sábado, 27 de mayo de 2017

Año Cristiano Franciscano


DÍA 28 DE MAYO

 

SANTA MARÍA ANA DE JESÚS DE PAREDES. [Murió el 26 de mayo, pero la Familia franciscana celebra su memoria el 28 de mayo] Nació en Quito (Ecuador) el año 1618, en el seno de una familia piadosa y acomodada. Huérfana desde la niñez, consagró a Dios su virginidad y, al no poder entrar en ningún monasterio, emprendió en su casa una vida ascética, dedicada a la oración, el ayuno y otros ejercicios piadosos. A la vez, se entregó con gozo y amor a la ayuda espiritual de sus compatriotas sin distinción de raza ni color: enseñaba el catecismo a los niños, visitaba a enfermos, socorría a pobres, consolaba a las personas atribuladas, atendía las necesidades de los indígenas pobres y de los negros, hubiera querido llevar la fe a los indios. Fue particularmente devota de la Pasión de Cristo. Formada en el espíritu ignaciano, ingresó luego en la Tercera Orden Franciscana. Además, fue lectora asidua de las obras de santa Teresa de Jesús. Murió en Quito el 26 de mayo de 1645. Es patrona del Ecuador.- Oración: Señor, Dios de misericordia, que hiciste florecer, junto con la virtud de la pureza, la austeridad de la penitencia, como lirio entre espinas, en santa María Ana de Jesús, que vivió en medio de un mundo corrompido, concédenos, por su intercesión, vernos libres de los vicios de nuestro tiempo y tender a la perfección cristiana. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.




BEATO HERCULANO DE PIEGARO. Nació en Piegaro (Perusa, Italia) el año 1390. De joven vistió el hábito franciscano y tuvo como maestro al beato Alberto de Sarteano, uno de los compañeros y colaboradores de san Bernardino de Siena en la restauración de la Observancia de la Regla de san Francisco. Ordenado de sacerdote, recorrió pueblos y ciudades predicando a las gentes que acudían en masa a escucharle y luego, con frecuencia, a confesarse. Su tema predilecto era la Pasión de Cristo. Alternaba la actividad pastoral con la vida de oración y de severa penitencia en eremitorios y conventos de retiro. Acompañó al beato Alberto cuando en 1429 fue enviado a Tierra Santa como legado pontificio, y los meses que permaneció allí marcaron profundamente su espíritu. Vuelto a Italia reanudó su predicación y fundó varios conventos. Murió en Castelnuovo de Garfagnana (Toscana) el 28 de mayo de 1451.



BEATOS TOMÁS FORD, JUAN SHERT Y ROBERTO JOHNSON. Sacerdotes seculares católicos, ingleses de nacionalidad, que, por ser sacerdotes y falsamente acusados de conspirar contra la reina Isabel I, fueron sometidos a crueles torturas y, ante su firmeza en la fe, los ahorcaron y descuartizaron en la plaza Tyburn de Londres el día 28 de mayo de 1582. Tomás nació en Devon, estudió en Oxford y, convertido al catolicismo, marchó al Colegio inglés de Douai (Francia), donde estudió y se ordenó de sacerdote. Volvió a Inglaterra en 1576 y estuvo ejerciendo el ministerio hasta que, en 1581, lo arrestaron y lo encerraron en la Torre de Londres; allí lo torturaron para que delatara a otros sacerdotes, cosa que también hicieron a los otros. Juan nació en Cheshire y estudió igualmente en Oxford. Para seguir la carrera eclesiástica estudió en Douai y en Roma, y aquí recibió la ordenación sacerdotal. Vuelto a su patria en 1579, pudo trabajar en Cheshire y en Londres hasta que lo detuvieron en julio de 1581. Roberto nació en Shropshire y de joven trabajó como criado en una familia. Para seguir su vocación se trasladó al Continente y se ordenó de sacerdote en Douai en 1576. Vuelto a Inglaterra, trabajó pastoralmente hasta el verano de 1580 en que lo detuvieron, lo encarcelaron y lo torturaron.

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San Carauno. Sufrió el martirio en Chartres (Francia) en una fecha desconocida del siglo V.

