miércoles, 3 de mayo de 2017

Año Cristiano Franciscano




DÍA 4 DE MAYO

 

SAN JOSÉ MARÍA RUBIO Y PERALTA. Nació en Dalías (Almería) en 1864, de familia numerosa y campesina. Estudió en los seminarios de Almería, Granada y Madrid, donde fue ordenado de sacerdote en 1887. Ejerció diferentes ministerios en la diócesis madrileña, en la que pronto adquirió fama de santidad. En 1906 entró en la Compañía de Jesús, que le encomendó diversos apostolados en Granada, Sevilla y Manresa (Barcelona), hasta su regreso en 1917 a Madrid, campo ya definitivo de su apostolado. Su actividad apostólica fue extraordinaria: pasaba muchas horas en el confesonario atendiendo a multitud de penitentes, predicó muchos ejercicios espirituales, en sus sermones y en su porte irradiaba bondad, organizó y dirigió obras e instituciones de vida cristiana, desarrolló una gran actividad social en barrios pobres, gozó de dones místicos extraordinarios. Murió en Aranjuez (Madrid) el 2 de mayo de 1929. Juan Pablo II lo canonizó el 4 de mayo del 2003, y su memoria litúrgica se celebra el 4 de mayo.- Oración: Padre de las misericordias, que hiciste al bienaventurado sacerdote José María Rubio ministro de la reconciliación y padre de los pobres, concédenos que, llenos del mismo espíritu, socorramos a los abandonados y manifestemos a todos tu caridad. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.




BEATO LADISLAO DE GIELNOW. Nació en Gielnow (Polonia) hacia 1440. Estudió filosofía y teología en Cracovia, donde fue condiscípulo de san Juan Cancio. Sin terminar los estudios, vistió en Varsovia el hábito de los franciscanos observantes, y profesó en 1457. Después, acabó los estudios y, ordenado de sacerdote, sobresalió como predicador. Escribió obras poéticas y religiosas. Ocupó cargos de responsabilidad en su Orden y fue partidario de la reforma promovida por san Bernardino de Siena y san Juan de Capistrano. Mientras fue Provincial, visitó uno por uno todos sus conventos repetidas veces y promovió la observancia y la vida regular. Envió misioneros a completar la evangelización de Lituania, y les hizo ver que la mejor manera de predicar es el ejemplo, que debe preceder a las palabras. Destacó por su vida de pobreza y de contemplación en la que tuvo experiencias místicas extraordinarias. Sus devociones preferidas fueron la pasión de Cristo y la Virgen María. Murió en Varsovia el 4 de mayo de 1505.




BEATOS JUAN WOODKOCK Y COMPAÑEROS, MÁRTIRES INGLESES. El 22 de noviembre de 1987, Juan Pablo II beatificó a 85 mártires ingleses, capitaneados por el sacerdote diocesano Jorge Haydock, que fueron inmolados a causa de su fe en Cristo y de su fidelidad al Papa y a la Iglesia católica en la persecución desencadenada por Enrique VIII. Entre ellos se encuentran cinco sacerdotes franciscanos que, después de sufrir cruel prisión, fueron ahorcados y luego despedazados: Juan Woodcock (en religión, Martín de San Félix), nació en 1603 y murió en Lancaster el 7 de agosto de 1646. Tomás Bullaker (en religión, Juan Bautista), nació en torno a 1603-04 y murió en Tyburn-Londres el 22 de octubre de 1642. Enrique Heath (en religión, Pablo de Santa Magdalena), nació en torno a 1599-1600 y murió en Tyburn- Londres el 17 abril de 1643. Arturo Bell (en religión, Francisco), nació en 1590, fue el primer superior de la Provincia restaurada de Escocia y murió en Tyburn-Londres el 11 de diciembre de 1643. Carlos Meehan (en religión, Carlos Mahoney), nació en Irlanda en torno a 1640 y murió en Ruthin el 12 de agosto de 1679.

