jueves, 25 de mayo de 2017

Año Cristiano Franciscano



DÍA 26 DE MAYO

San Agustín de Canterbury. Murió el 26 de mayo, pero su memoria se celebra mañana.



SAN FELIPE NERI. Nació en Florencia el año 1515 y pronto marchó a Roma. Estudió filosofía y teología y fue preceptor de los hijos de una familia acomodada. Crecía su vida interior y su dedicación al apostolado y a las obras de caridad. En 1548 fundó una cofradía asistencial. Impulsado por su director espiritual y superada su propia humildad, por fin se ordenó de sacerdote en 1551. Fundó la Congregación del Oratorio para sacerdotes seculares dedicados a la predicación y al confesionario. Se dedicó en especial al cuidado de los jóvenes y los niños, en los que, con su estilo de vida, su bondad, su alegría y demás virtudes no menos simpáticas que exigentes, ejerció una gran influencia. Fundó también una asociación para atender a los pobres. Su celebración de la misa era una singular experiencia mística, tenía una capacidad extraordinaria para el contacto humano y popular, promovió nuevas formas de catequesis, arte y cultura, difundía en torno a sí una alegría que brotaba de su unión con Dios y de su buen humor. Fue gran amigo de san Carlos Borromeo y del capuchino san Félix de Cantalicio. Murió en Roma el 26 de mayo de 1595.- Oración: Señor Dios, que no cesas de enaltecer a tus siervos con la gloria de la santidad, concédenos que el Espíritu Santo nos encienda con aquel mismo fuego con que abrasó el corazón de san Felipe Neri. Por Jesucristo, nuestro Señor.
Amén.



SANTA MARÍA ANA DE JESÚS DE PAREDES. Nació en Quito (Ecuador) el año 1618 en el seno de una familia piadosa y acomodada. Huérfana desde la niñez, consagró a Dios su virginidad y, al no poder entrar en ningún monasterio, emprendió en su casa una vida ascética, dedicada a la oración, el ayuno y otros ejercicios piadosos. A la vez, se entregó con gozo y amor a la ayuda espiritual de sus compatriotas sin distinción de raza ni color: enseñaba el catecismo a los niños, visitaba a los enfermos, socorría a los pobres, consolaba a las personas atribuladas, atendía las necesidades de los indígenas pobres y de los negros, hubiera querido llevar la fe a los indios. Fue particularmente devota de la Pasión de Cristo. Formada en el espíritu ignaciano, ingresó luego en la Tercera Orden Franciscana. Además, fue lectora asidua de las obras de santa Teresa de Jesús. Murió en Quito el 26 de mayo de 1645. Es patrona del Ecuador. La Familia franciscana celebra su memoria el 28 de mayo.- Oración: Señor, Dios de misericordia, que hiciste florecer, junto con la virtud de la pureza, la austeridad de la penitencia, como lirio entre espinas, en santa María Ana de Jesús, que vivió en medio de un mundo corrompido, concédenos, por su intercesión, vernos libres de los vicios de nuestro tiempo y tender a la perfección cristiana. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

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San Andrés Kaggwa. Nació en Uganda en 1856. Lo capturaron muy joven y lo llevaron como esclavo a la corte real, pero, por sus buenas cualidades, consiguió la libertad. Cuando Mwanga subió al trono, Andrés, que era amigo suyo, ascendió en la escala social. Desde su paganismo inicial, pasó al Islam y, cuando conoció a los misioneros, se convirtió al cristianismo con tal empeño, que se convirtió en apóstol sobre todo entre los pajes de la corte. Cuando llegó la persecución, lo detuvieron y se negó a abandonar su fe. Lo torturaron, lo mutilaron y por último lo decapitaron en Numyanyo (Uganda) el año 1886.

San Berengario. Monje del monasterio de Saint-Papoul (Francia), que murió el año 1093.

