viernes, 26 de mayo de 2017

Año Cristiano Franciscano



DÍA 27 DE MAYO

 

SAN AGUSTÍN DE CANTERBURY. El año 596, cuando Agustín era prior del monasterio benedictino de San Andrés en Roma, fue enviado por el papa san Gregorio Magno, al mando de unos cuarenta monjes, a evangelizar Inglaterra. Desembarcó en Thanet y mandó aviso de su llegada al rey Etelberto de Kent. El rey, que se había casado con Berta, princesa cristiana de la familia real de los francos, les permitió que se acomodaran en Canterbury, capital de su reino, y les dio libertad para predicar. Pronto se convirtió el rey, que se bautizó en junio del 597. La Iglesia se iba consolidando y Agustín marchó a Arlés (Francia) para ser consagrado arzobispo de la nación británica con sede en Canterbury. Con ayuda del rey Etelberto, Agustín y sus monjes convirtieron a muchos a la fe cristiana y fundaron iglesias y monasterios, sobre todo en el reino de Kent; entre los monasterios, el de los santos Pedro y Pablo. Para consolidar lo alcanzado y proseguir la expansión de la Iglesia, Agustín creó los nuevos obispados de Londres y Rochester y nombró los correspondientes obispos. Murió el 26 de mayo del año 604 ó 605.- Oración: Señor Dios, que por la predicación de tu obispo san Agustín de Canterbury llevaste a los pueblos de Inglaterra la luz del Evangelio, concédenos que el fruto de su trabajo apostólico perdure en tu Iglesia con perenne fecundidad. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.



BEATOS EDMUNDO DUKE, RICARDO HILL, JUAN HOGG Y RICARDO HOLIDAY. Son cuatro sacerdotes diocesanos ingleses, que hicieron los estudios eclesiásticos en el Continente europeo, Reims y Roma, y que, después de recibir la ordenación sacerdotal, partieron juntos del Colegio inglés de Reims para ejercer el sagrado ministerio en su patria, aunque fuera clandestinamente. Apenas desembarcaron en Inglaterra fueron arrestados y enviados a la cárcel de Durham. Allí los visitaron ministros protestantes para ver de convertirlos al anglicanismo, y los torturaron para que apostataran, pero todo fue inútil, pues se mantuvieron firmes en su fe, y su ejemplo atrajo a la fe católica a algunos delincuentes comunes y a otras personas. Condenados como reos de alta traición, fueron ahorcados y descuartizados en Dryburne, cerca de Durham, el 27 de mayo de 1590, durante el reinado de Isabel I. Edmundo había nacido en Kent el año 1563 de una familia anglicana y en su juventud abrazó el catolicismo. Los dos Ricardo eran de la región de York, mientras que Juan procedía de Cleveland, y los tres habían nacido el año 1565.

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San Atanasio Bazzekuketta. Pertenece al grupo de los mártires de Uganda que prestaban servicio en la corte real y que fueron inmolados en la persecución desatada por el rey Mwanga. Atanasio nació en Kampala el año 1870. Era paje del rey y tenía a su cargo el tesoro real. Recibió el bautismo en noviembre de 1885. Arrestado por ser cristiano, lo invitaron a apostatar, a lo que no accedió. Lo condenaron a muerte, a ser quemado vivo, y, mientras era conducido al lugar del suplicio, rogó a los verdugos que lo ejecutaran allí mismo. Lo mataron a palos en Nakiwubo el año 1886.

Santa Bárbara Kim y santa Bárbara Yi. Mártires coreanas. Bárbara Kim nació en 1805 de una familia católica pero poco devota. A los treinta años entró de criada en la casa de una señora, cuyo ejemplo la llevó a convertirse del todo al Señor. Su padre quiso que se casara y el marido le creó muchos problemas, pues no era cristiano y dejó que se bautizara la hija, pero no los hijos. Quedó viuda y se dedicó a la educación de su prole, a la oración y a las obras buenas. Bárbara Yi nació en 1825 en el seno de una familia muy cristiana, y dos tías suyas fueron también martirizadas y canonizadas. Estas dos mujeres de nombre Bárbara, por ser cristianas, fueron arrestadas y encarceladas juntas en Seúl. Se negaron a apostatar pese a las torturas. Y murieron en la cárcel, el año 1839, por las malas condiciones de la prisión y por el tifus que hacía estragos entre los presos.