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Santos Agapio y compañeros mártires. El año 258/259, en Cirta y Lambesis de Numidia (en la actual Argelia), durante la persecución del emperador Valeriano, en la que se desató como nunca el furor de los gentiles contra los cristianos poniendo a prueba su fe, fueron martirizados un número considerable de fieles de Cristo. Entre ellos conmemoramos a los santos obispos Agapio y Secundino, al soldado san Emiliano, a las santas Tértula y Antonia, vírgenes consagradas a Dios, y a una mujer, cuyo nombre desconocemos, con sus hijos gemelos. Todos ellos fueron decapitados.

Santa Antonina de Nicea. En Nicea de Bitinia (Turquía), bajo el gobernador Prisciliano, a finales del siglo III o principios del IV, estuvo encarcelada dos años, fue cruelmente torturada y sometida a distintos suplicios, la tuvieron tres días colgada y por último la quemaron viva, y todo ello mientras profesaba su fe en Señor.

San Florián. Durante la persecución del emperador Diocleciano y por orden del gobernador Aquilino, fue arrojado desde un puente al río Enns, afluente del Danubio, con una piedra atada al cuello. Florián era un veterano de las legiones romanas, proclamó su fe en Cristo y se negó a sacrificar a los dioses. Lo martirizaron en Lorch, provincia del Nórico, en la actual Austria, el año 304.

San Juan Houghton y compañeros mártires. Se conmemoran aquí cinco mártires ingleses: san Juan Houghton, prior de la cartuja de Londres; san Roberto Lawrence, prior de la cartuja de Bellavalle; san Agustín Webster, prior de la cartuja de Axholme; san Ricardo Reynolds, monje de la Orden de Santa Brígida; y con ellos, el beato Juan Haile, sacerdote y párroco de Isleworth. Todos ellos, durante el reinado de Enrique VIII, por confesar la fe católica y mantenerse fieles al Romano Pontífice, fueron ahorcados y descuartizados en la plaza de Tyburn de Londres, el año 1535.

San Silvano y compañeros mártires. Silvano, obispo de Gaza, y otros 39 cristianos estaban condenados a trabajos forzados en las minas de Fenón (Pheno) de Palestina, y fueron decapitados allí mismo, por su fe en Cristo, durante la persecución de Diocleciano, el año 309 ó 310. Eusebio de Cesarea narra su martirio.

Beato Juan Martín Moye. Nació en Cuting (Francia) el año 1730. Ingresó en el seminario de Metz, y recibió la ordenación sacerdotal en 1754. Fue coadjutor de varias parroquias y predicador de misiones populares. En 1763 fundó en Lorena la Congregación de Hermanas de la Divina Providencia para atender las escuelas rurales. Luego se inscribió en la Sociedad de Misiones Extranjeras de París, y en 1771 marchó a China, donde fundó el Instituto de Vírgenes Cristianas para la enseñanza. Regresó a Francia y reanudó sus tareas apostólicas. Cuando estalló la Revolución Francesa, huyó con sus religiosas a Tréveris (Alemania), donde murió en 1793.



PARA TENER EL ESPÍRITU DE ORACIÓN Y DEVOCIÓN

Pensamiento bíblico:

En la Visitación, Isabel dijo a María: «¡Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre!». Y dijo María: «Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador; porque ha mirado la humildad de su esclava. Desde ahora me felicitarán todas las generaciones, porque el Poderoso ha hecho obras grandes en mí: su nombre es santo, y su misericordia llega a sus fieles de generación en generación» (cf. Lc 1,42-50).

Pensamiento franciscano:

En su Oficio de la Pasión, san Francisco salmodiaba así: 
«Gritad de gozo a Dios, nuestra ayuda; * aclamad al Señor Dios vivo y verdadero con gritos de júbilo. 
Porque el Señor es excelso, * terrible, Rey grande sobre toda la tierra. 
Porque el santísimo Padre del cielo, Rey nuestro antes de los siglos, ' envió a su amado Hijo de lo alto, * y nació de la bienaventurada Virgen santa María» (OfP 15,1-3).

Orar con la Iglesia :

Proclamemos las grandezas de Dios Padre todopoderoso, que quiso que todas las generaciones felicitaran a María, la Madre de su Hijo, y supliquémosle, diciendo: Que la llena de gracia interceda por nosotros.