San Desiderio de Vienne. Nació en Autun (Francia) en torno al año 550. Vivió en Vienne, se incardinó en su clero y, a finales del siglo VI, fue elegido obispo de aquella diócesis. Predicó sin descanso el Evangelio llamando al clero y a los fieles a una vida sinceramente cristiana. Corrigió los vicios y excesos del clero y del pueblo, y también de la corte. La reina Brunilde se sintió ofendida y consiguió que un sínodo lo depusiera y desterrara el año 602. Aún pudo volver a su diócesis, pero, como no cesó de denunciar la corrupción de la corte, fue desterrado de nuevo. En un exceso de celo, un soldado le dio una gran pedrada y lo remató a bastonazos. Esto sucedió en el territorio de Lyon hacia el año 607.

San Eleuterio, papa del año 175 al año 189. Durante su pontificado la Iglesia disfrutó de paz gracias a la actitud tolerante del emperador Cómodo. Pero tuvo un serio problema interno: el montanismo que con sus exageraciones rigoristas amenazaba la paz de la Iglesia. Los famosos mártires de Lyon, que entonces estaban encarcelados, le escribieron una carta notable para que mantuviera la paz y no se precipitara en recurrir a las condenas. Murió en Roma el año 189.

Santa Felicísima. Fue martirizada en Todi (Umbría, Italia) en una fecha desconocida del siglo III o IV.

San José Chang Song-jib. Nació en Corea el año 1786 en el seno de una familia pagana. Dos veces quedó viudo, lo que le provocó una fuerte crisis. Cuando conoció el cristianismo, empezó el catecumenado, pero algunos misterios, como la encarnación del Verbo y su concepción virginal, le parecieron inadmisibles, y se retiró. Más tarde volvió al catecumenado y se bautizó en abril de 1838. Pronto lo arrestaron. Ante las autoridades confesó con claridad su fe y se negó a renegar de la misma. Lo torturaron, y murió en Seúl el 26 de mayo de 1839 a consecuencia de la paliza que le propinaron.

San Juan Doan Trinh Hoan y san Mateo Nguyen Van Phuong. El primero era sacerdote y el segundo seglar, y fueron decapitados en Dong Hoi (Vietnam) el 26 de mayo de 1861, en tiempo del emperador Tu Duc. Juan nació en Penang el año 1798 en el seno de una familia que contaba ya con vocaciones religiosas y mártires. Estudió en el seminario de Penang y se ordenó de sacerdote en 1836. Ejerció su ministerio en sucesivos distritos misionales, casi como en clandestinidad, y atendió especialmente a los jóvenes y los niños. Mateo nació en Ke-Lay el año 1800. Fue médico, luego comerciante, estaba casado y tenía ocho hijos. Fue un fervoroso catequista y albergaba en su casa a los misioneros, entre ellos al P. Juan, y allí los detuvieron a los dos. Ante el juez confesaron su fe y se negaron a apostatar.

San Lamberto. Quedó huérfano de madre al nacer y lo confiaron como oblato a la abadía de Lérins, en la que más tarde abrazó la vida monástica. El año 1114 lo nombraron obispo de Vence en Provenza (Francia). Cuidó de los pobres y fue verdadero amante de la pobreza. Destacó también por la dulzura de su carácter. Murió en Vence el año 1154.

San Pedro Sans i Jordá. Nació en Ascó (Tarragona, España) el año 1680. En 1697 entró en los Dominicos y en 1704 recibió la ordenación sacerdotal. Marchó a las misiones de Oriente y en 1713 llegó a Manila, donde estuvo dos años aprendiendo el chino. Ya en China, lo destinaron a la provincia de Fukien. Allí desarrolló un gran apostolado, interrumpido cuando en 1729 llegó la persecución contra los cristianos. Se refugió en Cantón, donde recibió el nombramiento y la consagración episcopal en 1730. Lo desterraron a Macao, y en 1738 pudo volver a Fukien, donde reanudó una gran tarea apostólica, pero con mucha cautela. En 1746, para evitar daños mayores a sus fieles, se entregó espontáneamente a las autoridades. Lo encarcelaron, lo torturaron y lo decapitaron en Fuzhou el año 1747.

