domingo, 28 de mayo de 2017

Año Cristiano Franciscano

BEATOS PABLO YUN JI-CHUNG Y 123 COMPAÑEROS MÁRTIRES


DÍA 29 DE MAYO

 

SANTA ÚRSULA LEDÓCHOWSKA. Nació el año 1865 en Loosdorf (Austria), de familia noble y muy religiosa. Entre sus hermanos, María Teresa, fundadora de las Claverianas, fue beatificada por Pablo VI, y Vladimiro fue superior general de la Compañía de Jesús. En 1883 la familia se trasladó a Polonia. A sus 21 años, entró ella en las Ursulinas de Cracovia. Destacó por su amor al Señor, su talento educativo y su sensibilidad ante las necesidades de los jóvenes en las difíciles circunstancias de su tiempo. Con la bendición de san Pío X, emprendió, en medio de grandes dificultades, su trabajo apostólico en Rusia, Finlandia, Suecia y Dinamarca. Durante su estancia en Escandinavia, trabajó en la promoción del compromiso ecuménico. Con la aprobación de la Santa Sede transformó su convento en la nueva congregación de Ursulinas del Sagrado Corazón de Jesús Agonizante, centrada en la contemplación del amor salvífico de Cristo y en la labor educativa y de servicio a los indigentes. Murió en Roma el 29 de mayo de 1939. Juan Pablo II la canonizó el año 2003.



BEATOS ESTEBAN DE SAINT-THIBÉRY, RAIMUNDO CARBONIER Y COMPAÑEROS. Todos ellos, once en total, inquisidores diocesanos o miembros de la Inquisición entre los albigenses, fueron martirizados en Avignonet, cerca de Toulouse (Francia), el 29 de mayo de 1242, Vigilia de la Ascensión del Señor. Fueron invitados por el gobernador de Avignonet que, simulando amistad y propósitos de conciliación entre católicos y albigenses, los reunió en su castillo, los encerró dolosamente y por la noche los hizo degollar mientras cantaban a una voz el Te Deum. Estos son sus nombres: Esteban de Saint-Thibéry, fue primero benedictino y llegó a ser abad de un monasterio de la diócesis de Toulouse, pero después se pasó a la Orden franciscana. Raimundo Carbonier, franciscano. Guillermo Arnaud, dominico. Bernardo de Roquefort, dominico. García d'Aure, dominico. Raimundo de Cortisan, de sobrenombre «el Escribano», canónigo de Toulouse y arcediano de Lézat. Bernardo, clérigo del arcediano Raimundo, perteneciente al clero de la catedral de Toulouse. Pedro d'Arnaud, notario de la Inquisición. Fortanerio, clérigo cursor de la Inquisición. Ademaro, clérigo cursor de la Inquisición. Y el Prior de Avignonet, monje, cuyo nombre se ignora.

BEATOS PABLO YUN JI-CHUNG Y 123 COMPAÑEROS MÁRTIRES


BEATOS PABLO YUN JI-CHUNG Y 123 COMPAÑEROS MÁRTIRESBEATOS PABLO YUN JI-CHUNG Y 123 COMPAÑEROS MÁRTIRES. El 16-VIII-2014 el papa Francisco beatificó en Seúl a estos 124 mártires coreanos y fijó para su memoria litúrgica el 29 de mayo. Con anterioridad, Juan Pablo canonizó a 103 mártires de Corea (ver 20-IX). De los 124 nuevos beatos, sólo uno era sacerdote, chino, los demás seglares coreanos, 102 hombres y 22 mujeres, de edades que van de los 18 a los 73 años. La fe cristiana entró en Corea, no por la predicación de los misioneros, sino por obra de algunos laicos coreanos cultos que la conocieron en China, la abrazaron y la difundieron en su tierra; años después llegaron los sacerdotes y misioneros. Pronto las autoridades gubernativas desconfiaron de los cristianos y, en 1791, comenzaron las persecuciones. Muchos cristianos huyeron a las montañas, donde formaron aldeas católicas. Pablo Yun nació en 1759 en el seno de una familia noble; cursó estudios. Por influencia de su primo Santiago Kwon Sang-yeon empezó a formarse en la religión cristiana, se bautizó en 1787 y se convirtió en apóstol entre familiares y paisanos. Los dos primos fueron decapitados por su firmeza en la fe el 8-XII-1791. Santiago Zhou Wen-mo, sacerdote chino, del seminario de Pekín, nació en 1752. Fue el primer sacerdote que entró en Corea, clandestinamente, en 1794. Con su actividad evangelizadora, logró aumentar sensiblemente la comunidad de los bautizados. Lo decapitaron el 31 de mayo de 1801.