San Bruno de Würzburgo. Era hijo de los condes de Suabia y estaba emparentado con emperadores y papas. Nació a finales del siglo X. Fue jefe de la cancillería imperial en Italia de 1027 a 1034. Nombrado obispo de Würzburgo (Alemania) fue un buen pastor que se ocupó con mucho celo de la disciplina del clero, estimuló la vida cristiana de los fieles explicándoles las Escrituras, procuró que las iglesias tuvieran medios y edificios adecuados para sus fines, restauró la catedral, dio ejemplo de vida piadosa y austera en medio del boato de la corte. Murió el año 1045.

San Eutropio. Obispo de Orange en Provenza (Francia). Murió el año 475.

San Gausberto. Nació a comienzos del siglo XI. Después de recibir la ordenación sacerdotal, ejerció su ministerio en la diócesis de Clermont-Ferrand (Aquitania, Francia), en la que predicaba y hacía apostolado. Pasó luego a la vida eremítica y el año 1066 fundó el monasterio de la Asunción en Montsalvy, lugar que antes era inhóspito y que convirtió en hospedería para acoger a los peregrinos. Para su monasterio, del que fue prior, adoptó la Regla de los Canónigos Regulares de San Agustín. Murió el año 1079.

San Gonzaga Gonza. Es otro de los jóvenes ugandeses que prestaban servicio en la corte real y que fueron inmolados en la persecución desatada por el rey Mwanga. De pequeño había sido vendido al rey Mutesa, que lo convirtió en paje suyo. Su misión era guardar a los prisioneros de la corte. Se convirtió al cristianismo y se bautizó en noviembre de 1885. Lo arrestaron por ser cristiano, se negó a apostatar y lo condenaron a morir en la hoguera. Camino del martirio, les colgaron cadenas y llegó el momento en que cayó al suelo exhausto. Los verdugos lo remataron a golpes de lanza y los decapitaron, dejando su cadáver en la cuneta. Esto sucedía el año 1886 en Lubawo (Uganda).

San Julio. Era un veterano del ejército imperial en el que había servido muchos años, mostrándose siempre un soldado fiel y valiente. Ya licenciado de la milicia y desatada la persecución contra los cristianos, fue arrestado. El juez, para salvarlo de la muerte, puso todo su empeño en conseguir que Julio acatara la orden imperial y ofreciera sacrificios a los dioses. Julio hizo una preciosa confesión de su fe cristiana ante el gobernador Máximo, y afirmó y reafirmó que no podía negar a su Dios y sacrificar a los ídolos. Por todo ello fue condenado a muerte y decapitado en Doróstoro de la Mesia romana (en la actual Bulgaria) el año 302.

San Restituto. Mártir romano del siglo IV, cuyo sepulcro se encontraba en la Vía Nomentana, en el miliario decimosexto desde la ciudad de Roma.




PARA TENER EL ESPÍRITU DE ORACIÓN Y DEVOCIÓN

Pensamiento bíblico:

En la Última Cena Jesús dijo a sus discípulos: «Muchas cosas me quedan por deciros, pero no podéis cargar con ellas por ahora; cuando venga él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad plena. Pues no hablará por cuenta propia, sino que hablará de lo que oye y os comunicará lo que está por venir. Él me glorificará, porque recibirá de lo mío y os lo anunciará» (Jn 16,12-14).

Pensamiento franciscano:

Decía san Francisco a sus hermanos: «Ninguna otra cosa deseemos, ninguna otra queramos, ninguna otra nos plazca y deleite, sino nuestro Creador y Redentor y Salvador, el solo verdadero Dios, que es pleno bien, todo bien, total bien, verdadero y sumo bien, que es el solo bueno, piadoso, manso, suave y dulce, que es el solo santo, justo, verdadero, santo y recto, que es el solo benigno, inocente, puro, de quien y por quien y en quien es todo el perdón, toda la gracia, toda la gloria» (1 R 23,9).

Orar con la Iglesia:

Dios Padre, a quien pertenece el honor y la gloria por siempre, concédenos la fuerza del Espíritu Santo para que desbordemos de esperanza y alegría.

-Padre todopoderoso, envíanos tu Espíritu que interceda por nosotros, porque nosotros no sabemos pedir lo que nos conviene.