San Ponciano Ngondwe. Era natural de Bulino (Uganda) y servía en la corte real como miembro de la guardia del rey. San Andrés Kaggwa, que sería martirizado en la misma fecha pero en otro lugar, lo atrajo al cristianismo y se bautizó en 1885. El rey Mwanga decretó la muerte de sus servidores cristianos y Ponciano fue apresado. Cuando lo trasladaban para el martirio, se sintió desfallecer y en Ttaka Jiunge fue atravesado por una lanza y abandonado en el camino. Era el 27 de mayo de 1886.

San Prisco y compañeros. Sufrieron el martirio en la región de Auxerre (Francia) en una fecha desconocida de la antigüedad cristiana.

San Simetrio. Fue martirizado en Roma en una fecha desconocida de la antigüedad cristiana. Fue sepultado en el cementerio de Priscila, en la Vía Salaria Nueva.

Beato Andrés Franchi. Nació en Pistoya (Toscana, Italia) el año 1335. De joven vistió el hábito de la Orden de Predicadores. Se ordenó de sacerdote en 1358 y a continuación se dedicó con preferencia a la predicación de la palabra de Dios. Ejerció diferentes cargos de gobierno en su Orden y restauró en sus conventos la regular observancia después de la peste negra. En 1382 fue elegido obispo de Pistoya. Gobernó a todos como padre, y destacó por su liberalidad para con los pobres, a los que atendía y albergaba en su palacio. Apoyó el movimiento penitencial de los Blancos que favorecían la paz y la misericordia. Poco antes de morir, renunció a su sede y se retiró al convento de Pistoya, donde murió en 1401.

Beato Francisco Patrizi. Nació en Siena (Italia) el año 1266. De joven quiso abrazar la vida contemplativa, pero tuvo que quedarse en casa para atender a su madre que estaba ciega. Cuando ésta falleció, en 1288, ingresó en la Orden de los Siervos de María. Recibió la ordenación sacerdotal en 1291, y se entregó con admirable celo a la predicación, la dirección espiritual y el ministerio de la penitencia, a la vez que se volcó en la atención a los pobres, para los que pedía a los ricos. Murió en Siena el año 1328.



PARA TENER EL ESPÍRITU DE ORACIÓN Y DEVOCIÓN

Pensamiento bíblico:

De la carta de san Pablo a los Efesios: «Hermanos, yo, el prisionero por el Señor, os ruego que andéis como pide la vocación a la que habéis sido convocados. Sed siempre humildes y amables, sed comprensivos, sobrellevaos mutuamente con amor, esforzaos en mantener la unidad del Espíritu con el vínculo de la paz» (Ef 4,1-3).

Pensamiento franciscano:

Dice san Francisco: «Bienaventurado aquel religioso que no encuentra placer y alegría sino en las santísimas palabras y obras del Señor, y con ellas conduce a los hombres al amor de Dios con gozo y alegría. ¡Ay de aquel religioso que se deleita en las palabras ociosas y vanas y con ellas conduce a los hombres a la risa!» (Adm 20).

Orar con la Iglesia:

Bendigamos al Padre que con tanta generosidad ha derramado los dones del Espíritu Santo sobre todos los pueblos.

-Te pedimos, Señor, que continúes derramando tu gracia sobre nosotros, para que los dones del Espíritu abunden en nuestros corazones.

-Tú que hiciste a tu Hijo luz de las naciones, abre los ojos de los ciegos y libra de toda esclavitud a los que viven en las tinieblas del espíritu.

-Tú que ungiste a Cristo con la fuerza del Espíritu Santo para realizar la salvación de los hombres, haz que siga vivificándonos continuamente.

-Envía tu Espíritu, luz de los corazones, para que confirme en la fe a los que viven en medio de incertidumbres y dudas.

-Envía tu Espíritu, solaz en el trabajo, para que reconforte a los que se sienten fatigados y desanimados.