San Germán de París. Nació en Autun (Borgoña, Francia) a comienzos del siglo VI. Recibió una sólida formación y se ordenó de sacerdote; después ingresó en el monasterio de San Sinforiano de Autun, del que sería abad. Fue hábil administrador de los bienes, promotor de la observancia de la Regla y de la austeridad, protector de los pobres. Lo nombraron obispo de París el año 556. Mientras personalmente conservaba el estilo de vida monástico, alivió la suerte de los pobres, edificó iglesias, trató de frenar las contiendas civiles, denunció los vicios de la corte, rigió su diócesis con sabiduría. Fundó el monasterio que llevaría su nombre: Saint-Germain-des-Prés. Murió el año 576.

San Guillermo de Gellone. Fue primero un personaje muy notable en la corte imperial. Más tarde, unido a san Benito de Aniano por un profundo vínculo de caridad, ingresó en el monasterio benedictino de Gellone (Languedoc, Francia), donde murió el año 812.

Santa Helicónides. Sufrió el martirio, durante el siglo III, en Corinto (Acaya, Grecia), en tiempo del emperador Gordiano, bajo el gobernador Perennio y después bajo su sucesor Justino. La sometieron a muchos suplicios, en los que permaneció firme en su fe, y coronó su carrera martirial cuando la decapitaron.

San Justo de Urgel. Nació en el seno de una familia hispano-romana. Pertenecía ya al clero de Urgel cuando fue elegido obispo de esta ciudad. Tuvo fama de hombre culto y santo. Participó en varios sínodos y concilios españoles. San Isidoro de Sevilla lo incluye entre los varones ilustres y dice que escribió un comentario e interpretación, en clave alegórica, del Cantar de los Cantares. Su vida trascurrió entre los siglos V y VI.

San Pablo Hanh. Nació en Vietnam el año 1826 en una familia de tradición cristiana. De joven se convirtió en jefe de una banda organizada de ladrones. En un juicio por cuestiones de delincuencia civil, le preguntaron si era cristiano, a lo que respondió afirmativamente. Le dijeron que eso estaba prohibido y que tenía que apostatar, a lo que se negó en redondo. Lo sometieron a torturas y lo halagaron con promesas, pero no consiguieron que renegara de su fe, por lo que lo decapitaron en Cho Quan el año 1859 en tiempo del emperador Tu Duc.

Santa Ubaldesca. Nació en Calcinaia (Pisa, Italia) el año 1136, siendo la hija única de una familia humilde. Desde joven se mostró piadosa y sobre todo caritativa con los pobres. A los quince años decidió servir a Dios en la persona de los enfermos. Marchó a Pisa, al Hospital de San Juan, regentado por la Orden de San Juan de Jerusalén. Durante 55 años se entregó con amor y ternura, con paciencia y perseverancia al servicio de los enfermos y a las obras de misericordia. Murió en Pisa el año 1206.

Beato Antonio Julián Nowowiejski. Nació en Lubienic (Polonia) el año 1858. De joven ingresó en el seminario diocesano de Plock y se ordenó de sacerdote en 1881. Fue profesor y rector del seminario y vicario general de la diócesis. En 1908 lo eligieron obispo de Plock, misión en la que desarrolló una amplia labor pastoral en todos los campos. Cuando se produjo la invasión nazi, quiso permanecer con los suyos y se negó a huir. Lo arrestaron en febrero de 1940, y al mes siguiente lo internaron en el campo de exterminio de Dzialdowo (Polonia), donde, consumido por el hambre y las crueles torturas, murió el 28 de mayo de 1941.

Beato Ladislao Demski. Nació de familia polaca en Sztum (Prusia) el año 1884. Se ordenó de sacerdote en 1910 y se encargó de la atención pastoral de los polacos de su zona. Cuando ésta quedó integrada en Alemania, marchó a Polonia y trabajó como profesor en la diócesis de Gniezno. Lo arrestaron los nazis en noviembre de 1939, y fue a parar al campo de concentración de Sachsenhausen (Alemania). Quiso evitar la profanación de un rosario, y por ello fue torturado de tal manera, que murió a consecuencia de los malos tratos que le propinaron. Era el 28 de mayo de 1940.