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Santa Bona. Nació en Pisa (Italia) el año 1146. De joven, su religiosidad y piedad la llevaron a consagrar su virginidad a Dios en el mundo. Llevaba una intensa vida interior y se dedicaba a la oración y a las buenas obras. Con sentido espiritual y penitencial peregrinó a Tierra Santa, a Roma y a Santiago de Compostela. Murió en Pisa el año 1207.

San Exuperancio. Fue obispo de Ravena (Italia) y gobernó con prudencia esta Iglesia en los tiempos difíciles en que el rey Odoacro se apoderó de Italia y de la ciudad. Murió en torno al año 477.

San Gerardo. Fue primero monje, lo eligieron después obispo de Mâcon (Borgoña, Francia), y por último llevó vida eremítica. Murió hacia el año 940.

San Hesiquio. Sufrió el martirio en Antioquía de Siria (hoy Turquía), durante la persecución del emperador Diocleciano, el año 303. Era militar, funcionario de la corte, y cuando se decretó que debía dejar el ejército quien no estuviera dispuesto a sacrificar a los dioses, él despuso las armas, firme en su fe cristiana. Por eso lo detuvieron y lo arrojaron al río Orontes con una gran piedra atada a su brazo derecho.

San Maximino de Tréveris. Nació en Poitiers (Francia), se educó en Tréveris (Alemania) y el año 333 fue elegido obispo de esta ciudad. Defendió la fe católica proclamada en el Concilio de Nicea y combatió a los arrianos que negaban la divinidad de Jesucristo. Además ayudó de palabra y de obra a las víctimas del arrianismo, y así acogió a san Atanasio de Alejandría y a san Pablo de Constantinopla cuando fueron desterrados de sus sedes por el emperador arriano Constancio. Después, él mismo fue expulsado de su sede y murió en su ciudad natal en torno al año 347.

San Senador. Fue obispo de Milán (Italia). El torno al año 450, el papa san León Magno lo envió como legado papal a Constantinopla cuando todavía era presbítero. Murió hacia el año 480.

Santos Sisinio, Martirio y Alejandro. Eran de Capadocia (en la actual Turquía), se hicieron peregrinos de Dios y llegaron a Trento (Italia). El obispo ordenó a Sisinio de diácono, a Martirio de lector y a Alejandro de ostiario, y los envió a evangelizar el Valle de Non, en el Trentino. Construyeron la primera iglesia del lugar, junto a la cual vivieron practicando las virtudes cristianas y predicando; introdujeron en aquella región los cantos de alabanza al Señor. El año 397, cuando se celebraba una fiesta pagana, los misioneros protegieron a una familia cristiana que se negaba a participar en los sacrificios a los ídolos. Los paganos se encolerizaron contra los misioneros, destruyeron la iglesia y los quemaron ante la imagen de Saturno.

Beata Elías de San Clemente Fracasso. Nació en Bari (Italia) el año 1901. Muy joven ingresó en la Tercera Orden de Santo Domingo, pero en 1920 vistió el hábito de las carmelitas descalzas. En la vida conventual se dedicó primero a la costura y luego le encomendaron la sacristía. Se propuso vivir con intensidad su consagración a Dios observando la Regla carmelitana, entregada a la oración y contemplación. Tuvo que superar muchas y duras pruebas interiores. Murió en Bari el año 1927, y fue beatificada el 2006.

Beata Gerardesca. Nació en Pisa (Italia) el año 1212 en el seno de una familia acomodada. Quería consagrar su virginidad al Señor, pero por acceder a la voluntad de sus padres contrajo matrimonio. No tuvo hijos. Con su buen ejemplo atrajo a al marido a una religiosidad profunda, y acordaron consagrarse a Dios. Él entró en el monasterio camaldulense de San Sabino, de Pisa, y ella hizo edificar una celda adosada al mismo, y allí, después de tomar el hábito de oblata camaldulense, vivió en soledad, dedicada a la alabanza de Dios y a la contemplación del Señor. Murió en 1270.