Oración: Dios, Padre bueno, haz que la recepción de los dones del Espíritu Santo nos mueva a dedicarnos con mayor empeño a tu alabanza y al servicio de nuestros hermanos. Te lo pedimos por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

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EL NACIMIENTO DE LA IGLESIA EN PENTECOSTÉS
Benedicto XVI, Regina Caeli del 27 de mayo de 2007

Queridos hermanos y hermanas:

Celebramos hoy la gran fiesta de Pentecostés, en la que la liturgia nos hace revivir el nacimiento de la Iglesia, tal como lo relata san Lucas en el libro de los Hechos de los Apóstoles (Hch 2,1-13). Cincuenta días después de la Pascua, el Espíritu Santo descendió sobre la comunidad de los discípulos, que «perseveraban concordes en la oración en común» junto con «María, la madre de Jesús», y con los doce Apóstoles (cf. Hch 1,14; 2,1). Por tanto, podemos decir que la Iglesia tuvo su inicio solemne con la venida del Espíritu Santo.

En ese extraordinario acontecimiento encontramos las notas esenciales y características de la Iglesia: la Iglesia es una, como la comunidad de Pentecostés, que estaba unida en oración y era «concorde»: «tenía un solo corazón y una sola alma» (Hch 4,32). La Iglesia es santa, no por sus méritos, sino porque, animada por el Espíritu Santo, mantiene fija su mirada en Cristo, para conformarse a él y a su amor. La Iglesia es católica, porque el Evangelio está destinado a todos los pueblos y por eso, ya en el comienzo, el Espíritu Santo hace que hable todas las lenguas. La Iglesia es apostólica, porque, edificada sobre el fundamento de los Apóstoles, custodia fielmente su enseñanza a través de la cadena ininterrumpida de la sucesión episcopal.

La Iglesia, además, por su misma naturaleza, es misionera, y desde el día de Pentecostés el Espíritu Santo no cesa de impulsarla por los caminos del mundo, hasta los últimos confines de la tierra y hasta el fin de los tiempos. Esta realidad, que podemos comprobar en todas las épocas, ya está anticipada en el libro de los Hechos, donde se describe el paso del Evangelio de los judíos a los paganos, de Jerusalén a Roma. Roma indica el mundo de los paganos y así todos los pueblos que están fuera del antiguo pueblo de Dios. Efectivamente, los Hechos concluyen con la llegada del Evangelio a Roma. Por eso, se puede decir que Roma es el nombre concreto de la catolicidad y de la misionariedad; expresa la fidelidad a los orígenes, a la Iglesia de todos los tiempos, a una Iglesia que habla todas las lenguas y sale al encuentro de todas las culturas.

Queridos hermanos y hermanas, el primer Pentecostés tuvo lugar cuando María santísima estaba presente en medio de los discípulos en el Cenáculo de Jerusalén y oraba. También hoy nos encomendamos a su intercesión materna, para que el Espíritu Santo venga con abundancia sobre la Iglesia de nuestro tiempo, llene el corazón de todos los fieles y encienda en ellos, en nosotros, el fuego de su amor.

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ESTAD SIEMPRE ALEGRES EN EL SEÑOR
San Agustín, Sermón 171,1-3.5

El Apóstol nos manda alegrarnos, pero en el Señor, no en el mundo. Pues, como afirma la Escritura: El que quiere ser amigo del mundo se hace enemigo de Dios. Pues del mismo modo que un hombre no puede servir a dos señores, tampoco puede alegrarse en el mundo y en el Señor.

Que el gozo en el Señor sea el triunfador, mientras se extingue el gozo en el mundo. El gozo en el Señor siempre debe ir creciendo, mientras que el gozo en el mundo ha de ir disminuyendo hasta que se acabe. No afirmamos esto como si no debiéramos alegrarnos mientras estamos en este mundo, sino en el sentido de que debemos alegrarnos en el Señor también cuando estamos en este mundo.