Beato Lanfranco de Canterbury. Nació en Pavía (Italia) hacia el año 1005. Ejerció la magistratura y fue profesor de derecho en su ciudad natal. Años después ingresó en el monasterio de Bec (Normandía, Francia), del que pronto fue nombrado prior y director de su escuela que, bajo su guía, adquirió gran fama. Defendió el dogma de la presencia real del Cuerpo y la Sangre de Cristo en el sacramento de la Eucaristía, contra Berengario que la negaba. El año 1070 lo nombraron arzobispo de Canterbury en Inglaterra. Siguió viviendo en la sede episcopal con la disciplina de un monje y dio a todos buen ejemplo de vida, puso empeño en formar bien al numeroso clero joven y promovió la reforma eclesiástica. Murió el año 1089.

Beato Luis Biraghi. Nació en Vignate (Milán) el año 1801. Recibió la ordenación sacerdotal en 1825 en Milán y fue un sacerdote de profunda espiritualidad y vasta cultura. En seguida lo destinaron a la docencia o dirección espiritual en seminarios. Fue consejero de sus arzobispos y trabajó en la Biblioteca Ambrosiana. Cultivó los estudios de historia eclesiástica, de arqueología cristiana y de teología. Fomentó el diálogo y la concordia cuando Lombardía dejó de pertenecer a Austria y pasó al Reino de Italia. Fundó la Congregación de las Hermanas Marcelinas para la educación de la juventud femenina. Murió en Milán el año 1879, y fue beatificado en el 2006.

Beata Margarita Pole. Nació en Castle Farley (Somerset, Inglaterra) el año 1473. Era condesa de Salisbury y estaba emparentada con la familia real; fue dama de la corte de la reina Catalina y educadora de la futura reina María Tudor. Contrajo matrimonio y tuvo cinco hijos, uno de los cuales fue el cardenal Reginaldo, legado papal en el Concilio de Trento. Cuando se produjo el divorcio de Enrique VIII, Margarita se negó a aprobarlo, por lo que la desposeyeron de todos sus bienes y la encarcelaron. Tras la caída de Ana Bolena, la reintegraron a la corte, pero, a consecuencia del libro escrito por su hijo defendiendo la unidad de la Iglesia, la devolvieron a la cárcel. La trataron con extrema dureza y la guillotinaron en la Torre de Londres el año 1541.

Beata María Bartolomea Bagnesi. Nació en Florencia (Italia) el año 1514. De joven se consagró totalmente al Señor, por lo que rehusó el matrimonio que le proponía su padre. A los 18 años contrajo una enfermedad rara que la tuvo inmovilizada en el lecho casi 45 años, y le causó tremendos dolores. Con paciencia y por amor a Dios hizo de la enfermedad su medio de santificación. Ingresó en la Tercera Orden de Santo Domingo. El ejemplo de virtudes cristianas que daba desde su lecho de enferma hizo mucho bien espiritual a cuantos la visitaban y trataban. Murió santamente en 1577.



PARA TENER EL ESPÍRITU DE ORACIÓN Y DEVOCIÓN

Pensamiento bíblico:

En su discurso de despedida, Jesús dijo a sus discípulos: «Cuando venga el Paráclito, que os enviaré desde el Padre, el Espíritu de la verdad, que procede del Padre, él dará testimonio de mí; y también vosotros daréis testimonio, porque desde el principio estáis conmigo» (Jn 15,26-27).

Pensamiento franciscano:

Dice san Francisco en su Carta a toda la Orden: «Oíd, señores hijos y hermanos míos, y prestad oídos a mis palabras. Inclinad el oído de vuestro corazón y obedeced a la voz del Hijo de Dios. Guardad en todo vuestro corazón sus mandamientos y cumplid perfectamente sus consejos. Confesadlo, porque es bueno, y ensalzadlo en vuestras obras; porque por esa razón os ha enviado al mundo entero, para que de palabra y de obra deis testimonio de su voz y hagáis saber a todos que no hay omnipotente sino él» (CtaO 5-9).

Orar con la Iglesia:

Glorifiquemos a Cristo, bendito por los siglos, y pidámosle que envíe sin cesar el Espíritu Santo a los que he redimido con su muerte y resurrección.

-Envía, Señor, a la Iglesia el Espíritu de unidad, para que desaparezcan las disensiones, los individualismos y toda malevolencia.

-Tú que libraste a los hombres del dominio de Satanás, libra también a nuestro mundo de los males que lo afligen.