-Tú que hiciste de María la madre de misericordia, protege a quienes viven en peligro o están turbados.

-Tú que encomendaste a María la misión de madre de familia en el hogar de Nazaret, haz que, por su intercesión, las madres fomenten en sus hogares el amor y la santidad.

-Tú que fortaleciste a María cuando estaba al pie de la cruz y la llenaste de gozo en la resurrección de su Hijo, levanta y robustece el ánimo de los decaídos.

-Tú que hiciste que María meditara tus palabras en su corazón y fuera tu esclava fiel, haz de nosotros, por su intercesión, dóciles siervos y discípulos de su Hijo.

-Tú que coronaste a María como reina del cielo, haz que, guiados por ella, caminemos siempre hacia la felicidad de tu reino.

Oración: Concédenos, Padre, por intercesión de la Madre de tu Hijo, cuanto te hemos pedido con espíritu filial. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

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EL CULTO A LA VIRGEN MARÍA
De la catequesis de S. S. Juan Pablo II
en la audiencia general del día 15 de octubre de 1997

1. «Al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer» (Gál 4,4). El culto mariano se funda en la admirable decisión divina de vincular para siempre, como recuerda el apóstol Pablo, la identidad humana del Hijo de Dios a una mujer, María de Nazaret.

El misterio de la maternidad divina y de la cooperación de María a la obra redentora suscita en los creyentes de todos los tiempos una actitud de alabanza tanto hacia el Salvador como hacia la mujer que lo engendró en el tiempo, cooperando así a la redención.

Otro motivo de amor y gratitud a la santísima Virgen es su maternidad universal. Al elegirla como Madre de la humanidad entera, el Padre celestial quiso revelar la dimensión -por así decir- materna de su divina ternura y de su solicitud por los hombres de todas las épocas.

En el Calvario, Jesús, con las palabras: «Ahí tienes a tu hijo» y «Ahí tienes a tu madre» (Jn 19,26-27), daba ya anticipadamente a María a todos los que recibirían la buena nueva de la salvación, y ponía así las premisas de su afecto filial hacia ella. Siguiendo a san Juan, los cristianos prolongarían con el culto el amor de Cristo a su madre, acogiéndola en su propia vida.

2. Los textos evangélicos atestiguan la presencia del culto mariano ya desde los inicios de la Iglesia.

Los dos primeros capítulos del evangelio de san Lucas parecen recoger la atención particular que tenían hacia la Madre de Jesús los judeocristianos, que manifestaban su aprecio por ella y conservaban celosamente sus recuerdos. En los relatos de la infancia, además, podemos captar las expresiones iniciales y las motivaciones del culto mariano, sintetizadas en las exclamaciones de santa Isabel: «Bendita tú entre las mujeres (...). ¡Feliz la que ha creído que se cumplirían las cosas que le fueron dichas de parte del Señor!» (Lc 1,42.45).

Huellas de una veneración ya difundida en la primera comunidad cristiana se hallan presentes en el cántico del Magníficat: «Desde ahora me felicitarán todas las generaciones» (Lc 1,48). Al poner en labios de María esa expresión, los cristianos le reconocían una grandeza única, que sería proclamada hasta el fin del mundo.

Además, los testimonios evangélicos, las primeras fórmulas de fe y un pasaje de san Ignacio de Antioquía atestiguan la particular admiración de las primeras comunidades por la virginidad de María, íntimamente vinculada al misterio de la Encarnación.

El evangelio de san Juan, señalando la presencia de María al inicio y al final de la vida pública de su Hijo, da a entender que los primeros cristianos tenían clara conciencia del papel que desempeña María en la obra de la Redención con plena dependencia de amor de Cristo.

3. El concilio Vaticano II, al subrayar el carácter particular del culto mariano, afirma: «María, exaltada por la gracia de Dios, después de su Hijo, por encima de todos los ángeles y hombres, como la santa Madre de Dios, que participó en los misterios de Cristo, es honrada con razón por la Iglesia con un culto especial» (Lumen gentium, 66).

