útero y lo llevó en su seno de doncella» (3CtaCl 15-19).

Hacer del seno de María el primer claustro del mundo es una analogía muy profunda y muy fuerte que expresa bien cómo Clara debía de acoger el cuerpo de Cristo. Como Francisco, no acaba de meditar tamaño abatimiento del amor de Dios. Que el hombre pueda convertirse en la morada de su creador, la sume en admiración. ¡Y para vivir semejante misterio, basta amar!:

«Resulta evidente que, por la gracia de Dios, la más digna de las criaturas, el alma del hombre fiel, es mayor que el cielo, ya que los cielos y las demás criaturas no pueden contener al Creador, y sola el alma fiel es su morada y su sede, y esto solamente por la caridad» (3CtaCl 21-22).



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