-Tú que, dócil al Espíritu, diste cumplimiento a la voluntad del Padre, haz que los sacerdotes hallen en la oración la fuerza del Espíritu para ser fieles a su ministerio.

-Que tu Espíritu guíe a los gobernantes, para que busquen y realicen el bien común, o al menos no lo impidan.

Oración: Que tu Espíritu, Señor Jesús, nos penetre con su fuerza, para que nuestro pensar sea del agrado de tu Padre y nuestro obrar concuerde con su voluntad. Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.

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LA ACCIÓN DEL ESPÍRITU SANTO
De la homilía de Benedicto XVI el día de Pentecostés (23-V-2010)

Queridos hermanos y hermanas:

En la celebración solemne de Pentecostés se nos invita a profesar nuestra fe en la presencia y en la acción del Espíritu Santo y a invocar su efusión sobre nosotros, sobre la Iglesia y sobre el mundo entero. Por tanto, hagamos nuestra, y con especial intensidad, la invocación de la Iglesia: Veni, Sancte Spiritus!, «¡Ven, Espíritu Santo!». Una invocación muy sencilla e inmediata, pero a la vez extraordinariamente profunda, que brota ante todo del corazón de Cristo. En efecto, el Espíritu es el don que Jesús pidió y pide continuamente al Padre para sus amigos; el primer y principal don que nos ha obtenido con su Resurrección y Ascensión al cielo.

El relato de Pentecostés en el libro de los Hechos de los Apóstoles (Hch 2,1-11) presenta el «nuevo curso» que la obra de Dios inició con la resurrección de Cristo, obra que implica al hombre, a la historia y al cosmos. Del Hijo de Dios muerto, resucitado y vuelto al Padre brota ahora sobre la humanidad, con inédita energía, el soplo divino, el Espíritu Santo. Y ¿qué produce esta nueva y potente auto-comunicación de Dios? Donde hay laceraciones y divisiones, crea unidad y comprensión. Se pone en marcha un proceso de reunificación entre las partes de la familia humana, divididas y dispersas; las personas, a menudo reducidas a individuos que compiten o entran en conflicto entre sí, alcanzadas por el Espíritu de Cristo, se abren a la experiencia de la comunión, que puede tocarlas hasta el punto de convertirlas en un nuevo organismo, un nuevo sujeto: la Iglesia.

Este es el efecto de la obra de Dios: la unidad; por eso, la unidad es el signo de reconocimiento, la «tarjeta de visita» de la Iglesia a lo largo de su historia universal. Desde el principio, desde el día de Pentecostés, habla todas las lenguas. La Iglesia universal precede a las Iglesias particulares, y estas deben conformarse siempre a ella, según un criterio de unidad y de universalidad. La Iglesia nunca llega a ser prisionera de fronteras políticas, raciales y culturales; no se puede confundir con los Estados ni tampoco con las Federaciones de Estados, porque su unidad es de otro tipo y aspira a cruzar todas las fronteras humanas.

El relato de los Hechos de los Apóstoles nos ofrece también otra sugerencia muy concreta. La universalidad de la Iglesia se expresa con la lista de los pueblos, según la antigua tradición: «Somos partos, medos, elamitas...», etc. Se puede observar aquí que san Lucas va más allá del número 12, que siempre expresa ya una universalidad. Mira más allá de los horizontes de Asia y del noroeste de África, y añade otros tres elementos: los «romanos», es decir, el mundo occidental; los «judíos y prosélitos», comprendiendo de modo nuevo la unidad entre Israel y el mundo; y, por último, «cretenses y árabes», que representan a Occidente y Oriente, islas y tierra firme. Esta apertura de horizontes confirma ulteriormente la novedad de Cristo en la dimensión del espacio humano, de la historia de las naciones: el Espíritu Santo abarca hombres y pueblos y, a través de ellos, supera muros y barreras.