Beato José Gérard. Nació el año 1831 en la provincia de Nancy (Francia). Estudió en el seminario diocesano hasta que, en 1851, atraído por el ideal misionero, ingresó en la Congregación de los Misioneros Oblatos de María Inmaculada. Hecha la profesión, lo enviaron a la misión de Natal (Sudáfrica), donde recibió la ordenación sacerdotal en 1854. Empezó su apostolado entre los zulúes y luego pasó al país de los basutos. Aprendió su lengua, a la que tradujo el catecismo y textos litúrgicos, evangelizó sin pausa, recorrió el territorio a caballo, visitaba a la gente humilde en sus cabañas, atendía a todos cuantos lo necesitaban en lo espiritual y en lo humano. Murió el año 1914 en una localidad llamada Roma, en el actual Lesotho.

Beato Ricardo Thirkeld. Nació en Cunsley (Inglaterra) el año 1524. Estudió en Oxford y, ya en su madurez, optó por la vida sacerdotal. Estudió la carrera eclesiástica en Francia y se ordenó de sacerdote en 1579. Vuelto a su patria, ejerció su ministerio en la región de York. Lo detuvieron en marzo de 1583. En el juicio él reconoció que era sacerdote católico y que había reconciliado a muchas personas con la Iglesia católica, lo que le valió su condena. Fue ahorcado y descuartizado en York el año 1583, durante el reinado de Isabel I.



PARA TENER EL ESPÍRITU DE ORACIÓN Y DEVOCIÓN

Pensamiento bíblico:

Del Libro de Nehemías: «Este día está consagrado al Señor, vuestro Dios. No estéis tristes ni lloréis» (y es que todo el pueblo lloraba al escuchar las palabras de la Ley). Nehemías les dijo: «Id, comed buenos manjares y bebed buen vino, e invitad a los que no tienen nada preparado, pues este día está consagrado al Señor. ¡No os pongáis tristes; el gozo del Señor es vuestra fuerza!» (Neh 8,9-10).

Pensamiento franciscano:

Dice san Francisco: Sobre todos los que cumplan la voluntad de Dios, «descansará el Espíritu del Señor, y hará en ellos habitación y morada. Y serán hijos del Padre celestial, cuyas obras hacen. Y son esposos, hermanos y madres de nuestro Señor Jesucristo. Somos esposos cuando, por el Espíritu Santo, el alma fiel se une a Jesucristo. Somos hermanos cuando hacemos la voluntad de su Padre, que está en el cielo. Madres, cuando lo llevamos en nuestro corazón y en nuestro cuerpo; y lo damos a luz por medio de obras santas, que deben iluminar a los otros como ejemplo» (2CtaF 48-53).

Orar con la Iglesia:

Glorifiquemos a Cristo, el Señor, que nos envió y sigue enviándonos desde el Padre al Espíritu Santo, y supliquémosle diciendo: Señor Jesucristo, danos tu Espíritu.

-Que tu palabra, oh Cristo, habite entre nosotros en toda su riqueza, para que te demos gracias con salmos, himnos y cánticos inspirados por el Espíritu Santo.

-Tú que por medio del Espíritu Santo nos hiciste hijos de Dios, haz que, unidos a ti, invoquemos siempre a Dios como Padre, movidos por el mismo Espíritu.

-Señor Jesús, haz que obremos guiados por la sabiduría recibida de tu Espíritu, y que realicemos nuestras acciones a gloria de Dios.

-Tú que eres compasivo y misericordioso, concédenos estar en paz con todo el mundo.

Oración: Te pedimos, Señor nuestro Jesucristo, que nos envíes tu Espíritu, para que haga morada en nosotros y nos convierta en templos vivos de la santísima Trinidad. Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.

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LA ACCIÓN DEL ESPÍRITU Y LA VIRGEN 
Benedicto XVI, "Regina Caeli" del día de Pentecostés (31-V-2009)

Queridos hermanos y hermanas:

La Iglesia esparcida por el mundo entero revive hoy, solemnidad de Pentecostés, el misterio de su nacimiento, de su «bautismo» en el Espíritu Santo (cf. Hch 1,5), que tuvo lugar en Jerusalén cincuenta días después de la Pascua, precisamente en la fiesta judía de Pentecostés. Jesús resucitado había dicho a sus discípulos: «Permaneced en la ciudad hasta que seáis revestidos de poder desde lo alto» (Lc 24,49). Esto aconteció de forma sensible en el Cenáculo, mientras se encontraban todos reunidos en oración junto con María, la Virgen Madre.