Luego, aludiendo a la oración mariana del siglo III Sub tuum praesidium -«Bajo tu amparo»-, añade que esa peculiaridad aparece desde el inicio: «En efecto, desde los tiempos más antiguos, se venera a la santísima Virgen con el título de Madre de Dios, bajo cuya protección se acogen los fieles suplicantes en todos sus peligros y necesidades» (ib.).

6. Podemos decir que el culto mariano se ha desarrollado hasta nuestros días con admirable continuidad, alternando períodos florecientes con períodos críticos, los cuales, sin embargo, han tenido con frecuencia el mérito de promover aún más su renovación.

Después del concilio Vaticano II, el culto mariano parece destinado a desarrollarse en armonía con la profundización del misterio de la Iglesia y en diálogo con las culturas contemporáneas, para arraigarse cada vez más en la fe y en la vida del pueblo de Dios peregrino en la tierra.

[Cf. el texto completo en http://www.franciscanos.org/jpabloII/jpiicultovirgen.html]

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CRISTO VIVE EN SU IGLESIA
San León Magno, Sermón 12 sobre la pasión del Señor (3.6.7)

Es indudable, queridos hermanos, que la naturaleza humana fue asumida tan íntimamente por el Hijo de Dios, que no sólo en él, que es el primogénito de toda criatura, sino también en todos sus santos, no hay más que un solo Cristo; pues, del mismo modo que la cabeza no puede separarse de los miembros, tampoco los miembros de la cabeza.

Aunque no es propio de esta vida, sino de la eterna, el que Dios lo sea todo en todos, no por ello deja de ser ya ahora el Señor huésped inseparable de su templo que es la Iglesia, de acuerdo con lo que él mismo prometió al decir: Sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo.

Por ello, todo cuanto el Hijo de Dios hizo y enseñó para la reconciliación del mundo, no sólo podemos conocerlo por la historia de los acontecimientos pasados, sino también sentirlo en la eficacia de las obras presentes.

Por obra del Espíritu Santo nació él de una Virgen, y por obra del mismo Espíritu Santo fecunda también su Iglesia pura, a fin de que, a través del bautismo, dé a luz a una multitud innumerable de hijos de Dios, de quienes está escrito: Estos no han nacido de sangre, ni de amor carnal, ni de amor humano, sino de Dios.

Él es aquel vástago en quien fue bendecida la descendencia de Abrahán y por quien la adopción filial se extendió a todos los pueblos, llegando por ello Abrahán a ser el padre de todos los hijos nacidos, no de la carne, sino de la fe en la promesa.

Él es también quien, sin excluir a ningún pueblo, ha reunido en una sola grey las santas ovejas de todas las naciones que hay bajo el cielo, realizando cada día lo que prometió cuando dijo: Tengo, además, otras ovejas que no son de este redil; también a ésas las tengo que traer, y escucharán mi voz y habrá un solo rebaño, un solo pastor.

Porque, si bien fue a Pedro a quien dijo principalmente: Apacienta mis ovejas, sólo el Señor es quien controla el cuidado de todos los pastores, y alimenta a los que acuden a la roca de su Iglesia con tan abundantes y regados pastos, que son innumerables las ovejas que, fortalecidas con la suculencia de su amor, no dudan en morir por el nombre del pastor, como el buen Pastor se dignó ofrecer su vida por sus ovejas.

Es él también aquel en cuya pasión participa no sólo la gloriosa fortaleza de los mártires, sino también la fe de todos los que renacen en el bautismo.

Por este motivo la Pascua del Señor se celebra legítimamente con ázimo de sinceridad y de verdad si, desechado el fermento de la antigua malicia, la nueva criatura se embriaga y nutre del mismo Señor. Porque la participación del cuerpo y de la sangre de Cristo no hace otra cosa sino convertirnos en lo que recibimos: y seamos portadores, en nuestro espíritu y en nuestra carne, de aquel en quien y con quien hemos sido muertos, sepultados y resucitados.