En Pentecostés el Espíritu Santo se manifiesta como fuego. Su llama descendió sobre los discípulos reunidos, se encendió en ellos y les dio el nuevo ardor de Dios. Se realiza así lo que había predicho el Señor Jesús: «He venido a arrojar fuego sobre la tierra y ¡cuánto desearía que ya estuviera encendido!» (Lc 12,49). Los Apóstoles, junto a los fieles de las distintas comunidades, han llevado esta llama divina hasta los últimos confines de la tierra; han abierto así un camino para la humanidad, un camino luminoso, y han colaborado con Dios que con su fuego quiere renovar la faz de la tierra. ¡Qué distinto este fuego del de las guerras y las bombas! ¡Qué distinto el incendio de Cristo, que la Iglesia propaga, respecto a los que encienden los dictadores de toda época, incluido el siglo pasado, que dejan detrás de sí tierra quemada! El fuego de Dios, el fuego del Espíritu Santo, es el de la zarza que arde sin quemarse (cf. Ex 3,2). Es una llama que arde, pero no destruye; más aún, ardiendo hace emerger la mejor parte del hombre, su parte más verdadera, como en una fusión hace emerger su forma interior, su vocación a la verdad y al amor.

Queridos hermanos y hermanas, siempre necesitamos que el Señor Jesús nos diga lo que repetía a menudo a sus amigos: «No tengáis miedo». Como Simón Pedro y los demás, debemos dejar que su presencia y su gracia transformen nuestro corazón, siempre sujeto a las debilidades humanas. ¡Ven, Espíritu Santo! ¡Enciende en nosotros el fuego de tu amor!

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LA FUERZA DEL ESPÍRITU SANTO
San Juan Crisóstomo, Homilía 2 en la solemnidad de Pentecostés

Amadísimos: Ningún humano discurso es capaz de dar a entender los grandiosos dones que en el día de hoy [Pentecostés] nos ha otorgado nuestro benignísimo Dios. Por eso, gocémonos todos a la par, y alabemos a nuestro Señor rebosando de alegría. La festividad de este día debe, en efecto, reunir a todo el pueblo en pleno. Pues así como en la naturaleza las cuatro estaciones o solsticios del año se suceden unos a otros, así también en la Iglesia del Señor una solemnidad sucede a otra solemnidad transmitiéndonos sucesivamente las variadas facetas del misterio. Así, hemos recientemente celebrado la fiesta de la Pasión, de la Resurrección y, finalmente, de la Ascensión de nuestro Señor a los cielos; hoy, por último, hemos llegado al mismo culmen de los bienes, al fruto mismo de las promesas del Señor.

Porque si me voy -dice- os enviaré otro Paráclito, y no os dejaré desamparados. ¡Ved cuánta solicitud! ¡Ved qué inefable bondad! Hace sólo unos días subió al cielo, recibió el trono real, recuperó su sede a la derecha del Padre; y hoy hace descender sobre nosotros el Espíritu Santo y, con él, nos colma de mil bienes celestiales. Porque -pregunto-, ¿hay alguna de cuantas gracias operan nuestra salvación, que no nos haya sido dispensada a través del Espíritu Santo?

Por él somos liberados de la esclavitud, llamados a la libertad, elevados a la adopción, somos -por decirlo así- plasmados de nuevo, y deponemos la pesada y fétida carga de nuestros pecados; gracias al Espíritu Santo vemos los coros de los sacerdotes, tenemos el colegio de los doctores; de esta fuente manan los dones de revelación y las gracias de curar, y todos los demás carismas con que la Iglesia de Dios suele estar adornada emanan de este venero. Es lo que Pablo proclama, diciendo: El mismo y único Espíritu obra todo esto, repartiendo a cada uno en particular como a él le parece. Como a él le parece -dice-, no como se le ordena; repartiendo, no repartido; por propia autoridad, no sujeto a autoridad. Pablo, en efecto, atribuye al Espíritu Santo el mismo poder que, según él, tiene el Padre.

Y así como dice del Padre: Dios es el que obra todo en todos, afirma igualmente del Espíritu Santo: El mismo y único Espíritu obra todo esto, repartiendo a cada uno en particular como a él le parece. ¿No advertís su plena potestad? Los que poseen idéntica naturaleza, es lógico que posean idéntica potestad; y los que tienen una igual majestad de honor, también tienen una misma fuerza y poder. Por él hemos obtenido la remisión de los pecados; por él nos purificamos de todas nuestras inmundicias; por la donación del Espíritu, de hombres nos convertimos en ángeles, nosotros que nos acogimos a la gracia, no cambiando de naturaleza, sino -lo que es todavía más admirable- permaneciendo en nuestra humana naturaleza, llevamos una vida de ángeles. ¡Tan grande es el poder del Espíritu Santo!