Como leemos en los Hechos de los Apóstoles, de repente aquel lugar se vio invadido por un viento impetuoso, y unas lenguas como de fuego se posaron sobre cada uno de los presentes. Los Apóstoles salieron entonces y comenzaron a proclamar en diversas lenguas que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, que murió y resucitó (cf. Hch 2,1-4). El Espíritu Santo, que con el Padre y el Hijo creó el universo, que guió la historia del pueblo de Israel y habló por los profetas, que en la plenitud de los tiempos cooperó a nuestra redención, en Pentecostés bajó sobre la Iglesia naciente y la hizo misionera, enviándola a anunciar a todos los pueblos la victoria del amor divino sobre el pecado y sobre la muerte.

El Espíritu Santo es el alma de la Iglesia. Sin él, ¿a qué se reduciría? Ciertamente, sería un gran movimiento histórico, una institución social compleja y sólida, tal vez una especie de agencia humanitaria. Y en verdad es así como la consideran quienes la ven desde fuera de la perspectiva de la fe. Pero, en realidad, en su verdadera naturaleza y también en su presencia histórica más auténtica, la Iglesia es plasmada y guiada sin cesar por el Espíritu de su Señor. Es un cuerpo vivo, cuya vitalidad es precisamente fruto del Espíritu divino invisible.

Queridos amigos, este año la solemnidad de Pentecostés cae en el último día del mes de mayo, en el que habitualmente se celebra la hermosa fiesta mariana de la Visitación. Este hecho nos invita a dejarnos inspirar y, en cierto modo, instruir por la Virgen María, la cual fue protagonista de ambos acontecimientos. En Nazaret ella recibió el anuncio de su singular maternidad e, inmediatamente después de haber concebido a Jesús por obra del Espíritu Santo, fue impulsada por el mismo Espíritu de amor a acudir en ayuda de su anciana prima Isabel, que ya se encontraba en el sexto mes de una gestación también prodigiosa. La joven María, que, llevando en su seno a Jesús y olvidándose de sí misma, acude en ayuda del prójimo, es icono estupendo de la Iglesia en la perenne juventud del Espíritu, de la Iglesia misionera del Verbo encarnado, llamada a llevarlo al mundo y a testimoniarlo especialmente en el servicio de la caridad.

Invoquemos, por tanto, la intercesión de María santísima, para que obtenga a la Iglesia de nuestro tiempo la gracia de ser poderosamente fortalecida por el Espíritu Santo. Que sientan la presencia consoladora del Paráclito en especial las comunidades eclesiales que sufren persecución por el nombre de Cristo, para que, participando en sus sufrimientos, reciban en abundancia el Espíritu de la gloria (cf. 1 Pe 4,13-14).

[Después del Regina Caeli] Saludo con afecto a los fieles de lengua española... En el evangelio de las vísperas de esta solemnidad de Pentecostés, Jesús nos hacía esta invitación: «El que tenga sed, que venga a mí; el que cree en mí que beba» (Jn 7,37). Acudamos a la fuente de su Corazón, de donde mana el torrente de agua viva: el Espíritu Santo Paráclito. Invoquemos la intercesión de la Virgen María, para que brille sobre nosotros el esplendor de la gloria de Dios, que es el Espíritu, y nos veamos fortalecidos los que hemos sido regenerados por la gracia del bautismo.

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LA UNIDAD DE LA IGLESIA
SE EXPRESA EN TODAS LAS LENGUAS
De los sermones de un autor africano del siglo VI (8, 1-3)

«Hablaron en todas las lenguas». Así quiso Dios dar a entender la presencia del Espíritu Santo: haciendo que hablara en todas las lenguas quien lo hubiese recibido. Debemos pensar, queridos hermanos, que éste es el Espíritu Santo por cuyo medio se difunde la caridad en nuestros corazones.

La caridad había de reunir a la Iglesia de Dios en todo el orbe de la tierra. Por eso, así como entonces un solo hombre, habiendo recibido el Espíritu Santo, podía hablar en todas las lenguas, así también ahora es la unidad misma de la Iglesia, congregada por el Espíritu Santo, la que habla en todos los idiomas.

Por tanto, si alguien dijera a uno de vosotros: «Si has recibido el Espíritu Santo, ¿por qué no hablas en todos los idiomas?», deberás responderle: «Es cierto que hablo todos los idiomas, porque estoy en el cuerpo de Cristo, es decir, en la Iglesia, que los habla todos. ¿Pues qué otra cosa quiso dar a entender Dios por medio de la presencia del Espíritu Santo, si no que su Iglesia hablaría en todas las lenguas?».

Se ha cumplido así lo prometido por el Señor: Nadie echa vino nuevo en odres viejos. A vino nuevo, odres nuevos, y así se conservan ambos.