Pero alguno puede decir: «Estoy en el mundo, por tanto, si me alegro, me alegro allí donde estoy». ¿Pero es que por estar en el mundo no estás en el Señor? Escucha al apóstol Pablo cuando habla a los atenienses, según refieren los Hechos de los apóstoles, y afirma de Dios, Señor y creador nuestro: En él vivimos, nos movemos y existimos. El que está en todas partes, ¿en dónde no está? ¿Acaso no nos exhortaba precisamente a esto? El Señor está cerca; nada os preocupe.

Gran cosa es ésta: el mismo que asciende sobre todos los cielos está cercano a quienes se encuentran en la tierra. ¿Quién es éste, lejano y próximo, sino aquel que por su benignidad se ha hecho próximo a nosotros?

Aquel hombre que cayó en manos de unos bandidos, que fue abandonado medio muerto, que fue desatendido por el sacerdote y el levita y que fue recogido, curado y atendido por un samaritano que iba de paso, representa a todo el género humano. Así, pues, como el Justo e Inmortal estuviese lejos de nosotros, los pecadores y mortales, bajó hasta nosotros para hacerse cercano quien estaba lejos.

No nos trata como merecen nuestros pecados, pues somos hijos. ¿Cómo lo probamos? El Hijo unigénito murió por nosotros para no ser el único hijo. No quiso ser único quien, único, murió por todos. El Hijo único de Dios ha hecho muchos hijos de Dios. Compró a sus hermanos con su sangre, quiso ser reprobado para acoger a los réprobos, vendido para redimirnos, deshonrado para honrarnos, muerto para vivificarnos.

Por tanto, hermanos, estad alegres en el Señor, no en el mundo: es decir, alegraos en la verdad, no en la iniquidad; alegraos con la esperanza de la eternidad, no con las flores de la vanidad. Alegraos de tal forma que sea cual sea la situación en la que os encontréis, tengáis presente que el Señor está cerca; nada os preocupe.

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CONTEMPLAR Y VIVIR CON FRANCISCO Y CLARA DE ASÍS
EL MISTERIO DE CRISTO EUCARÍSTICO
por Michel Hubaut, franciscano

Celebrar la comida del Señor:
vivir el hoy de Jesús que salva

Francisco escribe con bastante frecuencia que en la Eucaristía el Señor Dios «se nos brinda como a hijos», «se nos entrega todo entero», «se pone en nuestras manos», etc. Estos verbos en presente muestran bien que se trata de un don actual del amor salvador de Cristo vivo que viene y da su vida. Celebrar la Eucaristía es, pues, acoger el hoy de Jesús que salva. Es el lugar privilegiado de la comunión entre el crucificado-glorificado y el hombre. Francisco no disocia las diferentes etapas de la vida de Cristo. Este misterio es uno. Jesús nació por nosotros. Vivió y predicó en los caminos por nosotros. Murió en la cruz por nosotros. Se ofrece en la Eucaristía por nosotros. Este «por nosotros» recurre como un estribillo en sus escritos. Todos los sacramentos son, a sus ojos, una acción actual de Jesús «por nosotros». A través de ellos toca el hoy del hombre para sanarle y salvarle.

Desde Navidad hasta la mesa eucarística, Francisco discierne un solo y mismo movimiento: el del amor que se nos da a nosotros para hacernos vivir. En esta perspectiva, la Eucaristía no puede ser una simple devoción privada, sino la acogida personal y comunitaria de un Viviente que se nos da todos los días. Aquí y ahora está en juego la Alianza nueva y eterna. Aquí y ahora entramos en la historia de la salvación. Aquí y ahora participamos en la inmensa labor de la redención-liberación del mundo.

Esta comida o banquete es mucho más que un simple encuentro fraternal en que el hombre recuerda que es solidario de sus hermanos. Vivir la Eucaristía es, para Francisco, ser arrastrado en el movimiento del amor que se entregó hasta el don de sí: «Comed, esto es mi cuerpo entregado por vosotros. Bebed, este es el cáliz de mi sangre derramada por vosotros». Francisco ha percibido que recibir este cuerpo-entregado-por-nosotros es aceptar entregarse a la lógica del amor; beber esta sangre-derramada-por-nosotros es aceptar dar la propia vida, día a día, para hacer brotar el amor. Él vivirá de hecho, toda su vida apostólica, en esta dinámica de la Eucaristía. Y su muerte, que celebrará como una verdadera liturgia del Jueves y Viernes santo, será la expresión última y sacramental de su vida eucarística.