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CONTEMPLAR Y VIVIR CON FRANCISCO Y CLARA DE ASÍS
EL MISTERIO DE CRISTO EUCARÍSTICO
por Michel Hubaut, franciscano

Celebrar la comida del Señor:
abrir todo el universo creado a la vida

Para Francisco, en el sacramento de la Eucaristía, Jesús vivo prolonga su encarnación. Penetra poco a poco en el hueco de nuestra humanidad para pacificarla y reconciliarla con la vida y el amor del Padre. En cada misa, celebra la Pascua de todo el universo. Esta nueva presencia del Señor es la fuente secreta, fecunda, prodigiosa de una creación nueva, de un mundo nuevo en gestación. Porque en Cristo, como Francisco escribe, «las cosas que hay en los cielos y en la tierra han sido pacificadas y reconciliadas con el Dios omnipotente» (CtaO 13).

Su fe es cósmica. El Cristo eucarístico es el sacramento de un pueblo en marcha a su unidad, de un universo en vía de consumación y transfiguración. ¿No es este cuerpo eucarístico una parcela de la materia creada, de nuestra propia carne, que ha entrado ya en su estado final? Este sacramento orienta, pues, nuestra historia y nuestros actos cotidianos hacia la esperanza del mundo venidero. En cada comida pascual, los frutos de la tierra y del trabajo del hombre, la creación entera, «pasan» a Dios y se convierten en semillas de eternidad. Francisco contempla en este sacramento el anuncio del universo recapitulado en Cristo Señor. Ha meditado mucho sobre la elección que Jesús hizo de tomar elementos de nuestra tierra, el pan y el vino, para convertirlos en signos proféticos del mundo nuevo donde entraría como primogénito.

El Espíritu creador que planeaba sobre las aguas en la aurora de la creación, que cubrió con su sombra a la Virgen María para dar carne al Hijo de Dios, que resucitó a Cristo de la tumba, ese mismo Espíritu transfigura cada día el pan y el vino en cuerpo de Cristo y engendra la Iglesia, su cuerpo místico (como lo significa la doble invocación al Espíritu Santo o epiclesis en el decurso de cada eucaristía).

Así, el poder creador del Espíritu que vivificó, espiritualizó, transfiguró la carne terrestre de Cristo, continúa, en cada eucaristía, vivificando, espiritualizando, transfigurando al hombre y, a través del hombre, toda la creación. Por eso mismo considera también Francisco este sacramento como la cumbre de su vida itinerante vivida como un éxodo pascual hacia la tierra de los vivientes. Ha barruntado cómo este sacramento está al servicio de la génesis del hombre inacabado que Dios crea día a día. Por eso también, en la contemplación de Cristo eucarístico, crucificado-glorificado, es donde orienta y purifica sin cesar sus pensamientos y sus actos cotidianos hacia el futuro de Dios. Esta presencia de Cristo eucarístico es, pues, una presencia dinámica y creadora. Dios inventa en ella cada día nuestra salvación.

Francisco escribe: Él solo «obra según le place»; «colma a los presentes y a los ausentes que de Él son dignos» (CtaO 30-33). Sin duda, los sacramentos cristianos no son realidades «radioactivas» que afectarían al hombre sin saberlo. Su eficacia depende de la libertad del hombre que acoge o no este poder de vida. No obstante, Francisco tiene la intuición -la de un Carlos de Foucault siete siglos más tarde- de que la presencia de Cristo eucarístico irradia y arde en el corazón del mundo como un fuego oculto. En la prolongación del dinamismo de la acción eucarística, la contemplación y la adoración de esta Zarza ardiente, de este don permanente de Dios, no carece de significado. Esta presencia silenciosa, discreta, venerada es ya una brecha de eternidad en el espesor de nuestro tiempo, una revelación, un acto misionero. ¿No es la Iglesia un pueblo de testigos y de vigilantes, cuya plegaria vigilante proclama: «Hay uno entre vosotros al que no conocéis»? (Jn 1,26).

En fin, ¿no se puede considerar el Cántico de la Criaturas de Francisco algo así como la «Misa sobre el mundo» de Teilhard de Chardin? ¿No es el eco del canto cósmico del hombre eucarístico, reconciliado, que celebra la fraternidad universal de un mundo nuevo rescatado y transfigurado por el Cristo vivo?




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