Con razón, pues, empezaron algunos a decir cuando oían hablar en todas las lenguas: Están bebidos. Se habían convertido ya en odres nuevos, renovados por la gracia de la santidad. De este modo, ebrios del nuevo vino del Espíritu Santo, podrían hablar fervientemente en todos los idiomas, y anunciar de antemano, con aquel maravilloso milagro, la propagación de la Iglesia católica por todos los pueblos y lenguas.

Celebrad, pues, este día como miembros que sois de la unidad del cuerpo de Cristo. No lo celebraréis en vano si sois efectivamente lo que estáis celebrando: miembros de aquella Iglesia que el Señor, al llenarla del Espíritu Santo, reconoce como suya a medida que se va esparciendo por el mundo, y por la que es a su vez reconocido. Como esposo no perdió a su propia esposa, ni nadie pudo substituírsela por otra.

Y a vosotros, que procedéis de todos los pueblos y que sois la Iglesia de Cristo, los miembros de Cristo, el cuerpo de Cristo, os dice el Apóstol: Sobrellevaos mutuamente con amor, esforzaos en mantener la unidad del Espíritu con el vínculo de la paz.

Notad cómo en el mismo momento nos mandó que nos soportáramos unos a otros y nos amásemos, y puso de manifiesto el vínculo de la paz al referirse a la esperanza de la unidad. Ésta es la casa de Dios levantada con piedras vivas, en la que se complace en habitar un padre de familia como éste, y cuyos ojos no debe jamás ofender la ruina de la división.

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CONTEMPLAR Y VIVIR CON FRANCISCO Y CLARA DE ASÍS
EL MISTERIO DE CRISTO EUCARÍSTICO
por Michel Hubaut, franciscano

Celebrar la comida del Señor:
aprender a arriesgar la vida por los caminos del hombre

Cada vez que Francisco contempla el signo de la presencia eucarística de Cristo, este don humilde y silencioso del amor, vuelve a escuchar el llamamiento que trastornó su juventud: «¡Reconstruye mi Iglesia!». ¿No hace san Juan brotar la misión de los apóstoles del encuentro con Cristo resucitado, acogido y reconocido en el decurso de la comida eucarística de la comunidad cristiana? Jesús les dice una vez más: «¡La paz sea con vosotros! Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo» (Jn 20,21). ¿Cómo acoger la vida, el amor y la paz de Cristo sin sentir la urgencia de compartirlos con todos los hombres? ¿Cómo no desear anunciar a todos que la dicha no es un sueño, sino un Dios vivo que permanece entre los hombres? La Eucaristía es una acción dinámica que se prosigue mucho más allá del marco litúrgico: «Id en la paz de Cristo para vivirla y comunicarla», dice el celebrante al fin de cada celebración. La Eucaristía es fuente de testigos.

¿Cómo participar en esta comida en que Dios da todo, en que Cristo se da a sí mismo a sus hermanos, sin sentirse impulsados a hacer otro tanto? Como lo dice Francisco, el Cristo eucarístico nos deja ejemplo «para que sigamos sus huellas» (2CtaF 11-13). El mismo arraigará en este sacramento su pasión por la unidad, la paz y la fraternidad universales. Hemos evocado a propósito de su carta a todos los jefes de Estado cómo sintió las consecuencias apostólicas y sociales de esta presencia nueva de Cristo entre nosotros. En nuestros días resulta cada vez más insoportable, incluso escandaloso, compartir este pan con Cristo dejando a millones de hombres excluídos de compartir los bienes terrestres y espirituales.

Francisco tomará, cada día, de este sacramento, los rasgos esenciales de su misión de hermano menor: el don de sí mismo, el servicio de los otros en la pobreza y en la humildad. Cabe decir que con el mismo título que la cruz, la Eucaristía fue para Francisco una verdadera escuela de misión.

La celebración de esta comida del amor que se nos ha dado es siempre una invitación a hacer morir en nosotros todo lo que nos impide amar y compartir con todos lo que de mejor tenemos. Cada eucaristía es una muerte a sí mismo y un renacimiento a la vida. En cada misa somos invitados a liberar de la cautividad del pecado el amor que está en nosotros. A través de todos sus gestos cotidianos, Francisco hará «memoria» de Cristo Jesús. En este sacramento del amor, de la nueva presencia del Señor, humilde e inmenso, discreto y universal, luminoso y oculto, encontrará siempre la fuerza y la necesidad de revivir, cada día, los actos salvadores de Jesús. Hará de toda su vida una eucaristía viviente, una celebración del amor.





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