-Envíanos tu Espíritu, luz esplendorosa, y haz que penetre hasta lo más hondo de nuestro ser.

-No nos abandones, Señor, en el abismo en que nos sumerge nuestro pecado, pues somos obra de tus manos.

-Concédenos compresión para acoger a los débiles y frágiles en la fe, no con impaciencia y de mala gana, sino con auténtica caridad fraterna.

Oración: Oh Dios, que por la resurrección de Jesucristo y la venida del Espíritu Santo nos has abierto las puertas de tu reino, haz que dones tan grandes nos muevan a dedicarnos con mayor empeño a tu servicio y a vivir más plenamente la fe. Te lo pedimos por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

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EL MISTERIO DE PENTECOSTÉS
Benedicto XVI, Homilía del día de Pentecostés (4-VI-2006)

Queridos hermanos y hermanas:

En el día de Pentecostés el Espíritu Santo descendió con fuerza sobre los Apóstoles; así comenzó la misión de la Iglesia en el mundo. Jesús mismo había preparado a los Once para esta misión al aparecérseles en varias ocasiones después de la resurrección. Antes de la ascensión al cielo, «les mandó que no se ausentasen de Jerusalén, sino que aguardasen la Promesa del Padre» (cf. Hch 1,3-5); es decir, les pidió que permanecieran juntos para prepararse a recibir el don del Espíritu Santo. Y ellos se reunieron en oración con María en el Cenáculo, en espera de ese acontecimiento prometido (cf. Hch 1,14).

Permanecer juntos fue la condición que puso Jesús para acoger el don del Espíritu Santo; presupuesto de su concordia fue una oración prolongada. Así nos da una magnífica lección para toda comunidad cristiana. A veces se piensa que la eficacia misionera depende principalmente de una esmerada programación y de su sucesiva aplicación inteligente mediante un compromiso concreto. Ciertamente, el Señor pide nuestra colaboración, pero antes de cualquier respuesta nuestra se necesita su iniciativa: su Espíritu es el verdadero protagonista de la Iglesia. Las raíces de nuestro ser y de nuestro obrar están en el silencio sabio y providente de Dios.

Las imágenes que utiliza san Lucas para indicar la irrupción del Espíritu Santo -el viento y el fuego- aluden al Sinaí, donde Dios se había revelado al pueblo de Israel y le había concedido su alianza (cf. Ex 19,3 ss). La fiesta del Sinaí, que Israel celebraba cincuenta días después de la Pascua, era la fiesta del Pacto. Al hablar de lenguas de fuego (cf. Hch 2,3), san Lucas quiere presentar Pentecostés como un nuevo Sinaí, como la fiesta del nuevo Pacto, en el que la alianza con Israel se extiende a todos los pueblos de la tierra. La Iglesia es católica y misionera desde su nacimiento. La universalidad de la salvación se pone significativamente de relieve mediante la lista de las numerosas etnias a las que pertenecen quienes escuchan el primer anuncio de los Apóstoles (cf. Hch 2,9-11).

El pueblo de Dios, que había encontrado en el Sinaí su primera configuración, se amplía hoy hasta superar toda frontera de raza, cultura, espacio y tiempo. A diferencia de lo que sucedió con la torre de Babel (cf. Gn 11,1-9), cuando los hombres, que querían construir con sus manos un camino hacia el cielo, habían acabado por destruir su misma capacidad de comprenderse recíprocamente, en Pentecostés el Espíritu, con el don de las lenguas, muestra que su presencia une y transforma la confusión en comunión. El orgullo y el egoísmo del hombre siempre crean divisiones, levantan muros de indiferencia, de odio y de violencia. El Espíritu Santo, por el contrario, capacita a los corazones para comprender las lenguas de todos, porque reconstruye el puente de la auténtica comunicación entre la tierra y el cielo. El Espíritu Santo es el Amor.

Pero, ¿cómo entrar en el misterio del Espíritu Santo? ¿Cómo comprender el secreto del Amor? El pasaje evangélico de hoy nos lleva al Cenáculo donde, terminada la última Cena, los Apóstoles se sienten tristes y desconcertados. El motivo es que las palabras de Jesús suscitan interrogantes inquietantes: habla del odio del mundo hacia él y hacia los suyos, habla de su misteriosa partida y queda todavía mucho por decir, pero por el momento los Apóstoles no pueden soportar esa carga (cf. Jn 16,12). Para consolarlos les explica el significado de su partida: se irá, pero volverá; mientras tanto no los abandonará, no los dejará huérfanos. Enviará al Consolador, al Espíritu del Padre, y será el Espíritu quien les dará a conocer que la obra de Cristo es obra de amor: amor de él que se ha entregado y amor del Padre que lo ha dado.