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MARÍA SANTÍSIMA Y LA PIEDAD DE SAN FRANCISCO (II)
por Constantino Koser, OFM

Las fuentes de la vida y de la espiritualidad de San Francisco son unánimes en narrar cómo la iglesita de la Porciúncula -minúscula, pobre y abandonada en el valle al pie de Asís, iglesita de Nuestra Señora de los Angeles-, atraía las atenciones de San Francisco y le ataba a dedicarse a ella. Atrajo sus atenciones cuando estaba para cumplir, según la interpretación que él le daba, la orden de Cristo de reconstruir la santa Iglesia. El edificio amenazaba ruinas. San Francisco puso manos a la obra y en poco tiempo, con piedras y cal de Madonna Povertà restauró la estructura de la capilla: «Llegó a un lugar llamado Porciúncula, donde había una antigua iglesia construida en honor de la beatísima Virgen María, que entonces se hallaba abandonada, sin que nadie se hiciera cargo de la misma. Al verla el varón de Dios en semejante situación, movido por la ferviente devoción que sentía hacia la Señora del mundo, comenzó a morar de continuo en aquel lugar con intención de emprender su reparación. Al darse cuenta de que precisamente, de acuerdo con el nombre de la iglesia, que se llamaba Santa María de los Angeles, eran frecuentes allí las visitas angélicas, fijó su morada en este lugar tanto por su devoción a los ángeles como, sobre todo, por su especial amor a la madre de Cristo» (LM 2,8).

La obra del santo no fue muy artística, ya que él trabajaba más con los medios de la santa pobreza que con la regla y la escuadra. Pero sí la hizo firme, de acuerdo con su devoción. Quizá nunca jamás dedicó mayor amor a una obra en su vida. Esta sencilla y pobre capillita tornóse en lugar predilecto para el santo: «Amó el varón santo dicho lugar con preferencia a todos los demás del mundo, pues aquí comenzó humildemente, aquí progresó en la virtud, aquí terminó felizmente el curso de su vida; en fin, este lugar lo encomendó encarecidamente a sus hermanos a la hora de su muerte, como una mansión muy querida de la Virgen» (LM 2,8).

Allí hacía sus largas vigilias, allí rezaba, allí tuvo visiones de los ángeles y santos, de Cristo, de la Virgen Madre. Con toda ternura amaba la pobreza de este lugar, incluyendo la capillita en el amor que dedicaba a la Señora de los Angeles. Allí mismo, en esta capillita, formó la Orden Franciscana, allí formó los primeros compañeros, allí edificó el primer convento, allí vistió el hábito a Santa Clara, allí celebró los primeros Capítulos Generales. De sus peregrinaciones apostólicas volvía siempre a este lugar con grande añoranza e inmensa alegría. Si acaso él tuvo residencia, ésa fue la Porciúncula.

Amaba tanto la capillita de Nuestra Señora, que determinó que fuera la casa central de la Orden que iba creciendo. Y casa central, en el pensamiento de San Francisco, no era una curia, dotada de mucho personal y de todos los recursos administrativos propios de una obra de tal envergadura, sino el cuartel general de la pobreza y la humildad, del celo seráfico y de la disciplina rígida, envuelta en una simple y discreta alegría. Pidió que allí, en el santuario de la indulgencia inaudita que él alcanzó de Cristo y de los Papas por intercesión de María Santísima, fueran colocados pocos frailes, dedicados a la oración y a la contemplación (EP 55). Con el correr de los tiempos muchos frailes menores vivieron efectivamente así en ese lugar y allí se santificaron, aprovechándose de las reglas de rigurosa disciplina y clausura que facilitan la vida de contemplación y de virtud.

Después de haber sido marcado por Cristo con las señales gloriosas pero dolorosas de la Pasión, San Francisco regresó a la Porciúncula. De allí volvió a partir para predicar, pero siempre regresaba. Los frailes, preocupados por su salud delicada, le obligaron a que permitiera ser llevado a donde mejor podían atender al tratamiento que exigía su estado. Así, pues, cuando estaba para terminar el tiempo que Dios le había concedido, y que él sabía cuándo iba a tener fin, San Francisco pidió que lo llevasen nuevamente a la capillita de la Virgen de los Angeles. Y a la sombra de la iglesita entregó su alma a Dios en ese tránsito incomparable que fue el suyo (1 Cel 97ss).

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