Uno de sus biógrafos escribe: «Ardía en fervor, que le penetraba hasta la médula, para con el sacramento del cuerpo del Señor, admirando locamente su cara condescendencia y su condescendiente caridad. Juzgaba notable desprecio no oír cada día, a lo menos, una misa, pudiendo oírla. Comulgaba con frecuencia y con devoción tal, como para infundirla también en los demás. Como tenía en gran reverencia lo que es digno de toda reverencia, ofrecía el sacrificio de todos los miembros, y al recibir al Cordero inmolado inmolaba también el alma en el fuego que le ardía de continuo en el altar del corazón» (2 Cel 201).

Recordemos que en aquel tiempo la comunión frecuente era rara. La Regla de Clara prescribe al menos siete comuniones al año (cf. RCl 3,9). El hermano Gil comulga todos los domingos y en las fiestas principales. ¿Era ésta la práctica de Francisco? La Regla franciscana no dice nada sobre la frecuencia de la comunión, pero Francisco invita con frecuencia a sus hermanos y a todos los cristianos a acercarse a esta fuente de vida. Insistencia tanto más comprensiva cuanto que en esta época la crisis de los sacramentos es tan grave que el Concilio IV de Letrán (1215), en el canon 21, debió prescribir la confesión anual y la comunión pascual como un mínimo para poder llevar una vida cristiana auténtica. Este Concilio no ha podido menos de influir en las cartas de Francisco.

Se esforzaba, pues, Francisco por hacer de toda su vida una acción eucarística, un culto en espíritu, una ofrenda espiritual a Dios, una celebración pascual del amor. Sin este deseo de coherencia, la misa corre, en efecto, el riesgo de degenerar en ritos formales y vacíos. Francisco «no asiste» a la misa; participa reviviendo los actos salvadores de su Señor que están como acumulados y actualizados en este sacramento. Entra así en la historia actual del acontecimiento pascual de la salvación. Mira siempre el conjunto de la vida de Cristo. Y lo que se despliega en el tiempo por parte de los hombres es un solo acto por parte de Dios. En Navidad, en su vida pública, el Jueves santo, en la cruz, en la mañana de Pascua, Jesús se da a su Padre y a sus hermanos y ya su Padre lo acoge y lo glorifica. Esto explica que Francisco tiene el mismo vocabulario y la misma actitud de adoración ante el Niño de Belén, el Cristo del Calvario y la presencia eucarística. Discierne en todo el mismo amor que reclama sin coacción y que se abaja para darse al hombre. Es siempre el mismo Dios el que manifiesta su gloria en la humildad de los signos: un niño, una cruz, un pedazo de pan...

En una carta dirigida a todos sus hermanos escribe: «¡Tiemble el hombre entero, que se estremezca el mundo entero, y que el cielo exulte, cuando sobre el altar, en las manos del sacerdote, está Cristo, el Hijo del Dios vivo! ¡Oh admirable celsitud y asombrosa condescendencia! ¡Oh humildad sublime! ¡Oh sublimidad humilde, pues el Señor del universo, Dios e Hijo de Dios, de tal manera se humilla, que por nuestra salvación se esconde bajo una pequeña forma de pan!» (CtaO 26-27).

Todo el misterio de la encarnación, de la redención y de la resurrección entra en el hoy de Dios. La Eucaristía es su actualización para nosotros. Como la encarnación ayer, pero bajo un modo diferente, la Eucaristía continúa revelándonos el corazón de Dios y descubriéndonos su presencia entre nosotros. Semejante amor respetuoso y semejante humildad admiran a Francisco que tomará de ellos las motivaciones esenciales de la humildad y de la pobreza de su vida evangélica. «Ved, hermanos, la humildad de Dios y derramad ante él vuestros corazones» (CtaO 28).

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