Este es el misterio de Pentecostés: el Espíritu Santo ilumina el corazón humano y, al revelar a Cristo crucificado y resucitado, indica el camino para llegar a ser más semejantes a él, o sea, ser «expresión e instrumento del amor que proviene de él» (Deus caritas est, 33). Reunida con María, como en su nacimiento, la Iglesia hoy implora: Veni, Sancte Spiritus!, «¡Ven, Espíritu Santo! Llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu amor». Amén.

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LOS INGLESES HAN SIDO REVESTIDOS
POR LA LUZ DE LA SANTA FE
De las cartas de san Gregorio Magno (Lib. 9, 36)

Gloria a Dios en el cielo, y en la tierra paz a los hombres que ama el Señor, porque el grano de trigo caído en tierra murió, para no reinar él solo en el cielo; por su muerte vivimos, su debilidad nos conforta, su pasión nos libera de la nuestra, su amor nos hace buscar en las Islas Británicas hermanos a quienes no conocemos, y su don nos hace encontrar a quienes buscábamos sin conocerlos.

¿Quién será capaz de relatar la alegría nacida en el corazón de todos los fieles al tener noticias de que los ingleses, por obra de la gracia de Dios y con tu colaboración, expulsadas las tinieblas de sus errores, han sido revestidos por la luz de la santa fe; de que con espíritu fidelísimo pisotean los ídolos a los que antes estaban sometidos por un temor tirano; de que con puro corazón se someten al Dios omnipotente; de que abandonando sus malas acciones siguen las normas de la predicación; de que se someten a los preceptos divinos y se eleva su inteligencia; de que se humillan en oración hasta la tierra para que su mente no quede en la tierra? ¿quién ha podido realizar todo esto sino aquel que dijo: Mi Padre sigue actuando, y yo también actúo?

Para demostrar que no es la sabiduría humana, sino su propio poder el que convierte al mundo, eligió Dios como predicadores suyos a hombres incultos, y lo mismo ha hecho en Inglaterra, realizando obras grandes por medio de instrumentos débiles. Ante este don divino hay, hermano carísimo, mucho de qué alegrarse y mucho de qué temer.

Sé bien que el Dios todopoderoso, por tu amor, ha realizado grandes milagros entre esta gente que ha querido hacerse suya. Por ello, es preciso que este don del cielo sea para ti al mismo tiempo causa de gozo en el temor y de temor en el gozo. De gozo, ciertamente, pues ves cómo el alma de los ingleses es atraída a la gracia interior por obra de los milagros exteriores; de temor, también, para que tu debilidad no caiga en el orgullo al ver los milagros que se producen, y no vaya a suceder que, mientras se te rinde un honor externo, la vanagloria te pierda en tu interior.

Debemos recordar que, cuando los discípulos regresaban gozosos de su misión y dijeron al Señor: Hasta los demonios se nos someten en tu nombre, él les contestó: No estéis alegres porque se os someten los espíritus; estad alegres porque vuestros nombres están inscritos en el cielo.

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CONTEMPLAR Y VIVIR CON FRANCISCO Y CLARA DE ASÍS
EL MISTERIO DE CRISTO EUCARÍSTICO
por Michel Hubaut, franciscano

Celebrar la comida del Señor:
rendirle «el homenaje» de toda nuestra vida

Ante la grandeza y la actualidad del don de la Eucaristía, Francisco apremia a sus hermanos a hacer el vacío en sí mismos para acoger al que es todo: «Nada de vosotros retengáis para vosotros, a fin de que os reciba todo enteros el que se os ofrece todo entero» (CtaO 29). ¿Cómo no dar todo al que se nos da todo? En la Eucaristía, la vida eterna encuentra la historia del hombre, el Viviente encuentra al hombre mortal. ¡Qué prodigioso intercambio!

La respuesta del hombre, en la fe, exige la disponibilidad, la pureza de intención y el homenaje de nuestro amor. Es lo que Francisco expresa con frecuencia mediante las palabras respeto (reverentia) y honor. «Os ruego a todos vosotros, hermanos, besándoos los pies y con la caridad que puedo, que manifestéis toda reverencia y todo honor, tanto cuanto podáis, al santísimo cuerpo y sangre de nuestro Señor Jesucristo... Gran miseria y miserable debilidad, que cuando lo tenéis tan presente a él en persona, vosotros os preocupéis de cualquier otra cosa en todo el mundo» (CtaO 12.25).

El temor respetuoso que siente el Poverello ante la presencia eucarística es el de toda la Biblia ante la transcendencia del Dios Altísimo. Encuentra, por otra parte, espontáneamente el gesto oriental de la adoración: la prosternación, frente en tierra, como Moisés ante la Zarza ardiente.

En una época en que un poco en todas partes, en Italia, sobre todo en Lombardía, estallaban motines populares contra los sacerdotes indignos y en que numerosos herejes ponían en duda la validez de sus sacramentos, Francisco manifiesta un respeto sorprendente por el sacerdocio. Escribe en su Testamento: «Si tuviera tanta sabiduría cuanta Salomón tuvo, y hallara a los pobrecillos sacerdotes de este siglo en las parroquias en que moran, no quiero predicar más allá de su voluntad. Y a éstos y a todos los otros quiero temer, amar y honrar como a mis señores» (Test 7-8).

Expresa, pues, su actitud exactamente con los mismos términos que los empleados para la Eucaristía. ¿Se trata de una sacralización abusiva del sacerdocio? Francisco mismo se explica: «Y lo hago por esto, porque nada veo corporalmente en este siglo del mismo altísimo Hijo de Dios, sino su santísimo cuerpo y su santísima sangre, que ellos reciben y ellos solos administran a los otros. Y quiero que estos santísimos misterios sean sobre todas las cosas honrados, venerados y colocados en lugares preciosos» (Test 10-11).

Este ruego no era superfluo en un tiempo en que se dejaban a veces las iglesias en un estado lamentable y aun enmohecerse el pan consagrado. El concilio IV de Letrán, en 1215, deploraba ya que en algunas iglesias los objetos de culto estaban en un abandono y en un estado de suciedad increíbles. En este sentido predica y escribe Francisco con frecuencia a los clérigos. Frecuentemente se le ve, cuando llega a un lugar, comenzar por barrer la iglesia local. Respeta infinitamente todo cuanto toca de cerca o de lejos a la presencia eucarística de su Señor, cuya dignidad parece salpicar sobre todo lo que le rodea (cf. 2 Cel 202).

Esta fe profunda en la presencia nueva de Cristo hace de él un verdadero apóstol de la eucaristía. Cinco de las ocho cartas que se nos han conservado tienen por tema central el respeto a este sacramento. Suplica a los hermanos, clérigos o laicos, que no pisoteen al Hijo de Dios, que no desdeñen y mancillen la sangre de la Alianza, que no ultrajen al Espíritu de la gracia: «Pues el hombre desprecia, mancha y conculca al Cordero de Dios cuando, como dice el Apóstol, sin diferenciar y discernir el santo pan de Cristo de otros alimentos o ritos, lo come de manera vana e indigna» (CtaO 17-19). Reaccionará siempre con vigor ante la irreverencia al Cristo eucarístico. En particular, frente a los clérigos, a quienes dirige una carta muy sentida (cf. CtaCle).

Notemos que Francisco no separa jamás palabra y Eucaristía. A sus ojos, cuerpo y palabra de Cristo son dos manifestaciones visibles, actuales del mismo Altísimo, dos modos de su presencia real. Cristo encarnado es, todavía hoy, por su palabra y sus sacramentos, el que revela a Dios y se da a sus hermanos. La Eucaristía es para Francisco redención y revelación a la vez. Coherencia espiritual que el pobrecillo de Asís ha percibido en la adoración silenciosa y en la participación en la vida litúrgica, donde todos los días estamos invitados a la mesa del pan y a la mesa de la palabra.

Y, desde luego, por algo utiliza el mismo verbo: administrar (el latín administrare significa servir), para hablar de la palabra de Dios y de la Eucaristía. Francisco pide la misma actitud de respeto para «administrar» y acoger la palabra que para «administrar» y recibir la comunión.

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